Cuando Yashiro llegó a la biblioteca, se encontró con que la estancia estaba sumida en caos y polvo. Las estanterías se habían caído cual efecto dominó y los libros estaban tirados por todas partes, como si hubiera entrado un tornado para hacer pedazos lo que alguna vez había considerado un santuario. Se detuvo en seco cuando su pie chocó con algo, y al bajar la mirada distinguió la forma de un dominador. Durante unos instantes se vio incapaz de respirar, como si el mero tacto le transfiriere un veneno mortal. Aunque su mente le decía que volviese por donde había llegado, buscó con la mirada un cuerpo hecho pedazos y lo único que encontró en el suelo, fueron gotas de sangre como si hubiera surgido una pelea.

Continuó examinando la sala en busca de algún rastro de vida humana, hasta que su atención retornó hacia la viva imagen de una mano que sobresalía entre los libros. Durante unos segundos todo el cuerpo de Yashiro se quedó petrificado pero un impulso inconsciente logró dirigirla hacia allí, saltando incluso sobre algunos libros que se interponían en su camino y tratando de mantener el equilibrio para no caer. Luego se arrodilló y comenzó a hacer a un lado los escombros, pero la figura que se hallaba bajo aquella estantería la detuvo, siendo esta completamente distinta a lo que en verdad había imaginado. Se trataba de Sasayama, quien tenía una herida en el cuello y un corte medio profundo en uno de sus brazos, del cual chorreaba sangre.

Yashiro relajó al instante todo su cuerpo, pero sintió un escalofrío cuando un quejido lastimero y ronco provino del cuerpo y su muñeca fue repentinamente aferrada por algo sólido. Los ojos de Sasayama se abrieron de par en par con una desesperación que la dejó helada, y se clavaron en los plateados como si estuvieran anunciando que había regresado del mismísimo inframundo. Una descarga de dolor aturdió todo su cuerpo cuando intentó levantar la estantería, e hizo una mueca con sus labios. Yashiro alzó sus manos para indicarle que se quedara quieto, a lo que él desistió permaneciendo inmóvil.

-Toko -susurró el ejecutor mientras buscaba alrededor-. Se la llevó. Tenemos que encontrarla. Tenemos que…

Yashiro abrió más los ojos y sus puños crisparon sobre las rodillas, deseosos de abalanzarse sobre aquel cuello tan vulnerable. La joven Kirino, una vez más, se le escurría de las manos. El único que podía traerla de vuelta era el propio Sasayama, y siseó para que guardase silencio, viendo que la vida poco a poco volvía a su rostro. El aprecio que sentía por la joven Kirino era más grande de lo que había esperado y se preguntaba si los demás agentes serían como él, porque los pocos que había visto hasta entonces resultaban ser poco empáticos con los familiares de las víctimas. Yashiro se levantó decidida a buscar a los inspectores y Sasayama la miró con un brillo de remordimiento en sus ojos, como si se sintiera culpable del secuestro de Toko.

-No te muevas. Buscaré ayuda -sentenció ella con brusquedad.

Yashiro salió corriendo de la biblioteca, dejando atrás al cuerpo moribundo del ejecutor. Bajó por las escaleras dando saltos hasta que se detuvo en seco cuando, al final del pasillo, distinguió la silueta del inspector Kougami, quien la miró arqueando una ceja. Yashiro alzó uno de sus brazos para llamar su atención, pero de pronto, un sonido agudo y molesto irrumpió en toda la academia, erizándole la piel. Cerró los ojos automáticamente, y al volverlos a abrir se percató de que muchas estudiantes salían de sus cuartos igual de confundidas que ella, pero completamente atemorizadas. Kougami comenzó a correr hacia Yashiro, con la mano en su cintura, donde se encontraba oculto el dominador.

-¿Un incendio? -exclamó una de las estudiantes con voz temblorosa-. ¿Qué debemos hacer?

Yashiro sintió su corazón latir a toda prisa. Las chicas trataban de hablar en voz alta para ser escuchadas por las demás a pesar de que la alarma contraincendios seguía resonando sobre sus cabezas. Nunca había surgido un incendio en la Academia Ousou, y ninguna sabía cómo reaccionar ante dicha situación. Era la primera vez que se sentían en verdadero peligro y la adrenalina las alcanzó a todas por igual. Las estudiantes se hicieron a un lado para que se reuniera con el inspector, como si inconscientemente supieran que tenían las respuestas.

-¿Dónde está Sasayama? –preguntó con firmeza como si el mundo dependiera de ello.

Yashiro vaciló por unos segundos mientras observaba la evidente preocupación en su rostro. Era totalmente distinto al otro inspector, pues a Kougami sí le interesaba lo que les ocurría a sus compañeros y estaba dispuesto a socorrerlos. Aunque Yashiro se preguntaba si no habría asuntos personales involucrados. Cuando Kougami juntó las cejas exigiendo información, Yashiro volvió a su pregunta y parpadeó. La impaciencia brotaba de sus ojos y por unos momentos hasta resultó intimidante.

-En la biblioteca -soltó en voz alta-. No puede moverse.

Cuando el inspector cayó en la idea de que Sasayama podría encontrarse herido y metido en graves problemas, su rostro palideció brevemente hasta ser consumido por la ira.

-¡Ese idiota…! -dijo Kougami chasqueando la lengua.

Tras unos segundos de pura incertidumbre, rodeó a Yashiro y subió las escaleras de a dos escalones. Yashiro, entonces, regresó la mirada a las estudiantes y propuso salir de la academia, una idea que todas las demás saborearon hasta seguir al pie de la letra, como un rebaño buscando la salvación. Parecían haber olvidado la existencia del toque de queda tan rápido como se impuso, en aquellos instantes sólo querían ponerse a salvo.

El patio de la academia se fue amontonando de estudiantes que desconocían la fuente de su temor, y se apartaban despavoridas al ver los drones policiales. Yashiro corrió hasta situarse sobre la fuente artificial y aprovechó la altura para buscar con la mirada entre la muchedumbre, pero el rostro de la joven Oryo no aparecía en ninguna parte y el constante movimiento le dificultaba su búsqueda. Entreabrió los labios al cuestionarse si se encontraría dentro de la academia y alzó la vista instintivamente, dirigiéndola hacia las distintas ventanas que formaban parte de las aulas.

El tiempo se detuvo para ella cuando, en una de las ventanas, vislumbró una figura de pie que contemplaba el exterior. Entornó la vista e hizo caso omiso a su ambiente circundante, hasta por fin distinguir que la imagen pertenecía a Makishima Shougo. Cuando la mirada de este la encontró, pasó a observarla con detenimiento durante unos largos y eternos segundos, inclinando la cabeza en una afirmación silenciosa. Yashiro sintió que recobraba el aliento una vez más, y se dejó llevar cuando una de sus compañeras la tomó del antebrazo, uniéndola con las demás.

Debió transcurrir media hora hasta que la academia volvió a la normalidad, y todas las estudiantes siguieron con sus rutinas diarias como si nada hubiera ocurrido, aunque Yashiro sabía que todas hablaban del incidente e incluso algunas los esparcían por la red. Los padres fueron notificados del accidente y muchos de ellos presentaron quejas al establecimiento, exigiendo más seguridad.

Yashiro se dejó cegar por las luces llameantes de la ambulancia que iluminaron el espacio circundante, y observó unos directivos de la academia que discutían en el patio sobre el fuego y el desastre producido en la biblioteca. Una destrucción cuyo único testigo había sido trasladado a la ambulancia, y su cuerpo reposaba entonces sobre una camilla junto a la camioneta. Tenía vendas temporarias en su cuerpo y algunas partes de su ropa estaban bañadas en sangre, pero a pesar de ello seguía respirando.

La alarma contraincendios había sido apagada manualmente y no tardó mucho hasta que un equipo llegó para detener las llamas que, en realidad, sólo se habían esparcido en la cocina de la academia, dejando como única víctima a un cocinero. Según los análisis realizados, hubo una fuga de gas por el descuido del personal, pero se desconocía quién había sido el responsable, y Yashiro tenía la sensación de que nunca lo descubrirían.

Tuvo que declarar ante el inspector Ginoza todo lo que había ocurrido, desde la persecución fallida de Sasayama y Toko hasta la búsqueda de los inspectores para pedir ayuda. Luego se encaminó hacia donde se encontraban conversando Sasayama y el inspector Kougami, pero al verlos compartiendo algún tipo de confrontación decidió tomar distancia, de modo que no llamara la atención, pero al menos lograse escuchar lo que decían. Kougami lo reprochaba una y otra vez por haber ignorado las órdenes, creado un escándalo en la biblioteca que podía haber sido evitado, y en especial, por ser el responsable de que Kozaburo Toma haya escapado, secuestrando a un civil.

-¿Por qué la directora le transferiría el caso a la división de Aoyanagi? ¿por qué está tan ensimismada en capturarlo vivo? -cuestionó Sasayama, inmerso en sus propios pensamientos.

Yashiro se vio atraída por su exasperado tono, y pudo comprender la indignación. No sabía de quiénes estaba hablando, a excepción de Toma como el entonces prófugo, pero lo que más le llamaba la atención era que desearan capturarlo vivo. Si se suponía que el Sistema Sibyl era un juez divino, capaz de decidir quién era bueno y quién era malo en aquella ciudad, no era necesario capturar viva a una persona a menos que sea para interrogarla buscando respuestas. Pero si nadie creía que había cómplices en ese caso, ¿por qué lo querrían vivo? ¿qué tenían en mente preguntarle? La curiosidad la invadió como si fuera música y agudizó más sus oídos.

-Eso no nos corresponde saber -respondió Kougami.

Sasayama seguía dándole vueltas al asunto, y tenía todas las razones. Ellos habían comenzado con el caso y debían cerrarlo cuando atraparan a los culpables, como se solía hacer. Si los apartaban siendo los iniciadores, era porque o no les gustaba el comportamiento de alguno de los miembros de ese grupo, o bien no se adaptaban a las nuevas reglas de juego impuestas.

-No tiene sentido… no da gracia -negó Sasayama con la cabeza mientras observaba las palmas de sus manos-. Si atrapamos a Kozaburo Toma estaremos más cerca que nunca de encontrar a la mente maestra.

Yashiro sintió una puñalada en su pecho. Sasayama fue tan sólido y firme como siempre, pero aquella vez realmente la sorprendió. Kougami, en cambio, se veía cansado y rodeó los ojos por unos instantes, hasta volver a centrarse en él.

-¿Otra vez con esa teoría?

Sasayama sacó de su bolsillo del pantalón una fotografía, enseñándosela bruscamente como quien es dueño de la verdad y le irrita compartirla hasta con los más cercanos. Kougami la sostuvo con una de sus manos, pero apenas le echó una mirada.

-Este es el hombre que buscamos -soltó el ejecutor de repente con un enigmático ímpetu-. La verdadera mente detrás de estos crímenes.

Kougami resopló y negó con la cabeza, devolviéndole el pequeño papel. Parecía realizar un gran esfuerzo por seguirle la corriente.

-¿Y qué hay de Kozaburo Toma? -cuestionó el inspector, colocando una mano en su cadera.

Sasayama ladeó la cabeza hacia un lado, haciendo un gesto despreocupado con una de sus manos.

-Kozaburo Toma es sólo una pieza más de su tablero. Encontrará más…

Para sorpresa de Yashiro, Kougami soltó una sonora carcajada mientras alzaba la cabeza. No creía en una sola palabra del ejecutor, y aquella falta de confianza hasta a ella misma desconcertó.

-Estás demasiado paranoico. Desde que conocimos a Toko Kirino en Ogishima, te volviste sensible y sobreprotector con ella. De alguna forma logró influir en tus emociones -sentenció Kougami en un tono que expresaba decepción, suspirando profundamente como si estuviera haciendo un gran esfuerzo-. Quedas fuera del caso.

Sasayama frunció el ceño, más indignado que enojado, y sacó un cigarrillo. Se armó un silencio desolador mientras lo prendía y se lo colocaba en la boca, y tras largar una larga calada de humo, se volvió hacia su compañero con una inusual y repentina indiferencia.

-¿Estás seguro, Ko?

Su voz sonó seca y ciertamente arrogante, como si estuviera refregándole en la cara que era el mejor ejecutor que tenían hasta entonces, y que no podrían atrapar al culpable tan rápido sin su presencia. Parecía decir en silencio que, si lo apartaban del caso, ya no podrían utilizar su tan desarrollado olfato. Estarían a la deriva, completamente ciegos y sin una corriente que los empuje hacia alguna parte.

-No puedo permitir que un ejecutor trabaje en un caso si no sabe separar las emociones de la racionalidad -declaró Kougami, haciendo un eco desgarrador con su voz.

Yashiro frunció el ceño e hizo un gesto con sus labios, como si hubiera presenciado a lo lejos una gran explosión. Sasayama, por el contrario, lucía extremadamente calmado y no demostró estar ofendido; para sorpresa de todos, dejó relucir una débil sonrisa en su rostro. Kougami se había dado la vuelta para marcharse, pero se detuvo unos instantes al escucharlo a sus espaldas.

-Hablando así ya te pareces a Gino -bromeó en un susurro-. Eh, Ko… voy a atraparlo. Encontraré la verdad detrás de todo esto. Y luego nos tomaremos una cerveza… que todavía te la debo.

Yashiro vio que una breve pero impoluta sonrisa iluminó a Kougami, aunque pasó desapercibida por completo, como si hasta él mismo se arrepintiera de dejarse llevar por las palabras de su compañero. Cuando se alejó para unirse al otro inspector, llegó a distinguir con suma facilidad la silueta de Yashiro en un costado, quien observaba su andar con las manos en los bolsillos de su saco. Seguía vestida igual de elegante y se permitió detenerse unos segundos para examinarla, a pesar de que no era el momento indicado para hacerlo. Le costó recordarse que era una estudiante más de esa academia, pero algo en ella lo hizo dudar al dar el siguiente paso, y no se dio cuenta de que avanzaba hacia donde se encontraba hasta que la tuvo a dos metros de distancia.

-¿Yashiro Takahashi? -se escuchó decir el inspector.

Yashiro alzó la vista unos centímetros lentamente, con una mirada que carecía de expresión. Los ojos grises del muchacho se fueron abriendo a medida que se fusionaban con los de ella. Desde que la vio con Toko Kirino en la entrada del zoológico una corriente de curiosidad lo abrazaba por completo, llenándolo con una extraña necesidad de hablarle. Se veía muy diferente de la primera vez que la había conocido, no sólo en aspecto, sino en su forma de actuar.

-La chica del milagro -contestó Yashiro encogiéndose de hombros.

Kougami parpadeó recobrando el sentido y por un momento dejó de analizar sus facciones, cerrando los ojos.

-Veo que conociste a Sasayama -supuso este con una sonrisa divertida, mientras se limitaba a negar con la cabeza-. Qué tipo… después de esa noche te puso ese apodo. No dejaba de hablar de ti, la única superviviente…

Yashiro chasqueó la lengua con una media sonrisa y perdió la mirada en el cielo. El sol parecía reflejar una triste nostalgia en sus pupilas y Kougami carraspeó removiéndose en el lugar, al recordar que no había pasado tanto tiempo. A pesar de que Yashiro tenía quince años cuando ocurrió la tragedia, los recuerdos parecían seguir afianzados tanto a su cuerpo como a su mente, y en cuanto el tema surgía en una conversación todo su aspecto se transformaba, enseñando por escasos segundos la misma niña insegura bajo el cuerpo de una mujer.

-Puedo ver que se desvanece en tus ojos, Kougami. Estás igual de confundido que Sasayama por el pedido de captura y tu instinto te dice que lo sigas… que busques la verdad con tus propios ojos… aunque corras el riesgo de caer en la misma oscuridad de la que forma parte él... mientras que tu lado más racional, te recuerda la importancia de seguir las órdenes...

Kougami observó la lenta forma en que sus labios se cerraban, transmitiendo una magia desgarradora. Su voz sonaba tan diferente de la que alguna vez había oído, que por un instante pensó que se trataba de otra persona y no pudo evitar arquear una ceja. No estaba seguro de qué era lo que lo conmocionaba más, si la oscuridad dominante en aquella mirada o, por el contrario, la sagacidad con que llegaba a descubrir sus más recónditos pensamientos.

-¿Qué es lo que se desvanece? -decidió preguntar él.

Kougami se cruzó de brazos y la escudriñó con aquellos ojos grises como si se tratara de una mera desconocida. Parecía que con esas palabras había pasado a tomarla como alguien más, como una joven que había crecido hasta destruir cualquier rastro de la niña que alguna vez fue. Todo en ella emanaba un aura indescifrable que, a su vez, lo inquietaba de una manera que no llegaba a comprender, recordándole las sensaciones de peligro que le transmitían los casos de homicidio que solía resolver. Se preguntaba qué diría Masaoka en su presencia, perteneciendo este a la vieja escuela y, por consiguiente, llevando consigo una perspicacia bien desarrollada.

-Kougami -emergió la voz del inspector Ginoza, quien realizó un gesto con la cabeza indicando que necesitaba hablar con él.

Yashiro se limitó a asentir con la cabeza en forma de saludo cuando Kougami le dedicó una última mirada, tardando varios segundos en marcharse para seguir a su compañero. Ella los observó durante unos instantes y cuando desaparecieron por completo de su vista, se encaminó hacia donde se encontraba Sasayama. El ejecutor seguía fumando con el mismo ímpetu y se dejó caer en la camilla para suspirar profundamente, cuando se percató de su presencia.

-¿Mente maestra? -inquirió Yashiro con suavidad.

Sasayama la miró con unos ojos de vidrio mientras aspiraba el humo de su cigarrillo. Parecía estar realizando un enorme esfuerzo por contestarle, como si en aquellos momentos ya no le interesara nadie más que la propia joven Kirino.

-Está claro que Kozaburo Toma recibió ayuda para escapar. Drones policiales por todo el patio y mágicamente logra desaparecer, luego de que se activa la alarma contraincendios.

Yashiro entreabrió los ojos ante su perspicacia y de repente sintió curiosidad por ver hasta dónde llegaría con aquel caso.

-¿Dices que el incendio no fue un accidente? -preguntó ella arqueando una ceja-. ¿Quién sería capaz de hacer algo así?

Un silencio se abrió paso entre ellos al no encontrar respuesta alguna, pero Yashiro se centró en la fotografía que tenía Sasayama entre sus dedos y cuando este advirtió el brillo lúgubre en sus ojos, le entregó el papel. Yashiro lo tomó con sumo cuidado, dedicándole al muchacho una breve mirada de agradecimiento. En la parte de atrás estaba escrito un apellido y al dar vuelta el papel observó el rostro de la persona, que se hallaba tan borroso que en realidad no se podía distinguir su aspecto. A pesar de ello, sintió que por un momento se quedaba sin aire, con todo su corazón apretujándose sobre sí, y se quedó un largo rato en silencio mientras alzaba ligeramente la cabeza.

-Makishima -leyó Yashiro lo que estaba escrito, haciendo una mueca de desconocimiento con sus labios al devolvérselo-. No conozco a nadie con ese apellido.

Sasayama la estudió unos instantes como si estuviera buscando algo más allá de sus ojos, pero al final se guardó el papel en el bolsillo de su saco y alzó la cabeza al cielo, perdiéndose en las nubes de un día soleado que llegaba a su fin. Yashiro se permitió entonces exhalar aire de manera furtiva y lo observó atentamente. Carecía de vida en aquellos instantes, como si se hubiera convertido en un vegetal. Sin embargo, se encontraba más despierto que nunca, y podía entreverlo a través de sus rencorosos ojos.

-Si seguimos al zorro, encontraremos su madriguera -declaró el ejecutor.

Los puños de Sasayama se habían cerrado con fuerza sobre la camilla, y Yashiro lo observó ladeando la cabeza hacia un lado.

-Pero te sacaron del caso, eso significa que estarás solo…

Sasayama giró la cabeza hacia ella arqueando una ceja, completamente divertido y lleno de ironía como si le hubieran dicho algo que no tenía sentido.

-Un sabueso se vale del olfato para encontrar a su presa.

Yashiro sonrió y entrecerró los ojos por un momento, hasta inclinarse hacia su cuerpo como si quisiera ser escuchada sólo por él.

-Sé cómo encontrar a Toma -confesó ella en un tono ciertamente lúgubre.

Sasayama asintió un par de veces con la cabeza hasta que tiró el cigarrillo al suelo. Cuando volvió a intercambiar una mirada con Yashiro, supo entonces que ambos se necesitaban el uno al otro si lo que deseaban era rescatar a Toko.