Capítulo 79.- Checa (I)

Puerta de anexo a la embajada argentina en el Paseo de la Castellana

Madrid

15 de abril de 1937

«Como hemos visto anteriormente, en la revolución rusa fue la checa el primero y el más fuerte instrumento de terror para diezmar una población a la que se le considera enemiga de las nuevas ideas, del nuevo poder establecido. (…)

Hubo lugares en los cuales la barbaridad y el horror se convirtieron en arte, como la de Vallmajor en Barcelona, gracias a Laurencic. En otras se practicaron todo tipo de atrocidades y torturas. Y otras sólo sirvieron de centro de espera para, posteriormente, ser trasladados a cualquier descampado y ser asesinados.»

«Las checas del terror: la desmemoria histórica al descubierto»

César Alcalá


Dos Passos hablaba poquito castellano. Entre eso, la actitud apocada y el físico, Julián no pudo evitar pensar que aquel tipo era como el lado oscuro de Hemingway, o el Jedi, vaya usted a saber: su forma de hablar, moverse, mirar... Calvo y con la cara redonda, el pecho caído a pesar de la jaspia que pasaban todos, aquel güey parecía cansado con el pinche mundo. «Supuse que vendría aquí, a la embajada de su amigo», le dijo. «Hablé con Martha y... Bueno... Es lo que yo habría hecho». Venga. Le invito a una copa. Julián rechazó la oferta de irse al sótano del Florida (aún tienen whisky por allí, intentó tentar el otro sin éxito), así que acabaron en un cafetín donde les pusieron café de recuelo, sentados los dos frente a una mesa llena de polvo de ladrillo.

El café... En fin... Delicioso laxante con sabor a agua sucia.

–Si tenía papeles en regla –afirmó Dos Passos–... Entonces es que a su amigo lo han denunciado.

–Pues él no hizo nada.

–¿Importa?

Dos Passos dio otro sorbo al café, para dejarlo de nuevo en la mesa con cara de asco. Órale. Ni a un gringo el café aquel le convencía; tenía que haber aceptado el whisky, aceptó Juilán. A su alrededor rodeado de cristales rotos y escombros, el dueño –un güey tan flaco como su escoba–, trataba de imponer un orden imposible ante sillas retorcidas y restos de cafetería hechos trizas, en algún momento, por una explosión. Julián se frotó los ojos y trató de pensar. Delación. Guay. ¿Pero quién? Aceptó que podrían haber sido los del otro Ministerio; pero de saber que estaban allí Pacino y él, era más probable que hubiesen optado por plantarles un tiro en la sien, al menos después de dejar fritos a los tipos con las capas en Paracuellos hacía un portal. También podría ser nomás, que las órdenes de Amelia siguieran vigentes en aquel momento para los agentes que hubiese por allí. Quién sabía. El Tiempo era bien jodedor a veces. Eso ponía probabilidades inesperadas sobre el polvo de ladrillo; quizás le daba al pobre Pacino un poco más de tiempo, y a él, quién lo hubiera imaginado, le llevaba a repinche trampa. A lo mejor, hasta el pelón con pinta no haber roto un plato que tenía delante estaba a sueldo del pinche Ministerio futuro.

–¿Qué se le perdió a usted en esto? –suspiró Julián–. ¿Nomás quiere ayudar a mi carnal? ¿Por qué?

El otro se lo quedó mirando, grave.

–Yo tenía también un amigo que desapareció. Se llamaba José Robles –dijo, tras un silencio–. Hicieron lo mismo con él.

–¿Lo detuvieron? ¿Pues qué hizo?

–Nada que yo sepa, como su amigo.

Julián se le quedó mirando tratando de descubrir si mentía o no. No se lo pareció. Pinche gringo blandengue. Se bajaron a su cuate y estaba bien llenito de amargo rencor.

–Cuando van a por ti –continuó Dos Passos, eligiendo inglés facilito–, siempre encuentran un buen motivo. Son buenos en eso.

–¿Quiénes?

–Los soviéticos. ¿Quiénes van a ser? En el caso de José, su hermano Ramón está en el otro bando. Es la única explicación que pude encontrar. Con su amigo... Usted sabrá.

Julián se le quedó mirando. El asco con el mundo del yanki, como que estaba en máximos. Los ojos le hacían aguas y pensó que o era un buen actor o un poquito sentimental. Hemingway hubiese apretado los dientes y hubiese soltado un one-liner; Dos Passos estaba a punto de llorar porque Dos Passos, en fin: a diferencia de Hemingway no trataba de disimular con un «aquí estoy yo, perras» que era un pinche ser humano.

–¿Cree usted que ese Robles amigo suyo pasaba información? ¿Que era un espía?

–¡Por supuesto que no! Ya le dije que esos bastardos siempre encuentran un motivo –negó Dos Passos. Parecía enfadado con la insinuación. Más que eso, furioso–. José trabajaba de intérprete para los rusos y se enteró de algo. De algo que los comunistas quieren mantener en secreto. Y lo mataron por ello, estoy convencido.

«¡Ese bastardo de Hem!», continuó como si Julián no estuviera delante, en plan rant indignado. Se lo dije, ¿sabe? Le dije lo de José. Le pedí ayuda, porque ese cabrón tiene contactos en el Gaylord que podrían haber ayudado. ¡Al menos saber lo que pasó! Cuando volvió del Gaylord, ¿sabe qué me dijo? Me dijo que qué era una baja más... Que esto era una guerra. Que la causa era lo primero.

–¡Que le jodan! –murmuró Dos Passos, alargando la «k» del f*ck–. ¡Arrogante cretino! ¡Era mi amigo!

Julián observó la torcida cara del tranquilo Dos Passos, destilando bilis de repente todo lo tranquilo y lo bonachón perdido, como si le hubiesen mentado a la viejita y sin saber si lo de «amigo» lo decía por el desdichado Robles o por el bueno para nada de Ernestito. Lo del Gaylord no había acabado de entenderlo, ¿era un insulto o qué onda?, pero decidió acabar con la agonía y se tragó lo que le quedaba de aguachirle de un trago. Escalofrío. Joder. Pinche guerra.

–Eso que dijo del Gaylord... ¿Qué carajo es?


–Quiero que sepas que hemos llamado a Valencia, corazón.

–Valencia –sonrió Pacino–. Bella ciudad. Ex-tra-or-dinaria.

El miliciano que entonces le rompió la camisa de un tirón no pareció molesto con la contestación. Muy al contrario, metódico, de seguir A-B-C, aseguró las cuerdas y luego le acabó de quitar los jirones de ropa para dejarle el pecho desnudo. Estar colgado de las muñecas de un gancho como que daba pocas ganas de ponerse gallo, pero Pacino encontraba que no le quedaba otra. Si aquellos animales descubrían que no estaban frente a Lando Caricias, lo siguiente sería probablemente sacarle a dar una vuelta. Al menos no parecían del Ministerio futuro. Ninguna pregunta acerca de la patrulla. Ninguna pregunta, a decir verdad. Un día encerrado con media docena de pobres diablos en una habitación de tres por tres para ablandarle y luego, manos a la obra.

Tortura. Esa gran desconocida.

Un hombre lo preparaba mientras otro le daba chamuyo. Dos más en la puerta y, del otro lado los había visto al entrar, otros dos. Escapar sin ayuda, como que no.

El cuarto apestaba a sudor y meados. Bien cerradito, en un sótano. Sin ventanas. El viaje en el Hispano-Suiza con una bolsa en la cabeza... Podía estar en cualquier lugar; incluso fuera de Madrid.

–No te reirás tanto cuando sepas quién va a venir de Valencia, Caricias.

–Mirá que sos agreta, hombre –sonrió Pacino–. ¿Cómo lo iba a saber?

Le habían detenido en Vallecas. Y luego Julián era el de las paradojas, pero ché. Detenido. En Vallecas. La suerte era la suerte y a él le había tocado la mala. Los papeles del señor Caricias no habían hecho más que complicar las cosas; uno de los milicianos, además, le miraba con los ojos inyectados en sangre. Con ese hablaba. Y ese, de encima de la mesa de instrumentos, había agarrado una plancha provista de un cable que a base de empalmes con cinta era larguito, larguito.

La cosa pintaba mal.

–Este... Me está picando el bagre, compañero –dijo con media sonrisa, para cambiar de tema.

–¿Qué?

–Gana. Hambre –explicó Pacino–. Llevo aquí dos días y me dieron medio trozo de pan duro, ¿viste?

Enchufó la plancha el otro, con media sonrisa desdentada.

–Dentro de poco, no te va a importar mucho.

Pacino suspiró mientras el otro escupía en el metal, comprobando temperatura.

–Tu compinche ya me arruinó la polera –murmuró Pacino–... Casi que plancharla como que...

Sintió el metal ardiendo a la altura de los riñones y una ola de dolor le crepitó por la espalda, mezclándose con el olor a carne quemada. No pudo evitarlo y gritó. Gritó todo el tiempo que le dejó la plancha ardiendo contra la piel y al separarla, volvió el otro rápidamente a ponerse en su vista, burlón, para ver el efecto.

–¡Oh! ¡Señor Caricias! ¿Le ha dolido a usted?

Los de la puerta rieron un poco ante la payasada. Pacino aguantó apretando los dientes, mientras sentía gotas de sudor bajarle por la frente. El dolor. El dolor lo invadía todo...

–Este –pudo farfullar. El otro fingia escucharle, mientras le pasaba un paño con aceite a la plancha, con un inevitable chorillo de humo–... Seamos razonables, caballeros... ¿Qué quieren del pobre Lando? Si me preguntan... Soy pibe de pocos secretos...

El de la plancha se acercó.

–Lo que más me jode –le confió, haciendo danzar la puta plancha cerca de su cara, para que sintiera el calorcito–, es que finjas que no te acuerdas de nada. Del Cinema Europa. De la que liaste... ¿No sabes quién va a venir de Valencia? Va a venir tu viejo amigo Aliques... El Santi. Va a venir porque le hemos dicho que estás tú aquí. Y lo que yo te haga... Lo que yo te haga, Caricias, no va a ser nada comparado con lo que él te tiene preparado.

Pacino sintió entonces otra vez la plancha en la espalda y trató de aguantar sin éxito otro grito. Cuando el dolor le dejó pensar, comprendió que, puta perra suerte, el motivo de todo aquello no había pasado aún para él. La buena noticia es que eso significaba que iba a salir vivo de aquella. Es decir, si al puto Tiempo le apetecía no generar una hijoeputa paradoja.


El Gaylord era un hotel.

El hotel donde los consejeros soviéticos de la Junta de Defensa hacían sus trapis en Madrid.

Por Dios. Cuarenta años de dictadura facha y no había oído un sólo chiste con el nombre. ¿Cómo era posible?

Fuera como fuese, si Hemingway se había pasado por allí sin lograr nada con el tal Robles, Julián supuso que estaba tan solo y sin ayuda como Pacino, así que empezó a buscar por el único sitio lógico: Vallecas. Si Gellhorn no había cambiado nombres, Pacino había tenido que ser detenido allí.

Tras casi una hora preguntando a todo bicho viviente que encontró por la calle, comprendió que tenía que cambiar de táctica: por allí nadie sabía dónde se llevaban a los detenidos así que lo mejor era...

–¡Qué onda! Disculpe caballero –le dijo a un portero que quitaba cascotes delante de una entrada–. Pues buscaba nomás dónde puedo denunciar a un pinche fascista.

El otro se lo quedó mirando, entre sorprendido y alarmado. Le hizo repetir la pregunta, supuso Julián más por el acento que por otra cosa.

–Aquí ya no quedan fascistas, amigo de México –contestó el portero.

–No es para alguien de acá.

Se le quedó mirando extrañado el otro.

–¿Por qué viene entonces aquí?

–Este hombre del que le hablo tiene amigos en otro sitios –aclaró Julián, alargando un billete–. Aquí me imagino que no... ¿Ayuda usted a la causa o no?

Tras aceptar las cien pesetas, el hombre se rascó la cabeza y aclaró que le sonaba un sitio donde los socialistas se reunían. Por la plaza de doña Carlota. Había otro en concordia 6. Le sonaba que de anarquistas.

Julián agradeció el favor y esperó no equivocarse.

La mejor forma de encontrar a Pacino que se le había ocurrido era denunciarle en la checa donde le tuvieran detenido.


NdA: Todos los libros de la guerra civil que me he estado encontrando parecen escritos desde la trinchera de un bando. Algunos tratan de evitar el sesgo y otros directamente, no. El de César Alcalá parece de estos últimos, con perlas como «durante la República y la guerra civil, los gobiernos de la izquierda persiguieron y mataron a todos aquellos que pensaban diferente.» Durante la guerra, puede; pero recordemos que para que haya una guerra civil tiene que haber al menos dos bandos que piensen diferente.

NdA2: No sé si podré subir el domingo el siguiente, pero lo intentaré