Capítulo 18.1:

Rodó por el suelo para esquivar la maldición. Se enterró pedazos de roca por todas partes. La lunática risa de Rabastan Lestrange retumbó por todo el lugar, imponiéndose por encima del ruido provocado por la tormenta.

La enorme mano de Sirius lo agarró de un brazo y lo puso de pie de un tirón.

"Ahora no, Cornamenta."

Ambos se colocaron hombro con hombro, mirando a su adversario. Rodolphus y Bellatrix estaban entreteniéndose con Remus y Tonks, pero no tenía demasiado tiempo para ponerse nervioso por ellos. Rabastan se preparó para volver a atacar, siendo resguardado por Voldemort.

Los cuatro se habían quedado en la Sección de Alta Seguridad, en la torre más alta. La hilera de celdas formaba una medialuna, y por el costado del diámetro, un largo pasillo la atravesaba de lado a lado, desembocando ambas aberturas en el vacío. La tormenta arreciaba a sus espaldas, y el viento torrencial se metía por el pasillo, volviendo el lugar tan glacial como si estuvieran dentro de un iceberg.

El mortífago se lanzó ávido a luchar contra ellos, mientras Su Señor se quedaba al margen y solo se dedicaba a contemplar la pelea. Aunque, en verdad, lo contemplaba a él, siguiendo todos y cada uno de sus movimientos. Parecía… emocionado.

Aquello comenzaba a crispar sus nervios, porque en cualquier momento podría intervenir y atacarlos. Esa espera incierta lo desconcentraba.

"Casi me atrevería a decir que te has vuelto más débil." Lo provocó Lestrange mientras le lanzaba un maleficio.

"Qué osado estás. ¡Avada Kedavra!" Rabastan esquivó la Imperdonable, pero en su intento se encontró con una patada de Sirius, que lo mandó a estrellarse contra la muralla.

"Creo que hablas demasiado." Farfulló Black, y le pegó un puñetazo, volviendo a azotarse la cabeza. Voldemort avanzó en su dirección, dispuesto a detenerlo, pero James se interpuso y le detuvo el paso. Ni muerto lo dejaba acercarse hacia Sirius.

El Señor Oscuro rió.

"¿En serio lo vas a intentar?" caminó de un lado a otro, sirviéndole de escudo a su amigo. Éste continuaba dándole a Rabastan la paliza de su vida. "Nunca has sido capaz de equipararme en poder, James. Ni ahora, ni hace 14 años cuando intenté matarte, ni todas las veces anteriores. Y sí que tuviste oportunidades para hacerlo."

Se puso en guardia. Sin embargo, Voldemort no tenía intención de atacarlo. Sólo hablaba.

"Pero si quisieras… yo podría ayudarte."

"¡Jamás!"

Hizo levitar una roca para lanzársela, pero Voldemort la pulverizó con una escueta sacudida de su varita.

Rechinó los dientes. La batalla entre Sirius y Lestrange continuaba detrás suyo, y apenas si escuchaba el disturbio y el caos de los pisos inferiores. De vez en cuando se oía una carcajada maniática de Bellatrix.

"Puedo percibir tu fuerza, y sí, eres poderoso. Que no te quepa duda de ello, James." Su antiguo tutor se acercó un par de pasos. James no tenía hacia dónde arrancar, estaba acorralado contra el pasillo. "Pero ni aún así puedes hacerme frente. Te he seguido de cerca, por supuesto que sabes eso. Tu dominio de la magia y de las artes de pelea muggle hacen una combinación… magnífica."

Las náuseas subieron por su garganta ante ese comentario. Trató de reprimir los temblores que comenzaban a sacudir su cuerpo. No quería mostrarse débil, ni mucho menos ante él.

"Sin embargo, te falta aún tener un manejo experto de las artes oscuras para desatar todo tu potencial." Estaban muy cerca uno del otro, casi frente a frente. Requirió toda su fuerza de voluntad el controlarse y mantener los nervios de acero. El bastardo estaba tan cerca que podría noquearlo. "Déjame ayudarte a conseguirlo. Déjame mostrarte los caminos, y juntos… seremos invencibles."

Tragó saliva, irguiéndose en toda su altura. Ya no era ese niño pequeño al que podía intimidar. No. Era un hombre fuerte y un mago poderoso. Hasta el propio Tom lo había admitido.

"Prefiero morirme antes que estar a tu lado otra vez." Sentenció con la voz dura y grave, sin titubear. Rápidamente estiró el brazo hacia la garganta del mago, en específico, hacia su tráquea.

Pero Voldemort ya lo había visto venir.

"Diffindo." Susurró. Sintió su camisa empaparse antes de darse cuenta de lo que había pasado. "Sabes que no permitiré que eso suceda." Susurró otra vez. El dolor provocado por la herida que Voldemort acababa de abrirle en el pecho lo inundó por completo; si bien no era lo suficientemente profunda para colocarlo en peligro vital, sí era lo bastante grave como para dejarlo fuera de combate.

Gimió, y su cuerpo se estremeció por el dolor, pero no soltó la varita. Se agarró el pecho fútilmente, tratando de detener la hemorragia. Cayó de rodillas.

"Epis… epis… episkey−" la punta de la varita enemiga se enterró debajo de su barbilla.

"Que no vaya a dejarte morir, no significa que no pueda darte un escarmiento, como en los viejos días." Dijo Voldemort con la voz helada. Hizo un esfuerzo por alzar la cabeza y mirar directamente esos ojos carmesíes, que estaban brillando.

Lo estaba disfrutando, el muy malnacido. Bastardo enfermo.

Arqueó una ceja, pero fue muy difícil. Los músculos no le respondían, y tiritaban fuera de su control. El sudor comenzó a recorrerle todo el cuerpo, y sus manos estaban completamente empapadas de sangre.

"Siempre tan masoquista, Tom."

El Señor Tenebroso ensanchó su sonrisa, si esa mueca de su boca sin labios podría considerarse así.

"Nunca tanto como tú."

"¡James, NO!" rugió Black al verlo herido en el suelo. Lestrange aprovechó ese momento de distracción de su oponente para enviarle un maleficio que lo mandó a volar hasta el otro extremo de la celda, peligrosamente cerca de una de las aberturas hacia el vacío.

Voldemort y él estaban a meros metros de la abertura contraria.

Rabastan caminó hacia ellos tras deshacerse de Sirius. Su aspecto era desgraciado, y no solo por su paso en Azkaban; Sirius lo había molido, tanto a hechizos como a golpes. Su túnica mugrienta estaba cubierta de sangre.

Aunque él no tenía nada que envidiarle ahora.

"Mi Señor…" balbuceó el mortífago, haciendo una torpe reverencia.

"Bien hecho, Rabastan." lo alentó Voldemort, sin apartar la vista de su rostro. "Aquí James ha sufrido unas heridas… ¿por qué no me muestras cómo lo curamos? Estoy seguro que su herida debe ser dolorosa, ¿no, James?" se burló el mago.

Maldito, maldito bastardo, debieron haberlo abortado. ¿Cómo podía disfrutar tanto con el sufrimiento ajeno? Sobretodo con el suyo.

Desde hace tiempo que James sospechaba que ese enfermo se excitaba con su dolor. Ahora terminaba de confirmarlo.

"Púdrete." Le espetó. Estaba costándole trabajo respirar.

"¿Ves? Adelante, Rabastan." Voldemort retrocedió, poniéndose cómodo para disfrutar el espectáculo, una vez más.

El mortífago se paró detrás suyo. Sentía su presencia en la espalda, y la varita que lo apuntaba.

Cerró los ojos, y rezó a quien fuera que lo pudiera estar escuchando, que por favor no gritara tanto.

Lo que pasó a continuación pasó a una velocidad de vértigo.

Sirius se levantó rapidísimo, tan veloz que no lo alcanzó ni a ver. Fue corriendo hacia Rabastan, quien ya había empezado con el conjuro, y se lanzó contra el mortífago con todo el impulso y la fuerza. Ambos hombres volaron un par de metros, pero no consiguieron aterrizar en el pasillo mismo.

Los dos cayeron por la abertura hacia el vacío.

El silencio se hizo en la celda.

Hasta Voldemort se permitió mostrarse aturdido.

James se arrastró hacia la pared para ayudarse a ponerse de pie. Tenía un pito en los oídos.

¿Qué…?

La única frase que se le repetía una y otra vez como un mantra, era la de la enfermera de Hogwarts, diciendo que su amigo tendría problemas para regular la temperatura corporal de por vida, y debía tener cuidado tanto con el calor como el frío extremo.

No supo cuánto tiempo pasó, él lo sintió como una eternidad. Oyó una voz femenina gritar el nombre de Sirius.

Volvió a mirar hacia el final del pasillo, hacia la abertura por dónde Sirius Black había desaparecido.

"Sirius…" murmuró, avanzando con dificultad. Debía ir a buscarlo. Tenía que ir a buscarlo. Era lo más obvio y evidente del mundo. Lo más seguro era que Sirius estuviera aguardándole, esperando su ayuda, como siempre se apoyaba de él.

Estaba tan al borde que podía ver el mar helado e iracundo, el viento lo golpeó haciéndolo tambalear, y la lluvia le salpicó en la cara…

"¡JAMES!" un brazo salido de la nada lo detuvo antes de dar otro paso y perderse en las aguas tormentosas. Abajo, las olas aporreaban encolerizadas contra la roca de la edificación; eran tan monstruosas y gigantes que la espuma y el agua saltaban hasta donde estaba él. Podía sentir la sal en sus labios.

Sirius…

Se giró hacia su captor. Se trataba de Lupin. Más atrás, Tonks, en un lamentable estado, los miraba a todos con una expresión de desfigurado pavor. Sólo Voldemort permanecía incólume.

"Bueno… realmente nadie esperaba eso."

Lo único que se oía era el mar, más furioso aún, golpeando contra las rocas.

Se produjo un revoloteo, y una figura encapuchada se materializó junto a Voldemort. Eso significaba que las barreras antiaparición habían caído al fin.

"James, Sirius…" tartamudeó Remus. Le temblaba la boca y tenía los ojos vidriosos. El sudor le cubría toda la cara. "Sirius…"

¿Qué pasaba? ¿Por qué tenía esa expresión? ¿Por qué Remus perdía el tiempo afirmándolo contra la pared, en vez de ir a ayudar a Sirius?

No lo entendía.

Los ojos carmesíes se acercaron otra vez.

"Siempre es un placer compartir contigo, James, aunque en esta ocasión… En fin, no diré que me afecta. Me acaban de informar que dos honorables invitados están aguardando por mí en el Ministerio, así que mejor no los dejo esperando. Nos vemos."

Él y el mortífago se desaparecieron, dejando tras de sí la estela del silencio.

Tonks y Remus permanecían con esas muecas, como si el suelo se hubiera abierto bajo sus pies, y estuvieran peleando por no ser tragados hacia el infierno.

James parpadeó para secarse los ojos. Carraspeó, y se despejó la garganta varias veces antes de hablar. El pitido en sus oídos no menguaba.

"¿Quién lo está esperando en el Ministerio?"


"Mamá…"

"Dime, Harry."

"¿Cómo fue que me encontraste?"

No respondió enseguida. La verdad es que tenía cosas un poco más apremiantes que resolver. Los cuerpos inconscientes de Fudge, Umbridge y ese idiota de Runcorn flotaban delante de ella, aguardando por sus órdenes.

Se quedó quieta, pensando. Ya lo había advertido antes, pero le parecía muy sospechoso que esa ala del Ministerio –el dedicado a la Seguridad Mágica, ni más ni menos– se encontrara desierta.

"Ya deberíamos habernos topado con alguien." Masculló, caminando a paso lento.

"Ese tipo, Runcorn, dijo algo sobre una fuga en Azkaban…" se detuvo tan de pronto, que Harry y Hermione, quienes caminaban detrás de ella, chocaron con su espalda.

"¿Una fuga?" eso explicaría el Patronus de Tonks que la alcanzó pocos minutos antes de entrar como polizón al Ministerio, y el cual repelió en el acto para que no activara las alarmas de seguridad.

Oh, mierda. Tenía que ir a Azkaban, donde seguramente James, Sirius y los demás ya estaban ahí. Pero primero, debía poner a Harry a salvo, y después de eso, entregar a esas alimañas inmundas.

En ese momento apareció Alastor Ojoloco Moody, caminando por el pasillo que conducía a los cubículos del Cuartel de Aurores.

"¿Evans, qué rayos estás haciendo acá?" le espetó el viejo auror. Su ojo de vidrio empezó a dar vueltas en todas direcciones. "Hay una fuga de Azkaban en curso, y tú por estas lados…" los reclamos de Moody perdieron fuerza al percatarse que estaba acompañada por Harry, Ron y Hermione. "Y ustedes, Potter, Weasley, Granger…" y entonces vio los cuerpos flotantes del Ministro y sus secuaces que completaban esa extraña procesión.

Moody se quedó callado un segundo, pasando la vista de ellos a Lily, tratando de hallar una respuesta, mientras metía la mano en el bolsillo de su raído abrigo, seguramente para agarrar la varita.

"¿Pero qué demonios les hiciste, Lily?"

"Tranquilo Ojoloco, sólo están aturdidos." Consideró necesario omitir el hecho de que Umbridge podría tener una contusión cerebral provocada por el libro. Si de ella dependiera, la bruja bien podría morirse. "Lo realmente terrible aquí es lo que ellos hicieron y lo que planeaban hacer." Y procedió a contarle al retirado auror todo lo que había sucedido, con ayuda de los chicos. El atisbo de desconfianza que había aparecido en el ojo humano de Moody comenzó a disiparse, y su ojo de vidrio también se calmó. "Si quieres podemos facilitarte nuestros recuerdos para que puedas corroborar nuestra historia." Añadió dirigiéndose a los chicos, quienes asintieron.

"No es necesario por el momento, les creo, les creo… Van a tener que guardarlos para más tarde, porque tendremos que hacer una gran investigación al respecto." Moody se acercó rengueando hacia Umbrigde, quien continuaba inconsciente y flotando en el medio del pasillo. "Esta mujer siempre me dio mala espina. Apenas fue tolerable que Dumbledore la admitiera en el Castillo como profesora, aunque ¿qué reparos podía ponerle yo, si esa sabandija malnacida de Crouch hijo me suplantó por casi todo el año escolar?" preguntó al aire, pero ninguno de los cuatro le respondió. "Pero permitirle que tuviera un traslador directo hacia el Ministerio ya era demasiado."

"¿Que Dumbledore hizo qué?" eso explicaba la facilidad con que la arpía se movilizó desde el colegio hacia el Ministerio, llevando de arrastre a tres estudiantes. Un traslador dentro de Hogwarts, ¿cuándo se había visto eso?

La mirada alerta de Moody detuvo la avalancha de reclamos hacia el director que estaba por soltar. Cierto. Habían cosas más importantes de las que ocuparse.

"Tengo que dejar a estos 3 en custodia antes de ir a Azkaban."

"Mamá, quiero ir contigo." Saltó Harry, pero lo ignoró deliberadamente.

"Anda, yo recibiré la denuncia y los llevaré hasta el calabozo. Los vigilaré personalmente hasta que alguien pueda hacerse cargo." Moody renovó el hechizo Mobilicorpus, llevando a los cuerpos inconscientes al primer cubículo que encontró, que resultó ser el del auror Dawlish.

"Pensé que tú ya no trabajabas en el Ministerio."

"Scrimgeour me pidió volver como reserva." Contestó el otrora profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras mientras se sentaba detrás del escritorio. "Me pidieron que me quedara aquí por si sucedía algo, y vaya qué acertados estaban." Cogió un formulario tipo y empezó a buscar una pluma y tinta. "Será mejor que te vayas, Evans. Deben estar esperándote. Me quedaré a cargo de todos aquí." Y Moody dirigió una significativa mirada al trío de amigos, que estaban apretujados en el cubículo.

Lily asintió, mientras se volteaba hacia su hijo. Esa mirada decidida no auguraba nada bueno.

"Bien Harry, Ron, Hermione. Iré a ayudar a los demás a contener la fuga de Azkaban. Quiero que se queden aquí con Ojo-, con Alastor, hasta que vuelva a buscarlos. Alastor les tomará la declaración de lo que pasó. Tienes mi autorización para interrogar a Harry, sin ningún método invasivo o de control de su voluntad. Sólo de sus dichos." Añadió, dirigiéndose al auror.

"De acuerdo." Musitó éste, sin levantar la vista del pergamino que estaba escribiendo. Mientras Ron y Hermione acataban sus instrucciones, el conflicto sólo aumentaba en Harry.

"Pero Mamá…"

"Cuídense mucho." Abrazó a su hijo, le dio un beso y sin dejarle tiempo para rebatir, se fue. Lo que no se esperaba era que Harry la siguiera.

"¡Mamá, espérame!" comenzó a correr pero él era muy capaz de seguirle el ritmo. Optó por usar las olvidadas escaleras de emergencia para llegar al Atrio, pero escuchaba los pasos de Harry haciendo eco junto a los suyos.

Cuando finalmente llegó al vestíbulo se giró y se impuso frente a Harry. Su hijo había crecido tanto en el último año que incluso la sobrepasaba en altura por un par de centímetros. Eso no la amedrentó. Ella era su madre, y debía obedecer y reconocer su autoridad.

"¡Ya basta, Harry! ¡Te estoy ordenando que te quedes aquí porque conmigo no vas a ir a ningún sitio!" bramó apenas el chico la alcanzó. Éste no se dejó intimidar por su regaño.

Claramente, Harry había heredado parte de su carácter.

"¡Mamá, yo quiero ir a ayudarte, y a mi Papá, y a Sirius, Remus y toda la Orden!" rugió el chico. Sus ojos verdes echaban chispas, igual que los suyos cuando estaba enfadada. "¡Estoy preparado para esto, ustedes mismos me entrenaron! ¿De qué sirve todo eso si no puedo ir a pelear con ustedes?"

Lily negaba furiosamente con la cabeza.

"¡No voy a poner gratuitamente tu vida en peligro! ¡No después de todo lo que hemos pasado!" le rebatió. Estaba poniéndose nerviosa, porque ese altercado imprevisto con Harry le estaba quitando tiempo valioso. "Tu Papá tampoco querría que te pusieras en peligro, no mientras podamos evitarlo." Tomó una bocanada de aire, llamándose a la calma, porque agarrarlo a gritos no iba a servir de mucho tampoco.

Parecía que ese argumento había convencido al obtuso de su hijo, aunque fuera parcialmente.

"Ahora, ¡sé un buen chico y quédate aquí con Moody y tus amigos hasta que regrese a buscarte!" Harry abrió la boca para replicar pero no le dio tiempo. "Soy tu madre, Harry James Potter, así que hazme caso y obedece, que conmigo no irás."

"¿Ir a dónde, querida?"

Esa voz helada retumbó por las desiertas paredes del Atrio. La furia de Harry se evaporó para ser reemplazada por el pavor más absoluto.

Ella también reconocía esa voz.

Se volteó, para encontrarse de frente con ningún otro.

Lord Voldemort.


Comentarios:

¡Lo prometido es deuda! Aunque haya llegado con un no-muy-elegante retraso de casi 6 meses jiji. Pero más vale tarde que nunca.

Estas eran las últimas 2 escenas que completaban el capítulo 18, por lo que la idea es leerlo todo de corrido. En el próximo capítulo veremos el enfrentamiento de Lily y Voldemort (uuh!) y sabremos el destino de Sirius…

En fin, no los entretengo más. Solo quería decir que esa parte final, en la que Lily está peleando con Harry y llega Voldemort respondiendo a su pregunta, la tenía pensada hace 4 años atrás. Es reconfortante ir alcanzando las metas que uno mismo se va proponiendo n.n

Cuídense mucho, quédense en casa si pueden, y aprovechen de leer y escribir ahora que tenemos un poco más de tiempo.

Muchos cariños y abrazos para tod-s!

Nr.-