Desmayarse, atreverse, estar furioso,

áspero, tierno, liberal, esquivo,

alentado, mortal, difunto, vivo,

leal, traidor, cobarde y animoso;

no hallar fuera del bien centro y reposo

mostrarse alegre, triste, humilde, altivo;

enojado, valiente, fugitivo,

satisfecho, ofendido, receloso;

creer que la vida en un infierno cabe,

dar la vida y el alma a un desengaño;

esto es amor, quien lo probó lo sabe.

―Soneto 126. Lope de Vega

.

.

.

.

.

.

.

Cuando lo miraba dormido no podía pensar en otra cosa que no fuera desear que así fuesen todos los días de su vida.

Su cabello negro, salvaje pero delicado, su piel de porcelana, sus negras y largas pestañas.

Sin duda lo que más le gustaba era pasar sus manos por su ancho pecho y fuertes músculos del abdomen. Recorrer cada centímetro de su piel mientras la cubría de besos apasionados y sus manos pintaban fuego sobre su piel.

Pensar en ello ya la hacía sentir calor en la parte baja de su cuerpo. Sostuvo con más fuerza la taza de té y se encogí sobre el sillón sin dejar de mirarlo.

Los primeros rayos del sol cruzaban las cortinas blancas y danzaban sobre su rostro, molestándolo.

―Tch…

―Hola gruñón.

Giró para mirarla, envolviéndose en la sábana; el contacto visual tan intenso que se estaba formando entre ambos comenzó a ponerla ansiosa.

― ¿Tan fea soy recién levantada? ―Si bien no esperaba una sonrisa sí una frase ingeniosa o algún comentario ácido de su parte, pero continuó mirándola fijamente sin decir palabra. Reparó en la taza negra entre sus manos. ― Oh…esto, es de manzanilla. Si quieres iré a prepararte uno.

Quiso pararse de ese sillón y caminar a la cocina, pero su mirada era un control remoto y justo ahora sentía que la había puesto en pausa. Parpadeaba lentamente, escrutando su cuerpo, no de una manera morbosa o grosera pero sí extraña.

―Levi, me estás preocupando. ¿Qué ocurre? ¿Tengo algo raro en la cara? ― Dejó la taza en el mueble al lado del sillón y restregó con ambas manos su rostro. Mientras lo hacía escuchó el piso de madera crujir, se había levantado y descalzo había caminado hasta ella.

Apartó sus manos del rostro. Él apartó uno o dos mechones de su cabello que cubrían su cara, la tomó del mentón y se agachó levemente para besarla.

Sus labios acariciaron sus labios con suma gentileza, fue un sencillo roce que la dejó con ganas de más, mucho más.

―Qué extraño, pensé que ibas a hacerme el amor de nuevo.

―Aún no he lavado mis dientes ni me he duchado…― "¡Este hombre! Apenas abría los ojos y no pensaba en otra cosa que no fuese la limpieza. Si hubiese de engañarla algún día, la primera sospecha irá dirigida a una escoba" pensó inmediatamente. Iba a reprocharle su carencia de romance cuando continúo hablando: ―…pero necesitaba sentirte y saber que eras real, y no una alucinación.

Aquello la dejó sin palabras, mirándolo como una boba. Se agachó de nuevo y besó su frente.

―Iré a bañarme. ― caminó hasta el closet de madera oscura y abrió las puertas dejando ver su ropa en perfecto orden. De una repisa alta tomó una toalla blanca y giró para verla de nuevo:

―Puedes buscar aquí algo que ponerte, vamos a tomar el desayuno afuera.

―Está bien.

No demoró mucho en salir de la regadera. Ella tomó una sudadera gris y volvió a usar sus jeans. Sus pantalones eran muy pequeños para ella. No se lo diría nunca, no si no quería que se enojara y dejara de hablarle un mes entero.

―Esa sudadera me quedaba grande, puesta en ti parece que la pubertad te llegó en medio de la acera.

Mikasa no aguantó la risa ante el comentario y entonces sucedió, como un deja vu: la boca que tanto disfrutaba besar se curvó con parsimonia, formando una sonrisa amable y cálida que le robó la respiración.

―Sonreíste…

―Sí, ¿qué tiene de raro?

― ¿Qué? ¿y todavía lo preguntas? ― ella saltó hacia él derribándolo en la cama. ―Es lo más hermoso que he visto en mi jodida vida, te amo Levi Ackermann ¿quieres casarte conmigo?

―Ni siquiera tienes un anillo.

―Lo compraré después.

Sacó su mejor pantalón y una camisa azul que Mikasa eligió. Fueron a una tienda mientras expedían una copia del registro de nacimiento de ella.

Camino al registro civil ambos discutían los últimos detalles.

―¿Qué piensas que harán los demás cuando lo sepan?

―Es probable que la prensa nos tire mierda. Arruinarás tu carrera.

―No me importa.

―Maldición, piénsalo bien, Mikasa.

―Más bien, piénsalo tú. Llevas más de media hora quejándote, estoy empezando a creer que en realidad no lo deseas.

―llamarte mi esposa, que lleves mi apellido y los demás tengan que dirigirse a ti como la Sra. Ackerman, es lo mejor que me pudiera pasar, lo que no deseo es que un día te levantes pensando que casarte con un viejo como yo, fue el peor error de tu vida.

―Todos nos equivocamos, pero tú jamás serías un error para mí.

—Eso dices ahora porque desconoces demasiado de mí.

—Entonces dime, cuéntamelo todo. Quiero saber quién eres, aunque te repito que el pasado no me importa más que para entender nuestro presente.

Esa tarde él usó un pantalón negro y una camisa blanca; Mikasa compró un vestido rosa y firmaron el acta. No hubo quien les tirase arroz o confeti, pero ellos eran felices y al cruzar la puerta no fueron más dos personas: eran el señor y la señora Ackerman.

.

.

.

.

.

.

.

.

.