Capítulo 78.- Buscando a los que no están

Inmediaciones del hotel Florida

15 de abril de 1936

Y otros tiempos y lugares.

«Cuando Pérez Quesada se vio ante la imperativa obligación de amparar bajo la bandera argentina

cientos de españoles, bien pronto comprendió que el palacete del Paseo de la Castellana le sería escaso para alojar a los "huéspedes". (…)

En agosto [de 1936] no pasaban de veinte los asilados,

pero en enero de 1937 superaban los cuatrocientos»

«Diplomáticos y marinos argentinos durante la crisis española: los asilos de la Guerra Civil.»

Beatriz Figallo


¡Dos putos días! ¿Dónde cojones estaba?

Julián se plantó delante del Florida y se pasó la mano por su ahora desnudito mentón. Echaba de menos la barba, pero la idea era que no le reconocieran, así que había tocado afeitarse; una cosa era pasar unas cajas para evitar paradojas temporales y otra muy diferente andar buscando al puto Lando Caricias, preguntando aquí y allí y con el mismo pinche nombre, nomás, don Juan Cholo, ya nos veremos en 1939. Siempre podía decir que Cholo era apellido común en México, pero igual no colaba. Se pasó las manos por el pelo rapado. Ya sólo le quedaban las cejas. Puto Ministerio de los...

–¡Qué onda! Buenos días. Busco a mi compadre, el señor Caricias. ¿Podría indicarme su habitación?

La cara de mal café del de recepción se le pasó cuando Julián deslizó el oportuno billete con lo que, mirando a otro lado, le dejó echar un vistazo al libro de entrada. Ni Lando, ni Pacino, ni Jesús... En los últimos dos días, a decir verdad, no se había registrado nadie nuevo. Julián gruñó una despedida y salió cagando leches, porque el jefe del recepcionista se acercaba y al pájaro sí le hacía en la plantilla del año 39. Con la cabeza baja, a punto de salir, se encontró de frente con Ernestito y la Gellhorn. Él tardó en reconocerle. Le dijo que echaba de menos su barba. Julián les preguntó por su compadre Lando y Hemingway se encogió de hombros y se olvidó de todo para ir a saludar a un tipo dentro. Al pasar a su lado dejó olorcillo a whisky; puto crack, pensó Julián, con una mezcla de admiración y asco.

No eran ni las diez de la mañana.

–Hablé con Gerda Taro ayer, antes de que se fueran –comentó la Gellhorn, antes de seguir a Hemingway–. Me dijo que les había acompañado a un sitio llamado... Valle o algo así.

–¿Valle...? ¿Vallecas?

–Puede ser.

–¿Está la señora Taro por ahí? Me gustaría preguntarle.

Se habían ido los dos fuera de Madrid, le dijo. Luego acudió a la llamada de Ernestito, porque se impacientaba el hombre.

Julián se quedó a la puerta del hotel, sin saber qué hacer. Al menos la saboneta no se había puesto a temblar; eso significaba que tardaría al menos un par de días más, pero si el bicho saltaba se iba a tener que ir sí o sí sin Pacino. ¿Qué coño le había pasado? ¿Le había cazado el otro Ministerio o se le había pirado la pinza como al pobre Alonso?


Alonso despertó en mitad del campo, en algún lugar de lo que supuso sería Aragón. Hacía frío y la manta que había usado para dormir al pie de un olivo habíase escarchado. Llevaba varios días caminando, sin hallar más que campos y algún pueblo demasiado pobre como para tener vehículos más allá de burros; esos no encontró utilidad en robarlos. Si acaso entraba a los pueblos lo hacía por la noche, llenaba su cantimplora en el pilón o la fuente tras romper el hielo, y continuaba su marcha sin mirar atrás. Tuvo buen tiempo en pensar qué diría de encontrarse con algún control, o autoridad de la República. Sin fusil y con el mono de miliciano lo tomarían como desertor, sin duda, así que había optado por hacerse con la ropa de domingo de un paisano y pasar por labriego en viaje para comprar animales. Dinero aún tenía del dado por Julián.

Por primera vez se preguntó, al levantarse aquella mañana, qué haría de encontrar a Victoria.

Encontrarla había llenado de tanta preocupación su mente, que no había pensado aún qué hacer con ella si acaso la hallaba. La metería en un barco para América sin duda, se le ocurrió al poco. Y él así... Y él así podría... Podría continuar con su misión.

Era lo que debía hacer... ¿Verdad?

Volvería a la misión, pero antes debía poner a salvo a Victoria.


Victoria observó cómo sus compañeros milicianos se llevaron al tal Manuel mientras la calle, a su alrededor, se llenaba de curiosos. La francesa, Simone, a ella se acercó y analizola con los ojos como si de repente la joven a la que hacía un rato había cosido una insignia de la CNT fuese algo mucho más interesante. Dijo algo en francés que Victoria no entendió. Luego suspiró. Buscó las palabras sin encontrarlas para, al final, rascarse la cabeza y ajustarse el fusil al hombro, porque se le caía.

Parce que? –preguntó al fin.

Por qué, entendió Victoria. ¿Por qué acababa de romperle la muñeca a un hombre? Acababa de conocer a Simone, apenas un momento, y tras coserle la insignia había seguido su camino con aire desgarbado y curioso. Le doblaría la edad, pero a fe cierta que le parecía que miraba todo como una niña. No se había separado ni cien pasos, que Victoria había tenido que volver a ella al verla de repente rodeada de un grupo de milicianos con aspecto de haber salido del frente o de prisión. Dos iban bebidos y el tal Manuel, el de la muñeca rota, con su mono abierto hasta el ombligo y sin ser amenazante pero muy insistente, trataba de convencer a Simone de que les acompañara.

Tal vez aún la sangre le hervía por el otro al que acababa de dar muerte.

Tal vez la poca calma que habíale dado la francesa en mitad de aquella Barcelona desconocida se había deshecho de repente. Rápida respuesta hubiese sido decir que una mano en el hombro del tal Manuel llevaba a confianzas que no estaba dispuesta a permitir, mas eso no las pondría a salvo de las miradas a su alrededor por lo que, sin contestar aún, tomó de la mano a Simone y se la llevó a caminar por una calle llamada Paseo de Gracia.

–Ellos... Hombres –trató de explicar Victoria–... Tú, mujer... Ellos muchos, tú una. Peligro.

Ante la última palabra Simone abrió la boca mucho y asintió... Y luego negó.

Mais... Ils... Amis...

Amigos, había dicho Simone. Victoria se encogió de hombros.

–Camaradas. Amigos, no lo sé.

Asintió la francesa comprendiendo, sus ojillos vivos bailando tras las gruesas gafitas redondas. Siguieron intercambiando palabras mientras caminaban, con peor y mejor suerte. Victoria entendió que Simone era maestra y que venía a ayudar en la guerra. Se había alistado en la columna Dugguti. Gran impresión le causó, pues si bien se había encontrado a Chacha en Madrid, y extranjeros había visto luchando con los milicianos como Max Solomón, Simone era la primera mujer de fuera de la que tenía noticia.

Recorrida la anchísima avenida de Gracia llegaron entonces a la construcción más extraña que Victoria hubiese visto jamás. Parecía una casa, mas la fachada redondeada en imposibles formas recordaba al mar y los balcones de forja se le antojaron grandes hojas. Se encontraba en la esquina de uno de los bloques del paseo y, en verdad, no supo qué le había pasado por la cabeza a los albañiles para hacerla así, mas hermoso pensamiento le pareció que habían tenido. Simone empezó a hablar entonces, admirada, moviendo mucho las manos, en un torrente de palabras que Victoria no pudo seguir; sólo comprendió que, probablemente como ella, sentía admiración. De repente se detuvo, con una sonrisa, y tomola de las manos.

Parce que tu ici? –preguntó entonces Simone–. Tu n'es pas catalana, non? (*1)

–Catalana, no. Busco a mi padre –explicó Victoria.

Es-ce aussi un soldat? (*2)

–¿Soldado? Sí, lo es.

Asintió firmemente Simone Weil y cuando Victoria creyó que iba a despedirse y desearle suerte, se la quedó mirando, una inesperada fortaleza tras las lentes.

Viens avec moi! (*3)

–¿Qué?

Tu grand guerrier! –dijo entonces, más que teatral cómica, con los brazos doblados por los codos a la altura de sus desmelenados rizos, como un forzudo de circo en una pose que arrancó de Victoria una breve risa–. Tu aides la pauvre Simone! Camaradas, toi et moi. Tu trouveras ton père et j'aiderai la cause des opprimés. Les femmes contre le fascisme! (*4)

Victoria se la quedó mirando unos momentos y al tiempo que comprendía que aquella mujer estaba probablemente loca de atar, no pudo sino aceptar el ofrecimiento. Al hacerlo, Simone la agarró por los hombros y le plantó bruscamente dos besos en las mejillas, para luego abrazarla.

Al hacerlo, se quedó mirando la manta al hombro donde Victoria escondía la espada.

Ça, allors! C'est une vraie épée, ça? (*5)


(*1).- ¿Por qué tú aquí? No eres catalana, ¿verdad?

(*2).- ¿Es también un soldado?

(*4).- ¡Ven conmigo!

(*4).- ¡Tú gran guerrera! Tú ayudas a la pobre Simone. «Camaradas», tú y yo. Encontrarás a tu padre y yo ayudaré a la causa de los oprimidos. ¡Las mujeres contra el fascismo!

(*5).- ¡Vaya! ¿Es eso una espada de verdad?


–Este... Le repito que no puedo ayudarle...

El güey se apellidaba Pepes y a Julián, nomás lo conoció y ya le estaba cargando. Lo único que se le había ocurrido antes de ponerse a visitar checas era pedir que le hicieran el paro en la embajada argentina y tras platicar en las oficinas de la calle Monte Esquinza, había conseguido que el tal Pepes le recibiera en el edificio del Paseo de la Castellana.

Allí el patio estaba petado de peña. Refugiados. Huídos. Huéspedes, los llamaban.

Le habían contado que hacía un par de meses habían sacado cantidad de ellos de allí, vía diplomática, pero al parecer gente nueva seguía buscando refugio. Julián había tenido la esperanza de que si alguna patrulla de milicianos le había pillado haciendo cosas sospechosísimas, Pacino hubiese tenido la buena cabeza de hacer valer sus papeles de extranjero. De haberlo hecho, la idea era que alguien hubiese informado a la embajada, aunque a decir verdad, aceptó Julián, para eso habrían tenido que seguir algún tipo de procedimiento legal.

Su pinche madre. Y estaban en la reputa guerra. Ya me cayó el chahuistle. O al menos al largo, nomás.

–¡Me vale madre que no le importe! –gritó Julián–. Le repito que es ciudadano argentino, carajo. ¡Algo podrán hacer!

El tipo bajó los papeles que tenía delante, con una mueca de querer aguantar poca vela.

–¡Pues a mi me pinta que usted se vaya, caballero! –ladró.

Julián iba a darle réplica nomás en forma de colorido insulto cuando un güey con pinta de dandy, bigotito fino sobre el labio superior y todo, apareció frente a la mesa y se llevó al señor Pepes a un aparte. Tras unas palabras que Julián no oyó, a quien se llevó a un aparte fue a él.

–Soy Edgardo Pérez Quesada –se presentó. Su acento argentino era suave y tranquilo, pero Julián vio en los cercos de los ojos que aquel tipo, como el señor Pepes o más, estaba hasta arriba de falta de sueño–. Me dice el señor Pepes que su amigo, Lando Caricias, no se registró en la embajada cuando llegaron.

–Así es. Pero algo podrán hacer, ¿verdad? ¡Lleva desaparecido dos días! ¡No sé a quién acudir!

El dandy asintió y Julián no supo si por darle la razón o porque realmente Pacino, con el lío que tenían montado, les importaba algo. ¿Qué era un pibe más en una guerra?

–Veo que es usted de fierro. Un buen amigo –empezó Pérez Quesada–. Pero la situación es compleja. Antes revisábamos las listas de las cárcerles para encontrar compatriotas. Ya no es tan simple.

–¿Por qué?

–Ya no hay tantas listas que revisar –explicó Pérez Quesada–. Al venir de fuera no lo sabe, pero en esta ciudad hay demasiadas fuerzas. Las locales, los sindicatos, los partidos, la Junta, el gobierno de Valencia... Cada uno por su cuenta. Nadie gobierna y todos mandan, ¿entiende? Si el señor Caricias ha sido detenido... Lo mejor que le puede haber pasado es que le hayan llevado a una cárcel. Podemos buscarle allí y lo haremos. Pero lo más probable...

–Una checa –adivinó Julián.

Asintió el otro grave.

–Cuidado con quién habla y sobretodo cómo, señor Cholo –advirtió Pérez Quesada–. La situación no es tan mala como lo fue hace unos meses, pero el nuevo delegado de prisiones ya no está. Y hombres como ese no quedan muchos en esta ciudad. Usted no estuvo aquí en noviembre del año pasado, señor Cholo. Yo sí. Vi las fosas... Vi –se interrumpió, quizás porque de repente se había dado cuenta de que hablaba con un periodista–... Mire, señor Cholo, si las cosas fuesen bien, no tendría la embajada llena de gente con miedo. Haremos lo posible por su amigo, pero no sé si podremos ayudarle.

Julián se fue sólo después de conseguir la promesa de Pérez Quesada de que contactarían con las prisiones. En la puerta de le embajada, cuando trataba de pensar en su siguiente paso, levantó la cabeza y se encontró de frente con una cara familiar.

Era uno de los amiguetes de Hemingway; el calvo.

Dos Passos, se llamaba.


NdA: Pérez Quesada fue uno de los dos hombres que acompañó a Félix Schlayer en la búsqueda de las fosas de las sacas de Paracuellos. Tan cierto es que sacó de Madrid a muchísima gente (probablemente salvándoles la vida), como que la República le permitió hacerlo. Aún no he encontrado figuras similares en el otro bando y sigo buscando. Espero equivocarme pero sospecho que la Junta de Burgos, o el mando nacional en Salamanca, no permitieron la existencia de figuras así en el territorio bajo su control. Los datos que he podido recopilar hasta ahora apuntan a que fueron mucho más eficaces, disciplinados y sistemáticos en su genocidio.

El delegado de prisiones al que menciona es un viejo conocido del relato de «Futuros»: Melchor Rodríguez García.