El mundo está sufriendo en estos días algo raro y extraordinario. Espero que todos os encontréis a salvo; cuidaos, y cuidad a los que os rodean.
~~~OOO~~~
La música en el alma
Capítulo 100: Determinación
Continuación,
Martes, 16 de enero de 1872
Iba ya por la tercera copa del delicioso licor que Erik me había ofrecido al principio de la noche. Sentía el estómago hacerme cosquillas sin motivo aparente, y no era de capaz de refrenar los suspiros y carcajadas que querían salir desde mi pecho.
Hablamos de cosas casuales; sobre la casa, nuestros puestos de trabajo en la ópera, algunas de mis amistades, varios recuerdos de Erik años atrás… Pero hubo algo que no tratamos, y que pesaba entre los dos. Era como si nos dedicásemos a bailar a su alrededor. No queríamos ni acercarnos al asunto o, más bien, no sabíamos cómo hacerlo.
El fuego en la chimenea estaba cada vez más bajo, pero no le dije que lo avivase. Y si él se daba cuenta también de que iba muriendo lentamente, no hizo nada. Era como un pacto silencioso, buscando el momento justo para dejar el salón e ir a nuestra —todavía eran palabras novedosas— habitación y meternos en la cama.
Me tembló el pulso, obligándome a dar un trago largo del líquido en la copa.
En algún momento tendría que manifestar los pensamientos que me estaban siendo problemáticos; podría crear una charla ligera, expresar alguna excusa. Eso no estaría mal, ¿verdad? Erik entendería mi malestar, sería comprensivo. Solíamos entendernos bien; más o menos. En realidad, los dos estábamos receptivos en lo que respecta a todo lo que hacía el otro. Eso era mucho más sencillo.
Bajé la copa de entre mis labios, habiéndola terminado ya, y me incliné para colocarla sobre la mesita de café. Erik, que había tenido la mano sobre mis hombros en todo momento, de manera muy natural la dejó caer hasta mi cintura, apretándome contra él suavemente cuando me senté algo más lejos de su cuerpo.
Me giré para mirarlo, en el caso de que lo quisiese llamar mi atención, pero no fue así. Me miraba distraídamente, y era de esa forma como había estado durante la hora entera, sentados en el sofá, bebiendo.
Como siempre, me había dejado probar de su propio licor; una cosa amarga que me hizo toser y hacer muecas, pero él parecía complacido, como si no le molestase que le quemase el pecho mientras descendía en su camino al estómago.
Pestañeé varias veces, viéndole mejor. Todavía llevaba puesta la máscara, y aquello era algo que tampoco habíamos hablado. Erik sabía que podía quitársela cuando estuviese cerca; o al menos esperaba que lo supiese. Pero parecía más o menos reacio, y cuando le acaricié el rostro en dos ocasiones, se apartó gentilmente, distrayéndome con otras cosas.
Y yo jugué su juego, haciéndome la tonta y riendo sus burlas; pero ahora era diferente.
—Deberías estar cómodo en tu propia casa —le hice saber, señalándole con cuidado el rostro. Él parpadeó sorprendido, como si no llegase a comprender.
—Estoy cómodo —dijo, estirándose un poco más sobre el sofá y abrazándome más fuerte. Clavó su palma derecha bajo mis costillas, haciéndome reír—. Parece que llevo viviendo en una nube todo el mes —comentó, bebiendo lentamente después.
Volvió a caer el silencio, y yo no sabía muy bien cómo continuar. A pesar de que me permití abrazarlo, pudiendo sentir el calor de su cuerpo contra el mío, al igual que sus respiraciones, todavía bailábamos alrededor de la línea casi invisible, y me hacía dudar sobre si generar palabras acerca de dicho asunto.
No obstante, saqué otra vez el tema de su rostro, depositando suaves picotazos sobre sus labios descubiertos. Él los intensificó, dejando que jugásemos perezosamente, explorando y confiando, de manera lánguida. Mas, algo de lujuria se nos escapaba, y se mezclaba en nuestros alientos.
Habiéndose deshecho de su bebida, sus manos llegaron a la parte baja de mi espalda e, inclinándose contra el sofá, me obligó a posicionarme encima de él.
Las cosas estaban escalando a una velocidad que me ponía nerviosa.
—Deberías quitarte la máscara —hablé, cuando se entretuvo en un punto bajo mi barbilla, sintiendo allí sus dientes. Pero no paró, ronroneando encima de mi piel—. Erik —le llamé, con la voz algo más severa, y cuando volvió sus maravillosos ojos a los míos, descubrió que quería hablar algo serio.
Y se vio horrorizado, preocupado y con miedo absoluto. Me agarró de los brazos y me sentó de nuevo, al igual que si fuese un muñeco que pudiese manejar con facilidad; y es que ni si quiera le habían temblado los músculos al hacerlo.
—Lamento… —comenzó mientras se apartaba más, pero le detuve antes de que las cosas se complicasen exageradamente.
—Has entendido mal —declaré, agarrándole de las manos, algo que se convirtió al final en una caricia—. Quería hablar algo.
—¿Sobre la máscara? —masculló, en un tono ofendido.
Sería difícil buscar en él desahogo, la soltura de ser uno mismo estando yo a su lado conviviendo. Una parte de mi lo comprendía y aceptaba, dispuesta a apoyarlo a cada paso; la otra solo quería saltarse aquella fase de una vez y encontrar la tranquilidad.
Solté un resoplido, inclinando el rostro a un lado.
—No, no sobre eso —intenté no sonar áspera, y lo conseguí, dado el asunto que quería tratar. Sentí un rubor nacerme en las mejillas, mordiéndome los carrillos.
Erik aguardó vigilante, y repentinamente curioso, replicando los movimientos de mis dedos sobre los suyos.
—¿Y bien? —preguntó, al verme todavía con la boca cerrada.
Era increíble la prisa que podía tener en algunas ocasiones, y después él se tomaría uno o dos minutos para razonar lo que fuese que le hubiese turbado.
Por un momento, preferí no decir nada. Sabía que algunos hombres eran exigentes, primitivos de una manera que no me atrevía a imaginar. Dentro del matrimonio, había unas expectativas, unos acuerdos que seguir, y yo me quería negar en la segunda noche al más arduo de ellos.
Levanté el rostro, habiéndolo bajado hasta mi regazo. Me quedé mirándolo, con incomodidad. Lo más fácil era hablarlo, era de lo que me había convencido durante muchas horas; no podía echarme atrás. Además, mi esposo lo comprendería. Erik no era alguien malo.
—Podríamos… —comencé, casi tartamudeando. Una mueca me cubrió los labios, pero me negué a dejar de estudiar sus ojos—, ¿podríamos no hacer el amor esta noche? —Su expresión se volvió más pálida si era posible, pero su cuello y orejas adquirieron un tono rosado. Tuve la necesidad de explicarme—. Estoy dolorida, incómoda, y no creo que sea agradable…
Había llegado al límite de mi valentía; era al igual que si me hubiesen quitado el aire de los pulmones. Me dejé caer contra los cojines del sofá, agarrando uno de ellos y llevándomelo a la cara con un jadeo.
¿Podía ser aquello más bochornoso? Sorprendentemente, él no tardó en hablar.
—Christine —me llamó, y sentí como jugaba con el vuelo de la bata que llevaba puesta. No me moví, todavía en la misma posición a la que me había lanzado.
Me tembló el pecho por la forma en la que pronunció mi nombre; desbordaba afecto y adoración. Era la nueva manera que descubrió después de casarnos para nombrarme. Era la calma y la impasibilidad, y conseguía que se me volviese el vello de punta.
No le miré, porque a pesar de la tranquilidad que irradiaba, todavía me sentía incómoda, ruborizada hasta los bordes y deseando desaparecer por un breve periodo de tiempo.
—Tú misma lo manifestaste: las primeras veces no son las mejores. —Seguía tirando de mi ropa, enredando los dedos sin tocarme la piel—. Y no mentía cuando te prometí que sería tu siervo —su voz era repentinamente seria, preocupada.
Mas, soltó una exhalación, y por lo que pude sentir de su cuerpo contra el mío, se había tumbado al otro lado del sofá, quedando nuestras piernas enredadas cuando caían del asiento.
Me atreví a sacar la cabeza de debajo del cojín, mirándole. La camisa le embellecía el pecho, habiendo quedado abierta por el tercer botón; con las mangas remangadas y los brazos a la luz baja de la chimenea.
Apoyaba la cabeza contra el respaldo, con los ojos perdidos en el techo y los labios fruncidos. Su piel estaba rosada ahora, dándole un aspecto mucho más saludable, y eso me gustaba. Estaba segura de que, si tomaba algo el sol, podría adquirir un aspecto lozano y conveniente.
A mi mente volvió la tarde que pasamos en el lugar que sería nuestro nuevo hogar, y por un momento me olvidé de la discusión que estábamos tratando. Una sonrisa se me pegó a los labios; mordiéndome el interior de las mejillas cuando me escuchó, y sus increíbles ojos me miraron, pasando la vista antes desde mis muslos, por las caderas, el pecho hasta que llegó al rostro.
Intentó hablar un par de veces, pero al final fui yo la que se decidió, con algo más de seguridad.
—Lamento sentirme así —y era cierto; un ligero pesar me retorcía las entrañas. Aunque fuese incoherente. Lo que descubrimos la noche anterior podría compararse con algo mágico; la unión de dos cuerpos, el comienzo de un idioma que solo nos pertenecía a nosotros, y del que todavía tendríamos que descubrir muchas cosas más.
Erik frunció el ceño bajo la máscara, negando con la cabeza.
—No digas eso —me regañó, con el tono severo que solía usar cuando me daba clases—. Es algo normal —continuó, sin apartar la mirada—, y no es como si no tuviésemos un montón de tiempo para… seguir practicando.
Fue como si la carga saliese volando desde mi pecho. El corazón me volvió a dar pulsaciones normales, y me sentía más segura caminando en aquel terreno que estábamos explorando; el asunto de hablar acerca de la intimidad que compartíamos.
—Claro —le sonreí, pícaramente, y él resopló. Sin darle ningún aviso, me moví hasta que acabé de nuevo en su pecho, habiendo descartado el cojín en el suelo, prefiriendo tenerle a él entre mis brazos.
Sentía el cuerpo de Erik contra el mío, caliente y con pulso propio. Él me abrazó también, dándome pequeños picotazos por la cara, a los que le contesté alegremente. Terminó por sujetarme el rostro completo, con la palma izquierda, y sin darme cuenta solté un suspiro de placer cuando frotó mi mejilla.
Algo estaba dando vueltas en su mente, podía percibirlo, sentirlo como si fuese mi propia cabeza. Una vez que conocías a Erik, era fácil comprender lo que le hacía actuar de una forma u otra. Y sus ojos eran un pasaje claro a su alma atormentada.
Estos, ahora brillaban con un rastro de duda que me hizo fruncir el ceño, apoyando la barbilla en mi propia mano para vigilarle mejor, clavándole el codo en el pecho, estabilizándome.
Sus dulces labios se abrieron en una sonrisa ligeramente malvada, y en ese momento se vio como algo amenazador y hermoso a la vez. De haber estado en pie, estaba segura de que me habrían temblado las rodillas.
—¿Qué es? —acabé por preguntarle, demasiado curiosa para mi propio beneficio. Él apartó el rostro, sonrojado—. Estabas casi gritando lo que sea que pensases; ahora debes decírmelo —le acusé, pinchándole la punta de la falsa nariz con los dedos libres.
Resopló, pero no se negó a contestarme.
—Hay una forma —comenzó, descartando enseguida las primeras palabras—. Lo que quiero decir es que, y no se trata de una obligación, es que…, podríamos…, más bien podría… —Parpadeé varias veces ante tal caos de ideas. No entendía nada, y él lo pudo ver en mi rostro, mascullando sus siguientes palabras demasiado rápido—: Quería mostrarte lo que es el placer, el mismo que tú me ofreciste anoche.
Me tensé ligeramente; creía que ya habíamos dado por finalizada dicha conversación. No comprendía a qué se refería, o si simplemente quería remarcar algo.
Al ver que no abrí la boca para discutirle, continuó:
—No tiene que ser como anoche. Hacerlo, quiero decir. La forma de hacerlo —me prometió, entre el lío de palabras—. Solo tú; tu placer. Sé como conseguirlo.
No sé qué fue lo que me llevó a ello; no pretendía burlarme, ni hacerlo menos serio, pero fue como si una cuerda se rompiese, y comencé a reírme. No eran carcajadas grandes, pero sí lo suficiente como para que llenasen los vacíos de la sala.
—Creo que nunca te he visto dudar tanto a la hora de decir algo —tuve que mofarme, y él apreció también mi ocurrencia, aunque algo ofendido.
—Pretendía no herir tu ingenua sensibilidad —se defendió, atacándome.
—¿Ingenua? —repetí, en su mismo tono, pero más risas se me escaparon.
Estuvo a punto de abrir la boca, pero la cerró varias veces, y de un empujón me apartó de su pecho, para poder cruzarse de brazos.
—Aunque me tientas, no diré nada ofensivo. No merece la pena desperdiciar mi perspicacia en alguien como tú —alegó, mirándome de manera juguetona a pesar de todo.
Erik tenía ahora toda mi atención puesta en lo que me había estado hablando. A veces, dudaba que se diese cuenta de cómo me seducía, del poder insondable que tenía sobre mí desde la primera carta que me envió, todavía siendo el Fantasma.
Tenía una manera de ser muy desconcertante y misteriosa cuando quería. Incluso después de tantos meses conociéndonos, aun podía torturarme ocultándome sus secretos. Tal vez fuese algo especial, un tipo de poder que tuviesen todos los hombres.
Me revolví sobre él, queriendo que continuase por donde lo habíamos dejado. Podía haberle comprendido, pero la curiosidad me azoraba.
—Entonces, para aclararnos, ¿qué es lo que hay dentro de tu cabeza que deseas compartir conmigo? —Intenté que sonase casual, y creí hacer un buen trabajo.
Él se puso brevemente serio, pensativo. Me miró, y pudo sentir que me estudiaba cuidadosamente, buscando algún tipo de reacción en mí que le indicase que no era el momento oportuno para desvelar sus anhelos.
No hice nada, apenas moviéndome, más allá del vaivén de la respiración, y encontró el impulso que necesitaba.
—Vamos a la cama; te lo enseñaré. —No podría acusarle de no ser franco—. Será mejor que anoche; lo prometo.
Lentamente le pasé una mano por el pecho, por encima de los brazos todavía cruzados. Depositando cada uno de los dedos con cuidado sobre su piel descubierta.
—Dudo que pueda ser mejor —hable con sinceridad, y esperaba que me creyese. Un suave calor me cubrió las mejillas—. Por mucho que podamos practicar, cada vez será diferente, pero no creo que podamos desilusionarnos, Erik. Y lo digo de verdad.
—No me refiero a lo que piensas —intentó explicarme, apartándome de encima de él para sentarse, con las piernas flexionadas sobre el sofá—. Lo que digo es que, suponiendo que hubiese una representación numérica —en mis labios se tuvo que colocar otra sonrisa—, el diez sería el máximo, y el uno en mínimo.
—El cero debería de ser el mínimo.
—Bueno, y si fuese por mí jamás descenderíamos del cinco —me hizo callar cuando intenté picarlo, obligándome a llevarme las manos al rostro por vergüenza—. Pero, me refiero a que siempre nos moveremos por esas cifras. Ayer pudo ser…
—¿Un siete? —le miré entre los dedos, mordiéndome los labios.
—Yo no habría sido tan bondadoso conmigo, pero es tu decisión —susurró guturalmente, incómodo—. Para mí fue un diez, para ti un supuesto siete. Algunas veces subiremos, en otras habrá un descenso. Por supuesto que el acto en sí mismo no será terrible, pero hay una calidad la cual se debe cuidar.
Intentó seguir, hablándome de la misma forma que usaba cuando uno de sus instrumentos le ilusionaba demasiado, y para mí aquello fue el momento ideal para huir del salón, con el fuego de la chimenea al fin apagado, comenzando a encaminarme hacia las pocas velas que todavía se atrevían a mantenerse con vida.
—Vamos a la cama, Erik —le dije, dirigiéndome a nuestra habitación—. Prefiero ponerme a practicar antes que terminar dando una clase teórica sobre… ¡herregud!
Erik me siguió sin dudar, más emocionado de lo que habría supuesto. Cuando estuvimos los dos dentro, y la puerta se cerró, me acerqué hasta su cuerpo. Él había esperado un abrazo, pero mis intenciones eran otras.
Hice un contacto significativo con sus ojos, y permití que mis dedos se deslizasen desde su pecho, hasta los bordes de la máscara. Casi podía sentir la carga peligrosa de aquella acción, a pesar de mantenerse lo más neutral posible, algo se cargó en el aire, avisándome de que debía ser cuidadosa. Pero no era como si no lo supiese a estas alturas.
Y es que no hizo falta decir nada más; mi esposo parecía ser consciente de las normas no habladas que se habían regido sobre nosotros. Yo confiaba en él, y él hacía lo mismo conmigo. Aquel era el trato, y la promesa de seguridad.
Dio varias respiraciones profundas antes de llegar a los lazos que la mantenían sujeta, deshaciéndolos, bajando lentamente el material que le mantenía oculto constantemente.
Y allí estaba él, mirándome con recelo, con el rostro inclinado hacia delante, todavía dudando por si fuese a echar a correr.
Lentamente, y poniéndome de puntillas para llegar lo mejor posible, deslicé mis labios contra los suyos, sintiendo su aliento ardiente contra mi boca. Bebí de él como si se tratase de una copa, derribando todo lo que tenía para ofrecerme. La pasión se estaba alzando rápidamente en mí.
Entonces Erik se apartó, a pesar de lloriquear por la pérdida, siendo todavía amable en mis protestas. Dulcemente picoteó mi barbilla como una paloma, inclinando su pico sobre la hierba, una, dos, tres veces, hasta que me agarró por la cintura, llevándome de espaldas al borde de la cama, donde me senté.
Había dejado caer la máscara al suelo, sin pretensiones, y aquello consiguió que se me encendiese el pecho de orgullo. Conseguí distraerle; bien por los dos.
Fue entonces, sin querer detenerme, cuando mis dedos comenzaron a jugar con los botones de su camisa, mientras dejaba un rastro de besos sobre su rostro recién expuesto. Sus respiraciones cambiaron, contestando a mis atenciones, y me giré completamente en la cama para poder tratarlo mejor, comenzando a desnudarle.
Sus manos, siendo tan activas como las mías, también estaban decididas a dejarme sin ropas. Y esta vez era mucho menos incómodo el saber que nos íbamos a exponer de manera tan vulnerable, confiando firmemente el uno en el otro.
Deshizo el nudo suelto que sujetaba mi bata a la cintura, y pronto me hizo estirar los brazos para deslizarla sobre los hombros y dejarla en el suelo. Hoy las prendas eran mucho menos cuidadosas, sin tener que ser meticulosos en doblarlas y colocarlas en alguna superficie decente.
Yo hice lo mismo con su camisa, pasando las palmas sobre las muchas cicatrices que tenía en la piel cuando se despojó de ella. Brevemente, me pregunté si alguna vez me acostumbraría a no sentir lástima —tan solo una poca— por lo que tuvo que vivir el hombre. Pero aquel no era el momento, todavía curiosa de lo que quería mostrarme, de alguna forma.
Mi atención volvió cuando me tiró del pelo, rascándome la nuca hasta el cuello. Aquellas caricias fueron enseguida ejercidas por sus ásperos labios, mordisqueándome, además.
Por un momento, se detuvo. Alzó el rostro desde donde lo tenía escondido. Sus ojos brillaban dorados a la suave luz de la chimenea, y las sombras generadas por dos velas tímidas; lo hacían parecer más siniestro, pero con la piel más suave.
Sabía lo que iba a pedirme antes de crear ninguna palabra; a pesar de sentirnos seguros, todavía había dudas, acuerdos no hablados que terminaríamos solucionando en algún momento. Y, por supuesto, timidez. Haberte metido en la cama con alguien horas atrás, no significaba que fuese a ser más fácil, por mucho que quisiese engañarme.
Pero era al igual que si hubiésemos avanzado un gran paso, y por ello no dudé.
Me senté mejor sobre las colchas, obligándole a soltarme brevemente, mientras atrapaba la parte inferior del camisón que llevaba puesto, y lo pasaba por encima de la cabeza en un movimiento seguro y fluido.
El frío me atacó la piel, y temblé varias veces hasta que me acostumbré. Era cierto que la habitación se sentía cálida, pues la chimenea llevaba encendida todo el día, pero aquello no evitó la oleada que me atravesó. Quizá no fuese el frío, y solo se tratase de inquietud, pero no quería darle muchas vueltas.
Erik habló, en un tono de voz rasposo y bajo, arrastrando las sílabas:
—Parece que me entiendes mejor que yo a mí mismo —intentó tomarme el pelo, descargando ligeramente el ambiente.
Achiqué los ojos, inclinando el rostro cuando volví a mirarlo. Sus manos ya se habían colocado sobre mí en cuando me acerqué, y pude sentir su temblor, además de estar heladas. Las depositó suavemente sobre mi vientre, y no sabía qué hacer, cómo colocarme o qué esperar.
—Alguien tenía que dar primer paso —murmuré audaz, con una pequeña sonrisa en los labios.
Quería sentir lo que me fue negado la noche anterior; había estado tan cerca de aquel pico, tan cerca de lanzarme desde un precipicio el cual desconocía. Erik había conseguido saltar desde él, y me maravillé por las reacciones que dio; su voz rota, el temblar de su cuerpo.
Sentí una ola de calor atravesarme desde el corazón, yendo directamente al centro de mis muslos, obligándome un cosquilleo a cerrarlos como acto reflejo.
Dijo algo, pero no conseguí entenderle, perdida en el toque que había comenzado sobre mis clavículas, bajando por el esternón hasta rodear con sus palmas mis pechos, ahuecándolos, rozando con los pulgares los picos en los que se habían trasformado los pezones.
Suspiré mi agradecimiento, con los ojos brevemente cerrados, y cuando los abrí intenté imitar sus movimientos, creando caricias en su torso. Pero había algo que todavía nos diferenciaba de manera tremenda, y estaba dispuesta a solucionarlo.
Quería deshacerme de sus pantalones, con dedos torpes, y cuando creí que sería él el que fuese a ocuparse, negó con la cabeza, terminando el beso en el que nos habíamos encontrado.
—Los dejaré puestos por el momento —murmuró. Lo miré extrañada; no me parecía justo, y a mi timidez tampoco—. Por favor, será más fácil.
—¿De verdad? —tuve que dudar, todavía goteando deseo de mi voz, a pesar de todo.
Él solo se rio, asintiendo, y se concentró en distraerme, tomándome por la parte baja de la espalda, para tumbarme contra la cama, demasiado cerca del borde para mi gusto. Pero aquel movimiento rápido me sobresaltó, y tuve que reírme tontamente también, dispuesta a perdonarle todo si seguía tocándome y besándome.
Y aquello fue lo que hizo.
~~~OOO~~~
Dos capítulos más y habremos terminado, damas y caballeros. Ha sido un camino largo y tortuoso, pero muy satisfactorio.
Por si todavía alguien no lo sabe, estoy subiendo la misma historia desde el punto de vista de Erik. ¡Échale un vistazo! Se llama: música en la noche.
¡Un besazo y hasta el próximo capítulo!
