Capítulo 87.- Brunete
Hotel Florida, Madrid.
22 de abril de 1937
Y algo de Cataluña en agosto y septiembre del 36
«Historias de C.: Lérida. Columna de García Oliver, a pesar de la C.N.T. de
Lérida, quema la Catedral (llena de valores, de oro, de tesoros artísticos) y
masacre de 20 personas en la cárcel donde entran a la fuerza. »
«Diario de España. Entrada del 5 de septiembre»
Simone Weil
Julián volvió sobre sus pasos, porque, joder, no daba una. Parecía que la puta saboneta les guiaba por un pasillo para luego cambiar de puta idea. Otro petardo cayó, esta vez más cerca, haciendo que las paredes temblaran y que los gritos que se habían ido reduciendo volvieran al pánico y a la estámpida y al mierda, mierda, mierda, sálvase quien pueda. Pasillos, suelos tapizados y lámparas parecían reaccionar tanto a las bombas como a los chillidos y se apagaban y encendían agónicamente como en una puta peli de serie B.
–¡Mierda puta joder mecagon...!
–¿Qué? –acertó a preguntar Pacino.
–¡El portal está cerca, pero es como si se moviera!
Giraron sobre sus pasos y Julián decidió bajar las escaleras. Bajar a los sótanos era lo único que no habían probado. ¡Mierda de tequila! ¡Mierda, mierda, mierda! Al llegar al rellano, el puto madero pesaba como un elefante, tropezaron y el Largo se fue de bruces escaleras abajo.
Cuando Julián levantó la cabeza pensando, ay madre, que se había matao, vio a una mujer sujetando a Pacino abajo, en el otro tramo de escaleras.
Rubia.
Mirada tranquila, lésbica y un puntito altanera.
–¿I...Rene? –pudo pronunciar Pacino en sus brazos.
–Llegáis tarde –dijo Irene Larra, la puta Irene Larra, la muerta, la resucitada y yo con mi canción como un gilipollas, madre–. Y como de costumbre, corazones, vamos mal de tiempo.
Una explosión sorda.
Una luz hiriente.
Y luego, en el lugar donde el hombre sin alma había agarrado a Julián Martínez, hierba quemada y tierra vuelta cristal. Victoria dejó a Simone bajo la encina y con una mano en el vientre y otra en la espada, acercose al lugar.
No entendía cómo o de qué manera se había sacrificado, mas aquella luz y aquel fuego que le habían hecho desaparecer a él y al hombre sin alma, al jefe de centuria, había tenido que ser obra del amigo de Padre. Si por ella o por él mismo, sin embargo, Victoria no estaba segura del por qué del sacrificio; únicamente que se había producido.
Luego, la luz del portal se deshizo también y con él, por fin, los dolores que la atenazaban. En verdad no deseaba volver a sentir suplicio tan atroz, mas por lo poco que entendía si Julián Martínez había sabido de él, tan cierto era que volvería a atacarla como que en su futuro, en el pasado del amigo de Padre, a ambos tornaría a encontrarlos.
No había mucho más que hacer en aquese lugar y Simone necesitaba su ayuda, así que la amarró con su cinturón y sus correajes y a solas pudo varios kilómetros arrastrar la camilla hasta la entrada del pueblo. Allá unos hombres asistieron y las condujeron hasta el antiguo ayuntamiento, mas como no hallaron en él penicilina, Victoria se fue con ella en un camión de suministro en larga travesía hasta un lugar cerca de la costa llamado Sitges. Entrada la noche, por fin, pudieron tratarla en una gran casona convertida en hospital y tras muchas, muchas horas, Victoria respiró con alivio al ver cómo le inyectaban penicilina.
En verdad preocupada por su amiga francesa andaba, mas su corazón había dejado de estar con ella desde haber visto morir al falso Juan Trampero.
Dos días de fiebres pasó Simone en Sitges y al final del segundo, por fin, abrió los ojos agotada en su jergón.
–Tout va bien, Victoggia?
–Sí, Simone. Ahora sí.
–¿Y el enfeggmegó? ¿Volvió con Barthomieux? ¿Dónde...?
–Volvió, Simone –tuvo que mentir Victoria–. Estamos en Sitges. En la retaguardia. Tuviste fiebres.
La francesa levantó la vista a su pie, que seguía vendado. Suspiró con alivio, supuso Victoria, al comprobar que no había sido amputado.
–¿Volveggás con el pelotón? –preguntó entonces.
–Me quedaré unos días ayudando por aquí –sonrió para que se sintiera mejor.
Los médicos se lo habían ofrecido. Hacían falta ayudantes y enfermeras. Victoria no se había negado; después de lo sucedido con el amigo de Padre, no estaba segura de querer regresar.
Irene ayudó a Julián a cargar con Pacino escaleras abajo. Pero a eso era lo único que ayudaba. No contestaba ni a una pregunta. Julián se hubiese tirado de los pelos si le quedaran manos libres.
–Irene... Ahora Julián –aclaró Pacino, pedo perdido–... Es de los buenos...
–Ya lo sé, guapo, ya lo sé.
Doblaron un recodo. Abajo en los sótanos del Florida había menos glamour y todo olía a moho y mugre.
–Entonces podrías decirme –trató de hacerla razonar Julián–, ¿qué coño haces aquí? ¿No estabas muerta?
Pacino hizo una pedorreta.
–No... En eso –admitió con media risa de borrachín–... No te he... Contado la verdad del todo...
Irene se detuvo delante de una puerta. Parecía el cuarto de calderas. Se sacó del bolso un ladrillo que Julián pensó era un móvil y a falta de bolsillos o chaqueta, se lo metió a Pacino en la cintura del pantalón.
Irene les miró, fría como un témpano. Verles ciegos de tequila como que no le molaba. Fijo.
–Cuidad de ella –ordenó.
–¿De quién? –se hartó Julián.
Entonces Irene abrió la puerta de la sala de la caldera y al hacerlo vieron el puto resplandor de un portal. Al otro lado había campo, árboles, y día.
Y entraba algo de fresco.
–Y sacadme –dijo Irene como despedida. Una lágrima resbalándose de pronto por su mejilla–. Si podéis, sacadme de allí. Por favor. Os lo ruego.
Luego les empujó de una puta patada y antes de que Julián pudiese cagarse en sus muertos, acabaron rodando por una cuesta de hierba y tierra alejándose del portal.
Julián se levantó en mitad de donde Cristo perdió las sandalias, con Pacino vomitando en el suelo.
–¿PERO QUÉ PUTOS COJONES HA PASADO?
Pasó semana y media sin que nada sucediera realmente que a Victoria inquietara en Sitges.
Innúmeros orinales vaciados, camas cambiadas, ropa lavada y tendida. Los primeros días en sus recién encomendadas tareas sintiose torpe, mas tras recibir las últimas indicaciones de la gobernanta al tercero, encontró en sus tareas repetición, mejora y cierto solaz. Supo en todo caso que no aguantaría demasiado tiempo escondida allí: a menos que Padre fuese herido como los milicianos que llegaban al hospital, jamás le hallaría en aquel lugar.
Debía continuar buscando.
Las palabras de Julián Martínez seguían resonando en ella... Era el hilo de Ariadna. ¿Qué significaba que ella era el hilo de Ariadna? Conocía el mito griego, sin duda... El minotauro, Teseo, el laberinto, mas... ¿Qué había querido decirle con aquello? ¡Maldita fuera su estampa! ¿No podía haber sido más claro? Entre tales pensamientos y sus rutinarias tareas pasó aquesos días, alegrándose por la pronta mejoría de Simone y de su pie.
Victoria encontró aquesa tarde a Simone mirando el mar, en el patio de la casona-hospital. El hotel, lo llamaba la francesa. En su silla de ruedas, de nuevo, se había escapado contra la orden del médico quien a pocos días de darle el alta se negaba a quitarle la venda del pie para que no se marchara andando. Atardecía, mas la falta de luz no le impedía escribir frenéticamente en su cuaderno.
No se giró al oírla venir.
Significaba aqueso que enojada se encontraba.
–¡Mis padgges vienén a buscaggmé! –explotó de pronto–. ¡Como una chiquillá en apuggós! ¡Es humillanté!
Victoria se sentó en el suelo, a su lado. Harto de su indisciplina, el médico había decidido dar parte al consulado y la familia de Simone, con contactos, había dado con ella tras un angustiado mes sin saber nada de ella. Aqueso no gustaba a la francesa y Victoria podía entender por qué, mas no veía mal que a la pobre la sacaran de allí. Sin conocer en su vida a mucha gente estaba convencida de que la última persona en el mundo preparada para una guerra era sin duda Simone Weil.
–Te echaré de menos –sonrió Victoria, triste.
–¡Aghh! ¡No digás esó! ¡No me iggé a ninguná paggté!
Victoria levantó la mano y tomó la de Simone, la que sostenía el lápiz.
–Tú misma me dijiste que no te gustaba lo que sucedía aquí.
Simone suspiró y devolvió el gesto de cariño a Victoria, apretando su mano. Largas tardes habían hablado sobre lo que habían visto en el camino. Las historias que habían oído. El miedo antes de vadear el río. Los disparos al avión. Su muchacho griego.
Aquesas últimas eran ciertamente algo más picantes.
–¿Cggees que eggá veggdá? ¿La histoggia de Dugguti y el muchachó falangistá?
Victoria se encogió de hombros. En sus dos semanas desde Barcelona a Pina de Ebro, habían oído multitud de historias. Sólo habían visto a Durruti una vez, en una reunión de muchos milicianos en los que dio un discurso, explicando que cuando todo acabara volvería a ser un obrero más. Además de parecerle hombre hosco y de carácter, a Victoria no le había causado mala impresión. La historia del muchacho falangista era muy diferente. Decían que durante varias horas Durruti en persona había hablado con un muchacho de quince años al que habían capturado en un pueblo. Tras explicarle las bondades del anarquismo, le había dado una noche para renunciar a la falange y unirse a la columna. A la mañana siguiente, tras pensarlo, el muchacho decidió seguir siendo falangista, por lo que a orden de Durruti, fue fusilado como lo habían sido sus compañeros.
Mas aquella no era la única historia.
El avance de la columna había supuesto encarcelar o ajusticiar a figuras de poder o responsabilidad como alcaldes no afines, jueces o concelajes. A aquesas historias Victoria ciertamente daba más crédito, como a las de ajusticiados por venganza en cárceles y cuarteles, como revancha por las muertes de un bombardeo.
A Victoria no le caían bien los falangistas. Recordaba vivamente cómo Padre y ella se habían encontrado con José Antonio y su hermana Pilar hacía años, mas los falangistas del otro lado de la trinchera en nada se parecían a ellos. Recordaba las oleadas de hombres en la noche, en Cabeza Velayos, matando a tiros a camaradas o muriendo sin miedo para tomar la posición; el propio recuerdo del jefe de centuria, aunque dudaba que fuese un falangista auténtico, aún la hacía temblar.
–¿Qué más da si es verdad la historia del muchacho falangista? –se encongió de hombros Victoria–. Creía que no te caían bien los fascistas.
–Me caen bien los que sufggén, Victoggia. ¿Qué difeggenciá il y a entgge un fachistá que sufggé y un obggegó que también sufggé? ¡Ninguná! ¡Los dos sufggén! –suspiró–. En la guegga, todós sufggén, lo sé. C'est une revolution, n'est pa? Sangré deggamadá... Mais... En esta gueggá...
–¿Sí?
–Todós paggecén empeñadós en que los otggós sufggán más –dijo Simone, mirando al mar–. Así no habgá victoggia... Soló aniquilasión...
Victoria quedó unos segundos en silencio, reflexionando.
Encontró que, de ser cierta la historia del muchacho, era fácil no sentir pena por él y sí en cambio simpatía por aquellos que no deseaban su muerte por llevar un mono de miliciana. Victoria no daba crédito entero a todo lo que se decía del otro bando, mas podía creer las historias que llegaban de Madrid, o las que hablaban del avance de los moros en Extremadura y en Andalucía. Ella sabía que no eran exageraciones.
Ella había visto lo que había sucedido en Asturias, años antes, pues había estado allí.
Sabía muy bien lo que aquellos monstruos del Tercio le habían hecho a su madre.
No. No sentiría pena por aquel muchacho falangista ni por ninguno de los animales que conformaban el otro bando.
–¿Susedé algo?
Victoria salió de su ensimismamiento.
–Debo pedirte que no me incluyas en tu diario –logró sonreír Victoria–. Por eso he venido. Antes de que te vayas.
–¿Cómo? ¡La muchachá que me salvó la vidá! ¡La valienté soldadó! ¡Qué abuggidó diarió si no te incluyó a ti!
–Temo que mi vida y la de mi padre corren peligro si nos mencionas.
–¿Pogg qué?
–No puedo contártelo.
Victoria aguantó sus ojos y Simone, tras unos segundos, asintió. Luego arrancó un grupo de páginas y se los dio a Victoria.
–¡Tomá! –suspiró, algo enojada–. ¡Ahogga nadie sabggá qué pasó entgge el 18 de agostó y el 5 de septiembgge! –dijo con tono dramáticamente lastimero.
Luego, tras unos instantes de silencio, se abrazaron.
Julián trató de que Pacino se levantara, pero el otro aguantó lo que pudo a cuatro patas, más bien nada, antes de volver a vomitar. El salto de portal no había contribuído a calmarle el estómago y aunque las bombas se oían más lejos que en el Florida, bombas se oían.
Un campo de batalla. Dónde. Cuándo. Y sobretodo, en el lado de quién.
–¿Era...? ¿Irene...? ¿De... Verdad?
–¡Y YO QUÉ COÑO SÉ! –rugió Julián, harto–. ¿NO DECÍAS QUE ESTABA MUERTA?
–Bueno, tío... Vamos a... Buaghhh.
–YO TE CUENTO LO DE LORCA Y TÚ ERES INCAPAZ DE DECIRME QUE ESTÁ VIVA.
–Joder... Dicho así...
Y vómito. Aunque ya no debía quedarle nada en el estómago. Julián se apiadó de él y le aguantó la cabeza para que no se manchara la camisa abierta. Se tragó sus propias arcadas al verle. No era plan de que los dos se pusieran en plan vomitera desbocada. Lo primero era lo primero; ya trataría de entender qué coño hacía Irene en el Florida. Lo importante era saber dónde y cuándo estaban y sobretodo no dejar que a Pacino le entrase un mal bicho por las quemaduras de la espalda. Le volvió a cubrir los hombros con la camisa abierta. Mejor eso que caca de vaca.
–Bueno, vale. Lo primero es ver dónde estamos. Y luego de ahí –gruñó Julián–, ya te ajustaré cuentas.
–El portal que habéis atravesado nos ha llevado al 25 de julio de 1937. A unos 25 kilómetros al oeste de Madrid.
La voz le salía a Pacino de los pantalones.
Y era la voz de Amelia.
Mecagonenmiputavida.
–Pacino –trató de tranquilizarse Julián–... ¿Por qué te habla la bragueta como Amelia?
–¡No soy Amelia Folch, agentes beodos! –se indignó la voz–. ¡Dirigíos al norte! ¡Nos encontramos en el desenlace de la batalla de Brunete! ¡Como el sacrificio de Irene Larra haya sido en vano lamentaréis no haber muerto en el hotel Florida!
