Capítulo 85.- Santa Amelia de Folch

Santafé de Bogota.

Convento de los Agustinos.

7 de septiembre de 1817

«Ya no me encontraron.

¿No me encontraron?

No. No me encontraron.

Pero se supo que la sexta luna huyó torrente arriba,

y que el mar recordó ¡de pronto!

los nombres de todos sus ahogados.»

«Fábula y rueda de los tres amigos (fragmento)»

Poeta en Nueva York

Federico García Lorca


Chispitas redujo su consumo de eléctrico de nuevo.

Su monitor de batería informó que aún tenía unas 150 horas de autonomía, pero ya llevaba en la oscuridad 70 horas, 10 minutos y 33 segundos y no tenía nada claro cuándo podría volver a recargarse al sol. El último cálculo indicaba que con un 30% de probabilidad no volvería a verlo jamás; era lo que sus subrutinas lógicas habían estimado para que la agente Irene Larra y el agente Ernesto Jiménez siguieran la misión sin ella. Lamentablemente para la misión, el otro 70% indicaba que intentarían ayudarla y aquella certeza amenazaba con desbordar su buffer aritmético de inquietud: aunque ciertamente la misión tenía más probabilidades de concluir con éxito si les ayudaba, el riesgo al que se exponían aceptando el trato de Policarpa Salavarrieta suponía incrementar el peligro un 81.3% más que la alternativa más lógica.

Humanos...

–Está como más oscura, ¿sí? –dijo una voz.

–Serán las velas –contestó otra.

–No. Es como si se consumiera. Polita no debió haber ultrajado la reliquia.

Eran hombres y por las pocas interacciones que había tenido Salavarrieta con ellos en días anteriores, Chispitas había identificado con más de un 90% de probabilidad que los tres tenían vínculos familiares no muy cercanos. Dos hermanos de la Pola, volvió a consultar, eran monjes. La familia se había desintegrado tras las muertes de sus padres a causa de la viruela... Sin duda, concluyó con aquella información, se hallaba presa en el convento de los Agustinos. Con tan poca luz hasta el momento no había podido confirmar tal hecho; su estimación inercial (había llegado dentro del escote de su captora, estaba segura), tampoco había sido capaz de determinar su localización.

–La santa no está en la reliquia. Es sólo una imagen –dijo Salavarrieta de pronto, desde lejos–. No sean idólatras.

Ecos en su voz. Una capilla. Sí. Aquello tenía sentido.

Chipistas intentó activar su cámara. ¡Sí! Veía un punto luminoso a lo lejos. Una vela... Pero aún... Faltaba luz...

–No es idolatría, sino respeto –respondió uno de los hombres, ofendido.

–El respeto a la Causa –volvió a enfrentarse a él Salavarrieta–, es lo primero. Ahora déjenme a solas con ella, por favor.

–Para qué.

–Expiar culpas, naturalmente.

De cerca la vio. Era Salavarrieta, embozada, una vela en su mano, arrodillándose frente a ella. ¿Estaba en un altar? Con la nueva fuente de luz cerca, Chispitas trató de confirmar su suposición. ¡Sí! ¡Estaba en el convento de los Agustinos! ¡En la misma cripta en la que se habían citado con Salavarrieta unos días antes!

Chispitas oyó a los monjes alejarse y entonces frente a ella, imitando la postura de una creyente rezando, Salavarrieta habló. La subred neural de tono y vocalización, sin embargo, avisó a Chispitas de que realmente no rezaba.

Le estaba hablando a ella.

–Muy bien, santita. ¿Me va a decir usted quién en verdad son Aureliano Buendía y Úrsula Iguarán?

Chispitas evaluó opciones y comprendió que tendría que hablar con ella para maximizar las probabilidades de completar satisfactoriamente su misión.


Vigilar la puerta de la prisión de Santafé durante dos días y medio resultó un puto coñazo.

En lo logístico Irene tuvo que aceptar que resultó más simple de lo esperado; no muy lejos de la puerta lateral del muro de la prisión (por la principal sólo iban visitas y suministros), un vejete bogotano tenía un huerto que requería atención, y una vez superada la sorpresa de que dos chapetones quisieran hacerse cargo de recoger verduras a cambio de comida, trabajar un poco y turnarse en la vigilancia era agotador, pero seguro.

Al menos Ernesto había ido trayendo jarras de luladas de la posada que había recomendado la condenada Pola. Se había quedado con las ganas, confesó, y aquello había ayudado a que el sol, la tierra debajo de las uñas y los bichos fuesen más soportables.

–¿Es ese? –preguntó Ernesto al ver salir al hombre.

–Sí –dijo Irene. Se había fijado en él de entre la docena larga de visitantes que hacían negocios a través de la puerta lateral–. Fíjate en su forma de andar. No es de este tiempo.

Iba solo. Siempre iba solo. Ni muy elegante, ni muy pobre. Había contactado con los guardias y había pasado varias veces dentro, amigable, nunca demasiado. Olía a Ministerio a leguas.

–¿Del nuestro o del suyo? ¿Qué opinas?

–Aún no lo sé –gruñó Irene al ponerse el cestillo lleno de arracachas en la cintura–. Pero será esta noche, de eso estoy segura.

–Tendremos que llevarnos a Sabaraín –recordó Ernesto, de rodillas, mientras llenaba otra cesta–, pero al pollo del Ministerio lo tenemos que interrogar.

Irene trató de pensar. Si era del Ministerio original quizás podrían convencerlo para no delatarles.

Si era del otro...


–Me temo que no puedo revelar sus identidades –contestó por fin–. Únicamente puedo decir que nuestra misión aquí no se opone a la suya, señorita Salavarrieta.

Chispitas decidió seguir en su pose de santa, aunque acompañó sus palabras de movimientos de labios; el rostro de la otra sí cambió al verla. A lo que los invariantes geométricos de su base de datos identificaron como incredulidad. Sorpresa. Miedo que en 2.5 segundos evolucionó en cautela.

–Así que la santa estaba dentro de la reliquia, después de todo...

Tono neutro. Negociación. Chispitas optó por la verdad.

–No soy una santa católica –aceptó–. Pero eso usted ya lo sabe, señorita Salavarrieta.

–Llámeme Pola. ¿Cómo debo llamarla, santita?

Chispitas dudó 0.7 segundos. Sus registros de satisfacción revelaron que «Chispitas» era un apelativo que encontraba 5.2 veces más agradable que «IA», «PDA» o «insufrible ladrillo de circuitos». No obstante, Salavarrieta era su captora. Y había rayado su pantalla con unas tijeras; las confianzas no parecían apropiadas.

–Amelia de Folch será apropiado. Amelia, para abreviar.

Salavarrieta asintió. Mordió su labio inferior. ¿Ansiedad?

–Mencionó usted misión, Amelia. ¿Cuál es su misión? ¿Detener nuestra lucha? ¿Impedir la Liberación?

Chispitas dudó 0.3 segundos en su siguiente respuesta. No le estaba permitido revelar la existencia del Ministerio, y menos aún a una figura histórica de la importancia de aquella mujer. Sin embargo, recordó, su propia existencia se desvanecería una vez hubiese cumplimentado sus tareas, por lo que nada de aquello tendría, en la práctica, un impacto indeseable en la Historia. Salvaguardar la Historia, se recordó, era la primera directriz del Ministerio del Tiempo; pro no era la suya.

La suya era ayudar a los agentes a de la patrulla a completar su misión. La segunda, protegerles. La tercera, protegerse a sí misma mientras esto no entrara en conflicto con sus otras directrices. Su banco de nostalgia apareció de la nada para recordarle la voz e imagen del Creador. Ciertamente, concluyó apartando aquellos datos, le echaba 1.1 veces de menos más, que 24 horas antes.

–Mi misión no pone en peligro su Causa –repuso Chispitas práctica–. Muy al contrario. Preferiríamos que su Causa se completase satisfactoriamente. La alternativa, que usted no cumpla con su papel en la Historia, nos pondría en peligro de ser detectados por aquellos que se oponen a nuestros intereses.

–¿Qué misión es esa?

–Se lo diré si me dice quién le informó de mi existencia. Como la suya –aclaró–, mi misión depende de no ser descubiertos y que alguien sepa lo que soy, lo complica.

La Pola dudó 3.6 segundos, pero finalmente el tono de su voz fue sincero y su expresión corporal junto a la vela no indicó mentira.

–Un chapetón vino a mi. Me dijo que quería algo que tenía el matrimonio Buendía y que a cambio me daría a mi Alejo. Me dijo que sería cuadrado, con un cristal. Como nada de lo que habría visto antes. Y allí estaba usted –cedió Salavarrieta–. Él no me dijo que usted hablaba, pero su interés me hizo pensar... Y no me equivocaba...

–Y sin embargo, le dio a los Buendía la opción de recuperarme.

Suspiró la Pola.

–Sí bueno... No es fácil a veces el oficio, ¿sabe? Supuse que si tenía a dos chapetones buscándome lo mismo, me lo conseguirían más de seguro, ¿entiende? –sonrió–. Además... Los Buendía mienten, pero quién no lo hace en este negocio nuestro... Y su Úrsula admito que no besa mal... En fin... Cumplí, Amelia. ¿Cuál es su misión? Dígame.

Chispitas trató de elegir las palabras con cuidado. Un trato era un trato.

–Mi misión es ayudar a la patrulla del Ministerio del Tiempo original a encontrar el punto de bifurcación, el cual creó un Ministerio alterno con acceso al futuro y cuya mera existencia pone en peligro el Continuo Espacio-Temporal. Para conseguirlo, viajamos a través de portales autogenerados y en cierto modo aleatorios, formados por puntos débiles en dicho Continuo, los cuales nos llevan a diferentes lugares y tiempos; estos lugares y tiempos conducen, en una suerte de laberinto temporal, al citado punto de bifurcación. Nuestra misión es alcanzarlo y modificarlo.

–Espere, espere, espere... ¿Ese punto de bifurcación qué es?

–Un evento sucedido unos 200 años en el futuro desde esta fecha. Evitarlo, ajustará el Tiempo a su fluir normal.

–¿Me está diciendo que son ustedes viajeros del futuro?

–Sí. Esperaba que mi propia existencia y esta conversación, señora Pola, fuesen prueba de ello.

Salavarrieta se levantó y dio varios paseos en círculos frente al altar, en actitud reflexiva. Chispitas decidió aparecer en la pantalla, desvaneciendo su figura estática de santa. Aquello consumiría recursos, pero intentar convencerla era la mejor opción, evaluó, para poder ayudar a la patrulla.

–No tiene ni pies ni cabeza –rezongó con incredulidad.

–Y sin embargo –se encogió de hombros Chispitas–, aquí estamos usted y yo. Hablando.

Silencio. Un suspiro. «Debo haberme vuelto loca», murmuró Salavarrieta.

–¿Qué sucederá si no cumplen esa misión de ustedes? –preguntó.

Chispitas tiró a la basura los cálculos estadísticos de aquella conversación. Había esperado que la Pola preguntara sobre su futuro, o el éxito de su Causa... Hablar y esperar conductas predecibles de los humanos, volvió a constatar en su acumulador de hastío, era una pérdida de ciclos de computación.

–En resumen, señorita Pola –trató de suavizar Chispitas la noticia lo mejor posible–... El Tiempo acabará y con él toda Existencia. Todo dejará de existir y no habrá existido nunca, pues nunca existirá.


La noche era fresca y desde el huerto, Irene y Ernesto sólo podían ver las pocas sombras que los faroles de la guardia de la puerta lateral de la prisión proyectaban contra sus muros. Poco movimiento. Aún.

–Dime que es esta noche, Irene, por favor –murmuró Ernesto a su lado–. Como tenga que ver una sóla arracacha más mañana por la mañana te juro que...

Irene afinó la vista. Movimiento. Era el momento.

–Creo que es ahora. Tenemos que ir a interceptarles –propuso Irene, mientras se quitaba las enaguas.

–¿Está sólo el pollo o va con alguien más...? No veo nada –gruñó Ernesto desde el cercado del puerto–... ¿Qué cojones estás haciendo?

Irene le guiñó un ojo al tirarle las enaguas a la cara y agarró el farol.

–Procedimiento estándar del Ministerio en estos casos: un homenaje al cine español. Vamos.

Dieron el rodeo ensayado e interceptaron al pollo y a Salavarrieta bajando por una callejuela empedrada que se dirigía al convento de los Agustinos. Ernesto tomó posición en una esquina, y frente a él, Irene descubrió el farol y se bajó la blusa por debajo del hombro, en plan puti.

–¡Tú! –dijo cuando la pareja pasó a su lado–. ¡Tú no te muevas!

Y se levantó la falda lo más viridianísticamente posible.

Los segundos que se la quedaron mirando, Ernesto tumbó al pollo de un puñetazo y apartaron a Alejo de la vista de ventanas y balcones.

–Tranquilo –susurró Ernesto mientras forzaba los grilletes del joven–. Estamos de su parte. Vamos a llevarle junto a la Pola.

Sabaraín parecía confuso.

–Eso ya lo iba a hacer este hombre –murmuró.

–Ya cariño –sonrió Irene–. Pero es que nosotros molamos más.


Ya llegados a la capilla del convento de los Agustinos, Irene vio a Alejo y a la Pola fundirse en un abrazo. Y luego besos. Y luego... En fin, se dio la vuelta para darles algo de intimidad. Se dirigió al rincón de la cripta donde Ernesto y Chispitas interrogaban al pollo, aunque allí tampoco parecía que hubiera mucho que ver.

–¿Nos vendiste a la Pola para robarnos el móvil intertemporal? –gritó a susurros Ernesto.

Irene vio a Chispitas negar con la cabeza. Aquel idiota, informó, decía la verdad.

–¡Llevo aquí cinco años! ¡Cinco años tirado! –murmuró–. ¡Me metí por una puerta mal catalogada y cuando me quise dar cuenta...!

–... No pudiste volver... El procedimiento es agarrar un barco y regresar a la península, mentecato –gruñó Irene–. Plata no te faltaba si sacaste con ella a Sabaraín. O por lo menos, pedirnos el favor de usar el móvil. ¡No robarlo! Somos compañeros, coño. ¡Un poco de decencia!

Irene sabía que la bronca sobraba un poco, pero soltarla no estaba de más. Que hubiese intentado robarles el móvil (o lo que creía podía ser el móvil) sólo podía significar que no quería que alguien supiese que estaba allí, por lo que esa puerta mal catalogada escondía probablemente otras intenciones. Un robo menor. Una obra de arte, quizás. En otro momento descubrir al pollo y enviarle a Loarre hubiese sido un acontecimiento. Con todo lo que llevaban encima, se alegraba al menos de que no fuera del otro Ministerio. Decía venir de 2001.

–¿Sabéis lo inseguros que son los barcos en esta época? –protestó el idiota.

Ernesto se frotó los ojos y suspiró, aliviado.

–Mira. Afortunadamente para ti –aclaró, paternal–, vamos a darte el nombre de uno que no se hunda para que puedas volver a Madrid, pillar puerta allí y volver a casa. Con una condición.

–¿Cuál?

–Tú no nos has visto y nosotros no te hemos visto. ¿Trato?

El otro les miró, sin comprender, y acabó por aceptar.

Irene les dejó acabar de cerrar flecos mientras llevaba a Chispitas a un banco y veían, orientó la cámara hacia ellos, como los amantes lloraban entre abrazos. Habían cambiado la Historia. Again. Solo que aquella vez... Bueno. Aquella vez no importaba, ¿verdad? Nada de aquello sucedería en ningún caso si conseguían llegar al final del laberinto. Arreglado el problema del pollo, quedaba el de la... El de Chispitas.

–¿Por qué la Pola ha accedido a darnos plata de sus fondos, Chispi? –preguntó Irene.

La IA dudó en la respuesta.

–No sabía si íbais a volver y tuve que entablar contacto –resumió.

–Ya me lo temía, ya. Tenemos eso prohíbido. Lo sabes, ¿verdad?

Chispitas se encogió de hombros. Dios... ¡Se parecía tanto a Amelia!

–Resolvisteis una situación muy difícil con muy pocos medios –felicitó la IA, intentando descaradamente cambiar de tema–. Mi... Enhorabuena.

–Deja de hacer la rosca. ¿Qué es lo que sabe de su futuro? –gruñó Irene sin dejarse engatusar–. ¿Qué le has dicho?

Chispitas no contestó. Sólo se quedó mirando a la pareja, como pensativa.

–¿Cómo es?

–El qué.

–Amar. Amar tanto a alguien. O algo.

Irene se la quedó mirando, a su lado en el banco, sin comprender la pregunta.

Luego Chispi empezó a vibrar. Había detectado un nuevo portal no muy lejos de allí.

Tocaba irse al Perú.


NdA: De nuevo me pasé de palabras, lo siento. Y también siento que esta semana sólo tenga este capítulo. Incluso en el confinamiento hay lío y me está costando sacar tiempo para escribir. Aún me he dejado a Julián y a Pacino en el bombardeo del Florida. A Alonso perdido en algún punto entre PIna de Ebro y Sitges y a Victoria y al otro Julián con Simone justo después de haberse frito (literalmente), el pie... Y la guerra civil... Tanta guerra civil todavía...