Capítulo Cuarto: La Caída de Nathaniel
Misión 1
Santificado sea Tu Nombre
[David, Kaín, Paco y Zephan]
Fleurdelys se recostó en el sillón de su salón. Era una estancia grande y lujosa, con vistas a la Catedral de la Liturgia, la edificación más importante de toda la Iglesia de Abel. Chasqueó la lengua con cierto desprecio, y se masajeó las sienes con los dedos, denotando cansancio. Pese a todo, estaba aliviado. DiÁngelo y Reinhauer le habían librado, no ya de ser sospechoso de las desapariciones de los niños, sino de la atenta mirada del Decimotercer Cardenal. Y ahora que el Inquisidor Herético pertenecía al cónclave de cardenales, su posición estaba mucho más segura. Ahora solo había un problema: cómo acercarse a él, pero no pasaba nada, ya tendría tiempo.
—Espero que no estés pensando en relajarte, Ozz —resonó una voz a sus espaldas.
El cardenal no se sintió sorprendido. Si bien es cierto que no se esperaba la repentina voz, hubo otro sentimiento que opacó por completo a la sorpresa: el miedo. Un miedo atroz que tan solo el dueño de aquella podía producirle.
—Amo Ophiel —musitó, para después hincar la rodilla en el suelo, arrodillándose ante la sombra proyectada por la enorme estantería del salón.
De la penumbra surgió una figura. Era alta y esbelta, masculina e imponente, de hermosos rasgos, largos cabellos azabache, piel grisácea y ojos rojos, ardientes como brasas. Revestido con una armadura totalmente negra, los brillos púrpuras con los que reflejaba la luz del sol parpadeaban al ritmo con el que su sombra se movía y contorsionaba. Sus orejas puntiagudas, largas y afiladas como dagas de cartílago, permanecían inmóviles mientras el Duk'zarist escuchaba su nombre. Observaba altivamente a su subordinado, el D'Anjayni Ozz, que tragaba saliva pesadamente.
—Ese tipo, DiÁngelo… ¿Podemos usarle? —preguntó finalmente.
—Sí, mi señor… —musitó el otro, alzando la vista—. Parece sentir cierta simpatía por los no humanos, y odiar profundamente a la Inquisición y al Decimotercer Cardenal. Estoy seguro de que será un excelente instrumento para su plan. Sin embargo…
Ophiel arqueó una ceja, lo cual hizo que el D'Anjayni volviese a agachar la cabeza.
—¿Sin embargo…?
—Pasó muchos años de inactividad. Poco a poco va recuperando la fuerza y haciéndose más fuerte, y estoy seguro de que no tardará muchos años en convertirse en el Alto Inquisidor que fue en sus buenos tiempos. Pero hay que esperar.
—No te preocupes, Ozz, tengo paciencia —el supuesto cardenal se relajó ante esas palabras, pero no tardó en volver a crisparse, pues Ophiel continuó hablando—. No obstante, sé prudente, mi fiel amigo, pues si se torna demasiado poderoso, no será tarea fácil para ti ejecutarle cuando cumpla con su función.
Y, tras pronunciar esas palabras, Ophiel Akerontes Zeros, Noveno Ángel Caído de Samael, se fundió con las sombras y desapareció.
