Iori arribó al lugar. En los lindes de una montaña poco inclinada, tras una hora de caminata en medio de la maleza alta y la nieve clara, llegó al sitio marcado en el mapa. Se dispersaron por toda una zona extensa y boscosa que empezaron a explorar pasado el mediodía

Sintió el móvil vibrar en su pantalón. Era Kyo que exigía saber como iba el recorrido y Iori respondió con pocas palabras disponiendo su atención a la búsqueda.

Entre las densas capas de nieve reflejando el día, la visibilidad era perfecta, pero aun así no había indicio alguno del Hokora. Tras tres horas de búsqueda infructuosa, mientras los ninjas seguían diseminados por el terreno, Iori tomó asiento en un arbol de raices altas.

Cerró los ojos concentrándose, queriendo enfocar la energía de Ankoku o percibir si Chizuru se encontraba allí. Pero no detecto nada útil aparte de la reposada esencia del Yokai, tranquila y pasiva generando que la sangre de Orochi en su cuerpo se revolcara incomoda constantemente. También habían algunas pinceladas agresivas de la energía de Kyo impregnadas en su ser. Casi como una marca imborrable.

Abrió los ojos mirando sus manos un instante. Había un delgado hilo que conectaba su esencia a la de Kyo de una manera desconocida para Iori, una delgada pero firme conexión que había quedado tras la destrucción del primer Hokora. No entendía bien como se había formado, y eso no le gustaba.

El móvil vibró una vez más. Kyo le había estado escribiendo con cierta constancia mientras duraba la búsqueda y Iori había respondido a casi todas sus preguntas. Sabía que estaba expectante a lo que pudiese pasar, y estar lejos de la situación lo hacía molestamente insistente. Se dispuso a responder.

Iori: No hay cambios. Siguen sin encontrar rastro.

Kyo: Tienes unos de los mejores sabuesos que he conocido y no han encontrado nada? Deberías reconsiderar esa nómina.

Iori: Tal vez lo haga.

Kyo: Casi podría jurar que lo dices en serio

Iori: No necesito sirvientes inútiles.

Kyo: Jaja tú mismo no lo has encontrado…

Aun así no te parece extraño?

Iori: Si, pero no hay reacción alguna.

Kyo: Y si el viejo nos mintió?

Iori: Con qué objetivo. Hacer que vinieramos de paseo por el bosque?

Ni siquiera hay rastro de posibles enemigos.

Kyo: Hay algo extraño en todo eso. Puede que requiera algo más.

Iori: Llevamos horas buscando aquel algo.

Kyo: Si yo estuviera allí…

Iori: Solo serias otra compañía inoficiosa más.

Kyo: Vamos Yagami. Di que me extrañas.

Iori:

Kyo: Piensa bien cómo fue la última vez. Debe haber algo que estás pasando por alto.

Iori: Tu encargate de tus cosas Kusanagi. Yo me encargo de esto.

Kyo: Infórmame cuando encuentren algo.

Iori: Lo haré.

Guardó el móvil y se recostó en el árbol, respiro profundo el aire invernal. La irritación creciente menguó un poco. Tal vez Kyo tenía razón. Rememoró lentamente cada instante de la noche en que destruyeron el primer Hokora. Pero su percepción había sido completamente nublada, caótica, a causa del disturbio y la manifestación de ese espíritu.

Aunque Chizuru había estado guiando sus pasos a través de ese plano de pesadilla en medio de la realidad, de alguna forma que no recordaba bien, había llegado al Hokora.

Tal vez era la noche la que tenía una relación directa con el Yokai, no estaba seguro si el espíritu había llegado a manifestarse durante el día.

Suspiró cansino y consideró que tal vez debía retomar esa dolorosa conexión para ubicar la tumba. En esa ocasión había estado cerca de ser consumido por la oscuridad, aunque uno de los Hokora ya estaba destruido de cuenta de eso..

Había pensado en la posibilidad desde antes, pero la sola idea de sumergirse una vez más en ese caos desgarrador, le enfermaba.

Al no tener la seguridad de que funcionaria, había considerado aquello como algo innecesario y contraproducente para todos. Pero ahora, una vez más, empezaba a palpar la idea.

El riesgo de ser contactado por los Bihksu siempre estaba presente en cada inmersión a aquel plano espiritual y aquello pesaba a la hora de decidirse.

Gruñó dando por finalizadas las cavilaciones. En poco tiempo empezaría a oscurecer. Guardaría a la última posibilidad de que la noche influyera en el Yokai y este pudiese manifestar alguna pista. En caso de que no, entraría en la conexión, pero intentaría hacerlo a su manera. Sin permitirle tener el control a aquel espíritu, o a sus enemigos.


Kyo guardó el móvil bajo el traje ceremonial y reviso de que nadie lo hubiese estado vigilando mientras escribía. Aprovechaba los pequeños momentos de soledad para contactar a Iori. Tenía la necesidad de estar al tanto de que no se lo hubiese engullido aquella criatura de repente. Aunque tenía la profunda impresión de que si algo pasaba con Iori lo sabría al instante.

Giró hacia el lago congelado observando el reflejo opaco de la casona y los peces koi detenidos en el tiempo mudo del invierno. Desde su despertar había estado rotando de un lugar a otro, entre protocolos, charlas y re encuentros con un lado de la familia desconocido para el Kyo.

La casona tenía mucha más gente de la que él esperaba. Todas las cabezas representantes aún vivas y los nuevos delegados tras los fallecidos. Los sirvientes propios y ajenos revoloteaban por las instalaciones de un lado a otro sin cesar. Un murmullo ajeno a todo el paisaje suspendido y silencioso del exterior.

Varios de los viejos continuaban con la idea de apoyar su causa dada la elección natural del poder en la reliquia. No cuestionaban en absoluto la autoridad que había ejercido su padre, ni su deseo de que Kyo continuara con el legado. Pero la otra parte, un poco más joven y fresca en las tradiciones, habían determinado con mayor practicidad un líder que consideraban más apto. Postulando a Jun Kusanagi como la opción más razonable.

Aun así, a pesar de estar cuestionando la posición de Kyo, se mostraban amables y respetuosos todo el tiempo.

Kyo solo había tenido la oportunidad de ver un par de veces a su adversario y cruzar unas pocas palabras con él. Un hombre maduro, pasado de los 30. Seguro, preciso y de porte altivo.

Algo prepotente tal vez, pensó. Pero su interés por la familia parecía sincero.

Aun así Kyo se sentía absolutamente capaz y preparado para asumir el rol de líder, y la reliquia estaba en su esencia remarcando su poderío. Lo único que retenía de desbocar todo su interés en potenciar a los Kusanagi, era Iori. Kyo no se atrevería a entregar o arriesgar a Iori por el bienestar de su clan y agradecía que Yagami fuese ya más flexible respecto al tema.

Respiró profundo el aire helado. Él podía manejarlo. Guiar a todos por el mejor camino sin incentivar más conflictos contra los Yagami, en especial aplacar el interés por la cabeza de Iori. Abandonó esos pensamientos centrándose mejor en el enfrentamiento y sopesando qué técnicas podrían serle más ventajosas en contra del fuego.

Cuando se dispuso a cruzar el puente rojo que daba acceso a los caminos principales del jardín, vió la figura inconfundible de su adversario, observando la blancura estática del paisaje.

Jun Kusanagi, vestía una ligera bata con el símbolo del sol eclipsado a su espalda. Tenía la figura recta con una mano posada en la espalda. Un aire solemne y muy serio lo rondaba. Como si solo formas perfectas pudieran acompañarlo.

Kyo chasqueo la lengua molesto. Hasta estando solo aquella persona parecía mostrar demasiada altivez.

— Usas ropa delgada para el invierno. — Comentó Kyo despreocupado posicionándose a un costado distanciado del hombre. El miró con delicadeza en su dirección y observó a Kyo de pies a cabeza un instante. Un escrutinio rápido.

— Y usa usted demasiadas prendas para ser el portador de la reliquia. — Respondió Jun más interesado que déspota.

Kyo se tenso un instante sopesando sus palabras, él mismo había llamado su atención a esa cuestión sin querer.

— No suelo usar mi energía de forma innecesaria. — Acotó con aparente desdén el castaño. El hombre lo observó una vez más con mayor escrutinio.

— Por cómo fluctúa esa energía. —volvió a girar su atención hacia el lago—. No es necesaria mucha concentración para percibir la agresividad. — Puntualizó con calma Jun.

El percibía su energía como si reaccionara a las intenciones propias. No podía escrutar tan facilmente como Iori o como los monjes en aquella emanación enrarecida.

Que pensara que era a causa del eventual combate que tendrían por el liderazgo, era mejor a que indagara más en la cuestión. Así que finalmente Kyo sonrió con desdén permitiéndole aquella interpretación y guardó silencio.

— No tengo nada personal contra usted Kyo Kusanagi. —habló el hombre nuevamente—. Respeté mucho los designios de su padre y confíe al principio en las capacidades que podría tener su heredero. Pero, los tiempos ahora han cambiado y requieren decisiones más precisas y contundentes. — Puntualizó sin quitar la mirada del paisaje invernal.

— ¿Como que tipo de decisiones…? — Indago Kyo repasando mentalmente todas las posibilidades que había estado debatiendo en los últimos días y que aún se discutían dentro del clan. Jun giró una vez más su mirada rígida de tonos miel, posandola sobre la retadora expresión de Kyo.

— No podemos continuar en investigaciones pasivas. Debemos contraatacar antes de que el enemigo se fortalezca. Los Yagami están aliados a una parte central del gobierno hasta donde tenemos entendido, están ganando poder político y económico a un nivel alarmante. Incluso hay fuertes sospechas de que el Theno está inmiscuido en los beneficios que han obtenido. Eso debe detener su curso. — Habló mientras su expresión parecía alterarse con suavidad.

— El terreno esta completamente minado, un movimiento en vano y podríamos ser tachados de terroristas y buscados como tales. No podemos actuar sin antes tener claridad en la situación… — Replicó Kyo observandole.

— Muchos de los nuestros han muerto. Nuestros ancianos fueron masacrados en un acto que el gobierno dejó pasar sin nombre y mantiene bajo investigación. Un protocolo frívolo que no avanza en ninguna dirección. Nuestras familias están en peligro, nuestra integridad amenazada. No podemos aguantar más agresiones sin actuar. —hizo una pausa donde calmo un poco sus semblante tenso—. Ellos han cometido actos deshonrosos y confabuladores a nuestras espaldas, han enredado y traicionado a nuestros hermanos, padres, abuelos. Tu padre fue solo otra víctima más de sus juegos manipulativos. La sangre se paga con sangre Kyo Kusanagi. —tomó una bocanada de aire helado y Kyo lo observó bastante extrañado. Hasta el momento solo había percibido de aquel hombre un aura de altiva tranquilidad y condescendencia con los suyos—. Nosotros devolveremos la misma moneda. Yo me encargare de que así sea. Ellos no son los únicos que pueden utilizar a los suyos en su contra. — Puntualizó con desprecio.

Kyo lo observó sin palabras; la rabia y el resentimiento de Jun Kusanagi era densa. Realmente era un idealista completamente determinado al clan. Y aunque podía entender su resentimiento, su ira. Pensar en recurrir a métodos tan monstruosos como los usados por Takeshi, se le hacía impensable. Por otro lado una fuerte punzada de alarma le llegó al escuchar las últimas palabras. Si una parte del clan deseaba usar a los enemigos en contra de sí mismos. También cabía la posibilidad de que ahora quisieran atrapar a Iori vivo.

— Que demonios estas diciendo. ¿Estás dispuesto a volvernos unos asesinos despreciables como ellos? ¿Matar mujeres, ancianos, incluso meternos con los niños...? Aparte, como piensan infiltrar a su gente si ya la guerra esta practicamente declarada. — Preguntó Kyo con cierta tensión en la voz.

— ¿Asesinos nosotros? Es exactamente eso Kyo Kusanagi. Una guerra. Una donde la nobleza sólo terminará por ponernos de rodillas a sus atrocidades. —Jun hizo una pausa corta en la que miro a Kyo cara a cara—. Un líder debe tomar las decisiones más acertadas para el bienestar del clan. Sin importar qué tanto puedan agraviar estas su naturaleza. Dime Kyo Kusanagi. ¿Estás dispuesto a hacer lo necesario, a sacrificar lo necesario por el bien de la familia? — Preguntó con una ferocidad implacable.

— Si eso implica perder todos los principios que construimos y respetamos... ¿Cual es el maldito punto en usar los mismos métodos? Esto no es una cuestión de poder y posición. ¿Con qué objetivo nos degradariamos? — Devolvió Kyo la pregunta con la misma ferocidad.

— Respeto y temor de atreverse a intentarlo de nuevo. Si tu padre hubiese elegido otro camino no habría necesidad de un nuevo líder. Pero sus principios y emociones nublaron su juicio. Y ahora estas aquí a punto de enfrentarme para defender la posición de tu legado, mientras tu madre intenta mantener unidas las partes fragmentadas que Saisyu Kusanagi dejó atrás. ¿No habríamos perdido menos nosotros si tu padre hubiese entregado a tiempo al traidor de Seiki Kusanagi?...habríamos descubierto tanto, habríamos estado preparados para casi todo. — Jun suspiró exasperado. Kyo lo miró con dureza, pero antes de hablar este le interrumpió.

— Cuando tu madre finalmente nos informó de las intenciones de Seiki tras la confesión de su esposa, supimos lo grave que había sido la omisión de Saisyu al no exponerlo frente al clan. El vínculo con su hermano fue superior al bienestar y los intereses del clan Kusanagi. Luego murió él...murieron tantos, incluyendo a mi padre. —suspiró con algo más de calma—. Tantas tragedias que pudieron haberse evitado. Dime...esos principios que mencionas, son principios colectivos enfocados en el clan y nuestras familias, o son meramente personales... —

— Mi padre no tenía forma de saber lo que había detrás de Seiki. Estás juzgando precipitadamente. ¿Habrías tú expuesto a alguien tan cercano sabiendo que fue engañado? ¿Por algo que ni siquiera comprendias del todo? — Preguntó Kyo con indignación.

— Yo no Kyo Kusanagi. Pero como líder del clan, si. Es absolutamente necesario saber que exponer o sacrificar por un bien mayor. — Puntualizó Jun con vehemencia. Como si hablara pacientemente con alguien que no comprende la crudeza del mundo.

Kyo no pudo refutar sus palabras al instante. Que las sintiera tan incorrectas, no las hacía menos ciertas. Y aunque ese era el verdadero rol de un líder, él no permitiría pervertir a todo un clan por la venganza. Ese no era el camino por más acertado que pareciese. Su padre nunca habría permitido ese proceder.

— El odio no puede hablar por los nuestros. Llevar el clan a una guerra que va a arrebatarnos más vidas, sin entender aún la razón de lo que está pasando. No es la solución. — Espetó Kyo manteniendo la calma por poco.

— No ahora. Pero la confrontación será inevitable...—dijo Jun con aire distraído retornando a sus rasgos rígidos y calmos. Mirando una vez más el lago congelado—. La pregunta final reposara sobre nuestras cabezas cuando nuestro fuego se enfrente. Quien va a guiar al clan en estos tiempos tan nefastos, que camino tomará el que gane...y bajo qué condiciones. — Se giró con la intención de irse.

— Piensalo Kyo Kusanagi. Que estas dispuesto a dejar atrás por representar y buscar el bien de todos los tuyos...dime que puedes diferenciar entre lo que es correcto y lo que es necesario. Tal vez así, yo comprenda mejor tus motivaciones. — Se alejó con completa parsimonia entre algunos copos errantes de nieve.

Kyo tomo una profunda bocanada de aire. El viento helado ingreso abrasivo a sus pulmones. Pero la sensación calmó la frustración que sentía. Si tan solo no tuviese la maldita grieta en su espíritu.

Ahora comprendía porque habían apoyado a Jun Kusanagi. Por primera vez debía considerar que tal vez aquel hombre fuese un líder más contundente a las exigencias del clan. Pero aun así, ese no era el camino que había deseado su padre.


La tarde moría imperceptible en la gris densidad del cielo. La oscuridad empezaba a cernirse sobre los pastizales cubiertos de nieve. La temperatura descendió notablemente ante la llegada de la noche y Iori aguardó en medio de aquella penumbra creciente, que algo dentro de él manifestara alguna pista.

Los supaida, liderados por Saito, continuaban haciendo un incesante barrido a la zona. Algunos Torakka habían demarcado sellos de detección intentando ubicar nichos energéticos. Pero toda la extensión de tierra parecía reaccionar al unísono, estaba impregnada de aquel hokora, sin dar lugar a un epicentro. Esto generaba que los sentidos de los sabuesos Torakka fueran desorientados.

Con la llegada de la noche Iori sintió su cuerpo más pesado y un leve matiz doloroso renacía en su interior; efectivamente la oscuridad parecía generar reacción en esa esencia tranquila de Ankoku. Intensificando su poder.

Las voces de Orochi exclamaron ahogadas e iracundas y el susurro desvaído de los espíritus, llegó al pelirrojo como un murmullo tenue.

Aun así, tras unos largos minutos a oscuras, en que los ninjas empezaron a encender pequeñas luces rojizas a lo largo de la extensión del claro y el bosque, Iori no percibía aún la esperada señal. Maldijo por lo bajo.

El móvil vibró de nuevo tras un largo rato de quietud.

Kyo: Como va la búsqueda?

Iori: Igual de infructuosa.

Kyo: Recuerdas algo de cómo apareció el primer Hokora?

Iori: No.

Kyo: Entiendo

Iori: Pero percibí algo diferente al entrar la noche. Creo que pronto deberá manifestarse.

Kyo: ...espero que no cometas errores.

Iori: Ahora dudas de mi Kusanagi?

Kyo: No, solo debo ocuparme de algo importante y no podré seguir más sus pasos en un buen rato.

Iori: No es necesario que sigas todo lo que hacemos.

Kyo: Lo sé...Iori

Iori: Hablas extraño, pasó algo?

Kyo: No, solo...ten cuidado.

Iori: Eso hare.

Kyo: Te quiero.

Puntualizó Kyo y una leve presión recorrió el abdomen de Iori. Algo no estaba bien en esas palabras inesperadas. O solo lo hacía sentir algo avergonzado. Sonrió con con cierta desconfianza y dejó pasar la sensación. Algo le hacía sospechar que lo que Kyo tenía entre manos no era una cuestión sencilla como le había asegurado.

Iori: Más te vale que eso que tienes que hacer salga bien. Debes regresar pronto o el último Hokora lo destruiré yo solo.

Kyo sonrió, como siempre Yagami era bastante perceptivo. También sabía que Iori no escribiría algo tan vergonzoso como él. Se había dejado llevar por ese momento de desesperanza que le ocasionó la conversación con Jun. Por la posibilidad de que algo saliera muy mal.

Sacudió aquellos pensamientos catastróficos, irritado por lo mal que se le daba últimamente controlar aquellas emociones e impulsos, y respondió.

Kyo: Estaré de vuelta antes de lo que esperas.

Bloqueo el movil y observó la tela oscura con el sol eclipsado. Los ropajes tradicionales con el hilo de oro reflejando los tenues brillos anaranjados de las lámparas.

Una marca que parecía simbolizar todo para Kyo en ese instante. La responsabilidad de su legado, del deseo de su padre, su fuego contenido. Y en sus formas doradas, la luz de su sol siendo atrapada por la luna.

Kyo deslizó su desnudez bajo las múltiples telas rituales del clan. Con determinación vistió tanto los ropajes como el ideal. Derrotaría a Jun Kusanagi sin importar que tan ciertas fueran sus palabras y que tanto control tuviese sobre el fuego.


Una luna incipiente, oculta bajo los nubarrones invernales, proyectó su espectral blancura sobre la impoluta nieve del bosque. Iori percibió ese dolor ya familiar crecer de manera pausada. Las voces rezagadas pasaron de tenues susurros a inteligibles maldiciones.

Los ninjas, solo espectros con pequeños destellos rojizos de luz, indicaron a los lejos que algo se había manifestado en el claro cerca a la inclinación elevada de la montaña. Saito se acercó ordenando a los demás miembros supaida diseminados, rodear el lugar.

Iori avanzó observando como el lugar indicado emanaba una densa nube de negrura que devoraba cualquier luz a su paso. La oscuridad se extendió como un manto negro, borrando del espacio cualquier vestigio de vida, salvo la suya.

El dolor regresó intempestivo, acunandose ahogado e intenso en el pecho del pelirrojo. La conexión se había reanudado sin esperarlo, sin controlarlo, como si fuese un canal natural en su ser.

Avanzó hacía la oscuridad perdiendo paulatinamente la concepción del entorno, dejando atrás, entre las fauces blancas del invierno, a Saito y sus Supaida. Y allí la vio, pálida, delgada, un poco más joven quizás. El espectro de Chizuru, traslúcido y debilitado, pero con esa aura de autoridad y nobleza intacta.

No dijo nada, solo giró en dirección a la fuente de la oscuridad y Iori captó la forma del hokora, un poco menos oscuro que aquella negrura, mientras en las entrañas de piedra, una luz plateada muy tenue, palpitaba.


Kyo camino por el centro del pasillo, la nieve se colaba pasivamente entre las pequeñas ventanas ovales, flotando sutil entre las banderas con el símbolo Kusanagi, las cuales ondeaban con la pesadez de un oleaje.

Los guerreros del clan hacían una hilera a la distancia manteniendo una reverencia a su paso. Al final del pasillo se extendía un dintel doble de puertas desplegadas, donde los monjes Kusanagi y las sacerdotisas Kagura aguardaban. Ambos hicieron una reverencia al Kyo cruzar el portón.

El espacio se abría a un patio interno sin techo, rodeado por corredores amaderados, cubiertos e iluminados tenuemente. Allí de manera muy pulcra, yacían sentados y vestidos ceremonialmente todas las cabezas del clan con sus primogénitos a su diestra. Algunos incluso, eran niños apenas entrando en la juventud.

Kyo observó pausadamente su entorno, un aire tranquilo e imponente lo rondaba. Su figura rememoraba en la mente de los presentes, la imagen del difunto Saisyu Kusanagi.

Recorrió con la mirada uno de los salones aledaños. Abierto y expectante a la parte central del encuentro, acogía a su madre y a otras mujeres importantes de la casta del clan.

Los ojos de shizuka cruzaron con los de Kyo y vio en ellos un sosegado orgullo cubierto de melancolía.

Kyo bajo el desnivel hacia el jardín central, un amplio espacio de piedra y nieve con un pequeño pozo congelado en un costado. Los copos caían pasivamente contrastando con su figura oscura. Y al fondo, desde un espacio que era solo un reflejo del suyo. Entraba en escena Jung Kusanagi, con la misma altivez y presencia de un rey, recorriendo los mismos pasos reflejados, sin determinar siquiera su entorno.

— Kusanagi Kyo. Llegó la hora de definir quién es el más apto para liderar. Y todos serán testigos de este momento. — Aseveró con dominancia.

— He. Habla menos y prepárate para la pelea. No perdamos mas el tiempo. — Respondió Kyo Altanero. El hombre frunció el ceño, mirándolo fijamente.

La nieve se acentuaba entre ellos con una danza desigual y pausada, mientras cerca a Kyo los leves copos de hielo se derretían antes de tocarlo.

Un anciano avanzó con lentitud hasta el borde del pasillo cubierto.

— Hoy, después de dos siglos de liderazgo legado sobre el clan Kusanagi, se genera el derecho de petición por combate. Retando así al actual heredero a comprobar su fuerza y compromiso con el clan. — Hablo con grave entonación y parsimonia.

— Que nuestras diferencias no nos dividan en momentos tan nefastos, y que el resultado de este enfrentamiento, sea abrazado con absoluta aceptación por todos los presentes. — Puntualizó levantando la palma de la mano, temblorosa, y haciendo brotar de esta una figura llameante, animal, que surcó el aire entre los copos de nieve hasta ascender a la parte más alta del patio y estallar en esquirlas de luz. En ese momento cuatro monjes Kusanagi entonaron un mantra en los cuatro extremos de los pasillos que rodeaban el jardín.

El combate había comenzado.


Iori avanzó paso a paso hacia las fauces de la oscuridad. Paso a paso hacia un dolor creciente e inconmensurable. Paso a paso hacia esa sensación familiar de ser observado, vigilado, acosado. Pero mantuvo la templanza, mantuvo a Orochi a raya y esta vez no le permitió a Ankoku cegarle la lucidez.

La figura clara de Chizuru se detuvo frente al Hokora y su semblante triste esbozo palabras que se diseminaron como ecos tenues.

— Lo lamento tanto Ankoku. Nuestros pecados son profundos y tú cargaste con todos. —

El corazón en el Hokora emitió pequeñas ondas de luz y aceleró sus palpitaciones. El corazón de Iori entró en sintonía con aquella forma aberrante y sus palpitaciones se sincronizaron al mismo ritmo. Un dolor sórdido le cortó la respiración y el suelo desapareció. Todo se torno como un espacio ingrávido donde su cuerpo parecía desmaterializarse, dejando expuesto solo el pecho palpitante. Que ahora era un miasma púrpura y viciado con pequeñas vetas anaranjadas. Aun así, su percepción y consciencia seguían intactas.

La escena retrocedió frente a sus ojos de manera caótica. Los retazos de pasados olvidados empezarona formar un nuevo collage, donde los protagonistas eran miembros del clan Kagura.

Las formas con túnicas parecían crecer, crear, construir alrededor de la muerte todo un dominio e influencia sobre otros clanes. Pero había una figura pálida y delicada en medio de las extensas sombras poderosas de los Kagura, una forma femenina que fragmentó los exiliados, que lideró una división profunda entre ellos y el poder que tomaban de Ankoku.

— Es mi antepasado directo...— Se escucho el eco lejano de Chizuru mientras parecía tomar forma en medio de ese caos de planos traslapados.

— Ella encontró la manera de detenerlos, de liberar al Yokai. — Extendió su pálida mano espectral hasta tocar un plano y este los absorbió a ambos.

Iori pudo percibir con detalle aquel recuerdo perdido. Una figura delicada, pálida, enfermiza avanzando entre la nieve hasta un templo vacío. Allí se deslizó fuera de su túnica, revelando el cuerpo de una mujer extremadamente similar a Chizuru, mucho más menuda y frágil, con vendas en ambos brazos y el cuello.

La mujer avanzó presurosa por el tatami hasta descorrer un espacio en un rincón del templo que dejaba ver unas escaleras de piedra que descendían al subsuelo. La siguiente escena salto abruptamente en medio de la penumbra, mostrando una vez más a la mujer, arrodillada frente a un Hokora con sellos rotos mientras soltaba las vendas de su cuerpo. La línea de tela brillaba con tenues inscripciones, y al aflojarse, dejaban apreciar heridas abiertas de las que emanaba una pálida luz, una tenue iluminación que era absorbida por el Hokora.

— Ankoku requería un tributo que le permitiera retomar el dominio. La energía de ella no era suficiente para hacerlo, entonces sacrificaba un poco de su propia vida en cada ocasión para debilitar el poder que ejercían los Kagura sobre el Yokai. Al reconstruir parte de su ser, Ankoku le negaba poder a los traidores. — Hablo Chizuru con nitidez, su voz era tan clara como si estuviese viva, en frente de Iori. El pelirrojo no podía hablar aunque sintió la necesidad de decir algo. La forma espectral y desvaída de Chizuru, tan frágil como la del recuerdo, lo observó con melancolía.

— Así fue que el clan diezmo a los líderes corruptos. Así fue que retomamos el control del espejo...— Hizo una pausa donde la escena cambió como tinta que se desvanece en el agua y tras pasar vertiginosamente en medio de planos de conflicto y enfrentamientos, tomo nitidez otro recuerdo. Iori sentía que su resistencia empezaba a menguar ante las oleadas de dolor intenso. Uno que continuaba allí a pesar de no tener su cuerpo.

La escena remarcaba una cueva con una cascada traslúcida, que bajo la luz de la luna, parecía una fuente de luz. En la base de la caída del agua se levantaba una roca rodeada por talismanes ceremoniales. Y en el centro de aquella plataforma natural yacía el espejo Yata flotando, agrietado.

La joven mujer, se despojó del traje blanco que cubría su fragilidad. Y su delgado cuerpo desnudo se irguió frente al espejo dejando caer por última vez las vendas. Su luz, su vida, se impregnó en el Yata surcando las grietas y cerrandolas. El espejo estaba siendo purificado.

— ...y fue el sacrificio de Haru, el que devolvió nuestra reliquia a su estado puro. Fue por ella que el clan empezó a ser liderado por sacerdotisas. — Agregó y fijó su vista en el corazón corrupto de Iori.

— Lo que vas a hacer no es fácil, lo que están enfrentando nunca lo será. El único lenguaje que Ankoku conoce es el dolor. Y la única manera de liberarlo es alimentarlo con poder, para poder destruir los sacrificios que lo doblegan. — Puntualizó Chizuru mientras toda la imagen en la que estaban sumergidos se evaporaba como humo, incluyendo su figura espectral.

Lo único que percibió Iori tras la disolución de los planos fue dolor. Profundo, lacerante, devorador. Las voces en su cabeza subían en un grito ígneo buscando rechazar la presencia del Yokai. Y tanto el disturbio como Ankoku, luchaban dentro de sí por prevalecer. Una lucha encarnizada y agobiante, que embotaba los sentidos del pelirrojo.

Su cuerpo encorvado temblaba intentando no desplomarse mientras el sonido de unas palpitaciones vibraban en su cabeza. Levantó la vista borrosa y con la respiración entrecortada, con un calor asfixiante reptando sus entrañas, se irguió tambaleante.

— Lo siento tanto. Esta es...— Se escuchó la voz de Chizuru como un eco ahogado de nuevo. Pero Iori la interrumpió.

— Callate Kagura...solo dime...que destruir. — Gruño avanzando con pasos pesados al Hokora.


Jung adoptó una posición de combate y sin dudarlo un instante desplegó un movimiento rápido, girando su torso y extendiendo el brazo opuesto con un fuerte impulso hacia Kyo.

Antes de que apareciera la combustión a pocos centímetros de sí, el castaño había percibido la oleada de energía y logró saltar rodando a un costado. La ola de fuego se desplegó un par de metros más allá, donde chocó diseminándose, dejando entrever un muro de luz que había sido invisible hasta el instante en que impidió que el fuego siguiera su camino.

La mayoría de los ancianos ni se inmutaron, mientras los más jóvenes, impresionados, retrocedieron un poco ante la cercanía del fuego dentro de la barrera que estaban sosteniendo los monjes.

Los dos siguientes ataques fueron estallidos certeros de movimiento para desequilibrar a Kyo mientras Jung tomaba ventaja y se acercaba. Cuando la distancia fue reducida, se ensañaron en una serie de golpes casi sincronizados de ataque y bloqueo, hasta que finalmente con un movimiento veloz, Kyo aprovechó un golpe fallido para cerrar la distancia.

Logró asestar un fuerte puño bajo el mentón del hombre y con un giro rápido, encajó en todo el pecho de Jung, una patada que lo hizo recular un par de metros.

Sonrió prepotente, permitiéndole recuperar el aliento. Sabía que en combate directo aquel hombre no le ganaría. El único que había llegado a alcanzar su habilidad para la lucha, había sido Iori.

Jung gruño molesto y se irguió.

— No te dare mas ventajas Kyo Kusanagi. — Expresó con parquedad.

— Ja, esa sera la ultima que yo te daré a ti. — Devolvió la frase el castaño.

El hombre levantó las manos y solo los agudos sentidos que había desarrollado Kyo en los combates contra Iori, le permitieron percibir las agresivas emanaciones de energía antes de que el fuego se materializa.

Jung solo lo miraba con calmada precisión, levantando sus manos como un director de orquesta, y el fuego sencillamente emanaba como magia, candente y agresiva.

Kyo esquivó una y otra vez, viendo parte de su traje ceremonial ceder ante las llamas y apagarse al instante de alejarse de ellas. Esquivo una llama emergente de la mismísima nieve mientras otra cruzaba agresiva en diagonal. Salto en rotación haciendo girar las telas sobre sí y desviando las lenguas de fuego. Esquivó tras una explosión leve y resistió la última con los brazos, lo cual hizo que fuera despedido un par de metros atrás.

El oxígeno empezaba a escasear. Observó detenidamente a Jung. Aquel monstruo Kusanagi tenía el mejor control de fuego que jamás hubiese visto.

El hombre yacía impávido con las manos extendidas, calculando los movimientos de Kyo, pero el castaño pudo percibir las densas gotas de sudor y su respiración un poco agitada.

Generar aquella danza sincronizada de energía no era nada fácil. En algún momento debía agotarse ante el gasto constante. Pero él mismo ya estaba jadeando por el esfuerzo al esquivar y por el poco oxígeno que le estaba dejando.

Jung sabía que no podía ganarle en una lucha cuerpo a cuerpo, lo estaba cansando y lo estaba provocando para que usara su fuego. Pero no le daría el gusto. Gruño Kyo con una sonrisa prepotente y corrió directamente a su contrincante.

— Que esperas Kusanagi Kyo. ¡¿Dónde está el fuego que dices tener derecho a portar?! — Gritó Jung cambiando sus facciones calmas.

El hombre con un movimiento casi elegante, salpicando algo de la nieve derretida, levantó el brazo y Kyo sintió como un calor abrasador empezaba a envolver su cuerpo. Esta vez no podría esquivarlo, pero decidió usar una parte de su energía para contrarrestar.

Solo un poco, se dijo sonriente y despreocupado. El combate había acunado en Kyo ese disfrute casi olvidado de los torneos.

La columna de fuego se extendió alta hasta que hizo destellar el escudo protector. Kyo quedó envuelto en una pira enorme de fuego que derritió todo rastro de nieve en un radio de varios metros. En ese mismo instante lo sintió; lacerante, doloroso, extraordinariamente ígneo. Su propio fuego emanó con tonos más intensos de lo normal, dejando entrever pequeños destellos rojos dentro de la pira naranjada.

Su cuerpo atravesó la columna de llamas caóticas y desde el aire Kyo cargó un puño que destelló durante un mínimo instante como la sangre, antes de tornarse naranja.

Jung sorprendido, levantó los brazos en posición defensiva, y estos también se encendieron en respuesta. El choque disparó la temperatura entre ambos hombres y las llamas entrecruzadas soltaron esquirlas que se desvanecieron como mariposas de fuego.

Jung sopeso que el calor que emanaba Kyo, era demasiado alto, demasiado enrarecido.

— ¿Qué pasa con tu energía...— Empezó a indagar el hombre, pero Kyo lo interrumpió agresivo.

— Cállate y pelea. — Gruño sin darle pie a más palabras. Se deslizó a un costado y ascendió con un upper cut de fuego. Solo un poco más, se dijo. Y una oleada de llamas teñidas de imperceptibles tonos rojizos se desplegó muy cerca de Jung.

El hombre levantó la mano en la misma dirección del golpe, desviando tanto el puño como las llamas, pero su piel se vio abrasada rápidamente.

Dio un salto largo atras y se miró la piel enrojecida y la tela desecha. Algo no estaba bien con el fuego de Kyo, esa no era la energía que conocía. Pero el castaño no le dio tiempo de meditarlo, ya estaba encima suyo de nuevo.

Con una patada directa lo hizo recular un metro más y retornaron a un intercambio de golpes, donde Kyo era el agresor y Jung solo lograba mantener la posición para defenderse.

Debo acabar con esto rápido pensó Kyo alarmado. Algo dentro de él se acumulaba con intensidad y un dolor sosegado empezaba a crecer. Un eco en su cabeza parecía estar llamando a Iori. Algo había iniciado.


Iori camino pesado en dirección al Hokora. Su lucidez pendía de un hilo delgado. Podía sentir ese profundo abismo que dragaba su energía, y la debilidad crecer lacerante. Sus sentidos embotados solo percibían dolor, gritos y el palpitar incesante del Hokora. Se sentía a las puertas de la locura, pero mantuvo el control y se enfocó en aquella forma renegrida y rocosa.

Los gritos parecían variar en su cabeza. Desde lamentos alargados, hasta órdenes iracundas, la sangre de Orochi se revolcaba como un animal enjaulado negándose a someterse. Pero entre aquella aturdidora miríada de voces, lograba percibir algunas lejanas y ajenas.

Saito...gritaba? Se preguntó, incapaz de ubicar a los Supaida y al girar a su espalda, reconoció una forma sin rostro y un destello de luz que hendía el aire en su dirección. Los Bihksu.

El movimiento fue muy rápido, y aunque Iori lo percibió en cámara lenta, su cuerpo agobiado por el conflicto de poderes, fue incapaz de reaccionar. La sombra hizo un tajo certero, pero en vez de cortarlo a él, partió la hoja delgada de un Tanto con el que un ninja Supaida había alcanzado a protegerlo.

El sable de luz cruzó sin mayor resistencia a través del metal y la carne, y el gemido ahogado del ninja se logró filtrar hasta los sentidos desorientados del pelirrojo.

El siguiente ataque también fue rápido, pero Iori logró cubrirse en posición defensiva y retroceder lo suficiente para que el arma luminosa dejará solo un surco rojo en sus dos antebrazos.

Un instante después, el monje fue impactado por un proyectil que expulsó un polvo volátil conocido para el pelirrojo. Este logró reaccionar a pesar de que sentía como si su cuerpo pesara toneladas.

El estallido de fuego envolvió al monje, que desapareció en aquel manto oscuro bajo sus pies.

Iori logro ver por fin la situación. Más allá de la oscuridad que teñía un diámetro amplio del Hokora, estaban los Supaida en un combate encarnizado con aquellos espectros de la conexión. Los Bihksu lo habían ubicado y los ninjas estaban manteniendo a raya sus acercamientos, pero su poder no era suficiente y las fuerzas de Saito habían menguado considerablemente.

Todo esto Iori lo percibió como en la lejanía, como si no fuera su cuerpo el que percibía aquellas cosas, como si estuviese a punto de desplomarse. Pero resistió.

— El Hokora primero...—se dijo aturdido.—...luego los matare a todos...

Pero tras un par de pasos camino al Hokora, otra figura se alzó del suelo como una sombra emergente; ascendió rápido hasta Iori, y al este no lograr esquivar del todo el ataque, una hoja de luz atravesó su costado derecho.

El dolor fue imperceptible, mínimo al lado del disturbio. Y sin zafarse del arma Iori envolvió la cabeza cubierta del espectro y flamas violeta teñidas de negro explotaron aquel rostro.

Su fuego violáceo y oscurecido fluyó casi balsámico al dolor en su interior. Y Iori cayó en el vértigo de una caída libre.

Segundos después, un rugido salvaje se extendió por el claro oscurecido y columnas de fuego violeta se levantaron haciendo arder todo.


Kyo giro sobre el hombro de Jung y lo aprisionó en una llave asfixiante.

— Sin fuego no tienes oportunidad contra mi. — Gruño prepotente, dejándose llevar por el combate.

El hombre se resistió con fuerza, podía percibir algo completamente ajeno a Kyo. No solo su energía, también su actitud y algo mas que no lograba reconocer.

Dejó de forcejear durante un instante en que la asfixia empezaba a dragarlo y concentró una gran cantidad de energía en su cuerpo. Kyo logró percatarse un poco tarde de la emanación, pero alcanzó a soltar a Jung, que como una antorcha humana, combustionó con salvajismo.

Las llamas envolvieron a ambos y Kyo rodó con los ropajes prendidos, retrocediendo varios metros y apagándose al contacto con el agua del piso, que empezó a evaporarse ante su cercanía.

— Esto no es una vulgar pelea callejera Kyo Kusanagi. —Apuntó Jung como un demonio en llamas, que se iban desvaneciendo paulatinas, dragando pedazos de tela consigo—. Usa tu fuego. — Puntualizó mientras Kyo detectó una nueva oleada de energía.

Estaba a punto de esquivar cuando algo lo paralizó quitándole el aire; como un hierro caliente en su interior, un dolor agudo, aturdidor, nació repentino de sus entrañas. Su visión cambio del patio de fuego, nieve derretida y miradas tensas, a un campo de absoluta oscuridad, gritos y sangre.

Iori…


Iori era una bestia enloquecida incapaz de diferenciar aliados de enemigos. Aquel claro de nieve y oscuridad, era ahora un campo de cadáveres, fuego y un vapor casi tóxico que emanaba del cuerpo de Yagami.

Sus ojos, nariz, boca y orejas, dejaban ver densos surcos de sangre. No había nada capaz de acercarse a él sin combustionar en el mero intento. Su poder inconmensurable y desbocado había acabado con casi todos los espectros de los Bihksu, salvo uno.

Dos Supaida sobrevivientes, con quemaduras causadas por llamas colaterales, empezaron a tomar distancia temerosos. Mientras el enemigo herido, trastabilló dos pasos lejos de Iori y desapareció tras fusionarse con las sombras.

Saito, ubicado a una distancia prudencial de la oscuridad, ordenó a sus ninjas retroceder. El enemigo había sido sensato al huir.

El cuerpo de Iori Yagami parecía no soportar más. Tal vez después de todo, el disturbio iba a matarlo allí mismo, analizó Saito algo divertido y contrariado. Se suponía que Iori Yagami debía aguantar más, pero no encontraba forma alguna de sacarlo de aquel peligroso estado.


Iori se vio atrapado en un vacío donde no existía nada, salvo el lenguaje de Ankoku. El Yokai había tomado tanto de él, que no solo lo había dejado expuesto a Orochi, si no vulnerable a los Bihksu.

Recordó las palabras de Kyo y creyó esbozar una sonrisa cansina. Al Kusanagi le hubiese agradado decir que tenia la razon. Que ninguno de los dos, solo, podría alimentar la insaciable oscuridad.

Quiso anularse un instante y no sentir más, pero un toque cálido invadió su ser y el dolor menguó gradualmente. La oscuridad se lleno de destellos luminosos, naranja y rojizos. Y para Iori aquella sensación fue tan única como inconfundible.

— No...Kyo.— Susurro recuperando algo de lucidez e intentando retomar el control de sí mismo.


El castaño pudo ver como la columna de fuego que lo envolvía se hacia física, esquirla a esquirla. Todo parecía haber perdido color y nitidez. Y en ese espacio a blanco y negro donde pudo detallar la decena de ojos fijos en él, el tiempo dejó de transcurrir.

Aquel lugar se desfragmento como si la imagen fuese una vieja fotografía quemada. Y en esos huecos consumidos, pudo ver el campo de oscuridad, cadáveres y fuego violeta.

Allí estaba Iori encorvado como un animal auyante, también en cámara lenta, sin sonido, con un único matiz violáceo oscuro tiñendo sus formas.

— Su sangre, su condición, su maldición… —sonó la voz suave y débil de Chizuru—. Por más que lo intenten, por más poder que tengan. Se terminarán dañando a sí mismos. Lo siento tanto Kyo. Esta era nuestra misión y les fallé...los abandoné. — Puntualizó la voz sin forma. En un lamento desvanecido. Era ella quien había logrado conectarlos una vez más a través de Ankoku.

— No Chizuru. Es nuestro destino proteger las reliquias...y aun después de tanto, no nos has abandonado. —habló Kyo con voz tenue observando la escena corroída de la casona Kusanagi. Detalló la mirada angustiada de su madre. La determinada expresión de su adversario, la expectativa tensa en los ancianos y sus hijos. La mayor parte del clan, deseando en lo más profundo, su victoria—. Lo siento... — Susurro Kyo. Ese enfrentamiento no podría ganarlo.

—...y yo tampoco lo abandonare a él. —agregó el castaño—. Nuestro poder será más que suficiente para ese maldito Yokai. Déjalo en nuestras manos Chizuru. — Aseveró Kyo resuelto, permitiendo el paso de toda la energía contenida. Si esa criatura quería su poder para liberarse, deseó que se tragara todo el sol y ardiera con este. Haría que liberara a Iori de su yugo, para permitirle detener a Orochi.

— ¡Iori! —gritó Kyo mientras las llamas rojas se extendían borrando tanto la escena de la casona, como la del claro—. No te atrevas a rendirte. — Puntualizó imperativo. Mientras la roja ignición cegaba todo y el castaño sentía como era consumido por su propio fuego escarlata.


La columna de fuego de Jung ascendió cubriendo por completo a Kyo. Después de varios segundos sin que el castaño diera señales de salir, Shizuka perdió la compostura levantándose con torpeza y corriendo fuera de la habitación donde estaban todas las mujeres.

— ¡No. Detén esto! — Gritó a la cabeza de la contienda, presa de una angustia inconmensurable.

Jung ya había bajado la mano con la intención de aplacar las llamas. Su intención distaba mucho de matar al heredero Kusanagi. El no deseaba dañarlo de manera irreparable. Pero las flamas no respondieron a su deseo, la columna seguía girando a modo de espiral, activa e intacta, cubierta por repentinas lenguas rojas que parecían multiplicarse con cada giro.

Al igual que Kyo, Jung Kusanagi resintió la descomunal emanación de energía invadiendo cada mínimo espacio de aquel patio. Miró a su alrededor alarmado.

— ¡Atras todos! — Gritó el hombre alterado y extendió sus manos con fuerza. Un instante después, el jardín y todo dentro de la barrera fue solo un infierno de llamas sangrantes y desbocadas.

Varios de los presentes se levantaron presurosos y algunos gritos se elevaron cuando el calor superó la barrera. Adentro no se lograba ver ni a Kyo ni a Jung. Y lo que tanto temieron los monjes, se materializó.

El escudo de luz que rodeaba la confrontación se agrieto y violentas vetas rojas se extendieron a gran velocidad entre los presentes. Las telas se consumieron, la madera ardió y la piel cedió dócil al calor.

Entre gritos y caos todos empezaron a correr fuera del recinto, rompiendo muros de madera y papel, buscando la salida más cercana, la mayoría de las mujeres fueron sacadas del lugar por algunos ninja y unos cuantos desgraciados se vieron atrapados entre las llamaradas que lograban escapar de la barrera fragmentada.

La voz de Jung se alzó desesperada llamando a los monjes Kagura. Su figura enrojecida seguía aún de pie entre las llamas escarlata después de que la barrera cedió y la oleada quemó todo los salones aledaños dispersando la presión.

Los monjes Kusanagi se posicionaron entre las lenguas ardientes repeliendolas con el intento de una nueva barrera, para que no se extendiera más allá de los pasillos. Los monjes Kagura y dos de sus sacerdotisas desplegaron collares con perlas claras. Estos levitaron y se diseminaron en una miríada de esferas que incursionaron en el fuego haciéndolo menguar solo un poco.

Jung estaba gravemente herido. Con el el 50% de su cuerpo aun en medio de las llamas, mantenía una barrera de fuego y lograba dividir un camino entre el infierno rojo que envolvía a Kyo.

— Saquen...lo. — Gruño Jung asfixiado mientras sus manos quemadas temblaban por el esfuerzo descomunal que implicaba detener aquel poder.

En el epicentro de la fogata ya se podía ver al castaño. Sus ropas estaban deshechas, sus ojos y boca abiertos, emanaba una luz rojiza como si estuviese ardiendo por dentro. La pulsera con el magatama de protección yacía en meras esquirlas flotantes.

El castaño respiraba y exhalaba fuego y Jung no pudo comprender cómo era que aun seguía vivo. Su vista se hizo borrosa y su cuerpo no aguantó más el exceso.

El contrincante de Kyo se desplomó justo cuando los Kagura lograron mantener los caminos que él había abierto para acceder al heredero.

Varios ninjas se metieron en medio de las llamas para alcanzar a Jung y sacarlo. Dos de ellos murieron en el intento y otros dos lograron alejarlo de la conflagración.

Los monjes que no estaban heridos levantaron la voz en un rezo que protegía los cuerpos de los Kagura que se acercaban al castaño. La sacerdotisa principal concentró todas las perlas que no se habían destruido alrededor de Kyo y lo llamó.


— Es inútil resistirse. Qué sentido tiene que luches contra el destino tu solo Iori Yagami. —

La voz resonó grave y múltiple, como un eco que rebotó en cada rincón de su ser, pero que se difumino como una onda en aguas quietas.

El pelirrojo recuperó paulatinamente los sentidos, borrosos, intermitentes. Observaba su cuerpo con una sensación ajena. Una vez más aquella voz pasó de ser solo voces enloquecedoras e ininteligibles, a la neutral y concisa que solía acompañarlo años atrás.

Había escuchado también la voz de Kyo en algún rincón de su mente. Había sentido el toque helado de Chizuru, antes de salir del abismo. No estaba solo, aquella energía cálida y abrasiva de Kyo lo envolvía. Aquella presencia tenue de la sacerdotisa Kagura lo acompañaba.

— Atrás...Orochi. — Logró vocalizar el pelirrojo con voz ronca y giró en dirección al Hokora.

Su cuerpo no respondía con total voluntad y parte de él se resistía a moverse. Arrastró la pierna paralizada y el brazo colgante en dirección al montículo de piedras.

Ante este yacía una forma humanoide más densa que la oscuridad. Una negrura matizada y caótica de trazos de luz rojiza.

Observaba el Hokora, rodeado por un aura de fuego rojo. Y Iori lo odió, tanto como a Orochi, al ver la energía de Kyo emanar de la figura de Ankoku.

Cayó arrodillado y clavó los dedos en la oscuridad, iracundo. Maldijo una y mil veces, mientras vetas magentas consumían la oscuridad hasta chocar contra el Hokora y envolver tanto a este como a el Yokai en una llamarada enorme y violenta.

El pelirrojo deseo profundamente hacer arder a Ankoku allí mismo. Pero en medio de las llamas, la figura se inclinó a modo de agradecimiento y se deshizo en la vorágine.

— Buen trabajo idiota. — Se deslizó muy cerca de su oreja la voz de Kyo, como un susurro muy íntimo. Pero con un tono tan casual y despreocupado que hizo sonreír al pelirrojo.

Este levantó la mano temblorosa hasta cubrir su oreja y parte de su mejilla, queriendo atrapar la voz del castaño en su cabeza y no dejarla ir.

— Dime que estás bien...Kyo. — Susurro Iori mientras se desplomaba pesadamente sobre la hierba quemada.