Los personajes de Candy Candy no me pertenecen son propiedad de sus creadoras Kioko Misuki y Yumiko Igarashi.
Todo Por Ti
By Rossy Castaneda
Capítulo Cinco
A la mañana siguiente, tal y como el Duque lo predijo, Candy estaba mas que preparada para ir por Terry.
Con la ayuda de Eleonor, portando una peluca negra que Robert Hathaway les había facilitado y vestimenta de hombre de la talla adecuada, Candy se disfrazó como un chico. Y como último atuendo y para ocultar un poco sus ojos, le colocaron un par de anteojos.
—Debes mantener tu vista baja todo el tiempo —Instruyó Eleonor a la chica Pecosa.
El sonido de la puerta principal hizo que los tres se giraran. La llegada inesperada de aquel alto rubio, sería una especie de prueba de fuego. Si él no era capaz de reconocer a Candy, Terry tampoco lo haría.
Eleonor se acercó a Candy y le dio instrucciones que actuara con naturalidad, le dijo que harían una pequeña prueba.
—Buenos días —Albert saludó —lamento venir a esta hora de la mañana —se disculpó —he venido para llevarme a Candy a casa.
Candy se giró para ver de frente a su incondicional amigo.
—Lo siento —el joven patriarca se disculpó nuevamente —no sabía que tenían visita.
—No se disculpe señor Ardley —dijo Eleonor sin darse cuenta de la indiscreción que acababa de cometer y que provocó que el Duque apretara la mandíbula y Candy abriera los ojos como platos, pero se las arregló como pudo para ocultar su rostro de sorpresa y confusión absoluta ante la manera como Eleonor acababa de llamar a su amigo Albert —El es mi sobrino Sebastian —lo presentó —ha venido desde New Jersey para ayudarnos con el asunto de Terry —Eleonor sonrió —Querido él es el señor William Albert Ardley —el Duque fue víctima de un ataque de tos —Richard ¿te encuentras bien? —preguntó la actriz con preocupación
—Si —respondió el Duque acercándose a ella —te das cuenta la indiscreción que has cometido? —Le susurró al oido para que solo ella escuchara.
Al comprender las palabras de Richard, Eleonor deseo que la tierra se abriera y se la tragara, pero como la consumada actriz ocultó su sentir y se obligó a sonreír.
—Encantado de conocerte Sebastian —puedo tutearte ¿verdad? —preguntó Albert observándolo detenidamente, pareciéndole extraño que el chico bajara la mirada.
El chico asintió incapaz de pronunciar una sola palabra.
—Que bueno que estás dispuesto ha hacer este sacrificio por el cabezota de Terry, espero lo puedas convencer que está cometiendo un grave error.
—Haré mi mayor esfuerzo —dijo Candy fingiendo una voz varonil.
—Debes saber que te enfrentarás al mas grande cabezota de todos —Albert esbozó una sonrisa.
—Si, lo tengo claro.
Olvidándose por un momento de su motivo principal, Albert se enfrascó en una charla con el joven frente a él, instruyéndolo sobre como podia acercarse a Terry.
—¿Albert en verdad no me reconoces? —le preguntó Candy interrumpiéndolo.
El rubio abrió los ojos ampliamente al escuchar aquel timbre inconfundible de voz cantarina.
—¿¡Candy!? —su voz denotaba asombro absoluto. No tenía necesidad de preguntar que hacia vestida así, era mas que evidente cual era el propósito, pero si debía de dar muchas explicaciones.
—Los dejaremos solos para que hablen —El Duque y Eleonor se pusieron de pie y los dejaron a solas.
—Antes que nada quiero pedirte una disculpa por haberte ocultado mi verdadera identidad desde el primer día que nos conocimos —Albert comenzó a explicar cuales fueron sus motivos para ocultarle una verdad tan grande como el hecho que él era el famoso Tío Abuelo William. —¿Podrás perdonarme? —le preguntó tras finalizar.
Candy se removió los anteojos y la peluca.
—Como podría no hacerlo —le respondió con los ojos cristalizados —has hecho tanto por mi, desde que te conozco, has sido como un hermano mayor para mi —dijo abrazándolo.
El paisaje en donde se encontraba el monasterio para seminaristas, era hermoso, se podía respirar paz y armonía.
—Estas segura que quieres hacer esto? —le preguntó Albert por última vez antes de dejarla sola en aquel lugar.
—Totalmente —respondió la joven —quien mejor que yo para hacer entrar en razón al cabezota de Terry —. No lo imagino de sacerdote —rió
—Tienes razón —Albert se unió a su risa —Buenas suerte entonces —le dijo a manera de despedida.
Recordando cada una de las clases religiosas que impartía la hermana Maria, en donde les hablaba de lo importante del amor desinteresado hacia quienes lo rodeaban, sobre la importancia de mostrar bondad, compasión, alegría y compartir lo poco o mucho que tienes con los menos afortunados —Candy tocó puerta
Cuando las puertas se abrieron, Candy tomo una bocanada de aire y se preparó mentalmente.
—Buenos días —saludó un hombre entrado en años, quien por su vestimenta, Candy supuso era el sacerdote encargado de aquel lugar —¿Como puedo ayudarle jovencito?.
Haciendo una reverencia, Candy se presentó.
—Mi nombre es Sebastian Moore y me gustaría ofrecer mi vida al servicio de Dios nuestro Señor.
El reverendo miró fijamente al joven frente a él.
—¿Por que quieres abandonar tu hogar y tu familia y convertirte en servidor de nuestro Señor?
Con las palmas de las manos unidas, el joven respondió respetuosamente:
—Reverendo, soy huérfano de padre y madre, crecí en un orfanato en las montañas de Indiana, en donde aprendí además de valores, la importancia sobre el amor desinteresado hacia los demás, la compasión hacia quienes me rodean —que Dios la perdonara por lo que iba a decir, pero en parte no mentía —he comprendido que la vida es impermanente. No encuentro felicidad o interés en convertirme en un lacayo cuando hay mucha necesidad allá afuera y puedo a futuro ayudar un poco a quienes lo necesiten.
Candy siguió enumerando un sin número de razones..
—Escucharte hablar me es razón suficiente para saber que tienes un buen corazón y aún cuando tus razones no son motivos suficiente permitiré que te quedes por tres meses como un periodo de prueba, si después de ese tiempo decides que esta no es tu verdadera vocación podrás marcharte.
El reverendo llamó a dos seminaristas para que lo alojaran. Las piernas de Candy estuvieron a punto de doblegarse al ver que uno de los seminaristas era nada mas y nada menos que la razón por la cual estaba en aquel lugar.
—Ellos son Eliud y Terrence, —los presentó —Eliud ha pasado el periodo de prueba y esta por convertirse en un sacerdote. Terrence en cambió está al igual que tú, en un periodo de prueba, llegó hace apenas una semana —le informó —ellos te ayudarán a alojarte.
Candy asintió y se limitó a seguir a los dos jóvenes en silencio, agradeciendo al cielo que su pequeña habitación estaba al final del pasillo lo suficientemente lejos del resto.
Conforme los días pasaban, Candy se fue sumando no solo a las clases impartidas sino a las tareas diarias dentro del monasterio. La joven agradecía a Dios, el haber crecido en el Hogar de Pony, en donde tuvo que realizar las mismas tareas que le asignaron, transportar agua, cortar madera, preparar las verduras, cocinar y limpiar.
Terry, consciente de que Sebastian tenía la ligera constitución física de un chico de su edad, se encargaba del trabajo mas pesado, de la misma manera Eliud, además de ayudarlo, era amable con él y se ofrecía a ayudarlo con las tareas, mas Sebastian mantenía su distancia.
Poco a poco, Sebastian se fue ganando la confianza del seminarista por quien se encontraba en aquel lugar, y durante los tiempos de descanso conversaban por largo rato.
Escuchar de labios de Terry los motivos por los cuales había decidido ingresar a aquel lugar, estuvieron a punto de quebrar la coraza de Candy, pero se obligó apretar la mandíbula.
—¿Y que tan seguro estás que ella no te amaba? —le preguntó tras recobrar la compostura que estuvo a punto de perder.
—Se marchó sin mirar atrás siquiera —respondió el joven castaño lanzando una piedra.
—¿Te has preguntado alguna vez como se sintió ella?
—Sé que al igual que yo, ella sufría con aquel adiós, la humedad de sus lágrimas bañaron mis brazos. Trató de ocultar su verdadero sentir como siempre solía hacerlo. Quiso mostrarse fuerte, pero yo sé que el fondo no lo era.
—Y si sabías todo eso, ¿por que no fuiste tras ella e impediste que se marchara?
—Si lo hice, pero llegué tarde.
—¿Si la hubieras alcanzado, que le hubieras dicho.?
Terry se dejó caer sobre el pasto, colocó sus manos detrás de su nuca, cerró sus ojos y al hacerlo, el rostro de una joven Pecosa de grandes y profundos ojos verdes llegó a su mente y comenzó a hablar sin tapujos frente a aquel chico que sin saber como, se había ganado su confianza en poco tiempo.
—Le habría rogado que se quedara y que juntos buscáramos una salida a toda aquella situación.
—Pero me has dicho que ella es una chica que mantiene su palabra y que le prometió a la chica que te salvó la vida que se alejaría para siempre, así que, ¿que le hubieras dicho si ignoraba tus ruegos para que se quedara?
Terry suspiró..
—He intentado casi todo para convencerte, mientras el mundo se derrumba todo aquí a mis pies. Mientras aprendo de esta soledad que desconozco, me vuelvo a preguntar quizás si sobreviviré. Porque sin tí me queda la conciencia helada y vacía. Porque sin tí me he dado cuenta amor que no renaceré. Porque he ido más allá de límite de la desolación. Mi cuerpo, mi mente y mi alma ya no tienen conexión. Y te juro que..
—Lo dejaría todo porque te quedaras. Mi credo mi pasado mi religión
Después de todo estás rompiendo nuestros lazos. Y dejas en pedazos este corazón
Mi piel también la dejaría, mi nombre, mi fuerza hasta mí propia vida. Y qué más da perder si te llevas del todo mi fe —Qué no dejaría
Candy sintió un tremendo nudo en su garganta.
—Sabes —Terry abrió los ojos y Candy apartó la mirada de él —Duelen más las cosas buenas cuando el ser amado está ausente —sonrió amargamente —Yo sé que es demasiado tarde para remediar. A estas alturas no me queda bien valerme de diez mil excusas, cuando definitivamente ella se marchó. Sé que aunque supiera que estoy muriendo día a día, y aunque también ella esté muriendo no regresará. Vine a este lugar cuando llegué al límite de la desolación, cuando mi cuerpo, mi mente y mi alma ya no tenían conexión. Porque algo dentro de mi murió el día que ella se marchó. Yo estaba dispuesto a hacer cualquier cosa, no habría sido difícil para mi dejarlo todo por ella una vez mas y comenzar de nuevo.
Las campanas anunciando que el receso había llegado a su fin, pusieron punto final a aquella charla y salvaron a Candy de echarse a llorar ahí mismo y confesarle a Terry toda la verdad. Que estaba ahí haciéndose pasar por un chico y todo lo estaba haciendo por él.
A la tarde siguiente, durante el receso, Candy se dirigió al mismo lugar en donde siempre se reunía con Terry, pero no lo encontró. Cansada de toda aquella farsa, se dejó caer de espalda en el pasto como solía hacerlo en los tiempos del San Pablo.
—Ay Terry, si supieras que estoy tan cerca de ti y que he venido a evitar que cometas el peor error de tu vida y me condenes a una vida de soledad —dijo la joven rubia sin darse cuenta que arriba del árbol que le daba cobijo se encontraba alguien escuchando lo que decía.
—¡Candy! —Los ojos de Terry se abrieron como platos —su Tarzan Pecosa estaba ahí disfrazada de chico por él.
Como por capricho del destino ambos jóvenes fueron asignados a hacer labores en tiempos distintos y casi no se veían.
Terry acompañaba a Eliud a la gran ciudad para hacer las compras semanales sin imaginar que la caprichosa hija del alcalde, tras reconocerlo, pondría los ojos en él, al punto de rayar a la obsesión. La joven no daba crédito que el guapo actor fuera uno de los seminaristas de aquel monasterio. Aquello era sin duda un desperdicio para la humanidad y ella no iba a permitir que aquel guapo joven que le robaba los suspiros a todas las jóvenes Neoyorquinas y de todo el Pais se convirtiera en un sacerdote.
Aprovechando la posición de su padre, la joven se presentaba al monasterio con grandes cantidades de donativos, los cuales eran bien recibidos por el reverendo a cargo y alababa el buen corazón de la muchacha sin imaginar sus verdaderas intenciones.
Conforme los días pasaban, la obsesión de la muchacha iba en aumento. Se las ingenió para encontrarse con Terry a solas e insinuársele. Ante el rechazo del joven castaño la muchacha se sintió herida en su orgullo propio y se juró que las cosas no se quedarían así.
Una tarde, presa de la obsesión, Scarlet Robinson hija única del alcalde de New York, salió de su casa rumbo al jardín, luego de tomarse unos tragos a escondidas de su padre. Cubrió su rostro y comenzó a llorar amargamente al recordar el rechazo de Terry. De pronto escuchó ruidos proveniente de los establos. Dirigió sus pasos hasta aquel lugar y lo que vio la dejo sin aliento —Uno de los lacayos se encontraba sin camisa, dejando ver un perfecto torso y unos musculosos brazos. El efecto del alcohol hizo alucinar a la joven, quien confundió al lacayo de la casa de su padre con Terry y como abeja que es atraída por la miel se lanzó a sus brazos y comenzó a devorar aquellos labios. Al principio el sorprendido joven intentó apartarse, pero la fogosidad con la que la joven Robinson devoraba sus labios y mañoseaba su torso desnudo terminaron por hacerlo perder la poca cordura que aun le quedaba y se dejó llevar preso del deseo carnal. Ambos terminaron enredados uno en brazos del otro dando rienda suelta a la pasión que los embargó para acto seguido sucumbir al sueño producto del cansancio.
Dos horas mas tarde, Scarlet abrió los ojos, al girarse y ver al lacayo que yacía dormido junto a ella, la sonrisa que adornaba su rostro se convirtió en terror. Cubrió su boca con ambas manos al recordar lo que acababa de hacer.
Con un rápido movimiento se puso de pie despertando al lacayo quien le dirigió una sonrisa.
—¿Como te has atrevido a ponerme una mano encima? —le recriminó
—Pero si fue usted quien se lanzó sobre mi —se defendió el joven.
—Es mejor que tomes tus cosas y te marches lejos de aquí si no quieres que te acuse con mi padre y le diga que abusaste de mi.
El joven se puso de pie rápidamente y comenzó a vestirse. Sabía de sobra que aquella joven caprichosa era capaz de inventarse una historia en donde él no saldría bien librado.
Desde que descubrió que Sebastian Moore y Candy eran la misma persona, su cabeza le daba vuelta. Incapaz de conciliar el sueño, salió de su habitación, luego de comprobar que no había nadie en el pasillo, se dirigió al jardín, al mismo lugar donde solía charlar con Sebastian antes de descubrir que era Candy, sin imaginar que la encontraría ahí, con su cabello dorado extendido por su espalda.
Al verla, Terry se quedó en silencio, escuchando todo cuanto decía mientras miraba el cielo estrellado.
—Hasta cuando pensabas decirme la verdad —musitó el castaño a espalda de ella.
—¡Terry! —Candy se giró rápidamente y sus rostros quedaron tan cerca que ambos podían sentir la respiración del otro.
Las verdes esmeraldas de Candy se cristalizaron al ver la intensidad con la que aquellos azules ojos profundos la observaban.
Candy cerró sus ojos, al sentir las manos de Terry limpiando las lagrimas que habían salido de sus ojos sin que ella pudiera hacer nada por retenerlas.
Con el dorso de su mano, Terry acarició sus mejillas y con su dedo índice toco su pecosa nariz. Subió luego su mano hasta su dorada cabellera y acomodó detrás de su oreja unos cuantos rizos rebeldes que flotaban en el aire.
—Candy, mi Tarzan con Pecas, estás aquí por mi
Incapaz de pronunciar una sola palabra, la joven se limitó a sentir los labios de él rozando los suyos en una caricia suave y anhelante que la hizo suspirar y abrir ligeramente sus labios. Terry aumentó la presión poco a poco hasta convertir aquella tierna caricia en un verdadero beso de amor. No uno robado como el del Festival de Mayo, sino uno que ella estaba correspondiendo como siempre lo soñó. Si aquello era un deseó, Terry se negaba a despertar y a cortar con aquel contacto por miedo a que ella desapareciera en el momento que él abriera los ojos.
Como si leyera sus pensamientos, Candy tomó su rostro entre sus manos.
—Terry, no es un sueño, yo estoy aquí, mírame. Lo he hecho Todo por ti, no iba a permitir que cometieras un error el cual terminaría destruyéndonos a ambos. Mi amor por ti es tan fuerte que no me importó disfrazarme de chico y venir hasta aquí y reprimir durante todo este tiempo, mis deseos de abrazarte y decirte que todo está bien y que ahora no hay ningún obstáculo que impida que estemos juntos
Poco a poco el joven castaño comenzó a abrir los ojos y la vio frente a él. No era un sueño, Candy estaba ahi, por él.
—Pecosa, no sabes cuan feliz me hacen tus palabras, son como un remanso en medio de las revueltas aguas en lo que se convirtió mi vida desde la noche que te marchaste. Me convertí en un despojo humano. Me daba igual vivir que morir, total estaba muerto en vida...
—Shhhh —ella puso su dedo indice sobre sus labios para hacerlo callar —no digas nada, lo sé todo. No te tortures mas con eso.
—Candy, hablaremos con el reverendo por la mañana, le diremos la verdad y no marcharemos de este lugar para hacer realidad nuestro sueño de amor.
—Él sabe que no soy un chico, sino una chica. Me descubrió esta mañana y tuve que contarle toda la verdad. Creí que me echaría a patadas del monasterio, pero se portó bastante comprensivo y me dio dado de plazo hasta mañana para hablar contigo, pero tenía miedo que me rechazaras por haberte mentido.
—Como podría hacerlo —tomó su mentón y lo alzó un poco para que lo mirara a los ojos —si tu eres la razón de mi vida, vivo y respiro por ti. Te amo Candy, como jamás imaginé amar a nadie —aquellas palabras que creyó nunca diría, fueron dichas desde lo mas profundo de su ser.
Continuará...
Nota...
El diálogo de Terry con Sebastian imaginando que tiene a Candy frente a él, es la letra de la canción lo dejaría Todo, interpretada por Chayanne, y un poco de mi intromisión ?.
