¿Quién había roto la vajilla? Rusia miró a Estonia. Luego a Lituania. Finalmente, a Letonia, y encontró al culpable.
— Ay, Letonia...¿Cuándo aprenderás?
Eso mismo se preguntaba Lituania. ¿Cuándo aprendería Letonia? Debía cuidar las cosas de Rusia más que su propia vida. No era el lugar para ser torpe. Tenía que tener cuidado.
— ¿Sabes cómo se corrigen los errores?
Letonia estaba aterrado. Buscó con la mirada a Lituania y Estonia. Pero ellos no iban a ser tan tontos como para arriesgar su pellejo por defenderlo. Él fue quien tiró los platos, no ellos.
Estonia salió al jardín. Lituania optó por retirarse al despacho y ordenar papeles. Pero incluso con la puerta cerrada pudo oír los gritos de Letonia.
«Mejor él que yo», se dijo. Era la norma en la Unión Soviética. Oír y callar. No arriesgarse por nadie.
No volvió a verlo hasta pasadas unas horas, en la cocina, a la hora de preparar la cena. No lloraba, pero se notaba que lo había hecho. Pelaba patatas con una mano temblorosa. Llegó a hacerse sangre, al cortarse sin querer los dedos.
Estonia y él intercambiaron una mirada. Luego, Estonia volvió a centrar su atención en las verduras que preparaba. Lituania suspiró y se acercó a Letonia, aparentemente para tomar unos cazos que había en el armario que tenía cerca.
— ...Hay una botella de vodka debajo de mi cama...
Letonia volvió los ojos hacia él.
— ...Aunque aquí beban mucho, Rusia no aprobará que bebas mientras trabajas. Pero en tus horas libres...En fin, si lo necesitas, ya sabes dónde está...
El chico giró la cabeza de nuevo hacia su labor y se limitó a hacer un gesto casi imperceptible.
— Gracias...—musitó.
