Capítulo 86.- El último baile de Juan Trampero
Hotel Florida, Madrid.
22 de abril de 1937
Y otros tiempos y lugares
«Los bombardeos continúan. No son muy intensos, pero están condenadamente cerca. Mejor me visto. Hay agua corriente en el baño, aunque todavía no ponen el agua caliente. Un hombre se siente seguro afeitándose, aspirando el olor familiar del jabón de afeitar en un cuarto de baño limpio. Tras un baño y un afeitado me pongo el albornoz mientras pienso que, después de todo, esto es lo que los madrileños tienen en lugar de un despertador desde hace cinco meses.
(...)
Hombres y mujeres a medio vestir huyen precipitadamente de las habitaciones del frente, arrastrando maletas y colchones hacia las habitaciones traseras. Un camarero con el cabello ondulado sale una y otra vez de varias puertas distintas, siempre rodeando con el brazo a diferentes chicas que ríen o lloriquean.
Gran exhibición de despeinados y lencería.»
«Habitación con baño en el hotel Florida»
John Dos Passos
–¡Vamos! ¡Vamos, levanta! ¡Levanta coño! –gruñó Julián–. ¡Tenemos que llegar al sótano!
Todo daba vueltas, puto tequila. Julián tapó como pudo la espalda de Pacino y logró que se levantara.
–Agh... La madre que parió al tequila... Voy a morir...
–¡La vamos a palmar los dos como no lleguemos al sótano! –intentó hacer que se moviera Julián.
Otra explosión. Otra sacudida. Gritos. Al abrir la puerta Julián vio corriendo por el pasillo a varias prostitutas en dirección a las escaleras. Buena idea, escaleras. Llegó hasta el final. Puta madre. Las escaleras hasta arriba de peña bajando en cueros. Otra explosión. El suelo que temblaba. Un hilillo de polvo les cayó encima. Pensándolo bien, a lo mejor lo suyo era salir a la calle, porque con su suerte alguien del otro Ministerio igual guiaba los obuses y el plan era hundir todo el edificio. Julián se tragó las arcadas del tequila como pudo (never again mamacita, never again) y trató de guiar escaleras abajo al largo.
Pero Pacino tenía otros planes.
–Pilla... Las... Cosas –murmuró como un borracho de chiste, agarrándose a la barandilla.
–¿Qué?
–La bolsa, la pipa, la pasta, la impresora... Lo que hayas traido, todo... El relojito de los cojones... Se ha puesto a vibrar.
Julián lo notó entonces en el bolsillo de su chaqueta. Era verdad.
El puto portal se les iba a aparecer en mitad de un bombardeo.
Bueno.
Al menos era una excusa de puta madre para no quedarse allí ni un minuto más.
Victoria regresó de su guardia y buscó a Simone; agradeció a Gunther el gesto cuando pasó a su lado, pues ofreciole pieza de manzana y en verdad, después de una mañana al sol de agosto, no recordaba que antaño algo de fruta le hubiese sabido tan deliciosa.
–¿Cómo está? –preguntó Victoria con la boca llena.
En enfermero seguía atendiendo a Simone, quien seguía tumbada en la mesa de la cocina. El primer día tras herirse el pie había aguantado con una venda y una muleta improvisada con ramas, mas llevaba ya dos días postrada y el pie hervido en aceite, condenada mala suerte, se le había hinchado y enrojecido.
–Ha empeorado –contestó Trampero–. Tiene fiebre y no tenemos antibióticos. Hay que llevarla a Pina de Ebro para que la lleven a retaguardia.
Victoria asintió y acarició la frente de Simone. La desdichada estaba ardiendo. Tomó el paño húmedo que le pasaba el enfermero y trató de aliviarle el calor.
–Debo segg la luchadogá pog la libegtad más penosá de está guegga –sonrió Simone débilmente.
–Simone, no digas tonterías –trató de animarla Victoria–. Eres más valiente que muchos que conozco.
–El valogg no gana gueggas, Victoggia.
Trampero acercó entonces la camilla y entrambos subieron a la pobre Simone a ella.
–Vamos –dijo el enfermero–. Son varios kilómetros hasta el pueblo. Órdenes de Barthomieux. Vienes conmigo. Llevamos a Simone a Pina, nos aseguramos de que la evacuan y volvemos.
Victoria observó el rostro barbado y triste de Trampero frente a ella. Aliviado, a la vez, mas con enorme tristeza; mentía, sin duda. Barthomieux no había dado tal orden pues Victoria le había oído hablar con la familia de la casa cercana: iban a ser ellos los que evacuaran a Simone.
Y a pesar de ello la confianza y cercanía que sentía por él, paternal cuidador, en verdad no había disminuido. Cargó Victoria con su fusil, su espada y su daga y dejando que el traidor fuese delante, ambos llevando la camilla de Simone, empredieron viaje de regreso a Pina.
Julián salió a la plaza del Callao con Pacino aguantando el marco de la puerta de la entrada del Florida por si se caían. Ambos. No podía ser... Joder, no podía ser... ¡Puta mierda!
–¡Qué! ¿Dónde se forma?
Se había despejado un poco, pero iba a rachas.
Un obús cayó en un edificio cercano tirando cascotes y mierda con un estampido de tres pares de cojones. Peña corriendo, porque aún no había amanecido, pero todo el mundo parecía despierto. Con el ruido del pepino, Julián ni siquiera oyó su propia respuesta. ¿Que dónde se formaba? Había dudado un poco porque pensar claro y mucho tequila aún en el organismo como que no eran cosas compatibles, pero después de salir y volver a meterse, no quedaba duda por la posición de las manecillas.
El puto portal se les formaba en el Florida.
Tenían que volver adentro.
Al menos, con todo Cristo corriendo de un lado a otro como pollos sin cabeza, no habría problema en pasar desapercibido.
Cuando Julián llegó a la puerta, Pacino vomitó en sus pies. Puto asco por Dios.
–¿Qué? –preguntó sin apenas abrir los ojos.
Julián se pasó el brazo por detrás del cuello y trató de hacerle avanzar. El Florida volvió a temblar de nuevo, cristales, vajilla, gritos de prostitutas cada vez más controlados.
–Aquí dentro. Se forma aquí dentro. Y queda poco.
Tras caminar buen trecho Trampero opinó que era momento de descansar, así que dejaron a la pobre Simone en el suelo en cuanto vieron una encina lo suficientemente grande para darles cobijo a los tres. Era árbol hermoso y a su sombra aún había frescura.
Victoria mojó un paño con el agua de su cantimplora y lo pasó por la frente de Simone. Dormía. O sus ojos moviéndose bajo los párpados hacían parecer que acaso soñaba en delirio cierto. Un ruido extraño sonó entonces en donde Trampero comprobaba que la venda del pie seguía firme. Con lentitud, sacó entonces un reloj de bolsillo del pecho de su mono de miliciano.
–Deben ser poco más que la una del mediodía, camarada –dijo Victoria.
–Esta mierda de reloj, Victoria, no dice la hora.
Victoria lo observó, entonces, en su mano. Y el recuerdo de Padre sosteniendo artilugio parecido acudió a ella al mismo tiempo que un vacío y un dolor en las tripas la hicieron doblarse al punto casi de tirarla sobre Simone.
–¿Qué...? –pudo decir aguantándose a duras penas las ganas de gritar.
Trampero se acercó a ella.
–Está bien. Victoria. Está bien. Es normal... Lo que te pasa...
–¡Sois uno de ellos! –rugió Victoria y se puso en pie y sacó de su cinto la daga para ponérsela a Trampero en el cuello. Se agarró las tripas, enredadas de dolor–. ¡Algo raro vi en vos desde el principio! ¡Apartáos de nosotras! ¡Apartaos os digo!
Él, en cambio, no lo hizo.
–Victoria, no tenemos mucho tiempo. Eso que sientes es lo mismo que activa este reloj. Haz memoria. Este es como el reloj de tu viejo. De Alonso de Entrerríos. ¿Verdad?
Victoria sintió el vacío, el frío, la oscuridad. Aquel dolor y aquella sensación ya le había llegado una vez antes, mas no tan fuerte: en el portal que después de haberse encontrado con el jefe de centuria, en Cabeza Velayos, en la sierra, se había formado para llevarla a Barcelona y encontrarse con Simone. Comprendió entonces que, de nuevo, otro portal se formaba no muy lejos de allí.
–¿Quién sois?
–Me llamo Julián Martínez y soy agente del Ministerio del Tiempo. Soy enfermero, en eso no te he mentido. Y soy amigo de tu viejo.
Julián le tendió la mano, mas Victoria no apartó la daga. En verdad Padre le había hablado de Julián. Mas de todos los camaradas del Ministerio que había descrito, bien Victoria sabía que del todo Padre no confiaba ya en él. Al menos en Cabra.
–De ser Julián Martínez sabed que Padre no guardaba grato recuerdo vuestro. Dijo que os fuistes con la bruja.
–Así fue.
–¿Y con quién estáis ahora?
El hombre frente a ella le aguantó la mirada, respetando hoja al cuello, mas sin mostrar miedo ninguno.
–Da igual con quien esté ahora. Hoy me toca morir, Victoria –dijo Julián Martínez–. Dentro de poco el mismo jefe de centuria que te atacó en ese lugar que llamas Cabeza Velayos vendrá aquí y debo asegurarme de que desaparece del laberinto para siempre.
–¿Cómo sabéis...?
–Tú me lo contaste, Victoria. O me lo contarás, cuando vuelvas a encontrarme.
Pacino trataba de enfocar la vista por entre las sombras y las figuras que se encontraban por el hotel, pero era incapaz.
Sólo sabía que debía seguir a Julián y que todo daba vueltas como su puta madre en bicicleta. Explosión. Temblor. Todo el mundo chillando... Pilingui por allí. Pilingui para allí.
¡Hostia! ¡Hemingway en calzos! ¡Y... Gellhorn colorada como un tomate! Deseó no haber mirado el bóxer de Hemingway porque le pareció por un momento que le había visto el ciruelo por el agujero de la bragueta.
Tropezó y se apoyó en el último momento en la bolsa que Julián debía haber cogido... De la habitación... Por algún motivo... ¡Ah, sí! ¡El portal! Todo se sacudió otra vez y se apoyó en la pared. ¡La espalda! Tenía que tener cuidado con la espalda. ¿Por qué? ¡Ah, sí! ¡La plancha! ¿Por qué no le dolía la espalda? Ah, sí. El tequila...
Un tipo se cruzó con él. Parecía un francés. Le dio un pelota naranja que creyó que era una naranja, pero no era una naranja porque no olía como una naranja... Qué raro... ¿Por qué le había dado una naranja? Pacino se quedó riendo durante unos segundos. Una naranja. Qué tío más raro.
–Pacino... ¿Estás conmigo?
–Así, así –contestó–. Julián, tío... Creo que te quiero... Como a un hermano...
–Estamos llegando –entendió Pacino–. No sé a qué parte del hotel, pero estamos llegando... Aguanta.
El dolor volvió al cuerpo de Victoria y la estremeció al punto de obligarle a soltar la daga. Julián Martínez la recogió y se la puso en las manos, al tiempo que, ambos de rodillas en el suelo, la aguantaba en su regazo.
¡Dolía, dolía, dolía!
¡Era como si una cuchilla la abriera en dos por el ombligo y la quemase con cien tizones ardientes!
–¿Por qué...? ¿Qué me habéis dado? ¿Qué me habéis hecho, maldito seais...?
–No es cosa mía, cielo –la sustuvo el enfermero–. No sabemos por qué es. Tu Padre dice que es porque el Tiempo te habla. De vez en cuando aparece un portal y te pones mala, pero no siempre. Irene lo llama «tu puta regla de mierda».
Victoria trató de comprender... Si Padre había venido del futuro, ¿por qué no aquel hombre? Pero en vez de un futuro lejano, de otro cercano, que aún no había sucedido para ella. Por eso sabía lo del jefe de centuria. ¡Ella misma se lo diría! Si en verdad le había devuelto la daga, daño para ella ni para Simone debía querer, ¿verdad?
–Padre... ¡Si lo que contáis es cierto debéis entonces decirme cómo puedo encontrarle! ¡Cúando! ¡Dónde!
–No funciona así, cielo. Vas a tardar. Tienes que tardar. O si no, lo lías todo –se negó–. Dos cosas tengo que decirte. Que le den antibióticos a la francesa cuando lleguéis a Pina. Penicilina valdrá. Eso lo primero. Y lo otro es que tú eres el hilo. Eres el hilo de Ariadna, ¿lo recordarás?
¿El hilo? ¿Qué...? El dolor volvió a doblarla por la mitad, maldito fuera mil veces.
El resplandor vino entonces. El viento.
El frío en mitad de agosto.
Lo vió a lo lejos acercarse, una sombra aparecer al contraluz del esférico portal.
–¡No! ¡No, alejaos! –avisó Victoria– ¡No se le puede matar!
Mas Julián Martínez fue directo hacia el jefe de centuria y Victoria sólo acertó a desenvainar su espada, sin siquiera poder ponerse de pie
Julián suspiró y sacó la pistola de Lola.
Corre, corre, corre.
Pon distancia entre el bicho y la Vicky.
La vieja y casi gastada pistola de Lola. Aún no había perdido el brillo. Se acercó todo lo que pudo al jefe de centuria y se quedó a unos metros, apuntándole. Cyborg replicante come mierda de los cojones. Ojalá estuvieses aquí, Largo. Ojalá estuvieses aquí, madero. Te ibas a reír de lo lindo.
Esta va por tí.
–Julián Martínez. Eres un objetivo primario del Ministerio –dijo con su tono de voz de siempre–. Esa arma sólo me retrasará. Pero eso ya lo sabes...
Julián sostuvo la pipa entre los dos, sin amilanarse. Cara de duro. Aunque encontraba que estaba a punto de cagarse en los pantalones.
–Siempre he querido preguntarte... ¿Cómo cojones te las arreglas para tener el puto uniforme de falangista tan nuevo siempre? Reconócelo –sonrió–. En el fondo es porque te mola un poquito el tema facha.
El otro no contestó la coña, y en un rápido movimiento agarró la pistola con una mano y a él del cuello, levantándolo en vilo. Presión. Falta de aire. Julián aguantó todo lo que pudo. Oyó los gritos de Victoria, bajo el árbol, lejos. Pobre chiquilla. La que se le venía encima.
Él lo tenía más fácil.
Más fácil, más fácil, más fácil, se recordó.
–Tus intentos de retrasar lo inevitable, Julián Martínez, son como siempre infructuosos –informó el jefe de centuria–. Habla. ¿Dónde está Alonso de Entrerríos?
Siempre lo hacía. Siempre preguntaba: directo, limpio, funcionarial; el sueño húmedo de Salvador si el pobre siguiese vivo. Un robot de carne y hueso, casi imparable; en el «casi» estaba precisamente el puntito del asunto. Julián trató de decírselo, pero sólo salió un murmullo.
El otro aflojó la mano de dominatrix, listo para escuchar.
Iba a decirle que si se había fijado que en la pistola la célula de energía estaba cortocircuitada. Que si se había dado cuenta de que al tacto estaba un poco más caliente. Pero le podía la misión, claro. Saber dónde estaba Alonso. Julián había tenido mucho tiempo para pensar en últimas palabras, pero mira macho.
En ese momento no le apetecía decir "El Tiempo es el que es".
Le tenía unas ganas a aquel Terminator de todo a cien que lo flipas, así que a la puta mierda la posteridad.
–Cómeme el nabo –le dijo.
La explosión debió de venir entonces, porque Julián sintió que a su alrededor el mundo dejaba de existir
NdA: Y yo que creía que con tener más tiempo podría escribir más. Pues no. Voy a tirones. Ánimo a todos. Parece que no pero estamos cerca ya del puto pico de los cojones.
