La historia es una adaptación del libro Until It Fades de K. A. Tucker y los personajes pertenecen a Stephenie Meyer. Si tienes la oportunidad te recomiendo que leas el libro original.
Capitulo 18
Abro la puerta trasera del Diamonds el miércoles por la noche con un suspiro de alivio. Estoy sin supervisión por primera vez desde que regresé a trabajar. Sam aceptó quedarse en mi casa con Brenna y su niñera de dieciséis.
Ese alivio dura muy poco, sin embargo, cuando encuentro a Jess revoloteando adentro, esperando para abalanzarse. —¿Te ha llamado?
Fuerzo un tono casual. —No desde el viernes pasado. Está con su familia. Se está mudando.
—¿Y le has mandado mensajes?
Me mira con exasperación cuando no respondo.
—¡Qué! Si realmente quisiera hablar conmigo, habría llamado. — No quiero que parezca que estoy esperando algo. Como si estuviera sentada aquí esperando, sufriendo por Emmett. Hice una promesa hace años de que nunca me dejaría ver tan patética otra vez, y tengo la intención de cumplirla.
Jess está sobre mis talones mientras la evito pasando junto a ella y tiro mi bolso en el estante de la oficina de Sue. —Solo envíale un mensaje deseándole buena suerte en el partido de esta noche. Simple, fácil. Es lo que haría una persona normal.
—¿Entonces ahora no soy normal?
Me da una mirada mordaz. —Si mi vida dependiera de tu destreza para flirtear, entonces dame una pala porque podría cavar mi propia tumba.
Suspiro, igual de frustrada con Jess que conmigo misma. No siempre fui así. Recuerdo una época cuando no tenía problemas en acercarme a un chico en una fiesta y decirle en términos muy claros lo que quería de ellos.
Sin duda las cicatrices que James me dejó fueron más profundas de lo que me gustaría admitir.
—Vamos, ¿por favor? Solo hazlo y ve a donde te lleva. Dame por lo menos una pizca de esperanza antes de comenzar a dejar gatos en tu puerta.
Jess puede ser tan implacable como un mosquito, y a pesar de que trabajó en el turno de día y solo está aquí por otra hora, me sacará de quicio hasta que Sue se dé cuenta y la espante otra vez. Además, a decir verdad, he estado pensando que el partido de esta noche es una buena excusa para comunicarme con Emmett.
Tiene razón. Es inofensivo e inocente. Sin presunción. ¿Verdad?
—Bien. —Ignorando mis nervios, saco mi teléfono del bolsillo y escribo un mensaje rápido, mi estómago retorciéndose con cada palabra:
Buena suerte esta noche.
Luego guardo mi teléfono en el bolsillo. —Listo. ¿Feliz?
—¿Feliz por qué? —pregunta Harry, y su voz profunda me sorprende mientras sale por detrás de la nevera.
—¡Nada! —decimos al unísono.
—Aja —se ríe, pasando con una bandeja de hamburguesas recién hechas, sus ojos puestos en Jess—. No creo querer saber de qué se trata esa sonrisa del gato Cheshire, pero está muy ocupado ahí fuera para estar adulando a los jugadores de hockey.
Jess refunfuña y da dos pasos hacia la puerta antes de detenerse. —¿Sabes cuantas personas quieren que ustedes se junten?
Deberías ver todas las cosas en línea.
—No, gracias. —Juego con los lazos del delantal atado a mi cintura—. ¿Por qué incluso a la gente le importa? No nos conocen. Lo que pasa entre nosotros no tiene ningún impacto en ellos.
—¡Porque es como un cuento de hadas!
Un cuento de hadas.
La pobre y solitaria camarera con un pasado feo, la madre soltera llena de cicatrices, que limpia kétchup de las mesas y sirve papas fritas a los conductores de camiones, se queda con el rico, hermoso y amable príncipe. Supongo que es como Cenicienta. Aunque Cenicienta se llevó unas hermosas zapatillas de cristal en su noche de magia. La mía incluía tacones negros viejos, que quedaron botados en una zanja.
Abro la boca para advertirle a Jess que debemos salir cuando mi teléfono vibra en mi bolsillo. Ahogo la emoción. —¿Quién más trabaja esta noche?
—Jackie y Caitlyn.
Dos señoras de treinta y tantos que saben cómo manejar sus secciones. Bien.
—Deberías salir antes de que Sue te encuentre. Estaré allí en un segundo. —Espero hasta que la puerta de la cafetería deja de moverse antes de sacar mi teléfono, mi corazón palpitando contra mis huesos.
¿Puedo llamarte?
Exhalo e intento calmar mi corazón acelerado. Tal vez Jess tiene razón, todo lo que necesitaba hacer era acercarme.
Estoy empezando mi turno ahora. ¿Después?
Debería estar en casa antes de las diez.
Bien. Avísame cuando estés libre.
La puerta de la cocina se abre. —¿Belal está aquí? Oh, gracias al cielo. —La cara de Sue está enrojecida—. No sé de dónde viene esta gente, pero todos preguntan si trabajas esta noche. Va a ser otro día muy ocupado. —Frunce el ceño—. ¿Dónde está tu chico de seguridad?
Guardo mi teléfono en el bolsillo. —En casa, con Brenna.
Sue levanta las cejas.
—Estoy bien. Harry me protegerá.
Su rostro se divide con una amplia sonrisa mientras hábilmente mueve el sartén por el mango. —¿Me estás diciendo que tengo que entregar un trasero azotado esta noche?
—¡El único culo que será azotado aquí será el tuyo sino terminas la comida de la mesa veintinueve en los próximos tres minutos! —grita Sue.
Cargando mis brazos con un anaquel de vasos limpios, salgo, mi ánimo elevándose mientras cuento las horas que faltan para escuchar la voz de Emmett otra vez.
Julio 2010
Pedaleo lánguidamente en el calor de la madrugada, lo suficiente rápido para mantener la bicicleta en posición vertical mientras bajo por la serena calle principal, mirando un tramo colorido de tiendas y cafeterías. Lugares donde los propietarios saludan a los turistas con grandes sonrisas y gestos de bienvenida.
Los propietarios cuyos ojos brillaron de sorpresa cuando vieron mi nombre en la parte superior de mi currículo, quienes forzaron una sonrisa y un "te avisaremos" sobre trabajos para los que inmediatamente decidieron que nunca me considerarían. Nunca recibí una llamada telefónica de nadie.
Ni siquiera trato de apartar la amargura que últimamente bordea mis pensamientos. Va a ser un largo verano de matar tiempo en el parque, en la librería, en la playa publica Jasper. En cualquier lugar que no sea en casa. Pero por lo menos es verano.
Por fin estoy lejos de los susurros y las burlas que me persiguen a través de los claustrofóbicos pasillos y salones de la Secundaria Balsam. Me pregunto si las personas se aburrirán de hablar de mí y de James para cuando tenga que volver.
Me detengo para esquivar la puerta del auto que se lanzó delante de mí, un anciano saliendo sin molestarse en mirar el espejo retrovisor. Una partecita de mí se pregunta qué habría pasado si hubiese estado pedaleando un poco más rápido, si hubiera andado hacia la izquierda, hacia el tráfico que pasa por delante. ¿Alguien se habría preocupado? ¿Qué tan rápido correrían?
Sigo esperando que el hombre se mueva cuando se abre la puerta de la pequeña cafetería francesa de Balsam, llamada Le Petit Café.
Se me atasca el aliento en mi pecho cuando James sale, una bolsa de papel marrón en una mano, una bandeja sosteniendo dos vasos de café en la otra, con una sonrisa en su cara. Usa su pie para mantener la puerta abierta para una mujer rubia.
Ella es linda. Es mayor. Es refinada.
Es su ex novia.
Y cuando se ofrece a tomar la bandeja de café frente a él, libera su mano para tomar la suya.
Mi estómago se desploma mientras los veo caminar uno al lado del otro, de la mano, lejos de mí.
—¡Oye, Bella! Tu chico está en el partido —exclama Fred desde su asiento, apuntando el control hacia la pantalla plana mientras sube el volumen. La arena está llena de un mar de blanco y azul mientras miles de fanáticos del Maple Leaf están es sus asientos. Sin embargo, el lugar no carece de un buen puñado de jerseys naranjas y negros.
—Él no es mi chico —lo corrijo, incluso cuando mi corazón salta y mis ojos se pegan a la pantalla, esperando ver la guapísima cara de Emmett. Supongo que el reposo del doctor no se aplica para el séptimo partido.
Siempre consciente de las miradas curiosas que me rodean, trato de esconder mi sonrisa cuando las cámaras enfocan su cara en la tribuna, elegante con un traje color carbón y una corbata, su camisa azul marino resaltando su mirada penetrante, mientras habla con otro hombre. Los moretones, ahora no son más que marcas desteñidas de color amarillo, y su pelo tiene ese estilo desordenado que me encanta.
Emmett levanta la mirada y se da cuenta que él está en la cámara, ofrece un pequeño y reservado saludo a la multitud. Un gran rugido de alegría y gritos emerge, y no puedo contener mi sonrisa.
De cualquier manera, tampoco puedo obviar el pequeño trasfondo de abucheos. Tampoco me pierdo el flash a la multitud, para ver que no son los aficionados que llevan camisetas de Leaf los que lo hacen.
—¿Los fanáticos de los Flyers lo están abucheando?
—Sip —confirma Fred a través de un sorbo de su gaseosa.
—¿Por qué?
—Porque teníamos casi garantizada la Copa y ahora las chances son una mierda.
—¡Pero han llegado al séptimo partido!
—Esta serie debería haberse hecho hace tres juegos. La gente está culpando a Mccarty y a Lahote por ello.
—¿Culpan a un chico muerto? ¿Es una broma?
Se encoge de hombros. —Culpan al tipo que conducía su Corvette demasiado rápido por un camino sinuoso en la niebla. Ese accidente fue completamente evitable. Y como iban de camino a una "función laboral", vamos a pagar el monstruoso contrato de Mccarty como si se hubiera herido en el hielo, aunque no se vuelva a poner los patines nunca más.
Siempre me ha gustado Fred, un joven sencillo y despreocupado de veintinueve años que trabaja en la misma fábrica de pintura en la que solía trabajar mi padre y que viene aquí varias veces a la semana para cenar. Pero ahora lo fulmino con la mirada.
Levanta las manos. —¡Oye! No le dispares al mensajero. Solo digo las cosas como son. —Asiente con la cabeza en la televisión. La cámara sigue moviéndose de un lado al otro entre la pista de hielo y Emmett, sentado en silencio, esperando que el juego comience. Mi corazón salta cada vez que lo veo—. Lahote fue calificado como uno de los mejores derechistas en el mundo. Y Mccarty es un dios sobre el hielo. Lidera la liga en puntos este año por un amplio margen. Perderlos a los dos nos dejó lisiados, accidente o no.
Niego con la cabeza. —La gente es imbécil.
Fred levanta la botella de Bud en un simulacro de alegría. —Aquí, aquí.
—¿A qué hora comienza el juego?
Mira su reloj. —¿En unos veinte minutos?
Estoy aquí por lo menos hasta las ocho y media. Tal vez pueda ver el final en casa. Me daría la oportunidad de admirar a Emmett en privado…
Mis dedos vuelan sobre el monitor que marca los pedidos, mi atención puesta a cada rato en el televisor.
Me congelo cuando una rubia alta de piel bronceada aparece en el palco al lado de Emmett, la camiseta ajustada que está usando le acentúa su increíble cuerpo y sus perfectos pechos.
No necesito que nadie me diga que esa es Rosalie Hale. He visto suficientes fotos de ella, y de ellos juntos.
Respiro profundo.
Bien… Salieron juntos. Obviamente siguen siendo amigos. Está ahí para darle apoyo moral. Es una gran noche para él.
Se desliza en el asiento junto a Emmett y pone una pinta delante de él con una sonrisa.
Y entonces, se presiona a su lado y toma su mano, uniendo sus dedos con los de él.
Mi estómago cae mientras él se gira para mirarla durante un largo momento. Se inclina hacia ella, y me ahorro el tener que verlos besarse mientras la cámara regresa a los comentaristas.
Aprendí a fortalecer mi expresión hace mucho tiempo. Ahora lo hago, concentrándome en la pantalla que esta frente a mí, sintiendo las miradas curiosas perforándome desde todas las direcciones.
Supongo que sé de qué quería hablarme Emmett.
—¿Qué estás haciendo aquí?
—¿Así saludas a tu hermano favorito? —Seth está tendido en mi sofá, lata de cerveza en la mano, Brenna metida bajo su brazo. Brenna, quien debería estar en la cama.
—¿Eres su hermano favorito? —dice Brenna con un chillido.
—Por supuesto que sí —se burla.
Su cara se arruga. —¿Mami tienes otros hermanos?
—¿Dónde está Victoria? —interrumpo, el humor de Seth perdido en ella.
—La envié a casa. Pensé que te ahorraría algo de dinero.
—¿Y se fue? —Ella normalmente es más responsable que eso.
—Creo que no quería. —Seth sonríe, el tipo de sonrisa que me dice que mi niñera de dieciséis años se sonrojó furiosamente cuando él llegó. Eso explicaría el pobre juicio. Sin embargo, debo hablar con ella acerca de irse sin llamarme para confirmar.
Y nada de eso explica porque Seth se encuentra sentado en mi sofá. —¿Por qué no estás viendo el juego con tus amigos?
Se encoge de hombros despreocupadamente. —No me apetecía. — Eso es mentira. A Seth siempre le apetece salir con sus amigos, sobre todo en una noche de hockey de vida o muerte.
—¡Vimos a Emmett en la televisión! —exclama Brenna.
Casi me estremezco cuando mis ojos se deslizan hacia la pantalla. No tengo ganas de verlo de nuevo con su rostro en el oído de ella. O peor. —¿Qué tan malo es? —Toronto subió tres puntos cuando me fui de Diamonds.
—Cinco a uno. Estamos acabados —se queja Seth amargamente. Aunque estoy empezando a creer que esa mirada cautelosa que me está dando ahora mismo no tiene nada que ver con la puntuación del juego.
Suspiro, sin ánimo de hablar de Emmett y Rosalie con nadie. Todo lo que podía hacer para terminar mi turno era, tomar órdenes y sonreír a los clientes y responder sus preguntas curiosas "¿Lo sabías?" con "por supuesto que sí" antes de que pudiera escapar a la oficina de Sue para acabar. Deseando más que antes de que Diamonds fuera más pequeño y el proceso más simple, donde todos usáramos una caja registradora y no fuéramos responsables del balance del efectivo y los recibos de las tarjetas. Ya que una cosa básica como contar dinero de repente parecía una hazaña imposible, con mi cabeza ya nadando en la decepción.
Y una extraña sensación de humillación, como si Emmett de alguna forma me hubiera menospreciado públicamente, aunque no haya hecho nada malo.
Jess me ha enviado cinco mensajes, rogándome que la llame. Por fortuna, se fue a las seis, porque lidiar con su reacción en frente de todos lo habría hecho diez veces peor.
—Vamos, Brenna. Ya deberías estar en la cama.
Seth se inclina para susurrarle algo al oído. No tengo idea de que le dice, pero, milagrosamente, ella no pelea. Tampoco me atormenta con sus usuales veinte preguntas. De hecho, no dice una palabra mientras le da un gran abrazo y luego me lleva a su habitación y se arrastra bajo sus sábanas.
—¿Mami?
Mi mano se detiene sobre el interruptor de la lámpara. Tan cerca de escapar sin interrogatorio. —¿Sí?
—¿Por qué estás triste?
Me obligo a darle una sonrisa, para esconder el hecho de que lo estoy. —¿Quién dijo que estoy triste?
—Tío Seth. —Se detiene para estudiar mi cara con un pequeño ceño fruncido—. Y tus ojos.
—¿Mis ojos?
—Sí. Tienes ojos tristes.
—Ha sido un mal día.
—Oh… —Se detiene—. Pero entonces, ¿Por qué tienes los ojos tan tristes?
El comentario es una punzada afilada, viniendo de mi hija. Ni siquiera puedo mantener mi sonrisa falsa. —¿Por qué dices eso?
—Es lo que dijo el abuelo.
Frunzo el ceño. —¿Cuándo dijo eso? —No es como si mi papá dijera cosas así.
—Cuando estaba en su casa. Me mostraba fotos tuyas de cuando eras pequeña y dijo que tus ojos se veían muy brillantes en ese entonces, y ahora ya no más, y dijo que es porque ahora tienes ojos tristes.
—¿En serio lo dijo así? —Trago el nudo de mi garganta. No puedo negar que he escuchado comentarios aquí y allá, la mayoría de los Jason Jenks del mundo; clientes insensibles con líneas cursis como: ¿Por qué estás tan triste?
Su cabeza se mueve de arriba abajo. —Dijo que ahora siempre están así, y yo le dije que no siempre porque lucían diferente cuando estuviste en la televisión el otro día. Y cuando te ríes.
Lo que no es bastante seguido, probablemente.
El nudo en mi garganta aumenta el doble, pinchándome, haciendo que sea difícil tragarlo.
Apago la luz antes de que pueda ver las lágrimas. Sintiendo sus bracitos en el aire, me inclino hacia ella para que me rodee el cuello, sintiendo sus músculos sujetándome, su modo de tratar de consolarme, ofreciéndome un momento de gracia.
—Siento que hayas tenido un mal día.
—Está bien. Todos tienen días malos, pero mañana será mejor. — Tengo que creer eso—. Buenas noches, bebé. Te amo.
Gracias a Dios, Seth está maldiciendo a la televisión cuando emerjo y utilizo la oportunidad para escabullirme a mi recámara para cambiarme.
Pero no me cambio. En su lugar, me meto a la cama y saco mi teléfono. Seth siempre comparte sus datos conmigo. No tiene problema en gastar cientos de pesos al mes en un plan de datos.
Doy clic en el link que Jess me envió por texto.
Emmett Mccarty se reúne con la luchadora de artes marciales mixtas, Rosalie Hale
Leo el artículo, mi corazón hundiéndose con cada palabra. De acuerdo con ESPN, Rosalie llegó a Toronto esta tarde y fue vista saliendo de la residencia de la familia Mccarty en King, una comunidad rural al norte de la ciudad conocido por sus paisajes, prestigiosas granjas de caballos y estados saludables. Los paparazis captaron una fotografía de la rubia en el aeropuerto, y una fuente interna confirmó que se han reconciliado después de terminar el otoño pasado, después de una larga relación de años. El reciente accidente cercano a la muerte de él desencadenó la reunión.
Y después, al final del artículo soy mencionada. Específicamente, que, a pesar de los rumores de mi relación romántica con Emmett, somos únicamente amigos que compartieron un evento traumático.
Frunzo el ceño ante el número de comentarios debajo del artículo. Muchas personas tienen algo que decir acerca de esta reunión.
¿Qué es exactamente lo que están diciendo?
A pesar de mi promesa a Tanya y a mi mejor juicio —mi día no puede ponerse peor—, soy vencida por mi curiosidad.
—¿Bella?
Cubro mi boca con las manos, tratando de callar mis sollozos.
Después de un momento me las arreglo para contestar. —Saldré en un segundo.
—¿Estás bien?
—Sí, bien.
La puerta de mi habitación, donde me he estado escondiendo la última media hora, se abre y Seth mete su cabeza. Me doy la vuelta, pero es muy tarde para esconder mis mejillas manchadas de lágrimas y mis ojos rojos hinchados. Cerrando la puerta detrás de él, se sienta a mi lado, mi cama rechinando debido al peso. —¿Qué pasa?
Levanto mi teléfono, con mi labio inferior tembloroso. —¿Por qué la gente es tan cruel?
Me rodea los hombros con sus brazos y me sostiene justo antes de que comience a sollozar incontrolablemente contra su hombro.
—¿Qué demonios estabas haciendo?
—Me mantuve alejada hasta ahora, pero tenía curiosidad. Solo quería saber lo que estaba diciendo la gente, entonces me metí a ver los comentarios…
Mucha gente tiene mucho que decir.
Y mucho acerca de mí.
Muchos dicen que soy valiente y amable, me etiquetan de ángel, proclaman que estoy tocada por la voluntad de Dios por haber logrado lo que hice. Me agradecen una y otra vez por arriesgar mi vida para salvar a tan increíble hombre. Un hombre que nunca han conocido pero obviamente sueñan con conocer algún día. Un hombre que idolatran. Muchos están rezando por mí y me desean solo felicidad después de lo que me hizo ese profesor. No creen que fue correcto, la forma en que me trataron, la forma en que James Philips se libró. Están disgustados por ello. Mucha gente está sinceramente de acuerdo con Kate Wethers, que Emmett y yo hacemos una hermosa pareja y quieren que sea real, porque sería un final muy feliz para la historia.
Pero todas esas palabras amables y buenos deseos se desvanecen rápidamente en el olvido, al lado de otros comentarios que han estado surgiendo desde la entrevista.
Los que me etiquetan de fea y estúpida, una zorra basura blanca que estará sirviendo patatas fritas por el resto de su vida. Que necesito una cirugía en la nariz y una cirugía de bubis, que mis ojos son muy grandes, que estoy muy flaca. Que me deberían quitar la ayuda social, que soy el problema de Estados Unidos. Que merezco lo que me pasó con Philips porque debo ser una zorra si me embarace tan joven. Que estoy mintiendo sobre todo lo que pasó la noche del accidente porque quiero atención. Que esperan que Emmett me dé un polvo de lástima antes
de que regrese con Rosalie. Que si incluso Emmett y yo estamos juntos, se deshará de mí al segundo en que su pierna se recupere y regrese al hielo.
Son solo palabras. Después hay fotografías, memes. Instantáneas que la gente sacó durante la entrevista de The Weekly, de mí sentada en mi sofá al lado de Emmett, mi cara arrugada en medio de mi discurso, junto con leyendas hirientes. Supongo que deben ser graciosos.
Solo me hicieron llorar más.
La gente realmente se toma tiempo de sus vidas para hacer esto.
Seth gime. —Nunca leas los comentarios. Estas personas son troles. Perdedores con vidas tristes y pequeñas, y nada mejor que hacer que escupir mierda y odio. Son tonterías.
—Y aun así duele demasiado cuando es acerca de ti. —Cuando casi todo lo que han dicho, lo he pensado en algún punto—. Se siente como si pasara nuevamente lo de hace siete años. Excepto que peor. No puedo soportar esto.
—Sí, puedes. Eres la persona más fuerte que conozco.
¿Fuerte, yo? —No, no lo soy.
—Sí, lo eres. Eres más fuerte que Angela o mamá.
—Mamá es una roca.
—No, mamá no toma riesgos, siempre juega la carta segura.
Simplemente muevo la cabeza
—Aún recuerdo cuando saliste de la casa con tu mochila colgada al hombro. Fue como si hubieras estado sentada en tu habitación esperando a que llegue la medianoche.
—Lo estaba.
—Partiste para sobrevivir por tu cuenta, sin trabajo y sin dinero, y lo hiciste. El día que te mudaste, mamá y papá tuvieron una gran discusión. Ella garantizaba que volverías en dos semanas con la cola entre las piernas. Pero eres tan terca, ni siquiera llamaste. Y después, se enteró que estabas embarazada, y trajo a un contratista para que le dé un presupuesto para la renovación del ático, para cuando vinieras corriendo a casa con el bebé, porque no había manera de que pudieras resolverlo. Nunca lo hiciste. Has podido con todo lo que la vida te ha aventado y lo has hecho todo por tu cuenta.
—Con la ayuda de algunas personas —lo corrijo y le ofrezco una sonrisita, apreciando las palabras. Me desplomo en la cama, de repente exhausta. Siento como si pudiera dormir hasta la siguiente semana.
—Puedes manejar esto, Bella.
Miro el techo. Necesita desesperadamente una capa fresca de pintura. Seth se recuesta a mi lado, el rechinido que le acompaña me hace pensar que estamos a punto de romper la estructura, la cual fue una compra en una venta de garaje. No ha tenido que aguantar el peso de un hombre recostado en ella desde el día que Mike la cargó en su camioneta y la trajo aquí por mí hace seis años, tan triste como puede ser.
—¿Querías que fuera verdad lo que dijo Wethers? —pregunta suavemente, con una rara seriedad en su tono.
Sí. Claramente lo deseaba.
—Él solo se sentía en deuda conmigo —digo en su lugar, sin responder la pregunta.
—Tal vez.
—Jess piensa que soy una idiota por no aventármele cuando tuve la oportunidad.
—Jess es buena en aventarse a los chicos. —Se detiene— ¿Newton ha dicho algo?
—No, nada acerca de eso. Ha escrito mil veces para ver si necesito algo.
—Me encontré con él el otro día cuando estaba trotando. No era el mismo. Creo que finalmente se dio cuenta que no tiene esperanza si su competencia es Mccarty.
—No hay competencia. —Levanto mi teléfono para mostrarle a Seth el meme que alguien ha creado: una esbelta glamurosa Rosalie Hale al lado de una instantánea mía en la entrevista, con mi blusa rosa, luciendo como una humilde extensión de mi sofá feo de una venta de garaje—. Y habla sobre no ser capaz de competir.
Suspira. —Permíteme, ¿puedo mostrarte un truquito? —Toma mi teléfono y cierra la pantalla—. ¿Qué es lo que sabes? Así como así, ya no existe nada de eso.
—Qué gracioso.
—Deja que sean miserables mientras estés trabajando en follarte a mi ídolo.
—¡Seth! —Muevo la cabeza hacia él, pero una sonrisa tira de mi boca—. Eso nunca va a pasar.
Se levanta para sentarse, arrastrándome hacia arriba junto con él. —En serio, ¿no puedes encontrar a alguien normal? Primero te enamoras de tu profesor de arte y casi lo envías a la cárcel. Luego te embarazas de un vendedor de drogas, quién no puede ayudarte porque él sí fue a la cárcel. Después tienes que sacar a Emmett Mccarty de un auto en llamas y hacer que caiga a tus pies como un cachorrito enfermo de amor en televisión nacional. ¿Por qué no puedes encontrar… no lo sé, un banquero o un plomero?
Me estoy riendo porque, tan dura como lo es la realidad, viene de Seth, quién sé que no me juzga. —¿O un vendedor de carros usados?
—Ahora vas por el buen camino. Necesito un carro.
Me limpio las lágrimas restantes de mi cara. —Gracias, Seth. Por estar aquí. Por saber cuándo venir. —Nunca lo habría pedido.
Suspira. —Mantén la cabeza en alto. Y prométeme que nunca volverás a mirar esa mierda. Eso fue tonto. Voy a apagar mis datos cuando esté aquí si te descubro haciéndolo de nuevo.
—No lo haré. Lo prometo. Se terminó. Voy a avanzar. —Dejo el teléfono en mi buro, su peso es repentinamente insoportable—. ¿El partido ha terminado?
Asiente, su dura expresión diciéndome que los Flyers no estarán jugando hasta la siguiente temporada.
—El dos mil dieciocho es nuestro año, ¿cierto? —Seth le gruñe a Sam mientras descansan en los escalones de mi porche, mi hermano vistiendo ropa de correr.
—Espero —responde el guardaespaldas. La radio de su camioneta zumba con voces bajas, los comentaristas diseccionando el partido, destacando las formas en que los Flyers se equivocaron y perdieron su oportunidad para jugar por la copa. He escuchado "Mccarty" al menos dos veces en los últimos veinte segundos, a pesar de que Emmett no jugó. No es difícil averiguar en donde caerá la mayor parte de la culpa.
Pero es casi un alivio para mí que no tendré que mirar a Emmett sentado al lado de Rosalie Hale nuevamente. Estoy segura de que ya hay más que suficientes fotografías de ellos por todo el internet.
Tal vez ahora todos puedan avanzar.
Incluyéndome.
—Deberías ir a casa, Sam —le digo.
El hombre, que luce como fiera, frunce el ceño un poco. —Se supone que…
—Estoy bien. Mira, todos se fueron. No hay nadie aquí.
—Pero el señor Mccarty insistió….
—Que te quedaras hasta que me sintiera segura. Ahora me siento segura, puedes irte. —Terminó con una sonrisa.
Después de una pausa larga me ofrece un brusco asentimiento y se dirige hacia su camioneta. Para llamar a su oficina y tener permiso para salir, sin duda.
—¿Vas a estar bien para llegar a casa?
Seth está agachado arreglando un cordón suelto. —Solo tomé tres cervezas.
—Mike va a notar que no están.
—Está bien. Dile que compre mejores cosas cuando reabastezca. —Con un guiño, Seth se va corriendo sobre la pista.
—Mantente en la banqueta —le grito.
Mi teléfono suena en la habitación mientras camino hacia dentro; es un sonido agudo, alejando el silencio de la casa. Aun cuando Brenna tiene el sueño profundo, corro por él, temiendo que pueda despertarla.
Mi corazón se para cuando veo el nombre de Emmett en la pantalla.
Ya sé porque está llamando. Para decirme lo que he visto con mis propios ojos. Lo que todos han visto. Lo que las personas, completos desconocidos que no me conocen, y no me conocerán, están cotilleando. Tan trivial como lo hizo sonar Seth, cada recordatorio mínimo me hace querer vomitar.
No sé qué decirle.
Y por eso, solamente me quedo sentada aquí, bajando el volumen, mirando su nombre mientras espero a que se vaya a buzón de voz. Me toma casi un minuto tranquilizar mis nervios y escuchar el mensaje, una triste sonrisa tocando mis labios mientras su voz llena mis oídos.
—Hola, Bella, soy Emmett. Pensé que ya habías terminado de trabajar pero
tal vez no. Fui al partido está noche y acabo de llegar a casa. Es la primera vez que tengo un momento de privacidad. En fin… —suspira— quería advertirte que va a haber algunas cosas flotando en los medios sobre una reconciliación con mi ex…
Solo la manera en que lo dice se siente como un golpe en la barriga.
—Tanya piensa que es la mejor forma de desviar lo dicho en The Weekly. Rosalie estuvo de acuerdo, por lo que hoy voló de Los Ángeles para dar peso a la historia que lanzó Tanya.
Entonces ella es la fuente cercana. Tiene sentido. Era su eslogan.
Se detiene. —¿Viste el juego de esta noche, por casualidad? —No me pierdo la cautela en su voz—. En fin, todo es un espectáculo. No volvimos.
Cierro los ojos, el ardor familiar de mi estómago reavivándose dolorosamente.
—Solo quería que lo supieras. Y esperaba poder hablar contigo en persona, pero… —Suena muy calmado, muy inseguro de sí mismo. Me imagino que tiene que ver con la derrota de su equipo de esta noche. Debe ser muy difícil para cualquiera de estos chicos sonreír en estos momentos—. Entonces… Buenas noches…. O buenos días… no lo sé. ¿Hablamos pronto?
En lo que respecta a los mensajes de voz, Emmett acaba de superar el que le envié la semana pasada de "recupera tu dinero". Ojalá pudiera reírme de ello.
Desearía poder tomar sus palabras al pie de la letra.
Ojalá pudiera creerle.
Me meto a la cama y cierro los ojos. Presiono mi teléfono contra mi oído y me pierdo en el mensaje de Emmett, no en sus palabras, pero sí en su voz, una profunda y melódica canción que de alguna manera puedo sentir en mi centro.
Cada vez que lo oigo, siete veces en total, espero que algo haga clic, que algo cambie. Algo me dirá que puedo aceptar su explicación y encontrar las agallas para hablar con él.
Pero no puedo.
Porque sus palabras son palabras que he escuchado antes. Esta explicación es una que ya he oído antes. Este tipo de falsa esperanza me ha consumido antes. Y la posibilidad de que me rompan el corazón de nuevo…
Pongo mi teléfono en mi mesita de noche, el mensaje de Emmett sin responder.
Me prometí a mí misma que sería más inteligente.
Julio 2020
Camino rápidamente hacia su casa, mi bicicleta moviéndose a mi lado en el parque que está cruzando la calle, donde he estado sentada por tres horas.
Esperando el familiar ruido sordo de la motocicleta de James.
Calmando mis nervios para hablar con él por primera vez en cuatro meses.
Su casa está en una calle tranquila, en un vecindario tranquilo, en la parte más vieja de Balsam.
Era la casa de su abuela, que heredó cuando falleció. Es pequeña y encantadora, y lo mejor de todo, la puerta de enfrente está un poco apartada para ofrecer un poco de privacidad.
Llego a su porche cuando él está deslizando la llave en su puerta, el crujido del escalón de madera anuncia mi acercamiento.
Se hace a un lado una onda de cabello castaño claro, desordenado por haber llevado sombrero.
—No puedes aparecerte en la entrada de mi casa así. Lo sabes.
—¿Por qué ya ni siquiera me miras? —Mi voz tiembla con emoción contenida, sin duda mi cara manchada con máscara de pestañas.
Titubea. —Sabes por qué.
—Hoy te vi saliendo de la cafetería.
—Bella… —Deja la puerta abierta y da la vuelta para enfrentarme; esos cálidos ojos color avellana se suavizan. Echa un vistazo a nuestro alrededor, buscando fisgones—. Ella es una maestra del jardín de niños y hemos salidos por años. Si está dispuesta a darme otra oportunidad, habla de mi carácter. —Se encoge de hombros—. Necesito ayudar a mi reputación en estos momentos.
Su reputación no es la que está sufriendo. —¿Te estás acostando con ella? —Una nueva oleada de lágrimas amenaza.
—Por favor no llores, Bella. Lo siento. —Su garganta sube y baja, tragando fuertemente.
—¿Aún me amas?
Su mirada baja lentamente sobre mi cuerpo, el calor de mediodía de verano hace que mi blusa y mis pantalones cortos de mezclilla se peguen a mi cuerpo, antes de levantarla para encontrarse con mis ojos de nuevo. —Sabes lo que siento por ti, siempre me sentiré de esa manera.
Me quito las lágrimas de las mejillas.
—Te extraño.
Titubea, sus ojos parpadean hacia la casa de al lado, el único mirador con una vista clara de nosotros, gracias a un cultivo de árboles en frente. —Yo también te extraño. Pero no deberíamos haber permitido que eso sucediera.
