Capítulo 12

" Al final del día, los guepardos no pueden cambiar sus manchas "

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Miranda está empapada. Normalmente no tiene tiempo de hacer éstas cosas con su padre, pero hoy es un día especial. Hoy es el día de la Cosecha y si todo sale bien, no lo verá en un mes o más. Así que decidió ser la hija perfecta esta mañana.

Se levantó y ayudó a sus padres a poner las carretillas llenas de mineral en bruto de las minas de Panem operadas por el Distrito Dos en la banda magnética. Había muy pocas minas en los otros Distritos, obviando las de carbón, así que todo se enviaba al Dos para su procesamiento.

Al final de la separación, algunos de éstos minerales eran enviados al Uno como piedras preciosas y otros eran fundidos para continuar con la producción de metales.

El primer filtro de toda aquél ir y venir de materia prima eran su padre y otros técnicos de separación de metales del Distrito Dos. Y el primer filtro del taller de su padre era ella.

Para continuar el proceso, Miranda tenía que lavar los minerales separados con una máquina de agua a presión en forma de mochila, la ponía en el suelo, apretaba el gatillo y movía el chorro de arriba a abajo durante horas y horas.

El taller era un lugar pacífico para Miranda, un lugar donde podía dejar vagar sus pensamientos y sueños. Lavar metales era ese tipo de actividad mecánica que no requería estar consciente en lo que uno hacía después de un tiempo. Casi todos los días ella iba a entrenar al Instituto, y no podía quedarse en el taller, pero los días que lo hacía entrenaba de otra forma.

Lavando metales es como pensó en su estrategia si llegaba a los Juegos. No sería la líder, el líder casi nunca ganaba. No sería la graciosa, los graciosos se iban primero. Podía jugar siendo la tercera al mando. Cuando la alianza se destruyera podría elegir su bando, el de los caciques, o el de los "rebeldes". Sería un número más, no una amenaza, y así acabaría con todos, bajo el radar pero nunca fuera de él.

Acabó con el cobre y el tungsteno antes de las diez de la mañana, el taller no podía procesar más de dos cargamentos de metal cada cierto tiempo, por lo que Miranda descansó un momento lanzando cuchillos a un muñeco de paja que su madre había hecho para los momentos ociosos. Dato curioso, su madre era mejor con los cuchillos que la mitad de las chicas del Instituto.

De hecho, el taller estaba lleno de muñecos de paja y fotografías de sus padres. Cuando ellos pelean, los cuchillos también acaban ahí. Era algo que amaba del taller, tenía proyectiles afilados por doquier.

La mayoría de los dueños de éstos talleres, habían tenido que trabajar en las canteras durante al menos diez años con una conducta modelo. Aquello era realmente una labor extraordinaria que su padre había cumplido hacía poco tiempo. Las canteras del Distrito Dos eran brutales para todos, terminaban con los hombros enrojecidos y entumecidos por el esfuerzo, la piel tostada y la cabeza doliente por el sol abrasador, sin parar y sin rezongar durante tres mil seiscientos cincuenta y dos días, a veces más.

La máquina principal es un enorme armatoste que limpia, pule y corta las rocas en perfectos cuadrados o rectángulos, con los bordes afilados o redondeados. Miranda recuerda la vez en que el Capitolio quería triángulos de piedra rosa y no había una máquina para eso, así que todos tuvieron que juntarse y esculpir miles de triángulos, fueron unos meses muy ajetreados en el Distrito, incluso se habían detenido los entrenamientos para los Juegos.

Aquél año ganó un mocoso llorón del Tres y Miranda había sido muy vocal sobre su desprecio por la situación. Había dicho tantas cosas en contra de suspender los entrenamientos para ayudar al Capitolio que uno de sus profesores tuvo que recordarle que ayudar al Capitolio era la suma prioridad de todos. Lo recordó perfectamente por toda una semana sin poder abrir el ojo izquierdo, y no lo olvidó después.

Nadie estaba por encima del Capitolio, nadie excepto los Vencedores. O eso parecía. Ellos se pavoneaban por el Instituto y por el Distrito sabientes de que las reglas no se aplicaban igual para todos. Ellos podían comprar lo que sea y a quien sea, éso le habían enseñado sus padres que habían tenido que ganarse todo por la mala, por la vía lenta, ninguno había sido elegido para los Juegos, y lo resentían en cada molécula de su ser.

Miranda siguió limpiando las rocas con agua a presión, pensando en todo aquello, hasta que su padre se acercó con un vaso de limonada.

— Gracias, sé lo mucho que odias lavar la cantera —le dijo extendiendo el vaso, que tintineó. ¡Tenía hielos dentro! En ocasiones especiales, su padre usaba el sistema de enfriamiento para metales de alta graduación para hacerlos. Hoy era en definitiva una ocasión especial.

— De nada, a partir de hoy necesitarás más ayuda... o menos, si gano los Juegos —le dijo chocando vasos con su padre.

— Brindo por eso —dijo él igualando el gesto. Miranda sabía que otros padres del Dos eran entusiastas de que sus hijos se presentaran voluntarios, pero los suyos no habían comenzado a lavarle el cerebro desde pequeña. Habían dejado que eligiera su camino hasta los catorce, cuando Miranda comenzaba a superar a las niñas de su edad en combate, destreza y carisma. Sólo entonces se permitieron preguntarle si ir a los Juegos era lo que quería para su vida.

— La decepción de no ir puede tener consecuencias aún más grandes que la posibilidad de ir y fallar —le había dicho su madre, sabiendo exactamente de lo que hablaba.

— Desde que entré al Instituto no puedo pensar en otra cosa —había contestado Miranda con sinceridad. Cada reto que le ponían, cada récord que imponía, cada lucha que ganaba la hacía sentir como si fuera invencible. El subidón de adrenalina que suponía ganarle a los demás, ser el centro de atención del espectáculo, que aplaudieran y gritaran su nombre. Aquello era lo mejor de su vida.

Después de esa conversación, sus padres habían hecho todo lo posible para entrenarla también en casa, rompecabezas, plantas comestibles, trepar árboles, edificios y ventanas, la apoyaban en todo. Se había vuelto un sueño familiar, y hoy, por fin se cumplía.

Tras terminar con el trabajo del día y hablar a los cargadores para que recogieran el cargamento, Miranda caminó al Instituto con su bolsa de entrenamiento en la espalda. Un saco negro lleno de cuchillos, coderas, guardas para el paladar y demás cosas personales que habían logrado comprarle para que no compartiera con los demás niños. Algunas eran heredadas de sus padres como las armas, otros exclusivos para ella como las protecciones.

El mercado negro del Distrito Dos consistía básicamente en armamento y equipo de protección, alguno que otro puesto de alimento de lujo lograba sobrevivir gracias a los Vencedores y sus familias, pero no era común que familias como la de Miranda, con hijos con posibilidades de ir a los Juegos gastaran en otra cosa que en ellos.

Algunos agentes de paz rondaban el mercado negro también. Si el Capitolio hacía de la vista gorda sobre el Instituto, suponían que también lo hacía con otras cosas.

Llegando al enorme conjunto de edificios, se sorprendió una vez más por su tamaño. El Instituto estaba oculto bajo lo que solía ser una planta de asfalto, que se trasladó al Seis hacía muchos años. Tenía salones de clases, donde aprendían la teoría de los golpes y las patadas, dónde debían darlas, cómo inmovilizar amigos y enemigos, y quienes las tomaran, también tenían clases de historia de Panem. La historia de Panem del Instituto era diferente, ahí podías aprender sobre los demás Distritos, sabías cómo se organizaban y algunos puntos clave de los trabajos que podrían tener. Servía tanto para planear en los Juegos como para reconocer el terreno si se iba a continuar como agente de paz.

Miranda bajó las escaleras casi corriendo. A las doce en punto era la hora en la que pondrían al rededor de su cuello la placa de bronce que la haría una graduada oficial, con la que podía presentarse a los Juegos. Además de la placa de bronce, le darían una de acero grabada con su nombre. La señal inequívoca de que la habían elegido los Vencedores como representante del Distrito Dos.

Se puso su uniforme, pantalones de combate y una playera azul índigo de mangas largas, guantes con agujeros para los dedos y botas negras. Amaba verse en el espejo con todo puesto, sentía que ya era una Vencedora que se alistaba para grabar los videos educacionales del Instituto.

Al salir de los vestidores, se encontró con una enorme cara redonda y sonriente. Lucas Harald.

Estúpido Lucas.

Había conocido a Lucas en el Instituto, cuando ambos tenían quince. Lucas venía de una familia en las minas de cobre al sur del Distrito, y no había sido enviado a entrenamiento hasta que una de las Vencedoras lo encontró levantando rocas tan pesadas que hacían a los otros hombres doblarse de dolor. Para Lucas era un hobby, así como lo era saltar bardas y hacer acrobacias callejeras, pero la Vencedora insistió con sus padres hasta el punto de ofrecerles dinero para dejar que Lucas entrenara.

Así había llegado, como el pueblerino tosco y adorable que era.

Desde que puso un pie en el Instituto la había atosigado con cumplidos y regalos pequeños e insignificantes. Tan insignificantes que Miranda aún los tenía guardados en una caja, a pesar de decirle a todo el que quisiera escucharla que los había tirado a la máquina de separación de metales de su padre.

Lucas nunca tuvo secretos para ella, ni para nadie aparentemente. Era bien sabido que Miranda le gustaba, pero ella no podía permitirse una relación sentimental tan complicada antes de los Juegos, por lo que habían sido amigos durante aquellos tres años. Buenos amigos, pero nada más.

— Randy —dijo él abriendo los brazos para recibir un abrazo. Miranda chocó su puño contra su hombro, en un saludo amistoso y quizás un poco doloroso.

— Es un apodo estúpido.

— Un poco de sentido común antes de correr hacia la tumba, Randy. Vamos. Apapacho —contestó Lucas sin bajar los brazos y moviendo las cejas sugestivamente.

— Nada de apapachos. Quizás cuando tenga mi placa —Miranda caminó al lado de su amigo por el pasillo hasta la sala de conferencias. Algunos miembros de su clase ya habían venido por su placa y se habían ido. Otros, que querían ver a sus campeones se quedaron y cuchicheaban en los asientos. Lucas se unió a Gloriana, la única chica a la que Miranda no podía golpear con toda su fuerza porque era demasiado amor contenido en una persona.

— Es hora de coronar a nuestra elegida. La primera en subir el muro en menos de doce minutos, la primera en completar la carrera de obstáculos sin quedar fuera de combate por un día. La única en todo el Distrito capaz de lanzar un cuchillo a una rata en movimiento desde lo alto de la planta de asfalto —Miranda se sonroja, aquello había sido pura suerte—. Miranda Smith, el día de hoy te conviertes en algo más que una graduada de éste Instituto, eres la esperanza del Distrito, eres lo mejor que tenemos y lo que mejor esculpimos. Eres nuestra campeona. Está en tí convertirte en la Vencedora de Panem —con el discurso, Calver Stone, el Vencedor encargado de la ceremonia le pone la anhelada placa de acero en el cuello. Miranda cierra los ojos de la emoción. No quiere llorar. No va a llorar, pero quizás deje que Lucas le de un abrazo.

Saliendo de la ceremonia, Gloriana le da su placa.

— Es tradición, si confías en el elegido le das tu placa. Yo confío en que volverás y me la darás. Ten —Miranda la toma con un nudo en la garganta. No le gusta esa tradición en particular. Le hace cargar con las esperanzas de todo el que se la de. Afortunadamente, a pesar de su buen humor, su reputación de rudeza y competitividad la han dejado sin muchos amigos. Sin duda no los suficientes para salir de ahí con su peso en placas de bronce.

Los brazos de Lucas aparecen en su campo de visión una vez más.

— Tienes un fetiche muy extraño —le comenta Miranda, pero entra en ellos con una sonrisa.

— Lo sé —dice él—. Ten, sé que Gloriana te la dio. Aquí está la mía, cuídala Randy.

— No me digas así —contesta—. Y no te preocupes, lo haré.

Horas después, camina con su familia que se ha vestido de azul índigo también para la ocasión. A punto de llegar a la plaza, se funden en un abrazo los tres.

— Que la suerte esté siempre de tu lado —dice mamá.

— Haz que la suerte esté de tu lado —replica papá.

La Cosecha en el Distrito Dos era la última cosecha de todas, porque casi siempre era la más emocionante. A las 14:45 horas en punto, un escolta subió al estrado. Miranda pudo ver cómo algunos de sus profesores del Instituto, es decir, Vencedores, ponían mala cara al más reciente Capitolino en el Distrito.

El nuevo escolta llevaba una falda estilo gladiador romano, un estilo que muchos en el Distrito odiaban a muerte, y en cada pezón, un arillo de metal reluciente color azul turquesa. Nadie sabía quién era el nuevo sujeto. Mesqi era una figura conocida y hasta cierto punto apreciada en el Dos. El cambio no era bienvenido.

De haber seguido las revistas de chismes del Capitolio, los habitantes del Dos sabrían que Mesqi y Atrius se habían disputado el derecho a ser el escolta del Dos por más de un lustro. Batalla que había ganado Mesqi de manera avasallante. Sin embargo, por alguna razón, Atrius estaba de pie ante ellos, bronceado perfecto, dientes blancos y derechos, ojos perfectos, abdominales marcadas y hoyuelos en las mejillas.

— Buenas tardes Distrito Dos —su voz era grave y agradable, quizás demasiado. Tenía un tinte falso que no podían adivinar, era casi como una voz procesada, pero éso no existía. ¿cierto?—. Es hora de la Cosecha para los Juegos del Hambre. ¿Quién está... listo? —hablaba como presentador de un documental de aventuras, el distrito no aplaudió, pero algunos gritaron: "woooooooo". Atrius lucía satisfecho—. Muy bien, comencemos con el espectáculo que todos esperan. Distrito Dos, es hora de elegir a loooooooooooos tributos —su voz subió de tono considerablemente, el público aplaudió esta vez—. Comencemos con las valientes amazonas de éste año. ¿Quién será la elegida? —preguntó sonriendo y señalando a las chicas de dieciocho que sonrieron luciendo amenazantes—. Muy bien... tenemos a... —se aventó la puntada de provocar casi un minuto de suspenso eligiendo un papelito. Lo cual era una reverenda tontería porque quien saliera no sería quien quedara, no si Miranda podía evitarlo—. ¡Jade Burton! —gritó Atrius alegremente. Jade era hija del dueño de la mina de jade más prolífica del Distrito, su única hija de trece años. El Sr. Burton tenía la quijada desencajada y aventaba fuego por los ojos, Miranda no había notado nada de ésto, pues corría hacia la plataforma con todas sus fuerzas. Puso el pie a la chica de atrás y jaló el pelo a la chica de adelante. Con una pirueta saltó el cuerpo de alguien que también había tropezado y calló al escenario primero brazos y después pies.

— Hola, me presento como voluntaria —dijo con un leve jadeo satisfecho.

— ¡Así se hace! —le dijo Atrius y chocaron las palmas como viejos amigos.