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Capitulo 56

Cuando llegaron ante la tienda, Candy, al ver la buena armonía de Iolanda con Archie, sonrió y se disculpó. Luego comentó:

—Estoy tan enfadada por todo lo ocurrido, que cuando me duerma voy a dormir como un oso.

La joven le sonrió y ella, tras guiñarle un ojo, desapareció tras la tela de la tienda.

Archie, no dispuesto a que la noche se acabara, dijo, mirando a Iolanda:

—¿Te apetece mirar las estrellas?

Ella asintió y el highlander, feliz, la llevó hasta un lugar desde donde podían admirar el firmamento. Durante un buen rato charlaron de cosas diversas, hasta que él anunció:

—Querría enseñarte una cosa.

—¿El qué?

Archie, tirando de ella, se encaminó hacia los caballos, se subió al suyo y, tendiéndole la mano, susurró:

—Para verlo tienes que acompañarme.

Iolanda se paró a pensar. ¿Debía fiarse de él?

Dudó unos segundos, pero finalmente, consciente de que Archie no le haría nada que ella no deseara, le dio la mano y la sentó delante de él. Luego azuzó a su caballo.

Mientras cabalgaban, Iolanda miró a su alrededor. Stirling, engalanado para la fiesta de los clanes, estaba precioso. Siempre había sido una ciudad muy bonita.

Una vez la atravesaron, ella vio sorprendida que iban camino del cementerio. ¿Para qué iban allí?

Al llegar, Archie se apeó de la montura y, tras bajarla a ella con caballerosidad y dejarla en el suelo, preguntó:

—¿Te dan miedo los cementerios?

Iolanda negó con la cabeza.

—Como decía mi madre, hay que temer más a los vivos que a los muertos.

—Sabia mujer tu madre —contestó Archie sonriendo y, cogiéndole la mano, añadió—: Ven conmigo.

Entraron juntos en aquel lugar donde reinaba la paz y el silencio y Iolanda, al ver que se dirigían hacia la tumba de su madre, se inquietó, pero cuando vio lo que Archie le quería enseñar, las lágrimas se deslizaron por sus mejillas.

Ante ella vio la tumba de su madre limpia y arreglada. Toda ella estaba cubierta de flores y en una cruz reluciente de madera clara, habían grabado su nombre: «Mary Anne».

—Os seguí a Candy y a ti cuando vinisteis. —Iolanda lo miró y él prosiguió—: Y te oí decirle que era la tumba de tu madre y su nombre. He intentado adecentar la sepultura todo lo que he podido. Sólo espero que te guste.

Emocionada, Iolanda asintió mientras las lágrimas brotaban de sus ojos sin cesar. Aquel detalle tan bonito y tan lleno de amor le llegó al corazón y no podía hablar, sólo llorar emocionada.

Archie, al verlo, no se movió de su sitio. No quería abrazarla para no asustarla, pero entonces fue ella quien buscó cobijo entre sus brazos y murmuró:

—Gracias… gracias… gracias.

Enternecido, el highlander la rodeó con sus brazos y, tras respirar aliviado al ver su aceptación, la besó en la frente y musitó:

—Aunque sé que Jimmy lo sabe, yo no sé qué te ha pasado para que estés siempre tan asustada, no sé cómo murió tu madre, ni por qué estabas sola en aquel bosque, pero déjame decirte que, sea lo que sea, puedes contármelo y yo te escucharé y te ayudaré.

La joven asintió. Sin lugar a dudas, Jimmy había guardado su secreto, Archie era un buen hombre y, cogiéndole la mano, dijo:

—Salgamos de aquí.

Caminaron en silencio y una vez llegaron hasta el caballo de Archie, Iolanda, mirando al joven a los ojos, murmuró temblando:

—Bésame.

Él la miró confuso y no se movió. ¿Había oído bien?

Iolanda, al ver que no se movía, insistió:

—Bésame, Archie.

Esta vez, tras esbozar una encantadora sonrisa, el guerrero no lo dudó. Acercó su boca a la de ella, paseó sus labios por encima de los suyos y, cuando el calor y el temblor de sus cuerpos así lo exigieron, la besó con auténtica pasión.

Después de aquel primer beso, llegaron otros, hasta que Iolanda, con un cariñoso gesto, lo besó en la punta de la nariz y susurró:

—Me gustas y siento haberme comportado contigo con tanta dureza.

Incrédulo porque aquello estuviera pasando, Archie la abrazó nervioso, dispuesto a defender a aquella joven de todo lo que se le pusiera por delante, y repuso:

—Tú también me gustas; lo sabes, ¿verdad?

Ella asintió y, sentándose ambos sobre un tronco, le dijo, tras acariciarle la mejilla:

—Te he pedido que me beses, por si, tras lo que te voy a contar, no deseas volver a hacerlo.

—¿Por qué dices eso? —preguntó él, asombrado.

Iolanda, tras tragar el nudo que tenía en la garganta, sin prisa pero sin pausa, le contó todo aquello que siempre le había ocultado y que Candy y Jimmy conocían. Él la escuchó sin cambiar su gesto y, cuando acabó, el bravo highlander afirmó:

—Te prometo que no nos iremos de Stirling sin el pequeño Sean, y te exijo, si tú así lo deseas, seguir recibiendo tus besos el resto de mi vida.

Emocionada, Iolanda se tapó la boca. Nunca pensó que un hombre como Archie se pudiera fijar en ella y menos decirle aquellas cosas.

—Quiero besarte el resto de mi vida —respondió.

Cuando Candy oyó que Archie y Iolanda se alejaban, rápidamente se cambió de ropa. Tiró el vestido al suelo y se puso sus botas, sus pantalones y la capa. Con rapidez, amontonó sobre su manta la ropa que Albert le había regalado y la moldeó para que pareciera ella dormida. Una vez lo tuvo todo preparado susurró:

—De acuerdo, Albert. Me alejaré de ti y de tu vida.

Y, en silencio, salió de la tienda. Esa noche, con la fiesta y la bebida los highlanders no estaban muy atentos. Así que, tras coger su yegua, se alejó lo más deprisa que pudo.

Encantados el uno con el otro, Archie y Iolanda regresaron al campamento. A lo lejos vieron al grupo de amigos de Albert con sus mujeres y, acercándose a ellos cogidos de la mano, él preguntó:

—¿Albert sigue en la fiesta?

—Sí —respondió Duncan, tras cruzar una mirada con Lolach.

—¿Habéis conseguido alcanzar a Candy? —inquirió Megan.

—Sí. Está descansando en su tienda —contestó Iolanda.

En ese instante aparecieron los Sinclair y Albert con su madre: regresaban tranquilamente de la fiesta. Megan, incapaz de quedarse callada, gritó:

—Las dos Sinclair sois unas brujas.

—¡Megan! —gruñó Duncan, intentando sujetarla.

Pero ella se soltó de un tirón y añadió:

—Sé lo que pensáis ambas de Pauna Ardley y sólo espero que tengáis la decencia de decírselo a la cara, en vez de cuchichear a sus espaldas, como siempre hacéis.

Al ver que todos las miraban, Sarah, llevándose las manos al pecho, murmuró, viendo que Pauna sonreía:

—Por el amor de Dios, ¿de qué estás hablando?

Pauna, acercándose a la joven, se puso en jarras y dijo:

—Tranquila, Megan, estoy enterada de que me llaman «posadera» y sé muy bien lo que piensan de mí. Nunca me han engañado, aunque así lo creyeran.

Sarah la miró sorprendida y Pauna añadió:

—Nunca hubiera permitido que mi hijo se casara con tu hija.

—¡Madre! —gritó Albert, que no entendía nada.

Megan, más segura y convencida de que lo que le había contado Candy era verdad, prosiguió:

—Y también sé que lo ocurrido con Albert en el bosque lo organizaron las dos. Pagaron al mendigo y a las prostitutas para…

—Pero ¿qué estás diciendo? —se defendió la mujer.

Albert, sorprendido, fue a hablar, pero Pauna, al oír aquello, maldijo como un hombre y siseó:

—Eso sí que no os lo voy a permitir, ¡brujas!

Elizq, al verse descubierta, miró a su madre y a la de Albert, mientras Duncan y Thomas hablaban con el laird y éste asentía. Pero incapaz de ser sincera, la joven preguntó:

—Mamá, ¿de qué habla?

—Eso —dijo Megan, poniéndose también en jarras—, tú sigue así. ¡Mentirosa!

Al sentirse el centro de atención de todo el mundo, Sarah se tocó el cuello y farfulló:

—No te-tengo nada… nada que decir —se defendió.

Aldo Sinclair, al cruzar una mirada con la furiosa Pauna, miró a su mujer y a su hija y, con gesto sombrío, bufó:

—¿Qué hicisteis, por el amor de Dios?

Molesta por la poca vergüenza de aquellas mujeres, Megan miró a la delicada Eliza y explicó:

—Ambas planearon lo que le ocurrió a Albert para que Candy culpara a Eliza delante de todos y Albert se enfadara con ella.

Incrédulo éste miró a aquellas mujeres a las que tenía tanto aprecio y, bajando el tono de voz, siseó:

—¿Hicisteis eso?

—¡Mentira!

—Me lo creo —afirmó la madre de Albert—. Siempre han sido de tirar la piedra y esconder la mano.

Eliza, nerviosa, espetó:

—Mamá, tú dijiste que nadie se enteraría y…

—¡Eliza, calla! —bufó Sarah.

—Como diría la mujer de mi hijo —se mofó Pauna—, ya os podéis quitar esas caras de pavisosas, que os acabamos de pillar.

—¡Madre!

Pauna sonrió y, asintiendo con la cabeza, reconoció:

—Hijo, Candy es lo mejor que te ha podido pasar.

—Aldo, por el amor de Dios, ¿no creerás lo que insinúan?—lloriqueó Sarah.

—Mire, señora —prosiguió Megan—, buscaré al hombre al que le pagó unas monedas y se lo demostraré.

—Yo sé quién es ese hombre —afirmó Aston, acercándose.

—¡Estupendo! —exclamó Megan y, con gesto serio, añadió—: Le aseguro que van a quedar delante de todos como lo que son, unas malas personas.

Albert, furioso por lo que acababa de descubrir, miró a Aldo Sinclair y expuso:

—Al igual que hizo mi mujer, ahora yo espero una disculpa por parte de tu mujer y de tu hija hacia ella. —Y mirando a Eliza, añadió—: Nunca esperé esto de ti. Confié en ti poniendo en duda lo que decía mi mujer, y ahora veo que me equivoqué.

—Albert, escucha, yo…

—No, Eliza. No voy a escucharte, ni ahora ni nunca —sentenció él, furioso.

Pauna, disfrutando con aquello, miró a la madre de la muchacha y, con un gesto de lo más chulesco, dijo:

—Sarah, espero no volveros a verte ni a ti ni a tu hija por mis tierras nunca más.

Aldo Sinclair, indignado por lo que ellas dos habían hecho, de malos modos las cogió del brazo y, mirándolas, masculló:

—Vamos. La fiesta se acabó.

Una vez se fueron, Megan miró a Albert y éste murmuró:

—Creo que tengo que disculparme con Candy, ¿verdad?

—Oh, sí, mi cielo… lo vas a tener que hacer —contestó Megan con una sonrisa.

Pauna, acercándose a su hijo, lo miró con cariño.

—¿Te he dicho alguna vez que eres tonto?

—¿A qué te refieres, madre?

Pauna, dándole un suave manotazo, respondió:

—No se te ocurra perder a Candy por una finolis como Eliza ni por ninguna otra. Al fin has encontrado a la mujer que te conviene y que sabe ponerte en tu lugar.

—Ya era hora —rió Gillian.

Al ver el gesto de todos, finalmente Albert sonrió. Candy era lo único que le tenía que importar en esos momentos y necesitaba hablar con ella urgentemente.

Cuando entró en la tienda y la vio tumbada en el camastro, se puso de cuclillas y preguntó:

—¿Estás despierta?

Ella no se movió y, sentándose en el suelo, Albert se disculpó:

—Vale, no he actuado bien. No te he creído y encima te hice pedirles disculpas. —Al ver que no respondía, prosiguió—: Lo siento, Candy. Lo siento, mi vida. Cuando vi a Eliza me comporté como un tonto y ahora entiendo tu enfado y lo que me has querido demostrar en la fiesta. ¿De verdad estás dormida?

Esperó durante un rato y, al ver que seguía sin responder, decidió dejarlo para el día siguiente. Conociendo a Candy, era lo mejor.

En silencio, salió de la tienda y se sentó con sus hombres junto al fuego. Sólo deseaba que amaneciera para que ella se despertara y pudieran hablar.

CONTINUARA