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Capitulo 54
Por la tarde, mientras Candy se lavaba antes de vestirse para la fiesta de los clanes, entró Iolanda. Ella la miró y la joven dijo:
—Albert me ha pedido que le lleve su ropa a la tienda de Archie. Desea vestirse para reunirse con el resto de los lairds en el castillo de Stirling, antes de que comience la fiesta.
Con gesto duro, Candy asintió e, intentando que su gesto no la traicionara, contestó:
—Llévasela. Yo tampoco quiero verlo.
Al quedarse sola en la tienda, quiso ponerse sus pantalones y esfumarse. Pero sabía que no debía hacerlo. Debía terminar lo que había comenzado y, una vez se lavó, se puso el hermoso vestido rojo que se había comprado para Albert.
Con los ojos cerrados, se tranquilizó y cuando Iolanda entró ya ataviada con su vestido nuevo, Candy sonrió y dijo:
—Estás preciosa.
—Gracias —sonrió ella y, mirándola, añadió—. Tú estás escandalosamente guapa.
Encogiéndose de hombros, Candy susurró:
—Seguro que no tanto como la Sinclair.
—Déjame que te arregle el pelo —se ofreció Iolanda, cogiendo un peine.
—Da igual, Iolanda. Me da igual cómo lo lleve.
La joven miró a su amiga y, sin soltar el peine que tenía en las manos, replicó:
—No, no da igual. Le vas a demostrar a tu marido y al resto de los clanes que si esa Eliza Sinclair es guapa, tú lo eres más. No te dejes achicar por nadie ¡y menos por esa pavisosa!
Ambas rieron y Candy, encogiéndose de hombros, accedió:
—De acuerdo.
Al acabar, las dos salieron de la tienda y Archie y Jimmy, al verlas, se quedaron boquiabiertos. Eran dos preciosidades.
—No quisiera verme en el pellejo de Albert esta noche—murmuró Jimmy.
Archie asintió.
—Creo que esta noche no lo va a pasar nada bien.
Después, se levantó de donde estaba sentado y se acercó a Iolanda. Estaba preciosa con aquel vestido azulón y aquel otro peinado.
—¿Creéis que vamos bien para esa fiesta?
Jimmy soltó una risotada y luego confesó:
—No quiero perderme la cara de Albert cuando te vea. Creo que vas a ser una gran sorpresa para él.
Candy, con una falsa sonrisa, afirmó:
—Eso espero, sorprenderlo.
Iolanda, al sentir la presencia de Archie a su lado, y ver que Jimmy y Candy hablaban y se alejaban unos metros, se animó a mirarlo.
—Estás muy bonita así vestida —susurró él.
—Gracias. Tú también estás muy guapo.
Emocionado por aquellas amables palabras por parte de ella, dijo:
—Iolanda, quisiera hablar contigo, si me lo permites.
—Tú dirás.
Atónito por su cambio de actitud, no desaprovechó el momento.
—En cuanto a aquella bravuconada por mi parte, quisiera pedirte perdón. Ya no sé cómo decirte que nunca he pensado que fueras una mujerzuela, aunque mis palabras te lo hicieran creer así. Me siento muy tonto por ello. Eres una muchacha encantadora y te mereces ser feliz y…
—Estás perdonado —le cortó ella nerviosa—. Olvidemos lo ocurrido.
Incrédulo por haber conseguido, por fin, su perdón, él quiso hablar más de ello, pero Iolanda le pidió que lo dejaran correr.
—¿Podré pedirte algún baile esta noche? —preguntó entonces él, sonriendo.
—Por supuesto que sí, Archie. Estaré encantada de aceptar.
Al oírla, él esbozó una amplia sonrisa, la primera en muchas semanas: por fin parecía que la joven lo había perdonado, y ofreciéndole el brazo dijo:
—¿Serías tan amable de ser mi acompañante esta noche en la fiesta?
Iolanda, animada, se agarró de su brazo y echaron a andar rumbo al castillo.
Jimmy, al verlos, suspiró divertido y exclamó:
—¡Por fin dejaré de escuchar los lamentos de Archie!
Candy sonrió contenta. Sin duda, Iolanda quería disfrutar la noche.
De camino al castillo de Stirling, pasaron por el campamento donde estaban Gillian y Megan y cuando éstas vieron a Candy, se quedaron sin palabras.
Al entrar en el castillo, ella estaba nerviosa. Seguía enfadada con Albert pero al mismo tiempo deseaba que sólo se fijara en ella.
Por primera vez en su vida, quería estar más guapa y atractiva que nadie, y las miradas de muchos guerreros le confirmaron que iba por buen camino.
Gillian, que iba a su lado, divertida al ver cómo muchos no le quitaban la vista de encima, cuchicheó:
—Si cualquier hombre me mirase así en presencia de Thomas, te aseguro que la fiesta no terminaría bien.
Megan soltó una carcajada y apuntó:
—Duncan ya les habría cortado el cuello.
—Yo también se lo cortaría —gruñó Jimmy, mirando con gesto hosco a los que se paraban a mirar a las mujeres que iban con él.
—Creo que esta noche vas a ser la sensación —comentó Megan.
—Eso espero —susurró Candy.
—No te preocupes por lo ocurrido con la Sinclair —rió Gillian—. En cuanto Albert te vea con este vestido, sólo tendrá ojos para ti.
—Albert y todos —masculló Jimmy.
Cuando llegaron al comienzo de una escalera que desembocaba en una enorme estancia, se pararon para mirar. Allí había ya un buen número de gente y el ambiente era alegre y animado.
Duncan, el marido de Megan, que estaba pendiente de la llegada de su mujer, al verla aparecer le sonrió. Aquella morena de pelo azulado era su gran debilidad y al verla tan bonita con aquel vestido rosa palo, murmuró:
—Tan hermosa como siempre.
Thomas, al oír a su hermano, se volvió y sonrió. Junto a Megan estaba Gillian, su loca e intrépida mujer, ataviada con un vestido azul cielo, y él, orgulloso, murmuró:
—Mi preciosa gata, está bellísima.
—¿La que va junto a Archie y Jimmy es Candy? —preguntó Pauna, que estaba con ellos.
Thomas asintió y, divertido, cuchicheó:
—Si yo fuera Albert, ya tendría la espada en la mano.
Éste, que estaba hablando con el padre de Eliza, y con su mujer, lady Sarah, al oír un murmullo colectivo, miró hacia la escalera y se quedó sin habla cuando se percató de que la bellísima mujer del vestido rojo y el pelo suelto que iba junto a Archie era su esposa. Estaba impresionante.
—Imagino que la rubia que va junto a tu hombre de confianza es tu mujer, ¿no es así? —preguntó Aldo.
Lady Sarah se sorprendió al ver a la joven. Vestida así, nada tenía que ver con la muchacha que había conocido.
Pauna se acercó a su hijo y le susurró al oído:
—Creo que el vestido que lleva tu mujer es algo escandaloso, pero no puedo negar que está muy bella.
Albert, todavía pasmado, asintió. Candy era bonita, siempre lo había sabido, pero ataviada con aquel impresionante vestido que se ajustaba a las curvas de su cuerpo de una manera excepcional estaba arrebatadora.
Sin importarle lo que Aldo o su mujer pensaran, separándose de su madre se encaminó hacia la escalera para recibirla y, cuando Candy llegó al último escalón, la cogió de la mano y, mirándola a los ojos, dijo:
—Asombrosa.
Con una fingida sonrisa, que escondía su malestar, lo miró y respondió con mofa:
—Seguro que no tanto como Eliza Sinclair.
Ese comentario y su tono de voz molestaron a Albert, que se maldijo por no haber hablado con ella y aclarado la situación antes de la fiesta. Sin soltarla, caminó con ella por el salón, y al ver cómo los hombres los observaban, dispuesto a dejar claro que aquélla era su mujer, le agarró la mano con fuerza y, acercándola a él, la besó en los labios y, al ver que Megan los observaba, murmuró:
—Estás preciosa, mi cielo.
Candy lo miró y, entrecerrando los ojos, sonrió. Le apetecía darle con algo en la cabeza, pero no era el momento ni el lugar.
—¿Has vuelto a decir «mi cielo», Albert? —susurró Megan.
Él, sin apartar los ojos de su extraordinaria mujer, contestó:
—Sí. Eso he dicho.
Megan y Gillian se miraron incrédulas y esta última musitó divertida:
—Increíble. Él, que se burla siempre de nosotros por utilizar palabras dulzonas y empalagosas con nuestros maridos…
Todos sonrieron excepto Candy.
Albert, consciente del estado en que se encontraba, sin soltarla, la miró a los ojos y, en tono íntimo, preguntó:
—¿Por qué te has puesto este vestido?
—¿No te gusta?
Él, sin dejar de mirarla, comentó:
—Es un pelín escandaloso. —Y, quitándose el plaid que llevaba al hombro, se lo echó por encima y dijo—: Así está mejor.
—Pero cariño —se mofó ella—. Si a ti te gustan las mujeres con vestidos escandalosos.
—Candy… —siseó Albert.
Ella le devolvió el plaid y al ver que unos highlanders los observaban, dijo:
—Gracias, pero no tengo frío.
Sin soltarla de la mano ni un instante, Albert vio su gesto serio y le reprochó:
—¿No piensas sonreír esta noche?
Candy lo miró. Estaba guapísimo ataviado con aquellos pantalones de cuero negros a juego con la chaqueta oscura. Deseosa de volverlo loco, sonrió y respondió:
—Claro que sí, cariño. Te aseguro que no voy a parar de sonreír el resto de la noche.
Su tono a Albert no le gustó y, acercando la boca a su oído, dijo:
—Candy, te conozco, ¿qué pretendes hacer?
Sin borrar la sonrisa de su boca, ella contestó:
—Simplemente lo mismo que haces tú delante de mí.
Él se puso alerta. ¿Qué se traía entre manos?
En su camino por el salón, varios highlanders, enterados de su enlace, se acercaron y, junto a sus mujeres, los felicitaron. Candy se lo agradeció con una arrebatadora sonrisa y Albert sonrió también. Era buena disimulando.
Pero cuando varios de los solteros con los que él mismo se había corrido sus buenas juergas se les acercaron, sintió una extraña incomodidad al ver que ella seguía sonriendo.
Con disimulo observó cómo aquellos depredadores miraban a su mujer y no le hizo ninguna gracia. Oír cómo la alababan y ensalzaban lo molestó y entendió muchas de las actitudes de otros highlanders casados cuando él aparecía en las fiestas. De pronto, él tenía una mujer que le importaba y por nada del mundo iba a permitir que ninguno de aquéllos se propasara.
Cuando terminaron de hablar, sin soltarle la mano, Albert caminó con ella hacia donde estaban sus amigos, luego le preguntó en un aparte:
—¿Te diviertes?
Ella, hirviendo de furia por dentro, lo miró y luego miró a uno de los hombres que Albert le había presentado y, tras comprobar que la miraba, respondió:
—Por supuesto, y más que pienso divertirme.
Albert, al darse cuenta de cómo miraba a Ramsey Maitland, maldijo en voz baja y, acercando su boca a la de ella, murmuró:
—Aléjate de él, ¿entendido?
Sorprendida, Candy clavó sus bonitos ojos verdes en los de su marido y, sin que nadie la oyera, replicó:
—Cariño… estaré tan lejos de él como tú lo estás continuamente del caprichito de Elizq Sinclair.
A Albert se le revolvió el cuerpo y ya estuvo seguro de que Candy tramaba algo. Quiso protestar, pero en cambio preguntó con la mayor galantería posible:
—¿Te apetece beber algo?
Ella, que estaba pendiente de ver a Eliza Sinclair, contestó distraída:
—Una jarra de cerveza no estaría mal.
Albert asintió, pero antes de irse le indicó inseguro:
—No te muevas de aquí. Regresaré en un instante.
Con una más que fingida sonrisa, Candy asintió y, en cuanto él se marchó, se alejó unos metros de sus amigos y se apoyó en una de las paredes de piedra, pero, al cabo de breves instantes, varios hombres la rodearon, dispuestos a hablar con ella.
Archie, que observaba la situación de pie junto a Iolanda, tras beber un sorbo de su copa, comentó:
—¿Qué trama Candy?
Iolanda miró a su amiga, bebió también y dijo:
—No lo sé.
—¿Seguro? —insistió Archie.
Con una gracia que a él lo hizo sonreír, la joven parpadeó y afirmó:
—Sí. Pero ten por seguro que si lo supiera no te lo diría.
Instantes después, cuando Albert regresó con las bebidas, maldijo al ver a su mujer rodeada de halcones. Con una más que forzada sonrisa, se acercó a ella y le entregó su bebida, a la espera de que se pusiera a su lado. Pero al ver que no se movía y continuaba riendo con aquellos hombres, se hizo a un lado y se retiró.
Duncan, que lo observaba todo con atención, sonrió. Ver a Albert en aquella situación era algo nuevo para él y al observar que bebía de su copa a toda velocidad con gesto incómodo, se le acercó.
—Me ha dicho Megan que has vuelto a discutir con tu mujer por la Sinclair. Incluso que has hecho que se disculpe ante ella.
Enfadado, Albert asintió y, mirando a su amigo, siseó:
—Candy la acusó delante de todos.
—Y tú, con tus actos, te has puesto de parte de Eliza, ¿verdad?
Él lo miró sin responder y Duncan le aconsejó con una sonrisa:
—Nunca, nunca, te pongas del lado de otra mujer que no sea la tuya.
—¿Ni siquiera cuando no tiene razón?
—¿Acaso sabes la verdad de lo sucedido? —Albert negó con la cabeza y el otro prosiguió—: Pues entonces, lo mejor es no decantarse por ninguna y permanecer al lado de tu esposa.—Albert maldijo y Duncan, divertido, añadió—: Querido amigo, sobre mujeres sabrás mucho, pero sobre esposas y cómo tratarlas, creo que tienes mucho que aprender. Y, por cierto, ese puñetazo que me diste, aún me duele.
Albert maldijo en silencio mientras observaba a su preciosa esposa reír a carcajadas con aquellos guerreros. Le molestaba que ella fuera el centro de atención de otros, pero ante eso poco podía hacer, a no ser que se comportase como un animal y se la llevara a la fuerza, cosa que no iba a hacer.
—¿Por qué estás tan concentrado, mi cielo?
Al oír la voz divertida de Megan y ver que Duncan sonreía, murmuró:
—Te gusta verme en esta tesitura, ¿verdad?
—¿Por qué, mi cielo? —se volvió a mofar ella.
—Megan… —la reconvino Duncan.
Malhumorado y sin querer contestar, Albert se terminó su jarra de cerveza. Megan, al ver lo enfadado que estaba, dijo:
—Lo siento.
Él refunfuñó, miró de nuevo a los hombres que había alrededor de su mujer y, descompuesto, vio que algunos parecían abstraídos, otros atontados y otros le sonreían con auténtico deleite. No quiso imaginar lo que pensaban. Si lo hacía, se enfadaría mucho más.
—Iré a por otra bebida.
Duncan lo agarró del brazo y susurró:
—Es tu esposa. Llévatela contigo.
Albert lo pensó, pero no dispuesto a hacerlo, sin decir nada se marchó.
Con el rabillo del ojo, Candy vio que se alejaba y respiró aliviada. Para ella tampoco estaba siendo fácil aquella situación. Sentir su reprochadora mirada la inquietaba, pero quería enfadarlo y hacerle sentir lo que ella sentía cuando él sonreía a otras.
Cuando llegó donde estaban las bebidas, su madre se le acercó:
—¿Qué os ocurre a ti y a tu mujer?
—Nada.
Con una sonrisa que le hizo saber que no lo creía, Pauna dijo:
—Reconozco que no me gustaba Candy, porque creía que era una jovencita tontorrona, pero, hijo, a cada instante que pasa, me gusta más.
—Madre… —resopló él.
—Esta chica sí que sabe darte tu merecido —rió la mujer, alejándose.
Ramsey Maitland se acercó a Candy. Era alto, moreno y con unos ojos oscuros increíblemente inquietantes, y por cómo las mujeres lo miraban, ella intuyó que era tan deseado como su marido.
Charlaron durante un rato, hasta que él le preguntó si quería bailar. Candy lo pensó, pero al ver bajar la escalera a Eliza Sinclair y observar cómo su marido le sonreía y se acercaba a saludarla, aceptó.
Empezó a danzar con Ramsey junto a otras parejas. Allí estaban Iolanda y Gillian con Archie y Thomas, divirtiéndose. Cuando ellos la vieron acompañada de aquel hombre en vez de por Albert, se miraron sorprendidos pero continuaron bailando sin decir nada.
La música era algo que a Candy siempre le había gustado y alegrado y cuando comenzó a bailar y vio que Ramsey era un buen bailarín, se entregó encantada a la danza, sin darse cuenta de que Albert la observaba.
—La gente comienza a murmurar —dijo Duncan, acercándose a él.
—Lo que murmure la gente bien sabes que nunca me ha importado —respondió Albert.
—¿Ni siquiera si dicen cosas que no son verdad?
Al ver que Albert no respondía, Duncan miró a su mujer, callada a su lado, para variar, y convino:
—De acuerdo, Albert. Sólo te diré que no me gustaría estar en tu pellejo.
Él, de un trago, se acabó de nuevo su bebida y, dejando la jarra sobre una mesa, con una arrebatadora sonrisa masculló:
—¡Si mi mujer quiere jugar, jugaremos!
Acto seguido, se dio la vuelta dejando a sus dos amigos preocupados, e invitó a la hija de los Carmichael a bailar. Ella aceptó encantada. Después bailó con la hija de los Jones, la nieta de los Campbell y muchísimas mujeres más. Todas aceptaban, sonrientes y encandiladas por la caballerosidad de Albert.
CONTINUARA
