Capítulo 84.- La sexta luna, torrente arriba
Barranco de Víznar, Granada.
18 al 19 de agosto de 1936.
Y también la tarde 21 de abril de 1937, en el Florida, porque Julián lo está narrando.
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«Norma que agita igual carne y lucero
traspasa ya mi pecho dolorido
y las turbias palabras han mordido
las alas de tu espíritu severo.
Grupo de gente salta en los jardines
esperando tu cuerpo y mi agonía
en caballos de luz y verdes crines.»
«El amor duerme en el pecho del poeta (fragmento)»
Sonetos del amor oscuro
Federico García Lorca
–¿Banderilleros? ¿De verdad?
Los otros dos asintieron, despacio.
–Tenemos otros empleos, pero...
–Los toros son lo nuestro de verdad.
El tercero junto a los otros armados que los custodiaban era maestro; caballero maduro, de poco pelo, y aspecto tan cansado como triste. Volvió sus ojos en lo oscuro hacia los jóvenes. Federico podía imaginarles sin aquellas trazas, las suyas mismas, qué horror, tras horas y horas de tormento; lejos de allí, bellos muchachos en trajes de luces, no tan finos como los del matador, no tan brillantes podía ser, pero igualmente bravos y gallardos; nervudos, atléticos y veloces frente al toro en un último quiebro. Anarquistas había oído que eran. Cualquier ímpetu de revolución, sin embargo, parecía apagado a la fuerza por un insoportable y horroroso cautiverio.
Entre los baches y las sacudidas se aguantaron las miradas perdidas.
–Dicen que es usted maricón –dijo el más flaco.
Federico se echó atrás, asqueado con aquella insufrible y desagradable palabra; se preguntó si en el futuro tendrían palabras mejores que aquella para definir lo que era. Menos odiosas. Más certeras. ¡Palabras! ¡Hacían falta tantas palabras todavía!
El futuro. Se acordó de Victoria... Y de Julián.
–Soy muchas cosas –contestó por fin–. Esta noche soy vuestro compañero en la muerte, parece.
Tragó saliva el maestro de escuela, como si hubiera logrado olvidar hasta aquel momento que iban en el cajón de un camión, de noche, llevados por hombres de piedad por mucho tiempo perdida, sin otro fin que el de encontrar una bala al acabar el camino. Las muñecas atadas, liadas, hirientes bajo esparto recio que abrasaba la piel. Sombras en los rostros y brillos en los ojos de emoción contenida o de miedo voraz.
Ambas cosas, quizás.
–¿Cree que nos van a matar? –preguntó el maestro.
Temblaba.
–Si estáis aquí conmigo, lo siento –aclaró Federico, tratando de ser dulce–. Pero sí.
Se palpó el bolsillo de la chaqueta y recordó el bulto. ¡Qué extraña situación! Le habían destrozado forros, hombreras y bolsillos, pero habían dejado intacta, bueno casi intacta, la carta de la muchacha Victoria.
Aquello resultaba tan extraño como el miedo que debía sentir y no sentía.
El camión se detuvo. Se detuvo.
Se detuvo, detuvo, detuvo.
Los llevaron contra una pared de tierra, y piedra. Una torrentera, al lado del camino. Finos hilos el agua había debido hacer, en invierno, o primavera con las lluvias. Un torrente. Qué hermoso, se le ocurrió, hubiese sido verlo entonces.
Gritos. Sonidos de armas en metálica posición.
Alineados esperaban la muerte.
Federico no quiso cerrar los ojos, a pesar de tenerlos ahogados en llanto.
Mejor así. Mejor despierto hasta el último momento. Ya tendría tiempo de dormir. Poco quedaba. Uno de los otros ordenó prepararse. Un banderillo gritó algo; un insulto. Federico abrió la boca, sin que palabra alguna saliera. Quizás... Quizás sí tenía miedo.
Pero la noche se hizo día, unos instantes, cuando les tocaba morir y la sorpresa venció al miedo, en un imposible momento.
Un rayo.
Un lucero azul.
Varios uno tras otro que mágicamente golpeaban a los hombres de los fusiles frente a ellos y los tiraban por tierra. El último que quedó en pie disparó su terrible fusil hacia el fondo del camino y Federico lo vio entonces, mago del futuro con luces saliendo de las manos como personaje salido de una mitología echada de menos por largo, largo tiempo.
Julián.
Julián le había salvado.
Los banderilleros corrieron, camino abajo, cuando pusieron en pie al maestro cojo. Federico esperó a Julián y cuando le desató el esparto le abrazó y lloró en su hombro.
Lloró, lloró y lloró, como un niño.
–Sabía que venías del futuro –pudo susurrar sin soltarle–. ¡Sabía que eras un mago!
Julián no contestó.
Como él, estaba llorando.
Fuera de la habitación ya era de noche. Pacino no sabía bien la hora. Por cómo de mamado iba, podía ser cualquiera de la madrugada.
–¿Les mataste? –preguntó.
–No. No es mi rollo –suspiró Julián–; ya lo sabes.
–¿Quiénes eran?
–Casi todos iban de paisano, aunque uno de ellos vestía de guardia civil. No me quedé a mirarles los papeles, como comprenderás
–¿Qué pasó luego? Pillaste el camión, imagino, y tirarías millas.
Julián se quedó un rato en silencio antes de continuar. Se había acercado más a la cama porque, había dicho, no quería tener que hablar muy alto. Las paredes son de papel aquí, macho. Continuó.
–No. La saboneta señalaba al monte y el camión daba el cante de la leche –gruñó Julián–. Tiramos campo a través. Luego, mientras nos alejábamos de allí le conté todo.
Pacino le vio dar otro trago, como si aquello le doliese más contarlo.
«Le conté todo, ¿sabes? Todo. Todo lo que creí que podía entender en unas horas, al menos. El Ministerio. Cómo llegué. Maite. Alonso. Amelia. Tú. Cuba y Filipinas. Felipe II. Todo, menos lo del otro Ministerio. Eso lleva más tiempo y ya tenía al hombre flipando en colores, así que no era plan. Seguimos la saboneta, cuesta arriba, entre los pinos. Aprovechamos y nos alejamos del camino, y empezamos tirar monte arriba. Le dije que le llevaría conmigo, que a mí también me perseguían y que podía ayudarnos. Total, no importaría, ¿no?. No importaría que mandara la Historia a tomar por el culo, porque nada de esto habrá pasado cuando acabemos con el otro Ministerio, ¿no?. Federico no lo dudó y me dijo que sí. Que nos ayudaría. Yo tiraba de él entre los pinos, porque le habían dejado hecho una piltrafa. Era yo el que hablaba, pero el que estaba hecho polvo por la carrera era él. Nos paramos a coger aire. La saboneta seguía débil, así que le di un respiro al hombre. Entonces me preguntó qué decía la Historia que le iba a pasar. Qué se suponía que le iba a pasar si yo no hubiera aparecido. Como si no lo supiera. Sólo quería oírmelo. Le dije que la Historia decía que moría aquella noche.»
–Es difícil explicar cómo es Federico –pareció disculparse Julián–. Cuando habla se toma su tiempo. Y te mira casi sin parpadear. De repente te sientes como si fueras el puto mundo observado por un niño. Pero cuando habla, no es un niño. Bueno, era. Me dijo... Me dijo que el Tiempo le había dicho que debía morir aquella noche. Que no debía irse conmigo.
–¿Qué?
–Federico tenía sueños premonitorios. Así le conocí la primera vez, en uno. En «Poeta en Nueva York» predice su propia muerte –explicó–. No me preguntes cómo funciona. Una noche sueñas con él y entonces tu vida da un vuelco de tres pares de cojones. Es todo lo que sé.
–Pero... Le salvaste –razonó Pacino–. Le sacaste del fusilamiento, como con Alonso.
–El Tiempo tenía otros planes, como de puta costumbre. Casi amanecía cuando oímos los caballos. Esos sí eran guardias civiles. No sé si le buscaban a él o a mí, pero estaban allí. Buscándonos armados y con faroles. Levanté a Federico y tiré de él todo lo que pude. Iba detrás. Estaba agotado... Él iba detrás... Y... Y empezaron a dispararnos a ciegas, porque aún no había suficiente luz...
–¿Y...?
–Lo siguiente que noté fue que Federico se me había echado encima y me había empujado a un lado. Me tiró al suelo y estuve a punto de caerme por un barranco. Creí que se había tropezado y le llevé a unos setos, cerca de un roble, donde pudimos escondernos –resumió Julián–. No se había tropezado. Me había apartado para llevarse un tiro por mí.
–¡Qué has hecho! ¡Qué has hecho, Federico!
Sonrió Federico, desde el suelo, un hilo de sangre en los labios. Pelo revuelto en lo oscuro, mezclado con tierra y guijarros.
–Conseguir que continúes tu viaje, amigo mío.
Julián sintió las lágrimas sin poder conterse. Las manos le temblaban. Fue a encender el mechero, pero los putos caballos y los putos guardias civiles estaban demasiado cerca. ¡Les verían! Palpó la herida en la penumbra. Entrada en la espalda y salida en el pecho. No había alternativa. Sacó otra syrette de la pitillera y cuando se la fue a poner en el cuello, Federico le detuvo.
–¿Qué es eso?
–Algo que te curará.
–Pero... No debes curarme, ¿no lo entiendes?
Lo dijo con la misma puta calma y puta naturalidad pausada que había empleado al conocerle en sueños. Como si haber recibido un balazo no fuera más que otra sorprendente consecuencia de algo que no le inquietaba. Jadeaba, por el dolor y el cansancio, pero había paz en sus enormes ojos.
–Federico, no me jodas –gritó a susurros Julián–. ¡No me jodas! ¡No estoy para bromas!
–Es como ella dijo, ¿no lo entiendes? –se opuso de nuevo. Apartó sus manos. De un manotazo, tiró la syrette y Julián tuvo que buscarla por la tierra cagándose en todo–. Lo he pensado mucho. Debemos aceptar lo que el Tiempo nos reserva. Ella tiene razón.
–¿Quién? –gruñó Julián de nuevo con la syrette en la mano–. ¿Quién es la gilipollas que te ha dicho eso?
–Victoria –sonrió–. Una curiosa muchacha. Dijo que me encontraría con un amigo de su padre y... Bueno, aquí estás. Sin duda eres tú.
Entonces Federico se sacó la carta y se la metió en el bolsillo de la chaqueta. Victoria. Había dicho Victoria. ¿Era posible? ¿Era posible que se hubiese encontrado con él?
–Me dejaron quedármela, la carta. ¿Puedes creerlo? Les dije que aún no se la había entregado a su dueño. Y bueno... Aquí estás... Mi mago del futuro con una pistola de luz –le puso la mano en la mejilla, y con la otra le acabó de apartar la syrette–. Si me curas, mago mío, no tendrás con qué curarte cuando lo necesites. Y ya ves que de aventurero tengo poco; no podría seguirte. Mi camino acaba aquí y el tuyo continua.
–¡No seas gilipollas, Federico! ¡Cojones!
–Esa boca.
Tosió. Tosió sangre y Julián fue a ponerle en decúbito lateral. El otro manoteó y se resistió, por qué, por qué, por qué, por qué no se dejaba... Sintió entonces la mano en la mejilla, de nuevo, y le vio sonreír entre lágrimas.
–¿Sabes? Si te afeitaras ese horrendo recogedor de sopas –tosió con algo parecido a una sonrisa–, creo que podría llegar a enamorarme de tí.
Julián ya no sabía qué intentar. Los caballos y los guardias se oían más cerca. Más cerca, más cerca. Ya casi no quedaba tiempo.
–Mira Federico... Lo que sea... Si me dejas curarte –dijo acercándole la syrette–, me afeito la barba. Hasta puedes meterme mano, pero... ¡Déjame curarte!
El otro le miró, sorprendido por un instante, con todas las fuerzas que le quedaban sin dejar que acercara la syrette.
–Mentiroso –tosió otra vez, con media sonrisa.
Luego quedaron mirándose, los ojos nadando en putas charcas, la sangre nueva del idiota de Federico saliéndosele por los labios. Los cascos de los caballos, más cerca, más cerca. Gritos. Órdenes. «Vete», susurró Federico. Julián negó con la cabeza.
–No.
Rompió a llorar Federico entonces, y cogió todo el aire que pudo para empezar a gritar.
–¡Aquí! ¡Aquí, asesinos!
Por qué. Por qué, por qué, por qué, por qué, Federico. Julián se levantó de un bote, mirando alrededor, y se secó las lágrimas. Sacó la pipa. Podría pararles. Podría pararles antes de que les frieran a tiros. Disparó. Dio a uno, falló a otro. Una lluvia de balas sacudió los árboles.
–¡Corre! ¡Corre ahora! ¡Gente salta los jardines! ¡Vete...!
Julián no escuchaba. Apuntaba y disparaba hacia las luces. Un tiro le vino zumbando por detrás y comprendió que le estaban rodeando.
–Federico...
–... La sexta luna huyó torrente arriba... ¿No lo ves? ¡Vete! El Tiempo es el que es, Julián –se despidió–. El Tiempo es... El que es...
Julián no se quedó más. Vio entonces por el rabillo del ojo los fogonazos de las linternas demasiado cerca, los mantos verdes de la guardia civil en los flancos de los caballos.
«Les tiré un par de rayos con la pipa de Lola, pero eran por lo menos una docena y vi que me estaban rodeando, así que tocaba correr. Le tiré a uno que me encontré de frente y le trinqué el caballo», acabó Julián. «Seguí con él a la saboneta un rato hasta que dejé a los guardias detrás; luego aparqué el caballo y subí por una torrentera seca con el amanecer. Llegué al portal, en lo alto de un pico. De ahí a Madrid, cagándome en todo, un día antes de lo de Alonso. Fin.»
Silencio.
A Pacino se le pasó por la cabeza fingirse sobado, porque el momentito de silencio entre los dos era incómodo que te cagas. Entonces recordó que estaba completamente borracho y que las ideas de borracho no solían ser buenas ideas; como la que había tenido hacía un ratín, cuéntame lo de Lorca, te sentirás mejor, antes de la bajona guapa que le acababa de entrar. Ideas de borracho. Al menos la espalda parecía no dolerle tanto. O importarle menos.
–¿Estás bien? –se atrevió a preguntar.
–De puta madre –dijo Julián con la voz rota. Acabó la frase con un trago de tequila–. Pero mejoraré. Todo mejora. Todo pasa.
Silencio.
Alguien follaba ruidosamente en la habitación de al lado.
Pacino estaba seguro de que era la pilingui a la que le faltaba una pierna. El tono de voz era parecido, aunque los gemidos la verdad era que podían haber sido de cualquiera. Mierda. Estaba muy borracho. Y aquello era incómodo que te mueres.
–El sexto mes es junio –se le ocurrió entonces mientras palpaba el suelo en busca de más tequila.
–¿Qué?
–La sexta, luna. El sexto mes. Es junio. Y todo eso pasó en agosto del 36.
–¿Qué me estás contando, madero? La sexta luna es julio, ignorante –contestó Julián, tras sorber los mocos–. El año lunar empieza en febrero. Lo sé porque me lié con una china una vez.
–¿Que te liaste una china una vez? Vaya cosa. Todo el mundo... Antes de ser poli, no fue monja... Quiero decir... Tú ya me entiendes...
Pacino oyó un sonoro eructo y cuando iba a decir que Julián era un guarro, se le ocurrió.
–La sexta luna eres tú, tío. Julián, Julio.
Al oír los pasos cerca, vio cómo Julián le quitaba la botella de tequila de las manos.
–Has bebido demasiado, madero.
Pacino encontró que no pudo decir que no, porque la verdad era que había bebido de más, hasta el punto de que ya no sentía las quemaduras de la espalda. Por no sentir, no sentía ni la espalda, ni el pecho, ni los pies ni nada. Sólo la cabeza, pesada y ahogada sobre las sábanas, que a la mañana siguiente le iba a doler de tres pares de cojones.
Entonces sucedió la sacudida. De la hostia. La cama. El suelo, las paredes. La estructura del hotel. La pilingui de una sola pierna soltó un grito en vez de un gemido y cuando Pacino iba a decirle a Julián que, joder, macho, tu puta madre, te has pasado con el eructo, el tono de alarma y mal rollito de la enfermera le sacó del error.
–Mierda –dijo Julián–. Creo que están bombardeando el Florida.
NdA: El atrevimiento de meterme en la cabeza de Lorca creo que no lo voy a repetir con otros personajes históricos porque me ha quedado horrendo; no obstante, tenía que aparecer. Nombres. Juan (o Julián) Arcolles y Francisco Galadí se llamaban los banderilleros anarquistas. Cuando ves sus fotos puedes imaginar que lo que dicen de ellos es verdad: tienen pinta de ser hombres de acción. El maestro parece más tranquilo y se llamaba Dióscoro Galindo. Cada cual tiene una versión de cómo murió Federico García Lorca (y a los que mataron con él) y quién lo mato. Como es un personaje del canon en el Ministerio, me tomo la libertad de novelarlo un poco más.
Respecto al baile de fechas en el Florida... Tenía apuntado que el célebre bombardeo fue el 19 de abril, pero he visto luego que era el 22. Cuando lo confirme, cambio fechas convenientemente.
Aunque no la ha publicado, Pervinca me envió hace muhco una historia corta llamada "Silencio" que no tiene nada que ver con fics. Hasta que no la releí, no acabé de solucionar este capítulo. Inspiración sin plagio, así que reconocimiento y gracias Pervinca.
Se acabó. O me corto o en el próximo llego a 3000 palabras :/
