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Epílogo
Kildrummy, un año y medio después
Candy acababa de abrir una carta y lo que había leído la había enfadado.
Necesitaba contárselo a Albert y fue en su busca. Al entrar en el salón, Pauna, que estaba allí con el pequeño Anthony, al verla preguntó:
—¿Ocurre algo, hija?
Con una sonrisa forzada para no preocuparla, se acercó hasta su pequeño hijo y, cogiéndolo, lo besó mientras preguntaba:
—¿Cómo está mi gordito? —El pequeño sonrió y ella añadió—: Mamá te va a comer a besitos.
Anthony era pelirrojo como su abuelo y su tía, con los ojos azules de su padre. Era un niño regordete y divertido, que solía pasar gran parte del día sonriendo. Tras hacerle varias carantoñas más, Candy se volvió hacia su suegra e inquirió:
—¿Dónde está Albert?
—He oído que estaba con Jimmy en las caballerizas.
Sin perder un minuto, Candy se recogió las faldas y corrió hacia allí. Al llegar, se cruzó con Archie, que, al verla, le comentó:
—Iolanda quiere que pases por casa. Ha hecho su famosa tarta de arándanos.
Candy se relamió y, tocándole la cabeza al pequeño Sean, dijo:
—Dile a tu hermana que me guarde un buen trozo.
Archie, subiéndose al pequeño a los hombros, corrió con él hacia la casa. Iolanda y el niño eran toda su vida.
Al entrar en las caballerizas, Candy sonrió al ver a Albert. Allí estaba, junto a Jimmy.
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Al verla, su marido le guiñó un ojo y, abriendo los brazos para recibirla, exclamó:
—Qué agradable visita, tesoro.
Candy lo abrazó y, tras besarlo, dejó la carta sobre una mesa y dijo:
—Estoy muy enfadada.
Jimmy, mirando a su amigo, levantó las cejas. Albert murmuró:
—Esto huele a problemas.
Candy asintió y, con los brazos en jarras, anunció:
—La carta es de Anny.
Ante la mención de ese nombre, Jimmy sonrió y dijo:
—Me muero por leer esa carta.
—Anny viene de visita a Kildrummy para final de año —explicó Candy sonriendo.
—¡Bien! —aplaudió Jimmy.
Ver a aquella jovencita era lo que más le apetecía del mundo.
Pero Albert, por el gesto de su mujer, sabía que eso no era todo y, efectivamente, añadió:
—Al parecer ¡se ha prometido!
—¡¿Cómo?! —preguntaron al unísono Jimmy y Albert.
Tan incrédula como ellos por la noticia, prosiguió:
—Según cuenta en la carta se trata de un adinerado lord inglés que su abuela le ha impuesto y…
—¿Cuándo has dicho que viene? —preguntó Jimmy con gesto serio.
—Para final de año.
El joven asintió y, sin decir nada más, salió del granero.
Albert, al verlo, miró a su mujer y comentó:
—Menudo disgusto le acabas de dar…
—Lo sé, pero cuanto antes lo sepa, antes lo digerirá.
—O antes hará algo para evitar ese enlace —se mofó Albert.
Candy sonrió. Sin duda lo que pretendía era lo segundo y su marido, mirándola, dijo divertido:
—Mi cielo… que te conozco. —A continuación, abrazándola murmuró hundiendo la nariz en su cuello—: Me gusta que te pongas las joyas de tu madre.
Ella se tocó el cuello sonriendo. Llevaba uno de los collares que Albert había conseguido rescatar de los prestamistas de Edimburgo.
—Esta noche te quiero desnuda en mi cama sólo con ese collar puesto.
Divertida, asintió y cuchicheó:
—Cariño, si me haces ojitos, no te puedo decir que no.
Y se besaron. Tras regresar de la fiesta de los clanes de Stirling, su vida mejoró y, cumplido el plazo de la unión de manos, Albert organizó un bodorrio por todo lo alto, que las Sinclair todavía debían de estar lamentando.
Después de varios besos que a ambos no sólo les calentaron el corazón, Candy, queriendo volver al tema que la había llevado allí, preguntó:
—¿Crees que Jimmy hará algo para impedir esa boda?
Aspirando el dulce perfume de su mujer, Albert asintió.
—Presiento que para final de año, o quizá antes, vamos a tener jaleíto.
Candy aplaudió por lo que aquello podía suponer para su amiga Anny y él, divertido por aquella sonrisa tan bonita, murmuró cuando ella le propuso con gestos ir al fondo de las caballerizas:
—Pero qué descarada eres, cariño mío.
Fascinada por la pasión que vio en su mirada, Candy sonrió y dejándose besar con todo el amor que aquel maravilloso hombre le demostraba, afirmó:
—Lo sé y me encanta saber que te gusta.
Castillo de Kildrummy, meses despues...
—Anthony, cuando seas mayor, volverás locas a las mujeres con esa sonrisa.
Al oír eso, Candy sonrió. Su hijo era la viva estampa de su marido Albert, y afirmó:
—Oh, sí…, no me cabe la menor duda de eso, Anny. Anthony va a ser un rompecorazones.
Ambas sonrieron mientras su amiga soltaba a Anthony para que corriera tras su abuela, que lo llamaba. Una vez que el niño desapareció, Candy dejó a su pequeña en la cunita tras haberle dado el pecho, y Anny murmuró:
—Rosmary es preciosa.
—Sí —afirmó la madre, mirándola con cariño—. Y tiene un carácter más tranquilo que Anthony.
Ambas rieron; entonces Anny se tocó el vestido y Candy comentó:
—Muy bonito el vestido que llevas.
—Gracias.
—¿Ayudaste a confeccionarlo?
Las dos mujeres volvieron a reír. Ambas sabían lo mucho que Anny odiaba coser.
—Bien sabes que no —contestó ella—. Mamá lo confeccionó junto con el que llevaré en el bautizo —afirmó encantada.
Candy asintió y, a continuación, cuchicheó:
—El vestido que has traído para la fiesta de Rosmary es precioso. Mañana serás una madrina estupenda, y estoy convencida de que causarás algún que otro revuelo entre los hombres presentes.
Divertida, Anny suspiró, pero, cuando iba a responder, un fuerte ruido proveniente del exterior las hizo levantarse para mirar por la ventana.
Una treintena de hombres acababa de llegar. Al frente iba Jimmy Phillips
—Jimmy, ¡qué bien que hayas llegado!
El aludido miró a su gran amigo Albert con una sonrisa. De un salto, Jimmy se bajó del caballo con agilidad y, abrazando a aquel, al que debía tanto, sonrió.
—El padrino de Rosmary ya está aquí.
Ambos rieron por aquello.
—¡Apestas a oveja!
—Vengo de estar con las vacas. Por cierto, he separado unas yeguas para que te las lleves cuando regreses a Dufftown. Creo que te vendrán bien.
Encantado, Jimmy asintió y musitó:
—Gracias, amigo. Muchas gracias.
Desde lo alto de la ventana, Sandra, entrecerrando sus ojos almendrados, murmuró:
—Vaya…, ¡ya ha llegado!
Candy sonrió.
Jimmy y Anny se deseaban, se buscaban, pero era verse y o bien se ignoraban, o no paraban de lanzarse pullitas. Sin querer decir nada, se retiró un rizo dorado de la cara cuando Anny cuchicheó:
—Espero pasarlo bien en la fiesta de mañana.
—Y yo —afirmó Candy.
El tono en el que había respondido hizo que Anny mirase a su amiga y le reprochase:
—Y que sepas que no me parece bien que el padrino de Rosmary sea Jimmy.
—¡Anny!
—Vamos a ver, Candy: de entre todos los hombres que hay en las Highlands, ¿por qué él?
—Porque Albert eligió al padrino y yo a la madrina.
Al oírla, Anny suspiró. Como siempre, tenía sentimientos encontrados con respecto a Jimmy.
—¿Seguirá sin hablarme ese cabeza dura cuando me vea?—preguntó.
Su amiga resopló. Todavía recordaba la furia de aquel el día que llegó una carta de Carlisle diciendo que Anny se había prometido con un inglés.
—Dale tiempo —indicó con una sonrisa—. ¿Cuántas veces he de recordártelo?
Anny maldijo. Aquella carta que su abuela le obligó a enviar antes de su fallecimiento solo le había dado quebraderos de cabeza, pero, cuando iba a protestar, Candy continuó:
—Y, antes de que sigas maldiciendo, déjame recordarte que Jimmy fue a Carlisle para rescatarte de las garras de tus abuelos y te encontró feliz y sonriente con ese francés, así que…
—Oh, Candy, no me lo recuerdes. No fue un momento agradable para mí.
—Ni para él.
Con una sonrisa divertida, Anny cuchicheó:
—Aunque debo confesar que Preston Hamilton, el francés, es encantador. Es un hombre divertido y…
—¡Anny!
—Vale… Sé que no está bien decir lo que digo, pero reconozco que me gustó comprobar los celos de Jimmy al verme con él.
—Anny, efectivamente, eso es muy osado.
Divertida, la joven se colocó bien el abalorio que llevaba en el cabello y afirmó:
—La osadía da emoción a la vida.
Candy sonrió. Ella también era bastante osada en cuanto a su marido se refería, pero mirando a su amiga, indicó:
—Deberías controlar tu osadía con respecto a Jimmy, porque algo me dice que le llegaste al corazón y…
—¿Jimmy tiene corazón?
—¡Anny!
Sin embargo, ambas rieron y, a continuación, Candy cuchicheó:
—No sé quién es peor, si él o tú.
Su amiga soltó una carcajada, y en ese momento oyeron la voz de Albert, que gritaba:
—¡Candy!, mi bella y dulce esposa. ¿Puedes bajar para recibirme con un beso?
Ella sonrió y, mirando a su maravilloso marido, indicó desde lo alto de la ventana:
—Nada me gusta más que besarte, pero antes ve a darte un baño. Has estado con el ganado.
Albert cambió el gesto, y Jimmy, que se había percatado de la presencia de Anny junto a aquella, retiró la mirada y se mofó:
—Ya te lo he dicho: ¡apestas!
Las carcajadas de los highlanders hicieron sonreír a todos, excepto a Albert, que, sin apartar la mirada de su amada, preguntó:
—¿Me rechazas, mujer?
Encantada al ver el desafío en los ojos de aquel, Candy se sentó en el alféizar de la ventana y, agarrándose a Anny sin que él lo viese, respondió:
—De acuerdo, esposo. Creo que, si salto desde aquí, llegaré antes a besarte.
Ver a su impetuosa mujer sentada allí lo intranquilizó y, cambiando el gesto, Albert indicó:
—Candy, ¡bájate de la ventana!
Divertida, ella le guiñó un ojo y apuntó:
—¿Seguro?
—Segurísimo —replicó él.
Una vez que ella volvió a estar del otro lado de la ventana, se asomó nuevamente y gritó:
—¡Albert Ardley, no te muevas de ahí!
Y, sin soltar la mano de Anny, le pidió a su amiga:
—Vamos. Acompáñame.
Cuando desaparecieron de la ventana, Jimmy miró con gesto serio a su amigo y afirmó:
—Está visto que su temeridad y su locura siguen igual.
Sin poder evitarlo, Albert sonrió. Adoraba aquella osadía.
Entre risas, las dos mujeres bajaron corriendo al piso inferior y, al entrar en el salón para atravesarlo y salir al exterior, ambas chocaron contra dos cuerpos. Albert y Jimmy.
Rápidamente, Anny se echó hacia atrás y, cuando Candy iba a hacer lo mismo, Albert agarró a su mujer del brazo e indicó con gesto serio:
—Que sea la última vez que…
No pudo decir más. Candy se lanzó a su boca para besarlo, y él, como era de esperar, no tardó en reaccionar.
Sin saber qué hacer, Anny y Jimmy miraron hacia otra parte y, cuando el beso de aquellos acabó, Candy murmuró:
—Sabes a barro, a lluvia y a vaca, pero me encanta.
Tras recomponerse del ardoroso beso de su mujer, Albert gruñó:
—Que sea la última vez que te subes a la ventana y…
—Ajá…
Ese «¡Ajá!» tan característico de Candy lo hizo sonreír y, acercándola a su boca, susurró:
—Hada…, no me tientes.
—Por san Fergus, ¿por qué tenéis que ser siempre tan empalagosos? — Jimmy protestó.
Candy le dio un rápido beso a su marido en los labios y respondió:
—Ay, Jimmy. Si algún día te enamoras de verdad, ¡lo sabrás! —Y, sin apartar los ojos de aquel, indicó—: Por cierto, ¿has saludado a Anny? Ha llegado esta mañana.
Jimmy miró a la joven de pelo oscuro y largo. Estaba preciosa con el abalorio de diminutas piedrecitas azul claro que con gusto llevaba en la cabeza, pero sin acercarse a ella, indicó:
—Bienvenida.
—Oh…, ¡qué ilusión! Pero si me habla —se burló ella.
Albert y Candy se miraron mientras Jimmy resoplaba. Parecía que a aquellos dos les gustaba picarse.
En ese instante apareció Pauna, quien, al ver a su hijo y a su nuera abrazados, sonrió y murmuró:
—Candy, dile a mi hijo que vaya a lavarse. ¡Apesta! Y a ti, Jimmy, tampoco te vendría mal un poco de aseo.
El ruido del exterior volvió a llamar la atención de todos. Albert escuchó unos instantes y, al oír las voces de Duncan y Lolach, que daban órdenes a sus hombres, indicó con una media sonrisa:
—Jimmy, tus hermanas Megan y Shelma ya están aquí.
Al oír eso, Candy se deshizo de los brazos de su marido y corrió al exterior a recibir a sus invitados. Unos instantes después, la puerta de la entrada se abrió y una mujer morena de preciosos ojos oscuros que entraba junto a Candy siseó con gesto reprobatorio:
—Megan, ¡qué alegría verte! —Saludo Jimmy mientras observaba que, tras ellas, iban Shelma, Duncan y Lolach.
En ese instante, la puerta volvió a abrirse, y Jimmy, al ver a las hijas de su hermana Megan, Johanna y Amanda, y a Trevor, el hijo de Shelma, se dirigió hacia ellos. Entonces miró a la hija mayor de Megan, que ya era una jovencita, e indicó al ver cómo aquella se atusaba el cabello oscuro:
—Johanna, cada día estás más preciosa.
Ella sonrió con coquetería.
—Gracias, tío Jimmy.
Duncan miró a su hija mayor y sonrió, pero, al ver cómo la contemplaban algunos de los hombres jóvenes de Albert, preguntó con voz enfurecida:
—Y ¿vosotros qué miráis?
Al verse sorprendidos por el rudo highlander, los escoceses rápidamente bajaron la mirada, y Johanna, que comenzaba a ser una joven de extremada belleza, como su madre, gruñó:
—Papá, por favorrrr.
Duncan maldijo, y Megan, sabiendo lo que su marido sentía ante las miradas que su hija cosechaba ya, se acercó a él y cuchicheó con una sonrisa:
—Cariño, tranquilo. Nuestras hijas son muy bonitas, y es normal que las miren.
Jimmy sonrió al oír a su hermana. A continuación, se dirigió a su sobrino:
—Y tú, Trevor, has crecido.
El muchacho asintió.
—Dentro de unos meses superaré a mamá.
Jimmy estaba riendo por aquello cuando un golpe en el trasero llamó su atención. Al mirar a la pequeña Amanda, esta le preguntó con gesto pícaro:
—Tío, ¿te gusta mi espada nueva?
—Es tan preciosa como tú, cariño.
La cría asintió y, contemplando la espada de madera con adoración, afirmó:
—Papi y yo compramos la mejor y, mira —dijo señalando una piedra blanca que llevaba incrustada en la empuñadura—: ¿a que es bonita su forma de estrella?
—Muy bonita, mi niña. Muy bonita —afirmó Jimmy, henchido de amor por la pequeña.
—Es la estrella de la suerte, tío.
Unas risotadas sonaron entonces en el exterior, y Duncan, al reconocer la voz de su hermano, dijo:
—Acaban de llegar Thomas y Gillian.
—Y Patty, Jesse y Karen —apostilló Albert al ver llegar a los familiares de Candy.
La pequeña Amanda, al oír aquello, corrió hacia la puerta. Quería enseñarle a su tío Thomas la nueva espada que había comprado con su papá.
Instantes después, una mujer rubia, no muy alta, entró en la estancia sonriendo, y Candy se la presentó a Anny como Gillian. A continuación, les presentaron a su marido Thomas y a su hija.
Poco después entró también Pauna, la madre de Albert, con Patty y Karen, las hermanas de Candy. Al verlas, Anny corrió a abrazarlas bajo la disimulada mirada de Jimmy, a quien, a pesar de lo mucho que discutía con aquella, le agradaba tenerla cerca.
Como siempre, Patty llegó vestida con su hábito, y Karen, acompañada por su marido Jesse y por toda su prole de hijos. Con tanto niño allí, el jaleo estaba garantizado.
Los últimos en llegar aquella tarde fueron George, Aston y Tom, sus eternos amigos.
Esa noche, mientras todos cenaban en el grandioso comedor del castillo de Kildrummy, Candy miró a su alrededor y sonrió, recordando viejos tiempos en Caerlaverock cuando había existido aquella felicidad y aquella hermandad, y sonrió al imaginar lo mucho que hubieran disfrutado sus padres y hermanos de este momento tan maravilloso.
F I N
Bueno chicas, aqui por fin el final de esta linda historia, no les miento que odie al protagonista, me parecio un hombre muy engreido, narcisista, odioso, frio, patan, que solo admira a una mujer por su belleza fisica y no tomar en cuenta otras cualidades que son mucho mas importantes...
Queria mas drama, que a el le costara trabajo conseguir el perdon de su esposa, pero nada, ella estaba demaciado enamorada de ese odioso Highlander.
Gracias a todas por acompañarme y compartir sus comentarios.
Guest gracias por tus sugerencias , de las novelas que mencionastes ya he leido, El amuleto de mi destino, El retrato de Alana, Te esperare toda mi vida que adapte para los rubios y muchas otras que he leido y no he adaptado y las otras las buscare y decidire cual adapto para los rubios.
Mil gracias y hasta la proxima.
Abrazos.
Aby.
