Yashiro había observado atentamente a Toko Kirino esa mañana. No dejaba de acomodarse el cabello o echárselo a un lado del cuello, más por obsesión que por necesidad, y presentía que aquello era sólo el comienzo. No pudo evitar dirigirse a ella para preguntarle qué ocurría, a pesar de que sabía ya la respuesta.

-Creo… creo que es mi padre -respondió la joven en un tono tembloroso.

Yashiro había leído las redes y estaba al tanto de lo que sucedía fuera de la academia. La chica parecía estar al borde del colapso, incluso aunque todavía no había visto la verdad con sus propios ojos. Quería llorar, pero no lo hacía porque se encontraba a su lado.

-Podemos confirmarlo, si lo deseas.

Esa misma mañana, salieron de la academia y se dirigieron al lugar donde había sido descubierta la tercera víctima. Seguían vestidas de la forma en que habían asistido al aniversario de la academia, por lo que no ofrecían la apariencia de dos estudiantes. Sin embargo, Yashiro sentía la responsabilidad de mirar por encima de su hombro cada vez que pasaban por alguna calle muy transitada por peatones, puesto que en cuanto Toko se concentraba en algo más llegaba a perderse entre la muchedumbre con suma facilidad.

Unas horas antes las redes explotaron con la misma noticia, y la sociedad volvió a rugir en un silencio tormentoso y angustiante. Un terror enfermizo parecía invadir las calles, como si todos estuvieran tomando precauciones por cuenta propia. Cuando llegaron al zoológico imperial de Ueno se percataron de que estaba cerrado, y podían oír la voz del dron policial en la distancia anunciando que se trataba de la Oficina de Seguridad Pública. El cielo comenzaba a aclararse sobre sus cabezas, en un amanecer cálido y armonioso.

-Llegamos tarde -bufó Toko juntando las cejas.

Cuando la joven se giró hacia Yashiro, se dio cuenta de que no estaba. Miró alrededor con cierta desesperación y descubrió a su compañera a varios metros de distancia, tratando de acceder al establecimiento por la parte de atrás. Las paredes no eran muy altas y uno podía treparse si era lo suficientemente ágil, pero aun así Toko no podía creer lo que estaba viendo. La imagen de Yashiro se le hacía muy borrosa en aquellos momentos.

Estaban fuera de la academia, que era de por sí un acto irresponsable, pero ignorar la ley era otra cosa. Toko Kirino corrió hacia ella y se quedó petrificada, cuando la vio arreglándoselas con unos escombros para llegar a la pared y lograr subir. Yashiro extendió su mano para ayudarla, pero ella, por el contrario, sintió que su cuerpo no respondía a sus demandas.

-¿Qué esperas, Toko? ¿no quieres ver la verdad con tus propios ojos? -inquirió Yashiro en un tono tentador.

Sus palabras encendieron en ella un entusiasmo, como un enérgico calor en una tarde veraniega. Renacía en su cuerpo un deseo innato por romper las reglas y salir con algo en las manos, por más inverosímil que fuera. Los segundos transcurrían lentamente, y por fin, Toko saltó y llegó a tomar su mano, agarrándose de la pared. Yashiro hizo fuerza y la agarró con ambas manos, hasta que luego de medio minuto, ambas se vieron envueltas en un repentino cansancio por el esfuerzo y la conmoción. Toko jadeaba como un perro tras una larga carrera, mientras que Yashiro parecía recuperarse con mayor facilidad.

-Esto me pasa por saltarme las clases de gimnasia -comentó la menor con una media sonrisa.

El zoológico estaba completamente vacío, y de cierta forma les resultaba extraño ver animales encerrados en la selva de cemento. Mientras pasaban, Yashiro observaba las miradas transparentes y naturales de aquellas criaturas y se imaginaba viviendo como ellos. Hacía tiempo que habían dejado de ser los enemigos de la humanidad, y se encontraban ahora reunidos allí como un recordatorio del enorme poderío que tenía la especie humana. Ya no sufrían hambre, frío o enfermedades, no debían armarse una lanza para protegerse de un tigre, pero, aun así, cuando Yashiro pasaba cerca de ellos, un impulso azotaba su cuerpo y la obligaba a alejarse, tanto por respeto como suspicacia.

-¡Ustedes dos! ¿Qué hacen aquí? Todo el bloque está cerrado -exclamó una voz ronca y cansada.

Ambas se dieron la vuelta, absortas ante semejante interrupción. Yashiro había estado tan concentrada contemplando un mapache, que se había olvidado por completo de la posible presencia de guardias. El muchacho era joven y tenía la clásica vestimenta de cuidador. Toko se había congelado, pero Yashiro dibujó al instante una sonrisa amable y atontada, a la vez que echaba la mirada al cielo en un gesto de impotencia.

-¡Al fin! Estuvimos buscando a alguien que nos guíe desde hace rato -declaró Yashiro con indignación en su voz, y señaló a la joven Kirino-. Como a mi amiga le encanta sacar fotos, se trajo una cámara de las viejas, pero parece haberla olvidado. ¿Podrías indicarnos dónde se encuentra el recinto de chimpancés? Allí fue donde sacamos las últimas fotos, y cuando la gente comenzó a irse nos la olvidamos.

El muchacho pareció vacilar por un momento, pero finalmente se rascó la cabeza y les indicó el camino, volviéndoles a repetir que como la zona estaba cerrada debían marcharse lo antes posible. Yashiro le agradeció con una enorme sonrisa, pidiendo disculpas por la molestia, y antes de irse le prometió que no le contaría a nadie sobre aquella ayuda. Al fin y al cabo, estaba arriesgándose a que su jefe lo regañara por dejar pasar civiles cerca del lugar del hecho. Y posiblemente lo hiciera después de todo, pero a Yashiro no le importó y siguió adelante con su compañera.

Caminaron unos diez minutos más hasta que por fin llegaron. No había drones policiales, pero lograron ver a un muchacho alto vestido de traje conversando con otro hombre más bajo, que claramente era un cuidador del zoológico. Se hallaban frente al recinto de chimpancés, analizando la figura imponente y desoladora que tanto caos había causado en las redes. Yashiro entornó los ojos, consciente de que en la vida real las cosas se veían de una manera más horripilante. Le costaba creer que aquello hubiera sido expuesto por un ser humano.

Entonces recordó que Toko se encontraba con ella, y que era la hija del hombre que estaba justo allí, rodeado de chimpancés que lo habían descuartizado para comer su interior. Cuando la buscó con la mirada, advirtió que se encontraba ya dirigiéndose hacia la escena del crimen, a un paso lento e idiotizado como si no pudiera creer en lo que tenía frente a sus ojos, pero aun así se viera atraída tal insecto ante la luz.

Yashiro gruñó para sus adentros mientras permanecía oculta detrás de una pared, a varios metros de distancia. Había vuelto a distraerse y Toko se metía en problemas. Al principio los dos hombres no se percataron de su presencia, pero cuando la joven se situó frente a la reja, a dos metros de ellos, estos le dirigieron una mirada consternados como si se tratara de un fantasma.

El que estaba vestido de negro, que parecía trabajar para la Oficina de Seguridad Pública, se encaminó hacia ella apresurado y cuando estuvo a su lado, se detuvo en seco. Toko, entonces, se giró hacia él con el rostro completamente enrojecido por los sollozos, y se abalanzó contra su cuerpo en un abrazo desesperado que, para su sorpresa, el muchacho recibió sin molestarse, como si en realidad la conociera de toda la vida y hubiera esperado esa reacción. Yashiro frunció el ceño y sintió su corazón detenerse al reconocer aquel rostro, el mismo que durante tanto tiempo había estudiado en la academia. Una corriente de ira recorrió todo su cuerpo, y por un instante sus manos temblaron y se cerraron con fuerza.

-No deberías estar aquí. Es una zona restringida, ¿cómo hiciste para entrar? -decía el muchacho colocando sus manos en los hombros de la menor.

La voz, grave y áspera, albergaba una preocupación casi paternal e hizo un eco en su mente, a medida que los observaba. Yashiro cerró los ojos y respiró profundamente, hasta que luego de unos segundos, irguiéndose por completo y estirando los brazos, se apartó de la pared y se dirigió hacia ellos con un paso firme. Tardaron en escuchar sus pasos, pero cuando lo hicieron se separaron instantáneamente, produciéndole una leve sonrisa como quien disfruta viendo a dos tortolitos desde las sombras.

-¿Quién es usted? -inquirió el ejecutor con un tono amenazador.

Toko se limpió las lágrimas que cubrían sus mejillas, y evitó volver a mirar los restos de quien alguna vez había sido su padre. Yashiro se acercó y le dio un suave abrazo, palpando en su espalda para tratar de animarla, aunque bien sabía que nada podía reparar el daño que ya estaba hecho, y ningún regalo podía servir como disculpa. La muerte era algo ineludible que por más que pasara el tiempo, quedaba en la memoria de los más allegados.

Cuando Yashiro se separó de su compañera, le dirigió una lenta mirada a aquel hombre. Sus ojos eran de un marrón oscuro y la observaban de una manera voraz, como si pese al gesto que había hecho por Toko, aun siguiera desconfiando de su presencia. Su cabello era castaño y bastante corto, con una apariencia ciertamente rebelde y algo alocada. Lo que más la molestaba era su tono de voz, aquel tan socarrón, como si estuviera expresando que su trabajo era de lo más sencillo y banal.

Hubo una pausa en la que ambos se estudiaron el uno al otro, con una suspicacia compartida por igual. Yashiro sintió una punzada de vacío en todo su pecho, la misma que últimamente la inquietaba cada noche antes de dormir, y tuvo que hacer un gran esfuerzo por curvar sus labios en una sonrisa agradable y educada, haciendo caso omiso a los pedidos irracionales de sus puños. Una fuerza parecía inclinarla ligeramente hacia adelante, guiándola al muchacho, pero su voluntad era mayor y pudo contener sus impulsos más primitivos.

-Yashiro Takahashi -se presentó ella, sin realizar ningún tipo de reverencia.

El joven alzó las cejas al escuchar su nombre y frunció el ceño, con cierta ironía en su rostro. Pasó a observarla con una creciente curiosidad que dejó perpleja a Toko. El ejecutor dio unos pasos hacia adelante y volvió a detenerse, quedándose a un metro de distancia, como si la presencia de Yashiro desprendiera un aura espeluznante.

-La chica del milagro -corrigió él.

Yashiro entrecerró los ojos, incrédula. Aquellas palabras sonaron tan inocentes como chistosas, y simplemente se limitó a asentir con la cabeza, soltando una sonrisa de lado. Una corriente de ira transformó su aspecto durante una milésima de segundo y sus dientes llegaron a asomarse con delicadeza, pero logró ocultarlos soltando un resoplido de cansancio.

-Veamos si mi memoria no falla… ¿Mitsuru Sasayama? -masculló Yashiro, fingiendo hacer un esfuerzo por recordar su nombre.

El ejecutor dejó escapar una enorme sonrisa, mostrando sus dientes como un felino. Ninguno de los dos había esperado que el otro lo reconociese, y se armó un silencio incómodo, o al menos de esa forma lo sintió Toko, quien pudo percibir una extraña tensión en el ambiente, tornándose cada vez más oscura.

-¿Quién pudo haber hecho algo así? -cambió de tema la menor.

Ambos volvieron la mirada hacia ella, rompiendo la burbuja temporal que durante un instante los había encerrado. Yashiro levantó la vista, centrándose en la escena que daba lugar alrededor de la víctima. Los chimpancés correteaban ignorando que estaban siendo observados, y algunos seguían cerca del cadáver. Toko ya no podía darse la vuelta, pero ella se acercó más. Si no fuera porque el recinto estaba cerrado, habría caminado hasta situarse frente al hombre.

No pudo evitar arquear una ceja mientras lo estudiaba. Diferentes partes de su cuerpo habían sido abiertas y rellenadas con alimento y juguetes para chimpancés. El cerebro y los órganos internos no se encontraban a la vista, así que supuso que habían sido descartados para hacer más espacio para los rellenos. Los chimpancés se habían alimentado de aquel cuerpo parcialmente y los restos debían estar en sus estómagos.

-Es tu padre. ¿Sabes si tenía algún enemigo? -aportó Yashiro suavemente, recibiendo negaciones de cabeza, hasta que una idea cruzó su mente y ladeó la cabeza-. ¿Alguna persona que le tenga rencor?

Toko abrió los ojos lentamente, absorbida por sus palabras. La sorpresa era tal que sus delgados labios se entreabrieron, y parecía mirar hacia ninguna parte en particular. Sasayama se inclinó hacia ella ligeramente, interesado por su reacción.

-Kozaburo Toma -soltó la menor en un susurro, dirigiendo toda su atención a Yashiro-. Él lo detestaba porque sabía que no le permitiría estar conmigo. Mi padre era la cabeza de la organización de caridad que lo sacó de Ogishima… su ciudad natal. Durante el aniversario de la Academia Ousou… me dijo que las cosas cambiarían. Pero nunca pensé que él...

Toko se cubrió la boca, incapaz de seguir reflexionando sobre el asunto, y su rostro se volvió a llenar de lágrimas. El ejecutor frunció el ceño de una manera exacerbada. Era demasiada información para procesar, y todavía estaba conmocionado. Yashiro observaba la copa de los árboles, la forma en que los chimpancés trepaban para alimentarse desde una altura mayor. La Oficina de Seguridad Pública había hecho un mejor trabajo cerrando la zona. Cuando se exhibió al político todos creyeron que era un holograma, pero al enterarse de que se trataba de una persona de carne y hueso, el psycho pass de todos se disparó. Se preguntaba si habría pasado lo mismo en ese zoológico.

-No puedo creer que haya hecho cosa semejante…

La voz de Yashiro sonó dubitativa y quebrada, como si su propio eco le resultara insignificante. Sus ojos brillaron de la consternación cuando se giró hacia ella y sus labios se quedaron entreabiertos, como si fuera incapaz de decir algo más. Había confiado en que Toma trataría de persuadir al padre de Toko, pero jamás habría creído que sería capaz de asesinarlo, siendo este el padre de su amada; lo único que lograba con dicho acto, era provocar que la joven Kirino lo odiara por el resto de su vida.

Cuando salieron del zoológico, Sasayama se reunió con otro hombre en la entrada del establecimiento, que se hallaba vestido igual que él y tenía un aspecto menos decrépito. Había drones policiales custodiando los alrededores, prohibiendo el paso a los transeúntes que, a esas tempranas horas, por fortuna eran escasos. Toko observaba atenta, sintiéndose vulnerable en aquel mundo hostil que aún estaba fuera de sus manos.

-Todo esto es mi culpa… si hubiera acompañado a mi padre nada de esto habría pasado -manifestó Toko con una voz que parecía retorcerse de dolor.

Yashiro se reincorporó a la realidad y bajó la mirada, estudiándola unos segundos. Podía sentir la culpabilidad en su interior, y cuando le colocó una mano en su hombro la menor alzó sus enormes y brillantes ojos.

-No podías saberlo, Toko…

-¡Debería haberlo sabido! -exclamó la joven, llevándose las manos a la cabeza-. Lo conozco desde que tengo memoria y sin embargo… ¿cómo pude estar tan ciega? Mi padre siempre tuvo razón al desconfiar de él. Cuando lo encontró en Ogishima tenía el tono tan claro… incluso a pesar de que su madre yacía muerta en la cama desde quién sabe cuándo. ¡Seguro que él la mató!

Yashiro la agarró de los hombros con escasa fuerza, para zarandearla suavemente y obligarla a que la mire a los ojos. Su rostro seguía enrojecido por el incesante llanto, pero había una sombra de remordimiento que parecía avivarla, guiándola hacia las llamas de la discordia. La joven Kirino que había conocido empezaba a extinguirse, y Yashiro se sentía tanto orgullosa como preocupada.

-¡Eh! No eres la única que confió en él, ¿sabes?

Las palabras de Yashiro despertaron algo en la mente Toko, quien parpadeó quedándose en silencio como si le costara creerle, reconociendo que no era una persona que expresaba sus emociones frente a cualquiera. Yashiro frunció las cejas desconociendo de dónde habían surgido aquellas palabras, pero volvió a centrarse en su compañera, que estaba ya inmersa en los miembros de la Oficina de Seguridad Pública.

Los dos agentes parecían conversar sobre las nuevas pistas que tenían en la mesa. Yashiro entornó la mirada ante las facciones del muchacho que se encontraba con Sasayama. El cabello negro y corto, los ojos grises y autoritarios que anhelaban justicia. A pesar de ello, no le transmitió la misma agresividad que el ejecutor. Este le dirigió la mirada curioso y Yashiro se la sostuvo, sintiendo un afán por descubrir lo que pensaba acerca del crimen de Abele Altoromagi. Sin embargo, antes de que pudiera acercarse a las dos estudiantes, un coche negro aparcó lentamente frente a la entrada del zoológico, y del mismo bajaron dos hombres y una mujer.

-No puedo… no quiero quedarme de brazos cruzados mientras ellos lo buscan -farfulló Toko con los puños apretados.

Yashiro arqueó una ceja y se abstuvo de girarse en su dirección. Algo en su voz emanaba un profundo pero poderoso vacío, como una corriente de aire que la empujaba hacia la barbarie y arrasaba todo a su alrededor. No dejaba de observar al ejecutor como si anhelara seguir su ejemplo, ser igual que él. La estaba perdiendo poco a poco, comenzaba a tener un interés personal en aquel caso y no podía permitir que corriera peligro.

-Ya has hecho más que suficiente -la reprendió Yashiro, con rotunda delicadeza-. Les diste una pista que quizá nunca hubieran encontrado por sí mismos…

-¡Es mi padre! -gruñó Toko, dando vueltas alrededor mientras colocaba ambas manos en su cadera-. Si no encuentro a Toma primero, nunca me lo perdonaré…

Yashiro suspiró profundamente y asintió con la cabeza. Comprendía a la perfección por lo que estaba pasando. Conocía el abismo en el que había caído, el mismo del que ella misma se veía incapaz de salir. Ese odio la volvía fuerte y vulnerable a la vez, Yashiro se estremeció al imaginar un dominador apuntando en dirección a la chica. En aquellos momentos, se hallaba tan cegada por el simple pensamiento de ver morir a Toma, que no recaía en el peligro que eso conllevaba.

-Shion -habló más tarde uno de los agentes a través de su comunicador, mientras se acomodaba los lentes-. Tenemos un sospechoso identificado como Kozaburo Toma. Analiza sus antecedentes y envíanos su dirección.

Yashiro se centró en el emisor, cuyo aspecto denotaba determinación. Caminaba completamente erguido y su ropa no tenía ni un pliegue o arruga. Su voz parecía estar controlada como si estuviera protegiéndose de algo. El que lo acompañaba era mayor y le transmitió todo lo contrario. Era una persona más natural, humanizada de cierta forma, y a pesar de que su robustez lo volvía intimidante, Yashiro no percibió en él ningún tipo de amenaza. La única mujer entre ellos era muy delgada, tenía los ojos celestes y una mirada de sinsentido que parecía analizar todo a su alrededor. Su cabello, largo y lacio, estaba recogido en una coleta demasiado prolija.

La mujer del otro lado no dio signos de encontrar antecedentes delictivos, pero fue capaz de indicarle dónde se encontraba. Finalmente, se organizaron para dirigirse a la Academia Ousou y capturar al profesor, que estaba dando clases. Yashiro frunció el ceño imaginando a los agentes corriendo por los pasillos de la academia, disparando a cualquier estudiante a su paso mientras intentaban alcanzar a Toma. Podía escuchar los gritos haciendo eco en todo el establecimiento como si estuviera presente allí mismo. Había permanecido tanto tiempo ensimismada, que no llegó a percibir los pasos del agente cuando este se acercó a ambas estudiantes.

-Soy el inspector Nobuchika Ginoza. Ustedes dos acompañarán al inspector Kougami Shinya y el ejecutor Mitsuru Sasayama -la reincorporó con una voz rígida, haciendo una larga pausa-. Tienen mucho que explicar en su academia. ¿Qué hacen unas estudiantes como ustedes en el lugar del hecho?

Los ojos verdes irradiaban de una manera majestuosa y, a la vez, completamente fría bajo sus lentes. Yashiro lo observó inexpresiva de la misma forma, sin dar su brazo a torcer. Había algo en él que la disgustaba, y estaba mucho más abajo que su actitud. Se preguntaba si los otros agentes serían como él. La corta distancia, a su vez, le permitió descubrir que era muy joven, a pesar de que tanto su voz como su comportamiento denotaban lo contrario.

-Ustedes también tienen mucho que explicar con la orden de captura -atisbó a decir ella, haciendo caso omiso a la interrogante.

Por el rabillo del ojo notó que Toko se palpó los brazos, como si de repente el ambiente se hubiera enfriado. El inspector que estaba frente a ella llegó a arquear una ceja y parecía no haber esperado aquel comentario, puesto que una oscuridad inundó todo su rostro de una manera culminante, como si deseara desintegrarla en ese mismo momento. Sin embargo, antes de que pudiera acotar algo el ejecutor se acercó a ellos, y Yashiro le dirigió la mirada lentamente.

-Sí, que hay un asesino suelto que es capaz de cualquier cosa y que si no lo encontramos alguien más morirá -soltó Sasayama haciendo gestos sarcásticos con sus manos.

Yashiro estuvo a punto de soltar una carcajada, pero se contuvo con todas las fuerzas. En cambio, tan sólo llegó a curvar sus labios llena de sorna, mientras negaba con la cabeza.

-Siempre alguien muere -espetó ella, ladeando la cabeza hacia el lado opuesto de manera exagerada-. Todos hablan de cómo mejoró la seguridad, pero nadie menciona los efectos colaterales. Los extraños casos de suicidios, las personas que lo pierden todo de repente por el simple hecho de tener estrés, como puede suceder con las estudiantes…

-La señorita Takahashi tiene razón -vociferó Ginoza volviéndose al ejecutor-. No tenemos pruebas más que simples suposiciones, por lo que debemos evitar perturbar el psycho pass en la academia.

Yashiro volvió a mirarlo, esta vez con suavidad. Debía querer atrapar al culpable, pero a diferencia de Sasayama, no estaba dispuesto a romper los protocolos rutinarios para conseguirlo. No era igual de impulsivo que el otro, y su paciencia era indiscutible. El ejecutor, al escuchar dichas palabras, alzó la cabeza al cielo como si quisiera soltar un bramido, pero tan sólo se quedó en silencio, gruñendo por lo bajo tal adolescente que se le prohíbe un capricho. Y en seguida se pusieron en marcha con su habitual procedimiento.

Viajaron en coches diferentes, y Yashiro sintió una extraña pesadez cuando el silencio reinó dentro del vehículo. Toko, a su lado, miraba por el vidrio perdidamente buscando algo que pudiera distraerla, con las manos juntas sobre sus muslos. Las lágrimas se habían secado en sus mejillas, pero el resplandor de sus ojos evidenciaba el dolor. Habían ocurrido tantas cosas en un solo día y estaba exhausta mentalmente. Le resultaba impresionante que hasta entonces su psycho pass no se hubiese enturbiado. Comenzaba a preguntarse cuánto duraría.

La Academia Ousou, pacífica y solitaria, pronto se vio irrumpida por las luces características de los drones policiales que recorrían el patio de lado a lado. El toque de queda se impuso tanto para las estudiantes como docentes, y los únicos que estaban autorizados para entrar o salir eran los miembros de la Oficina de Seguridad Pública. La dirección de la Academia Ousou se hallaba tan ocupada con la noticia de que un profesor tras sus paredes era sospechoso de homicidio, que ni se inmutó con las dos estudiantes que se habían escapado del establecimiento. Ambas más de una vez. Por lo que no dudó en abrir sus puertas ante la autoritaria e inminente presencia del inspector Ginoza. Sin embargo, dejaron muy en claro que no deseaban violencia, y les pidieron a los agentes que procuraran ser lo más discretos posibles al buscar a Kozaburo Toma.

Mientras uno de los directivos conversaba en el patio con los dos inspectores, Yashiro se percató de que Sasayama y Toko entraron en la academia sin autorización, y gruñó para sus adentros decidida a seguirlos. Cuando entró se dio cuenta de que había llegado demasiado tarde, puesto que los pasillos estaban vacíos, la mayoría de estudiantes debían estar en sus cuartos. Les había perdido el rastro, pero sabía que irían tras Toma, y si lo encontraba a él también los encontraría a ellos.