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Capitulo 52
Cuando llegaron a su tienda, Albert la soltó. Durante varios segundos, esperó a que ella dijera algo y cuando vio que no tenía intención de hacerlo, dijo:
—Nunca más vuelvas a hacer lo que has hecho.
—Lo mismo digo —siseó furiosa.
Albert, con la respiración acelerada, preguntó:
—¿Qué hacías anoche vestida de hombre, con Jimmy y Iolanda? ¿Y de qué conocéis a la mujer que os vendió los vestidos?
Esas preguntas la sorprendieron. Estaba preparada para todo menos para responder a aquello e, intentando desviar el tema, contraatacó:
—¿Qué hacías tú con esas prostitutas en el bosque?
—Ha sido una encerrona, ¿acaso tú misma no lo has comprobado?
Candy asintió. Mientras, Albert, desesperado por que ella lo miraba y no decía nada, estalló:
—Por el amor de Dios, Candy, ¿quieres decir algo?
La joven lo miró y, tras unos segundos de tensión, soltó una carcajada.
—¿En serio les has pegado a Duncan y Thomas por mí?
Albert, al escucharla, y en especial al verla reír, se olvidó de todo lo que quería hablar con ella y, abrazándola, susurró:
—Por ti pegaría, mataría y haría las mayores atrocidades que un hombre puede cometer, mi vida.
Cuando dejaron de reír y ambos se tranquilizaron, inquirió:
—¿Qué ha ocurrido con mi madre?
—Nada especial —respondió ella, abriendo las manos—. Me ha insultado, me ha dicho que yo no soy tan maravillosa, guapa e increíble como Eliza Sinclair y yo le he dicho lo que pensaba de ella, de ti y de la Sinclair.
Sin sorprenderse, Albert la miró y ella continuó:
—No seré bonita, no seré rica, pero tengo dignidad y valor. Y, cariño, lo siento, pero no voy a permitir que nadie me menosprecie, ni siquiera tu madre.
Conmovido, Albert se acercó a ella.
—Nadie te menospreciará delante de mí. —Y cogiéndole la barbilla para que lo mirara, añadió—: Eres mi preciosa, encantadora y valerosa mujer y, antes de nada, déjame darte las gracias por enfrentarte a ese vagabundo por mí.
Encantada, fue a decir algo cuando Albert la besó. Introdujo su lengua en el interior de su boca y, apretándola contra él, la tomó con la pasión con que siempre lo hacía y, cuando la soltó, musitó:
—Siento lo ocurrido con mi madre y con Eliza. Y antes de que me vuelvas a embaucar, quiero hablar de lo que pasó anoche. Te vi llegar con Jimmy y…
Candy, poniéndole un dedo en la boca para que se callara, pidió:
—Vuelve a besarme. Es lo único que me interesa.
—Candy, debemos hablar.
—Bésame —insistió.
Él sonrió, pero cuando sus labios se iban a juntar, se oyó jaleo y gritos en el exterior de la tienda. Ambos se miraron y, rápidamente, Albert salió. Candy lo siguió y fuera se encontraron con Eliza Sinclair y Pauna.
—Albert, por el amor de Dios, ¿estás bien? —preguntó Eliza.
—Hijo de mi vida, ¿qué te ha ocurrido?
—Tranquila, madre, estoy bien —respondió él al verla tan preocupada.
—Esto es increíble —gruñó Candy, exasperada, mirando a Eliza—. ¿Cómo tienes la poca vergüenza de venir a preguntar por algo que tú misma has ordenado?
—¿Cómo dices?
Obviando la mirada de la madre de Albert, se acercó a la bella Eliza e insistió:
—Tú lo has ordenado todo. ¡Has sido tú!
La gente rápidamente hizo corrillo y Albert gritó:
—¡Candy, basta!
Eliza asustada, se colocó junto a Pauna y, llevándose las manos al pecho, preguntó:
—¿De qué me acusa?
—Hijo —intervino Pauna—, dile a tu mujer que no se puede acusar sin tener pruebas.
—Oh, claro —rió Candy al escucharla—. ¿Cómo no se iba a poner de su parte? ¡Faltaría más! Mire, señora, esa angelical doncella que está a su lado está furiosa por mi boda con su hijo y le ha pagado un vagabundo para que lo golpeara, y a unas furcias para que se quedaran con él hasta que alguien lo descubriera, y así avergonzarme ante todos los clanes.
Pauna, al oír eso, miró a Eliza, que dijo:
—No le hagas caso, Pauna. Yo nunca le haría algo así a Albert.
Candy resopló, mientras la madre de Albert parecía disfrutar con aquello y Eliza lloriqueaba en actitud de víctima. Albert, desconcertado por las palabras de su mujer, rápidamente comenzó a consolar a Eliza.
—¡Qué horrible! ¡Qué horrible es eso de lo que me acusa tu mujer!
Cansada de su actitud y con una chulería muy de Hada, Candy sonrió.
—A mí no me vengas con lloriqueos de pavisosa, que me los conozco. Y, por favor, quítate esa cara de mosquita muerta, que te he cazado.
—Oh, Dios mío —murmuró Pauna incrédula.
—Candy, haz el favor de contener tu lengua —dijo su marido.
—Imposible, Albert. En un momento así y ante esa tonta que te pone morritos, ¡imposible!
Eliza no dejaba de llorar y Candy, divertida y ganándose una curiosa mirada de Pauna, musitó:
—Serás llorona y mala persona, Eliza Sinclair…
La mujer soltó una carcajada y Eliza gritó:
—¡No me llames así!
—Oh… ¡claro que no! Con lo dulce y cariñosa que eres tú hasta con los niños —se mofó Candy—. Qué tonta soy. ¿Cómo puedo pensar algo así de ti?
Albert, bloqueado por los acontecimientos, miró a su mujer y siseó:
—Candy, ¡basta ya! Deja de culpar a Eliza.
Boquiabierta, le reprochó:
—¿Por qué no me crees y a ella sí?
—Eso, hijo, ¡acláralo! —lo instó Pauna.
Él a cada segundo más enfadado, cogió a Eliza del codo y a su madre y, alejándolas de allí, dijo:
—Vamos, os acompañaré a vuestra tienda.
—¡Albert! —gritó Candy alterada—. ¿Qué estás haciendo?
Enfadado con la situación, él miró a su mujer y respondió ante todos los presentes:
—Eliza es una buena amiga, que nunca, ¡nunca! —chilló—, haría lo que tú estás dando a entender. Y me molesta ver lo descortés que estás siendo con ella.
—Pero, Albert…
—¡Cállate, mujer, y no me enfades más! —bramó colérico.
Y, sin más, se alejó dejando a Candy sola y desesperada ante la tienda.
Todos los que habían presenciado lo ocurrido, tras mirarla se dispersaron. Iolanda murmuró:
—Vamos.
Furiosa e irritada, Candy se metió en su tienda y cuando Iolanda entró también, dijo descompuesta:
—Ha sido ella. Lo sé. Y… y… el idiota de mi marido es…
—Baja la voz —susurró Iolanda—. Si alguien te oye hablar así de él te puedes meter en un lío.
Consciente de que lo que le decía era cierto, cerró los ojos y calló.
Era lo mejor.
CONTINUARA
