Capítulo 83.- Mujeres al límite

Santafé de Bogotá.

Posada cerca de la catedral.

4 de septiembre de 1817

Y otros tiempos y lugares.

.

«Policarpa era cada vez más activa en su compromiso con la causa independentista:

escribía con frecuencia a los patriotas que estaban en las guerrillas,

en los Llanos de San Martín y de Casanare;

auxiliaba a aquellos que querían marchar e incorporarse a las guerrilas;

hacía circular las cartas y mensajes que enviaban los jefes guerrilleros y

compraba –con dineros que le daban las familias republicanas– elementos

de guerra que enviaba a los campamentos.»

«Viva la Pola»

Beatriz Helena Robledo.


–Ni ustedes son matrimonio –dijo la Pola, las lágrimas y la pasión olvidaditas pronto. Qué hija de puta. Pero qué hija de puta. ¡Pero qué grandísima hija de puta!–, ni son ustedes quienes dicen ser...

Vale. La espía que me achuchó no tenía un pelo de tonta. Plan B. Respira Irene que tiene a Chispitas de rehén. Closeted Úrsula.

–Entenderá que con mis gustos... Mi hermano y yo viajemos como matrimonio –improvisó–. Es mejor considerado.

Irene logró controlarse. Chispitas seguía en dibujo fijo de santa, adorable corderito blanco en el regazo y aureola dorada y todo, dedos índice y medio juntos en actitud de dar la bendición y mirada suplicante al cielo. La primera vez que la había visto así le había costado no echarse a reír; con aquel trozo de hierro cerca de su pantalla, de risa daba poca.

–No me creo que don Aureliano sea su marido, ni siquiera su hermano –repuso la Pola–. ¡Deje de mentir! Ni siquiera creo que este relicario sea en verdad relicario. Sólo sé que importante parece para ustedes. ¿Quién es la santa? No la reconozco.

Irene se tragó el cabreo y trató de parecer calmada. La niñata de los cojones no era tonta. La tonta era ella. Se había tragado el cebo del magreo y el besi con anzuelo, sedal y caña. Y ahora la pobre Chispitas corría peligro: por su culpa. La PDA era dura, pero si ese trozo de hierro atravesaba la batería o algún componente, fijo que la perdían. A ella y a la información que necesitaban para continuar: aún les quedaba el Perú y Carabobo; y luego lo que faltara de la guerra civil. Iban a necesitar hasta el último byte de datos de aquella estirada. Además...

Además, aquel ladrillo de suficiencia y falta de sentimientos comenzaba a caerle bien.

–Policarpa, por Dios se lo ruego –trató de tranquilizarla Irene–... Esa reliquia tiene un gran valor sentimental... Esto es innecesario... La santa es... Es... Santa Amelia de Folch.

–¿Santa Amelia de Folch?

–Es poco venerada, lo sé. Ella... Ella hizo el milagro de alimentar a los hambrientos durante el sitio de Barcelona de 1714, hace cien años, cuando los hombres de Felipe V asediaron la ciudad dejándola sin víveres –improvisó. Técnicamente, por aquello de mentir bien, la trola no era trola del todo–. Como usted, luchaba junto a los oprimidos contra el que sería Rey de España. Por eso no la verá en muchos lugares: santos así son incómodos.

La Pola la creyó, durante unos segundos al menos, para luego fruncir el ceño claramente disgustada y dirigirse a la puerta de la habitación; en ella dio dos golpes, tras lo cual se abrió bruscamente. El tal Emilio apareció entonces y tiró a Ernesto sobre la cama, amordazado.

Pensaba. La Pola pensaba a toda prisa sin soltar a Chispitas. Ernesto miró a Irene y ella le dijo que no con la cabeza. Aún no estaba todo perdido.

–Es buena cosa que tanta veneración le tengan a su santa –sonrió entonces la Pola, volviendo las tijeras a la PDA–, les propongo lo siguiente. Tráiganme a mi Alejo y yo se la devolveré. No me importará entonces que me mientan más.

Irene se levantó, furiosa, y la Pola arañó la pantalla con las tijeras como advertencia al tiempo que negaba con la cabeza. Irene se detuvo. Mierda. Mierda, mierda, mierda. Si esa cabrona le hacía daño a Chispitas...

La Pola no sonrió, pero pareció agradada. Sabía que les tenía por el pescuezo, aunque Irene estaba convencida de que no sabía lo que era Chispitas en realidad. ¿Verdad? ¿Cómo...? ¿Cómo coño podía saberlo...?

Ernesto se quitó la mordaza.

–No hay necesidad de perder la cabeza, señorita Salavarrieta –trató de poner paz–. Seguimos siendo de confianza. Esto es innecesario... Pero no esperará que nosotros solos seamos capaces de sacar a ese hombre de prisión. Le trasladarán soldados armados... Nosotros sólo tenemos contactos que nos facilitan información...

–Será innecesario lo que yo diga que lo es –sentenció la Pola. Irene vio entonces a la muchacha dudar. Una sombra de desesperación, quizás; de todo el teatrillo, supuso, las lágrimas por su Alejo quizás no habían sido del todo falsas. A su lado el tal Emilio seguía amenazante–. Les propongo algo. Pruébenmelo. Prueben que son de fiar. Pueden traerme la plata para sacarle de presidio o pueden traerle a él. Entonces, y sólo entonces, les devolveré a su santa Amelia de Folch. Háganme llegar palabra al convento. Tienen tres días.

Y se marchó, sin que Irene ni Ernesto pudieran decir nada más.


¡Era de locos! ¡Les habían bombardeado ya dos veces y las tenían preparando la cena!

Victoria trató de respirar hondo y tranquilizarse, porque cortando se encontraba las patatas y lo último que necesitaba era perder un dedo. El cuchillo de la cocina de la choza, por si poco fuera, llevaba filos mal limpios. Además de perder un dedo, gangrena... Detuvo el chac, chac, chac y tomó aire, de nuevo, porque se la llevaban los demonios.

–¿Estás bien, Victoggia?

–No, Simone. No estoy bien –gruñó–. Un bombardeo de artillería precede a un asalto. Tendríamos que estar fuera con las armas preparadas. ¡Parece que estorbamos! ¡Estoy hasta el coño de Barthomieux! ¡De él y de todos los...! ¡Bah!

Simone quedó por unos momentos confusa, por lo que Victoria explicarle tuvo lo que significaba la expresión «estar hasta el coño». Soeces palabras eran y en nada gustaban a Padre, pero que se la llevaran los demonios de una vez si encontraba paciencia; y Padre, al fin y al cabo, no era más que otro hombre. De otro siglo, además. Peor aún.

–Lo sientó... Es culpa mía... Cggeo que no soy un buen soldadó... Y pogg esó –aceptó la francesa sin tristeza, mas con pesadumbre– te han puestó a cuidagg de mí.

Victoria dejó cuchillo herrumbroso y patatas cortadas, arrepentida de su arranque. Le puso entonces la mano en el hombro a Simone y trató de no sonar paternal, porque odiaba hasta la médula que con ella tomasen aquellas formas. En verdad Simone era más mujer de letras que de armas, en eso no había discusión posible; mas como con todo, torpezas e inexperiencias se curaban practicando, no evitando el problema ordenando que cocinara para los demás.

–Es culpa de ellos, Simone –repuso Victoria–. A un muchacho con pocas armas lo pondrían en primera línea para curtirlo. Mandarnos aquí sólo retrasa que podamos aprender y calma sus orgullos. ¿Te imaginas qué dirían si una mujer resulta mejor soldado? No. Mejor enviarlas a la cocina. Donde no podamos herirles donde ellos tendrían el coño.

Simone sonrió, tras sus gafitas, y se las ajustó tras asentir tímidamente.

El enfermero entró entonces, con un saquito en las manos. Pimentón, dijo. Ya podemos hacer la salsa como Dios manda. Falta la cerveza, pero se supone que tenemos que estar despejados y eso no mola.

Oportuno, pensó Victoria, como de costumbre. Tendría que preguntarle a su debido tiempo qué significaba el verbo «molar».

–¿Cómo están las cosas afuera? –preguntó con esperanzas de poder agarrar su fusil.

–Tranquilas, como hace cinco minutos –señaló calmo. Se alarmó un poco al señalar la sartén en el suelo–. ¿Qué hace esa sartén ahí? ¿Está el aceite hirviendo?

–¡Oh! El hoggnilló está en el sueló –explicó Simone–. La ollá de las patatás está en la hoguera.

Victoria no había visto nunca que una hornacha para cocinar estuviera en el suelo, pero supuso que en aquella región se obraba de aquesa manera. Varias veces había estado a punto de tropezar con el cacharro, mas acostumbrada a su presencia valía con no perder la cabeza y no olvidarse de dónde estaba.

Como ellos.

Con esa hermosa hoguera tirando humo por el cañón de la chimemea.

Recordando a los de fuera, leguas a la redonda, dónde estaban y delatando su posición.

–Valiente ocurrencia, por cierto –gruñó Victoria–. Delatar nuestra posición con humo en la chimenea... Es de locos, os digo.

El enfermero se encogió de hombros.

–Haber cocido primero las patatas y haber aprovechado las brasas para...

–¡Fue orden de Barthomieux! –rugió Victoria, harta–. Prender el hogar fue cosa de Barthomieux y nos mandó apremio. Si tanto quieres manejar en la cocina, camarada, te sugiero que te pongas a cocinar tú.

–Vale, tranqui –trató de calmarla el enfermero–... Supongo que no ayuda que diga que estás cortando las patatas muy finas...

Victoria empuñó el cuchillo y avanzó dos pasos hacia la sonrisa tras la barba morena. Él, lentamente, llevó su mano al cuchillo cuando lo tuvo demasiado cerca y Victoria, arrepentida del gesto, se lo dio.

–Diculpad –murmuró–... La impaciencia me pierde.

–Me recuerdas mucho a un amigo mío. Él también tiene el genio vivo y le van... Las armas blancas –sonrió Juan Trampero–. También me recuerdas a... A otra mujer.

Simone intervino, probablemente intentando calmar los ánimos.

–¿Le espegga a usté esa mujegg, enfeggmego?

Victoria le vio dudar, un poco. Incómodo. Dolido. Repuesto.

–Ya no.

–¿Tenía el genio vivo y la echa de menos?

El enfermero la miró, de nuevo paternal. Victoria sintió ganas de volver a agarrar el cuchillo.

–Hay poca gente que sea mala porque sí, Victoria. La mayoría tenemos genio o nos enfadamos porque las cosas nos llevan al límite. Fíjate en Barthomieux, por ejemplo. Está de los nervios. O en tí. La mujer que recuerdo era capaz de eso y mucho más, y a la vez, de ser una buena persona. No existen los héroes, camarada Victoria –se encogió de hombros Trampero–. Sólo gente que no lo ha pasado lo suficientemente mal para romperse y mostrar maldad. Sólo gente a la que el Tiempo no ha llegado todavía.

Victoria se extrañó, al oírle hablar en tal tono, mas no pensaba dar su brazo a torcer.

–En eso te equivocas, camarada –discutió Victoria–. Yo conozco a uno. Yo conozco a un héroe.

Trampero fue a decir algo, mas los gritos de Simone y el escándalo de la sartén volcada le detuvieron.

La pobre Simone habíase quedado mirándolos y, sin prestar atención, había metido el pie en el aceite hirviendo provocando lluvia de improperios, juramentos y malas palabras en francés que sacudieron el aire como furiosos latigazos.


–¿Estás bien? –preguntó Ernesto.

Irene dijo que sí, pero no lo estaba. Aún en la habitación de la pensión no podía siquiera sentarse. La Pola se había llevado a Chispitas y había sido culpa suya. Ernesto confesó que a las luladas no había llegado; el matón de la Pola le había amordazado e inmovilizado nada más salir de la habitación. Una trampa incontestable.

–Es una trampa –añadió Ernesto–. Nos quiere entregar.

–¿Al otro Ministerio?

–¿A quién si no? Se ha llevado a la IA. No digo que no esté desesperada, pero su conducta no tiene lógica –gruñó Ernesto–. Nada nos impide marcharnos, por mucha devoción que le tengamos a una santa. Sabe que no es una santa. Que es más importante para nosotros que eso.

Irene no podía pensar con claridad.

–No lo entiendo. ¿Por qué no llevarnos ahora?

–Ha debido de hacer un trato con ellos –razonó Ernesto–. Creo que nos está dando la oportunidad de mejorarlo.

Irene lo comprendió entonces. La Pola estaba jugando a dos bandas. Había tenido que hacer un trato con alguien: Alejo, a cambio de ellos. Y o bien no se fiaba de ese alguien, o bien quería darles la oportunidad de solucionar el embrollo por ellos mismos. Quizás, hasta se fiaba de ellos a pesar de haberle mentido.

–Estamos jodidos de todas maneras. No tenemos los medios para liberar a ese hombre –gruñó Ernesto, de nuevo.

Irene chascó los dedos. ¡Claro! Eso era.

–No tenemos por qué liberarlo nosotros, esposo mío –sonrió–. Sólo quitárselo a quien lo libere. Y así nos enteraremos de si quien va detrás de nosotros, es el otro Ministerio o no.

Ernesto sonrió, cambiando la preocupación de su cara por algo parecido a la esperanza.

–Querida Úrsula, amor mío –dijo muy serio–, en momentos como este es cuando recuerdo por qué me casé contigo.


Julián echó un vistacín por la ventana antes de cerrar cortinas y persianas, para ver cómo abajo las prostitutas comenzaban a entrar en el hall del Florida, en busca de clientela. Con ellas no había contado para el tema paradojas y el nombre Juan Cholo; aunque igual no eran las mismas que en el 39, mejor no jugársela. Tocaba estar encerraditos, entonces, hasta que la saboneta se pusiera loca. Se decidió a contarle lo de Lorca a Pacino, aunque putas ganas tenía; en cualquier caso les quedaban días de encierro, así que se lo iba a acabar contando tarde o temprano. Mejor pasar el trago cuanto antes.

–Fue un cambio de portal rápido, aunque cuando salí aún no lo sabía. Venía de Madrid –contó Julián–. Aparecí en Granada y me enteré de la fecha al anochecer, cuando le pedí agua a un vejete.

–¿Cómo le encontraste?

–¿Al viejo?

–No –dijo Pacino desde la cama–. A Lorca.

Julián dio un nuevo tiento a la botella.

–Seguí la saboneta cuando se puso a vibrar –respondió Julián–. Me llevó por un camino. Un camión pasó a mi lado.

«¿Sabes cuando tienes fiebre y estás en el ciclo de arriba y abajo? Pues eso sentí. De la nada. Me puso malo. La señal de la saboneta era débil, así que supuse que aún tendría tiempo y no intenté parar el camión cuando lo oí venir; pero entonces, cuando pasó, lo supe. ¡Lo supe, hostia puta, lo supe! Un camión, de noche, en un camino de mierda... En ese camión iba Federico. A dónde me iba a llevar la puta saboneta, ¿no? ¿A qué otro sitio? Los saltos que estuve haciendo en Madrid te los ahorro, pero el resumen es que algún desgraciado la palmaba siempre. Yo un par de veces estuve a punto, porque me pillaron los tiros por delante...»

–Las syrettes que faltan –pareció comprender Pacino.

Borracho, pero el hombre hilaba todavía.

–Sí. No sé si el Tiempo me quiere muerto, pero fijo que el cabrón no me tiene cariño. La última antes de Lorca fue con lo de Calvo Sotelo.

Pacino hizo ademán de levantarse, pero a Julián le dio tiempo a volver a tumbarle agarrándole de los brazos. No había mucho más que no estuviera quemado donde agarrarle.

–¡No me jodas! –gruñó Pacino–. ¿Estuviste en lo de Calvo Sotelo?

–Entre otros.

Julián se paró. Había logrado que aquellas muertes quedaran atrás, olvidadas. El muchacho de los periódicos, el teniente, el pistolero perseguido... Todos los caídos que se había encontrado en aquella espiral de violencia y locura eran para él ya caretos y nombres olvidados...

Todos menos Federico.

Probablemente porque a él sí había podido salvarlo.


NdA: Por esto no quería pasarme de palabras, porque a cada capítulo me paso un poco más... La historia de Federico en el siguiente, lo prometo, que llegará en dos días. Respecto al arresto de Alejo, he encontrado fuentes que contradicen que fuera el 4 de septiembre. Me ciño al plan original. Sentíos libres de indicarlo en los reviews.

Gracias por leer. A los que estais de "distanciamiento social" o cuarentena, ánimo. A los que no lo estáis todavía, preparaos. Pero no almacenando papel higiénico. Es... Es absurdo