Capítulo 79.- Checa (II)

Celda de la checa donde está Pacino.

(Que no es la del Cine Europa)

Madrid.

15 de abril de 1937.

«La checa del cine Europa fue una de las más conocidas en Madrid y, entre sus componentes,

Santiago Aliques Bermúdez, de treinta y seis años,

era el responsable de la ejecución de prisioneros. Junto con Bartolomé Martínez (…),

Aliques dirigía el llamado "Grupo de Defensa" (…)

Entre las ejecuciones que su grupo llevó a cabo hubo

las de numerosas mujeres, varias de las cuales fueron

previamente violadas; su único crimen

era ser esposas e hijas de derechistas.»

«El holocausto español. Odio y extermino en la guerra civil y después.»

Paul Preston


Pacino se acurrucó de lado en un rincón que los otros pobres diablos le dejaron en el suelo. Le pusieron la chaqueta de uno, por encima, y se la separó de las quemaduras porque dolían del orto. En la espalda no le habían dejado centímetro de piel sin quemar. En el pecho, a base de cigarrillos, le habían dejado espléndida línea de hombro a hombro. Las de cigarrillo supuso que tardarían menos en curar. Podría dormir boca abajo... Al menos en un par de días... Por ahora... De lado...

La concha de la Lora, puta tonada argentina. No se la podía quitar de encima. Hermoso carajal tenía en la cabeza.

–Amigo, mejor les dice lo que quieren oír –le dijo uno–. No se deje matar, no merece la pena.

–Pues cómo –bromeó Pacino aguantándose un gemido–. Si estoy Gardel.

–Lo que está usted hecho es una mierda.

Pacino suspiró. Bien no estaba, no.

–Este... Les traté de decir lo que sabía –informó Pacino, desde el suelo–. Pero no se me impresionaron. Sólo saqué un par de instantáneas; recién desembarqué. Soy periodista. Argentino. No sé una jodida remierda.

–Entonces no sé por qué le tienen aquí.

–Me tiene ganas un tal Aliques. ¿Le conocen?

Negó el hombre, una barba cerrada por encima de la enfermiza piel. Estaba gris, demacrado. Los dientes, como los otros, le sobresalían demasiado de las encías para estar sanos. Pómulos marcados, labios gruesos. Pacino lo sentía mucho por ellos, pero sólo podía pensar en el dolor y la quemazón de la espalda.

Era insoportable.

–Este... ¿Cuánto tiempo llevan ustedes aquí?

Un mes, varias semanas. El que le hablaba llevaba desde enero, dijo.

–Hay cuatro o cinco celdas como estas, pero nos tienen aislados... ¿Cómo...? ¿Cómo van las cosas afuera?

El poco tiempo que había pasado antes de la tortura, aquellos mismos pibes no le habían ni ofrecido mate. Nadie le conocía y le confesaron que más de una vez les habían metido infiltrados; las sospechas se habían ido, cosa natural viste, por cómo le habían dejado la espalda. Pacino siguió en el papel, a ver si el infiltrado lo tenía delante, y les habló de la victoria de la República en Guadalajara. Que se combatía en la Casa de Campo por el cerro Garabitas. Poca cosa más conocía. Acababa de llegar del extranjero, ¿viste?

Abrieron la puerta de la celda y Pacino sintió que las tripas se le revolvían de miedo. ¡Acababan de dejarle! Joder. La concha de su...

Los hombres retrocedieron cuando los guardas le levantaron por los sobacos.

–¡Hoy no es tu día, Caricias! –dijo el Desdentado.

Pacino le aguantó la mirada burlona. Sádico hijo de...

Tenía en su mano su nueva cámara de fotos y en la otra la pipa futurista de Julián. Se la habían quitado junto a los papeles y el dinero al meterle allí y, para ser francos, Pacino no sabía por qué no le habían preguntado por ella antes. Cosas de gallegos.

–Esto sé que es una cámara –dijo señalando la máquina en su mano. Luego miró burlón a la otra, huecos negros en la boca–; pero... ¿Me puedes decir qué mierda es esto?


La checa de la plaza de doña Carlota era una iglesia requisada. Le hicieron pasar hasta un despacho improvisado bajo una capilla lateral, sin santos o imágenes. Sólo un tipo con emblemas socialistas y cara de estar para pocas bromas. Denunció a Lando Caricias. Argentino. Domicilio desconocido, un güey mal encarado no se imagina usted, y ante las caras neutras y un punto funcionariales a su alrededor preguntó si le dejaban ver a los detenidos.

–¿Para qué?

–Puede que lo tengan ya por acá. Ese truhán viaja con muchos nombres.

–Recordaría a algún argentino, señor...

–Cholo. Juan Cholo. ¿Quiere ver mis papeles otra vez, camarada?

Negó el otro, un puntito hastiado, y Julián tuvo que aceptar que por allí no veía nada que le diese mala vibra, así que se fue a Concordia 6. Llegó a la media hora tras paseo, venía la tarde, a una casa baja con un coche bien chingón a la puerta, requisado sin duda. Hispano-Suiza. Al llegar a la entrada, nomás, se le encendió el sentido ministérico. Como espaiderman. Marrón inminente. Tensión en las tripas. Ceñirse al plan y cara de duro.

Ok Cholo, se dijo.

Que no panda el cúnico.

Recuerda que hoy no vas a morir y que no lo tienes tan claro con el largo. Paradojas pendejas, nomás.

–¿Buscas a alguien, camarada? –le plantó el guardia en la puerta.

–Denunciar a un pinche fascista. Me dijeron que por acá se ocupaban de esa chusma.

Le acompañaron a lo largo de un pasillo hasta una sala grande, con un escritorio y varios tipos en mangas de camisa y aparaje militar. Julián no vio símbolos, así que supuso que serían anarquistas. Por la cara de chungos además de eso, matones.

–¿Un fascista dices, camarada?

Julián asintió. Tres en total. El que le había acompañado, más el de la mesa y otro. Cuando el de la mesa le dijo al guardia que a lo suyo, les dejó bien solitarios.

Con uno igual puedo, pensó Julián. Con dos...

–Como dicen ustedes acá –aclaró Juan Cholo–, un fascista de tomo y lomo.

–¿Qué le hace pensar eso?

–Vinimos en el mismo barco desde México, ¿sabe? Nos hicimos carnales pronto. Veníamos a ayudar en la guerra, pero en lo nuestro. Somos periodistas los dos –Julián le entregó los papeles y el otro los miró por encima antes de devolvérselos–. El caso es que al principio me tuvo bien engañado. Luego poco antes de llegar a Valencia, lo descubrí. Tenía un libro de Primo de Rivera en un maleta, fíjese. Luego comprendí que tenía que ser un espía, porque no hacía otra que preguntar por cuántas tropas había y pendejadas así.

–¿Cómo se llama?

–Caricias. Lando Caricias. Es argentino.

El otro levantó la cara de unos papeles, sorprendido.

La pucha, comprendió Julián.

Me tocó.

–Curioso nombre –intentó ocultar el otro.

–A veces viaja con otros –mencionó Julián, con cautela–. Puede que hasta lo tengan ya detenido. Podría identificárselo, si me dejan ver...

–No tenemos a ningún argentino.

Julián iba a contestar enseñando como pues que un billete no más para ablandar la respuesta, pero como que en eso entraron dos hombres. El matón A no hablaba y tenía los nudillos rojos. El B, con menos dientes y más chaparro, se le quedó mirando una frase a puntito nomás de salir de sus labios.

Y Julián lo supo por cómo le miró.

Aquel güey le había visto ya.

Aquel güey le conocía.

¿Cómo carajo híjole de la gran chingada era esa puerca perra suerte posible?

–Vaya, vaya, vaya... Si es nada más y nada menos que el hijo de la gran puta de Juan Cholo –dijo, sonrisa desdentada–. Con menos pelo y sin barba... Lo reconozco... Tú y tu amigo Caricias los tenéis bien puestos para plantaros en Madrid.

Julián sintió las manazas del matón A sujetándole de los brazos.

¡Ay, la pucha!


A Pacino le habían dejado en el meódromo del dolor de nuevo, colgado del gancho. Para que no se moviera mucho le habían atado los tobillos a otra argolla en el suelo, pero el animal de las cuerdas había hecho un trabajo chapucero, porque le habían llamado a él y a Desdentado a un business urgente y le habían dejado solo con la changa a medio. Solo a él, la mesa, la plancha, una vara apoyada contra la pared que el otro había probado contra el suelo para hacerse el villano y... La pipa...

¡Le habían dejado solo con la pipa!

La pipa, la pipa, la pipa... Encima de la mesa junto a la reputa plancha.

Pacino trató de aflojar la cuerda del tobillo, o moverse, o hacer algo... ¡Si tan sólo hubiera podido balancearse un poco! ¡Estaba al alcance! Oyó de repente pasos del otro lado de la puerta y de un empujón aparecieron Desdentado, el señor Vara, dos guardias y... Joder...

… Julián.

¡Mierda, mierda, mierda! ¡Qué carajo hacía allí!

–¡Ya estamos todos! –sonrió Desdentado.

Julián tenía las manos atadas, pero por delante, y llevaba ya una ceja abierta. Pacino intentó señalarle con los ojos la pipa. La pipa, la pipa, la pipa. Los pelotudos no saben lo que es, ¿viste? ¡Date cuenta enfermera! Un vistazo rápido a la mesa.

¡Bien!

¡Se había dado cuenta!

–Órale, Lando, viejo –dijo Julián, calmado–. ¿Cómo te va?

–Este... Como siempre, ¿viste? –contestó Pacino.

–Umh –gruñó Julián–. Tan mal, ¿ah?

Desdentado le tiró una colleja a la enfermera que le dejó con el cuello torcido.

–A lo mejor tú puedes ayudarnos, Cholo –dijo agarrando la pipa plateada ante la atenta mirada de los otros–. ¿Me puedes decir qué cojones es esto?

–Una verga para la concha de tu madre –interrumpió Pacino.

Desdentado hizo un gesto de cabeza y el amo de los nudos agarró entonces la vara en la pared y le arreó en el estómago. ¡Fisss, zasca! El golpe se sintió como un latigazo y no empezó a doler de verdad hasta pasados uno segundos, cuando de las tripas le vino un estremecimiento mezclado con una sensación de piel quemada y sangrante; de repente arcadas.

–¡Gallegos pelotudos...! –gruñó Pacino, sin aire.

Levantó la cabeza y vio cómo el de la vara la dejaba y volvía para agarrar a Julián de los hombros.

–¿Y bien? La verdad, o tu amigo sigue recibiendo.

Pacino vio a Julián dudar un momento.

–Un... Secador.

–¿Un secador?

–De pelo. Lo apuntas al pelo mojado, le das acá –explicó–, y te lo seca soplando aire. En México todas las mamitas se mueren por uno. ¿Quiere usted probarlo, compadre?

Se le quedó mirando el otro, extrañado.

–¿Y el cable?

–Va con baterías.

El Desdentado se quedó mirando a Julián unos segundos, incrédulo. Hasta que le dio por reír. Una risa seca, tranquila. Me estás cargando, pibe, que era la risa. «Pues mira Cholo, me ha entrado curiosidad. Vamos a secarle el pelo a tu amigo argentino, que está muy sudado el pobre». Pacino sintió la boca de la pipa de Buck Rogers en la sien.

Lo sabía.

El cabrón del Desdentado sabía que era un arma. O lo intuía.

Pacino cerró los ojos cuando el cabrón apretó el gatillo y...

Nada sucedió.

–Ya me lo chispoteó, nomás –gruño Julián–. Tiene retruco...

Desdentado apretó el gatillo varias veces y le dio un par de golpes, más jaladas de gatillo, pero nada.

–Si me permite se lo muestro, nomás –ofreció Julián.

–Tú –dijo a uno de los guardias–. Dispárale si intenta algo.

Finalmente, el pelotudo hijo de mil camiones repletos de putas, por seguir la broma le pasó la pipa a Julián. Pacino tomó aire cuando, despacio, las manos atadas, se acercó a él y le puso la pipa no en la sien, sino un poco alejada.

–Tiene usted que alejarse un poco para que el cabello agarre volumen, nomás.

Entonces Julián giró la pistola y con cuatro rápidos gestos, relámpagos azules tiraron los carceleros por los suelos. Zas, zas, zas, zas. El último "zas" le pilló al guardia con la pistola sacada, pero cayó a tiempo. Pacino no pudo hacer otra cosa que desplomarse en brazos de Julián cuando cortó las cuerdas con la navaja del Desdentado. Joder, joder, joder. Aquello no había terminado aún.

–Hay dos más del otro lado.

–Lo sé –dijo Julián.

–¿La pipa estaba en «susto» o en «muerte»?

–En susto.

–Dime que tiene niveles de susto –gruñó.

Julián se la pasó. «Está en cinco. Tiene hasta nueve». Pacino movió la ruletita y le soltó al de las cuerdas y a Desdentado, estaban sin sentido pero disfrutó viéndoles sacudirse, un par de nueves bien cerca de los huevos.


–¿Estás seguro de que es una buena idea?

Julián no estaba seguro. No estaba seguro de nada. Habían zurriagado con un arma de futuro a todo miliciano que había en la checa, a un par varias veces, y les habían robado el Hispano-Suiza después de remojarlos en vino para tomárselas quemando rueda. ¿Viste? O nomás. A Julián después de una ceja abierta, de la adrenalina desbocada y de llevar al pobre Pacino colgado a punto de desmayarse por las quemaduras, el juego aquel de los acentitos le empezaba a tocar propiamente los cojones. Abandonaron el coche y siguieron el tramo que queda a pie, entre la noche y los tiros lejanos en la Casa de Campo.

Habían tenido que dejar a los otros prisioneros. Con sustos de nivel nueve igual los anarquistas de la checa se olvidaban hasta de qué les había pasado durante la semana anterior, pero liberar presos... Como que era mucho llamar la atención.

Puta misión y puto Tiempo. Pacino se había quedado jodido mirando atrás en la puerta de Concordia 6 y no estaba seguro Julián si era por el dolor o no.

–El Tiempo nos la ha jugado. Al que le faltaban los dientes, me conocía –gruñó Julián.

–A mí también. Habló de un tal Aliques que me la tenía jurada. ¿Te suena el nombre?

–No –contestó Julián–. Aunque supongo que nos lo vamos a acabar encontrando y dándole razones para jodernos vivos.

Pacino se le quedó mirando mientras entraban al hall del Florida.

–Eso me lo vas a tener que explicar, enfermera.

–Todo a su tiempo. Por lo pronto necesitas no morir.

Pasaron a la recepción del Florida cuando ya era bien de noche. Ni prostitutas había. El recepcionista era el joven con legañas, porque le habían hecho levantarse. Julián aguantó a Pacino para que no se le derrumbara allí mismo.

–Tenemos que cambiar de nombre y de nacionalidad –murmuró Julián–. Puede que haya tenido que denunciarte en otra checa para poder encontrarte.

–Puede o has.

–He. Definitivamente «he».

–John Tip y este es el señor John Coll –dijo Pacino entonces en voz alta al recepcionista.

A Julián le entraron ganas de soltarle allí mismo para que se estampara en el suelo. Qué cabrón.

–¿Quieren...? –el de la recepción del Florida se les quedó mirando, asustado–. ¿Quieren los señores que llame a un médico?

–No se moleste –gruñó Julián al poner un par de billetes en el libro de visitas–. Consíganos vendas y agua hirviendo, por favor. Mi amigo pasó demasiado cerca de una explosión, pero no es grave. En cuanto le deje en la cama, le muestro nuestros documentos.


NdA: No he encontrado (aún) en libros de la trinchera derecha referencias a crímenes propios. Paul Preston es de la trinchera izquierda y aunque a veces pasa de puntillas por acontecimientos, o trata de suavizarlos explicando el contexto (con Paracuellos, por ejemplo, lo intenta), es capaz de señalar crímenes por lo que son. Porque es lo que son. Crímenes. Una guerra es criminal, pero tiene cierto aspecto que podría catalogarse de justo: tú y yo acordamos matarnos y quien siga vivo, gana. La represión en la retaguardia encuentro que es claramente peor que eso. Btw, en los libros de la trinchera izquierda, tampoco es común encontrar crímenes propios.

Respecto a la checa de Concordia 6 no he encontrado referencias que indiquen que fuese ni mal ni buen sitio. Las realmente malas que he encontrado eran de del Europa y otra en Barcelona, llamada Vallmajor. Me permito novelar un poco. Luego descubriré que en el ateneo libertario de Concordia 6 eran bellísimas personas y tendré que cambiar el sitio...

NdA2: Siento el exceso de palabras. Me gustaría achacarlo a la malas influencias de otras lecturas de fanfiction, pero lo cierto es que quería dejar terminada esta parte ya, que no sé cuándo volveré a tener Internet; además, tengo que dejar descansar a Julián y a Pacino hasta que curen heridas. Volvemos con el resto de la pandi, que los he dejado bastante abandonados. Cuidao con el coronavirus y con la histeria. Pero sobretodo con el coronavirus :)