Disclaimer: None of this belongs to me. Thanks to the beautiful Josie, for letting me translate it. Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer y la historia a tufano79, solo me pertenece la traducción.
Capítulo beteado por Yanina Barboza, beta de Élite Fanfiction
(www facebook com/ groups/ elite . fanfiction)
Capítulo Ciento sesenta y dos
POV Bella.
—Bella, te llevaremos al hospital —regañó Angela, tomando mi presión sanguínea—. Necesitas que revisen a la bebé.
—Edward me salvó de caer —dije, algo molesta mientras Jessica envolvía mi muñeca en un vendaje temporal. Lo miré y estaba siendo atendido por Seth y Leah. La fuerza de nuestro tropiezo había agravado sus costillas. El humo también había causado que el daño a sus pulmones resurgiera. Estaba con mucho dolor. Yo me sentía bien, pero creo que era el shock de todo lo que causó que apartara el dolor que podía o no tener.
—Él irá. Tú también —dijo Jessica—. A la camilla, Bella. Edward patearía mi trasero si algo te sucediera. —Me moví para estar en la camilla, asegurada y conectada a varios monitores. Edward entró, gruñendo mientras se colocaba junto a mí. El corte en su cabeza estaba cubierto de forma desordenada y usaba oxígeno, resollando por la exposición a las llamas y al humo de la destrucción de mi oficina—. También deberías estar en una camilla, Edward.
—No estoy embarazado —dijo casi sin aliento—. Solo necesito un nebulizador y asegurarme que nuestro maní está bien.
—Ustedes dos son jodidamente tercos —gruñó Leah, apretando la cánula nasal alrededor de la cabeza de Edward—. Vamos, Ang. Mientras más rápido lleguemos al hospital, más rápido podremos arreglarlos a ellos. —Jessica cerró las puertas y la ambulancia salió, llevándonos al Hospital Northwestern Memorial. Nos bajaron y llevaron a una de las salas de examen. Edward estaba en la cama junto a mí, su rostro y boca cubierto con una máscara de oxígeno. Yo estaba conectada a un monitor fetal. Además de eso, comencé a resollar. Me dieron mi propia máscara de oxígeno y analgésicos para mi muñeca.
Carlisle entró a nuestra habitación, con la doctora Popper, mi obstetra, en sus talones. Carlisle revisó a Edward mientras la doctora Popper me asesoraba. Ambos fuimos tocados y frotados. La doctora Popper frunció el ceño, mirando las impresiones del monitor fetal.
—Bella, parece que estás teniendo contracciones —murmuró, sus ojos llenos de preocupación.
—No tengo dolor. Bueno, no dolor de parto —dije—. Mi muñeca duele como el demonio, pero nada aquí. —Hice un gesto hacia mi vientre.
—Bueno, aún es pronto. Podemos detener el parto, pero tendrás que estar en descanso por completo. Aquí, en maternidad —dijo la doctora Popper, su nariz arrugada.
—¿No puedo ir a casa? —lloriqueé.
—Lo siento, Bella. Te daremos medicamentos para ralentizar tu parto y esteroides para apresurar el desarrollo de los pulmones de tu bebé, pero te quedarás aquí hasta que Marie nazca. Solo te quedan seis semanas —dijo la doctora Popper, tratando de sonar optimista. En sus ojos, había algo que escondía.
—No lo voy a lograr, ¿cierto? Las seis semanas —susurré.
—Probablemente no —respondió la doctora Popper—. Estás dilatada, casi tres centímetros. Tu fuente no se ha roto, pero necesitamos tratar de prepararte para el nacimiento de tu hija.
—¿Qué tan pronto? —preguntó Edward, su voz profunda y ronca. Tosió varias veces, y su padre colocó la máscara de oxígeno de vuelta a su rostro. Su tos se calmó, pero aún jadeaba pesadamente.
—No sé. Daré la orden para los medicamentos —dijo la doctora Popper, dedicándome una sonrisa triste.
—¿Podré tener más hijos? —pregunté, tomando su mano.
—De nuevo, no sé, Bella —respondió la doctora Popper—. Esta bebé es un milagro. Honestamente no puedo decirte si podrás tener más. —La doctora Popper me dio un abrazo, saliendo de la habitación y hablando brevemente con nuestra enfermera. Cerré los ojos, lágrimas cayendo por mis mejillas. Edward se bajó de su cama, contra el consejo de su padre y me tomó en sus brazos. Podía escuchar el agite en su pecho mientras yo sollozaba, destrozada, todo lo que sucedía finalmente llegando a mí. Edward no dijo nada. Solo me abrazó mientras el torrente de confusión, dolor e ira pasaban por mí. Cuando me calmé, la enfermera volvió. Me colocó una intravenosa en el brazo, comenzando a colocar el medicamento que detendría mi parto y mejoraría el crecimiento de los pulmones de mi bebé.
—Papá, ¿puedes ir a nuestra casa y empacar un bolso para Bella y para mí? —pidió Edward, sus dedos acariciando mi mejilla.
—Haré lo que sea que me pidas, pero vuelve a la cama y ponte el oxígeno —regañó Carlisle, moviendo a Edward de vuelta a su cama y cubriendo su rostro con la máscara de oxígeno—. Edward, serás admitido para observación. —Él abrió sus ojos como platos, negando fervientemente—. Sí, Edward. Necesitas estar saludable para Bella y la bebé. Una noche. Lo prometo, una noche.
—No puedes prometer eso —argüí débilmente.
—No, lo haré. Solo quiero asegurarme de que no tengas más daño en los pulmones —dijo Carlisle, tomando la mano de Edward—. Si las pruebas a tus pulmones son normales, te daré de alta. —Me miró, sus ojos llenos de preocupación por ambos—. Esme se puede quedar contigo en la sala de maternidad mientras yo cuido de Edward. Alice puede empacar sus cosas.
—Edward, ¿por favor? —pedí, ligeramente aliviada de que Esme estuviera conmigo—. Necesitas cuidar de ti.
—Una noche —dijo Edward detrás de su máscara, sin luchar más.
Nos quedamos en esa habitación hasta que me admitieron en maternidad. Edward pudo venir conmigo, ubicándome en mi suite privada. Se sentó conmigo, su guapo rostro cubierto por la máscara de oxígeno, hasta que Esme volvió con un bolso con mis cosas. Edward salió de mi habitación y lo admitieron en el piso médico. Como fue prometido, Edward no tuvo que quedarse por mucho tiempo. Fue dado de alta temprano a la mañana siguiente. Tuvo que venir para tratamientos con el nebulizador mientras yo estaba en el hospital, pero afortunadamente el daño no era tan terrible como Carlisle había temido.
Gracias al cielo, las medicinas detuvieron mis contracciones y el progreso de mi parto, pero la doctora Popper dijo que podría tener que dar a luz relativamente pronto. Rezaba para poder lograr llegar a término, pero por las charlas que había tenido con la doctora Popper y los residentes que me revisaban casi cada hora, parecía poco probable.
Tenía que aguantar. Tenía que mantener segura a Marie. Tenía que asegurarme de que estuviera sana para su papi, para mí. No dejaría que James me arrebatara a esta bebé. Ya se había llevado demasiado. No se llevaría mi felicidad.
Jamás.
