Todo lo que reconozcáis (y más) pertenece a J.K. Rowling. El resto ya es cosa de mi imaginación.
¡Hora de volver a la vida de Bruce! ¿Preparados para conocer por fin al resto de integrantes de los Wollongong Warriors? Porque este capítulo llega cargado de nuevoa personajes interesantes... ¡Y el primer entrenamiento de Bruce! Y si necesitáis más información, ya sabéis que tenéis el blog del fic, para el que también acepto peticiones sobre temas a tratar. Lo encontraréis en siemprequidditchfanfic . blogspot . com . es / (quitando los espacios).
61. Warriors
Cuando el lunes llegó por fin, Bruce se presentó puntualmente en las oficinas de los Warriors a través de la red Flu. Para su sorpresa, las oficinas estaban llenas a rebosar de gente que iba y venía, saludándose unos a otros amistosamente y contándose anécdotas mientras bebían café. Parecía ser que no era solo el primer día de trabajo de Bruce y los jugadores, sino también el de la gran mayoría del resto de los empleados del equipo. Bruce se quedó de pie al lado de la chimenea en la recepción, confuso porque no sabía a dónde ir: le habían dicho que tenía que ir a las oficinas, pero nada más, y allí había mucha gente, pero nadie que le prestara atención.
Todo se solucionó cuando apenas unos segundos más tarde, Bruce reconoció a una de las personas que caminaba rápidamente hacia él entre la multitud que llenaba la recepción: era Tiffany, la más joven de los asistentes de los jugadores. La chica llegó hasta él, se aclaró la garganta y se sonrojó incluso antes de dirigirle la palabra:
—Señor Vaisey, sígame, por favor. Le enseñaré el camino hasta el campo de entrenamiento.
—Puedes llamarme Vaisey a secas—respondió Bruce, levantando una ceja.
No era tan mayor como para sentirse cómodo siendo llamado "señor".
—Claro, por supuesto… Vaisey—asintió Tiffany con nerviosismo, y echó a andar para dejar de hablar.
Tiffany le guio a través de la recepción y a lo largo del pasillo. La joven iba recibiendo algunos saludos breves a los que correspondía, y Bruce notó que él mismo era objeto de algunas miradas curiosas y evaluadoras. Sin embargo, nadie se dirigió a él, aunque recibió algunas inclinaciones de cabeza a modo de saludo de algunas personas que pilló mirándole fijamente. Tiffany se detuvo frente a una puerta en el pasillo de la que colgaba un cartel que ponía "Túnel Evanescente", pero no se anduvo con ceremonias y abrió la puerta sin dudar.
Al otro lado había una sala pequeña, que a Bruce le recordó a la sala de los trasladores de las oficinas de los Minotaurs en Nueva York. Aquella sala servía para llegar al estadio, y obviamente la sala en la que se encontraba Bruce tenía el mismo cometido. Sin embargo, en lugar de llegar a través de trasladores, se usaba ese arco dorado ubicado en el centro. Resplandecía ligeramente, y a través de él no se veía la pared del fondo, sino simplemente blanco: parecía como si fuera una puerta a una nube. Aparte del arco, había un simple escritorio en una esquina y un hombre alto y de espalda ancha sentado tras él. El hombre se puso de pie cuando Bruce y Tiffany entraron en la sala, y con eso Bruce se dio cuenta de que era mucho más alto de lo que había creído a simple vista; debía medir más de dos metros y medio.
—¿Qué tal, Tiffany?—a pesar de su aspecto imponente, su voz era insospechadamente aguda y su sonrisa era enorme y amigable—¿Es este uno de los nuevos? Me llamo Larry, encantado de conocerte. ¿Y tú eres…?
—Vaisey, Bruce Vaisey—se presentó Bruce, y estrechó la enorme mano que le ofrecía el hombre.
Larry entonces le explicó rápidamente y sin dejar de sonreír amistosamente que él era uno de los encargados de seguridad del túnel evanescente, equipo que vigilaba el acceso al campo de entrenamiento las veinticuatro horas del día. Como medida de seguridad, le hizo sumergir su mano en una palangana llena de tinta que hizo aparecer de la nada y le hizo estamparla a continuación en una hoja de pergamino. Bruce no entendía cómo funcionaba, pero en cuanto levantó la mano del pergamino, la silueta de su mano, que había quedado dibujada, pasó del color negro al blanco, y el arco dorado emitió unas chispas de colores. Larry asintió con la cabeza y le dio permiso para cruzar. La seguridad mágica era demasiado complicada para que Bruce la comprendiera.
—Todo recto a través de la nube, en diez segundos aparecerás al otro lado—le informó el encargado de seguridad—. Rhodes, Pete y el equipo médico ya están allí, y los jugadores van llegando. No tiene pérdida.
Tiffany se quedó allí, pero Bruce cruzó el arco dorado y se metió de lleno en el túnel evanescente. Era la primera vez que estaba en uno, y la sensación era extraña. No hacía ni frío ni calor, y no podía ver nada que no fuera él mismo y esa blancura por todos lados; era como niebla o una nube, brillantemente blanca pero no lo suficiente como para que le doliera a la vista. No podía ver el suelo, si es que había, pero lo sentía sólido. Durante los primeros segundos perdió el sentido de la orientación completamente y no supo hacia dónde era la salida, pero sentía como si un imán tirara de él en una dirección concreta, así que caminó hacia allí. Apenas unos instantes después vio una sombra que empezaba a materializarse frente a él, una sombra que se reveló como un arco. Bruce lo cruzó y se encontró en lo que debía ser la sala principal del campo de entrenamiento de los Wollongong Warriors.
—Deberíamos fichar ingleses más a menudo—le sobresaltó una voz a su izquierda, aunque no tuvo ni que girarse para identificarla como perteneciente a Caitlin Rhodes—, así tal vez tendríamos jugadores puntuales por una vez en la vida. Bien hecho, Vaisey. Bienvenido al campo de entrenamiento.
El arco por el que había llegado Bruce estaba pegado contra la pared de la sala. A diferencia de en las oficinas, era una sala grande y alargada, y no había nadie vigilando el túnel desde ese lado. En cambio, había unos sofás, una mesita y grandes fotografías de quidditch adornando la pared; Caitlin Rhodes estaba sentada en uno de los sofás. Bruce se dijo que tendría que observar las fotografías con detenimiento luego, pero de momento se fijó en que la pared opuesta de la sala era completamente de cristal. Las vistas eran del campo de entrenamiento, y la altura a la que estaban le hizo intuir que lo veía desde un segundo piso.
Se acercó al cristal para estudiar mejor el campo. Era más pequeño que un campo de quidditch reglamentario, pero tampoco había tanta diferencia; no más de una veintena de metros. No había gradas, sino que una valla rodeaba todo el campo, mucho más alta que los postes de goles. El césped parecía estar en buen estado, y un rápido vistazo a los lados le permitió descubrir que el edificio en el que se encontraba era estrecho y largo (aproximadamente la mitad de largo que el campo en sí), ocupando el espacio que quedaba entre el borde de ese lado campo y la valla.
—Gracias—respondió Bruce mucho más tarde de lo que debía, recordando que Rhodes le había dado la bienvenida.
La directora deportiva respondió chasqueando la lengua y poniendo los ojos en blanco.
—Hoy tocan pruebas médicas, nada de salir al campo por ahora. Baja las escaleras, sigue recto y segunda puerta del pasillo. Es el área médica.
Bruce obedeció. No había puertas en esa sala, solo escaleras que bajaban a su izquierda y derecha, y Rhodes había señalado la izquierda, así que no tuvo dudas. Bajó los escalones, llegando a la planta baja, y se encontró en un pasillo que continuaba recto. La primera puerta que vio tenía un cartel que la identificaba como los vestuarios, y la segunda estaba identificada como el área médica.
Al otro lado de la puerta Bruce se encontró con tres hombres. Reconoció a Pete, el entrenador, pero los otros dos eran desconocidos: ambos aparentaban cerca de cincuenta años, pero mientras que uno tenía el gesto serio y pelo negro y muy corto, el otro le sonrió amigablemente desde detrás de su barba castaña descuidada. Pete se adelantó para estrecharle la mano y saludarle y hacer les presentaciones:
—Señores, este es Bruce Vaisey, uno de nuestros nuevos cazadores. Vaisey, estos son Noah y el señor Neil Garrick. Noah es uno de nuestros preparadores físicos, y el medimago Garrick es nuestro medimago oficial.
Noah era el hombre sonriente, y el medimago Garrick era el serio; a Bruce le pareció adecuado. En los Minotaurs, los preparadores físicos eran simpáticos y amistosos (siempre que uno hiciera bien sus ejercicios), y aunque no tenían medimagos oficiales en su día a día, los que se encontraba en los partidos solían ser serios y bruscos. Pero ambos le saludaron amablemente y estrecharon su mano con fuerza.
—Zoe ya está dentro con Rachel, pero eres el primer hombre que llega, así que puedes ir pasando a la otra sala—comentó Noah, haciéndole notar que había dos puertas más aparte de la entrada—. Lo que está bien, ya que como novato tendrás que pasar unas cuantas pruebas más.
—Podemos empezar ya—estuvo de acuerdo el medimago Garrick, y guio a Bruce hacia una de las puertas.
Los ejercicios no fueron nada que Bruce no hubiera hecho antes: eran los mismos controles médicos de inicio de temporada que había hecho cada año en los Minotaurs. El medimago Garrick y Noah le acompañaron desde el primer momento, guiándole y observando los resultados, tanto aquellos que se revelaban mágicamente como los más obvios; como cuánto tiempo tardaba en empezar a perder el aliento al correr, por ejemplo. A ratos, el medimago Garrick les dejaba y se iba a la sala de al lado, donde se suponía que las chicas del equipo estaban haciendo lo mismo.
Porque pasado un rato Bruce no fue el único en la sala, que era bastante grande como para que varias personas hicieran ejercicios a la vez. Tommy Marini fue el primero en llegar tras él, y unos minutos más tarde fue Kyle, quien intentó saludar a Bruce y presentarse a Tommy pero fue interrumpido amable pero firmemente por Noah:
—Ahora no, Perlman. No se interrumpen las pruebas médicas. Cuando acabéis, tendréis todo el día para hablar.
Así que Kyle se limitó a dirigirle un saludo con la mano a ambos y se puso a las órdenes del medimago Garrick. No pasó mucho tiempo hasta que dos hombres más entraron en la sala, casi a la vez. Justo en ese momento Bruce estaba en una de las pruebas que más le costaban y desagradaban, pero pudo observarlos de reojo. Tenían que ser Rick Chastain y Mitch Drayton, y no le costó saber quién era quién. Rick Chastain era guapo como un actor de cine, rubio, de ojos verdes y en una forma física perfecta; Mitch Drayton era más alto, enormemente musculoso, con la cabeza rapada y con unos ojos de color azul claro penetrantes que le daban un aire más que siniestro. Los dos guardianes saludaron brevemente a Kyle y observaron a los dos novatos antes de ponerse a trabajar.
Como Bruce había llegado el primero, también fue el primero en terminar. Todo parecía estar en orden, a falta de un análisis exhaustivo de los resultados más complejos, pero Noah y el medimago Garrick quedaron satisfechos y le dejaron marchar. El entrenador Pete también había entrado en la sala en cuanto todos los jugadores hubieron llegado, y tras escuchar la evaluación que los dos hombres hicieron sobre Bruce, asintió y le recordó que el primer entrenamiento de verdad sería el miércoles. No tenía nada más que hacer, así que Bruce abandonó el área médica y volvió a la sala del túnel evanescente.
Caitlin Rhodes ya no estaba allí, pero en su lugar, tirada en uno de los sofás de espaldas y leyendo un libro con atención, había una chica. La joven le dedicó una mirada en cuanto Bruce apareció en su campo visual, y entonces se levantó del sofá con sorprendente agilidad. Tiró el libro sobre la mesita a su lado y se acercó a Bruce, que creyó que iba a estrecharle la mano. Fue una sorpresa cuando la joven ignoró su brazo extendido y le abrazó mientras decía:
—¡Bienvenido a los Warriors! Eres Bruce Vaisey, ¿verdad? El de los trajes, el de Nueva York. Encantada de conocerte, soy Rachel, Rachel Conroy. Cazadora y tu nueva compañera de equipo.
Le sorprendió enterarse de que esa era la Rachel de la que le había hablado Kyle cuando se presentó en su casa. Kyle había dicho que Rachel no estaba mal, pero se la había descrito como poco menos que una loca. Y sin embargo… Rachel tenía un aspecto muy normal. Llevaba ropa muggle, porque al igual que Bruce debía haberse cambiado tras los ejercicios: un jersey negro, pantalones vaqueros rotos, botas gruesas y altas. Tenía los ojos de un color castaño claro, cálidos, la piel morena por el sol y el pelo castaño y corto a la altura de la barbilla, despeinado como si acabara de bajarse de una escoba o como si se lo hubiera desordenado a propósito. Lo único que podía considerarse extravagante sobre su apariencia eran los cinco o seis pendientes en la oreja derecha y un tatuaje que asomaba por el cuello del jersey. Sí, el abrazar a desconocidos era un poco demasiado para Bruce, pero no lo suficiente como para calificarla de rara.
—Encantado de conocerte, Rachel—respondió Bruce educadamente, intentando recomponerse tras el abrazo inesperado—. ¿Así que cazadora? ¿Cuánto tiempo llevas jugando?
Mientras pasaba la revisión médica, Bruce se había repetido mentalmente cien veces que cuando conociera a sus compañeros tenía que mostrar interés y ser al menos un poco amistoso. Cuando había llegado a Nueva York, no había tenido ningún problema para relacionarse: Smith le había dejado con Jason y Brian, quienes le habían interrogado felizmente, y ellos le habían introducido en el equipo sin problemas. En los años siguientes, los nuevos se habían integrado con facilidad y Bruce les había conocido junto al resto, pero en Australia… Las relaciones entre todos parecían muy diferentes allí, y aunque Kyle había sido agradable con él, no parecía lo mismo. Bruce se sentía más solo allí, y por lo tanto, le tocaba asumir algo más de responsabilidad en relacionarse con gente.
Pero que supiera eso no quería decir que supiera qué preguntar para mantener una conversación informal con una persona que acababa de conocer. Rachel parecía ser más o menos de su edad, y eso era lo único que se le había ocurrido.
—Esta será mi quinta temporada—le dijo Rachel sin problemas, y Bruce se sintió aliviado de que la joven no se hubiera ofendido por no conocer su trayectoria. Eso hacía a Rachel un año mayor que él—, pero solo la segunda en los Warriors. Al salir del Colegio pasé por los campamentos, y luego estuve dos años en los Monsters y uno con los Finders antes de llegar aquí. Espera, ¿te sabes los nombres de los otros equipos de la Liga?
—Algunos—reconoció Bruce, algo avergonzado por no haber sido capaz de aprendérselos todos—. Sé que son ocho en total, y que jugamos tres partidos contra cada uno. Y que odiamos con todas nuestras fuerzas a los Thundelarra Thunderers.
—Eso es lo básico, sí—asintió Rachel, riéndose—. Bueno, Vaisey, no te preocupes por eso, son pocos equipos y te aprenderás los otros nombres rápido. Y eso sí, acuérdate de no vestir nunca de negro y morado: son los colores de los Thunderers, y si te los pones se te echará todo el mundo encima.
—Tomo nota.
—¿Por qué no nos sentamos?—sugirió Rachel, pero no esperó a que Bruce respondiera para tomar asiento ella misma y seguir hablando—¿Tienes prisa por ir a algún lado? Quiero esperar a los demás, no les veo desde que acabamos la temporada, y puedes entretenerme un rato. Seguro que tienes una historia interesante que contar.
Bruce no tenía ningún lugar al que ir, así que le hizo caso y se sentó en el otro sofá.
—¿Por qué no hay nadie vigilando el túnel en este lado?—preguntó Bruce mientras se sentaba.
Le había producido curiosidad horas antes, cuando había llegado al campo de entrenamiento, pero Rhodes no le había dado la oportunidad de preguntar.
—Porque no hay otra manera de llegar hasta aquí que no sea a través del túnel evanescente—respondió Rachel encogiéndose de hombros—. Ni trasladores, ni red Flu, ni aparición, ni volando o caminando; todo está bloqueado. Es suficiente con tener un vigilante al otro lado, y así podemos tener esta bonita sala de espera con las vistas del campo a este lado. Pero basta de cosas técnicas. Cuéntame tu vida, Vaisey. ¿Cómo has acabado en Australia?
Así que Bruce le hizo un breve resumen, agradecido de que eso fuera una cosa a la que estaba acostumbrado y estaba preparado para dar una versión simple y poco conflictiva. Dijo que había nacido en Londres, criándose en el callejón Diagon, que había asistido a Hogwarts y que cuando se había graduado no había encontrado un puesto en ningún equipo de quidditch local, pero que gracias a unos contactos en Nueva York se habían interesado por él. Había pasado tres años allí, pero tenía ganas de expandir sus horizontes y probar cosas nuevas; y cuando Caitlin Rhodes le había presentado su oferta, había aceptado sin dudar.
Cuando Bruce acabó, Rachel confesó sin ninguna vergüenza que había leído casi lo mismo en Frambuesa, una de las revistas de cotilleos, y que la revista daba muchos más detalles, pero que había sido muy "instructivo" oír su versión.
Entonces fue el turno de Rachel de resumir su historia, que resultó ser bastante agitada. Su padre era un mago australiano, pero su madre era una muggle holandesa. Se habían conocido cuando la madre de Rachel fue a estudiar a Australia, y Rachel nació unos años más tarde en Rotterdam, Holanda. El problema fue que su nacimiento había sido inesperado y ninguno de sus padres estaba preparado para ello ni para dejar definitivamente su país de nacimiento, así que Rachel pasó una infancia bastante caótica viviendo a veces en Australia, a veces en Holanda, a veces con su padre, a veces con su madre y a veces con los dos, pero las cosas nunca fueron muy tranquilas. La relación empeoró cuando, a los nueve años de Rachel, su madre descubrió que ella y su padre eran magos: aunque lo habían sabido desde hacía ya mucho tiempo, su padre nunca había reunido el valor para contárselo hasta que a Rachel se le escapó algo de magia involuntaria frente a ella. Ese fue el último periodo en el que sus padres vivieron juntos, y poco después de que Rachel cumpliera los once y entrara en el Colegio, se divorciaron definitivamente. Rachel había preferido quedarse en Australia durante la mayor parte de las vacaciones que tenía, y visitaba a su madre en Holanda en raras ocasiones, ya que no se llevaban muy bien; había aumentado la frecuencia de sus visitas cuando había salido del Colegio y había empezado a jugar a quidditch, pero tampoco demasiado, porque prefería usar su tiempo libre para vivir aventuras.
Bruce preguntó qué clase de aventuras, y cuando Rachel le relató qué había hecho esas vacaciones fue cuando empezó a comprender un poco por qué Kyle tenía la opinión que tenía sobre la joven; y es que parecía imposible que alguien hubiera hecho tantas cosas como Rachel había dicho en tan poco tiempo. Había participado en las carreras de escobas de Suecia y de la Selva Negra. Había visitado la reserva de dragones de Perú. Había ido a avistar yetis en el Himalaya. Había hecho surf y submarinismo en Cuba. Había recorrido las ruinas de tribus ocultas en el Amazonas. Había pasado tiempo con la sociedad secreta de Madagascar. Había asistido a tres conciertos de su grupo de música preferido en Italia, Austria y Francia. Había navegado por el Mediterráneo… Y todavía había tenido tiempo para asistir a la boda de un primo en el norte de Australia y para pintar cuadros cuando se aburría.
Bruce no se preguntaba cómo podía uno aburrirse con una agenda tan apretada, sino más bien cuándo podía dormir.
Bruce siguió hablando con Rachel hasta que Tommy Marini apareció subiendo las escaleras y se unió a la conversación. Hasta entonces, la impresión de Bruce sobre Rachel había sido buena: era imposiblemente activa e incluso sentada era incapaz de estar quieta del todo, pero era agradable. Parecía que sería una buena compañera.
Cuando Tommy llegó, saludó a Bruce como si se conocieran de toda la vida y se sentó al lado de Rachel de inmediato, presentándose y empezando a hablar sobre él. Bruce había observado esa conducta suficientes veces en sus compañeros de Slytherin para saber que Tommy estaba intentando venderse como el cazador estrella de su generación y como un tipo listo y humilde. A Bruce no le costó identificar que de humilde no tenía nada, y tampoco parecía tener muchas luces; esperaba que al menos sí que fuera bueno jugando a quidditch, así como mínimo tendría una buena razón para soportarle.
Con Tommy monopolizando la conversación, Bruce prefirió quedarse callado, pero Rachel le siguió la corriente al recién llegado. No sabía si la joven se estaba tomando en serio las palabras de Tommy o si era un sutil tono de ironía eso que notaba en su voz: no la conocía tanto como para estar seguro, y encima el acento australiano (aunque no demasiado exagerado, era muy evidente) le complicaba las cosas. Pero escuchando a los dos hablar, Bruce descubrió algunas cosas interesantes, como que todos se referían al colegio de magia de Australia simplemente como "el Colegio", que no tenía Casas o cualquier otro tipo de división y que los equipos de quidditch se formaban a voluntad de los alumnos. Tommy había entrado en uno de los equipos de quidditch del Colegio justo el año después de que Rachel se marchara, por lo que no habían coincidido nunca y no se conocían. Rachel preguntó por los orígenes de Tommy, y ahí fue cuando el chico les contó que sus padres eran ambos magos, él italiano y ella irlandesa, pero que se habían mudado a Australia por trabajo. La madre de Tommy había estudiado en Hogwarts, de hecho, y había sido una Ravenclaw, detalle que hizo que Tommy dejara de intentar impresionar a Rachel por unos segundos y le preguntara a Bruce si reconocía su apellido de soltera, Mockridge, pero Bruce tuvo que negar. No conocía a nadie con ese apellido.
—¡Rachel! ¿Estás interrogando a los nuevos sin mí?
Bruce reconoció la voz de Kyle sin problemas. Era profunda y potente, perfecta para hacerse oír en un estadio de quidditch lleno a rebosar. Todavía tenía algún problema para entender todas sus palabras debido a su acento, pero era cuestión de tiempo que se acostumbrara.
—Vaisey me ha dicho que te plantaste en su casa durante su primer fin de semana aquí, no tienes derecho a quejarte, Perlman—replicó Rachel en tono burlón.
La joven se levantó ágilmente del sofá para fundirse en un abrazo con Kyle, formando una imagen curiosa: Rachel era de estatura media, pero parecía diminuta entre los largos brazos y los dos metros de altura de Kyle. Cuando se separaron pareció que ambos querían ponerse a hablar de inmediato, pero unos tacones resonando en los últimos escalones hicieron que todo el grupo se girara hacia la escalera, interrumpiendo el reencuentro. Unos segundos más tarde, Marlene Neeson-Mills estaba frente a ellos.
Marlene era una de las jugadoras más famosas de los Warriors y solía aparecer en la prensa deportiva internacional, razón por la que Bruce la reconoció de inmediato, a pesar de que era muy diferente verla en una revista a verla en persona. Tenía veintisiete años (en los que había ganado cuatro veces la Liga), y era alta, atlética, de ojos azul claro y cabello largo, rubio y liso. Era indudablemente atractiva, lo que ayudaba a su popularidad; y a pesar de haber acabado de pasar por unos intensos ejercicios y pruebas médicas, no parecía haber tardado mucho en aplicarse un maquillaje perfecto y dejarse el pelo seco y bien peinado. Marlene llevaba un vestido corto y formal, y en conjunto parecía lista para enfrentarse a una sesión de fotos en cualquier momento; pero lo primero que Bruce pensó fue que pasaría frío con esa ropa, porque el día no era muy cálido.
La aparición de Marlene hizo el silencio en toda la sala, silenció que Kyle rompió, con un entusiasta saludo todavía con un brazo encima de los hombros de Rachel:
—¡Marlene! ¿Qué tal las vacaciones?
Marlene le dirigió una fría mirada y contestó con voz seca:
—Reconfortantes y agradables. Confío en que las tuyas también lo hayan sido—Marlene entonces pasó a mirar evaluadoramente a Bruce y Tommy, que sentados en el sofá seguían en silencio el intercambio—. Vosotros sois los nuevos, me imagino.
Tommy se puso de inmediato en pie, se presentó y extendió su mano hacia Marlene, aunque la joven ignoró la mano. Bruce también se levantó y dijo su nombre, pero no hizo el intento de estrechar su mano. Marlene asintió con la cabeza con el interés justo. No parecía muy interesada en recordar sus nombres, solo en saber quién era quién: quién el novato y quién el extranjero.
—Bien. Vaisey, Marini, nos vemos en el entrenamiento. Preparaos para sudar, no juego con cualquiera—dijo con indiferencia, y a continuación volvió a mirar a Rachel y Kyle. Solo inclinó la cabeza y dijo sus nombres—. Perlman, Conroy.
Y sin prestarles más atención, Marlene pasó de largo y se metió en el túnel evanescente en la pared del fondo. Rachel y Kyle se miraron y se encogieron de hombros a la vez.
—Esa es nuestra querida Marlene, la reina de hielo—comentó Kyle, mirando a los dos chicos nuevos—. No esperéis más interés en vosotros por su parte.
—Excepto si la cagáis en cualquier momento de un entrenamiento o partido—añadió Rachel—. Entonces toda su furia caerá sobre vosotros: bienvenidos al club. Pero volviendo a lo interesante, ¿qué tal tus vacaciones, Kyle? ¿Ha pasado algo interesante con el chico del equipo de baloncesto estos meses?
—No ha pasado nada con el chico del baloncesto—respondió Kyle con un mohín triste—. Pero el resto del tiempo ha estado bastante bien. ¿Qué tal las tuyas? ¿Y cómo es que Danny no ha salido ya? Hemos llegado a la vez y antes que Marlene.
—Jane ha llegado tarde y supongo que se habrá quedado a hacerle compañía hasta que acabe—replicó ella—. Y mis vacaciones han sido geniales. Siéntate mientras esperamos, estaba hablando de ellas con Tommy y Vaisey; y también les interrogaba un poco, claro.
Kyle se sentó junto a Bruce, y Tommy volvió a ocupar su lugar al lado de Rachel y volvió a intentar impresionar a los dos veteranos del equipo, una actitud que estaba empezando a irritar bastante a Bruce. Por suerte era paciente, pero le parecía estúpido estar hablando de lo bueno y talentoso que era cuando podrían verlo con sus propios ojos en el entrenamiento en dos días.
Transcurrió un rato más en el que Bruce aprendió que Kyle había estado dos cursos por encima de Rachel en el Colegio pero solo se habían enfrentado en el quidditch durante uno; y también vio que los dos se llevaban bastante bien, aparentemente, lo que le animó un poco. Bruce no necesitaba un amplio abanico de amigos, pero si había un buen ambiente al menos entre una parte del equipo eso ayudaría a que estuviera más cómodo y relajado mientras jugaba. Y también significaba que sería más fácil que jugaran como un equipo unido, claro.
Fueron los dos hombres restantes del equipo los que aparecieron subiendo las escaleras a continuación, y Bruce pudo echarles un vistazo más largo esta vez. Mitch Drayton era igual de intimidante cuando uno le miraba de reojo y cuando le podía observar con claridad: tenía músculos exageradamente grandes (los de los brazos se marcaban mucho a través de la túnica apretada, más estrecha de lo que debería ser), ojos claros que apenas parpadeaban, una nariz grande y evidentemente rota en múltiples ocasiones sin recibir una cura inmediata, y un gesto adusto. Lo único que evitaba que pareciera que acababa de escaparse de Azkaban era la piel, con un sano tono moreno. Por otro lado, Rick Chastain parecía el hombre perfecto, casi una versión masculina de Marlene. Era un poco más alto que Bruce y más musculoso, aunque no llegaba al extremo de Mitch; le recordó de inmediato a Austin, que además de los entrenamientos de quidditch hacía ejercicios específicos para tener unos abdominales perfectos, y Bruce estuvo seguro de que Rick debía seguir una rutina similar. Rick llevaba una barba de tres días perfectamente recortada, y vestía con camisa y pantalones muggles. A diferencia de Mitch, Rick les sonrió.
De hecho, mientras Rick esbozaba una perfecta sonrisa mirando a todos los presentes uno a uno, Mitch les dedicó una mirada rápida, un brusco asentimiento con la cabeza y un gruñido, y sin decir nada más se dirigió al túnel evanescente y se fue de allí. Rick ignoró el comportamiento del otro guardián y avanzó hacia Bruce y Tommy mientras saludaba a Rachel y Kyle. Cuando llegó hasta los dos nuevos, Rick les estrechó la mano por turnos con firmeza mientras sonreía como en un anuncio.
—¡Nuestras dos nuevas incorporaciones! Estoy encantado de conoceros, podéis llamarme Rick. Como ya sabréis, soy el capitán del equipo, así que debéis mostrarme respeto, pero no os preocupéis: soy un tipo muy accesible—Rick les guiñó un ojo teatralmente—. Tú tienes que ser Tommy Marini, ¿verdad? El novato. Y tú eres Bruce Vaisey, el americano.
Tommy asintió con satisfacción, pero Bruce añadió:
—En realidad soy inglés.
—¡Oh, por supuesto! Qué cabeza la mía—Rick se golpeó la frente con la palma de la mano y soltó una carcajada—. Perdona, Vaisey, tengo muchas cosas en las que pensar últimamente. De hecho, estoy terriblemente ocupado, así que no puedo quedarme con vosotros a ponerme al día. Pero nos vemos dentro de nada en el primer entrenamiento. Mis señores, querida Rachel, que tengáis un buen día.
Rick sonrió deslumbrantemente una vez más, agitó la mano a modo de despedida y cruzó el túnel evanescente, y Bruce no pudo evitar pensar que tenían el par de guardianes más desigual que uno se pudiera imaginar.
Eso, y que definitivamente todo el mundo tenía un problema con llamarle "Bruce" y se decidían por Vaisey automáticamente sin preguntarle. Suponía que en gran parte debido a que todos los periódicos y revistas locales le mencionaban siempre por su apellido; ya que por lo visto, a los reporteros australianos de verdad no les gustaba tener a otro personaje público llamado Bruce que le hiciera sombra al Bruce Ministro de Magia. Bruce no había creído que eso fuera a extenderse de igual manera entre la gente con la que iba a convivir a diario, pero parecía ser que sí. Y no tenía ningún problema con ello, pero se le hacía raro. Era algo a lo que iba a tener que acostumbrarse, igual que tenía que acostumbrarse al acento raro de todos sus compañeros.
Ahora que ya había dejado de tener problemas con los acentos estadounidenses.
Bruce esperó junto a Kyle, Rachel y Tommy a que las dos últimas integrantes del equipo aparecieran. Y cuando finalmente lo hicieron, un largo rato más tarde, Bruce vio que eran casi tan diferentes como Rick y Mitch.
Jane Kipling, la bateadora, era una joven muy alta: no llegaba a los dos metros de Kyle, pero sí que debía estar cerca del metro noventa, con lo que sobrepasaba a Bruce y a todos los demás del equipo. Era delgada, pero de espaldas anchas y brazos robustos, como correspondía a un bateador. Tenía la piel más pálida que el resto de sus compañeros, y aunque no era especialmente guapa, tenía el pelo negro, largo y brillante, y en su cara redonda destacaban unos profundos ojos azules y una sonrisa afable. Su ropa, una mezcla de prendas muggles y mágicas de estridentes colores, se parecía mucho al estilo de Kyle.
Por el contrario, Danielle Lewis era menuda, delgada… Y en cuanto la vio, Bruce supo que había algo extraño en ella. Más que saberlo, fue como una rara intuición, una sensación que le dejó descolocado; no notó nada que fuera malo, simplemente… había algo en Danielle Lewis que le gritaba a su subconsciente que algo sobre ella no era normal.
Y es que era muy difícil dejar de mirarla. Cuando Bruce se dio cuenta de que se había quedado mirándola sin reaccionar, confuso por aquella sensación de que algo no encajaba, ya habían pasado varios segundos. Se irguió rápidamente y se pasó la mano por el pelo, intentando centrarse y rogando en su fuero interno que nadie se hubiera dado cuenta de su embobamiento. Por suerte, los demás estaban muy ocupados aún con los saludos, así que nadie le había prestado mucha atención, y tuvo que contenerse para no suspirar de alivio. Entonces volvió a observarla, intentando no perderse en su imagen otra vez, sino tratando de mantener la cabeza fría.
Era muy guapa, pero no de la misma manera que Marlene, quien evidentemente se cuidaba mucho. La belleza de Danielle parecía completamente natural. Si llevaba maquillaje, este era inapreciable; el pelo rubio le caía en amplias ondas hasta el pecho, tenía la piel perfectamente bronceada y nariz pequeña, labios carnosos y ojos de un vivaz azul grisáceo. Había un magnetismo que parecía emanar de ella, eso que hacía difícil no prestarle atención, y parte de él era lo que estaba descolocando a Bruce… Y de repente, recordó a las veelas, y especialmente a Fleur Delacour, que hechizaba a todos los hombres de cualquier habitación en la que entraba y le había contado a cualquiera que quisiera escuchar que era parte veela. Y entonces encontró una posible explicación a aquella sensación extraña que le había asaltado nada más verla.
¿Podía ser que Danielle también fuera parte veela?
Intentó acordarse de aquellas características anormales de la apariencia de Fleur Delacour: el pelo de la joven francesa siempre se agitaba, como si una suave brisa lo estuviera revolviendo, y cuando uno la miraba toda ella parecía emitir un ligero resplandor plateado. Danielle no cumplía ninguna de las dos características: su pelo no se movía extrañamente, y no brillaba de ningún modo (aunque su sonrisa blanca era resplandeciente). No. No parecía tener sangre veela… Al menos, no en el mismo grado que Fleur Delacour. No era eso. Y sin embargo… por Merlín, de verdad era muy difícil despegar la mirada de ella.
Seguía teniendo el pálpito de que había algo ahí que se le estaba escapando; Bruce se preciaba de no ser la clase de persona que perdía la cabeza ante una cara bonita, y por eso, aunque no tuviera ninguna certeza, sabía que su intuición era correcta. No podía decir qué, pero había algo en la joven que no era normal.
—…y este de aquí es Bruce Vaisey—oyó la voz de Kyle presentándole, forzándole a volver a la realidad y abandonar sus divagaciones—. Nuestra nueva estrella internacional.
Pero no era precisamente el mejor momento para tratar de averiguar qué era lo extraño en ella.
Rápidamente se vio envuelto en un fuerte abrazo de Jane que amenazó con partirle alguna costilla, aunque la joven se retiró justo a tiempo para evitarlo. Justo después, Danielle se puso delante de él y le tendió una mano, que Bruce estrechó mientras la joven le dirigía una mirada entre tímida y curiosa. Bruce no pudo evitar notar que tenía los dedos muy largos y finos y la piel suave.
—Bien, ahora que ya estamos todos los que importamos, ¿podemos ir a tomar unas cervezas y ponernos al día?—preguntó entonces Rachel con tono ansioso.
—¡Rachel!¡No es ni mediodía!—exclamó de inmediato Danielle, girándose a mirar con sorpresa a la otra joven. Rachel se encogió de hombros.
—Bebo un chorro de whisky de fuego cada mañana para desayunar, el alcohol mañanero no es un problema para mí—replicó ella, y Bruce no supo si era una exageración o la verdad—. ¿Y bien? ¿Qué decís?
Bruce vio como Danielle abría mucho los ojos, pero Jane y Kyle cruzaron una mirada intensa, y fue capaz de notar como ese par se comunicaba sin palabras. Al fin y al cabo, habían crecido juntos durante casi veinticinco años.
—En realidad, todavía no hemos empezado los entrenamientos, así que no sería muy horrible irnos a beber a esta hora estando de vacaciones—tomó la palabra Kyle, y Jane asintió con la cabeza mientras él hablaba.
—Pero a partir del miércoles, nada de beber alcohol antes de las cinco de la tarde, Rachel—demandó Jane. Fue el turno de Kyle de asentir vigorosamente de acuerdo.
—De acuerdo, aburridos—bufó Rachel—. ¿Y los demás?
Tommy se unió enseguida, y Bruce le imitó; no tenía nada mejor que hacer.
—Oh, vale, qué remedio—suspiró Danielle, claudicando—. Pero en la parte muggle y bien escondidos. Como nos pille la prensa me muero.
No les vio la prensa, o al menos, Bruce no se dio cuenta de que nadie les siguiera. Y de hecho, se lo pasó bastante bien con sus nuevos compañeros.
Jane y Kyle tenían una relación muy estrecha, montones de chistes internos y parecían leerse el pensamiento. Rachel, a medida que hablaba y se soltaba, iba soltando comentarios y opiniones de lo más imprevisibles; además de que bebía al doble de velocidad que los demás, y en cuanto se hubo acabado su oscura cerveza pidió otra, ya que el resto apenas habían llegado a la mitad de sus bebidas. Danielle se había pedido un zumo de manzana, no cerveza, y además de guapa era perfectamente neutral, amable y educada. Tommy, por su parte, dejó a ratos sus intentos de impresionar a los demás para escuchar con atención a los veteranos. Bruce prefirió escuchar y habló poco, solo cuando le preguntaban.
Aunque lo cierto es que le preguntaron bastante, así que tuvo que hablar más de lo esperado, ya que él había aceptado ir con ellos básicamente para aprender. Kyle no fue el más participativo (ya le había preguntado muchas cosas el día que se conocieron), y Tommy, que parecía algo mosqueado por no ser el centro de atención, tampoco intervino demasiado, pero las tres chicas fueron muy entusiastas, especialmente Jane. Todos querían saber qué tal era la vida en una ciudad como Nueva York, cómo funcionaban las cosas en los Minotaurs, detalles de los equipos a los que se había enfrentado y cosas así. También tenían curiosidad por Hogwarts, y cuando Rachel empezó a hacer preguntas demasiado detalladas sobre la guerra y lord Voldemort, Jane fue la primera en darse cuenta de la incomodidad de Bruce y desvió la conversación hacia cómo se le había ocurrido colaborar con Armory.
—¿Y es cierto lo que dicen las revistas de que creaste una beca para que los niños de las reservas mágicas pudieran salir para estudiar?—inquirió más tarde Danielle, y ante el asentimiento de Bruce la joven continuó—¿Por qué lo hiciste?
—Hace un par de años hice una visita a una de las reservas mágicas y conocí a una niña increíble. Es brillante, inteligente y una bruja excepcional, y toda su vida ha querido salir de la reserva y explorar qué hay más allá—explicó Bruce, forzándose a no mirar a Danielle más de unos segundos para no desconcentrarse, y hablando para los demás—. Cuando me enteré de que el gobierno de Estados Unidos no estaba muy por la labor de continuar apoyando a los niños como ella en sus estudios, consideré que tenía que hacer lo que estuviera en mi mano para darles a todos la oportunidad salir de la reserva, si querían.
—Qué bonito—dijo con un dramático suspiro Jane, abrazándose a Kyle y secándose una lágrima imaginaria—. Tenemos a un filántropo con el corazón de oro en el equipo, chicos.
—Sin duda es una mejora respecto a John—replicó Rachel con acidez, y los otros veteranos se mostraron de acuerdo.
Bruce no sabía qué quería decir esa palabra rara, pero sabía que John Briand era el cazador que había dejado los Warriors al acabar la temporada anterior para irse a los Hobart Monsters porque le iban a pagar más; así que supuso que sería algo más o menos bueno.
—Me parece un gesto muy bonito—le dijo Danielle, sonriéndole, y Bruce tuvo que contenerse para no devolverle una enorme sonrisa y seguir comportándose como un ser humano.
Se había dado cuenta de que Tommy también parecía embelesado con ella, a pesar de que por lo visto se conocían bien, ya que Danielle solo era dos años mayor que Tommy (y por lo tanto, un año más joven que Bruce) y habían coincidido en el mismo equipo de quidditch ya en el Colegio. Kyle actuaba normal, pero eso no le servía como referencia a Bruce porque no le interesaban las mujeres. Bruce había conocido a muchas mujeres guapas, pero siempre se había preciado de mantener la cabeza fría por muy atractivas que le parecieran (y eventos como las fiestas de Armory habían requerido grandes dosis de autocontrol, pero lo había sobrellevado bien); Gina era un caso aparte, y lo de Delacour se explicaba por su sangre veela… Pero Bruce nunca había notado esa atracción magnética por alguien completamente humano. ¿Podía ser que Danielle también fuera parte veela a pesar de no exhibir ningún rasgo sobrenatural? ¿Había veelas acaso en Australia? ¿O había alguna otra criatura mágica suficientemente cercana a los magos para que pudieran nacer híbridos?
No tenía respuestas a esas preguntas ni a todas las demás que se amontonaban en su cabeza, así que las dejó para luego. Ya investigaría más tarde.
Bruce volvió a su casa en cuanto acabaron de tomar sus bebidas, despidiéndose hasta el miércoles. Durante la semana anterior le habían ido llegando todas las cosas extra que le había pedido a Tessa, ya fuera por correo mágico o con trabajadores muggles, como los operarios que llegaron una mañana a instalarle el televisor. Bruce había escondido las fotografías mágicas, pero no había recogido las camisetas de los equipos de quidditch ni los libros con títulos extraños, así que los dos hombres miraron la decoración con gesto extrañado, pero no dijeron nada. Cuando se marcharon Bruce les lanzó un Confundus a escondidas, por si acaso.
También le había puesto nombre a la cucaburra que vivía en las ramas de su jardín frontal. No sabía si los magos solían ponerles nombre, pero como se hacía con las lechuzas y el enorme pico de la cucaburra le parecía más peligroso que el de una lechuza, decidió hacerlo para intentar caerle un poco mejor. No sabía si era macho o hembra, así que la llamó simplemente Warrior y se aseguró de darle mucha comida cada vez que le entregaba una carta o paquete. Había llevado algunos muy grandes, como un par de juegos de sábanas con diseños más alegres que el aburrido blanco que tenía en su habitación; y aunque estaba seguro de que Warrior no habría volado hasta Inglaterra para llevar su correspondencia internacional, debía haberlo hecho al menos hasta el Ministerio de Magia Australiano en Canberra, lo que ya era un largo trecho.
Lily le había escrito durante uno de sus últimos días en Inglaterra, contándole que sí, una periodista australiana había intentado preguntarle sobre él justo después de que Bruce se marchara hacia China, pero que había preferido no hablar. Tracey y Theodore habían vuelto de sus vacaciones en España y le mandaban muchas fotos, además contarle que ya vivían juntos oficialmente. Incluso Maureen Tofty le había escrito, diciéndole que ya era de dominio público que Bruce iba a jugar en los Wollongong Warriors de Australia, sobre todo después de que la periodista hubiera estado preguntando por él a cualquiera que le conociera; Maureen no había tenido ningún problema en conversar con la mujer y "hablar maravillas sobre él".
Y Bruce también había recibido la visita de Tycho Byrnes, el tercer asistente del equipo junto a Tessa y Tiffany, que se había presentado en su casa una mañana acompañado de la propia Tessa. Tycho era un hombre viejo, pero por su apariencia podría tener cualquier edad entre los sesenta y los noventa años; era difícil decidirse. Era alto, tenía el cabello fino y gris, la cara llena de arrugas y se movía sin prisa pero sin pausa. No hablaba mucho, pero cuando lo hacía usaba un tono extrañamente suave y autoritario a la vez. Obviamente sabía lo que hacía, y parecía una estupidez pensar en contradecirlo. Por eso, cuando Tycho levantó la varita y le pidió que saliera por la puerta de entrada y fingiera montarse en un coche invisible, Bruce obedeció sin quejarse. Hizo lo mismo cuando le pidió que caminara desde la acera hasta la puerta. Después de eso (y de esperar varios minutos en los que Tycho trabajó escondido tras el árbol del jardincito de la entrada), descubrió que había servido para crear una compleja ilusión que haría parecer que Bruce salía y entraba de casa con frecuencia como una persona normal, lo que serviría para evitar que los vecinos sospecharan cosas raras. Tycho le enseñó que el encantamiento de ilusión se activaba tocando con la varita unos nudos que había en el árbol: tocando el más grande, vieron como un doble muy convincente de Bruce salía de casa, cerraba la puerta y cruzaba el caminito hasta la acera, donde se subía a una ilusión sorprendentemente sólida de un coche que se había ido acercando por la calle y se acababa de detener justo frente a su casa. Apretando otro nudo más pequeño, el mismo coche aparecía al final de la calle, se detenía frente a su portal y dejaba que Bruce se bajara y caminara hasta la puerta antes de arrancar y perderse más adelante. Mientras las ilusiones funcionaban, Bruce podía caminar por el jardín sin que nadie le viera, ya que el encantamiento también le ocultaba, y desaparecerse desde detrás del árbol.
Los muggles no sospecharían nada; ni siquiera los curiosos niños de la casa de la derecha, a los que ya había pillado mirando por encima de la valla en varias ocasiones.
Esa misma tarde Bruce volvió al campo de entrenamiento de los Warriors; esta vez, con su vieja escoba al hombro. Al abandonar el campo esa mañana Larry, el encargado de seguridad del túnel evanescente, le había informado de que Caitlin Rhodes había confirmado que tenía permiso para usar las instalaciones fuera del horario de entrenamiento, y Bruce había decidido usar sus beneficios de inmediato. Se apareció en la recepción, saludó con una inclinación de cabeza a algunas personas que pasaban por allí, y cuando llegó frente a Larry se aseguró de que podría estar todo el tiempo que quisiera al otro lado del túnel.
La escoba que Bruce se había llevado de Estados Unidos era una Saeta de Fuego VIII, exactamente el mismo modelo que iban a usar los Warriors esa temporada; la famosa compañía brasileña de escobas de competición Varápidos había sacado un nuevo modelo hacía unos pocos meses, la Varápidos XX3, pero tenía ciertos detalles que habían hecho que muy pocos profesionales sobre escobas la eligieran (a excepción de en Brasil, donde había sido un éxito). Parecía ser que en los Warriors eran muy estrictos con el acceso a las escobas del equipo, ya que Bruce no podía coger la suya fuera de los entrenamientos oficiales y los partidos; si quería entrenar solo, tenía que traerse su propia escoba de casa o usar alguna de las viejas guardadas. Al menos sí que podía acceder al resto del material, como las pelotas y los muñecos hechizados. Teniendo en cuenta eso y que su escoba propia era idéntica a la nueva, no iba a tener problemas. La única molestia era tener que cargar con la escoba mientras se desaparecía o iba en la red Flu.
No había tenido en cuenta que no sabía dónde estaba la puerta que daba al campo, así que tuvo que dar una vuelta por todo el edificio buscando la salida. Resultó que había varias, pero la más fácil de encontrar estaba al pie de la escalera que no había usado esa mañana. Cuando la cruzó, no tardó ni un segundo en elevarse en el aire y echar a volar libremente a toda velocidad.
Por Merlín, tenía la impresión de que llevaba siglos sin volar. ¡Cómo lo había echado de menos!
Ese día no hizo mucho. Solo voló por el campo, acostumbrándose a sus dimensiones y las distancias, y hacia el final del día decidió intentar imitar el desplazamiento lateral que les había visto hacer a los japoneses en la final de la Copa Asia. Era más difícil de lo que parecía… Como debía haber supuesto, ya que si fuera tan fácil todo el mundo lo haría. Había que girar el mango de la escoba sobre su eje, pero teniendo muchísimas cosas en cuenta a la vez: inclinar el cuerpo hacia el lado contrario, girar las muñecas con el punto de sutileza preciso, afirmar los pies y flexionar las rodillas de una forma tan discreta que apenas pudiera percibirse… En varias ocasiones le resbalaron los pies y estuvo a punto de caerse de la escoba; en una de ellas hasta se quedó colgado solo de una mano, y fue una suerte que estuviera tan cerca del suelo como para llegar de un salto.
Cuando lo dejó, ya con el cielo oscuro, no había conseguido dominar el movimiento, pero al menos había dejado de resbalar, lo que era muy positivo. Seguiría practicando.
Se bajó de la escoba cerca del centro del campo y caminó hasta el edificio lateral, echando un vistazo al ventanal iluminado de la sala central, donde estaba la entrada del túnel. Mientras entrenaba, había visto dos siluetas recortándose contra la luz de la habitación; en una pasada más cercana, había identificado a la persona más alta como el entrenador, Little Pete, pero la otra correspondía a una mujer desconocida, de pelo largo y rojo. Los dos se habían ido en algún momento en el que Bruce no miraba, y ahora ya no había nadie allí. Se duchó rápido y regresó a las oficinas a través del túnel, pero se le había hecho tarde y tampoco quedaba apenas gente. Larry se había marchado, sustituido en el puesto de vigilancia por un hombre muy gordo y muy calvo que solo le gruñó y le pidió identificarse. Tampoco había ni un alma en los pasillos, así que Bruce regresó a casa.
Aprovechó que tenía el martes libre para ir a Sídney por primera vez. Llegó a través de la red Flu hasta el bar que era el principal punto de acceso al callejón Hexágono (la calle mágica de Sídney), un local incluso más antiguo que el callejón en sí y llamado El Canguro Perdido.
El callejón Hexágono en sí le recordó mucho al propio callejón Diagon de Londres, de hecho. Estrecho, retorcido y de suelo adoquinado, casi parecía hecho a semejanza de la calle londinense. En una esquina hasta se abría un diminuto callejón oscuro, en el que los edificios se inclinaban tanto hacia el centro y estaban a tan poca distancia que sus techos casi se tocaban; parecía la reducida versión australiana del callejón Knocturn, también a juzgar por el aspecto siniestro de los escaparates más cercanos. Bruce recorrió el callejón Hexágono al completo primero, y no le llevó mucho tiempo. A esas horas de la mañana y con la ligera llovizna que caía, no había mucha gente dificultando el paso. El callejón empezaba en El Canguro Perdido y se inclinaba ligeramente hacia abajo durante un centenar de metros, hasta acabar en la plaza hexagonal con sus seis túneles evanescentes a las otras ciudades importantes del país. Bruce ubicó el banco, en el centro del callejón, una casa de piedra gris brillantemente pulida que era solo el vestíbulo de bienvenida; el resto del banco era subterráneo. También identificó varias tiendas de ropa de diversos estilos y precios, algunos puestos de comida y bebida y tiendas similares a las que se podían encontrar en casi cualquier otra zona mágica del mundo. Las mayores diferencias radicaban en los materiales con los que los productos estaban hechos o la abundancia en la que se podían encontrar ingredientes u objetos especiales. Pero más allá de eso, Bruce se sentía cómodo allí. Le recordaba a su infancia en el callejón Diagon.
Entró primero en una de las tiendas de pociones, donde se hizo con un buen botín de las pociones que tomaba más habitualmente. A continuación fue a comprar útiles de escritura, y no pudo resistirse a incluir en su colección algunas de las plumas de colores brillantes que se vendían, sacadas de las colas de fwoopers. Por último, entró en la librería más grande y se llevó el tomo más grande que pudo encontrar sobre criaturas mágicas en Australia.
El primer entrenamiento oficial fue… duro. Durante las dos primeras horas ni siquiera tocaron las escobas, y los nueve miembros del equipo sufrieron interminables ejercicios específicamente dirigidos a recuperar la forma física. Bruce había intentado hacer algo de deporte durante sus vacaciones, aunque ni de lejos con la misma intensidad con la que lo hacía durante la temporada. El resto parecía encontrarse en la misma situación que Bruce; incluso Rick Chastain, que esa mañana le había recibido con una sonrisa de anuncio, un fuerte apretón de manos y mostrando sus brazos con músculos perfectamente marcados, resoplaba y sudaba como los demás tratando de mantener el ritmo que los preparadores físicos, Zoe y Noah, marcaban. Zoe y Noah le habían recordado a Emily y Paul de inmediato, porque les habían saludado al llegar con amplias sonrisas e interesándose por cómo estaban, pero en cuanto el entrenamiento había empezado se habían colgado sendos cronómetros al cuello y habían hecho aparecer grandes tablas con rutinas de ejercicios que había que seguir sin quejas. Sorprendentemente, nadie protestó. El entrenador mantuvo un papel secundario durante casi toda esa parte, acompañando a los dos preparadores físicos y compartiendo observaciones con ellos sobre los jugadores y los ejercicios que estaban haciendo. Mientras tanto, Bruce vio en el ventanal de la sala principal a varias personas observando el entrenamiento desde la calidez del interior del edificio. Caitlin Rhodes estaba en el centro, junto a Manuel Gerber, el presidente del equipo. El medimago Garrick también estaba allí, al igual que los tres asistentes; Tessa, Tiffany y Tycho (que como había averiguado, eran llamados en conjunto la Triple T). En un extremo de la fila estaba la misma mujer pelirroja que Bruce había visto la tarde anterior; en el otro estaba Cindy, la encargada de material y escobas, una sonriente mujer de cuarenta y tantos años que se había presentado a Bruce a primera hora de la mañana.
Cuando por fin acabó la tortura de los ejercicios de preparación pudieron elevarse en el aire, entre los suspiros de alivio de los nueve jugadores. Allí Pete tomó la palabra. Les mandó dar treinta vueltas al campo, que por muy aburrido que sonara les sirvió para acostumbrar sus agotados músculos a estar sentados y alerta en la escoba. Después de eso, les dividió en dos equipos y les puso a jugar un minipartido. Bruce acabó en el equipo con Rachel, Kyle y Rick, enfrentándose a Marlene, Tommy, Jane y Mitch; Danielle simplemente tenía la tarea de intentar atrapar la snitch en los veinte minutos que iba a durar el partido.
Hecho polvo, sudado, hambriento, fuera de ritmo de partido, y con unos compañeros con los que no había jugado nunca, a Bruce le costó ponerse a pasarse la quaffle y a esquivar la única bludger que habían soltado. No fue su mejor día ni de lejos, y se consideró afortunado porque al menos no le alcanzó la bludger ni una vez y consiguió marcar un gol, aunque empataron el partido treinta a treinta. Y aunque no había podido dar más de sí, había aprovechado para empezar a observar el estilo de juego de sus compañeros cazadores y a intentar aprenderse los pequeños detalles de cada uno que indicaban qué harían a continuación. Una de las claves del juego de Bruce era ser capaz de detectar esas cosas mejor que nadie. Cuanto más rápido entendiera a sus compañeros (y especialmente a Marlene, porque Bruce sabía perfectamente que la clave pasaba por comprender el juego de la cazadora estrella del equipo), más rápido mejoraría y mejor le iría.
El entrenamiento concluyó con un estridente silbido de Little Pete con su silbato, y los nueve se apresuraron a descender hacia el suelo y encaminarse hacia los vestuarios arrastrando los pies con dificultad. Cindy, la encargada de material, había salido de la sala del ventanal para llegar a su lado y se ocupó de recibir sus escobas y guardarlas adecuadamente. En su camino a los vestuarios, Zoe, Noah y Pete les dieron palabras de ánimo a todos, recordándoles que todo mejoraría en las próximas semanas. También les recomendaron que descansaran y les recordaron la dieta ideal que debían seguir para tener un estado de forma óptimo.
—Vaisey, un momento, quiero hablar contigo—le llamó Pete, y Bruce se detuvo.
Nadie más les prestó atención, excepto Tommy, que se giró hacia él con un gesto indignado en el rostro, como si se preguntara por qué él había atraído la atención del entrenador en el primer día, pero parecía estar demasiado cansado para decir nada y siguió su camino un instante después. Por su parte, Bruce esperaba que lo que Pete quisiera decirle no necesitara que él hablara mucho, porque no se veía con fuerzas suficientes como para pronunciar frases enteras.
—Te vi entrenar el lunes por la tarde—una vez que se hubieron quedado solos, el entrenador fue directo al grano. Su cara simplemente reflejaba curiosidad—. ¿Qué era lo que estabas ensayando?
—No sé cómo se llama. Es una especie de deslizamiento japonés—dijo Bruce, respirando profundamente, y por una vez maldijo que el entrenador le instara a seguir hablando con un gesto—. Vi que los jugadores japoneses lo usaban… en la final de la Copa Asia. Mucho. Creo que averigüé cómo se hace y estaba probándolo. Aún me falta.
—Ya veo—Pete seguía mirándole con curiosidad—. Vaisey, he oído hablar de tu Vaisey's Stop y Rhodes me ha dicho que te vio hacer cosas que ningún americano hace, pero en realidad no te he visto jugar y no sé cómo lo haces. Dime, ¿sueles imitar jugadas de otros?
—Observo. Aprendo. Imito. Mezclo—la verdad, Bruce se sentía como si hablara como un idiota, pero de verdad solo quería llegar a casa y tirarse en el sofá el resto del día—. Sí, jugadas de mucha gente.
—¿Puedes ponerme ejemplos?
—Puedo mostrárselos el próximo día, señor Dalzell. Los tengo apuntados—dijo Bruce tras pensárselo unos segundos.
Podía mostrarle el cuaderno a Little Pete. No era precisamente partidario de ir mostrando su contenido a aquellos con los que no tenía confianza, pero con el entrenador de su nuevo equipo… Podía hacer una excepción; Pete era de fiar. Y además, sería una forma excelente de que Pete viera todo de lo que era capaz Bruce, aún cuando en los entrenamientos de las primeras semanas estuviera tan agotado como para sostenerse a duras penas sobre la escoba. Tal vez, con eso podía ganarse la confianza del entrenador y asegurarse de que se avanzaba en la carrera por el puesto de tercer cazador titular por el que competía con Tommy. El chico tenía la ventaja de conocer el estilo y ambientes australianos, pero Bruce tenía la adaptabilidad y la experiencia de haber recorrido el mundo. Cualquier ventaja que pudiera sacarle era buena.
—De acuerdo, entonces me lo muestras el viernes—asintió Pete, y le lanzó una sonrisa satisfecha—. Hasta entonces, descansa, Vaisey. Ah, y por favor… llámame Pete. O Little Pete, si lo prefieres, o entrenador; todos lo hacen. Pero no señor Dalzell. Eso nunca. Me hace sentir mayor.
¡Hola otra vez!
Sí, ya sé que es imperdonable haber pasado tanto tiempo sin actualizar, pero la vida muggle a veces se interpone... Y en los últimos meses he tenido una cantidad de trabajo increíble y con muy poco tiempo de descanso, mucho menos para escribir. Con la situación actual he vuelto a casa, y mientras la familia y conocidos estén bien, al menos vuelvo a saber lo que es el tiempo libre. ¡Eso significa que vuelvo a poder escribir un poco!
Pero bueno, dejemos de hablar de mí y vayamos a la historia. Por fin vemos en persona al resto de compañeros de Bruce, y son un grupo interesante... Aunque algunos más que otros. ¿Quién es vuestro favorito por ahora? ¿Quién creéis que influirá más en la vida de Bruce? (Vale, pregunta tonta, esa es bastante obvia) ¿Se adaptará Bruce a sus compañeros?
Y antes de despedirme, quería dar las gracias a todos los que habéis leído hasta aquí, y a los que seguís leyendo a pesar de las actualizaciones inconstantes. Y en especial a GabiLime14, ¡tus comentarios releyendo el fic son lo mejor!
¡Nos leemos pronto!
