Cuando la niña embargada de terror volvió a atreverse a mirar, estaba en la Casa de Acuario. La mujer de la armadura de oro la sostenía entre sus brazos. La depositó con delicadeza en la cama del cuarto de huéspedes. Con un movimiento de sus manos, le quitó la armadura de plata, que quedó perfectamente armada a sus pies. Enseguida, la teletransportó al templo correspondiente con el movimiento de sus manos.

-Vamos a devolver la armadura a su dueña –la niña negó con la cabeza. Mirena sonrió-. En realidad no tienes opción –confesó-. ¿Cómo te llamas?

-Gina –balbuceó. La incertidumbre le aterraba. Sus músculos no le respondían. Aun a pesar de la burbuja de aire, el dolor que sentía era tan intenso que temía perder la consciencia.

-Te pediré que confíes en mí, Gina –ella se mordió el labio, aterrada-. Primero voy a curarte. Si quieres, te haré dormir.

-No, por favor –sollozó. Mirena asintió con cierta inseguridad. La angustia de la niña la conmovió.

-No tengas miedo, todo estará bien. No te haré ningún daño –afirmó, pero Gina no le creyó.

Antes de que pudiera replicar, Mirena quitó la burbuja de aire y la anestesia finalmente cedió. Gina gritó de dolor. Enseguida la acuariana comenzó a trabajar en esa herida, uniendo hueso, músculo y tendones. Gina se sorprendió al ver la energía que emanaba de sus dedos como si fueran pequeños hilos brillantes, como esa energía unía las partículas separadas por la fuerza. Pasado un rato, se olvidó del dolor y sobrevino la curiosidad. Cuando terminó, el brazo no mostraba ningún signo de que había estado a punto de ser seccionado. Aunque no distinguía nada a simple vista, revisó el resto del cuerpo de la niña haciendo curaciones menores. Terminó con una sonrisa de auto satisfacción.

-Ya está –confirmó. Le tendió la palma a Gina para que la chocara, en un vano intento de romper la tensión. Ella lo hizo con desconfianza-. Te has portado bien, Gina-. La niña hizo un pucherito.

-No entiendo nada. Lo que has hecho es un misterio –Mirena se encogió de hombros.

-Lo es, en efecto. Levántate, que hay que irnos pronto. El Patriarca nos espera y no quiero llegar tarde –Gina apretó los labios en una fina línea. Se limpió las lágrimas con disimulo-. Tranquila –Gina negó con la cabeza.

-No quiero ir –confesó al fin-. No me quiere ver –Mirena subió una ceja y se sentó a su lado.

-A ver, vamos a hablar en serio –comenzó, presionando el hombro de la niña-. He pasado muchos años en el Santuario. Esa Armadura ya la había visto antes, pero no la portabas tú. Esos ojos ya los había visto antes también –Gina bajó la mirada-. Yo entiendo –confesó-. Te pedí que confíes en mí. Me has confiado tu cuerpo herido, no te acobardes por una simple charla.

-No quiero ir –repitió entre balbuceos.

-Si te sirve de consuelo, te prometo que Shion de Aries se siente tan acobardado como tú –esbozó una media sonrisa-. Ya te lo he dicho: varias cosas que has hecho se consideran traición, y el único que puede salvarte de eso es el Patriarca.

-Entonces ya voy muerta –ironizó Gina.

-Claro que no, porque yo voy a responder por ti, y a mí no me va a hacer nada. Pero tienes que confiar en mí.

-No tengo opción, ¿no? –la confrontó Gina. Mirena se encogió de hombros.

-Pues la verdad es que no. Pero antes, tendrás que responderme a mí algunas cosas más –tragó saliva-. ¿Por qué te echó Dokho?

-Porque convoqué un espectro. Me dijo que podría desencadenar una guerra por mi ineptitud, y que si hacía eso no iba a responder por mí –sollozó, angustiada.

-Entonces, ¿por qué convocaste a Valentine? –Gina negó con la cabeza. Mirena le dedicó una mirada severa para apresurar la respuesta. La niña se revolvió incómoda.

-Porque quería probarle al Patriarca que era buena, que podría ser un Caballero hecho y derecho –Mirena sonrió con cierta ternura-. He sido una idiota.

-Así es, pero a todos nos pasa a veces –reconoció-. Si querías llamar su atención, ciertamente lo has hecho.

-No es cierto –discutió-. No lo conozco, nunca lo he visto.

-Él sabe mucho de telepatía. Quizás nos esté oyendo incluso ahora –Gina dio un respingo-. Si tú supieras, podrías oírlo también. Ahora nos vamos –anunció, levantándose y tendiéndole la mano-. Vamos caminando, no nos teletransportamos esta vez.

-Bueno –aceptó, con dudas-. No me dejes morirme –suplicó-. Ni siquiera me has dicho tu nombre.

-Mirena de Acuario –afirmó.

-Gracias, Maestra –balbuceó, sin saber si estaba diciendo lo correcto. Mirena le tendió la mano y Gina instintivamente la tomó con cuidado.

Las dos salieron al exterior del templo tomadas de la mano. Gina caminaba con dudas y no terminaba de confiar en Mirena. Pero sabía que no tenía más opción. Sólo había sido aprendiz de Dokho por pocos meses pero algo que había aprendido era que las reglas del Santuario eran severas. También, empezaba a darse cuenta de la profundidad de sus faltas. Mientras subía los escalones de mármol pensó en cuanto había cambiado su vida en el último año. Hasta hace poco no era más que una huérfana entre cien mil huérfanos, sin mucho futuro. Pero la Guerra Santa había asustado a la gente y fue ese miedo el que motivó una confesión de sus cuidadores. Era hija de Caballeros del más alto rango, que la habían dejado ahí por un motivo desconocido. Incluso se había reído cuando descubrió que el nombre de su padre sonaba tan parecido al suyo propio. Así, había decidido ir al Santuario de incógnito. Pero enseguida descubrió que su identidad no era ningún secreto.

Cuando conoció a su madre fue fenomenal. Yuzuriha no sólo la reconoció y se disculpó, sino que le había regalado una fantástica armadura de plata. Pero al día siguiente se había largado sin más preámbulos, a pesar de que le había prometido todo lo contrario. Gina se sintió desconcertada. Pero más que nada, se sintió sola y dolida. Intentó entonces perseguir a su supuesto padre hasta la torre de Jamir pero allí no había encontrado más que una hoguera recién apagada y unas copas de vino a medio terminar. Maldijo al universo por el dolor que le estaba provocando. Lloró por horas sin poder contenerse esa noche y las noches subsiguientes. Sus acciones habían sido motorizadas por la desesperación, e incluso a su corta edad era consciente de eso. Cuando el Maestro Dokho le dio la espalda sintió que se moría. Y se hubiera muerto realmente de no haber sido por la misteriosa mujer que tomaba su mano con ternura y la guiaba escaleras arriba. De Mirena no sabía nada, pero volvió a repetirse que no tenía más opción.

-Gina –la interrumpió-. Hemos llegado al Templo de Piscis, uno de los lugares más peligrosos del mundo. Ten cuidado, por favor. No toques nada y no te vayas lejos –indicó-. Albafica de Piscis no está en casa, así que no tendremos ayuda en el camino de las rosas –Gina frunció el ceño.

-¿Cómo sabes que no está en casa? –inquirió con curiosidad.

-Pues le he preguntado –contestó con naturalidad, encogiéndose de hombros-. Con telepatía. Una cosa muy útil. Quizás podría enseñarte –Gina esbozó una media sonrisa.

-Me gustaría… así a lo mejor podría entender qué piensan las personas –Mirena lanzó una carcajada.

-No funciona así –explicó-. Pero no importa mucho ahora. Tenemos que atravesar todas esas rosas venenosas –dijo, señalando el camino-. Si lo hiciéramos sin protección estaríamos muertas antes de llegar arriba, así que vamos a protegernos con hidrógeno líquido. Estará un poco frío –advirtió. Mirena se concentró en las partículas a su alrededor e hizo bajar su temperatura. El cuerpo de Gina y el suyo propio se cubrieron de un suave resplandor helado. La niña observó sus brazos, sus pies, su cabello, con creciente curiosidad. Mirena volvió a tomarla de la mano y la guió hasta arriba.

-Finalizada la misión, quiero avisarte que estoy yendo a verte –Mirena aprovechó el momento para continuar con la telepatía, mientras Gina no supiera nada sobre ella.

-Lo sé, ya puedo verlas a ambas desde aquí –Shion suspiró con resignación-. Estoy aterrado, pero confío en que tengas algo bueno entre manos.

-Es lo que intento –prosiguió Mirena. No dijo más hasta llegar a la cima.

Cuando llegaron al final de la escalera, Gina se sintió intimidada por el enorme edificio que se erigía frente a sus ojos. Atravesó las columnas de la mano de Mirena y poco después apareció frente a sus ojos una enorme puerta de dos hojas. La altura era de varios metros, de madera fina y ornamentada con detalles dorados. La acuariana abrió la puerta y entró sin tocar. Gina la siguió. Sus pasos siguieron por una alfombra roja y mullida que finalizaba en el trono del Patriarca. Gina se sintió intimidada cuando lo vio de lejos. La túnica era enorme y hacía parecer que era demasiado robusto para un ser humano, o al menos eso le pareció. Se había quitado el casco y dejaba ver sus ojos, que eran violetas. Eso fue lo primero que notó la niña, porque ese color no lo había visto nunca antes en nadie, salvo en ella misma. La tensión que sentía era tal que sentía que la mínima corriente de aire la haría llorar. Suplicó para sus adentros no tener que hablar, ni mirar, ni hacer nada. Al llegar al frente, Mirena se arrodilló. Gina la imitó.

-Amigo mío –comenzó Mirena, apenas levantando la cabeza-. Me has dado una misión y la he cumplido. Pero antes quiero agradecerte. Al obligarme a partir, me has dado un objetivo. Me has ayudado en la hora más oscura –reconoció, mientras se le quebraba la voz al final de la frase. Shion sonrió con sinceridad.

-Levántate –ordenó. Mirena se puso de pie, pero Gina prefirió quedarse arrodillada. Así podría esquivar su mirada con más facilidad-. Tú también, niña –ordenó nuevamente. No tuvo más opción que obedecer, aunque no de buena gana.

-Ahora, al asunto que nos compete –comenzó ella-. Tus percepciones eran ciertas y teníamos realmente un espectro rondando zonas cercanas al Santuario. No fue otro que Valentine de Arpía, pero no corremos riesgo. Ya me he ocupado de devolverlo al lugar de donde ha salido –el Patriarca asentía con acuerdo y cierta impaciencia-. Te preguntarás qué tiene que ver esta niña con todo ese asunto –comenzó- pero imagino que ya sabes –agregó en silencio.

-Cuéntame, Mirena –pidió. Tragó saliva con fuerza, esperando lo peor. Le tembló el labio e intentó disimular apretando los labios en una línea.

-Su nombre es Gina. Ella convocó a Valentine, pero no le salió muy bien. Acabó gravemente herida en un pobre intento de batalla. Portaba una armadura de plata que no había obtenido justamente. Por sus acciones, el Maestro Dokho la ha expulsado –Shion volvió a asentir.

-Lo sé, me ha informado –Gina dio un respingo con la repentina confesión-. Ha hecho bien, de otro modo él sería cómplice de sus pecados –Mirena resopló.

-Yo pienso que antes de juzgarla con tanta severidad, deberías considerar los motivos de sus acciones, ¿no crees? –Shion asintió.

-Por supuesto -Shion tomó aire antes de dirigirse a la niña, que seguía con la mirada gacha-. Gina, mírame –ella negó con la cabeza enérgicamente. Mirena le dedicó una mirada dura. Finalmente, Gina levantó la cabeza y en aquel momento se vieron por primera vez, los mismos ojos en distintas personas. Ambos se sintieron abrumados-. Imagino que sólo te ha motivado la inexperiencia y la impulsividad, pero que no has actuado con malicia… ¿estoy en lo cierto? –Gina escondió el rostro entre las manos y rompió a llorar con desesperación.

-Te aseguro que estás en lo cierto –afirmó Mirena. Gina se lanzó hacia ella sorpresivamente y la abrazó, apretándose contra ella, escondiendo el rostro contra la armadura-. Observa esto. Hace unas horas que la conozco, y no creas que he sido precisamente blanda con ella. Sin embargo, aquí está, desesperada por un poco de cariño. ¿Te has puesto a pensar lo difícil que ha sido su vida últimamente? Tal vez haya hecho idioteces; pero no tiene a nadie para guiarla, cuidarla o amarla. No me sorprende cómo ha actuado –cuando lo miró, Shion estaba derramando lágrimas amargas.

-Lo sé, Mire –admitió por lo bajo, con la voz rota. Gina observó de reojo que él también estaba llorando, para volver a esconder el rostro.

-Quiero pedirte algo –lanzó repentinamente-. Déjame guiarla. Deseo que sea mi aprendiz –Shion se refregó los ojos-. Pero siempre será tuya, cuando estén listos los dos –agregó en silencio. Él asintió. Se aclaró la garganta antes de volver a hablar.

-Gina –llamó, intentando llamar su atención-. ¿Quieres quedarte con Mirena? –asintió despacio-. No encontrarás mejor Maestra. El más poderoso de los caballeros dorados.

-Gracias –balbuceó, hablando por primera vez.

-¿Me dejarías ver tu rostro, por favor? –suplicó él con voz dulce. Hubo algo en ese pedido que le hizo imposible negarse. Apartó el rostro del rincón donde lo escondía y observó al ariano fijamente, intentando no bajar la mirada. Notó que sus ojos estaban hinchados y sin embargo le sonrió de lado-. Lo siento mucho –susurró.

-¿Qué cosa? –Shion negó con la cabeza.

-Las puertas de esta Casa siempre estarán abiertas para ti –anunció en forma enigmática, dejando a la niña aún más confundida. Se despidieron con formalidad y cierta tensión, bajando en silencio por el camino de las rosas.

Para Gina la conversación, aunque breve, había estado llena de revelaciones. Pero la más grande fue descubierta dentro de sí misma. Se había imaginado que su padre era un hombre malvado y vil que la había abandonado sin reparo. Se había imaginado insultos, golpes, incluso llegar a medir sus Cosmos. Pero cuando atravesó las enormes puertas a la sala del Patriarca, no encontró nada de lo que esperaba. Vio en él un cosmos bondadoso y a la vez pudo notar que sufría, que la angustia le impedía hablar. Se había pasado años queriendo odiarlo, queriendo buscar un culpable de todas sus penas. Pero toda esa especulación se había apagado en minutos. No lo odiaba. Y lo que era peor, por primera vez deseaba saber más de ese Cosmos y de la historia que encerraría.

Además, había llegado sin nada y se había ido como aprendiz del caballero más fuerte, el Patriarca mismo lo había reconocido. ¿Quién era esa mujer que caminaba a su lado con el corazón estrujado? En realidad no estaba segura. Intentó observarla, leer algo en su expresión, pero no podía salir del terreno de la especulación. Se le ocurrió que quería preguntarle por ella misma cuando tenía diez años, cómo había llegado al Santuario, cómo había obtenido la armadura Dorada. Por lo que había dicho, seguramente habría sido a través de un horrendo sacrificio. Eso le asustaba, puesto que ya había tenido dolor suficiente como para toda la vida. Cuando estaban a punto de llegar al final del camino, Gina se detuvo. Decidió que no quería seguir avanzando hasta no desahogarse. Se sentó en el piso entre las rosas, envolviendo las rodillas entre sus brazos, y lloró con fuerza.

-Escucha –comenzó Mirena con suavidad-, este no es un buen lugar para detenerse. Ya llorarás en casa si quieres –bromeó, mientras engrosaba esa armadura de hidrógeno líquido hasta que la niña quedó cubierta de escarcha turquesa.

-¿En casa? –balbuceó. Mirena asintió y le tendió la mano.

-Tendrás un hogar siempre, te lo prometo –afirmó, con cariño auténtico. Pero enseguida algo cambió en el ambiente. Las rosas se abrieron de súbito alrededor de ellas. Gina levantó la cabeza rápidamente, con cierto miedo. Enseguida vio acercarse otro caballero dorado por entre las rosas. Recordó haberlo visto antes, en la Casa de Libra, pero no sabía nada de él.

-Buen día Mire –sonrió, con voz melodiosa y armónica. Sin embargo, a Gina le sonó triste en cierto modo-. Este no es un buen lugar para sentarse a hablar.

-Lo sé, pececito. Eso mismo decía yo –bromeó. Gina escuchó con atención, sorprendida por la familiaridad con la que ambos se trataban, con sus cosmos en Concordancia-. Esta es Gina, a partir de hoy es mi aprendiz.

-Te felicito –Albafica sonrió. Mirena le dio un golpecito a Gina para hacerla levantar y saludar tímidamente. Enseguida, ella percibió la suspicacia en la sonrisa de su compañero.

-¿Por qué no te sorprende? –inquirió, poniendo los ojos en blanco-. ¡Serán embusteros ustedes dos! –Albafica lanzó una carcajada que tenía contenida. Gina se sintió aún más confundida.

-Sería injusto atribuirme el éxito –explicó Albafica-, yo lo sugerí levemente, pero Shion no quería, al principio –se encogió de hombros.

-No entiendo nada –acotó Gina haciendo un pucherito y abrazando nuevamente a su Maestra.

-No pasa nada, ya te contaré todo más tarde. Cuando era más joven que tú, mi Maestro Dégel hizo un trato conmigo: que no nos mentiríamos nunca el uno al otro. Yo quisiera hacer lo mismo. Así que sí, responderé todo –Albafica sonrió y asintió mientras escuchaba. Fueron caminando los tres hasta salir del camino. Atravesaron la casa de Piscis mientras Gina observaba sorprendida. Él las acompañó hasta la puerta.

-Aquí me despido, que tengo que ocuparme de mi propio aprendiz –explicó él, a las puertas del Templo-. ¿Sin secretos entonces? –Mirena asintió.

-Me parece mejor así –confirmó. Sin pedir permiso, avanzó para besar a Mirena en los labios. Gina abrió grandes los ojos.

-Pues que tengan un buen primer día –dijo con picardía. Esta vez fue ella quien volvió a besarlo.

-Yo creo que será un día de descanso. Muchas emociones para un solo día –bromeó-. Además, ya casi es de noche y tengo hambre –Gina asintió con acuerdo.

-A ver si cenamos todos juntos un día de estos –bromeó él, mientras las observaba bajar por las escaleras de mármol hasta la Casa de Acuario.

Veo que leen, pero no veo que dejen reviews! jajaja. Sé que un capítulo con muho diálogo, pero pronto viene más acción. Au revoir !