Capítulo 76.- Causas justas
30 de agosto de 1817
SantaFé de Bogotá
Y otros tiempos y lugares.
«¡Pueblo indolente! ¡Diversa sería vuestra suerte
si conociérais el precio de la Libertad! Vean que aunque mujer y joven,
me sobra valor para sufrir la muerte y mil muertes más.»
Frase atribuida a Policarpa Salavarrieta
El portal desapareció detrás de ellos y el primer pensamiento de Ernesto fue encontrar una buena excusa para cuando alguien les descubriera dentro de aquella casa. Aparecer instantaneamente en Bogotá habiéndose trasladado desde las Provincias del Río de la Plata, daba poco tiempo para encontrar un plan. Para Carabobo, nota mental, sería interesante ir pensando en algo que decirle a Bolívar, porque allí como españoles probablemente no tendrían todas de su parte y luego estaba aquel espinoso tema del mensaje a Caracas que nunca había sido enviado...
–Chispitas –dijo mirando al corsé de Irene–. ¿En qué tiempo estamos? ¿Cuál es la situación política aquí?
Irene se sacó entonces la PDA y la puso entre los dos.
–Ciertamente volátil –respondió la máquina–. Nos encontramos según mis cálculos entre 1815 y 1820. Muchos sucesos diferentes sucedieron en ese periodo, pero aconsejo en todo caso hacerse pasar por peninsulares: la población de SantaFé de Bogotá era mayoritariamente realista.
–Menos mal –suspiró Irene–. Mi acento colombiano no es precisamente bacano.
–Sugiero que salgais de la casa y encontréis alojamiento.
Más fácil decir que de hacer, gruñó Ernesto. La habitación pertenecía a alguien sin muchos recursos o a la servidumbre, quizás, de una gran casa. Una criada, o quizás una doncella. Una pequeña mesa, una cama y un delgado armario con dos faldas y dos blusas, poco más aparte del ventanuco. Abrió lentamente la puerta del cuarto para curiosear y se encontró que en la habitación de al lado dos mujeres cosían una tela blanca.
–Pues para eso vamos a tener que esperar –gruñó–. Esta puerta es la única salida y a menos que se os ocurra algo para convencer a esas dos...
Irene echó un ojo. Convencer no sabía, dijo, pero intentar escuchar qué decían para conseguir información parecía por el momento buena idea.
Victoria saltó a la luz del día y acabó rodando por un callejón estrecho y empedrado que le dejó rodillas y manos doloridas; tras ella, antes de cerrarse el portal, vio que el monstruo no la había alcanzado, pero que, pardiez, la había seguido un soldado falangista. Los segundos que ella empleó en tomar aliento, él los usó para mirar la calle, sin comprender, y al cabo apuntarla con su fusil y abrir fuego.
Clac, sonó el cerrojo vacío.
Victoria no esperó a que desatascara su arma.
Espada y vizcaína en mano se abalanzó sobre él para darle muerte.
–No es suficiente para emitir un jucio –murmuró Chispitas.
Irene había dejado la PDA bajo el rayo de sol del venanuco con objeto de cargarla, mientras Ernesto y ella escuchaban la conversación del otro lado. Habían sacado pocas cosas. Movimientos de soldados, el nombre de un tal Juan de Sámano. A ese hacía poco al parecer le habían hecho virrey. La conversación era larga y llena de pausas y habilmente la mujer más joven encarrilaba a la otra para que revelera chismes, unos intrascendentes otros no tanto, de los cuales entre risas iba tirando para tener más detalles de manera distraida y casual. Era hábil; mucho, juzgó Irene. Ernesto, cerca de Chispitas, no daba su brazo a torcer.
–Hace poco que hicieron virrey a ese Sámano. Eso ajusta el año al menos, ¿no?
–Sí –concedió la máquina–, siempre que estemos en el mismo año. 1817. ¡Pero no sabemos nada más! ¡Podemos estar a principios de 1818, por ejemplo!
–Bueno –resopló Ernesto–... Además de ese virrey... ¿Qué más figuras históricas puedes encontrar en Bogotá entre 1817 y 1818?
Chispitas empezó a pensar a toda velocidad e Irene la vio, en su imagen de Amelia Folch, pensar como ella hacía. Miradas al suelo, ojos huidizos, labios apretados.
Docenas, contestó la máquina por fin.
–Lo siento, pero necesito más criterios de búsqueda...
–Prueba con espías –intentó Irene–. Mujeres espía– concretó.
Chispitas se la quedó mirando, sorprendida, al igual que Ernesto.
–Sin duda Policarpa Salavarrieta –dijo entonces sin dudar–. Es la figura más relevante, sin ser la única. Bando patriota.
La puerta se abrió, de improviso, y una joven de unos veinte años les miró desde la puerta entre sorprendida y asustada.
–¿Qué hacen ustedes aquí? ¿Cómo entraron?
El muchacho aguantó bien los pies y desvió sus estoques con el fusil, mas recibió de todas varios cortes en los brazos; al retroceder acorralado tropezó. Victoria le clavó la espada en el pecho y cuando estaba a punto de gritar por ayuda pudo de una patada quitarle del todo el fusil; derribado en el suelo acertó a degollarle, sin atraverse siquiera a mirar, a pesar del manoteo frenético y el sonido de su respiración ahogada por la sangre. Trató de hacer corte profundo y limpio, que no doliera, mas se movía demasiado el otro y separó la hoja con un aullido ahogado y lleno de lágrimas. Victoria volvió a clavarle antes de que el grito del todo saliera, «detente, detente, detente», hasta que le sintió muerto.
Respiró jadeando por el esfuerzo, las manos llenas de sangre, y con los ojos de lágrimas pudo pensar con claridad suficiente para levantar la vista. El callejón en el que estaban era de altas viviendas, mas las ventanas estaban cerradas y parecía desierto; el charco de sangre de aquel pobre infeliz llamaría la atención, pensó, así que lo arrastró hasta una esquina más discreta tirando de él por los sobacos. Al hallar un botijo en la puerta de un portal cercano, bebió para aclararse la pólvora y la tierra y las lágrimas de la garganta, para luego limpiarse como pudo la sangre de manos y rostro.
Así había sucedido.
Había matado de nuevo y no con un fusil, sino viendo y sintiendo morir al pobre desgraciado entre sus manos. No ayudó a poder pensar con normalidad durante buen tiempo, que él la había seguido para matarla...
Justa liza había sido, sin duda.
Mas... ¿Por qué estaba llorando?
La joven les miraba con la respiración entrecortada y por su cara Irene supo que iba a ponerse a gritar de un momento a otro. Se quitó la mantilla y pidió silencio con el dedo, para tranquilizarla.
–Sentimos la brusquedad, pero buscamos a Policarpa...
–Prueba con «la Pola» –susurró Chispitas.
–Buscamos a la Pola –intentó Ernesto, serio–. Tenemos información que darle de vital importancia para... Para...
–... Para su causa –continuó Irene–... La cual es... También la nuestra. Porque si no... No la buscaríamos, claro.
Irene recibió la censuradora mirada de Ernesto. ¿En serio?, decían sus ojos. Ella se encogió de hombros. ¿Qué esperaba? Acababan de salir de fiesteo y necesitaba descansar...
–Y... ¿Qué causa es esa? –se extrañó la muchacha, cauta–. Son ustedes... Chapetones... ¿Qué es ese relicario que tienen en la ventana?
Lo de chapetones lo había dicho con cuidadín, cautelosa, así que Irene unió dos y dos y supuso que la moza trabajaba por la independencia. Ernesto, a su lado, pareció pensar lo mismo.
–La patriota, claro. No haber nacido en esta hermosa tierra no nos hace amar la libertad menos.
–Siempre oí que no nació chapetón que no amara a su Rey...
Irene suspiró.
–Eso es porque no conoces a Fernando VII, cielo.
Se les quedó mirando ella, sin perder alarma, pero lentamente cerró la puerta de la habitación.
–Buscan en sitio errado si esperan encontrar a la Pola aquí –dijo entonces–. Denme ese recado y yo se lo haré saber.
–Nos han recomendado hablar con la señorita Salavarrieta. Con nadie más –negó Ernesto.
La mujer los miró de arriba a abajo, para luego dejar dentro del armario el vestido blanco, hermoso y fino, en el que había estado trabajando.
–Saldrán ahora mismo de esta casa por la parte de atrás –dijo firme–, y haré llegar llamado a esa que llaman «Pola», mas aquí no la hallarán. Alójense en la pensión que hay cerca de la catedral. Digan que vinieron del norte, por Barranquilla, y ella les encontrará. Ahora –ordenó tras mirar por la puerta–, márchense.
Irene cogió a Chispitas y aprovechó para orientar su cámara hacia la modista.
Quedaron en la calle, a pleno sol, y no hizo falta que la IA se lo confirmara.
Irene comprendió que aquella muchacha tenía que ser sin duda Policarpa Salavarrieta.
Tras dos callejones empedrados más Victoria descubrió que estaba en el barrio del Raval, mas lejos de las Ramblas.
Era Barcelona.
Había vuelto a Barcelona, ¿cómo era posible que no hubiera reconocido la ciudad antes? Agosto. Las callejuelas paracían vacías, pero poco a poco siguió el bullicio y cuando llegó a lo que debía ser la Plaza de Cataluña descubrió que entre restos de barricadas y tranvías pintados de rojo y negro, la calle se encontraba en festividad, con gran animación.
A Victoria irreal le pareció, como si haber degollado a un hombre minutos antes hubiera sido un mal sueño y no hubiera sucedido nunca. Con las siglas FAI/CNT pintadas de blanco, camiones iban de un lado a otro llenos de hombres con fusiles, quienes parecían más preocupados en llamar la atención que en seguir disciplina alguna; las gentes saludaban con el puño en alto y todo era un sinfreno de idas y venidas de milicianos y paisanos con armas al hombro.
Victoria parpadeó, incapaz de pensar. Incapaz de pensar en otra cosa que en el muchacho que acababa de matar.
–Oh? Ils ne vous ont pas donné le badge (*1) –oyó de repente a su lado con aire reprobatorio.
Victoria parpadeó, sorprendida. Antes de que pudiera decir nada se encontró de repente que una mujer de gruesas gafitas y pelo rizado se había parado frente a ella y comenzaba a examinar el bolsillo abierto que su mono azul tenía en la pechera.
–¿Perdón?
Sonrió la francesa y sacó de uno de sus propios bolsillos un trozo de tela con las letras blancas «CNT», para luego sacarse de la nada aguja e hilo.
–Ne t'inquiète pas, j'en ai un de plus (*2)
Y sin decir nada, la mujer comenzó a coserle el trozo de tela en el pecho.
Victoria sintió entonces una extraña tranquilidad, a pesar de que a su alrededor todo era movimiento y locura. Una cierta paz al encontrarse con aquella mujer en medio de la calle, como si estar en su presencia la contagiase de un optimismo que no podía explicar. Le pinchó dos veces en el pecho derecho y la otra río un poco, disculpándose por la torpeza. El mundo entonces se paró a su alrededor, y Victoria ya no pudo pensar en el hombre que había matado, ni en la sangre, ni en Max Solomón salvándole la vida de un monstruo al que no le paraban espadas o balas y que se volvía a encajar los brazos heridos y que escapaba a la imaginación y que... Sólo podía ver a aquella mujer, flaca, delicada, dedicar sus mejores esfuerzos a que una desconocida no fuese por ahí sin unas siglas en el pecho.
Y...
Lo más extraño de todo...
En medio de aquella locura le pareció lo más normal del mundo.
–Et bien voilá! Terminé! (*3)
Victoria observó con una tranquilidad que le pareció irreal el que probablemente era el peor trabajo de costura que había visto en la vida; aquella pobre mujer, comprendió, no habría zurcido ni un calcetín jamás, porque los puntos estaban demasiado separados y el nudo final del hilo, no aguantaría ni un lavado.
Y sin embargo, si no tenía ni idea de coser... ¿Por qué se había parado a darle aquel emblema?
Observó a la francesa en silencio, su sonrisa inapagable detrás de sus gruesas gafitas, hasta las mangas del mono hasta le iban grandes, y su aspecto de maestra. Entonces vio su arma y aunque de repente le pareció muy obvio, casi todo el mundo que cruzaba la calle la llevaba, lo cierto era que no se había percatado antes: del hombro le colgaba un fusil.
Era una miliciana más, como Chacha.
Se fue a despedir, mas Victoria la agarró de la mano.
–Yo... Gracias, espera... ¿Cómo...? ¿Cómo te llamas?
Torció el gesto la otra, como contando las palabras, tardando en comprender, pero cuando lo hizo se ajustó sus pequeñas y gruesas gafitas y volvió a sonreír.
–Je m'appelle Simone –contestó–. Simone Weil. (*4)
(*1) ¡Oh! ¿No te han dado una insignia?
(*2) No te preocupes, yo tengo una de más.
(*3) ¡Y bien! ¡Ya está! ¡Terminé!
(*4) Me llamo Simone. Simone Weil.
NdA: Lo que más me ha sorprendido de la búsqueda de información sobre Policarpa Salavarrieta es descubrir la serie de dibujos animados colombiana del «profesor O Histórico y la Cevichica», de la cual me tiene enamoradísimo el Bocachicohete.
Lo que más me ha sorprendido de la búsqueda sobre Simone Weil es que haya podido existir alguien así. Había oído hablar del friki de su hermano André, pero reconozco que no estaba preparado para Simone.
Vuelven a aparecer Ernesto e Irene (ya era hora). Con respecto a Victoria, y sus anarquistas aventuras con Simone, es posible que en la narración pierdan un poco de peso con respecto a todo lo que les tiene que suceder a los demás, pero espero no decepcionar a nadie.
