Capítulo 77.- La mujer del César
13 de abril de 1936
Inmediaciones del hotel Florida
Madrid.
Y otros tiempos y lugares.
«Y mientras esto le decían, la llevaban casi en peso por más de veinticinco pasos.
"Bien, dijo la Pola, observaré los consejos de ustedes, en todo,
menos en perdonar a los godos:
no es posible que yo perdone a nuestros implacables opresores:
si una palabra de perdón saliese de mis labios sería dictada por la hipocresía y no por mi corazón.
¿Yo perdonarlos? Al contrario. Los detesto más;
conjuro a cuantos me oyen a mi venganza:
¡venganza compatriotas, y muerte a los tiranos!" »
«Memorias del general José Hilario López »
José Hilario López (1857)
Dicho y hecho, bomba cayendo por aquí, bomba cayendo por allí, Pacino se pasó por la tienda de empeños que había recomendado Ilsa al día siguiente de la visita turística al Old Homestead. Llamar tienda de empeños a un almacén improvisado en una cocina era decir mucho no, lo siguiente; pero tras regatear un poco con el abuelillo que guardaba los trastos –fijo que robados o requisados o ambas cosas dos–, sacó un precio razonable por una Leica III y un par de carretes que acabarían de dar el pego en su nuevo papel: Lando Caricias, graphical reporter.
Como Julián seguía en plan depre y el portal no acababa de aparecer, al día siguiente Pacino se hizo el encontradizo con la pareja de fotógrafos en el Florida y les preguntó que si podía irse con ellos. Cortesía profesional. Colegas reportando el quilombo de la guerra y todo eso. Endré no parecía muy convencido, pero Gerda le sonrió con aire tranquilo y picaruelo. «Sólo si nos paga el coche, señor Caricias», que dijo la muy pájara. Como aprendiz de fotógrafo, relinda, rentar el auto es lo menos que puedo hacer. Encontraron a un repartidor que Pacino se cameló y tras pagarle el rodeo, la dirección que le dio la pareja les llevó a un sitio que parecía como Vallecas.
Madre mía, pensó Pacino.
Cuando todo era campo.
Todo no, la verdad. Paseando y fingiendo que hacía fotos –con el precio de los carretes, fíjese usted en la tontería–, acabaron los tres frente a una casa llena de agujeros de bala.
–No fue una de nuestras primeras fotos en la ciudad –explicó Gerda en un inglés con acento entre francés y alemán–. Pero resultó muy vista... Quizás la conozca.
Pacino observó la fachada hecha polvo y la verdad era que no.
Que no le sonaba de nada.
Tras dejar atrás la plaza de tierra, puestos de mercado y paisanos a sus tareas, Ernesto y ella encontraron habitación en una pensión cerca de lo que en algunos años –supuso Irene porque aún tenía andamios de caña y cuerda–, sería la catedral de Bogotá. Entre el acento y la ropa, el posadero no les hizo muchos ascos aunque les advirtió, previo pago de más plata, que no tenía costumbre de admitir a gente que viajase sin papeles.
Aunque fueran chapetones venidos de Barranquilla, sin ofender.
Irene tiró la mantilla a tomar por culo, se derrumbó en el camastro de la habitación y se aflojó, por Dios ya era hora, el condenado corpiño. Le dio igual hundirse irremediablemente en lo que sería un jergón de paja o lana. Probablemente lleno de chinches. Sólo quería tumbarse un momento. Primero México y el reencuentro con la india Juani, luego el sobeteo con Bolívar, el fusilamiento en Mendoza, los antepasados del Ché... Y aún les quedaba lo que fuera que iba a pasar en el Perú, y por supuesto, Carabobo. No estaba segura de cuántos días habían pasado desde Barcelona, pero dormir lo que se dice dormir, no había dormido más de tres.
–¿Y bien? –preguntó Chispitas, de nuevo al sol de la ventana.
–Descansamos, cielo –contestó Irene.
–El dueño de la pensión ya tiene recado –explicó Ernesto–. Si la Pola quiere contactarnos, vendrá. Si no, sólo tendremos que estar atentos a la saboneta para irnos al Perú.
–Convendría planear qué pensais decirle a Policarpa Salavarrieta.
–Eso depende –suspiró Irene con los ojos cerrados–. ¿Qué es lo que le pasa en su futuro?
Chispitas guardó silencio e Irene supo inmediatamente que no le iba a gustar un pelo lo que estaba a punto de oír.
–A consecuencia de unos documentos intervenidos a hombres de su organización, será apresada y ejecutada por las fuerzas realistas en unos meses –explicó Chispi.
–Es apenas una cría –musitó Irene, casi sin pensar.
–Es la líder de facto de una organización de espionaje, contrabando, logística y reclutamiento de soldados –señaló Chispi–. Algunas fuentes la señalan como activa guerrillera. Es mucho más que una «cría». Sugiero precaución extrema.
–Necesitaremos toda la información que tengas sobre embarque de tropas y movimientos realistas en esta época –pidió Ernesto–. Y la información que encuentres sobre la Pola... Algo me dice que el siguiente portal aparecerá cerca de ella y que tenemos que ganarnos su confianza.
Luego se tiró a su lado en la cama.
Irene cerró los ojos y agradeció poder dormir unas horas.
Pacino barajó decir que sí, que había visto la foto de aquella casa, que extraordinaria, cómo olvidarla desde luego, pero acabó por pensar que mantener mentiras innecesarias era demasiado complicado, así que dijo la verdad que era básicamente que ni puta idea. A la Argentina no llegan todos los medios. A México tampoco, compréndanlo.
El edificio se trataba de una casa baja, sin puertas, ventanas y casi sin tejado; tenía agujeros de metralla y balazos y a falta de un nombre mejor, a Pacino se le ocurrió Villaruina. Las rejas de forja de las ventanas, peleonas, seguían medio en su sitio entre tanto destrozo y daba la impresión de que nunca hubiese estado habitada por nadie.
Endré empezó a explicar la foto con su acento del Este. «Los niños se sentaron ahí». Hablaba mirándolo todo, como a la caza de un encuadre, una de sus cámaras siempre en las manos. Colgada del hombro llevaba otra más grande y negra. De cine, le habían dicho. Una Eyemo. Una Eyemo, claro. Todo el mundo conocía la marca. Eyemo. Espléndido. «La madre se apoyó en el umbral», siguió.
Luego se interrumpió y se quedó mirándole la cámara, en plan burlón.
Pacino mostró su Leica. Pequeñita, compacta. Casi la máquina de un turista, como señaló Endré. Pacino admitió el apunte fingiendo ofenderse un poco. Ataque de cuernos de Endré. Qué le vamos a hacer, viste.
–No seas malo, Endré –suspiró Gerda–. Tú empezaste con una peor.
Gruñó el otro, como respuesta, y les dio la espalda mientras buscaba interesantísimas fotos entre los cascotes de un cráter.
–No le haga caso, señor Caricias –sonrió Gerda–. Está de mal humor.
A Pacino no le costaba entender a Gerda. A diferencia de Endré, su inglés resultaba suave y claro.
–¿Y eso?
–Las buenas fotos cuentan cosas –explicó ella– y aquí no quedan cosas nuevas por contar. Todo es lo mismo. Bombardeos, destrucción, civiles muertos... A nadie le importa. Todos miran a otro lado. Nos iremos en unos días fuera de Madrid, en busca de cosas nuevas; después de lo de Guadalajara todo el mundo espera más triunfos del bando leal. Se esperan esas fotos. A Endré no le gusta que le digan lo que tiene que fotografiar, por eso irse no le hace feliz –dijo acercándose un poco más, teatral–. Entre nosotros, a veces pienso que se cree un artista.
Pacino asintió, cómplice.
–No veo por qué no debería. Algo de arte la fotografía tiene... Por ejemplo –se le ocurrió–... ¿Estaban los niños y la mujer en esa casa antes de que ustedes llegaran? Eso tiene su arte.
–A veces las fotos –sonrió Gerta–, hay que buscarlas... Mucho.
Pacino sopesó el tono. Le pagamos a la maruja por ponerse y a los niños nos los camelamos con regaliz, decía sin decir. A ver quién se va a dejar fotografiar riendo entre escombros.
Los de su casa seguro que no.
–Ese es un buen consejo... ¿Tiene usted algún otro para un fotógrafo aprendiz, Gerda?
Ella se le quedó mirando, extrañada primero, aceptando que decía la verdad después. Como Gellhorn, observó Pacino, le miraba con curiosidad, casi con interés y al lado de Endré –o de Hemingway–, supuso que no estaría muy acostumbrada a que alguien le pidiera consejos a ella.
–Una cámara más profesional ayudaría –observó, práctica–. Y búsquese un buen mecenas que le pague gastos. Los carretes no son baratos y las fotos buenas son una de cada cien.
–¿Y cómo hago eso?
–Hágase pasar por fotógrafo americano. Del norte, quiero decir –aclaró–. Un nombre falso que se le pegue al público o a un editor y sacará más dinero por foto publicada que siendo usted mismo, no se ofenda.
–No me ofendo. ¿Alguna sugerencia?
Gerda sonrió, de nuevo, y le echó una foto a traición. Clic, hizo su cámara.
–No escoja Robert Capa –suspiró con una mueca divertida–. Ese es nuestro.
Irene no supo cuánto tiempo pasó exactamente, quizás un par de horas, pero unos golpes en la puerta los despertaron. Al abrirla lo único que vieron fue una nota que alguien había pasado por debajo.
La Pola les esperaba en un lugar llamado «Convento de los Agustinos».
Tras encontrar el lugar, muchas preguntas y mucha amabilidad, dos monjes les recibieron en la puerta del convento y, silenciosos, los llevaron hasta una pequeña capilla subterránea. Allí había tres personas. Otros dos hombres, sentados en el banco de atrás y un par de bancos por delante una mujer que cubría su cabeza con un paño oscuro. No había más luz que la de las velas y los susurros y los murmullos parecían hacer ecos a pesar de ser dichos a media voz.
Irene observó cómo los hombres fijaban su atención en Ernesto. Matones, por supuesto. Habría que hacer caso a Chispitas.
–¿Cómo entraron a la habitación? –gruñó la muchacha sin darse la vuelta siquiera.
Era la costurera. Irene se sentó a su lado, lentamente.
–Difícil decir sin descubrir a quien nos introdujo –respondió.
–No es usted la única con recursos, señorita Salavarrieta –añadió Ernesto, desde cierta distancia, atento a los matones–. Pero eso no nos convierte en enemigos. Muy al contrario.
–Olviden ese nombre –ordenó la muchacha–. No existe en esta ciudad. Ahora díganme lo que vinieron a decir y váyanse. Si la información es de fiar, yo les encontraré. No es esta forma en la que acostumbro a trabajar.
Irene asintió y desgranó poco a poco lo que habían obtenido de Chispitas. Primero varios movimientos de tropas que la Pola ya conocería, para demostrar que podían dar información veraz. Luego, el asunto de Tovar. Aquello la IA lo había desaconsejado porque podía, no fuera ser, cambiar la Historia; pero dadas las distancias y la cercanía de la fecha, a su novio lo capturaban en 3 días lejos de Bogotá, poco podría hacer la muchacha.
–Hay un traidor que sabe del regimiento de Alejo Savaraín –desveló Irene–. Se llama Tovar. Debe avisar a Alejo y a sus hombres para que eviten ser apresados.
Salaviarrieta cambió el gesto y la miró, primero fiera, luego alarmada.
–Eso es información muy seria.
–Pues es suya para hacer lo que quiera –señaló Ernesto.
Asintió la otra y con un gesto de cabeza despidió a uno de sus hombres, el cual se fue escaleras arriba a la carrera. Entonces se levantó y el otro fue hacia ella, tomándola del brazo. Cambio la alarma a un gesto neutro e Irene volvió a ver sus ojos oscuros. Porque estoy de misión, pensó.
Si no, te iba a hablar yo un ratín de las sacerdotisas de cierta isla griega, morena.
–Lamento las precauciones –se disculpó la Pola–. En estos días fiar en desconocidos no es seguro. No podré hablarles en público a menos que usted –miró a Irene–, me encargue trabajo de costura. Ya saben lo que dicen de la mujer del César.
Ernesto sonrió.
–La mujer del César no sólo tiene que ser honesta. Debe además parecerlo.
–Exacto –admitió la Pola.
–Pero usted no es únicamente costurera. De seguir esa metáfora –sonrió Irene–, usted no es precisamente honesta.
La miró la morena, sin enfado, dibujando una pícara sonrisa.
–Razón de más para parecerlo.
Luego se despidieron.
Podrían darle recado a través de los monjes para ese trabajo de costura.
Endré no aguantó mucho más seguir de niñera.
Tras un breve paseo por el barrio, se cruzó en Vallecas con unos milicianos montados en un camión y tras camelárselos un poquito, le dio la mano a Gerda y le sonrió a Pacino en plan cabroncete desde lo alto. Lo siento, señor Caricias. Sitio para dos fotógrafos sólo. Ella le dirigió una sonrisa burlona, antes de despedirse. «La segunda lección, señor Caricias», dijo, «es que todos nos hacemos la competencia un poco. Encontrar fotos que vender no es fácil.»
Y luego, hasta la vista señor Caricias.
Qué fuerte. Resulta que la parejita era Robert Capa. El nombre le sonaba a Pacino, aunque no podía recordar una sólo foto suya. ¿Era el tipo que había fotografiado al Ché? No, no podía ser... Echó de menos a Amelia sin darse cuenta al recordar que ella lo hubiera sabido. Lo sabía todo.
O lo había sabido.
La apartó de su recuerdo, dolía de cojones, y se puso a caminar porque pasaba de gastarse más pasta. No tenía ganas de encontrarse con Julián en el hostal, de nuevo, en plan taciturno, así que sopesó plantarse en el Florida y pasar un par de noches allí. El plan era decir «hola» en el hostal por la noche para dar señales de vida, no fuera a ser que la saboneta se activara... Pero oye, mira... No tenía humor para encontrarse con Don Gruñón. Pacino no había pasado mucho tiempo con Julián, e incluso sin conocerlo demasiado no estaba seguro de que alguien pudiera ser tan agonías... ¿Qué cojones le había pasado entre haberse escapado del futuro con Lola y haberle encontrado la noche del fusilamiento de Alonso? Tenía una carta de García-Lorca y decía haberse encontrado con él... Algún día le pillaría de ánimo para que se lo contara. O mejor no.
Tenía pinta de ser mazo de deprimente.
Iba tan despistado que no se dio cuenta de que un Hispano-Suiza reconvertido en patrullera miliciana se paró frente a él.
–Los papeles –ordenó uno de los hombres armados.
Pacino se cagó en la puta.
NdA: Rectifico. Andoni Ferreño haciendo de villano en la telenovela biográfica de la Pola de RCN me resulta posiblemente tan o más enigmático que las aventuras del «Profesor O»... 200 episodios... Ain't nobody got time for that!...
Respecto a Endré y a Gerda, hay un libro llamado "Esperando a Robert Capa" que me quedo con las ganas de leer, porque voy con prisa.
