Aunque quisiera, Katsuki no podía estarse quieto. Desde que le habían encerrado en los calabozos, había gritado, había lanzado golpes a cualquier cosa… Haber sido encarcelado por el mismo rey que prometió su protección era, cuanto menos, humillante.
Bakugou solía repetirse que al menos "Kirishima estaba a salvo". Si, después de haber fracaso como heredero, por lo menos había conseguido evitar que capturasen a ese dragón inútil, entonces una pequeña parte de él podía estar en paz.
Fue entonces cuando escuchó unos pasos acercándose a él. Aquel sonido le sacó de sus pensamientos. Al ver el rostro de Nedzu, la expresión de Katsuki pasó inmediatamente de la sorpresa al fastidio.
- … Katsuki... - llamó Nedzu tras quedarse enfrente de él - Disculpa la informalidad, ¿puedo llamarte así?
El joven bárbaro resopló, desviando la vista.
- Haz lo que quieras - contestó.
Entonces un tenso silencio se hizo presente. Nedzu no esperaba que el muchacho se alegrara de verle. Después de todo, detestó a Endeavor y a todo lo que formaba parte de su reino desde el primer momento en que llegaron a las tierras de los Bakugou. Y eso, desgraciadamente, incluía a Nedzu.
Incapaz de aguantar el silencio por más tiempo, Nedzu decidió volver a hablar. Temía las reacciones de Bakugou, pero pensó que merecía la pena intentarlo con tal de oír su voz.
- Es... es un verdadero alivio volver a verte - le dijo, tanteando el terreno.
El joven bárbaro mantenía la mirada desviada, ignorando las palabras de Nedzu. Al tomarlo como una oportunidad para seguir hablando, el roedor continuó.
- Sé que no es lo más adecuado reencontrarnos aquí...
Bakugou le clavó a Nedzu su afilada mirada.
- En ninguna parte sería adecuado - espetó con voz amenazadora - Si vienes a sentir pena por mí como has hecho siempre, ya puedes marcharte.
El roedor le miró completamente desarmado, pues sabía que no era sencillo convencer a Bakugou y hacerle cambiar de parecer.
- No, yo... Te pido disculpas si alguna vez te he hecho sentir así...
- Ahórratelas. No las necesito - le cortó Bakugou.
- Katsuki...
- ¿Sabes cuál es tu problema? - le dijo, tajante - Que siempre has estado al servicio de los demás y eso nunca cambiará. Y todo eso hace que estés convencido de que me estabas ayudando y que me entendías cuando solías ser mi profesor.
Nedzu le escuchaba atónito, sin atreverse a intervenir.
- Lo único que querías era que yo aceptara la situación, que aceptara que Endeavor se había apoderado de mi reino. Un reino que, por cierto, ya no existe. Tú nunca quisiste entenderme. Solo buscabas lo mejor para tu rey.
- Vamos, eso no es…
- Si nunca te expliqué por qué coño me dio por escribir una estúpida partitura, ¿¡qué te hace pensar que ahora quiera verte!?
Acabó aquella frase con un golpe en los barrotes que resonó por todo el calabozo. Del susto, Nedzu dio un brinco hacia atrás. Sabía que Bakugou era una persona obstinada y bastante irascible, pero, aún así, no podía evitar que sus palabras doliesen.
Cuando terminó de desahogarse el joven bárbaro le dio la espalda y se sentó en el suelo al fondo de la celda, justo al lado de la ventana tapiada por gruesos barrotes.
No veía al roedor, pero podía sentir que todavía seguía ahí, observándole. Por ello, le hizo una última petición sin siquiera girarse.
- Déjame solo - gruñó.
Nedzu no perdió el tiempo y, tras dirigirle una última mirada a Bakugou, se dirigió a la salida de los calabozos. Estaba feliz de haberse podido reencontrar con el muchacho, pero, tras aquella dolorosa visita, comprendió todo el sufrimiento de Katsuki que había pasado por alto.
Por ello, se detuvo solo una última vez.
- Te pido perdón - dijo Nedzu - Por todo el daño que te he causado.
No hubo respuesta, pero Nedzu confió en que le había escuchado.
No quería molestarle más, así que, finalmente, se marchó. Por su parte, Bakugou apoyó los brazos en sus rodillas y suspiró pesadamente.
Ya no tenía libertad. Nunca sería rey. Para él, todo había acabado.
Fue como si todos sus problemas de insomnio se hubieran esfumado en una sola noche.
Desde que Midoriya había aparecido de forma inesperada en su habitación, Todoroki había podido dormir sin interrupciones. De hecho, no recordaba la última vez que había conseguido descansar sin desvelarse en mitad de la noche. El joven príncipe remoloneó entre las sábanas, gruñendo levemente mientras se despertaba.
Lo primero que vieron sus ojos al abrirse le resultó tan grato como, en un principio, inexplicable. El rostro relajado de Midoriya mientras dormía le parecía algo digno de atesorar. Pensó que era delicado, que merecía dormir a su lado y no tirado en los establos a altas horas de la noche. No. Desde luego, se sentía tan bien que Todoroki tenía claro que aquel era su lugar.
Unos pocos minutos después, dos, quizá cuatro, Todoroki cambió su expresión relajada a una de tensión. Estaba tan perdido en sus fantasías que le costó recuperar su sensatez. Midoriya estaba en el castillo, pero no solo eso. Estaba en su habitación. Metido en su cama. Desnudo. Igual que él. Cualquiera que entrara podría imaginarse sin problemas lo que había sucedido.
Y ya era tarde para lamentarse por haber permitido poner en peligro a Midoriya. Entonces, mientras callaba esa parte rebelde de sí mismo que no se arrepentía de nada, empezó a zarandear el hombro del chico.
- Izuku, despierta - le apuró sin levantar la voz.
Después de llamarle una vez más, el muchacho empezó a desvelarse y a mover su cuerpo. Al contrario que Todoroki, él solo tardó unos segundos en darse cuenta de la situación, por lo que no hizo falta que intercambiaran palabras. Midoriya se incorporó de inmediato y trató de acercarse a los pies de la cama para recuperar su ropa. Alterado, intentó recogerla del suelo lo más rápido posible.
Entonces Todoroki lo escuchó.
Aunque habían tenido la suerte de despertarse antes de que su sirvienta entrara en la habitación, Todoroki no tardó en darse cuenta de que no faltaba mucho para que eso ocurriera, pues se estaba aproximando a sus aposentos. Sin perder un segundo, el joven príncipe se apresuró y empujó a Midoriya, apurado, para que se metiera debajo de la cama. Por su parte, Midoriya soltó un pequeño gemido de sorpresa.
- Perdona - se disculpó Todoroki rápidamente - Quédate ahí un momento, ¿vale? - le pidió tras haberle dejado en su escondite improvisado.
El joven príncipe volvió a meterse entre las sábanas, visiblemente inquieto, justo antes de que la puerta se abriera. Cuando la sirvienta entró, Todoroki no tuvo tiempo suficiente para aparentar normalidad. Estaba jadeando y las sábanas dejaban gran parte de su torso desnudo al descubierto.
La mujer tuvo que hacer un esfuerzo por recordar lo que tenía que decir. Entonces, tras hacer un intento por recuperar la compostura, entró finalmente en la habitación.
- Buenos días, príncipe - saludó lo más natural que le fue posible.
- Buenos días - Todoroki le devolvió el saludo mientras mostraba una expresión seria.
La sirvienta, como cada mañana, se acercó a la ventana para correr las cortinas de terciopelo. Mientras trataba de tragar saliva, Todoroki lanzaba alguna que otra mirada furtiva debajo de la cama. Por su parte, Midoriya presionaba sus manos contra su nariz y boca, temeroso de que su propia respiración pudiera ser escuchada.
A pesar de que tanto el príncipe como la sirvienta eran conscientes de que el ambiente era completamente tenso, ambos trataban de actuar con normalidad.
- ¿Qué... qué tal habéis dormido hoy? - preguntó la mujer, quien se encontraba al frente de la cama.
No sabía exactamente por qué, pero se encontraba bastante incómoda. Pero, desde luego, estaba relacionado con encontrarse al joven príncipe sin la parte superior de su pijama.
- ... Muy bien - pronunció finalmente Todoroki tras haber seleccionado las palabras.
Por muy grandes que fueran sus esfuerzos, el príncipe sabía que estaba actuando de manera extraña, que no era posible esconder su nerviosismo a los ojos de su sirvienta.
Así que pensó rápido.
- Eh... hace un momento estaba... ocupado... ya sabes - comentó Todoroki mientras se rascaba la nuca, desviando la mirada - ¿Podrías no decírselo al rey?
Esperando que la mujer entendiera el mensaje, volvió a dirigirle la mirada.
Ya fuera por no saber cómo abordar aquella incómoda situación o por temor a inmiscuirse en los asuntos íntimos de un príncipe adolescente, la sirvienta pareció comprender enseguida. O, al menos, así lo señalaban sus mejillas teñidas de un tono rosado.
- Oh... - dijo - Claro, majestad.
- Lamento esta situación...
- ¡No, no, mi señor! - interrumpió ella - Es... es normal que... bueno, sois muy joven, estáis descubriendo vuestro cuerpo, ¡es completamente natural!
Sin moverse de la cama, Todoroki observaba cómo el rostro de la mujer se teñía cada vez más de rojo. El muchacho casi lamentaba tener que haberle mentido y hacerle pasar por aquella situación tan embarazosa, pero era la única manera de que no hiciera preguntas o hablara del tema.
- Que tengáis una buena mañana, príncipe - deseó la sirvienta antes de marcharse de los aposentos, cerrando la puerta tras ella visiblemente apurada.
Desde luego, estaba claro que tenía prisa por abandonar la habitación para cerrar por fin aquella conversación. Todoroki dejó pasar unos segundos y, después, se asomó debajo de la cama. Midoriya seguía con las manos cubriéndose la boca y se sobresaltó un poco al ver al príncipe.
- ¿Estás bien? - preguntó Todoroki.
Midoriya asintió con la cabeza sin retirar sus manos, todavía alerta por la situación en la que se encontraban. Entonces el joven príncipe le dio una mano y le ayudó a salir. Sin dejar de vigilar la puerta, ambos comenzaron a vestirse.
Todoroki vio cómo Midoriya, a pesar de que trataba de ser preciso en sus movimientos, se extrañaba al ver que la camisa le quedaba grande.
Todoroki le miró, pensando que era muy divertido y preguntándose cuándo el chico se daría cuenta.
- ¿Me devuelves mi camisa, por favor? - le preguntó de forma natural a Midoriya.
Al percatarse entonces de su error, Midoriya se la quitó aprisa, ruborizado.
- ¡Perdón, perdón! - respondió, apurado.
En ese momento Todoroki exhaló una pequeña risa; no pudo evitar recordar la primera mañana en la que despertaron juntos. Aquella vez en la que Midoriya estaba tan nervioso que no era capaz ni de abrocharse bien su propia ropa.
El joven príncipe se acercó a él y, cuando Midoriya le devolvió la prenda, aprovechó para acariciar su muñeca con suavidad.
- ¿Sigues sin fijarte en lo que haces? - le reprendió sin severidad.
Midoriya bajó la mirada, avergonzado.
- Solo cuando estás tú - murmuró sin poder reprimir una sonrisa nerviosa.
Todoroki sonrió; por primera vez desde que había regresado al castillo, estaba feliz. Feliz de poder ver a Midoriya de nuevo. Le había echado tanto de menos que la tensión de casi haber sido descubiertos se había desvanecido prácticamente.
- Me gusta que no cambies - confesó el príncipe.
Sentía alivio al ver que Midoriya seguía comportándose igual que siempre, pues, si hubiera ocurrido lo contrario, Todoroki no soportaría imaginarse que había perdido una parte del muchacho.
Por su parte, Midoriya le cogió la mano a Todoroki con suavidad y se fijó en su pelo. En que se lo estaba dejando crecer. Él no había dejado de quererle y, desde luego, Midoriya tampoco. Aunque ambos desconocían qué les pasaría después de su encuentro, estaban aliviados; ese amor sería para siempre.
Las palabras y caricias de Todoroki tuvieron un efecto inmediato en el chico, que terminó vistiéndose con tranquilidad.
Sabían que después de aquel día no se volverían a ver, sobre todo por el bien de los dos. Por esa razón, ninguno hablaría del tema en los pocos minutos que les quedaban a solas.
No valía la pena.
Sin embargo, Todoroki se fijó en que Midoriya llevaba un rato distraído. El chico era tan impredecible para Todoroki que le fue imposible callar su curiosidad.
- Izuku - llamó - ¿En qué piensas?
El chico se sobresaltó ante aquella pregunta.
- Eh... pues... nada, no es nada - respondió rápidamente.
Que Todoroki desistiera no era una opción, y mucho menos cuando el rubor de las mejillas de Midoriya lo delataba.
- ¿Qué es? Cuéntamelo, venga - insistió, curioso.
Después de terminar de abotonarse el chaleco, Midoriya se rascó la nuca, nervioso.
- Es que... era solo que… bueno, me preguntaba si… no habremos metido en un lío a tus sirvientes…
Con tranquilidad, Todoroki se acercó a él y le sujetó la mano con la que Midoriya se estaba rascando.
- Midoriya - dijo justo antes de depositar un casto beso en sus labios - Es increíble que te preocupes por eso después de haberte presentado aquí en mitad de la noche.
Midoriya frunció los labios, avergonzado, pues no se acostumbraba a que Todoroki resaltara el sinsentido de sus palabras. Sin embargo, al ver su reacción, el joven príncipe dejó las burlas a un lado.
- No dirá nada - afirmó - No tienes de qué preocuparte.
El chico miró a Todoroki, sorprendido al ver que hablaba sin tener ninguna duda de lo que decía.
- ¿Por qué estás tan seguro?
En ese momento fue el turno del príncipe de mostrarse avergonzado, pues lo que pretendía explicar no era de lo más elegante.
- Es que... bueno, no es la primera vez que…
Al no encontrar palabras sutiles, Todoroki suspiró, dándose por vencido.
- Saben que a veces me masturbo y es algo de lo que siempre evitan hablar.
Midoriya sintió entonces un molesto ardor en sus mejillas.
- … Oh...
- Descubrí que me ayuda cuando tengo insomnio - explicó.
Al percatarse de que Midoriya le evitaba la mirada, Todoroki le cogió de la barbilla al chico con suavidad.
- Me gustaría saber en qué piensas.
El rubor de Midoriya no tardó en extenderse a sus orejas, incapaz de formular una frase. Por su parte, Todoroki no podía evitar seguir provocándole de esa manera tan entretenida. Le resultaba incomprensible que Izuku, después de haberle abordado por la noche hasta el punto de meterse en su cama, tuviera reparo en escuchar hablar sobre sexo.
De todas formas, aquel incómodo momento para el muchacho no duró mucho; comenzaron a escuchar unos pequeños ruidos cerca de la ventana.
Todoroki cambió su semblante y se puso alerta, preparado para ocultar a Midoriya y protegerle.
Sin embargo, su expresión, al igual que la del chico, terminó relajándose.
- Tenemos que irnos.
Para Todoroki, había pasado tanto tiempo desde la última vez que le vio que le resultó casi extraño pronunciar su nombre.
- Kirishima - dijo.
Sin esperar ningún permiso, Kirishima pasó por la ventana y se acercó a los chicos.
- Lo siento, es que... está amaneciendo - explicó el joven dragón.
Todoroki y Midoriya se miraron. Ya habían asumido que no podían estar juntos y, con todo, ninguno de ellos quería decir adiós. Ninguno quería remarcar que aquel era el final.
Finalmente, Midoriya fue el primero en reaccionar. De la forma más espontánea que fue capaz, se acercó a Todoroki y depositó un suave beso en sus labios. Después de terminar aquel gesto tan dulce, Todoroki le acarició la barbilla.
- Cuídate, ¿vale? - le pidió.
Midoriya sonrió y asintió con la cabeza. Con la intención de que su despedida fuera lo menos amarga posible, no intercambiaron ninguna palabra más. Sin embargo, al ver a los chicos alejarse, el joven príncipe los detuvo una última vez.
- Kirishima - llamó, con lo que se ganó la atención del dragón.
Todoroki titubeó unos segundos al tratar de expresar lo que sentía. Finalmente, se encogió de hombros.
- Gracias - dijo - Por todo.
Al escuchar aquellas palabras, el joven dragón sonrió ampliamente. Entonces, sin previo aviso, se acercó a Todoroki y le envolvió en un abrazo. El muchacho se mostró sorprendido, pero terminó correspondiéndole de la misma forma, inseguro.
Todoroki sentía que habían cambiado muchas cosas en muy poco tiempo. No solo su relación con Midoriya, sino también las amistades que había consolidado durante su viaje.
Desde luego, el joven príncipe no rechazaba aquellas muestras físicas de afecto ni mucho menos. Pero se había acostumbrado tanto a vivir sin ellas, que le sorprendía ser él el que recibiera un simple abrazo.
Finalmente deshicieron el abrazo y Todoroki no tuvo más remedio que observarles marchar.
Aunque le aliviaba saber que Midoriya estaría a salvo, la amarga sensación de saber que siempre seguiría enamorado de él le acompañaría por mucho tiempo.
Inko ya no imaginaba su hogar sin Kirishima.
El chico siempre era educado y servicial; la idea de que abandonara la casa hacía tiempo que no estaba en los planes de Inko.
Aquel día Midoriya y Kirishima se prepararon para salir de nuevo.
Según empezó la primavera, las mañanas de las rutinas de los chicos comenzaban con la recolecta. La temporada de nísperos había empezado y debían aprovechar cada recurso que se les ofrecía. Aquellos días vivían gracias a encargos como trajes o vestidos que llevaba a cabo Inko.
Mientras tanto, Midoriya y Kirishima realizaban tareas en la ciudad y trabajaban en la recogida de frutos. Desde que terminaron las labores de Izuku en el castillo, toda la familia trataba de colaborar. Aunque suponía mucho esfuerzo, su vida era tranquila.
Además, después de tanto tiempo conviviendo juntos, Midoriya finalmente le había confesado a su madre la verdadera identidad de Kirishima. El chico tenía claro que Kirishima no merecía seguir ocultando que era un dragón.
Al principio, a Inko le resultaba increíble. Para ella, los dragones solo existían en los cuentos y no podía negar que sentía impresión al estar dando cobijo a una criatura tan, aparentemente, peligrosa.
Sin embargo, no dudó en dejar que el joven dragón permaneciera en su hogar. No entendía nada de dragones ni de criaturas fantásticas, pero confiaba en su hijo y, por ello, no iba a abandonar a Kirishima.
Por la mañana los chicos acudieron raudos a los campos de nísperos. Cada mañana de aquella primavera los árboles tenían más frutos. Aunque ambos solían ayudarse entre ellos para recoger el mayor número de nísperos posible, también era frecuente que, de vez en cuando, compitieran para ver quién conseguía más.
Al menos, así conseguían entretenerse y variar un poco su rutina. Para Izuku, era difícil superar a alguien como Kirishima, quien, aun sin transformarse, estaba acostumbrado a moverse entre los árboles. Sin embargo, nada de eso le hacía perder la determinación y las ganas de seguir enfrentándose a él.
- ¡Ese lo he visto antes! - exclamó Midoriya mientras corría para alcanzar uno de los frutos.
Pero, de nuevo, el joven dragón se las arregló para adelantarse al chico.
- ¡Kirishima! - llamó Midoriya entre risas.
Como era de esperar, la cesta de Kirishima acabó más llena que la de Midoriya.
- Llevo tres semanas seguidas ganándote - comentó el joven dragón cuando terminaron de contar los nísperos.
- Eh, pero cada vez me ganas por menos - se defendió Midoriya - Ya verás, algún día te ganaré.
Kirishima sonrió ampliamente.
- Eres un rival incansable, tío.
Cuando finalmente acabaron la recogida de los frutos, los chicos empezaron a caminar mientras cargaban con las cestas. Solían hacerlo al terminar su habitual competición para revisar si se habían dejado algún níspero sin recoger.
Tras su agotadora carrera, ambos paseaban sin intercambiar palabra durante unos minutos, recuperando el aire. En aquel silencio solo se escuchaba el sonido de los pocos pájaros que les acompañaban a horas tan tempranas.
Desde luego, no era un silencio incómodo, pero Kirishima decidió ser el primero en romperlo.
- Hacía tiempo que no me reía tanto - comentó alegre.
Midoriya sonrió ante su comentario, pues era evidente que él se sentía de la misma forma. Aunque, después de todo lo que habían pasado, las cosas no habían salido como ellos habían querido, no había forma de que pudieran seguir estancados en el pasado.
Midoriya recordaba las palabras de Todoroki. Recordaba que un futuro tan inestable como el de ellos era completamente incierto. Y, con todo, no podía evitar sonreír al pensar en él. Después de un año lleno de aventuras, sentía que había crecido tanto que no era capaz de arrepentirse de nada.
Pero le echaba de menos.
Inko no había tardado en fijarse en ello día tras día. Midoriya siempre irradiaba felicidad cuando mencionaba a Todoroki. Pero, aun así, a la mujer le resultó sencillo distinguir el particular brillo que últimamente aparecía en los ojos de Midoriya.
En un principio, a Midoriya le era impensable confesar a su madre todo lo que había ocurrido. Las veces que se veían en el castillo, cómo habían huido, qué había pasado en el bosque... y que se había fijado en que Todoroki se estaba dejando el pelo largo.
Cuando se creyó preparado para contarlo, descubrió que no fue necesario.
Inko comprendió sus sentimientos enseguida. Fue entonces cuando Midoriya se dio cuenta de que aquella extraña relación que terminó en desastre le había hecho muy feliz. Y que no había nada malo en ello. Así que, ¿por qué no iba a compartirlo?
- Es más divertido que hacerlo solo - coincidió Midoriya mientras caminaba al lado de su compañero.
Ambos avanzaban contemplando las copas de los árboles, casi de forma distraída.
- Sí, pero se me hace raro ser yo el que gane.
Midoriya dirigió la mirada a Kirishima.
- ¿Con Kacchan nunca ganabas?
- La verdad es que no, Bakugou es increíble - aseguró el joven dragón - Pero dudo que le guste que le llames de esa forma.
El chico soltó una risita ante su comentario. Desde que se le ocurrió aquel apodo, ya no era capaz de nombrarle de otra manera.
La mañana en la que Kirishima llevó a Midoriya de vuelta a casa, el chico no tardó en informarle de que Bakugou estaba bien. Estaba encerrado, pero seguía vivo.
Desde ese momento, Kirishima no dudó en que volvería a verle. Aunque podía atacar sin problemas al ser un dragón, sabía que, si lo hacía, Bakugou no le perdonaría. Él solo quería protegerle y no soportaría ver a Kirishima ponerse en peligro de una forma tan temeraria.
Aunque la espera se le hacía larga, contaba con el apoyo de Midoriya, pues ambos se necesitaban el uno al otro.
- Tengo ganas de volver a verle - comentó Kirishima entusiasmado.
Los chicos habían deducido que, cuando por fin tuviera lugar la boda de Todoroki y la princesa Yaoyorozu y ambos heredaran el reino, Todoroki se encargaría de liberar a Bakugou. Sin embargo, sería ese momento el mismo en el que todo acabaría. En el que Kirishima ya no tendría nada que le atara a Midoriya y, por ello, se marcharía con Bakugou.
A pesar de que a Midoriya le suponía un duro golpe tener que aceptarlo, sabía que era importante para Kirishima. Sabía que el chico tenía que encontrar a su familia.
Un año de aventuras y Midoriya seguía siendo incapaz de anteponer sus necesidades a las de los demás.
- ¡Perdón, soy un insensible!
Kirishima no tardó en fijarse en el rostro pensativo y melancólico de su compañero. Después de tanto tiempo juntos, era como un libro abierto para él.
- ¿Eh? - comentó Midoriya, confundido - Ah... ¡No, no! Estoy bien, no te preocupes - aseguró mientras le dedicaba una sonrisa.
Algo más calmado, Kirishima siguió hablando.
- Oye, después de todo lo que ha pasado, no podría despedirme de ti - aseguró con una sonrisa - Volveremos a vernos seguro.
Por su parte, Midoriya le devolvió la sonrisa.
- ¡Sí!
Entonces se mantuvieron en silencio hasta que, de nuevo, Kirishima habló.
- Oye, me estaba preguntando... No lo he dicho antes porque no quería agobiarte y eso, pero... nunca me dijiste qué pasó cuando te llevé al castillo... quiero decir, ¿acabó todo bien con Todoroki? ¿Qué te dijo?
A Kirishima le resultaba raro pensar que solo habían hablado de Bakugou, pero notó enseguida la incomodidad de Midoriya en su rostro.
- ¡Perdón, ya sabía que no tenía que preguntarte nada! Es decir, no tienes que contarme nada que no quieras...
Por su parte, Midoriya trató de calmar a su compañero.
- No, no pasa nada, es solo que... bueno, no sé... no hizo falta hablar - dijo simplemente.
Kirishima parpadeó incrédulo, como si le resultara complicado entenderlo.
- Es que, bueno, de alguna manera... no sé, es como si él ya supiera cómo me sentía. Y descubrí que él también se sentía igual, entonces... no sé, no hizo falta decir nada - trató de explicar el chico.
El joven dragón sonrió; esa conexión le resultaba muy similar a la que compartía con Bakugou.
- Creo que lo entiendo - dijo - Suena bien.
- Sí. La verdad es que sí.
Midoriya le devolvió la sonrisa.
- Estáis muy unidos. Es fácil darse cuenta de eso, ¿sabes?
Fue lo último que comentó Kirishima antes de volver a guardar silencio. Cuando conoció a la extraña pareja que formaban Kirishima y Bakugou, Midoriya pensó algo similar. Era sencillo intuir la fuerte conexión que había entre ambos. Cómo podían entenderse sin siquiera hablarse y cómo podían, incluso, llegar a averiguar lo que el otro estaba pensando.
En un principio, a Midoriya le parecía increíble. Pero, tras haber construido su relación con Todoroki, comprendió que era algo mucho más verosímil y natural de lo que pensaba.
Su paseo transcurría con tranquilidad. Para Midoriya, era agradable haber encontrado a un confidente al que poder llamar amigo.
Mientras el chico desplazaba su mirada de un lado a otro de forma distraída, de pronto, su atención se centró en su compañero; en cómo se había tensado repentinamente.
- Kirishima - llamó - ¿Qué pasa?
El joven dragón miró fijamente a una zona no muy lejos de donde se encontraban y que, aparentemente, estaban en calma. Sin previo aviso, Kirishima corrió hacia el lugar, por lo que Midoriya no tuvo más remedio que seguirle. Aunque se estaban desviando de su ruta, Izuku no le cuestionó nada a su compañero, pues sabía que algo había llevado a Kirishima a tomar ese camino.
Y, desde luego, era algo importante.
Comenzaron a adentrarse en el bosque, pero pasó poco tiempo hasta que Kirishima finalmente encontró lo que buscaba. Unos metros más adelante se toparon con un anciano que, al no esperar aquel encuentro, se sobresaltó al verlos.
- ¡Sorahiko! - exclamó entusiasmado Kirishima.
Cuando el joven dragón se acercó a él apresurado, se llevó un golpe propinado por el cayado de aquel hombre.
- ¡Ay! - se quejó el chico.
- No hagas eso, me has asustado.
Por su parte, Midoriya miró a aquel anciano mientras se tomaba unos segundos para recordar aquel nombre.
- Es... ¿él no es el chamán de vuestra tribu? - preguntó el chico.
Kirishima asintió sonriente, como si ya se hubiera olvidado del golpe que se había llevado.
- ¿Tú quién eres? - preguntó el anciano.
- Soy Izuku Midoriya, señor - se presentó el muchacho.
- Hacía mucho que no te veía - comentó Kirishima - ¿Qué haces aquí?
Sorahiko mantuvo la mirada fija en el joven dragón.
- ¿Y tú?
- Yo vivo aquí. Con él - explicó el chico, señalando a Midoriya.
Entonces el anciano miró a Midoriya mientras arrugaba el entrecejo.
- Y ¿tú quién eres?
- Eh... Izuku... Midoriya... - respondió el muchacho, algo confundido, aunque no tardó en recuperar la compostura - ¿Necesita que le ayudemos en algo? - se ofreció.
- Si os importa este reino, sí porque dentro de poco no quedará nada de él.
Sorahiko pronunció aquello de forma casual, apoyando el peso de su cuerpo en su cayado. Izuku miró a Kirishima, quien había borrado la sonrisa de su rostro.
- ¿Cómo que no quedará nada? - insistió Midoriya.
- Chisaki está viniendo - explicó - Parece que sabe dónde está Katsuki y como es el último de los Bakugou, en fin...
Midoriya había pasado suficiente tiempo junto a Kirishima como para que su compañero le hablara sobre todo lo que sabía sobre Chisaki: todo lo que Bakugou le había contado de él y cómo, por su culpa, Bakugou había cargado siempre con la culpa de la destrucción de su pueblo.
- Pero ¿el rey lo sabe? - preguntó Midoriya.
- ¿Enji? Es un cabezota que no quiere asustar a sus gentes con magia negra - explicó con molestia - Se ve que prefiere ver morir a su pueblo.
Mientras Kirishima y Midoriya procesaban sus palabras, Sorahiko se abrió paso entre ellos y siguió su camino, como si él mismo ya hubiera dado por terminada la conversación.
- Yo voy a intentar parar todo esto a ver si puedo - explicó el anciano de forma despreocupada, caminando con ayuda de su cayado - Si queréis hacer algo vosotros, moveos.
Sorahiko no volvió la vista atrás en ningún momento.
Estaba decidido a hacer lo que estuviera en su mano para frenar lo que podría ser la segunda masacre. Incluso aunque no fuera suficiente. Al menos, lo intentaría; con o sin ayuda.
Midoriya y Kirishima se miraron unos segundos y, sin necesidad de intercambiar palabra, no tardaron en apresurarse para seguir al anciano. No tenían ni idea de qué iban a hacer ni a qué se iban a enfrentar, pero ya habían estado quietos demasiado tiempo.
Ya era hora de que pasaran de una vez a la acción.
Por fin, decidirían ellos el final.
