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Capitulo 51

Cuando regresó de su paseo, Iolanda suspiró aliviada. Candy preguntó si Albert había vuelto y le dijeron que no. Sin entender su tardanza o dónde estaba, entró en la tienda, se tumbó sobre una manta e intentó dormir, pero fue incapaz de hacerlo y se levantó.

Al salir de la tienda, Aston la vio y, al verla acercarse presurosa a su montura, preguntó:

—¿Qué ocurre?

—Voy a buscar a Albert. Aldo Sinclair quiere hablar con él.

George, que estaba hablando con Archie y con su hijo Tom, al verlos junto a los caballos, se acercó presuroso y repitió la misma pregunta que Aston:

—¿Qué ocurre?

—Candy va a buscar a Albert —contestó su hijo.

Tom sonrió y dijo:

—¿Echas de menos a tu esposo, señora Ardley?

Candy lo miró con gesto hosco y respondió:

—El laird Sinclair quiere hablar con él.

—Ya iré yo a buscarlo —intervino Archie—. Tú quédate aquí, Candy. ¿Hacia dónde ha ido?

Ella se encogió de hombros.

—Según Eliza, que es la última que lo ha visto, dice que lo dejó pensativo cerca del río —contó ella—. Yo quiero ir a buscarlo también.

—Quedaos aquí —insistió Archie—. Deberíais…

—Iré, ¿entendido?

Archie, tras cruzar una mirada cómplice con George, se dio por vencido e, instantes después, todos ellos salieron en busca de Albert.

Al llegar al río se separaron y, de pronto, Candy vio a unas mujeres salir de entre unos ramajes. Reían y sus pintas proclamaban lo que eran: prostitutas. Sin apartar la vista, vio a un par de hombres caminar tras ellas. Sus sonrisas lo decían todo. Lo habían pasado muy bien.

Aston llamó y todos acudieron. Al acercarse, Candy vio a dos mujeres más alejarse de allí con premura y a Albert sentado en el suelo, con la ropa descolocada. Tirándose del caballo, se acercó a él de malos modos, mientras George, sujetándola, le decía:

—Tranquila, muchacha.

Soltándose de él, furiosa e irritada, se encaró con Albert y le preguntó molesta:

—¿Lo has pasado bien con esas mujerzuelas, esposo?

Él, confuso, se retiró el pelo de la cara y, con voz pastosa, murmuró, tocándose la cabeza:

—¿De qué hablas?

Cuando él la miró y Candy vio su rostro ceniciento y su mirada algo perdida, supo que no lo había pasado nada bien. Miró hacia atrás y, sin perder un minuto y sin hacer caso de George, montó en su yegua y la azuzó hasta alcanzar a las prostitutas.

Una vez les bloqueó el camino, desmontó e inquirió:

—¿Qué le habéis hecho a mi marido?

Las dos mujeres se miraron y Candy desenvainó la espada y se la puso a una de ellas en la garganta.

—Nos han pagado para acompañar al hombre hasta que alguien nos encontrara —contestó ésta—. Cuando llegamos, él ya estaba adormilado y…

—¿Quién os ha pagado? —siseó Candy.

Ellas, temblando, se miraron entre sí y una explicó:

—Era… era un hombre alto que…

—¿De qué clan? —intervino Aston, que había llegado hacía un momento.

La mujer se encogió de hombros y Candy, dispuesta a saber más, dijo:

—Aston, que una cabalgue contigo, la otra vendrá conmigo.—Luego, mirándolas, ordenó—: Acompañadnos.

Asustadas, ellas dieron un paso atrás y Candy masculló:

—O venís por las buenas o por las malas, ¡vosotras decidís!

Sin poder hacer otra cosa, montaron con ellos y Aston y Candy regresaron al campamento. Allí, tras dar un par de vueltas, la que iba con Aston susurró:

—Aquel hombre es quien nos ha pagado.

Candy asintió. Nunca había visto a aquel individuo de aspecto sucio y desastrado. Tras bajar a las mujeres de los caballos, Aston dijo:

—Lo seguiré e intentaré ver…

—Ha sido Eliza —lo cortó Candy—. Sé que ha sido ella.

Y, con decisión, se encaminó hacia el hombre, pero Aston, parándola, preguntó:

—¿Adónde se supone que vas?

Enfadada, Candy, de un tirón, recuperó las riendas de su yegua y respondió:

—Voy a hablar con él.

—¿Te has vuelto loca?

—¿Acaso crees que me va a ocurrir algo rodeada de gente? —le planteó sonriendo—. Te recuerdo que aún soy la mujer del laird Albert Ardley.

Aston fue a protestar, pero ella fue hacia el hombre, que estaba sentado en el suelo. Se bajó del caballo y, acercándose a él, le espetó:

—¿Cómo te llamas?

Él la miró de arriba abajo y respondió:

—¿Y tú?

—Soy la mujer del laird Albert Ardley, ¿te suena de algo el nombre?

La expresión de él cambió y Candy, sin darle tiempo a reaccionar, se sacó la espada y, poniéndosela en el cuello, siseó:

—Sé que tú has golpeado a mi marido y que has pagado a dos fulanas para que lo acompañaran hasta que yo misma o algún otro lo encontrara. ¿Por qué lo has hecho?

La feroz fachada de él se vino abajo en décimas de segundo y contestó:

—Tenía hambre y esa mujer me…

—¿Mujer? ¿Qué mujer?

El vagabundo, temblando con la espada en la garganta, respondió:

—No lo sé. Me ha dado unas monedas y me ha pedido que hiciera eso.

Y, nervioso, miró hacia los lados. Candy le apartó la espada de su cuello y sentenció:

—No te mato porque mi marido está bien. Pero ten por seguro que si le hubiera ocurrido algo, ahora mismo serías hombre muerto. Nadie toca a mi gente. Y mi gente son los Ardley. Déjalo claro entre tus conocidos o las personas que te paguen. Si a alguno le ocurre algo, volveré a por ti y esa vez no tendré clemencia.

Al volverse, Candy vio a Louis, George y Albert sobre sus caballos. El aspecto de éste había mejorado algo. Al menos había recuperado el color.

—¿Qué se supone que estás haciendo? —preguntó él.

Candy, guardándose la espada, repuso:

—Simplemente, lo mismo que tú harías por mí.

A Albert, su actitud posesiva le gustó, pero no dijo nada.

El vagabundo, que aún seguía en el suelo, al ver a Albert se asustó más y, arrodillándose, le rogó:

—Le suplico clemencia, señor. Castígueme por lo que he hecho, pero no me mate.

Albert lo miró desde su caballo e inquirió:

—¿Quién te ha pagado para que lo hicieras?

—Una mujer —contestó Candy—. Y ya imaginarás quién es, ¿no?

Incrédulo, Albert dijo:

—No pensarás que ha sido Eliza, ¿verdad? —La mirada de Candy fue suficiente respuesta y él murmuró—: Olvídalo. Eliza no ha sido.

—Ella ha venido preguntando por ti. Le interesaba que yo te viera como te hemos encontrado. Está furiosa por nuestro enlace, ¿cómo no voy a pensar que ha sido ella?

—Tranquila, muchacha… tranquila —la aplacó George.

Albert miró al vagabundo y le dijo con voz calmada:

—Procura no volverte a cruzar conmigo, ni acercarte a ninguno de los míos o te prometo que no seré tan benevolente contigo la próxima vez. —Luego añadió—: Vamos, regresemos junto a los nuestros.

Con gesto de enfado, Candy guió a su yegua, y Albert, acercándose a ella, susurró al recordar lo ocurrido la noche anterior:

—Tenemos que hablar muy seriamente.

—Oh, por supuesto —replicó ella—. Sin duda hablaremos de la Sinclair.

—No, Candy… de ella precisamente no quiero hablar.

En ese instante, Archie se acercó a ellos y anunció:

—Lady Pauna ha venido.

Albert blasfemó. Los problemas se multiplicaban y, al mirar a su mujer, ésta agregó con mofa:

—Y contenta, lo que se dice contenta, no está.

Albert puso los ojos en blanco. Sólo le faltaba tener a su madre allí para terminar de volverlo loco.

Cuando llegaron al campamento, Candy, sin que Albert la viera, se separó del grupo. Y, tras pasar por su tienda y recoger a Iolanda, continuó hasta la tienda de Megan y Gillian. Necesitaba desahogarse con ellas.

—¿Estás más tranquila? —se interesaron.

—Sí. —Y, tras contarles lo ocurrido, gruñó—: Pero lo que más me irrita es que Albert no crea que ha sido la idiota de Eliza la que ha orquestado todo esto.

—La belleza en ocasiones los ciega —reflexionó Gillian.

—¡Hombres! —protestó Megan.

En ese momento entraron Duncan y Thomas y, al verlas a todas reunidas, preguntaron:

—¿Qué ocurre?

Megan, con una sonrisa que cautivó a su marido, se acercó a él y respondió:

—Candy y Albert han vuelto a discutir y la he invitado a quedarse en nuestra tienda esta noche.

—¿No habrá sido por la Sinclair? —sugirió Duncan.

Candy asintió y el hombre dijo:

—Quédate. No cabe duda de que Albert no sabe lo que hace.

El tiempo pasaba y Albert era consciente de que Candy no regresaba.

Antes de la cena ya no pudo más y fue hacia la tienda de los McRae. Archie le había dicho que ella estaba allí.

Al llegar, en la puerta se encontró a Duncan y Thomas ante el fuego. Éstos al verlo lo saludaron y Albert preguntó:

—¿Está aquí?

Ambos asintieron y Duncan afirmó divertido:

—Creo que es mejor que la dejes tranquila.

—No quiere verte —apostilló Thomas.

Albery negó con la cabeza, miró a sus amigos y preguntó furioso:

—¿Se puede saber de qué os reís?

—¿Qué haces casado con una mujer como Candy? —le preguntó Duncan—. ¿No decías que las guerreras no eran para ti?

—Es verdad —rió Thomas—. Aún recuerdo aquello de: «Me gustan las mujeres dóciles».

—O aquello otro de —se mofó Duncan—: «Nunca me casaría con una mujer contestona y porfiadora».

Escuchar sus burlas lo hizo sonreír. Durante años, a pesar de lo mucho que quería a Megan y a Gillian, él había huido de mujeres con carácter y escucharlos ahora le hacía entender que, en ocasiones, nada es como uno desea.

Los escuchó durante un rato. Se merecía todo aquello por lo mucho que él se había reído cuando ellos se enamoraron, hasta que la paciencia se le acabó y masculló:

—¿Queréis cerrar esas bocazas antes de que os las cierre yo?

Los hermanos McRae soltaron una carcajada y Duncan accedió:

—De acuerdo, nos callaremos. Pero tú date la vuelta y regresa a tu tienda. Candy se queda esta noche con nosotros.

—¡Ni hablar! —bramó él—. Me da igual si me quiere ver o no. Ella es mi mujer y regresará conmigo a mi tienda.

Los otros dos se levantaron y Thomas, con una sonrisa fanfarrona, susurró:

—Amigo, hay cosas que aún no sabes de las mujeres y…

Ya no pudo más. Albert levantó el puño y le soltó un izquierdazo.

Thomas se tocó el ojo dolorido y, mirándolo, lo increpó:

—¿Y esto a qué viene?

Sin hablar, Albert soltó un derechazo, que fue a impactar en el pómulo izquierdo de Duncan, y al ver que éste lo miraba con gesto furioso, explicó:

—Os la debía a los dos. Y ahora, apartaos de mi camino para que pueda hablar con mi mujer.

Pero no hizo falta. Ante la algarabía que había armado, Candy ya estaba delante de él, gritando:

—Por el amor de Dios, Albert, ¿qué estás haciendo?

Sin contestarle, la agarró de la mano y dijo:

—Tú te vienes conmigo.

—Ni hablar. No iré.

Albert la miró como un loco y siseó:

—No me desafíes, y menos delante de mis amigos.

Y, sin más, la agarró, se la echó al hombro y, sin importarle lo que ella le decía ni los puñetazos que le daba, se la llevó.

Megan y Gillian, que los observaban junto a sus maridos, sonrieron, y Duncan, tocándose el pómulo dolorido, comentó:

—¡Enamorado es poco!

CONTINUARA