Capítulo 81.- En el fondo, un laberinto temporal

Frente de Pina de Ebro.

Al otro lado del río.

Zaragoza.

17 al 18 de agosto de 1936

Y otros tiempos y lugares.

«Me echo, miro las hojas, el cielo azul, bonito día.

Si me capturan, me matarán...

Pero será merecido. Los nuestros han derramado suficiente sangre. Soy cómplice moral.

Calma completa. Nos agrupamos -y recomienza... Me escondo en la choza.

Bombardeo. Salgo para ir hacia el fusil ametralladora.»

«Entrada del 18 de Agosto. Diario de España»

Simone Weil


–¿Victoggia? ¿Dueggmes?

Victoria abrió los ojos y acalló un suspiro. Ya no.

–¿Qué ocurre? –susurró de mala gana–. ¿No puedes dormir? ¿Es por el muchacho?

Ambas estaban tumbadas cerca la una de la otra, entre la paja del suelo de la casa que servía como base a su pelotón en el pueblo de Pina de Ebro. Aquella noche iban a atravesar el río y adentrarse en tierra de nadie y por ello Victoria no había podido dormir ni un momento, a fe cierta, mas trataba de descansar el cuerpo todo lo que su mente le dejara. Todo lo que, al menos, le dejaba también la huidiza mente de Simone.

Hasta conocerla, y de eso hacía apenas días, Victoria había creído que gracias a Padre era muchacha leída y, por qué no, algo culta. Mas en verdad no había conocido aún a Simone; la francesa era capaz de recordar libros y filosofar durante horas en términos hipnotizantes, a pesar de su poca costumbre con el castellano, el cual aseguraba saberlo hablar desde antes de Barcelona. «Algo de espanyol hablabá antés, pero no me acordabá», se había explicado. Victoria lo dudaba: con aquella cabeza bien hubiere sido capaz de aprenderlo en cuestión de horas, sin bien encontraba que su acento necesitaba práctica.

–¿Cggees en Dios? En el dios cristianó, quieggo desí.

Victoria encontró pregunta de compleja respuesta siendo ambas como eran milicianas anarquistas. Sabía que Simone era judía pues ella se lo había confiado, mas no parecía en verdad mujer religiosa.

–¿Y tú? ¿Crees en tu dios?

Tecnicamenté... El cggistiano y el judió... Son el mismó –reflexionó Simone en voz alta–. Peggo el Dios cristianó... Es Cggisto, non? No es el mismó después de todó. ¿Cggees o no?

–¿Por qué preguntas?

–La religgión me fasciná a vesés –suspiró Simone–. La cggistiana podggía segg maggavillosa de cumplig bien sus pggeceptós.

Simone era mujer extraña. Apenas una semana había pasado con ella y sus «amigos» de pelotón: varios alemanes, franceses, algunos españoles... Desde Barcelona habíanse dirigido a Pina de Ebro, cerca de Zaragoza, y allí preparábanse para avanzar al frente. Del enemigo hasta el momento sólo habían visto cadáveres putrefactos y varios aviones de reconocimiento, mas los lugareños aseguraban que encontrábanse cerca. Victoria se concentró en la pregunta. Creía en Dios, sin duda. No era posible esconder tal hecho pues Simone la había visto santiguarse al encontrar los cuerpos.

–Madre me enseñó a rezar a la Virgen de Covadonga –resumió–. Padre es más de Cristo. Supongo que sí, que creo en Dios... Los curas son otra cuestión, supongo.

Aquello no era frase hecha para impresionar a una camarada de izquierdas, sino la verdad. No sabía si el cura de Cabra era mal hombre o no, mas a base de oírle el mismo sermón los días de la Bajá, había llegado a hacerse a la idea de que no le hubiese sido simpático otro día cualquiera. Los pocos recuerdos que guardaba del cura de su pueblo de Asturias no eran diferentes; Madre, además, siempre había desconfiado y habíale ordenado que jamás se quedara a solas con él.

En la aldea nunca faltaban habladurías en ese sentido.

–Los hombgges con podegg... ¿Veggdad? –suspiró Simone–. Todo seggiá distinto si no hubiegga podegg consentradó... Inclusó la religgión...

Victoria apreciaba parte de razón en ello, mas no estaba segura del todo. Incluso de ser aqueso verdad, si todo fuere distinto con hombres sin poder, la falta de autoridad cuando hubiere que hacer algo se le antojó terrible. Se lo recordó a la francesa, porque entre el pelotón y otros similares en Pina, como los mandos anarquistas no podían imponer órdenes, todo se hacía a base de debates. Victoria encontraba aquello agotador y muy poco eficiente desde el punto de vista militar. Simone aceptó que era verdad y Victoria se arrepintió terriblemente de no haber derivado la conversación hacia el muchacho de Pina: cuando Simone filosofaba podía tardar horas en dejar de hablar.

Y ella quería descansar. En unas horas vadeaban el río.

–Debe habegg un tégmino medió... Me pasó igual con las ideás comunistás... Con Tggosky creiá que podiá eggsistir un comunismo más humanó, ¿tú sabes? Peggo llegué a la conclusión de que Tggosky no egga difeggente a los demás comunistás. No piensá en los de abajó. Y no tiené pasiensiá pagga discutigg.

Victoria giró la cabeza para ver la expresión de Simone, sorprendida por el tono. Sin las gafas, sus rasgos finos y alargados parecían otros. Tggosky era Trostky, reconoció. Con Padre había leído algunos libros en Cabra que hablaban de política y entendía que era un comunista importante. De Rusia. Lejos de España. Y de Francia.

–Simone... ¿Tú conoces a Trostky?

–Oh, oui, oui. Un senyor mu pesadó –suspiró, como si aquello no tuviera importancia–. Hecho de menos a mi muchachó gggiegó –dijo por fin, cerrando los ojos.

Victoria sonrió.

Ya era hora. Su muchacho griego no era tal, sino un joven de Pina de Ebro que Simone había visitado dos veces aprovechando descansos. Una estatua griega, había dicho en voz alta al verle pasar. Victoria casi que la envidiaba un poco por las visitas. Era joven bien parecido.

Apenas cerró los ojos para poder descansar, el enfermero que siempre quería apagar la luz se acercó para despertarlas.

–Es la hora –dijo con su profundo y ronco tono de voz.

Victoria abrió lo ojos y asintió. Tocaba vadear el río.

Junto con Simone, aquel hombre de barba, ojos finos y sonrisa tranquila era el único en quien sentía de verdad confianza de aquel pelotón.

La miraba, a veces se lo recordaba, como la miraba Padre.


–No lo entiendo. ¿Por qué la busca?

Alonso suspiró y llenole de moscatel el vaso a su interlocutor, para la lengua soltarle. Tras andar y andar –decían que ancha era Castilla, pero pardiez, Aragón no le quedaba corta a lo largo–, había llegado al lugar buscado: Pina de Ebro. Tras indagar en él había hallado al muchacho en la posada cuando, preguntando por la miliciana francesa, todos le habían señalado al joven.

–Bebed, joven. Bebed.

–No le hago ascos, no crea. Pero dígame, ¿por qué la busca?

El muchacho probó el licor, con gesto ausente. Que le hubieran señalado a él mal indicio era, tuvo que admitir Alonso; eso significaba probablemente que al menos la francesa del relato del camarada Manuel, no seguía por allí. Era ya diciembre. Cuatro meses. Y eso sin mediar portales.

–¿Que por qué la busco? A quien busco, joven, es a mi hija –respondió Alonso.

El rostro bien parecido se transmutó en horrorizada mueca.

–¿Simone es su hija? Le puedo decir que mis intenciones con ella son...

–La francesa, muchacho, no es mi hija –consiguió calmarse Alonso. Por la cara y el gesto, aquel botarate había sin duda intimado con la tal Simone y Alonso logró apartar de su mente la posibilidad de que Victoria hubiese... En fin–. Hablo de la muchacha que la acompañaba. Victoria. Morena, ojos verdes, guapa. Española. Decente –recalcó–. ¿Os suena?

–¿A quienes?

–A tí –gruñó Alonso.

En verdad que bien plantado era, mas muchas luces pardiez no parecía tener. O eso o que tantas noches al raso le empezaban a Alonso a menguar la paciencia sobremanera y, francamente, para dar rodeos con un enamorado no encontraba el humor.

–La vi un par de veces. Aunque no le voy a mentir... Sólo tenía ojos para Simone. Me dijeron que iban juntas a todas partes... Excepto cuando –dudó al llegar a esa parte–... Simone venía aquí.

Alonso encontró en tamborilear los dedos un poco de la paciencia que le faltaba y se metió de un trago medio vaso de moscatel; apagó así las ganas de sacudir al galán, aunque se llenó otro vaso por si volvían a venirle. Era mencionar a la francesa y la cabeza se le iba al otro como si no hubiera nada más; no podía ser que aguantara tan mal el beber así que sin duda, pensó, más que un poco lo que andaba era muy enamorado.

–¿Qué pasó?

–Me dijeron que Simone resultó herida en el frente –suspiró él–. La llevaron a un sitio... Sitges, para que se curara. Desde entonces que no la veo... No me quito su memoria de encima... ¿Le ha pasado alguna vez que...?

–¿Qué me dices de su amiga? De mi hija.

Parpadeó el otro, inseguro.

–Ahora que lo dice...

–¿Qué?

–Su amiga, su hija como dice, marchó con Simone... No pude ni despedirme de ella siquiera...

Alonso se incorporó lentamente y venciéndose adelante sobre la mesa agarró del cuello de la camisa al galán. Como esperaba, por fin, toda su atención fue para él.

–Atiende y atiende firme. ¿Andaba mi hija también herida, muchacho?

–¡No, señor! –resopló el otro–. Quisieron acompañarla un enfermero que iba con ellas, amigo suyo, y su amiga... O sea, su hija...

Escondió Alonso el alivio en su pecho y siguió firme en el gesto.

–Pues atento escucha. Más hombres pueden venir preguntando por esa Simone tuya o por mi hija –explicó Alonso, despacio–. Nada has de decirles a ellos. Nada de lo que me has dicho a mí, o de lo contrario peligro correrán las dos. Y si algo le pasa, muchacho... Si algo le pasa a mi hija y me entero de que has abierto la boca, no la abrirás para decir nada más. ¿Me has entendido?

Asintió el otro, intimidado.

–Nada haría –dijo–, que dañara a Simone.

Alonso salió de la taberna, francamente frustrado. Debía ir a aquel lugar, Sitges.

Se quedó un momento, recordando. El enamorado había mencionado un enfermero...

¿Pudiera ser...?

No... No era posible...


No hubo vadeo sino embarque, y Victoria agradeció no tener que mojarse más que las alpargatas al saltar al otro lado. A pesar del verano la noche era fresca y aunque baño mal no le hubiera venido, en verdad poca oportunidad de acercarse palangana existía por allí, no era cuestión de arriesgar pulmonía. Al poco encontraron la choza que buscaban, oscuridad, adobe, cal, paja y alguna piedra, y el pelotón de hombres avanzó hasta ella, tomándola sin oposición.

El enemigo, suspiró aliviada Victoria, tampoco estaba allí.

El amanecer les descubrió preparando la cabaña para defenderla de un ataque y moviendo troncos y piedras para formar parapeto. Un grupo descubrió una casa no muy lejana y fue a explorar en esa dirección. Se hacían turnos; unos vigilaban en avanzadilla mientras el resto trabajaba. Cuando le llegó a ella, Victoria se adentró con Gunther, un alemán, e hizo guardia con él cuerpo a tierra, sin más parapeto que unas hierbas agostadas que difícilmente les esconderían.

Aunque tampoco se veía mucho de lo que temer, a fe cierta. La tierra cerca del río era fértil, mas alejándose un poco todo era chaparral y llano; unas laderas a varios kilómetros parecían buen lugar para formar posición.

En verdad se hallaban en tierra de nadie.

–Bueno pareja. ¿Cómo va? –oyó Victoria por detrás–. ¿Aburridos?

Era el enfermero. El alemán gruñó algo y Victoria entendió un «sin novedad».

–Sé hacer guardias, camarada Juan.

Decía llamarse Juan Trampero y siempre guardaba para ella y Simone cierto paternalismo protector. No era hombre de edad. Aquella conducta la desconcertaba y malhumoraba a iguales partes.

–Lo sé. También que disparas mejor que cualquiera de estos guiris –se disculpó–. Pero te he traído zumo. Hans es un pesado y dice que te lo tomes que se te va a pasar.

Victoria bebió el ácido líquido de la taza de metal y se la devolvió. Se quedó unos momentos más, para que Gunther se bebiese el suyo y tras asegurarse de que todo parecía ir bien, volvió atrás.

Cuando les relevaron de la guardia era media mañana y a la vuelta a la choza se encontró al enfermero hablando con Simone.

–Ha vuelto Berthomieux –informó–. Os quiere a ti a Simone en la cocina.

–Poca idea tengo yo de cocinar –gruñó Victoria sin esconder el enfado–. Y Simone no creo que mucha más. Además, Hans dijo que ni siquiera había legumbres.

–La familiá de la otra casá va a tggaeg algo –comentó Simone–. Algó podremós haseg.

–Algo se os ocurrirá –sonrió el enfermero–. Si nos traen patatas y pimentón puedo explicaros cómo hacer patatas bravas.

«Patatas bravas», gruñó Victoria de mala gana entrando en la caseta de adobe y paja. ¡Valiente guerra iba a hacer cocinando patatas bravas! Simone la consoló con una palmada en el hombro y empezó a hablar sobre que había que probar todos los trabajos en una guerra. Especialmente los ingratos.

Victoria aceptó por fin y se metió en la choza tras ella.

Berthomieux era capaz de enviar a Simone a la cocina, de eso no dudaba, mas no a ella. Quizás por eso había dejado el encargo a Trampero. O no. Convencida estaba de que aquel enfermero habría hablado con él para ponerlas a las dos juntas. De nuevo, protegiéndola...

¿De qué?

Victoria no pudo evitar pensar entonces que más allá del carácter paternal, Juan Trampero tenía otras intenciones distintas. Mas...

Mas seguía sintiendo en él una inexplicable confianza...


NdA: Sí. Me temo que ese enfermero con barba es ciertamente conocido. El nombre podría ser una oscura referencia a un personaje apodado Trapper John de los primeros capítulos de la serie M.A.S.H. Todo esto indica que la narración se está liando fuertemente (más aún) y que esto, después de todo, no es más que un laberinto temporal.

El Diario de España es más bien una colección de pensamientos que un texto fiable, así que he novelado un poco lo que he entendido que le sucedió a Simone respetando los acontecimientos principales. Lo del muchacho es un rumor, pero quedaba bien.

Esta semana, me temo que este es el único episodio. Tengo trabajo que terminar y hasta la que viene no puedo ponerme. Gracias por leer.