Tablilla V Capítulo 16 Humbaba

—¡Gilgamesh! ¡Muévete! —repitió nuevamente Enkidu, como nunca en la vida había gritado.

—Enkidu, cálmate, nada pasa, está ahí mirándonos, como una bestia estúpida—Gilgamesh rio caprichoso, desafiando a Humbaba con la mirada.

Humbaba volvió a gruñir y Enkidu ahogó un grito. Comenzó a acercarse lentamente, respirando fuego por sus fauces. Sus garras enormes eran más anchas que la espada de Gilgamesh y la comisura de sus labios, colgaban huesos y trozos de animales que fueron devorados por él, como si se hubiese alimentado hace pocos momentos. Sus fauces atravesaban de lado a lado algo parecido a un rostro y su cuerpo era tan grande como un barco pequeño. No tenía una pizca de parecido a un ser humano, mas bien era una masa algo amorfa de color gris.

Aún así, Gilgamesh se mantenía quieto, optimista, mirando los infernales ojos de Humbaba, que más bien eran unos surcos confusos que no señalaban iris alguno, pero por ahí la bestia miraba. Sus portales comenzaron a dibujarse en el aire, como pequeños halos dorados que desprendían un polvillo intenso de la misma tonalidad.

Humbaba tenía enormes patas macizas que golpeaban el suelo tras cada paso. Se posó en las traseras y se dejó caer con todas sus fuerzas, provocando que las hojas más débiles de los cedros cayeran en un estruendo forestal. Gilgamesh se tambaleó y cayó de rodillas, mientras que Enkidu se tropezó y dio directamente con el suelo.

—Eso, rey de Uruk—habló Humbaba, con una voz grave y profunda, brutal y gutural que reverberaba en los árboles, desde el fondo de su garganta, sin abrir la boca en ningún momento—reverénciame, porque mi superioridad ante ti es notoria. Has osado a venir a las tierras de Enlil, más aún, a los cedros de Ishtar y debes morir por eso. Me has hecho enojar. Tus cazadores se roban mi alimento, tu amiguito rechazó su misión y ahora soy yo quien acabara con tu era de tiranía sobre Uruk, Gilgamesh.

—¡Cállate maldito! —gritó Gilgamesh, incorporándose velozmente. Las armas a través de los portales, eran apuntadas hacia Humbaba—Ten agallas y ven aquí.

—Gilgamesh, ¡No! —susurró Enkidu en un gimoteo, acercándose hacía él—Ten cuidado, recuerda lo que dijimos, primero tantearíamos su altura, luego pensaríamos como…

—Cállate Enkidu—dijo Gilgamesh, lleno de energía, con el brillo de la adrenalina en sus ojos—. Hoy acabaremos con Humbaba. No seas cobarde y ven aquí a luchar conmigo.

Y así, Gilgamesh se armó de valor.

Humbaba corrió en dirección de Gilgamesh, pero un montón de cadenas aparecieron amarradas de un árbol a otro, produciendo que el gigante anómalo tropezara y se derrumbara estrepitoso, quebrando grandes cedros donde las cadenas cedieron y se evaporaron. Los árboles cayeron pesadamente y Humbaba los apartó de su lomo con rabia. Gilgamesh aprovechó la ventaja que Enkidu le dio y sacó todas las flechas y armas posibles y disparó hacia la bestia, pero su piel era gruesa y muchas de estas sólo rebotaban, como si estuviesen arrojando pequeñas rocas a su espalda. Humbaba se puso de pie y alzó la voz:

—No seas tonto, Gilgamesh, abandona el bosque de los cedros, harás enojar a Ishtar y a Enlil con tus fechorías, ¿Quién te ha ordenado matarme? Si te acercas te despedazaré como un trozo de carne sin fuerzas, aplastaré tu cabeza y te dejaré sangrando… y tú Enkidu, sí tú, mi viejo amigo, hijo bastardo sin madre, jamás fuiste amamantado, jamás naciste. Te observé en los bosques, pero me dabas pena, no quise comerte, te tuve piedad ¡El arma de los dioses! ¡Qué risa me das! Ahí, sollozando como el cobarde que eres. Cuando acabe contigo, me comeré tu cabeza y tiraré tus brazos a Gilgamesh, como único recuerdo de tu existencia. Me guardaré tu torso como trofeo y tus piernas las colgaré en el cedro más alto, para que los dioses vean la basura que Aruru ha creado.

"Osaste traer a Gilgamesh aquí con vida y ustedes dos me miran como dos animales atemorizados. ¡Largo de aquí, si quieren vivir! ¡Dejen mis bosques y mi comida en paz!

Un arma bajo el puño de Gilgamesh tiritaba con la rabia propia de su sangre. Había injuriado en contra de ellos y aquello le regresó el valor. Enkidu reaccionó rápidamente y se alzó para interponerse entre Humbaba y Gilgamesh. Alzó las manos como si fuese a tomar una vara entre ellas y de un polvillo brillante, se materializó una hermosa lanza de plata, larga y esbelta, con la punta mas filosa de todo el mundo. Gilgamesh carcajeó con altanería y abrió los portales a sus tesoros, mostrando a través de los halos brillantes, las mejores hachas, jabalinas, martillos de guerra y espadas que cualquier rey envidiaría tener.

—Yo soy la espada y la lanza de los dioses. Ahora soy la espada y lanza de Gilgamesh. Tus palabras las pagaras con muerte, Humbaba, desdichada sea tu vida—sentenció Enkidu, con un tono grave poco común en su voz.

Humbaba bufó de manera brutal y de su boca, enormes llamas se alzaron a los cielos que se nublaban conforme las oscuras manchas se atravesaban una con otras y de pronto, la tormenta daría inicio a la contienda.

—Calla, intento fallido de Aruru—dijo Humbaba, colocándose de pie— y ven aquí, demuéstrame qué tan inútil eres.

Enkidu experimentó la rabia como nunca. Los rayos caían a su lado, e incluso, uno de ellos impactó a su cuerpo, iniciando un camino serpenteante, sin que este le hiciera daño alguno. Apuntó la lanza y las cadenas se materializaron alrededor de ella, preparándose a atacar.

Gilgamesh aprovechó que Humbaba fanfarroneaba con Enkidu para disparar el arsenal que sus portales dieron paso. Algunas armas efectivamente atravesaron la carne de Humbaba y otras rebotaban y caían al suelo, en un golpeteo metálico que se incrementó a medida que más artilugios y tesoros llegaban a través de los portales. Enkidu corrió hacia Humbaba y con su lanza de plata, hizo una enorme herida cerca de unas de sus extremidades, provocando que este aullara de dolor y cayera sobre su pierna magullada, golpeando la rodilla contra el suelo.

—¡Miserable! —gritó Humbaba y respiró fuego sobre Enkidu.

En ese momento, Enkidu corrió hacia Gilgamesh y lo tomó de un brazo.

—¡Larguémonos de aquí! —dijo, arrastrando al rey— No podremos competirlo ahora. Esto está mal.

—Enkidu maldita sea—soltó encolerizado Gilgamesh—, eres el peor cobarde que he conocido. Qué vergüenza me das.

—No—Enkidu se escabullía entre algunos árboles, sabiendo que Humbaba no podría entrar entre los recovecos de estos—. Necesitamos una estrategia. Por favor hazme caso.

—De acuerdo—masculló Gilgamesh molesto—, mi estrategia es ir a matarlo, ¿Contento?

—No seas tonto, Gil—reprochó Enkidu—. Ya viste su tamaño. Es posible por su forma algo redondeada que no podamos atarlo más que por sus patas…

Un rugido profundo hacia vibrar los árboles, provocando que Enkidu pegara pequeños saltos.

—¿Y porqué no te conviertes en la bestia que eres, Enkidu?, podrías hacerle frente.

Enkidu negó algo nervioso y contestó:

—No quiero que me veas así, además... creo que he perdido la habilidad.

—Entonces sugiere algo—barbulló ya hartado.

—Lo amarraré con mis cadenas a los árboles. Dispararé cientos de lanzas y te dejaré el camino libre a su cuello para que lo degolles. Ahí seguramente podremos tener una ventaja sobre él. También podría atar sus cornamentas. Es buenas idea dejarlo ciego.

Gilgamesh se restregó la barbilla y asintió con vehemencia.

—De acuerdo. Vamos por él, los cedros se están empezando a quemar.

—Descuida, la lluvia apagara los focos de incendio. Preocupémonos de Humbaba.

Ambos después de la conversa se separaron estratégicamente para provocar ruido entre los árboles y así confundir a Humbaba. Enkidu mantenía contacto visual con Gilgamesh y le hacía señas para indicar el momento exacto. Llegado el instante, Enkidu hizo aparecer sus cadenas y Humbaba quedó inmovilizado unos momentos. La bestia las tensaba y aquello provocaba dolor en Enkidu, pero las cadenas se mantenían fuertes, apegadas a las patas de Humbaba. Gilgamesh por su parte, tomó una de las espadas desperdigadas por el suelo y se acercó a el ser amorfo.

—No subestimes jamás nuestra fuerza y destreza, cometiste un grave error—dijo Gilgamesh, lanzando la espada enterrándola en el pecho de Humbaba.

El gigante gruñó y junto las fuerzas necesarias en sus puños. Enkidu, detrás de un árbol mostraba un rictus de dolor. Gilgamesh fue consciente de ello y abrió portales alrededor de la cabeza de Humbaba, con el fin de dejarlo ciego. Cientos de lanzas fueron arrojadas y estas se enterraron en sus ojos, provocando una visión de masacre. Humbaba, encolerizado, logró romper las cadenas de Enkidu y él se retorció de tormento, tanto así, que cayó al suelo crispándose sobre su espalda.

—Me estás haciendo enojar, Gilgamesh. Acabaré con tu vida cueste lo que cueste.

La masa negruzca alzó un aullido al cielo y descendió la cabeza, demostrando que las lanzas enterradas en su cabeza no eran más que astillas molestas. Caminó con fuerzas, creando torbellinos a su alrededor, dejando todo el ambiente cargado en hojas y tormentos, como si el infierno estuviese a punto de desatarse en aquel lugar. Gilgamesh entrecerró los ojos y apresó con más fuerza una lanza que recogió hace unos instantes. Resopló y miró por el rabillo del ojo cómo Enkidu se reponía con lentitud. Por alguna razón sus cadenas eran débiles contra lo divino, lo que le causaba una contradicción algo curiosa en su mente.

Humbaba gruñó y arremetió con todas sus fuerzas. Gilgamesh quedó aplastado bajo la bestia y se reservó el grito de dolor al sentir una presión grande sobre sus costillas. Usando su herencia de dios, sostuvo la pata de Humbaba y la comenzó a retirar con lentitud, haciendo un esfuerzo increíble.

Si tan sólo Enkidu cooperara.

Gilgamesh bufó enojado luego de que Humbaba retrocediera. Los remolinos a su alrededor cubrían su cuerpo y las hojas se apegaban a su cuerpo y a la sangre que lograba escapar de su cabeza. El fuego comenzaba a consumir con más ímpetu los cedros y Enkidu aún no se reponía del todo.

Gilgamesh consideró prudente tomar distancia al ver que los cielos comenzaban a cubrirse con más nubes y los rayos descendían alrededor de la bestia. Estudió la situación y se armó de valor para correr y atravesar con la lanza la mandíbula deforme de la bestia.

—Cierra esa boca pútrida—masculló Gilgamesh, atravesando los labios como si se tratase de un trozo de carne asándose sobre carbón.

Humbaba levantó una pata y de un solo zarpazo sacó a Gilgamesh de su lado. El rey chocó ruidosamente contra un cedro a medio quemar y este cedió ante el golpe, cayendo la madera envuelta en brasas frente a él. Gilgamesh se arrastró, sintiendo un hilo de sangre colarse hasta su lengua.

—¡ENKIDU! —gritó, lleno de cólera— ¡APARECE, COBARDE DE MIERDA!

Enkidu no dijo absolutamente nada.

Gilgamesh tomó una espada y se apoyó en ella para levantarse y alejarse de las llamas. Le costó respirar y creyó que sus costillas estaban quebradas, pero luego de una inspección visual, pudo percatarse que todo estaba en orden. Resopló algo hartado y se escabulló entre los árboles, sin perder de vista a Humbaba, el cual seguía los ruidos emitidos por sus piernas.

Luego de pensar una estrategia, decidió prepararse y lanzarse a pelear cuerpo a cuerpo, a pesar de las ventiscas terribles que rodeaban a Humbaba. Su fuerza inhumana le ayudaría a dar pelea por largo tiempo, pero Enkidu era esencial para ganar la contienda.

Humbaba sonrió con malicia. Sus dientes como sierras se asomaron por la comisura de los labios y se relamió, contento de su descubrimiento. Caminó pesadamente entre los cedros en llamas para ir por Enkidu. Olió su cuerpo y decidió en devorarlo frente a Gilgamesh.

Enkidu por su parte, se encontraba algo exhausto, asustado y adolorido. Cada vez que un eslabón de sus cadenas cedía, era como si uno de sus huesos se quebrara. Su mano blanca se hallaba apoyada sobre un tronco y se afirmaba el estómago, ya que las náuseas le habían invadido. Al ver a Humbaba tan cerca, abrió los ojos de par en par y temió por su vida.

—No te lo permitiré, bestia—gritó Gilgamesh, corriendo y anteponiéndose entre Enkidu y Humbaba—, ya esto es personal.

Humbaba volvió a reír cacofónicamente y con otro zarpazo, lanzó a ambos lejos, dejando a Enkidu semiconsciente y a Gilgamesh completamente enojado. Se arrastró hasta Enkidu y le tomó el rostro con rabia.

—Despierta, tonto. Nunca creí que te pondrías tan débil en un momento como este.

Enkidu abrió los ojos levemente y arrugó el entrecejo con temor.

—Ya podré, me estoy reponiendo.

Se incorporó con dificultad y fijó la mirada en Humbaba.

Gilgamesh exasperó y tomó a Enkidu por el brazo, con violencia y lo arrojó hacia Humbaba.

—Has lo tuyo y deja de mostrar esta faceta miedosa tuya. Sé de lo que eres capaz, sé que eres tan fuerte como yo, confío en ti.

Enkidu sonrió ante lo último y se llevó el índice a los labios. Alzó las manos al cielo y los rayos energizaron su cuerpo. Humbaba lo sintió. Tras enormes manotazos, derribó los cedros hasta llegar a Enkidu y sus fauces se acercaron peligrosamente a su cuerpo. Enkidu cerró los ojos y respiró hondo.

Gilgamesh decidió distraer al gigante corriendo alrededor de él, emitiendo ruido con las armas en el suelo, para que no fuese por Enkidu. Humbaba volteó su cabeza intentando adivinar la trayectoria de Gilgamesh y luego de hacer sus cálculos mentales, se remitió contra él, al cual por poco le da. Gilgamesh se tambaleó, pero logró mantener el equilibrio.

—¿Eso es todo? —mofó Gilgamesh riéndose a carcajadas—, bestia inútil y pútrida, asquerosa, Enlil es un tonto, un imbécil por confiar sus dominios a un perro deforme como tú.

Humbaba se enojó profundamente. El caos auditivo alrededor de ellos era tal que las risas burlescas de Gilgamesh eran acalladas por los torbellinos. Humbaba corrió hacia Gilgamesh y con sus enormes garras, profirió un golpe certero y le hizo daño en el pecho. Gilgamesh se retiró con algo de dolor, sosteniendo la sangre que emanaba de él. Se encontraba adolorido y cansado, pero más aún, exaltado por la ausencia de Enkidu. Resopló por enésima vez e intentó ubicarlo visualmente. Tomó un martillo de guerra y lo lanzó hasta la cabeza de Humbaba, provocando un ruido seco.

—Enkidu, maldita sea ven a ayudarme, cobarde—vociferó con rabia Gilgamesh, en un momento que creía que Humbaba tenía la situación bajo control.

Realmente Gilgamesh no estaba enojado con Enkidu, si no que más bien le causaba inquietud su ausencia. Tomó una espada y limpió el exceso de sangre de su armadura.

La lluvia era tan intensa que llegó un momento en que era difícil discernir entre el torso o las patas de Humbaba. Gilgamesh intentaba buscar a Enkidu entre los árboles, pero no lo encontraba. Llegó un momento en que simplemente abandonó a Humbaba y se internó entre los árboles.

Lo que vio era algo increíble.

El cuerpo completo de Enkidu brillaba tan intenso como la luz de una estrella. Su propia aura creaba aire alrededor que alborotaba su cabello ya suelto. Gilgamesh, sorprendido, se aferró a su espada y vio como Enkidu caminaba pausadamente en dirección de Humbaba, dejando una estela brillante tras sus pasos. Enkidu alzó los brazos y un rayo golpeó su cuerpo, energizándolo. Con un movimiento de sus manos, materializó una enorme lanza que parecía estar hecha de niebla y hielo y apareció por debajo de Humbaba, provocando que el gigante rugiera de dolor, sin producirle ninguna herida. Amarró el cuello de Humbaba a sus cadenas y logró desestabilizarlo hasta que cayó.

—Ve Gil, hazlo—dijo, dejando esa aura divina que le envolvía—rebana su cuello, no podré sostenerlo mucho tiempo así. Mis cadenas volverán a romperse.

Gilgamesh sonrió con malicia. Abrió un portal y su espada extraña, Ea, se materializó y su mano libre tomó la empuñadura.

—Con el poder del dios primigenio—comenzó Gilgamesh, mientras la espada se activaba y comenzaba a girar sus cilindros inusuales—, te condeno al olvido y te juzgaré, ¡Bajo mi mandato y mi fuerza! ¡Soy absoluto!

Dicho esto, un movimiento en forma de abanico salió disparado de la espada y chocó con Humbaba, lo que provocó que los árboles aledaños quedaran sin sus hojas y las llamas danzaran a la par del movimiento. Humbaba chilló fuertemente y cayó pesadamente, cansado y lastimado. El gigante comenzó a incorporarse con dificultad, pero Gilgamesh fue más rápido.

Su espada se pulverizó y tomó la de oro, corriendo hacia él, para proferirle un corte en el pecho con su espada de oro. Humbaba logró agarrar a Gilgamesh en uno de sus puños pequeños, pero la espada de oro de Gilgamesh se enterró estratégicamente en el cuello de la bestia, con el peligro de crear una herida mortal. La presión que ejercía Humbaba sobre Gilgamesh era tal, que la armadura le estaba haciendo daño. Sintió como le estaba dejando sin aire y un hilo de sangre comenzó a escurrir a través de sus brazos.

—Rey de Uruk—dijo Humbaba, a la vez que las cadenas se materializaron una vez más alrededor de su cuello, amenazando con ahorcarlo—. No seas necio. Vete y déjame vivir—Humbaba acercó a Gilgamesh a su rostro, lo que desagradó al rey ya que todo el mal aliento del gigante llegaba a su nariz—. Puedo perdonar esta contienda que hemos llevado a cabo y seremos amigos. Puedo proporcionarte madera de cedro y tus ciudadanos podrán volver a cazar para llevar el alimento a tu palacio, sólo déjame vivir. Eres un rey con una debilidad y yo sé cual es esa.

—¡No lo escuches Gilgamesh! —gritó Enkidu, ya regresado a su estado original, detrás de la cabeza de Humbaba— ¡Te está engañando!

—He venido a derrotarte, Humbaba—dijo Gilgamesh, blandiendo su espada con determinación, aún ahogado por la presión del gigante—, pero lo que ofreces es exactamente lo que buscaba al acabar con tu vida. Sería justo y noble de tu parte si cumples con tus palabras, pero no sé como confiar en ellas plenamente. Demuestra su veracidad y te dejaré vivir.

Humbaba cedió a la presión de sus dedos y Gilgamesh pudo respirar en calma, pero el gigante no lo soltó, a la par que Gilgamesh no desenterró su espada del cuello.

—Pareces cumplir con tus promesas, Humbaba—dijo Gilgamesh, soltando su espada para relajar sus dedos—, quizás eres un ser de…

—¡GILGAMESH, MÁTALO AHORA! —gritó Enkidu, apretando las cadenas alrededor del cuello de Humbaba—. ¡Hazlo por mí! ¡Cree en mí!

Gilgamesh dudó los segundos suficientes como para tomar la espada y enterrarla aún más.

—¡Te maldigo Enkidu, arma corrupta, hijo rechazado de Aruru! Y tú Gilgamesh, te maldigo por el resto de tu vida, algún día caerá tu reinado y tu seguridad, ¡Estás maldito para siempre! ¡Mi maldición trascenderá incluso tu muerte! —alcanzó a gritar Humbaba antes de que Gilgamesh lo degollara.

Un ruido ensordecedor se escuchó en la espalda de Gilgamesh. El enorme puño de Humbaba cayó pesado y remeció contra el suelo, produciendo que el cuerpo del gigante temblara y se derrumbar con Gilgamesh encima. No terminó de enterarse de qué era lo que estaba ocurriendo, hasta que Enkidu cayó de rodillas, con la cabeza gacha.

Ríos de sangre recorrían la boca de Humbaba y manchaban el camino, llegando a las inmaculadas piernas de Enkidu, quien parecía abatido y nervioso. Gilgamesh descendió del cuerpo del gigante con cierta dificultad, ya que notó que su torso se encontraba lleno de heridas y contusiones. Caminó hacia Enkidu y se arrodilló a su altura.

—¿Qué pasa? —preguntó en un tono ronco, sosteniendo uno de sus hombros— Injustamente he matado a Humbaba por tu petición, ya está muerto. Esta bien si te hace sentir más tranquilo.

Enkidu alzó el rostro bañado en lágrimas, pero una sonrisa pintaba en sus labios. Abrazó a Gilgamesh y besó su mejilla.

—Te has salvado, estoy muy feliz—susurró Enkidu.

—No entiendo a lo que te refieres—contestó Gilgamesh, curioso, aun agitado por la contienda. La adrenalina le hizo apartar con fuerzas a Enkidu, a pesar del dolor de sus brazos.

—Humbaba levantó su puño mientras intentaba convencerte de dejarlo con vida. Aplastaría tu cabeza como lo prometió desde un principio. Tuve miedo de que no me escucharas y cedieras a tu benevolencia. Eres un rey justo, estoy muy contento.

Enkidu volvió a abrazar a Gilgamesh y él le correspondió, pensando qué pasaría si él realmente hubiese cedido a la petición de Humbaba.

—Enkidu…—dijo luego de apartarse y cayó aferrándose de su hombro.

Enkidu apartó su cabellera y luego de cerciorarse de que Humbaba estaba muerto, comenzó a desatar la armadura de Gilgamesh. Llegó hasta su pecho y vio cómo la armadura se había enterrado en sus pectorales a pesar de la cota de cuero. La apartó con rapidez y usando agua de lluvia, limpió las heridas.

—Tranquilo, estoy aquí—señaló, posando sus manos sobre las heridas—, te sanaré.

Enkidu apretó los labios fuertemente y traspasó su energía interna hacia Gilgamesh, quien mantenía los ojos puestos en el cielo, calmado.

—Me he salvado de la muerte—murmuró, una vez que se hallaba curado—, sin ti no lo hubiese logrado.

Enkidu sonrió suavemente y acarició su frente, retirando el cabello hacia atrás.

—Te has salvado, es lo único que importa.

—¿Estás bien? —preguntó Gilgamesh, ya repuesto.

—Sí, estoy completamente sano. Lamento haberme retirado de batalla. Confieso que tenía miedo, pero me costó recuperarme del corte de mis cadenas, además estaba preparándome para dar un golpe más duro.

—Fue una estrategia perfecta—aprobó Gilgamesh, sentándose sobre el barro.

El olor a quemado llegaba hasta sus narices y Enkidu asintió, como leyendo los pensamientos de Gilgamesh.

La lluvia se hizo más intensa y así los focos de incendio comenzaron a atenuarse.

—Ven—dijo Enkidu, extendiéndole una mano a Gilgamesh—, salgamos de este lugar.

El cuerpo de Humbaba comenzó a desaparecer como si fuese constituido de ceniza negruzca. Las partículas carbonizadas huían hacia los cielos y se perdían en la lluvia. Ambos alzaron la cabeza para mirar la escena y Enkidu sintió cómo la culpa calaba por su pecho. Estrechó el ceño en señal de angustia y descendió la mirada.

—Vámonos de aquí—dijo, luego de mirar como sólo los dientes y la cornamenta de Humbaba quedaban tiradas en el suelo.

Gilgamesh aferró la mano de Enkidu con fuerza, en señal de victoria y luego palmeó su espalda. Adelantó la marcha y le hizo una señal con la mano para que le siguiera.

Caminaron juntos hasta abandonar ese espacio del bosque. La lluvia comenzó a calmarse hasta finalmente desaparecer, dejando un atardecer gris y helado.

Enkidu estilaba su cabello y Gilgamesh sacudía constantemente el propio. Llegaron hasta el lugar donde aún la tienda se encontraba alzada y Gilgamesh comenzó a deshacerse de la armadura. Enkidu se acercó para ayudarle y cuando comenzó a desatar los cordones traseros de la cota de cuero, una lágrima cayó por su mejilla. Antes de que Gilgamesh se percatara, la limpió con rapidez y se desprendió de la armadura.

—No puedo creer que acabamos con Humbaba, tenías razón, era terrorífico—dijo Gilgamesh, soltando las protecciones áureas de sus piernas, quedando en pantalones.

—Sí—asintió Enkidu, intentando no recordar lo vivido momentos atrás.

Gilgamesh le miró por largo rato y luego tomó una tela para humedecerla en un estanque cercano y limpiarse.

Enkidu se desnudó por completo y se sumergió, restregando su cabello cubierto de barro y sangre. Lavó su rostro y el color terroso se disolvía en las aguas. Gilgamesh le siguió y así cada uno se bañó por su lado.

—Gil—dijo Enkidu, detrás de la espalda de Gilgamesh—, ¿Estás bien?

Sorprendido por la pregunta, se volteó mientras secaba su cuello.

—Claro que estoy bien, mejor que nunca—sonrió con soberbia, completamente extasiado por lo vivido.

Enkidu sonrió dulcemente y decidió salirse de su baño.