Disclaimer: None of this belongs to me. Thanks to the beautiful Josie, for letting me translate it. Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer y la historia a tufano79, solo me pertenece la traducción.
Capítulo beteado por Yanina Barboza, beta de Élite Fanfiction
(www facebook com/ groups/ elite . fanfiction)
Capítulo Ciento sesenta y cinco
POV Bella.
Me quedé en cuidados intensivos dos días. La epidural tomó una eternidad en salir. No pude caminar ni sentir mis piernas por todo un día. Algunas personas solo tienen diferentes reacciones a las medicinas y obviamente, la mía fue un poco más severa. Cuando pude caminar, estaba tan temblorosa como un reno recién nacido. Me aferraba a Edward o a mi padre, quien había volado desde Forks para conocer a su nieta, caminando en extremidades inestables. Cuando pude caminar, me llevaron al piso de post-parto, justo en la esquina de los cuneros y cuidados intensivos neonatales.
No me quedé en mi habitación por mucho tiempo. Fui evaluada por la doctora Popper y me cambié a una ropa suelta. Edward nos llevó a cuidados intensivos neonatales. Nos lavamos las manos y Edward colocó una bata sobre nuestra ropa antes de rodarnos dentro. La incubadora en la que Marie estaba se encontraba más cerca de las ventanas. Esme y Charlie estaban allí, observando a nuestra hija. Me sentí culpable, sin poder verla antes de este momento. Edward aseguró mi silla y me levanté, caminando un poco insegura para estar más cerca.
—Aquí está tu mamá, maní —susurró Charlie, su dedo frotando el abdomen de Marie—. Ha estado enferma y jodidamente preocupada por verte.
—No maldigas frente a tu nieta —regañé, metiendo mis manos dentro de la incubadora. Charlie rio, su bigote moviéndose—. Hola, bebé. Es mamá. Estoy… —Lágrimas se deslizaron por mis mejillas mientras me quebraba—. Estoy tan feliz de que estés bien.
—Se vuelve más fuerte a cada momento —dijo Edward, su brazo apoyándome—. Incluso ya está dejando el ventilador. La doctora Raab dijo que podemos tratar de cambiar a un PCAP más tarde.
—¿Qué es eso? —pregunté.
—PCAP es presión continua aérea positiva —explicó Edward—. Colocarán un set de pinzas nasales en la nariz de Marie para darle apoyo respiratorio. El oxígeno en la sangre de la bebé es bueno y ahora queremos tratar de quitárselo para que pueda respirar sola.
—Y ha ganado sesenta gramos—dijo Esme, orgullosa.
—Quiero cargarla —susurré, moviendo mi dedo a su mano. Lo tomó fuerte, volteando su pequeña cabeza hacia mí.
—Cuando esté con el PCAP podrás —dijo Edward, colocando una silla detrás de mí. Con cuidado, me guió para que me sentara. Hice una mueca cuando mi incisión se jaló. Me quedé en cuidados intensivos neonatos, hablando con las enfermeras y aprendiendo tanto como podía para poder cuidar de mi bebé. La doctora Raab sí sentía que Marie estaba lista para el PCAP y le colocaron una pequeña máscara alrededor de su cabeza. Cuando eso estuvo listo, pude cargar a mi bebé por primera vez. Edward estaba tomando fotografías con su teléfono, llorando mientras yo acurrucaba a nuestro milagro a mi pecho.
Me dieron de alta dos días después de que hice popó. La modestia no importa cuando eres madre primeriza. Marie seguía hospitalizada. Estaba bien con el PCAP y podía alimentarse sin él. Cada día, podía tomar leche por períodos más largos de tiempo. Hoy, pudo alimentarse por quince minutos antes de tener que volver al PCAP. Estaba creciendo rápidamente y fuerte. La doctora Raab tenía la esperanza de que pudiera irse en dos semanas.
Y esas dos semanas volaron. La doctora Raab estaba feliz por el progreso de Marie y nos dio el visto bueno para llevarla a casa. Edward y yo, con nuestra Range Rover recién comprada ya que la mía fue incendiada, colocando a nuestra bebé de dos kilos, cuatrocientos gramos en su asiento, yendo a casa como una nueva familia. Ya que habíamos estado en el hospital casi todo el tiempo, Esme, Carlisle, Charlie y Alice terminaron el cuarto. Todos los regalos de nuestro baby shower fueron guardados y algunas cosas que Edward tenía que ensamblar fueron armadas por mi padre y Emmett.
—Se siente jodidamente bien estar en casa —dijo Edward, sentándose en el sofá de la sala de entretenimiento con Marie sobre su pecho. Nuestra familia se había ido, dejándonos comida para casi dos meses en el refrigerador. Charlie se quedaría con Carlisle y Esme, pero lo convencí de venir a quedarse con nosotros por el resto de su viaje después de esta noche. Necesitábamos al menos una noche para ver cómo dormiría Marie o reaccionaría al estar en nuestra casa.
—De nuevo, no maldigas frente a nuestra hija —regañé—. ¿Debo hacer una jarra para las groserías?
—Bella, tiene dos semanas de edad. —Edward soltó una risita, su mano acunando su pequeño trasero. Era ligeramente más grande que su mano, tan diminuta contra él—. La única cosa que reconoce es el sonido de nuestras voces y el latido de tu corazón.
—Aun así, no quiero que la primera palabra de nuestra hija sea joder. —Hice un puchero, sentándome, tensa. ¡Esto de la cesárea no era para débiles! Me moví, acurrucándome lo mejor que pude junto a mi prometido e hija—. ¿Puedes creer que somos padres? Todo ha cambiado mucho en el último mes.
—Lo sé —susurró, besando la suave cabeza de Marie—. James se ha ido, gracias a Dios. Ya no tienes oficina y tenemos una niña.
—Tienes un don con las palabras, Cullen. —Reí, recostando mi cabeza contra su hombro y acariciando la diminuta mejilla rosada de Marie. Se inclinó hacia mi toque, bostezando un poco—. Estoy asustada, Edward.
—¿De qué, amor? —preguntó, su ceño frunciéndose.
—Es tan pequeña. ¿Qué si algo pasa? —susurré.
—Bella, Marie es como tú. Una luchadora. Está con nosotros y se quedará con nosotros. Sin miedo, bebé —me calmó, besando mi frente—. Tenemos un enorme sistema de apoyo. A Marie no le faltará nada.
—Pero, ¿qué cuando comiences la escuela de medicina? —susurré.
—Bella, por favor. Te preocupas por nada. ¿Quieres que aplace la colegiatura por un año? —preguntó.
—No. No, solo estoy asustada. Lo siento —dije, negando—. Con todo lo que ha sucedido, mi mente no está completamente acostumbrada a todo lo que ha cambiado. Hoy es nuestra primera noche solos con la bebé.
—Solo imagino el poco descanso que ambos tendremos. Un pequeño sonido de su parte y correremos a ver si está bien. —Edward rio mientras Marie comenzaba a llorar. Estaba buscando mi seno, obviamente hambrienta—. Oh, maní, papi no te puede ayudar con eso.
—Me siento como una vaca —dije, bajando la tira de mi camiseta y desabrochando mi sujetador materno. Me dio a Marie y ella se aferró a mi seno, succionando la leche como profesional. Edward se movió para estar junto a mí, observando mientras nuestra hija se alimentaba.
—Desearía poder estar con ella así —susurró, su dedo deslizándose hacia su mano—. Alimentarla con el biberón no es lo mismo.
—¿Quieres pezones rotos y sentirte como bovino? —Solté una risita. Me miró con los ojos entrecerrados, dejando un suave beso sobre mi frente—. Dejando las bromas de lado, no hay nada como sentirla así. Digo, es raro, pero tan materno. —Levanté mi mirada hacia él, sonriendo suavemente—. También desearía que pudieras hacer esto.
—Por ahora, me ocuparé con gusto del biberón y la hora del baño —respondió, besándome con dulzura. Suspiró, contento, bajando la mirada a nuestra dulce bebé. A pesar del drama que rodeó su nacimiento y la locura en nuestras vidas antes de eso, no la cambiaría por nada. La amé desde el momento en el que vi el positivo en la prueba de embarazo y me enamoré más con cada mes que pasó hasta que estuvo en mis brazos. El momento en el que la cargué, fui de ella y podría caminar sobre el fuego para asegurarme de su seguridad. Llegó a mi mente que mi propia madre no se sentía de esta forma. ¿Cómo podías no amar a tu propia carne y sangre? A pesar de los sentimientos de mi incubadora, amaba a mi hija. Incondicionalmente y eso nunca, jamás cambiaría.
Terminé de alimentarla y Edward le sacó los gases mientras yo terminaba de acomodarme. La sostuvo en sus brazos, mirando sus ojos color caramelo, los cuales se volvían cada vez más verdes con el paso de los días. Él jadeó.
—¡Sonrió! —dijo con tono tierno.
—Bebé, lo siento, es un gas. —Reí mientras un ruidoso pedo salía de nuestra preciosa pequeña. Edward me frunció el ceño y luego a Marie—. Lo ilusionaste, maní. Solo fue un gas. Lo hiciste para papa. Sí, lo hiciste.
—Todavía creo que fue una sonrisa —arguyó, besando sus pies—. Le sonreíste a papá. —Soltó otro gas, su rostro con una sonrisa torcida—. De acuerdo, bien. Fue un gas.
