Capítulo 87.- Gerda
Norte de Brunete
25 de julio de 1937
Y otros tiempos y lugares
«El 24 los franquistas recuperaron las ruinas de Brunete
en un combate casa por casa, y el 25,
un gran bombardeo de artillería y aviación
machacó a los republicanos
(…)
Entonces Franco ordenó detener la operación y devolver a las tropas a norte.
Había perdido unos 10.000 hombres y 25 aviones;
los republicanos unos 25.000 hombres y 100 aviones.»
«República y Guerra en España (1931-1939)»
Santos Juliá (coord.)
Tras la última vomitona Julián comprobó que Pacino se recuperaba más o menos con vidilla. Culpa en parte la tenía la PDA ladrando órdenes peor que la Amelia de verdad; la otra parte era que, bueno... Encontrarse de camino en mitad del campo a una columna de cientos de vehículos y hombres cogiendo las de Villadiego en dirección norte, daba como más motivos para ir deprisa en la misma dirección, especialmente si la artillería del otro bando se oía cada vez más cerca.
Nadie se extrañó de que entrasen en las filas por un lado y vestidos de civil. Los pocos oficiales que ladraban órdenes intentaban poner orden en un caos de tropas replegándose con la moral por los suelos. Muchos heridos, muchas camillas.
–Podéis formar parte del batallón Palafox, adscrito a la 150 Brigada Internacional –sugirió/ordenó la PDA –. Fue diezmada y será improbable que alguien pueda contradeciros.
–Gracias, cielo –gruñó Julián–. Pero seguimos de civiles. Da menos lío.
–Agente Martínez. Le sugiero siga mis indicaciones. La misión le necesita vivo. Pueden ser tomados por espías.
Julián agradecía que el ingeniero hubiese tenido la ocurrencia de resucitar a Chispitas, pero aquella mandona le estaba empezando a tocar los cojones a dos manos. La que recordaba del casco de la otra Victoria, la motorista del futuro, era bastante más servicial y un puntazo menos pejiguera.
Y hubiera dado menos evasivas al preguntar por lo que había pasado con Irene.
–Hazle caso a Julián, Chispi –gruñó Pacino–. Es bueno en esto.
Julián agradeció el apoyo y volvió a ajustarse el brazo tras el cuello. El lado bueno de salir de la nube de tequila era que podían moverse más deprisa. El malo era que el dolor de las quemaduras habría vuelto y aunque el madero-macho-de-los-ochenta no se había quejado aún, el color cenizo y los dientes apretados indicaban que no lo estaba pasando chachi precisamente.
Un coche aminoró el paso cuando llegó hasta ellos.
Un puto coche, en mitad del campo y la hierba amarilla y los hombres y los tanques moviéndose.
Julián creyó que el conductor aminoraba por las huellas de oruga de delante, pero no. La mujer que iba de pie en el guardabarros, agarrada de la puerta, le tocó en el hombro.
–¿Estás herido, Caricias? –dijo en inglés.
Era la fotógrafa. Solo que vestida de mono de miliciana y con la cámara colgada en bandolera. Julián no se había quedado con el nombre, pero había estado en el grupito de guays de Hemingway.
–Este... Tis but a scratch (*1), relinda –respondió Pacino, volviendo al acento.
–¿Quién es la mujer que habla? –murmuró MandonAmelia.
–Gerda Taro –respondió Pacino–. La conocimos en...
–We can give you a ride, handsome argetinian –sonrió Taro–. General Walter won't have any issue in taking another injured in (*2).
Julián echó un ojo dentro del cochazo. Junto a un tipo calvo y malencarado iban un par de heridos. Igual sí había sitio.
–Agente Méndez –advirtió entonces la PDA–. Bajo ninguna circunstancia suban a ese vehículo.
Julián iba a mandar a la mierda a la Amelia de pega pero algo en su tono de voz... El temblor... El... Joder. Miedo. La máquina había hablado con miedo. ¿Cómo era posible?
–We're good, señorita –contestó Julián volviendo a México, ándale.
Ella se encogió de hombros y, tras dar en el techo del coche dos veces, el vehículo aceleró al tiempo que, aún desde el guardabarros y a la media vuelta, les sacaba una foto.
–Se te quería coger, putito –sonrió Julián.
–Es la tonada, ¿viste? –respondió Pacino.
El avión rasante les vino entonces desde detrás, provocando el pánico entre los cientos de hombres de la retirada.
(*1) «Esto es sólo un rasguño»
(*2) «Podemos llevarte, argentino guapo. El general Walter no tendrá problemas en admitir dentro a otro herido»
–¡No está! ¡Ya se lo he dicho! ¡Ni ella ni la loca de su amiga francesa! –rugió el doctor–. ¡Ahora, déjeme en paz!
–¡No le pido que me lo diga! –rugió a su vez Alonso–. ¡Le pido que me lleve a alguien que pueda saberlo! ¡Es mi hija, pardiez!
–¡Váyase o llamo a los guardias!
Dos hombres se acercaron. Uno tenía el brazo en cabestrillo y otro la cabeza vendada, mas fumaban no muy lejos de allí y acudieron al oír el jaleo. Alonso, desistió. No obtendría respuestas del médico y menos aún si iniciaba trifulcas con guardias o heridos del hospital.
Alejose tragándose la bilis y se dirigió al mirador junto al mar. Llevaba semanas caminando y moviéndose de un lado a otro, y cuando al fin lograba encontrar el hospital donde habían internado a la francesa en Sitges, no había conseguido hallar a nadie que decirle supiera dónde se encontraba Victoria.
–Cuando se enfadaba ponía esa misma cara de usted, ¿sabe? Creo que tienen los dos el mismo genio.
Una mujer madura se le acercó. El delantal blanco indicaba que quizás era enfermera mas... Había autoridad en su voz. Una enfermera jefe, pudiera ser. Brazos fuertes y mirada tranquila. Bien alimentada. Dijo ser la gobernanta.
–Siento haber perdido la paciencia con el doctor –se disculpó Alonso–. Mas llévola buscando semanas, señora. No me veréis tomarme con levedad que vuelvo a perder la pista de mi hija.
–También hablaba así a veces –sonrió la mujer–. Se le escapaba, claro. ¿Son ustedes argentinos? Acento no tienen.
Alonso tardó en darse cuenta de que había retornado al voseo. Demasiado tiempo sin hablar con alguien. Debía ser más cauto.
–Tiempo viví en América –se excusó–. No sabrá usted dónde se habrá ido mi hija, ¿verdad?
La gobernanta se encendió un cigarrillo y le dio una profunda calada.
–Se quedó trabajando algunas semanas más, después de que la francesa se fuera –se encogió de hombros–. Una lástima. Era muchacha aplicada, con disciplina. No dijo dónde iba. Puedo preguntar... ¿Por qué la busca? ¿Se escapó de casa?
–Algo así. Temo que haya tomado las armas y se haya ido al frente otra vez.
–Yo estaría tranquila por eso.
Alonso la observó, confuso.
Fue rápido.
El caza ni siquiera tuvo que ametrallarlos para que todo quisqui perdiera la puta cabeza.
Pacino lo vio, jodido de dolor. El avión alemán provocó que quien no saliese corriendo se tirara cuerpo a tierra. Fue lo que le obligó a hacer Julián, de cabeza a la hierba, pero Pacino pudo levantar la mirada y verlo. El coche en el que iba Gerda aceleró, cogió un bache de mierda en una curva y ella se cayó del guardabarros. La perdió de vista porque rodó detrás de una pequeña hondonada y antes de que pudiese decir «mierda», vio el tanque subir el promontorio y caer, a ciegas y marcha atrás.
No hubo grito o si lo hubo, no lo oyó entre el caos.
Sólo la puta certeza, los hombres se veían del otro lado llevándose las manos a la cabeza y advirtiendo al tanque, de que le había pasado por encima.
La enfermera, a su lado, también lo había visto.
–¡Ve! ¡Ve cojones, ve! –le dijo a Julián.
Le dejó a solas, en el suelo, junto a Chispitas, y se la sacó disimuladamente del cinturon para ponérsela a la cara. Daba el cante, pero nadie se fijaría entre aquella locura.
–¡Lo sabías! –rugió Pacino–. ¡Sabías que iba a pasar!
–En mis datos se apuntaba a la posibilidad de que el vehículo fuese golpeado por el tanque. No podía dejar que se involucraran. Pues claro que lo sabía, agente Méndez –respondió desafiante la máquina–. Es Historia. Es lo que debía pasar.
Pacino apretó los dientes, porque la espalda le estaba matando. La Historia. La puta Historia. ¿Qué se podía esperar de una máquina?
El avión se alejaba. Tocaba moverse.
–¡Podíamos...!
–¿Haberla avisado? ¿Para que el evento hubiese quedado registrado como una anomalía y el otro Ministerio hubiese detectado su presencia aquí? –aleccionó Chispitas–. No permitiré que eso ocurra, agente Méndez. Debemos cumplir una misión. No lo olvide. ¡Es un milagro que los del otro lado no los hayan descubierto antes!
Julián volvió y le ayudó a levantarse. Venía pálido. Le pasó una máquina de fotos para que la sostuviera. Pacino la reconoció: era la de Gerda. El cuero de la correa y la funda tenían salpicaduras de sangre.
–¿Qué...?
–El tanque le ha pasado por encima. Sigue respirando –informó Julián–, pero no durará mucho. Las heridas son demasiado graves. La llevan a un hospital en retaguardia.
–Detecto un inusual aumento de temperatura en el agente Méndez –informó la PDA en sus riñones.
Julián le puso la mano en la frente, en plan madre.
–Mierda –dijo–. Parece que nosotros también vamos para allá.
La gobernanta llevole hasta una suerte de almacén.
Allá, de entre muchas y tras rebuscar, enseñole bolsa improvisada con lo que le pareció antiguo saco de patatas. Dentro había un mono de miliciano, un pañuelo rojo y negro y cartucheras de gastado cuero, vacías. En la solapa, alguien había bordado terriblemente mal las siglas CNT. Tenía un arreglo posterior no mucho más cuidado, mas sí que parecía algo más fuerte. Victoria, recordó Alonso, no era mucho de bordar.
–Dejó el uniforme y una de las chicas le prestó ropa de calle; se fue como una muchacha más –explicó la enfermera–. No dijo a donde. Y pidió que no dijéramos a nadie que la habíamos visto. Pero también dijo que buscaba a su padre. Así que...
«Algunos de los muchachos que tratamos se van sin dar explicación», resumió la gobernanta. A menos que pregunten por ellos, no solemos dar parte.
Desertores, comprendió Alonso. Aqueso creía aquella mujer que era Victoria. Acaso no muy equivocada andaba. Sintió alivio, al menos; si no había ido al frente, hallaríase a salvo en la retaguardia.
–Como sabrá, el gobierno ya no permite que las mujeres se unan a las milicias.
–Lo desconocía.
Alonso observó el resto de pertenencias que Victoria había abandonado allí. No había cartas. Ni mensajes, más algo llamó su atención, por inusual.
–¿Esto era suyo también?
La gobernanta se sorprendió al ver el ovillo de lana rojo.
–Si está aquí, lo era. Pero nunca la vi bordar o tricotar.
Alonso agradeció sus atenciones y marchó de allí. ¿Acaso era aquel ovillo un mensaje? Tal pensamiento no se le fue de la cabeza.
Sin saber qué hacer decidió encaminarse a Barcelona.
Una ciudad grande, pensó, daría más oportunidades a Victoria para pasar desapercibida.
Después de kilómetros de retirada, horas más tarde, llegaron a un edificio cerca de El Escorial y tras mucho pelearse con un médico hasta el cuello de sangre, Pacino vio cómo Julián conseguía que le diesen penicilina a cambio de echar un cable con el torrente de heridos que llegaban sin parar. De morfina iban más escasos así que Pacino, cagándose en la puta madre de la guerra, tuvo que aguantar en la cama boca abajo en medio de una sala de hombres lamentándose de sus heridas o llamando a sus madres. Decían que aquel era el hospital inglés, supuso, porque casi todos los que llegaban eran de las brigadas internacionales; los médicos, la mayoría, también eran extranjeros.
A la noche, cuando la enfermera cabrona se fue a dormir, Pacino aprovechó para escapar y buscar a Gerda. Después de dar esquinazo a varias enfermeras del turno, la encontró a solas en una habitación separada. No habría muchas mujeres heridas, supuso. Tenía los ojos abiertos y vendas manchadas de sangre cubriéndole el abdomen. Debió oírle llegar, porque su respiración ansiosa se relajó y dos lagrimones cayeron de sus ojos al verle en la penumbra.
Pacino encendió una lámpara que había trincado de camino y se sentó en el borde de la cama todo lo delicadamente que pudo.
–I always knew I would end up with you in bed, argentinian (*3) –dijo ella, sonriendo a pesar de las lágrimas.
Pacino le devolvió la sonrisa.
–¡Qué dirá Endré...! –contestó Pacino en inglés.
Ella intentó reír, pero se quedó en el gesto, porque dos hilos de sangre le empezaron a correr por boca y nariz. Pacino la limpió con un pañuelo como pudo. No había que ser Julián para darse cuenta de que de esa noche la pobre no pasaba.
–Te traje la cámara –le enseñó.
–Es tuya ahora –respondió ella–. A menos que te la pida Endré.
–Trataré de no encontrármelo entonces.
Ella le buscó la mano y él la apretó, sin que se le ocurriese nada más que hacer.
Volvió a llorar.
Dijo que no quería morir sola.
Pacino se quedó con ella hasta que lo hizo, al amanecer.
(*3) «Siempre supe que acabaría en la cama contigo, argentino»
NdA: De nuevo, mucha novelización. Gerda Taro murió por las heridas causadas por el atropello de un T-26, eso es verdad, pero no hay manera de saber quién estaba con ella o cómo. Siendo de las pocas mujeres del hospital inglés, probablemente no murió sola. Lo que sí parece cierto es que Endré no estaba con ella y se enteró de su muerte días después.
