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. ADVERTENCIA: Este capítulo contiene escenas sexuales entre más de una persona. Si no es de tu agrado, ruego saltes al capítulo "VIaje hacia las tierras de Enlil" .
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Tablilla IV
Capítulo 14
Ritual a Ishtar
El día siguiente, Gilgamesh se despertó inusualmente callado. Enredaba sus dedos sobre su abdomen y parecía debatirse internamente. Enkidu se hallaba sentado a su lado, con la vista perdida. Su desnudez se mostraba en su totalidad, dejando que su belleza natural se realzara con la luz matutina.
—Enkidu—musitó Gilgamesh suavemente, después de mantener el silencio por largo rato—. ¿En serio no me abandonarás nunca?
Enkidu se apoyó sobre sus manos en el lecho, sacudiendo su lacio cabello.
—¿A que viene ese titubeo, mi seguro y confiado rey de Uruk? —preguntó Enkidu, mirando el desorden sobre la cama— No me digas que las dudas han invadido tu corazón.
—Tonto—dijo Gilgamesh, tornando los ojos en blanco—. Sólo lo digo porque ayer prometiste traerme con vida. No necesito tal cosa, yo puedo defenderme solo.
—No he dicho lo contrario—objetó Enkidu, volteándose para ver a Gilgamesh directamente—, sólo que iré a tu lado y lucharemos juntos. Los hombres del consejo tienen derecho a tener miedo de perder a su rey. Son muy fieles y leales a ti, nunca olvides que tienes un reino esplendoroso.
—Es el deber de ellos, no tienen más opciones que aceptarlo y ya—susurró Gilgamesh, mirando sus nudillos—. Si hicieran lo contrario serían traidores y deben pagarlo con cárcel y muerte.
—No olvides a tu reino—repitió Enkidu, levantándose—. Recuerda que el rezo de los sacerdotes y el pesar de tu pueblo me ha traído hasta ti.
—Entonces no me arrepiento de ser un tirano, como me llama la gente a escondidas—admitió Gilgamesh.
Ambos se quedaron meditando lo que aquellas palabras significaban.
—No te entiendo—soltó Enkidu, sentándose a los pies del lecho—. A veces me dices cosas muy comprometedoras y luego las niegas, ¿Qué es lo que me quieres decir?
—No depende de mí la interpretación que tú le des a mis palabras—dijo con soberbia Gilgamesh, incorporándose—. Tú piensa lo que quieras, eso no cambia lo que yo diga.
—Entonces… ¿Tu estima por mí es sincera? —preguntó con algo de pesar Enkidu, temiendo la respuesta.
Enkidu sentía su corazón latir con fuerzas en el pecho. Al mirar el perfil de Gilgamesh, un escalofrío agradable recorría sus extremidades y lo sonrojaban. Parte de su cabello ocultaba uno de sus ojos y se mantenía expectante por la respuesta.
Gilgamesh entornó los ojos y su expresión era seria e inquebrantable.
—Estaba ebrio—dijo, con un ademán de su mano—, casi no recuerdo qué fue lo que dije. Lo que sea no te lo tomes en serio.
Enkidu asintió con pesar.
Gilgamesh observó como Enkidu se retiraba de la habitación con una expresión aquejumbrada, mientras que en su corazón, un vacío doloroso se creó después de decir tal mentira.
Hizo caso omiso y se levantó, olvidándose del asunto.
Las mañanas de aquellos días eran dedicadas a la práctica de los portales. Después de cuatro días de ardua preparación, Gilgamesh era capaz de sacar armas a través de los portales a gran velocidad, incluso una cadena en particular que llamó Enkidu. Ambos luchaban entre sí para entrenarse y Gilgamesh logró inmovilizar a Enkidu varias veces, demostrando su habilidad en combate.
La noche del quinto día se hallaban en la habitación de Gilgamesh, quien sacó una copa de oro de uno de los portales. Enkidu juntó las manos, alegre de ello y Nidasag, quién se encontraba a su lado, quedó auténtica impresionada. Se llevó una mano a su rostro y sus ojos estaban inusualmente abiertos: nadie más que Enkidu había visto las nuevas habilidades del rey. Gilgamesh entregó la copa a Nidasag y la consorte sirvió vino en ella.
—Mañana partiremos hacia el bosque de cedros—sentenció Gilgamesh, después de tomar un largo sorbo de vino— y esta noche quiero consagrarme a Ishtar en su totalidad.
—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó Enkidu, recibiendo una copa él también— ¿Irás al templo a esta hora?
—No—dijo Gilgamesh, algo molesto por no entender la indirecta—, sabes perfectamente cómo se contenta a Ishtar.
Enkidu miró fijamente a Gilgamesh, esperando su respuesta por quién elegiría a esa noche. Luego de un momento de alcohol entre los tres, las bromas comenzaron a inundar el jovial ambiente hasta que el tema cambió radicalmente.
—Nidasag, desnúdate—ordenó Gilgamesh, ya algo ebrio— y vete a mi cama.
Nidasag inclinó la cabeza, se encaminó hacia la cama de Gilgamesh y los dejó a solas. Enkidu se puso de pie después de beberse el contenido de su copa, pero Gilgamesh le detuvo por un brazo.
—¿A dónde vas? —dijo Gilgamesh, con cierto enredo en su lengua.
—Pues… no sé, a algún jardín. Dime si quieres que regrese más tarde—dijo Enkidu, sorteando el mareo con una ligera sonrisa en su rostro.
Aquel día Enkidu volvió a vestir elegante, con ropa ajustada a su cuerpo y la cabellera trenzada y perfumada. Gilgamesh se puso de pie y estrechó la cintura de Enkidu hacia él. Con una mano buscó su mentón y lamió sus labios. Enkidu apoyó sus manos en el pecho de Gilgamesh y le apartó con discreción.
—No vas a ir a ningún lado—susurró Gilgamesh sobre los labios de Enkidu—desnúdate.
—¿Qué pretendes? —preguntó Enkidu, mirando sus ojos algo alerta.
—Quiero acostarme contigo—dijo Gilgamesh toscamente, mientras olía su cabello perfumado.
Enkidu sintió como las mejillas se le encendían y una ola de calor subía a su rostro. Apretó los labios y frunció levemente el ceño.
—Pero Nidasag…
—¿Cuál es el problema? —comenzó Gilgamesh, colando sus manos bajo la ropa de Enkidu y tocando su pecho—. Ve a mi habitación. Yo beberé un poco más de vino.
—No estoy seguro de esto—dijo Enkidu, algo nervioso.
—Entonces embriágate conmigo—Gilgamesh entregó una copa con vino a Enkidu—verás cómo se te pasa.
Enkidu se tomó el contenido de un solo trago, sintiendo el líquido tibio bajar por su garganta. Al cabo de un rato, ya estaba lo suficientemente mareado y sentado sobre Gilgamesh, unidos en un beso húmedo y apasionante. Gilgamesh se llevó a Enkidu a la habitación y se encontró con una sorprendida Nidasag, mientras se besaba desenfrenadamente con Enkidu. Nidasag no supo si salir o quedarse, hasta que Gilgamesh se dirigió hacia ella para agarrar su nuca y fundirse en sus labios.
Enkidu abrió los ojos de par en par y sus dedos tocaron con sutileza su labio tembloroso; experimentó una sensación nueva en su cuerpo: ver a Gilgamesh con otra persona era algo enervante y excitante a la vez. Exhaló y sintió como su cuerpo reaccionaba ante tal estímulo poderoso.
—Enkidu, te pedí que te desnudaras. Hazlo—ordenó Gilgamesh con una mano, mientras él se desnudaba.
Nidasag y Enkidu se miraron anonadados y finalmente, luego de tragar con algo de dificultad, Enkidu cedió. A pesar de que Nidasag era una de las consortes favoritas de Gilgamesh y solía vestir prendas ligeras y sugerentes, jamás la había visto desnuda completamente ni menos en una situación como esta. Gilgamesh llamó a Enkidu a su lado y lo acostó la cama, para luego recorrer su abdomen con su lengua. Enkidu cerró los ojos y tomó los cabellos de Gilgamesh entre sus manos finas.
Así comenzó el tributo a Ishtar de Gilgamesh.
Enkidu se abandonó y decidió apagar su mente, despersonificarse y olvidarse de lo que estaba por ocurrir: la idea le pareció descabellada, sin embargo, estaba dispuesto a disfrutarla desde la lejanía de su mente.
Gilgamesh abandonó a Enkidu y se acercó a Nidasag: su cuerpo pequeño era fácilmente dominable, además la consorte estaba acostumbrada a la sumisión. Enkidu se mantuvo quieto, con la vista fija en el techo, automatizado, completamente enajenado.
—¿Qué te pasa? —preguntó Gilgamesh a Enkidu, mientras mordía el cuello de Nidasag—¿No estás de acuerdo con esto?
—Estoy alucinando—contestó, incorporándose y mirando a Gilgamesh con una expresión insípida—, haz lo que quieras conmigo.
Gilgamesh sonrió y lanzó a Nidasag a la cama, para reclamar la mandíbula de Enkidu y besarle fervientemente.
Nidasag sentía algo parecido a la rabia brotar en su pecho: ella sabía que Gilgamesh y Enkidu eran algo así como amantes, pero verlo en primera persona le abrumó tanto que dudó que pudiese contentar a el rey como siempre lo hacía.
Gilgamesh se olvidó un momento de Nidasag y se centró en Enkidu, quien despertaba las pasiones en su cuerpo con lentitud. Llegó el momento en que Gilgamesh le pidió que abriera las piernas y así, Nidasag se llevó las manos al pecho, boquiabierta.
No era la primera vez que ella estaba con Gilgamesh en una especie de orgía. Otras consortes lo contentaban junto a ella, pero de aquello hacían muchos días y ella se aliviaba pensando que ninguna de ellas era importante para él, pero ahora la situación era diferente.
Gilgamesh se dedicó a mirar a Nidasag mientras consumaba el acto, como si la chica mereciera una especie de castigo. Le sonrió algo ido y la llamó a su lado para besarla. Enkidu tenía los ojos vidriosos y puestos en un lugar indeterminado, mientras sentía como Gilgamesh entraba más y más profundo en su cuerpo. Sus piernas tiritaron, los dedos de los pies se encogieron y su corazón saltaba en el pecho.
Gilgamesh abandonó el cuerpo de Enkidu y acostó con algo de violencia a Nidasag sobre el lecho para hacer lo propio con su cuerpo. Enkidu miraba absorto la escena, con la sangre hirviendo, los sentimientos encontrados y el temblor general de su cuerpo. Se dedicó a observar a la consorte y la piel suave le pareció atractiva, el movimiento de sus pechos le hechizaban y por un momento deseó estar en el lugar de Gilgamesh, con el deseo latente de sentir una mujer, como cuando hace mucho tiempo atrás hizo suya a Shamhat.
Recordó cuando Shamhat y Mathma le enseñaron lo que era tener sexo, ya que los tres se experimentaron entre sí en una misma sesión, pero esta vez era diferente: era Gilgamesh con su amiga Nidasag quienes se encontraban a su lado, moviéndose en lívido absoluto. Las piernas delgadas de Nidasag parecían frágiles ante el cuerpo esculpido de Gilgamesh y su pequeño torso no resistía la fuerza con la que Gilgamesh entraba en ella. Nidasag se retorcía, se aferraba de las sábanas y ocultaba su rostro de Enkidu.
Gilgamesh suspiró ronco y dejó a Nidasag con una delicadeza extraña en él. Se volteó hacia Enkidu y le indicó que se acostara.
—Mírame—exigió Gilgamesh y Enkidu accedió.
Nidasag, con algo de desconfianza, depositó un beso sobre la nuca de Enkidu y un escalofrío eléctrico recorrió su espina dorsal. Gilgamesh tomó con severidad su rostro y le negó.
—Enkidu es mío Nidasag, no tienes permiso de tocarlo—susurró con algo de violencia, para luego besarla y enredar sus manos en el cabello oscuro.
El cuerpo de Enkidu fue apropiado por Gilgamesh una última vez hasta que terminó viniéndose luego de que Gilgamesh le susurrara obscenidades al oído. Gilgamesh pensó en algo: apartó a Nidasag y se separó de Enkidu. Lo obligó a abrir la boca, en donde los movimientos oscilantes y la porosa lengua de Enkidu lo llevaron a correrse en ella. No era primera vez que hacía eso con él, pero Nidasag se llevó las manos a la boca, completamente sorprendida de aquel acto tan sicalíptico. El líquido blanquecino chorreaba por la comisura de los labios de Enkidu y goteó sobre las sábanas.
—Trágatelo—ordenó Gilgamesh, tomando a Enkidu por el mentón.
Enkidu sonrió mientras su manzana de adán hacía el movimiento típico de la deglución.
Luego de eso, Gilgamesh envió afuera a Nidasag y la concubina obedeció tan rápido como pudo, tomando sus prendas y cubriendo su desnudez.
Silencio.
Enkidu quedó abandonado azarosamente sobre el lecho, con el cabello desordenado y sus piernas sudorosas y temblorosas. Gilgamesh se paseó un momento por la habitación, mordiéndose las uñas, como si todo lo ocurrido no hubiese sido más que un pensamiento en su ardiente mente.
—¿Qué te preocupa? —preguntó Enkidu desde su posición, aún regularizando su respiración y evitando los vértigos del alcohol.
—Mañana partiremos al bosque de Enlil—dijo, sentándose en la cama—. Estoy preparado.
Enkidu jugó con la superficie arrugada de la cama y suspiró.
—Tengo miedo—admitió, limpiando el mentón—. Humbaba es aterrador.
—Tú lo conoces… sabes sus debilidades—dijo Gilgamesh, con la voz mas grave de lo usual— ¿Por qué le temes tanto?
—Es un ser increíblemente fuerte—comenzó Enkidu, cruzándose de piernas—. Tiene una aversión con los humanos, creo que esa es su debilidad. No sabría como tornarla en contra de él. A pocas cosas le temo y Humbaba es uno de ellos.
—¿A qué más le temes? —preguntó Gilgamesh, acostándose a un lado de Enkidu.
Enkidu no contestó.
Gilgamesh sorteó un mareo y cerró los ojos. La agradable brisa nocturna acariciaba sus cuerpos desnudos y la quietud del ambiente siempre volvía sus respiraciones un encuentro íntimo entre los dos.
—Gil… —dijo Enkidu después de un momento— Eres lo más valioso de mi vida.
Aquello tomó por sorpresa a Gilgamesh, sobretodo después de lo que acababa de pasar. Entornó los ojos y sonrió lentamente, complacido de las palabras de Enkidu. Se giró hacia él y dedicó una suave caricia en su cabello.
Aquello fue suficiente para Enkidu, ya que entendió que era recíproco.
Quizás.
