Disclaimer: None of this belongs to me. Thanks to the beautiful Josie, for letting me translate it. Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer y la historia a tufano79, solo me pertenece la traducción.
Capítulo beteado por Yanina Barboza, beta de Élite Fanfiction
(www facebook com/ groups/ elite . fanfiction)
Capítulo Ciento sesenta y cuatro
POV Bella.
Me pusieron en una camilla y me quitaron el vestido. Tenía demasiado dolor. La doctora Popper maldecía desde entre mis piernas y cuando se levantó, sus manos estaban sangrientas.
—Bella, lo siento, pero tendremos que realizar una cesárea de emergencia.
—¿Qué? ¿Qué ocurre?
—Estás sangrando desde la placenta, una ruptura placentaria. Si no sacamos al bebé y detenemos el sangrado, morirás. Tu bebé morirá —susurró la doctora Popper, sus ojos observándome.
—¿Cómo sucedió esto? —preguntó Edward, su rostro pálido y sin vida. Sus dedos se entrelazaron con los míos. Nunca vi a Edward tan asustado—. ¿Doctora Popper?
—Adivino que cuando te caíste, hizo que entraras en parto temprano. Las medicinas lo detuvieron, pero la placenta, de alguna manera, ahora está separada del feto. Tenemos que irnos. Bella, te vamos a sedar —dijo la doctora Popper, apartando mi cabello de forma reconfortante—. Será más fácil para ti y para el bebé. —Cerró los ojos, dejando salir un respiro—. Si hay complicaciones, donde no podamos detener el sangrado…
—¿Quiere realizar una histerectomía? —pregunté, sintiéndome peor mientras pasaban los minutos. La doctora Popper asintió, sus labios en una línea sombría.
—Sálvela —susurró Edward, su mano tensándose alrededor de la mía y su voz rompiéndose por el dolor—. No puedo perderlas a ambas. Bella, si quieres más bebés, adoptaremos. No puedo… —Lágrimas bajaron por su hermoso rostro—. No quiero criar solo a nuestra hija. Por favor. —Se estaba poniendo histérico, sollozando contra mi hombro. Mis propias lágrimas cayeron, pero estaba demasiado débil para hacer cualquier cosa más que llorar.
—Haga lo que sea que necesite hacer —susurré, tranquilizando a mi prometido. Edward ahogó otro sollozo, sus dedos trazando mis rasgos y su nariz enterrada en el punto de mi cuello. Nos quedamos así, en un raro abrazo hasta que la doctora Popper aclaró su garganta, necesitando separarnos para poder traer a nuestra hija.
—Es hora. Haremos todo lo que podamos para salvar tu útero —explicó la doctora Popper—. Edward, lo siento, pero tienes que quedarte en la sala de espera. Será rápido. Tenemos que trabajar rápido y no podemos tener a un padre desesperado allí dentro. —Edward lloró, sus ojos moviéndose hacia los míos y mostrando su miedo. Las lágrimas fluían rápidamente. Traté de limpiarlas, pero verlo tan asustado hacía que mi corazón se tensara. Estaba tan aterrorizada de lo que me esperaba—. Tenemos que irnos. El quirófano está listo.
—Te amo, Bella. Muchísimo. Eres todo para mí —dijo ahogado, la punta de sus dedos pasando de arriba abajo por mi rostro—. Amo a nuestra hija, pero tú eres… no puedo perderte.
—No lo harás —lloré, mis débiles manos yendo hacia su desordenado cabello. Estampó su boca contra la mía, abundante desesperación y necesidad en su beso. Se separó abruptamente y la camilla fue movida de la habitación. Estaba llorando, temerosa por la cirugía, de perder a Marie y de no despertar. Rodando hasta el quirófano, un anestesiólogo explicó lo que hacía, pero sonaba como los adultos en las caricaturas de "The Peanuts", un trombón en mute. Asentí y me pusieron una máscara de oxígeno en la cara. Los sonidos a mi alrededor comenzaron a desvanecerse y un frío llenó mi vientre. Mis párpados se sentían pesados. Con cada parpadeo, era más difícil volverlos a levantar. Me dormí, sin saber lo que sucedía.
Cuando desperté, estaba en un cubículo de cuidados intensivos. Todo mi cuerpo entumecido y me congelaba. Estaba temblando incontrolablemente cuando Carlisle entró, cubriéndome con una manta cálida. Sus ojos estaban tristes. Marie… ¡no! ¡No! ¡No! ¡Por favor, no! ¡No puede ser!
—¿Dónde está mi bebé? —pregunté, el pánico muy claro en mi voz.
—Está en la unidad de cuidados intensivos de neonatos. Edward y Esme están con ella. —Apartó mi cabello—. Volverán dentro de poco. Edward quería discutir la condición de Marie con la encargada de la unidad. No confiaba en el residente de turno.
—¿Condición? ¿Qué sucede? —lloré, el miedo llenando todo mi cuerpo.
—Bella, cálmate —me tranquilizó Carlisle, sus manos frotando mis hombros—. Los pulmones de Marie no estaban completamente desarrollados a pesar de los esteroides que le pusieron. Está respirando con ventilador. —Parpadeé, sin entender por completo—. Hay una posibilidad de que pueda tener problemas con sus ojos debido a estar con oxígeno. Le estamos poniendo más esteroides para promover el crecimiento de los pulmones y sacarla del ventilador. Además, ya que fue prematura, hay posibilidad de que tenga dificultades de aprendizaje. Sin embargo, es hermosa. Una perfecta mezcla de Edward y de ti.
—¿Qué tan grande es? —pregunté, sin entender los problemas que él describía.
—Dos kilos, cien gramos —respondió, mostrándome una foto en su celular. Era pequeña, pero perfecta con diez dedos en la mano y en los pies. Su pequeña cabeza estaba cubierta por un sombrero rosa y pude ver la mano de Edward acariciando su pierna. La acuné, pasando mi dedo por la foto—. No tengo duda de que estará bien. Y ahora tú.
—¿Qué hay de mí? —pregunté, atraída por mi hija. Quería verla.
—¿No quieres saber lo que pasó luego de que llegó al mundo? —respondió Carlisle, su voz preocupada. Lo miré. Tenía curiosidad, pero estaba más preocupada por mi hijita—. Hubo mucho sangrado en tu útero. Estabas perdiendo sangre más rápido de lo que la ponían. Quiero decir que pusieron como diez unidades antes de tomar la decisión…
—De realizar una histerectomía —respondí, lágrimas llenando mis ojos. Marie sería nuestra única hija biológica.
—Solo el útero. Tus ovarios están intactos. Si quieres que saquen tus óvulos y usar un vientre alquilado, puedes hacerlo —dijo Carlisle, su sonrisa esperanzadora. Asentí, sin prestarle mucha atención. Mi cerebro estaba nublado por la anestesia. Carlisle se quedó conmigo hasta que recibió un mensaje de texto de Edward—. Está bajando, Bella.
Unos momentos después llegó Edward, y era una contradicción andante. Sus ojos estaban llenos de la alegría de ser papá, pero su cabello estaba apuntando a cualquier dirección y sus movimientos eran inseguros. Se sentó junto a mí, abrazando a su padre. Tomó mi mano en la suya. Estaba temblando y llorando.
—Bella —susurró, mirándome. Trazó mi rostro con la yema de sus dedos, dejando salir un suspiro estremecedor. Levantó mi mano, besando mis nudillos, pero apenas pude sentir sus labios. Traté de mover mi cuerpo, pero nada funcionaba. Edward debió haber visto mi incomodidad—. Sshh, está bien. Además de la anestesia, te pusieron una epidural. Pasará un rato antes de que puedas moverte.
—¿Cómo está? ¿Qué dijo el doctor? —pregunté, lágrimas bajando por mi rostro. La impresión de cómo llegó Marie finalmente asentándose—. ¿Edward?
—Es fuerte. Una luchadora, igual que su hermosa madre —dijo Edward, sonriendo torcido—. Los esteroides están trabajando en sus pulmones. La doctora Raab me dijo que la dejarán con el ventilador por una semana y luego revisarán su progreso. Marie se quedará en cuidados intensivos mientras necesite respiración asistida.
—¿Tienes una foto? Carlisle me mostró una, pero… —Sorbí mi nariz. Edward sacó su celular, mostrándome una foto más clara de nuestra hija—. Edward, es perfecta.
—Lo es. La doctora Raab, la encargada de la unidad, dijo que a pesar de ser tan diminuta, está completamente formada a excepción de sus pulmones. El pronóstico es bueno —susurró, inclinándose para besarme. Después de su dulce beso, inclinó su frente contra la mía—. Siento que… —Colocó su mano en mi vientre aún hinchado—. Marie fue nuestro milagro. Estoy feliz de tenerla, pero estoy emocionado de que todavía estés conmigo. —Me abrazó—. Te amo, Bella. Demasiado.
—También te amo —dije ahogada. Nos quedamos juntos hasta que una enfermera odiosa nos separó. Quería los brazos de Edward a mi alrededor ya que todavía estaba en shock por mi cirugía y necesitaba asegurarse de que estuviera bien. Sin embargo, la única cosa que invadía mi mente mientras el medicamento se disipaba era mi bebé. Necesitaba verla—. ¿Edward? Quiero ver a mi hija.
—No ahora, amor. Tienes que poder caminar tú sola —explicó Edward. Se movió e hizo algo—. ¿Puedes sentir eso?
—¿No? —respondí, confundida por lo que estaba haciendo—. Quiero verla, Edward. Quiero tocarla.
—Lo haremos, bebé. Solo debes dejar que tu cuerpo sane —dijo, tomando un pequeño control. Lo reconocí por su tiempo en cuidados intensivos. Era para la morfina. La presionó y mi cerebro se nubló de nuevo—. Duerme, mi amor. Veremos a nuestra hija en la mañana.
Nuestra pequeña Marie Felicity Cullen, nació el 2 de agosto de 2015, justo después de las cuatro de la tarde. Dos kilos, cien gramos y cuarenta centímetros de perfección dulce y milagrosa. Feliz cumpleaños, mi bebé. Mamá te ama. Siempre.
