Capítulo 15
Viaje hacia las tierras de Enlil
La mañana del quinto día, Gilgamesh despertó muy temprano. La noche alocada que tuvieron cobró su pago y se encontraba cansado. Enkidu aún dormía hecho un ovillo a su lado, con todo el cabello sobre su rostro. Gilgamesh se aclaró la garganta y habló:
—Despierta Enkidu. Hoy es el día.
Enkidu despertó con sopor. Sus ojos entrecerrados picaban y también se hallaba exhausto. Desperezó con lentitud y terminó sentándose entre la maraña de sábanas y almohadas.
—¿Estás seguro de esto? —preguntó Enkidu luego de bostezar dos veces.
—Sí—afirmó Gilgamesh, cruzando los brazos.
Ambos se bañaron juntos, en la confianza y la intimidad propia de ellos, tan secreta que ninguno de los dos parecía extrañado de una escena así.
El desayuno fue completamente silencioso. Ambos vistieron cómodos para la travesía, ya que con los portales de Gilgamesh no era necesario llevar absolutamente nada encima, incluso las armaduras estaban dispuestas ordenadas en una sala destinada, para que cuando llegase el momento, nada saliera mal.
Ya para el medio día, el pueblo de Uruk se encontraba reunido a las afueras del palacio, dispuestos a escuchar al rey hablar, cuando de pronto, un enorme rugido bestial de los que ya se estaban siendo usuales, silenció el bullicio de la multitud. Parecía como si la tierra fuera a destruirse bajo sus pies y los cielos se fragmentaran en mil trozos celestes. La gente temió y Gilgamesh, desde sus aposentos, sintió una congoja que no quiso expresar. Enkidu a su lado, parecía incluso mucho más nervioso que antes.
—Tengo miedo—repitió Enkidu, con un temblor en su voz—. Realmente quisiera no ir.
—Iremos igual—interpuso Gilgamesh, levantándose para finalmente salir del palacio—. Necesitamos liberar Uruk de aquella molestia y vengarte.
Gilgamesh y Enkidu se dirigieron a las salidas del palacio y descendieron los cientos de escalones para luego atravesar el jardín colindante y llegar hasta llegar a una altura considerable, en donde el pueblo reunido pudiese escuchar las palabras de Gilgamesh. Luego de el tronar de unos cuernos, la gente guardó silencio y Gilgamesh habló:
—Ciudadanos de Uruk. Hoy es el día en que partiré junto con Enkidu hacia los bosques de cedros, dispuestos a acabar con la amenaza de Humbaba y así liberar la madera para las casas, la carne para las mesas y los manantiales para los baños. Desde hoy, Uruk será una ciudad de historias heroicas y de abundancia, colmada con la gracias del dios Shamash, a quien consagraré este viaje. Ofreceré a su templo y sus sacerdotes, una puerta hecha de cedro de los terrenos de Enlil, para glorificar su divinidad ante los dioses. Aruru guíe nuestros pasos e Ishtar alegre nuestras noches.
"Ciudadanos, hoy más que nunca necesitamos del entusiasmo y alegría. Que no falte pan en las mesas, que las copas jamás se vean vacías de vinos y cervezas y que la dicha de la vida no abandone a los más ancianos. Dejen que los niños corran por nuestras calles, seguras y limpias y demuestren a todos los reinos, que Uruk es superior y es la mejor ciudad en toda la vasta tierra: la ciudad libre de Humbaba, la amenaza del bosque.
Cuando Gilgamesh terminó con su discurso, la gente vitoreó sus palabras y una enorme euforia invadió a la multitud, elogiando a Gilgamesh y Enkidu, como héroes y salvadores. Gilgamesh, lleno de dicha, sonreía y dejaba que los ciudadanos dejaran ofrendas a los pies de la escalinata, mientras que Enkidu parecía un poco más reservado.
—Es hora Enkidu—dijo Gilgamesh, mirándolo entusiasmado—. No te dejes amedrentar por tu miedo. Eres el ser más poderoso que conozco y ambos lo somos aún más. Acabaremos con Humbaba, por nuestro honor.
Enkidu asintió, acongojado y triste.
Ambos se regresaron al palacio para alistar los últimos preparativos. Sólo irían montados en los mejores caballos y todas las noches, comerían comida fresca y beberían vinos temperados, ya que los sirvientes dispondrían de comida y bebestibles como si ambos se encontraran en el palacio.
Enkidu antes de comenzar el viaje, se colocó una ropa algo más cómoda, la cual consistía en unos pantalones y una túnica. A pesar de que Gilgamesh podía hacer aparecer las cosas que quisiera, Enkidu llevó un bolso con algunos medicamentos y dulces, además de colocarse el collar que Ninsun le dio hace un tiempo atrás en su templo.
Cuando ambos se encontraron enlistados, se dirigieron a las calles para salir de la ciudad amurallada y dejar atrás Uruk.
Si bien, gracias al rio Éufrates, Uruk estaba rodeada por árboles y tierras fértiles, ciertas zonas eran desérticas y el sol golpeaba la arena con la furia del fuego. Enkidu y Gilgamesh llevaban turbantes que cuidaban sus cabezas y hombros de los rayos del sol y los rostros cubiertos, ya que la arena se desprendía con el viento caliente que soplaba en el desierto. A los caballos les costaba trabajo llevar la marcha sobre la superficie, pero finalmente, a horas del atardecer, comenzaron a ver los primeros árboles de un bosque.
—Es buena idea adentrarnos y acampar en este lugar—dijo Gilgamesh, después de tomar agua fresca desde una copa entregada por un portal—. Aunque tenemos que cuidarnos de algunas criaturas del bosque.
—Viví mucho tiempo en los bosques y las criaturas obedecen mis peticiones. No te preocupes por eso, ninguno nos atacará—dijo Enkidu, aceptando una copa y bebiendo con ganas.
Gilgamesh descendió del caballo y Enkidu lo siguió, caminando hacia la espesura del bosque.
—No ha sido tan arduo como pensé—confesó Enkidu, quitando el exceso de arena de su ropa—. Cuando me llevaron a Uruk se me hizo más largo el viaje.
—Nunca me has contado de ello—dijo Gilgamesh, ya adentrado en el bosque—. Hoy en la noche quiero que me deleites con tu conversación.
—No tengo mucho que decir al respecto—admitió Enkidu, sorteando un desnivel del bosque—, pasó hace demasiado tiempo y no recuerdo mucho.
Caminaron un trecho en silencio, hasta que Gilgamesh encontró una espesura plana en el bosque y decidió que acamparían ahí.
Gilgamesh y Enkidu, a través de los portales, trajeron una tela y algunos palos para construir algo parecido a una tienda de campaña. Almohadones, platos de oro, incienso, lámparas y por supuesto, vino, aparecieron y en cosa de una hora, Enkidu (ya que Gilgamesh no se dignó a tomar siquiera una rama) tenía construido un pequeño campamento de lujo rodeado de exquisiteces, dignas de un rey.
—Siéntate junto a mí—ordenó Gilgamesh, tendiéndose en uno de los almohadones, con una copa en una mano y un racimo de uvas en la otra—, quiero que conversemos.
—¿De qué quieres conversar? —preguntó Enkidu, obedeciendo a Gilgamesh.
—Sobre ti—dijo Gilgamesh, bebiendo con calma—. Quiero saber si te gusta la vida que llevas.
Enkidu guardó silencio unos momentos reflexionando las palabras de Gilgamesh. La verdad le gustaba mucho la vida que llevaba, pero desconocía como reinar una ciudad. A veces se sentía completamente inútil cuando se trataba de tomar decisiones. En ciertas ocasiones, Gilgamesh lo dejaba solo en la sala de reuniones y él debía decidir ante las interrogantes que el consejo de sabios ponía sobre la mesa.
—Me agrada muchísimo, creo que me adaptado bien al mundo de los hombres, pero hay cosas que añoro y extraño.
—¿Qué deseas? —preguntó Gilgamesh, ofreciéndole fruta a Enkidu.
—Quisiera vivir más en mi ambiente—susurró, llevando una uva a sus labios rosáceos.
—De acuerdo. Cuando volvamos llenaremos el palacio de más plantas aún y pondré un afluente en mi habitación. Quizás eso te haga sentir más en tu lugar.
Enkidu asintió ante la proposición y accedió a comer un trozo de pan.
—Has cambiado, Gil—Enkidu después de un momento, se acomodó sobre los almohadones y se apoyó sobre un brazo—. En esencia, sigues siendo tú, hay cosas de tu personalidad que no se pueden permutar, pero tu forma de ver la vida es distinta. Aruru está equivocada con su juicio.
Gilgamesh frunció el ceño y desvió la mirada.
—No se de qué hablas—dijo, observando las estrellas que comenzaron a aparecer en el cielo.
—Yo si sé de qué hablo—dijo Enkidu, para luego soltar una risa cristalina.
Gilgamesh se ensimismó un momento. Su vida cambió radicalmente desde que llegó Enkidu a su vida. Experimentó sentimientos nuevos, sensaciones desconocidas y sus noches habían sido más grandiosas que nunca. Cayó en la cuenta de que ya no podía vivir sin Enkidu y eso de cierta manera le provocó inseguridad.
—¿Qué ocurre? —preguntó suavemente Enkidu, trenzando su cabello.
—Nunca había estado completamente a solas contigo—susurró, acomodándose en su lugar.
Enkidu entornó los ojos y miró dudoso a Gilgamesh.
—Es cierto—se percató, atando su trenza con un trozo de cuero.
Gilgamesh respondió y se recostó en sus cojines.
—No creí jamás que llegara alguien como tú a mi vida —admitió Gilgamesh, alzando una mano y mirando la luz de la luna traspasar entre sus dedos.
Enkidu se acostó y su rostro quedó sobre la cabeza de Gilgamesh para comenzar a acariciar su nuca.
—La verdad todo esto es inusual—inició Enkidu, jugando con los rubios cabellos del rey—. Nosotros debiésemos odiarnos a muerte, debí acabar con tu vida, debí manchar mis manos con tu sangre, debí tomar tu cabeza y tu reino.
—¿Qué fue lo que nos llevó a esto? —meditó Gilgamesh, hablando más suave de lo usual.
—No lo sé—dijo Enkidu, acomodándose y dejando su cabeza a un lado de la de Gilgamesh—, pero no me arrepiento de nada.
Gilgamesh suspiró y se acercó a Enkidu. Al parecer su espíritu se apaciguaba si se encontraban a solas. El corazón de Enkidu se acelero y un ligero rubor invadió sus mejillas.
—No te vayas de mi lado—intimó Gilgamesh en un momento de debilidad.
Enseguida guardó silencio. Se sintió un idiota por decir eso. Odiaba caer en los encantos de Enkidu y que le hiciera sentir algo tan agradable en su pecho, como ver una flor nacer en primavera, como el toque de una pluma sobre la palma de la mano. Cerró los ojos con arrogancia y alzó una ceja sólo por nerviosismo.
—Jamás me iré de tu lado—musitó Enkidu, acercando su rostro al de Gilgamesh. Sus ojos daban directamente sobre los labios del rey y tentó por besarle la frente hasta que finalmente lo hizo—, pero quisiera saber por qué niegas tus sentimientos. Cuando te pregunto te haces el desentendido.
—No sé específicamente que siento y no quiero hablar de ello—murmuró Gilgamesh con determinación.
—¿Por qué no?
—Ya basta—dijo Gilgamesh, sentándose y cortando el momento entre los dos—. Dije que no quiero hablar de eso.
—Yo …—soltó Enkidu, incorporándose para enfrentarlo.
Gilgamesh guardó silencio un momento hasta que descendió la mirada y su expresión se tornó apenada. Su pulso denotaba el nerviosismo que le invadía: ¿Por qué le costaba tanto admitirlo cuando noches atrás fue capaz de decirlo? Cerró los ojos y tragó con dificultad.
En realidad, no había nada que admitir.
—Enkidu… está bien.
—¿Acaso lo que me dijiste esa noche no era verdad? —susurró Enkidu, sintiendo que sus anhelos se nublaban, pero resistió sin mostrar debilidad.
—No he dicho que no es verdad. Entiéndeme.
Gilgamesh dedicó una mirada intensa a Enkidu y luego se levantó de su lugar. Sacó de un portal harina y sal y las mezcló en un plato. Luego, con un poco de aceite, les prendió fuego y se fue a un lugar apartado, a rezar.
Se sentó y alzó la cabeza hacia las estrellas una vez más. Hace mucho no rezaba, era algo que removió de sus costumbres por su propia soberbia, pero ahora necesitaba la protección de un dios. Imploró a Ninsun y Shamash por su bendición y que los acompañaran en este viaje. Gilgamesh no quería admitir que tenía miedo, era lo último que haría, pero el temor se apoderaba de él cuando se encontraba despierto a solas en la noche, cuando Enkidu dormía a su lado.
—Shamash, te pido que me bendigas con sueños benevolentes y con la victoria sobre Humbaba. No abandones tu gloria sobre nosotros y acompáñanos hasta el final de nuestros días.
Dicho esto, apagó la ofrenda de harina y sal y fue con Enkidu, quien se encontraba distraído.
—Enkidu—comenzó Gilgamesh y él le dedicó una expresión algo apenada—. Necesito que me hagas dormir relajado.
Enkidu caviló las palabras llevando su pulgar al mentón y asintió.
—De acuerdo, masajearé tus músculos con aceites aromáticos y te cantaré hasta que te duermas—Enkidu tomó una botellita de plata rellena de aceites de maderas nobles y flores secas. Untó en sus manos y las juntó para esparcir el líquido en sus dedos—. Desnúdate y recuéstate.
Gilgamesh obedeció y se tendió en su lecho de espaldas, mostrando sus tatuajes a Enkidu. Él colocó sus manos aceitadas sobre ellos y comenzó a subirlas con suavidad hasta sus hombros. Aprovechó de dejar un beso en su cabeza y continuó con el masaje.
—Gil, algo te preocupa—murmuró Enkidu, luego de un momento en silencio, en donde el rey se relajó lo suficiente como para adormilarse.
Gilgamesh negó y se aclaró la garganta.
—No pasa nada, solo quiero dormir profundamente. Cántame.
Enkidu comenzó con una suave melodía, mientras bajaba por su espalda y masajeaba el cuerpo de Gilgamesh. Se permitió sonreír cuando sus manos pasaron por sus muslos y recorrieron sus piernas. Con sus dedos, presionaba los puntos más adoloridos y él se quejaba entre sueños; ya estaba semidormido.
Cuando Gilgamesh finalmente cedió al sueño, Enkidu tapó su desnudez con una manta y él se quedó pensando en muchas cosas; su miedo a Humbaba, las palabras de Aruru, sus deberes en el reino, su relación con Gilgamesh. Él le dio sentido así vida y le dotó de un sentimiento que le mantenía despierto todos los días. Cada vez se extrañaba más de la capacidad de sentir que él mismo se creó a partir de su sola admiración a Gilgamesh. Por él haría todo, estaba completamente entregado al semidiós y la devoción que eso desataba en su mente, era suficiente como para tener las fuerzas y las agallas de enfrentar a los dioses.
—Me alegro—dijo Aruru, cerca de la tienda de campaña.
Esta vez Enkidu no se sobresaltó. Salió de sus pensamientos y contorneó los ojos. Se encontraba sentado abrazando sus rodillas y así se quedó, inmutable.
—¿Qué quieres? —dijo Enkidu en un tono seco, olvidándose de la solemnidad con la que trataba a su madre.
—Vaya, vaya, no es manera de hablarme, querido Enkidu—Aruru se sentó junto a él y tomó una de las copas abandonadas para servirse vino—. Sólo vengo a ver cómo acabas con Gilgamesh.
Un silencio mortal se formó entre los dos. Enkidu miraba a Aruru con algo de desprecio, aunque ella fuese su creadora.
—¿Por qué estás tan enfocada en que Gilgamesh pierda su vida? El pueblo de Uruk está mejor. Deja de insistir porque no lo haré.
—Es su destino y el tuyo también, Enkidu. No queda nada más que hacer—Aruru sirvió una copa a Enkidu, pero él la rechazó.
—Romperé todo destino para el que haya sido creado. No importa. Acompañaré a Gilgamesh donde sea que él quiera ir.
—Ten cuidado, muñequita de arcilla—dijo Aruru en un tono extrañamente maternal—, podrías llegar a tener corazón.
Enkidu permaneció expectante a Aruru y escondió su rostro entre sus piernas.
—No entiendo tus palabras—dijo en un tono ahogado por sus ropas—. Aruru, madre, vete. Si he de pagar errores, no te sientas culpable por ello.
—Siempre estaré para ti, trozo de tierra fallido.
Aruru depositó un beso sobre el cabello de Enkidu y desapareció tan rápido como vino.
Enkidu realmente tenía suficiente de esas advertencias insistentes de Aruru. Parecía enfocada más que ningún dios en la destrucción de Gilgamesh, cuando los demás dioses se encontraban en calma debido al cambio notorio que el rey tuvo a la llegada de Enkidu, o al menos eso creía.
Incluso ahora, el rey preocupado por su población desabastecida de carne y madera se juró acabar con el causante de todo el desastre. El Gilgamesh de antes jamás se plantearía tal tarea y mandaría a sus hombres a ocuparse de Humbaba, mientras el desvirgaba jovencitas casaderas. Enkidu estaba consciente de todo eso y deseaba con fervor que Aruru viera aquello con sus propios ojos.
—… Enkidu—susurró Gilgamesh entre sueños para luego volver a acurrucarse sobre las almohadas.
Enkidu acomodó la manta sobre él y tomó una de sus manos para acostarse a su lado. Continuó cantando hasta que él mismo cayó dormido.
—Anoche tuve un sueño horrible—dijo Gilgamesh, luego de que Enkidu guiara la cabalgata por el suelo forestal, un poco después del almuerzo—. Ambos caminábamos por un desfiladero, donde no había nada, sólo rocas y arena y cerca de nosotros, una enorme montaña comenzó a temblar hasta que se derrumbó sobre nosotros, aplastándonos—Gilgamesh se detuvo a tomar agua y continuó—. Nunca tuve un sueño tan desesperante como este.
Enkidu bebió agua también y después de afirmar las alforjas a los caballos, se dirigió a Gilgamesh:
—Creo que es un buen sueño. Sé que anoche ofrendaste a Shamash para que te dotara de sueños benevolentes. Espero mis masajes te hayan hecho tener aquel sueño, porque esa montaña podría representar Humbaba, quien caerá a nuestros pies, derrumbado. Hoy te ayudaré con tu ritual de los sueños, para que tengas otro mucho más favorable.
Gilgamesh aseveró complacido de las palabras de Enkidu.
—Sería de gran ayuda. Realmente quiero obtener la victoria sobre Humbaba.
—No queda de otra, Gil—dijo Enkidu, algo distraído—: si no tenemos victoria significa nuestra muerte. Ya te he dicho que siento temor.
—No pareciera que realmente estás asustado—habló Gilgamesh, mirando hacia el cielo despejado, evitando los rayos del sol que se colaban entre las ramas y las hojas de los árboles.
—Intento mantener la calma. No creo que sea bueno alterarme antes de enfrentarnos a Humbaba, no lograría nada haciendo eso—contestó Enkidu, con su suave y afable voz.
—Te aseguro que ganaremos. No temas, mi fuerza y la tuya son suficientes para desafiar cualquier dios.
—Espero estés en lo correcto—añadió Enkidu, con un dejo de nostalgia en la voz.
Ya para la noche, una vez la tienda fue alzada por ambos, Enkidu tomó las manos de Gilgamesh y las llenó de harina y sal. Con su propia saliva, Enkidu untó su dedo en el montón polvoriento y dejó una marca sobre la frente de Gilgamesh. Ambos se arrodillaron y encendieron en el suelo las ofrendas. Enkidu habló:
—Gran Shamash, dios justo y bondadoso, desde la tierra de los hombres, consagramos nuestras vidas a tu guía y pedimos que nos bendigas con noches descansadas, días fructíferos y sueños buenos y premonitorios. Que Ninsun sea nuestra antecesora y que Aruru, diosa creadora, esclarezca sus ideas y pavimente nuestro camino hacia la victoria.
Una vez terminada la oración, Enkidu sintió algo parecido al sabor del óxido en su lengua, luego de nombrar a Aruru. Abrió los ojos y tomó los implementos del ritual para encerrarse junto a Gilgamesh en un círculo de harina y sal, para que ambos tuviesen un sueño reparador. Se paró frente a Gilgamesh y alzó las manos al cielo.
—Cierra los ojos—pidió a Gilgamesh, mientras comenzaba a cantar en un tono constante y agradable.
Gilgamesh obedeció y Enkidu comenzó a rezar fuera del circulo y la luz tenue de la luna cubría su cuerpo. Sus cantos armoniosos se elevaron hasta que finalmente guardó silencio. Las reflexiones blancas en su cabello brillaban como pequeños diamantes, destellando agradablemente.
Al igual que la noche anterior, masajeó el cuerpo desnudo de Gilgamesh y lo cubrió con una manta suave y de olor exquisito.
Gilgamesh se despertó a medianoche, algo agitado. Vio que Enkidu aún no dormía y aprovechó esa oportunidad para hablarle:
—Nuevamente tuve un sueño, pero esta vez no era tan horrible—dijo Gilgamesh, sentándose en su lecho improvisado—. La montaña cayó sobre mí y planeaba terminar con nuestras vidas, pero has llegado tú y me has salvado de sus peñascos y rocas. Me diste agua y sentí como si… me calmara. Tenías el poder de entregarme paz. Algo extraño porque la seguridad que tenía era suficiente para huir de todo ese caos. ¿Por qué tengo estos sueños recurrentes? Definitivamente tienen que ver con Humbaba y Shamash…
Gilgamesh sonrió al nombrar a Shamash: eran familiares, el único dios en el que confiaba.
Enkidu, algo adormilado sonrió y se sintió tranquilo, porque el sueño premonitorio llegó a Gilgamesh.
—Entonces Humbaba debe temer de nosotros, porque lo derrotaremos. Él lo sabrá y rogará por su vida.
Gilgamesh gesticuló con esa arrogancia propia de él. Alzó una ceja y apartó su mano con elegancia, dándose aires de grandeza.
—Entonces duerme en paz Enkidu, estás tenso y no descansas como antes.
Enkidu dudó un momento si en continuar con la conversación, pero un presentimiento cruzó por su mente. Se sentó con las piernas cruzadas y habló:
—Gil…—susurró, acostándose a su lado— Quiero hablarte de algo.
Gilgamesh quien ya se había volteado para dormirse, se incorporó y se sentó a un lado de Enkidu. Se quedaron en silencio y luego, Gilgamesh abrazó por los hombros a Enkidu. Aquel viaje lo había vuelto un tanto más amable con él, como si estar lejos del palacio le hiciera quitarse las caretas en la cual se ocultaba.
—¿Qué es? —susurró Gilgamesh, fijo hacia el frente.
—Aruru viene seguido a hablar conmigo, desde que me he quedado a tu lado. Ella insiste en que acabe con tu vida y me asusta con la clase de castigos que me esperan en el final de los días. Tengo miedo de que ellos tengan razón y me haya convertido en un trozo de tierra inútil. Así me llama Aruru, quizás eso soy—cuando Enkidu terminó de hablar, su rostro reflejaba la angustia de un alma atribulada, recordando cierto día donde Gilgamesh se lo dijo con toda seguridad, pero luego apartó sus fantasmas con el pestañear suave típico de él—, pero para ti soy tu amigo. Sé que no le he fallado a alguien y ese eres tú.
—Enkidu—murmuró Gilgamesh y dejó que Enkidu apoyara su cabeza en su hombro—. No temas a los dioses. Ninsun y Shamash precederán por nosotros ante ellos. Yo cuidaré de tu integridad para siempre, nunca lo dudes. Por siempre serás mi amigo y así quedará escrito en la memoria de los hombres. Jamás te olvidaré. Tal como tú me sigues, yo te seguiré adonde quiera que vayas.
Enkidu se aferró a Gilgamesh y sintió como el calor de un cariño sincero cubría su corazón, tan agradable sensación sintió que un suspiro puro, lleno de energía salió de sus labios y Gilgamesh se sintió tentado como tantas otras noches.
—Tú…
Silencio. Caricias, besos, una danza ante las estrellas y así, la noche se convirtió en día.
La espesura de los bosques dio a Gilgamesh y Enkidu hermosas vistas de manantiales vírgenes de aguas cristalinas y puras, en donde ambos pudieron bañarse y disfrutar de peces frescos. Gilgamesh no sabía del todo como destripar un pescado y Enkidu no parecía muy alegre con la visión. Demoraron más de lo estipulado para comer, pero se divirtieron tanto en el proceso, que a veces volvían a pescar, sólo por la dicha de hacer algo por sí mismos.
Una tarde, después de reírse hasta el hartazgo de una broma, Gilgamesh se detuvo de improviso al ver los ojos de Enkidu.
Se quedó pasmado, con los labios semiabiertos, asustado.
Su corazón se disparó en el pecho. El calor subió a su rostro y así supo que algo ocurría con él.
Nunca fue consciente de la sensación. Sintió como si fuese una flor abandonando los pétalos hasta quedar desnuda. Su cabeza tiritó levemente y cerró la boca, luego de desviar la mirada rápidamente.
¿Qué fue eso?
Enkidu no era lento como antes, captó el nerviosismo súbito de Gilgamesh y ladeó la cabeza.
—¿Qué te pasa?
Gilgamesh sintió algo parecido a la despersonificación, como si la realidad cayera fuerte a sus pies, quebrándose y revelando lo que contenía en su interior.
Su corazón… su corazón.
—Nada—contestó fríamente, respirando con fuerzas—, desaparece.
Enkidu rio y negó con suavidad.
—No lo haré. Te pusiste nervioso, no te hablaré si quieres, pero recién nos estábamos riendo. ¿Hice algo que no te agradó?
—No…—dijo Gilgamesh, restregando su frente—Sólo me sentí mal de pronto y quiero estar solo.
Enkidu frunció el ceño y levantó una mano para colocarla en la frente de Gilgamesh.
De nuevo el contacto visual se hizo presente entre los dos. Esta vez fue Enkidu el que sintió el choque eléctrico de aquello. Descendió la mano con lentitud sin poder despegar sus ojos de los de Gilgamesh. Desvió la mirada con rapidez y también se puso nervioso.
—No tienes fiebre, estás bien—dijo después de un momento, sintiendo el corazón latir fuerte en sus oídos.
—Sí, estoy bien.
El silencio fue más incómodo que estar mirándose fijamente. Enkidu se abrazó las piernas y entornó la mirada, observando fijamente una mariposa posarse sobre un montón de flores azules, cerca de un riachuelo. Sonrió con lentitud.
Pensó que él era la mariposa, se pensó volando efímeramente entre las flores y posarse sobre las hojas más brillantes, sentirse atraído por el aroma del polen, batir sus alas y guiarse por la brisa perfumada del bosque.
Sentirse atraído.
Un suspiro abandonó sus labios. Gilgamesh a su lado estaba ensimismado de igual manera, con el ceño ligeramente fruncido.
—Enkidu…
—¿Hmm?
Gilgamesh masticó las palabras, buscando las indicadas, pero en ese momento su mente era un caos absoluto.
Frente a sus ojos pasaron muchas escenas, pero todas terminaban con Enkidu mirándole. Se destempló su razón y de pronto cayó en la cuenta de que estaba siendo arrastrado por él.
¿Arrastrado a dónde?
Alzó la cabeza y la luz solar dio sobre su ojo izquierdo. Alzó la mano para tapar el rayo y apretó sus labios.
—¿Pasa algo? —dijo al fin, mirando el cabello verde de Enkidu.
—No… creo.
Gilgamesh entornó los ojos y de pronto sonrió.
Estaba bien. En ese bosque no había nadie más que ellos dos. De pronto se sintió en paz, la espalda se distensionó y sus manos se relajaron.
Se acercó a Enkidu y acarició su mentón con suavidad. Su mirada rodaba entre sus labios y sus ojos.
Se alejó y se acomodó sobre la roca en la que estaba sentado. Tomó una rama y comenzó a jugar con ella.
Su sonrisa se desvaneció.
Maldición, esa sensación.
Enkidu se dejó caer sobre la hierba y posó sus manos sobre el abdomen, mirando las hojas de los árboles.
—¿No podemos quedarnos para siempre aquí? —preguntó inocentemente.
—No seas tonto—dijo Gilgamesh luego de reírse—, tengo una ciudad que reinar y no pienso vivir entre barro y ramas siempre.
Enkidu reprimió una sonrisa lamiendo sus labios.
—Te estás justificando.
—Di lo que quieras, no me importa.
Enkidu se puso de pie y ofreció la mano a Gilgamesh. Él alzó la cabeza y volvió a sonreírle.
—Ven—pidió Enkidu.
Una vez que Gilgamesh obedeciera, Enkidu se acercó con cautela y lo abrazó. La calidez de sus brazos se traspasó a Gilgamesh como una llamarada sobre la tela. Apoyó la cabeza sobre su pecho y cerró los ojos.
Gilgamesh sabía que Enkidu sentía su corazón latir fuerte. Con algo de dificultad, alzó los brazos y lo trajo consigo con un cariño increíblemente inesperado de él. Apoyó el mentón sobre su cabeza y comenzó a acariciarlo.
Luego de unos minutos abrazados sin más, comenzaron a balancearse con suavidad, como si danzaran con el cantar de los pájaros. Nunca habían tenido un momento con ese tipo de intimidad. Gilgamesh dejó de debatirse unos momentos, quiso olvidarse y sólo vivir el momento.
Enkidu enterró su rostro entre los pectorales de Gilgamesh y respiró hondo, como oliendo su perfume.
El agua gorgoteaba alegre a su alrededor, la brisa era agradable, desprendiendo el calor de sus pieles, el sol iluminaba bellamente las hojas y las flores.
Enkidu alzó la cabeza y se miraron otro largo momento más. Era peligroso dejarse expuesto de aquella manera, tan reveladora, tan obvia.
Enkidu suspiró.
—No importa—dijo Gilgamesh, después de permanecer juntos. Se desprendió del abrazo y se sentó nuevamente.
—¿Qué no importa? —preguntó Enkidu, aún de pie.
—Muchas cosas.
Enkidu quedó genuinamente intrigado ante tan repentina aseveración. Se sentó al lado de Gilgamesh y ambos miraron las flores azules que se hallaban al frente de ellos.
Gilgamesh sabía que algo ocurría con él y era nuevo. Se asustó como nunca y suspiró para calmarse.
Era el momento perfecto para caer consciente sobre eso que formó todo el tiempo junto a Enkidu.
Palmeó la espalda de Enkidu y habló:
—Armemos la tienda.
Ambos se levantaron y comenzaron con la labor en completo silencio. Enkidu sentía cómo sus manos temblaban al sostener la tela, al colocarla sobre los palos destinados para ello. Se entorpeció al echar aceite a la lamparilla y así con el pasar del atardecer ya cansado de brillar, la noche llegó.
Ambos se quedaron sentados uno al lado del otro, completamente quietos. Eran dos desconocidos que estuvieron mucho tiempo juntos sin saber qué era lo que se entretejía entre ellos.
—Gil—dijo de pronto Enkidu, cuando la lamparilla comenzó a apagarse—, desnúdate.
Gilgamesh quedó sorprendido ante el mandato de Enkidu. Lo miró un largo instante y con algo de duda, tomó la mano de Enkidu y la colocó sobre su ropa.
Enkidu comprendió enseguida lo que Gilgamesh sugirió. Se acercó a él y trepó sus manos hasta su collar de oro y se desprendió de él. Acarició fugazmente su mejilla y aquello le causó un escalofrío agradable que hizo estremecer su piel.
Enkidu comenzó por las joyas, luego la tela suave y elegante que cubría su cuerpo. Deslizó las manos a través de sus pectorales y dejó caer la cabellera sobre su cuerpo.
Cerró los ojos.
Imaginó que sus manos descubrían el cuerpo de Gilgamesh bajo un montón de hojas de otoño. Imaginó que éstas se convertían en mariposas y se alejaban conforme suspiraba.
Nunca creyó que él podría sentir algo así.
Se subió sobre Gilgamesh y fue consciente de que él también quiso desnudarlo. Dejó que sus manos varoniles recorrieran su espalda delgada y acariciaran sus glúteos suaves.
Abrió los ojos.
La lamparilla ya se había muerto hace unos instantes y la oscuridad reinaba sobre ellos. Gilgamesh alzó una mano y acarició los labios de Enkidu. Extendió los brazos y dejó que Enkidu se acercara para acurrucarlo entre ellos.
—Bésame—pidió Enkidu.
Necesitaba aprender y estudiar lo que ocurría con él.
Cuando sus labios hicieron contacto, Enkidu se deshizo en sensaciones: frío, calor, brisas, cielos, fuego.
Fue como aquella vez en los pastos afuera de Uruk. Sus labios tiritaban conforme los de Gilgamesh le pedían más.
Se besaron como nunca, con un romanticismo contrastante a los arrebatos hedonistas de Gilgamesh. Ambos corazones latían fuerte y eran tangibles uno al otro, al punto de que se confundían.
No hablaron. Sólo se dedicaron a besarse indefinidamente, variando el ritmo, la respiración y las caricias. No hubo aceite lubricante, no hubo jadeos, sólo veneno dulce y embriagante en los labios y la pared transparente de lo que ya comenzaba a florecer entre ellos.
Aquella noche hicieron el amor de la manera más hermosa que existe.
Con el pasar de los días, los árboles variados lentamente comenzaron a dar paso a los cedros y con ello, el silencio de un bosque temeroso, oculto entre las hojas verdes de los altos gigantes forestales. El suelo era plano y los caballos caminaban sin dificultad sobre él. El ambiente era expectante, como si algo de súbito viniese de una dirección totalmente improbable y los atacara.
Así era el aura de Humbaba, el protector del templo de Enlil.
—Debemos enfundarnos en nuestras armaduras—dijo Gilgamesh, desmontando del caballo y abriendo un portal para sacar dos idénticas y espléndidas armaduras hechas de oro puro—, no sabemos dónde está Humbaba y debemos ser precavidos.
—No creo que me sienta cómodo utilizando una armadura, Gil—dijo Enkidu, torciendo el gesto—. Preferiría ir así.
—No—negó rotundamente Gilgamesh, comenzando a desnudarse y entregando una pechera de cuero a Enkidu, para que le ayudara a asistirle—. No permitiré que Humbaba te toque de ninguna manera. Tu cuerpo debe permanecer intacto.
—Es que creo que seré más útil si llevo libertad en mis movimientos. Mis cadenas fluyen con mayor facilidad y sé que puedo traer mi lanza, pero para eso debo estar liberado de armaduras pesadas.
Gilgamesh se volteó luego de que Enkidu ajustara los cordones de la armadura de cuero y lo miró por largos segundos.
—De acuerdo, pero tendrás que usar al menos la de cuero.
Enkidu titubeó y finalmente accedió.
Cuando Gilgamesh se encontraba listo, llevaba encima una impecable y pesada armadura de oro, dotada de un hacha y una espada. Irradiaba un aura invencible y la seguridad de su sonrisa otorgaba esa sensación en cada paso que daba. Enkidu tomó una pequeña daga y la colocó bajo su nuca, tomando su espléndida cabellera con el puño contrario, cuando Gilgamesh reparó de lo que haría.
—¡Enkidu, no! —le detuvo, tomando la mano con la daga—, por ningún motivo te cortes el cabello, imbécil, no lo llevaste corto cuando peleaste conmigo y ahora te lo cortarás, ¿Qué sentido tiene?
—Es que molestará en batalla, Gil. Pronto crecerá.
—No—negó nuevamente Gilgamesh—. Voltéate, te lo trenzaré y lo colocaré en tu nuca. Estás loco.
Era hilarante ver al rey enchapado en una armadura de oro trenzar el cabello de Enkidu. Cuando terminó la trenza, la enrolló en la cabeza de Enkidu y con un trozo de cuero, la afirmó.
—¿Así? —preguntó Enkidu volteándose, mostrando su cuello descubierto.
La forma de su cuello, el flequillo y los mechones libres a un costado de la cara le hizo recordar una mujer de cabello rubio con un peinado similar. Una mujer que nunca conoció. Ante el pensamiento, Gilgamesh se nubló para luego distraerse rápido.
—Sí, así mismo. Estás bien así.
Gilgamesh ajustó la armadura de cuero al delgado cuerpo de Enkidu. Colocó rodilleras y coderas, además de protección extra en sus brazos y piernas.
Luego de alistarse, ambos comenzaron a caminar por la espesura del bosque, sintiendo que cada vez que se internaban más y más, el sol dejaba de colarse por las ramas. Estaban preparado para lo que fuese y el aura terrorífica se sentía en el ambiente, sin embargo, nada ocurría.
Acamparon luego de llegada la noche. Los insectos nocturnos cantaban alrededor de ellos una vez que la tienda estuvo alzada. Gilgamesh se quitó la armadura con algo de desconfianza y finalmente quedó expuesto.
—Si el dichoso Humbaba viene repentinamente, estaremos desarmados como dos estúpidas hormigas ante la lluvia.
—No te preocupes—dijo Enkidu, también quitándose la propia—, de noche duerme, como todas las criaturas. Cualquier cosa estaremos al tanto.
Gilgamesh no parecía más tranquilo, pero al menos tenía cierta convicción de que así sería.
Comieron frutas y pescado, bebieron zumos de manzana y una copa de vino para disfrutar la noche. El frescor de la brisa nocturna erizaba los cabellos de sus pieles.
Gilgamesh se dedicó a observar a Enkidu y sus pensamientos se deslizaron hacia él como telas suaves de exquisitos hilos. Enkidu lo miró de reojo y bebió sonrojándose.
—¿Qué ocurre? —preguntó, luego de relamer sus labios.
Gilgamesh no contestó.
Sus ojos se encontraban entrecerrados, las mejillas levemente rojas y el cabello caído. Acariciaba el pasto distraído, arrancando algunas hebras verdes. Suspiró y sacudió la cabeza.
Estaba asustado. Cada día que transcurría, más ahora que estaban a solas, se le hacía incontrolable la forma en la que él pensaba sobre Enkidu. Temió un momento que las cosas se le escaparan de las manos y perder esa supremacía de la cual estaba orgulloso. Calmó su respiración, centró sus pensamientos y finalmente se tendió sobre una almohada de pluma.
—Duérmete Enkidu—ordenó, cruzando los brazos bajo su cabeza—, es tarde y debemos estar con las energías llenas para pelear. Seguramente mañana será el día.
Enkidu obedeció y se hizo un ovillo a su lado, mirándolo.
—Oye Gil—dijo después de un momento—, estás tonto.
Gilgamesh abrió los ojos de sorpresa y se giró hacia Enkidu.
—¿Quién demonios te crees para decirme algo así, más de la nada?
—Es que… te estás comportando extraño. Adoro esta faceta lejos del palacio.
Gilgamesh frunció los labios y volvió a cerrar los ojos.
—Cállate y duérmete. Te perdonaré el atrevimiento esta vez.
Enkidu soltó una risita y acarició un brazo de Gilgamesh. Su mano hizo contacto con el antebrazo y así se quedó hasta caer dormido.
Gilgamesh sintió algo así como un sudor imaginario rodar por su frente. Contuvo la respiración y se sintió incómodo ante la situación.
Él también creía que estaba actuando distinto.
La mañana siguiente, Enkidu se encargó de despertar a Gilgamesh.
—Hey—Enkidu zamarreó a Gilgamesh y él se quejó—, vamos levántate. He sentido un olor extraño en el ambiente.
Gilgamesh se incorporó con algo de sopor. Se restregó los ojos y buscó entre las cosas la armadura. Se levantó y comenzó a enfundársela en silencio.
—Gil, Humbaba está cerca—advirtió Enkidu una segunda vez—, nos ha visto dormir, estoy seguro.
—¿Por qué no atacó antes entonces?
—Seguramente tiene honor. No esperaría atacarnos con las defensas bajas.
—¿Una bestia podría sentir algo así como la nobleza?
Enkidu agachó la mirada y apartó algunas hebras de su cabello que se soltaron de su trenza.
—Yo creo que tendría la decencia de esperar a que mi contrincante esté a mi altura para luchar… y yo fui una bestia.
—De acuerdo—dijo Gilgamesh, lanzando lejos una copa que le incomodaba—, entonces supongamos que el tal Humbaba nos está esperando árboles más allá para matarnos.
—No nos matará—indicó Enkidu, tomando su propia armadura de cuero y colocándola en el pecho—, ganaremos.
—Obvio—Gilgamesh comenzó a asistir a Enkidu y ajustó los amarres a su cintura angosta.
Una vez listos, ambos se miraron por largos instantes y Enkidu liberó la presión en el pecho con un suspiro.
—Gil… lo lograremos—dijo, tomando una de sus manos y acariciándola fugazmente—. Mañana nos veremos al despertar.
—Ni lo dudes—agregó Gilgamesh, seguro de sí.
Un rugido se coló a través de las hojas y el aire. Los riachuelos perdieron sus gorgoteos agradables, los pájaros detuvieron su trinar y las hojas se desmayaron ante el ruido. Enkidu supo que el momento llegó y comenzaron a caminar por el bosque con los caballos a su lado, portando todas las cosas posibles. Enkidu estaba más nervioso que Gilgamesh, pero mantenía el temple firme, apretando sus labios de vez en cuando. Caminaron entre ruidos cacofónicos de una bestia enojada, sabiendo que mientras más se acercaban, más se enojaba. Llegó un momento en que el rugido bestial tronó tan cerca de ellos que Enkidu cayó, afirmando un arco que tenía entre las manos. Las pisadas de Humbaba retumbaban los suelos y Enkidu se refugió tras un árbol, llevando los caballos, mientras que Gilgamesh se quedó de pie, de brazos cruzados, esperando a que la gigante bestia amorfa hiciera presencia ante él.
—¡Muévete! —gritó Enkidu, aterrorizado, pero Gilgamesh no cedió.
A lo lejos, Humbaba mostró su horripilante rostro negruzco, desde la altura de los más imponentes cedros.
