Capítulo 82.- Bastas tijeras de costura
Santafé de Bogotá.
Posada cerca de la catedral.
4 de septiembre de 1817
Y otros tiempos y lugares.
«Este hecho [la fuga de los hermanos Almeida] y la detención de Alejo Sabaraín en compañía de otros 7 patriotas, cuando se dirigían a los Llanos para apoyar a las fuerzas patriotas y portando documentos que la comprometían, provocó la persecución y posterior arresto de Policarpa.»
«Las heroínas silenciadas en las independencias hispanoamericanas»
Ana Belén García López
Irene se probó la esclavilla que la Pola y su esbirro le habían traído. Roja, sobre la blusa blanca sin tirantes (la habían llamado ñapanga), le daba un aire bastante menos aristocrático que el vestido negro con mantilla de señora de bien que había estado llevando hasta el momento. El rubio la delataba casi tanto o más que el acento, pero el vestido al menos, eso decía la Pola, la hacía aparecer menos chapetona ante la gente de la calle. «Pasarán más desapercibidos. Chapetones de la tierra, en vez de recién desembarcados.»
–Gracias –sonrió Irene.
–Pagó buena plata por la ropa –sonrió la Pola–. Fue trato justo, nada que agradecer. El aviso del nuevo embarque, también lo fue.
–Confiamos en que sabrá qué hacer con las vituallas –asintió Irene–. Toda ayuda es poca para la causa.
–Gracias por la visita, señorita Policarpa –tosió Ernesto–. Si nos enteramos de algo más...
–Si se enteran de algo más no dudaré en venir la semana que viene, don Aureliano –interumpió la muchacha con frialdad–. Pero entenderá que he de quedarme un rato con su esposa para mantener la coartada de la costura, ¿verdad?
–Verdad –aceptó Ernesto, tras un momento de duda.
A él le había traído pantalones largos y una chaquetilla, ambas de color marfil. Elegantes y sobrias. Ni de terrateniente, había explicado la Pola, ni de pordiosero.
–Hay fonda al otro lado de la plaza. La dueña es del valle del Cauca –sonrió esta vez hacia Irene–. Hace las mejores luladas de toda Santafé. Váyase usted con Emilio y tomen. Le gustarán.
Irene asintió hacia Ernesto, aunque él no parecía tener todas consigo dejándolas a solas. Finalmente aceptó y se dejó llevar por el tal Emilio mientras la Pola sacaba un vestido blanco doblado delicadamente de una saca de arpillera. Nada más los hombres salieron, la muchacha lo extendió sobre la mesa, quedando las dos sentadas a cada lado. Era sencillo y de tela modesta, pero tenía bonitos engarces de pequeñas conchas y piedras nacaradas que hacían filigranas desde la cintura.
Tenía habilidad y trabajo. Irene se levantó para estudiarlo con más detenimiento, ambas ahora de pie junto al bordado. Irene lo encontró muy bonito.
–¿Un encargo?
–Un proyecto personal –sonrió la Pola, un poco triste–. Es... Un vestido de novia.
–El color blanco es atrevido –señaló Irene.
–Lo sé. Todas las amas me decían que azul. Mas estuve en boda no hace mucho y una novia vestida de blanco me pareció bien propio. Mire –indicó orgullosa–. Los adornos van cosidos desde acá y se descosen bien sencillo. Así cuando se acabe el festejo será buen atuendo para ir a misa o de festividad. Con el tiempo, cuando gastado esté, hasta de trabajo.
Acarició la pieza con dulzura mientras sacaba de la saca algunas agujas y más piedritas brillantes. Irene no tuvo que darle muchas vueltas.
Aquel, comprendió, debía ser su vestido de novia.
–Alejo fue capturado –le reveló la Pola entonces, el tono de voz quebrado–. Su informe no les llegó a tiempo. Tenían razón con respecto a ese Tovar...
Irene se llevó la mano al pecho fingiendo sorpresa.
–¡Oh, Pola! ¡Créame que lo siento!
La muchacha tomó la mano de Irene y temblorosa, se acercó y sollozó en su hombro sobre su nueva esclavilla roja. La muchacha entonces la abrazó sin dejar de sollozar e Irene no pudo evitar que aquel amasijo de juventud, hermosura y tristeza quedase entre sus brazos. Se puso entonces alerta y no sólo por la discreta y alarmada mirada de Chispitas desde su baño de sol en la ventana; no sabía si lo de Alejo Sabaraín era verdad o no, pero la Pola, más sabía la diabla por funcionaria del Ministerio que por diabla, aprovechando la coyuntura o no, fijo que estaba montando un teatrillo.
–Hay algo de la peli que no acabé de entender –comentó Pacino desde la cama.
Julián levantó la mirada del libro, aunque agradeció la interrupción. Dos Passos le había prestado una copia de Manhattan Transfer hacía un día, al cruzárselo en el pasillo del piso tercero del Florida. «No diga a nadie nada, don John. Estamos de incógnito. Nos hacemos pasar por españoles, no le digo más, pues a mi compadre como que es hombre buscado por pinche malentendido». Dos Passos le prometió guardar el secreto y puesto que iba a estar algunos días aislados curando las heridas del señor Caricias, le pasó el libro. Entendía y agradecía el gesto porque el traductor de aquel tostón era José Robles, el colega perdido de Dos Passos. Era un gesto sentimental, supuso. Al menos uno de los dos había encontrado al colega perdido, pero a pesar de eso... Bueno... En vez de «Manhattan Transfer» podía haberse llamado «Manhattan deprimente que te mueres».
–¿Qué no entendiste? A ver, que la peli no es de Kubrick.
Pacino suspiró, cansado.
–Se supone que el terrateniente le quiere levantar la rubia al tolai –resumió Pacino con la cara aplastada contra el colchón–. Y le acepta el burundanga zombi a Drácula.
–Bela Lugosi. Hace de santero, o algo así.
–Eso. Bela Lugosi. Y se lo pone, a la rubia, en la boda con el tolai, porque no puede convencerla para zumbársela. Y, por supuesto, la saca de la tumba y se la ventila. Durante una temporada, porque está zombi. Luego llegan el tolai y el doctor Van Helsing ese, salvan el día y todos los que se tienen que despeñar por las rocas, se despeñan por las rocas oportunamente.
–Pues la entendiste de puta madre. No tiene más. Que yo haya visto al menos.
–Lo que no me queda claro –continuó Pacino–, es si Bela Lugosi se ventila también a la rubia.
Julián supiró.
–El término correcto no es «ventilar», sino «violar por sometimiento químico» –resumió Julián–. Y supongo que no. Aunque parecía que ganas le tenía a la muchacha. La verdad es que en aquella peli todos parecían tenerle ganas a la muchacha. Incluso las criadas con cara de bruja.
–Olvidas a los pajilleros de las filas de atrás.
–Sí. Esos también.
–Los años treinta –comentó Pacino–... Que están muy mal follados.
Julián se levantó y comprobó las vendas.
Pacino le había mandado a la mierda cuando había estado a punto de inyectarle la última syrette. «Que yo sepa no me estoy muriendo», le había dicho. «Así que guarda eso para otro momento, que sólo te queda una.»
Por las de cigarrillo no temía, pero las quemaduras de plancha variaban en la gravedad. Tenía dos muy malas a la altura de los riñones y las de la parte alta, en los homóplatos, debían doler cojón y medio, pero sanarían bien. Había tenido que dejar la habitación y para recorrerse medio Madrid sitiado en busca de vendas. Algunas había podido hacer con sábanas lavadas en agua hirviendo. Eso y un par de apósitos que podía ir haciendo desmembrando sin piedad a una pobre planta de Aloe Vera que había robado de una casa abandonada.
Para el dolor, tequila escamoteado al machote de la 109.
Quizás por eso Pacino hacía reflexiones tan profundas sobre una peli de zombies, porque iba pedo perdido.
Al menos, se consoló Julián, no tenía fiebre. Si le empezaba a subir, sin un triste paracetamol a mano, le inyectaba la syrette sí o sí, porque con aquellas heridas y a cien kilómetros temporales de un entorno aséptico, que no se le muriera de la infección lo encontraba un puto milagro. Un poco de fiebre y se iba a la tumba directo, como la rubia de la peli, pero sin pajilleros y sin resurrección.
–¿Tienes hambre? Aún nos queda algo de pan y sardinas.
–Nah. Estoy bien.
–¿Seguro?
–Sí. Aunque... ¿Sabes de lo que tengo ganas? –dijo Pacino echándose otro trago de tequila.
–De qué.
–No me has contado nada de lo que pasó entre que dejaste a Lola en el futuro –dijo, un punto somnoliento–, y cuando apareciste con lo de Paracuellos y el fusilamiento de Alonso.
Julián se frotó los ojos y apartó el libro del todo. Joder. Y creía que lo del libro iba a ser lo más deprimente de la tarde.
–¿Qué quieres saber?
Pacino giró la cabeza, sin levantarse de la cama.
–Amelia una vez me comentó que una misión en la residencia de estudiantes, con Lorca, te dejó tocado –dijo. Por el tono hubiese resultado cómico, pero Julián vio que no estaba tratando de hacer una broma–. A veces hablar, ayuda. Y le diste a Alonso una carta que te dio Lorca. Así que en tu viaje desde el futuro hasta lo de Paracuellos le has vuelto a ver.
–Sí.
–Cuándo.
Julián agarró su propia botella de tequila y le dio un tiento. Si iba a tener que contárselo, prefería no estar sobrio.
–¿Estás seguro de que quieres saberlo? –dijo tras tragar y sentir el ostiazo del licor.
–Sí.
Julián bajó la botella, a punto de dar otro trago.
–La noche en la que lo mataron.
Irene tomó de los hombros a la muchacha y la separó lentamente. Después de haberse arrastrado por Monte Arruit, haber sido manoseada por Bolívar, e ir de portal en portal sin saber si la iba a palmar al siguiente paso, encontraba demasiado atrayente el olor de aquel cabello negro y salvaje que, como aquellas formas suaves bajo el vestido, de repente, ay madre, estaban demasiado cerca. Teatrillo, se acordó de repente. Había presentido teatrillo. Y la mirada de alerta que le había dedicado Chispitas desde su disfraz de santa de relicario en la ventana, indicaba que no era la única que lo había notado.
–Ya está, ya está –trató de consolarla–. No te apures muchacha. Seguro que hay algo que podamos hacer. ¿Existe alguna posibilidad de sacar a Alejo de prisión? Quizás no haya llegado aún.
Ella asintió sin perder los ojos ahogados en lágrimas e Irene encontró difícil no volver a ponerle las manos en los hombros. Finalmente lo consiguió y la tomó de las manos, alejándola. Ufff... Mejor.
–He sacado a hombres antes de allá –suspiró la Pola–. Pero se requiere mucha plata. La cuestión es que Alejo... Ya ha estado antes. Es seguro que el nuevo Virrey, Sámano, quiera dar escarmiento. No será tan sencillo como llenarle los bolsillos a un guardia. Estará muy vigilado, él y el resto de patriotas... ¡Ay señora Úrsula! No sé... ¡No sé qué hacer!
Entonces la Pola se echó a sus brazos de nuevo.
Irene dio dos pasos atrás y se encontró arrinconada contra la pared de cal, de nuevo el pelo negro y aquella muchacha temblorosa y afligida en sus brazos. Ay madre... Ay madre...
Y tenemos cama y Ernesto está tomando luladas...
–Querida amiga –pudo decir Irene tras tragar saliva. ¿Era cosa suya o de repente hacía como que demasiado calor? ¡Como estorbaba la esclavilla!–. No sé cómo mi marido –puso especial énfasis en el «marido»–, y yo podríamos ayudar, pero dígame cómo e intentaremos...
Ella la miró, demasiado cerca, demasiado.
–No le mira usted como a un marido –dijo, las lágrimas detenidas, un tono suave en insunuante–, sino como a un hermano.
El teatrillo... Debía concentrarse en el teatrillo... Irene, el teatrillo... Irene, que te pierdes... Aquello era una trampa... Trampa, trampa, trampa...
–La fortaleza de un matrimonio no está en la pasión del primer momento, sino en la amistad mantenida con el tiempo –improvisó Irene, tartamudeando un poco.
–Pero es que he visto cómo me mira usted...
La Pola se deslizó hacia arriba, buscando sus labios e Irene los encontró humedos y salados, gruesos y delicados. Notó entonces la mano de costurera enredándose en su pelo delicadamente y zozobrando, no podía más, no podía más, no podía más que una no era de piedra cojones, le dio un muerdo que arrancó a la otra un suspiro de sorpresa. Apretó la otra en el beso y le dio la vuelta para empujar luego a Irene hacia la cama.
Cuando Irene abrió los ojos sentada en el colchón, esperando que la otra se subiera en su regazo, comprendió que había tardado unos segundos de más.
Y también que era una pánfila de los cojones.
La Pola tenía agarrada a Chispitas, aún con su disfraz de santa de relicario, en una mano, mientras con la otra apoyaba contra la pantalla de la PDA unas bastas tijeras de costura.
NdA: Bueno. Por fin he conseguido internet. No diré cómo, porque tampoco sé por cuánto tiempo tendré.
Lamentablemente, sólo un capítulo esta semana, lo siento. Cuidaos, quedáos en casa y no perdáis la calma. Yo esta semana la he perdido echando números de contagios, así que he decidido no pensar más en el tema lo que me dejen. Ánimo y a seguir.
