-¿Kozaburo Toma? -inquirió Sasayama en voz alta.
Las dos estudiantes retrocedieron unos pasos por la conmoción, pero de cierta forma se sintieron más seguras al ver a Toko junto al ejecutor, por lo que le dijeron que su profesor se había ido a la biblioteca y le dieron las indicaciones para llegar a ella. Toko se dio cuenta de que ya no era un hombre quien corría por los pasillos, era un ejecutor cegado por la ira y la sed de gloria. Anhelaba tener a Toma allí mismo, como si estuviera incluso dispuesto a darle una paliza antes de matarlo. Cuando uno de los profesores los vio, se colocó en el medio del pasillo con una mirada asesina que hasta a ella la sorprendió, e intentó detener a Sasayama. Estaba vestido de saco y corbata, y tanto las arrugas de su rostro como las canas de su cabello reflejaban la edad adulta.
-¡Dijeron que serían más discretos! ¡no pueden arriesgar la vida de las estudiantes! -bramó el mayor.
Sasayama pareció no escucharlo y, en cambio, empujó al hombre a un lado con una fuerza de la que no fue consciente, que lo hizo tambalear y caer al suelo. Toko sintió su corazón latir a toda prisa como si estuviera a punto de salirse de su pecho, pero no cesó de correr hasta por fin llegar a la biblioteca. En el centro de la estancia, se encontraban sentados en sillones individuales el profesor Toma y una muchacha de cabello largo y negro. Cuando los pasos de Sasayama perturbaron la calma de la estancia, Toko distinguió aquellos ojos de amatista.
Rikako Oryo tenía la mirada fija en la de ella, pero se incorporó a la realidad al dirigir su atención al ejecutor. El dominador en las manos de Sasayama la estremeció en el sillón, y Toko pudo notar la forma en que su pecho subía y bajaba descontroladamente. Sus manos se hallaban afianzadas a los apoyabrazos del sillón como si su vida dependiera de ello, y a pesar de que no apartaba la vista del arma, Toko tuvo la sensación de que estaba analizando todas sus posibles rutas de escape.
El coeficiente criminal es 50. No es un objetivo para la acción de ejecución. El gatillo permanecerá bloqueado.
-No lo entiendo -frunció el ceño el ejecutor al mirar su dominador-. Si él no es el culpable, ¿entonces quién?
Sasayama apretó los dientes al ver resplandecer una sonrisa llena de orgullo en el rostro de Toma, mientras se ponía en pie de una manera lenta y elegante. El ejecutor, no obstante, seguía teniendo sus manos alzadas y no dejaba de apuntarle, como si desconfiara por completo de su mera presencia, a pesar de que era el mismo Sistema Sibyl el que lo había juzgado como inocente.
Entonces reparó en la silenciosa figura de Rikako, quien lograba pasar desapercibida estando sentada en la misma posición, como si fuera un maniquí. La mirada vacía le resultaba indescifrable y, a la vez, extrañamente siniestra. Toko anticipó el movimiento incluso antes de que Sasayama lo llevara a cabo, y cuando las manos de este se movieron en dirección a Rikako, sólo bastaron unos segundos para que Toko lograra avanzar hacia él, bajando sus brazos con una rigurosa fuerza.
-¿Qué haces? -gruñó él.
Sasayama entrecerró los ojos al mirarla, y en ese mismo instante captó un fugaz movimiento por el rabillo del ojo. Rikako se había levantado para correr hacia la salida, y cuando Sasayama ladeó la cabeza en su dirección ya se había marchado. Toko dejó escapar una breve sonrisa de alivio al verla cruzar la puerta, pero la disolvió al instante cuando él volvió a mirarla, chasqueando la lengua. Los ojos de este destellaban un fuego vivaz, pero Toko le sostuvo aquellas llamas sin consumirse en el proceso.
-¡Es sólo una estudiante! Dispararás el nivel de estrés en toda la academia -exclamó ella apretando los dientes.
Fue entonces cuando Toma se acercó a ambos. Sasayama advirtió el movimiento al instante, y apartó a Toko con menos fuerza que la que había utilizado antes con el hombre del pasillo. Volvió a apuntar al profesor con mucho más ímpetu, pero su dedo índice permaneció en el gatillo, inmóvil. Toko llegó a oírlo resoplar con impotencia. El arma estaba bloqueada y Toma seguía avanzando hacia él lentamente, como una serpiente regocijándose frente a su presa, hasta que se detuvo a un metro de distancia. Tenía un rostro angelical que rozaba el sarcasmo, pero de alguna forma su presencia llegó a inquietar al ejecutor.
-Toko tiene razón -aprobó Toma con una voz maliciosa y socarrona-. Al fin y al cabo, están buscando al culpable detrás de esas obras de arte, ¿verdad?
Toko cerró los ojos, sintiendo su corazón latir tan lento como si estuviera a punto de quedarse inconsciente. Cuando volvió a mirar a Toma, se percató de que este la observaba detenidamente, con una ladina sonrisa en sus labios que era apenas perceptible bajo la tenue luminosidad de la sala. Fue en ese mismo instante, en el que un terror se adueñó de su mente. Ya no reconocía al muchacho que estaba frente a ellos. Kozaburo Toma desapareció en sus recuerdos, e incluso comenzaba a preguntarse si alguna vez había existido realmente.
-¿Obras de arte? -susurró Toko con un hilo de voz.
La interrogante se quedó grabada en el aire, y ladeó su cabeza buscando la reacción de Sasayama, que se encontraba inmóvil y carente de vida. Su rostro estaba tan solemne como si la muerte hubiera pasado frente a sus ojos y Toko se percató de que no dejaba de mirar al profesor Toma, quien percibió la tensión en el ambiente y se volvió hacia él, con una tranquilidad que le resultaba enfermiza. Durante un largo minuto ambos intercambiaron la mirada, hasta que Sasayama decidió guardar su dominador, en un movimiento pausado y cauteloso.
-Las víctimas fueron exhibidas en lugares amplios y abiertos, con sus cuerpos perfectamente desmembrados para ser transformados en algo nuevo -explicó el ejecutor, arrugando la nariz-. Pero sólo una persona las describiría como obras de arte… y es su artista.
El silencio los hizo estremecer una vez más y Toko sintió que el tiempo se detenía. Casi podía oír el reloj de pared que se encontraba en una esquina de la sala, contando los segundos, anunciando lo inevitable. Cuando Sasayama se lanzó hacia él como una fiera tratando de asestarle un puñetazo en la cara, Toma permaneció calmado y supo cómo reaccionar en el momento indicado, evitando el golpe. Los labios del ejecutor se entreabrieron, enseñando sus dientes en un gruñido casi inhumano. Ambos forcejearon como perros peleándose por un hueso, y en un momento dado Toma llegó a clavarle una pluma en el cuello, logrando así liberarse de su agarre. Fue entonces que Toko se reincorporó a la realidad y parpadeó al ver caer de rodillas a Sasayama.
El ejecutor entrecerró los ojos y suspiró pesadamente, denotando su dificultad para respirar. Unos hilos de sangre comenzaron a caer a través de la herida, pero Toma dejó la pluma clavada en su piel y retrocedió unos pasos. Una sonrisa animal bailaba sobre la comisura de sus labios, y Toko observó por fin al auténtico Kozaburo Toma, quien jadeaba del cansancio y la excitación. Sasayama, para sorpresa de los presentes, colocó su mano en la pluma, y con un grito ahogado la expulsó de su cuello, lanzándola a un lado de la habitación y dejando gotas escarlatas sobre el suelo.
Tambaleándose, logró levantarse de nuevo y sacarle una sonrisa esperanzadora a la joven Kirino. Sus ojos ardían como nunca antes. La ira había invadido cada centímetro de su cuerpo y parecía que, en aquellos instantes, su único deseo era matarlo con sus propias manos. En cambio, Toma se dirigió hacia Toko con movimientos sensuales y victoriosos, como quien gana una maratón buscando su recompensa. La joven dio unos pasos atrás cuando este intentó tomarla de la mano con suma delicadeza. Al reparar en el rechazo, Toma se detuvo en seco dejando los brazos a cada lado de su cuerpo.
-¿No quieres escapar conmigo, princesa? -cuestionó Toma con dulzura.
Los labios de Toko temblaron durante unos segundos, y cuando conectó sus ojos con aquellos marrones sintió un abrazo asfixiante en todo su pecho. No se había dado cuenta de que comenzó a golpearlo en su estómago, una y otra vez, con una fuerza que tan sólo indignaba al muchacho más que producirle dolor. El rostro de Toko pronto se enrojeció por las lágrimas y sus labios enseñaron una mueca de asco y llena de odio. Si tuviera algún tipo de arma con filo, se encontraría descargando toda su rabia en él sin acaso pensar en la forma en que se oscurecería su tono. Toma parecía una piñata que no reaccionaba ante los golpes, se encontraba perdido en sí mismo como nunca antes lo había estado.
-¡Lo mataste! -repetía la joven incesantemente.
Sasayama apareció por detrás sin llegar a sorprenderlo, puesto que Toma se volteó justo a tiempo para detener sus ataques. No era experto en las artes marciales pero sus reflejos estaban muy bien desarrollados, y en aquellos momentos la soledad que lo invadía era incluso más fuerte que la habilidad del ejecutor. Cuando Toma sacó de su bolsillo un cúter, logró darle en el brazo a Sasayama, que se tambaleó por el dolor y cayó frente a la primera estantería de libros.
Toma empezó a patearlo en la cabeza y el estómago con todas sus fuerzas como una bestia a su presa, siendo interceptado por Toko, quien lo tomó del brazo haciendo fuerza contraria para apartarlo. Sin embargo, se hallaba tan cegado por la ira que la empujó violentamente y siguió asestando más golpes. La joven se cayó directo al suelo e hizo un gesto de dolor con sus labios, pero él pareció ignorarlo o, sencillamente, ni reparó en lo que había hecho. Cuando Toma se detuvo, en toda la estancia se escuchó su pesada respiración.
Sasayama no volvió a levantarse, y por unos segundos Toko permaneció en el suelo observando su cuerpo, el cual se retorcía como un gusano. Toma se dio la vuelta, caminó hacia el lado opuesto de aquella gran estantería y, tras unas violentas patadas, todo se vino abajo. El sonido de la madera al chocar contra el suelo hizo vibrar la superficie. En unos pocos segundos, la biblioteca se hundió en un manto de polvo y libros. El grito de Toko quebró el silencio, y se arrojó sobre los libros para apartarlos tratando de llegar al cuerpo del ejecutor.
Cuando Toko por fin alcanzó a tomar la mano de Sasayama su corazón se detuvo, pero sintió que su dedo índice se movía y una corriente de alivio azotó cada parte de su cuerpo, sacándole un sollozo ahogado. Transcurrió casi un minuto entero hasta que por fin se levantó. Su rostro seguía enrojecido por las lágrimas, y no estaba dispuesta a intercambiar una mirada con el ser que había originado aquel desastre.
No era humano para ella, ya no sentía compasión alguna por él, y tuvo que hacer un gran esfuerzo por quedarse inmóvil e indiferente al escuchar sus pasos quebrar el silencio sepulcral de la biblioteca. Percibía la presencia de verdugo a sus espaldas, pero sabía que él no le haría daño, la amaba después de todo, aunque de una forma que le resultaba entonces repulsiva.
Podía sentir la sonrisa maniática clavada en su espalda. Toko estaba cansada de las muertes, del dolor que causaba a los familiares de las víctimas, del estrés que promulgaba en la academia. El arma que usaba Sasayama no parecía funcionar contra él, así que no podía esperar mucho de la Oficina de Seguridad Pública. Tenía que hacer algo porque sabía que Toma le podía hacer daño a cualquiera menos a ella. Debía proteger a Sasayama.
En ese momento, sintió que su boca era cubierta por un algodón y el cuerpo de Toma la abrazó por la espalda, intentando dejarla sin aire. Toko comenzó a golpearlo en los brazos, en la cara, donde sus manos alcanzaban, pero aun así no lograron liberarla, y poco a poco fue perdiendo el aire y la voluntad de escapar, como si su cuerpo ya no respondiese a sus impulsos. Toma, por su parte, permanecía erguido e inmóvil, como si fuera un cadáver en vida.
-Estamos destinados a reinar juntos -susurró Toma en su oído, mientras se fundía en la oscuridad.
