Capítulo 75.- La peña del Alemán (II)

4 de agosto de 1936

Peña del Alemán, frente del Agua.

Y otros tiempos y lugares.

«El 10 de abril de 1937, Hemingway se llevó allí al grupo

para que contemplara la ofensiva leal. Como era de esperar Dos Passos se mostró muy aprensivo (…)

En su relato novelado posterior, Century's Ebb,

Dos Passos describía la escena y relataba al personaje de Hemingway como

un inconsciente que se atrevía a caminar

por el paseo de Rosales a la vista de las líneas rebeldes»

«Idealistas bajo las balas: Corresponsales extranjeros en la guerra de España.»

Paul Preston


Gritos. Órdenes. Disparos.

Los mandos a su alrededor, incluído el Alemán, fueron a organizar a los suyos y ella se quedó frente a la tienda, sin que nadie a su alrededor ordenara nada.

Asalto.

La palabra se repitió en su mente y tras unos segundos de duda en los que se quedó helada, Victoria tomó el fusil entre las manos y decidió volver a su puesto. Tenía miedo. Un miedo de repente muy real y muy simple, tan profundo como paralizante. Padre siempre le había hablado de él. En el viejo arte de matarse los unos a los otros los hombres, decía, debía vencer el miedo como pudiera, mas no era sabio ni prudente despreciar a la muerte como si no existiera. «Equilibrio debéis de encontrar en el miedo cuando llegado sea el momento. No dejéis que mande por vos, si estáis aplicada a hacer algo mas recordad, hija, no lo perdáis nunca. Vuestro miedo será el único que se preocupe por vos en la batalla.»

Gritos de hombres caídos. Disparos. Explosiones iluminando la noche en la sierra. No era pelea aquella donde Padre estuviese detrás: se trataba de hombres buscándose la muerte y encontrándola, aún sin cometer error alguno. El miedo le decía de irse para atrás, mas no debía; detrás, se rehizo, no estaba el puesto que le había sido confiado.

Así que subió hacia primera línea para ayudar en la defensa.


Del otro lado de la calle, donde en algún momento alguien montaría el teleférico, la Casa de Campo estaba llena de tocones de árboles arrancados por artillería e hileras de trincheras en construcción. Pacino oyó tiros dispersos y ametralladoras como que demasiado cerca.

Y órdenes a grito pelado; como en un partido del Atleti, pero con peña matándose.

Caradura o no con el tema de las cajas, Sydney cumplió la promesa de Ernestito y les acercó a la quedada para luego pirarse a hacer más trapis. «Llámenme si necesitan un salvoconducto o cualquier servicio», dijo. Los amigos de Mr. Hemingway son amigos suyos. Previo pago de la cantidad acordada, faltaría más. Desde una distancia prudencial les señaló la puerta lateral y les dejó que hicieran los cien últimos metros rapidín y con la cabeza gacha. The Old Homestead resultó ser un edificio de viviendas abandonado y casi en ruinas que Pacino no había visto en su puta vida en el paseo Pintor Rosales, aunque ahora que lo pensaba, por cómo estaba de agujereado y hecho polvo dudaba que aguantase en pie ni una semana; menos aún hasta el final de la guerra.

Al pasar la puerta subieron por las escaleras plagadas de cascotes y encontraron a la pandi de reporteros de guerra mirando por agujeros de bomba y ventanas sin cristal, flipándose vivos con la desolación y la guerra. Muy terrible todo. Muy chungo. Al verles llegar, animoso, Hemingway les saludó y les presentó a tanta peña que a Pacino se le olvidaron la mitad de los nombres. Además de Martha Gellhorn, señor Caricias gusto verle otra vez, se quedó por acordarse de ellos con la parejita de fotógrafos, Gerda y Endré, y con el calvo amiguete de Hemingway, que se llamaba Dos Passos. Apellido curiosote. A ese también lo recordaba de la noche de la pelea y aunque parecía tan excitado con la experience como los demás, Pacino se dio cuenta de que cada vez que miraba a Ernestito por la espalda le clavaba unos puñales que ni Julio César. El resto, como una docena más –un tipo hasta llevaba una cámara de cine con trípode y todo–, iban de aquí para allá tratando de entablar conversaciones o ver qué información se sacaban los unos de los otros. Pacino pudo alejarse del lío y acercarse a donde Julián pasaba de todo apoyado en la pared, porque la carita de enano gruñón del barbas indicaba que estaba más de bajona que de costumbre. Mientras tanto, Hemingway señalaba el frente aquí y allí, como controlando el tema. Quien gane esta batalla gana la guerra, decía encantado de conocerse. Esos sucios fascistas recibirán su merecido y tal.

–No te chines con lo del censor –trató de consolarle Pacino–. No vamos a necesitar correctores después de todo, porque creo que la ideita de la austriaca esa no es mala. He estado hablando con la pareja de fotógrafos y parecen tener bastante libertad de movimiento. Hoy mismo me pillo la Leica en la tienda de empeños.

–Creo que la palabra que se lleva no es corrector sino beta-reader, macho –suspiró Julián–. Píllate la Leica tú. Yo es que la crónica me salió mal por prisas; las cartas y los temas personales los clavo, pero el modo periodista como que necesito más tiempo dándole vueltas al texto.

–O sea, que sigues de plumilla.

–Xacto. Sigo de plumilla. Y no. No estoy rayado por lo del censor. De todos modos no teníamos que enviar nada, o sea que misión cumplida.

–Entonces... ¿La cara larga a qué viene?

Julián le enseñó entonces la nota de Irene.


Cuando Victoria llegó a su puesto, el resplandor de una bomba de mano le reveló que el evangelista de al lado estaba muerto, su cuerpo sobre el murete al lado del cadáver de uno de los otros. Yugos y flechas. Isabel y Fernando. Un falangista. Buscó con su fusil la primera sombra que se movía del otro lado y disparó. La vio caer. Otro cartucho. Falló. Los del otro lado intentaban subir en oleadas y se movían rápido, dejando poco blanco, tirando primero bombas de mano que hacían saltar tierra, arrojando metralla, segando hombres, iluminando la oscuridad como relámpagos. Balas, trozos de murete y parapeto saltaban por los aires. Victoria siguió tirando como pudo a la oscuridad, viendo cómo a su alrededor hombres se mantenían o morían, hasta que le quedaron dos cartuchos.

Entonces lo vio.

No sabía cómo iba vestido un jefe de centuria, mas a la luz de las explosiones, los bombachos claros, las botas brillantes y la camisa oscura lo distinguían del resto de asaltantes. Aquel era el hombre sin alma. Subía la loma con paso tranquilo, las balas levantando piedra y tierra alrededor.

Le disparó.

Acertó en la cabeza, tirándole el chapiri azul.

Mas lejos de derribarle –¡cómo era posible!– el otro se quedó parado mirando en su dirección.

–¡AVANZAD! –ordenó.

Y vio cómo una nueva oleada de hombres, gritos en sus gargantas, se les venía encima.

Casi inmediatamente arrojaron bombas de mano en su dirección y Victoria hizo caso a su miedo cuando le avisó de que debía echarse cuerpo a tierra.


Julián, la nota en la mano, le dijo a Pacino que la había encontrado en uno de los escondites de la 109 del Florida y que, sin saber qué hacer, la había pillado.

No me la encontré en el 39, dijo. Así que siguiendo la lógica de meter el bebercio en sus escondites, pensé que lo mejor era llevármela. Pero ya no sé qué hacer. Se la pasó a Pacino. «Neutralizad a Martina. Es un topo. Matará a Amelia. Lío de la hostia. Soy Irene, btw. Besis», decía. Joder con Irene. Esas cosas se avisaban.

–Si te soy sincero, trato de no pensar mucho en el tema paradojas –confesó Pacino–. El Tiempo hace lo que le sale de los huevos y cada vez la lógica funciona de forma diferente. A veces somos nosotros los que cambiamos la Historia, otras veces la Historia ha sido así por nosotros desde el principio. Es de locos.

–Ya sé que es de locos –gruñó Julián–. ¡Por eso no hago más que darle vueltas a qué habría hecho si al volver al Ministerio después de los atentados supiese esto!

–Por lo pronto, no habríamos ido a Nuevo México –se le ocurrió a Pacino.

–Exacto. Y Amelia seguiría viva –razonó–. Pero es que igual, si dejo la notita y la leo en el futuro, mi pasado, todo va a peor; además no creo que la Amelia del futuro matase a la nuestra. Dejando la nota igual me pongo a provocar una serie de acontecimientos de mierda y hago un Felipe II en toda regla. Ahora al menos tenemos la oportunidad de parar todo esto. Si cambio el pasado, quizás la perdamos.

–El Tiempo es el que es, que decía Salvador –resumió Pacino.

–Xacto. O no. Puta idea.


–¡AGUANTAD! ¡AGUANTAD! –gritó Solomón, en primera línea, no lejos de Victoria.

Junto al hombre sin alma subía otra oleada, aniquilando con la metralla de sus bombas de mano a casi todos los que quedaban disparando por encima del murete. Victoria se alzó tras los estruendos y buscó al de los bombachos. Lo halló avanzando hacia ella. Antes de clavarle en la frente su último cartucho, vio que en su cuerpo saltaban trozos de su oscura camisa provocados por más disparos, sin que le detuvieran.

¡Cómo era posible!

¡Qué era aquel monstruo!

Sin más cartuchos, Victoria buscó entre los muertos y encontró. Cargó el cerrojo, mas al levantar fusil el jefe de centuria ya estaba sobre ella, agarrándola primero del cuello y levantándola en vilo después.

Se acabó, pensó Victoria.

A los resplandores de los disparos y nuevas explosiones, pudo verlos entonces. Era verdad. Aquellos ojos oscuros la miraban, a falta de palabra mejor, sin alma. No había piedad, ni odio. Sólo un frío cálculo que se tradujo en que su mano aflojose lo suficiente como para permitirle hablar.

–¿Dónde está Alonso de Entrerríos? –preguntó.

Victoria se revolvió, intentó patearle y darle con la culata de su Mauser, y como respuesta por la impertinencia apretole más el cuello para hacerla desfallecer. Soltó el fusil, sin fuerzas, y vio entonces Victoria por el rabillo del ojo cómo varios milicianos se acercaban al ser acribillándole por el lado. Mas, de nuevo, aguantó como si las balas nada fueran con él. Mecánico y desapasionado, desenfundó su arma corta y les paró en seco uno tras otro.

Uno de los hombres, cuando lo vio caer cerca, era el Alemán.

–¿Dónde está Alonso de Entrerríos? –insistió.

Soltola del cuello y tirola de rodillas. Sintió Victoria entonces su pelo agarrado por detrás, descubriéndole el cuello. Ajeno a la batalla desarrollándose aún alrededor, el hombre sin alma la encañonó debajo de la barbilla. Volvió a preguntar.

–No sé dónde está. Y si lo supiera –pudo decir con ronca voz–... ¡No os lo diría!

Un murmullo entonces, detrás, de sangre en la boca. Si lo oyó el jefe de centuria no pareció darle importancia mas Victoria notó, en la mano derecha, cómo el Alemán le ponía, las había visto mas nunca le habían dado una, el cilindro metálico de lo que debía ser una bomba de mano.

–Victoria de Entrerríos, eres un objetivo secundario –informó el jefe de centuria–. Sin información que extraer de ti, el Ministerio decreta que debes ser eliminada. Tu conducta es ilógica bajo patrones de conducta humana racional. Colabora.

–¡Volved al infierno del que salisteis!

No esperó más. De un tajo con la vizcaína logró abrirle la camisa al tiempo que con la otra mano le metía dentro la granada. Luego se apartó. El Alemán, herido en el pecho, levantó entonces su pistola y le disparó.

Al tercer tiro dio en el explosivo y provocó la detonación.


Alonso no esperó llegar a Valencia y temiendo que de camino les llegase otra emboscada, desertó de los milicianos sin despedirse y antes del amanecer. No había honor en aquello, faltar a su promesa de acompañarles a Valencia, mas si como temía los del otro lado habían encontrado su nombre en las listas, lo mejor para todos sería continuar a solas en otra dirección. Un niño que no podría dormir se le quedó mirando desde dentro del camión. Él, silencio pidió con el dedo en los labios y el pequeño obedeció. A pie tardaría mucho, demasiado. Quizás pudiera robar vehículo. Fuera como fuese debía llegar a aquese lugar, Pina de Ebro, y buscar a Victoria allí. Dejó el Mauser y la pistola del conductor pues no le pareció correcto llevárselos. Le habían devuelto la pistola que Julián habíale regalado, la automática TT-33. Volvió a palparse el pecho en busca de la saboneta, por saberla allí; no pudo evitar preguntarse otra vez si, de no encontrar a Victoria, sería más útil para hallarla atravesar nuevo portal.


El asalto no había cesado aún cuando Victoria, los oídos pitando, abrió los ojos aturdida. Recordó a Solomón y gateó hasta él para taparle la herida del pecho. Él aún tumbado se la apartó, como molestó, y con sangre en la boca y a oscuras señaló a su espalda

¡No podía ser!

Victoria diose la vuelta y vio al otro entre las sombras, lentamente incorporándose. La explosión habíale serrado medio lateral del torso, desprendido un pedazo de brazo, y renqueante parecía haberle afectado también la pierna. Mas se movía y en jirones de sangre, carne y hueso intentaba alzarse. Y sus heridas, comprendió cuando le vio montarse de nuevo el brazo cercenado por el codo como una pieza inoportunamente suelta, parecían sanar.

Sin una idea mejor, si los tiros no valían acero pues, desenfundó la espada a su espalda y buscó, aún estaba de rodillas su enemigo, metérsela por el ojo. Le clavó una cuarta, tras hacer fuerza, y al sacarla esperando ver cómo se desplomaba muerto, el otro cayó, sí, pero para volver lenta y torpemente a levantarse.

¡No podía ser! ¡No podía! ¿Qué era aquel ser?

Cuando fue a buscar otra bomba de mano, comprobó que rehecho el otro se levantaba del todo.

Entonces la vio, una sacudida en las tripas que se le hizo tan real como la desesperación por saber que aquella cosa no se podía matar.

La luz del día llegó desde el otro lado del murete.

Un nuevo portal.

Sin pensarlo Victoria agarró el primer Mauser que le encontró a un muerto y se fue allá: hacia los gritos, los tiros y la muerte de la última oleada del asalto pues allí se encontraba el condenado portal que debía tomar si quería seguir con vida