Capítulo 17 Lazo

Una vez que Gilgamesh y Enkidu se encontraban bañados y vestidos luego de la contienda, decidieron armar una nueva tienda de campaña y pasar la noche ahí, para al día siguiente iniciar el viaje para regresar a Uruk con la noticia.

Enkidu pasó de colocarse ropa y sólo se quedó con unos pantalones suelos y el torso desnudo.

Gilgamesh sirvió comida en el plato de Enkidu, quien se encontraba muy ensimismado desde que derrotaron a Humbaba, horas atrás.

—¿Qué te ocurre? —preguntó Gilgamesh, comiendo un trozo de pan con queso—Estás demasiado silencioso. Alégrate, somos héroes.

Enkidu demoró en contestar, pero finalmente lo hizo:

—Tuve mucho miedo de que Humbaba terminara con tu vida, porque Aruru me dijo que así sería—dijo, mordiendo un dátil caramelizado—. Ella vino una noche, en nuestro viaje, para decirme que a Humbaba se le había encomendado la misión de acabar con tu vida, ya que yo la abandoné. Temí que de verdad ocurriera cuando te tenía entre sus garras. Creí que no me escucharías y dejarías que lo impensable sucediera. Hemos torcido al destino dos veces y seguramente a los dioses no les guste mucho esto.

Gilgamesh asintió y bebió zumo de una de sus copas.

—Da igual—dijo Gilgamesh, ofreciendo queso a Enkidu—, los dioses ya hace mucho deben estar contrariados con todas las cosas que hacemos. Lo que realmente me sorprende es lo de Aruru, ¿Por qué no me lo mencionaste antes?

—No quería que hicieras algo demasiado arriesgado por asegurar tu vida. Sé de lo que eres capaz y me asusta a veces.

Gilgamesh alzó una ceja y dejó su comida aparte.

—Deberías confiar más en mí. No se bien tus temores ni tus miedos y quisiera poder consolarte de ellos.

Enkidu dejó que una sonrisa ligera se vislumbrara en su rostro. Se sintió bien al saber que Gilgamesh estaba genuinamente interesado en él.

—Lo tendré en cuenta—dijo Enkidu y bebió zumo hasta hartarse.

Ambos decidieron que llevarían una rama de cedro en señal de victoria para el templo de Shamash para ofrecerla a su gloria. Para Enlil, también ofrecerían una puerta a su templo, en compensación por la muerte de Humbaba. Tomarían un diente del gigante al que luego Gilgamesh ordenaría convertirlo en una espada.

Gilgamesh se restregó los ojos y se recostó, acariciando su propio abdomen esculpido. Fijó la mirada en las manos de Enkidu y lentamente comenzó a sonreír.

—Quisiera… Hmm.

Enkidu alzó la cabeza para escuchar a Gilgamesh, pero él no dijo nada.

—¿Qué pasa? ¿Qué es lo que quieres?

Gilgamesh se acomodó y entornó los ojos con algo de sueño. Miró a Enkidu por más tiempo del necesario y le indicó su lado.

—Quiero disfrutar el viaje de vuelta a Uruk.

Enkidu se acurrucó en un costado de Gilgamesh y habló:

—Creí que no te gustaba andar en bosques lleno de tierra.

—Claro que no me gusta—Gilgamesh se llevó las manos bajo la nuca y miró el cielo—, pero eso no quiere decir que no pueda disfrutar el tiempo contigo.

—¿Conmigo? —Enkidu se incorporó para luego dirigir su mano hasta la mandíbula de Gilgamesh para acariciarla.

—Sé que siempre estamos juntos—añadió Gilgamesh, deleitándose con el tacto de Enkidu—, sin embargo, ahora es diferente. No hay consortes ni miembros del consejo importunándonos.

—Es decir que ahora eres libre—completó Enkidu, sentándose a un lado de Gilgamesh.

Gilgamesh se acomodó y se giró a ver a Enkidu.

—Podría decir que sí.

—Entonces podrías hablar de las cosas que no puedes hablarme en el palacio.

Gilgamesh guardó silencio. Se hundió en sus pensamientos.

Las cosas que no podía decir.

Para él era nuevo, recién estaba al tanto de lo que ocurría en su pecho, en el pulso, en el temblor de sus manos cuando Enkidu hacia cualquier cosa.

Negó con suavidad y contestó:

—No tengo nada que decir que no te haya dicho—dijo, sin dejar de mirarlo—. ¿Tú tienes algo que decirme?

Enkidu se encogió y abrazó sus piernas.

—Creo que no.

—¿Crees?

Enkidu se puso nervioso. Apretó los labios con fuerzas y finalmente decidió hablar:

—Me siento extraño cuando estoy contigo. No logro entender qué es. A veces es desagradable.

—¿Desagradable? —repitió Gilgamesh, frunciendo el ceño—, ¿De qué demonios hablas? ¿No te gusta estar conmigo?

—No he dicho eso. Adoro estar contigo—Enkidu acarició sus nudillos con algo de nostalgia—. No sé entenderme y por lo mismo, no sé cómo entenderte a veces.

—¿Acaso no soy claro con lo que te digo?

—No, no lo eres—Enkidu lo miró con seriedad, como si lo juzgara—, porque dices y haces cosas de las que luego te retractas.

—Yo no me arrepiento de nada.

—Entonces… —Enkidu recordó la noche donde Gilgamesh le dijo que había formado algo por él, pero no permitiría que eso le hiciera daño—Olvídalo.

—¿Entonces qué? —dijo, frunciendo el ceño—Dímelo, no hay nadie más que yo en este bosque.

—¿Somos amigos?

Gilgamesh sonrió aliviado. Creyó por un momento que Enkidu indagaría en esas cosas que él estaba intentando esconder.

—Somos amigos y somos los mejores. Nunca lo olvides.

Enkidu asintió y terminó por tomar una manta que se encontraba a su lado para extenderla sobre Gilgamesh. Luego, acomodó algunos almohadones y se acostó sobre ellos. Apagó la lamparilla y se acurrucó. Su nariz helada tocó con suavidad el brazo de Gilgamesh y enseguida apoyó sus labios sobre su piel y depositó un beso inocente. Gilgamesh sintió eso como un toque eléctrico que le recorrió todo el cuerpo. Soltó el aire retenido en sus pulmones y se volteó para abrazar a Enkidu.

—Te has vuelto suave conmigo—dijo Enkidu, luego de estar un momento abrazados, escuchando los insectos nocturnos.

—Siempre he sido así contigo.

Enkidu rio suave y negó.

—No es cierto, pero no te preocupes, no me interesa saber la fecha exacta en la que ocurrió. Estamos bien así.

La mano de Gilgamesh escaló hasta la nuca de Enkidu y lo atrajo consigo, para depositarle un beso sobre la frente. Tragó y cerró los ojos.

Ya se había dejado llevar lo suficiente, pero últimamente no le importaba que Enkidu viera esa faceta tranquila de él. Sabía que Enkidu no le contaría a nadie, no lo traicionaría.

Sentir su cabello tan suave bajo su mentón le causó una emoción desconocida. Tuvo ganas de protegerlo, de llevárselo lejos de todo lo que pudiese corromperlo y aislarlo, cuidarlo, saber que todo lo malo del mundo se mantendría alejado de él. Aferró con más pasión su nuca y la enterró entre sus pectorales.

Enkidu apoyó una mano temblorosa en la espalda de Gilgamesh y la deslizó para acariciarlo.

—Gil—dijo algo ahogado en el pecho de Gilgamesh—, quiero ser todo por ti.

Gilgamesh se apartó debido a que una ola de calor contradictoriamente helado le invadió desde su pecho. Suspiró con fuerza y apoyó la cabeza sobre una almohada. Sintió cómo las mejillas se le encendían y pronto tuvo que volver a respirar con algo de sofoco.

—¿Estás bien? ¿Dije algo que no te agradó?

—No me gusta que hables así—mintió Gilgamesh, intentando controlarse—, es tu deber ser todo por mí.

Enkidu se acomodó nuevamente y asintió.

—Es cierto, lo que dije fue una redundancia.

—Duérmete—dijo Gilgamesh y él se volteó para darle la espalda—. Descansa.

Tuvo la necesidad de apartarse debido a que comenzó a sentirse mal. Era la sensación extraña del frío parecido al calor, del golpe fuerte de un rayo imaginario en su nuca, la respiración agitada.

Era completamente desagradable para él.

Tan pronto como se lo propuso, cayó dormido, ya que se encontraba exhausto.

Por el contrario, Enkidu se mantuvo despierto, estudiando lo que acababa de pasar. Sus pensamientos rodaban entre su tacto y su olfato, guardando con recelo los recuerdos del aroma de Gilgamesh o de lo terso de su espalda. Las memorias se entremezclaron y finalmente terminó pensando en Humbaba. Recordó los días en que ambos eran como amigos y se divertían en los bosques, corriendo a través de los árboles, rugiendo como las bestias que eran.

Se sentó en el lecho para llevarse las rodillas al pecho y abrazarlas con algo de nostalgia.

Se permitió llorar. Algo en su corazón no estaba en paz. Sabía que el miedo invadía su mente, que el temor por la reacción de los dioses no le dejaría dormir muchas noches, pero aún así, no se arrepentía de nada. No se arrepentía de los incontables encuentros con Gilgamesh, de sus caricias y sus besos, de las palabras húmedas que regalaba a sus oídos. No cambiaría por nada en el mundo sus recuerdos y secretos, sus risas, sus peleas amistosas, las bromas y los comentarios sarcásticos por mucho que los dioses se enfadaran con él. Adoraba la amistad que forjó con el rey y era lo más valioso que poseía y transaría su vida por ello.

Tiritó levemente y su nariz congestionada comenzó a gotear. Buscó entre las cosas desparramadas en el suelo un trozo de tela con el cual limpiarse y luego decidió tenderse, posando una de sus manos sobre su corazón, regocijándose de sentir el cálido latir, agradeciendo su vida.

Finalmente se durmió, sin saber que alguien los observaba desde su palacio celestial.

A la mañana siguiente, Gilgamesh despertó más tarde de lo usual. Su cuerpo y músculos se encontraban fatigados, por lo que se quedó acostado más tiempo. Enkidu tenía ojeras y el color de su piel era insano.

—¿Estás enfermo? —preguntó Gilgamesh, cuando se sintió lo suficientemente fuerte como para sentarse—, te ves terrible.

—Dormí poco—dijo Enkidu, bostezando—, tuve pesadillas.

—¿De qué iban tus pesadillas?

—Sobre Humbaba—contestó Enkidu, con nostalgia—, me cuesta creer que un viejo hermano acabó muerto en parte gracias a mí.

Gilgamesh escuchó sin realmente poner atención. Entornó sus ojos y no respondió al relato de Enkidu. Se distrajo pensando en el terrible aspecto de Humbaba, el hedor de sus dientes, su boca cubierta de sangre seca y huesos roídos. Fue tanto su descompensación, que no tuvo ganas de desayunar.

—Como sea—dijo, alzando una mano en un gesto arrogante—. Debemos volver al palacio y celebrar nuestra victoria.

Enkidu supo que Gilgamesh no escuchó sus palabras y lo miró con cierto descontento.

Durante la mañana se dedicaron a empacar algunas de las cosas que llevaban y dejarían otras abandonadas en el bosque, ya que no se prepararon para regresar con las cosas que aparecían de los portales. Todas las noches acarreaban con lo que hicieron aparecer la primera vez, pero ahora decidieron ir ligeros, ya que portaban uno de los dientes de Humbaba y una rama de cedro del lugar donde murió Humbaba que, por muy pequeña que fuese, era molesta. Luego de un momento de batallar con las cosas y los caballos, se percataron que no podrían volver con la carga que traían encima. Gilgamesh se detuvo y llevó una mano a la cabeza para rascar su nuca.

—Tendríamos que abandonar todo en el bosque—sugirió Gilgamesh, torciendo el gesto—, por mí da igual pero no sé por qué te molesta a ti. Todo esto no tiene valor. Elegí lo menos valioso de mi tesoro, son chatarra.

—No me parece buena idea. Los animales podrían hacerse daño con la armadura y las espadas, ya es suficiente con todo lo que dejaste tirado frente a Humbaba—dijo Enkidu, intentando reagrupar las cosas.

Gilgamesh tornó los ojos en blanco y se sentó sobre una raíz sobresaliente.

—Entonces sugiere algo.

Enkidu se quedó en blanco unos momentos, acariciando el caballo con delicadeza. Se llenó una mano a los labios y mordió sus nudillos, pensando, hasta que alzó la vista al cielo y la rama de los cedros dieron sombra a su rostro.

—Tengo una idea, pero debemos trabajar duro en ello y no sé si estás dispuesto a eso—comenzó Enkidu, apartando su cabello.

—Adelante—permitió Gilgamesh, acomodándose sobre la raíz.

—Construyamos una barcaza.

Gilgamesh lo miró consternado para luego soltar una risotada que reverberó en los troncos. Miró a Enkidu, divertido, hasta que observó la expresión seria de su amigo. La sonrisa se borró de su rostro y arrugó el entrecejo.

—No me digas que es en serio—susurró lo suficientemente audible como para que Enkidu escuchara—. Estás loco.

—¿Por qué? —preguntó, yendo a su lado— Considero que es buena idea. Así podemos llevar la mayoría. Con la madera de estos cedros y algunas herramientas que puedes traer es suficiente para construir al menos una especie de balsa que flote por los afluentes que hemos visto. Sé que guían al Éufrates y así podemos llegar a Uruk más rápido.

Gilgamesh no parecía contento con la idea. Miraba el suelo ensimismado, torciendo el gesto. Suspiró ofuscado, pero la idea de Enkidu al final de cuentas tenía sentido.

—Está bien, pero no haré nada—sentenció finalmente, llevando su cabello rubio hacia atrás—. Tendrás que hacerlo tú.

—De acuerdo—aceptó Enkidu, sin ninguna objeción.

Gilgamesh lo miró con cara de pocos amigos y finalmente se encogió de hombros.

—Es hora de comer algo—dijo, luego de levantarse de la raíz donde se encontraba descansando—, ven a la tienda.

Enkidu asintió y le siguió para sentarse junto a él.

Pronto, los platos estaban dispuestos para ambos y el aroma del pan recién horneado abrió el apetito de Gilgamesh. Tomó un trozo y se lo llevó a los labios.

Enkidu le miró comer un momento y finalmente sonrió. Últimamente estaba muy sentimental; todo lo que hacía Gilgamesh le parecía interesante e incluso lindo, como si comer una simple hogaza de pan fuese motivo para admirar a alguien. Tomó la propia y la desmigó, sintiendo algo parecido al rubor en sus mejillas.

—No quiero irme de aquí—dijo, luego de comer—, no quiero regresar.

—Quédate—contestó Gilgamesh, desinteresado—, siempre debiste pertenecer al bosque.

Enkidu giró rápidamente la cabeza al escuchar esa respuesta tan improbable. Asombrado, giró sus ojos en diferentes direcciones y finalmente habló:

—¿Qué pasa contigo? Creí que jamás me dirías algo así.

Gilgamesh mordió una manzana y sonrió irónicamente.

—¿Tú crees que te dejaría deambular por un bosque como si nada? Tu deber es estar conmigo. Si quieres un bosque, lo haré en Uruk.

—Entonces, ¿Por qué dijiste eso?

Gilgamesh rio y negó para tomar algo de jugo.

—Quería ver tu reacción.

Desconcertado, Enkidu fue por un pastel de manteca y comió en silencio.

Gilgamesh se levantó de su lugar para lavar su rostro y refrescarse un momento. Cuando volvió se encontró con Enkidu sentado con las piernas cruzadas, trenzando su cabello.

—¿Sabes por qué no me quiero ir? —preguntó en un murmuro suave, mientras terminaba de peinarse—Porque te extrañaré. Aunque me lo niegues mil veces, estás distinto. Siempre estaré a tu lado independiente de tus facetas, pero ahora eres… tú.

Gilgamesh, contrario a lo que se esperaría, no se enojó. Su semblante serio era algo intimidante, pero realmente estaba pensando en las palabras de Enkidu.

Era evidente su cambio de humor, de carácter, incluso de palabras. De alguna manera él tampoco quería que el viaje acabara.

—Permanezcamos un día más en el bosque—sugirió, moviendo la mano con elegancia—deja lo de la barcaza para otro día. Podemos sobrevivir.

—¿Estás seguro de esto?

—Sí.

—¿Y qué haremos?

Gilgamesh se relamió los labios.

—Disfrutar de la soledad.

Enkidu soltó una risita dulce.

—Es extraño. Una de las cosas que más lamentabas en secreto era tu soledad y ahora la deseas. ¿No es irónico?

—Puede ser—contestó, apoyándose sobre sus manos—, la soledad es mejor contigo.

Apenas dijo eso, un Gilgamesh interno comenzó a gritarle órdenes.

"¡¿Cómo se te ocurre decir algo tan estúpido?!"

"Estás exponiendo más de lo necesario"

"No seas ridículo"

—La soledad puede ser algo muy malo o muy bueno—complementó Enkidu—, me alegra saber que conmigo es algo agradable.

Gilgamesh bufó y torció los labios. Suspiró y sus pensamientos se espantaron y quedó en blanco. El gorgoteo del agua creaba una escena relajante, única, como si el sonido habla por ellos.

—¿Qué piensas hacer cuando regresemos al palacio? —dijo Enkidu, luego de un momento de silencio.

—Primero, una fiesta. Esto hay que celebrarlo y luego… lo de siempre, gobernar. Nada particularmente nuevo.

Enkidu asintió, con la mirada fija sobre una roca de colores bonitos.

—¿No te aburre la vida que llevas? Dime la verdad, no me digas lo de siempre, que te encantan tus lujos y esas cosas.

—No realmente, me gusta estar con mis mujeres, con mis cosas… esa es la verdad.

—No te creo—Enkidu estrechó los ojos y luego volteó su cabeza hacia Gilgamesh—. Estás hastiado la mayoría del tiempo.

Gilgamesh rodó los ojos.

—Piensa lo que quieras, es la verdad. Me siento cómodo en mi mundo. Quizás eres tú el que no lo está.

—A veces—confesó Enkidu, acomodándose—, pero es porque no sé llevar tu vida. No sé decidir en el consejo, no puedo tomar iniciativas, no hago nada.

—Sigue estudiando—sugirió Gilgamesh, tomando la roca que veía Enkidu y entregándosela—, eres bueno en eso.

—Supongo que tienes razón, seguiré estudiando. Podría estudiar con los astrólogos.

—Cómo quieras, lo harás bien.

Enkidu sonrió y ladeó la cabeza.

—Me alegra que confíes en mí.

Gilgamesh se sentó apropiadamente y acarició la espalda de Enkidu. Ambos hicieron contacto visual y pestañearon con sopor. Gilgamesh levantó su mano hasta la mejilla de Enkidu y la acarició.

Pensó un momento.

De alguna manera, ese sentimentalismo debía terminarse. No podía permitirse ese comportamiento en el palacio. Enkidu era su amigo y su consejero, no una especie de consorte demasiado hermosa con la que liarse un momento. Frunció ligeramente el ceño y descendió su mano.

—Duerme conmigo—sugirió, acostándose entre las almohadas—, hace buen tiempo para una siesta.

Enkidu le siguió y se acomodó. Deslizó con suavidad su cabeza hasta el hombro de Gilgamesh y se quedó estático.

—No dejes de ser así por favor—pidió Enkidu, ocultando su rostro en el brazo de Gilgamesh—, eres todo lo que siempre creí que eras: alguien amable, con criterio. Sé así con los demás.

Gilgamesh respiró con fuerzas y cruzó sus manos sobre su vientre.

¿Por qué le costaba tanto ser así con los demás?

Sabía perfectamente el punto: con nadie más sería así.

—Será mejor que cierres la boca. Hablas sin pensar y ya he permitido suficiente como para que sigas con tus tonterías.

Enkidu hizo un gesto con la cabeza. Se puso en posición fetal y se aferró al antebrazo de Gilgamesh, cerrando los ojos paulatinamente.

Gilgamesh permaneció un tiempo más despierto, pensando en muchas cosas, como el consejo, su harem algo abandonado, sus riquezas, Humbaba.

Pero no en Enkidu, no quería, no debía y se obligó a quitarlo de su mente conforme caía dormido.

Despertó agitado. Había soñado algo que olvidó apenas despertó. A su lado no estaba Enkidu.

Se levantó algo desorientado, recordando que aún estaba en un bosque y que la noche caía sobre ellos y no amanecía: solía confundirse así cuando dormía siestas profundas. Rascó su cabeza y buscó visualmente a Enkidu.

Se encontraba jugando con un trozo de tela, anudándola y desanudándola. Gilgamesh aprovechó de que Enkidu no le prestó atención para contemplarlo. En el viaje se estaba acostumbrando a mirarlo como si fuese una rareza. La sangre corría más rápido por sus venas.

Sacudió la cabeza y se acercó.

—¿Cena? —preguntó indirectamente, sentándose a su lado—, ¿Estuvo bien tu sueño?

—Sí.

Gilgamesh observó de reojo a Enkidu. Parecía demasiado serio y ensimismado.

—¿Qué te pasa?

—Nada Gil, sólo tengo sueño.

—No te creo.

Enkidu soltó un bufido adorable.

—La verdad, pensaba en cómo iniciar con la barca, me costará un poco.

—No te creo—repitió Gilgamesh, quitándole la tela de sus dedos.

Enkidu borró la sonrisa y desvió la mirada.

La verdad pensaba en su relación con Gilgamesh. Creía que todo se estaba trastocando de una manera que no conduciría a nada. Sentía que las cosas comenzarían a cambiar para peor y de alguna manera se quería obligar a regresar las cosas como eran antes, por miedo a perder su amistad. Eso le apenó enormemente, ya que no calmaba el tumulto que sentía en el pecho.

—No es nada Gil. No quiero hablarlo, pero no creas que es porque no te tengo confianza, son cosas demasiado banales y tontas.

—¿Cómo qué?

—Pues…el bosque —mintió, alzando las manos—, lo extrañaré.

—Bien—dijo Gilgamesh, poniéndose de pie y ofreciendo una mano a Enkidu—mandaré a construir el noveno jardín lo más parecido a un bosque, con sus bichos y todas esas cosas, así puedes pasar más tiempo contigo mismo.

Enkidu aceptó la ayuda y se limpió sus ropas.

—¿Cómo pasas tiempo contigo mismo? —preguntó, caminando a su lado hasta la tienda.

—En mi balcón—contestó rápidamente, abriendo un portal para cenar—, me dedico a mirar el bosque en el horizonte, pienso en mis cosas, me abstraigo del mundo. Ahí nadie me molesta.

—Recuerdo un día que me llamaste para estar contigo en el balcón. Agradezco la confianza de mostrarme tu intimidad. Lo respetaré siempre.

Gilgamesh se encogió de hombros.

—Es parte de mi amistad contigo, quiero compartir estas cosas.

Enkidu cerró los ojos, agradecido.

—Es hermoso.

La cena comenzó en un ambiente muy agradable entre los dos. Cómodos, comenzaron a hablar nuevamente.

—¿Has pensado en Nidasag? —preguntó Enkidu, luego de tomarse un cuenco de sopa—, creo que ella tiene que decirte muchas cosas.

—Igual que Siduri—complementó Gilgamesh.

Enkidu miró indeciso.

—¿Quieres decir que sabías?...

—Sí.

Enkidu pestañeó estupefacto para luego decidirse tomar una manzana.

—La verdad, de Nidasag sabía, pero de Siduri no, tenía mis sospechas, pero me lo has confirmado.

—No me creas un tonto, Enkidu—Gilgamesh bebió y luego se relamió los labios—, sé que ambas… bueno, eso.

—¿Por qué no haces nada al respecto?

Gilgamesh soltó una risa grave.

—Primero, Nidasag no me importa y Siduri es mi asistente. Esa es su labor.

—Entonces, ¿Siduri te importa?

Gilgamesh estrechó los ojos y luego miró a Enkidu.

—Sí—confesó, moviendo un hombro—, pero nada importante.

—Deberías darte más permiso para sentir. Si te gusta está bien—recomendó Enkidu, disfrutando de su manzana que escurría jugo—. Es bonita, amable, inteligente. Creo que es digna de ti.

Gilgamesh soltó otra risa, pero esta vez fue suave.

—No, no es digna. Es mi asistente y ya.

Enkidu sonrió cómplice.

—Te gusta—comenzó, molestándolo—, a Gilgamesh le gusta Siduri.

—Cállate—Gilgamesh tomó un racimo de uvas algo hartado—, no es cierto. No tienes idea que pasa por mí.

Enkidu deshizo su sonrisa.

A pesar de que no le incomodaba el hecho de que a Gilgamesh le gustara Siduri, la última frase lo dejó en el aire, como infiriendo cosas que ambos ocultaban.

Gilgamesh podría tener una relación con Siduri y a él no le molestaría, porque sabía que lo de ambos era más profundo y trascendía todo.

O eso quería creer.

—No, no sé que pasa por tu corazón—dijo, algo sombrío—, me gustaría saber para entenderte, porque confieso que no te entiendo.

—No hay nada que entender.

—Está bien—Enkidu dejó su manzana aparte y se recostó sobre los almohadones—, no te preocupes, dímelo a su tiempo.

—¿Qué quieres oír?

—Lo que sientes, qué pasa conmigo.

—No pasa nada, eres mi amigo y así es nuestra amistad, ¿Te molesta?

—No —Enkidu sonrió con ganas—, al contrario, me siento muy cómodo contigo.

—Entonces no hay nada que aclarar.

—Supongo.

Entre los dos apartaron las cosas en donde cenaron (siempre usaban los mismos platos que Enkidu se encargaba de lavar) y se acomodaron para dormir.

—Fue un día tranquilo—dijo Enkidu contemplando la luz de la luna que se colaba—, me encantó vivir esta calma contigo. Mañana comenzaré con la balsa.

—De acuerdo.

Gilgamesh dejó caer una cortina que los aislaba del exterior y miró a Enkidu colocar la lamparilla a un lado.

No pudo aguantar lo que todo el día se estuvo reprimiendo, como si la tela de la tienda resguardara su corazón del mundo.

Gateó hasta su lado y reclamó su rostro por la mandíbula y se agachó a besarlo.

Fue como si no lo hubiese hecho hace años. Sus labios se movieron suavemente y cerró la entrada de aire de la lámpara para que se apagara.

Su nariz hizo contacto con la de Enkidu y la deslizó con delicadeza por el contorno de esta. Un suspiro abandonó sus pulmones y una de sus manos recorrió el pecho de Enkidu hasta la cintura.

—Hagamos esto en silencio—pidió, susurrando en el oído de Enkidu, para luego depositarle un beso en el lóbulo.

A modo de respuesta, Enkidu acarició su rostro y recorrió con el pulgar hasta sus ojos, para pasarlo sobre sus pestañas. Su dedo índice terminó de recorrer una mejilla y se acercó a dejarle un beso en ella.

A Gilgamesh le encantaba perderse en el cuello de Enkidu. Le gustaba sentir sus tendones bajo la piel, el aroma a tierra húmeda, el inicio de sus cabellos, dejar un caminito con sus labios, que causaba que la piel de Enkidu se crispara.

Enkidu acariciaba los cabellos de Gilgamesh y descendió por su espalda esculpida para comenzar a despertar las pasiones. Deslizó una mano bajo su camisa y palpó sus pectorales. Aquello le produjo una ola de placer.

Gilgamesh comenzó con las ropas de Enkidu. Primero las superiores, luego las inferiores hasta dejarlo completamente desnudo. Enkidu hizo lo mismo con él. Se sentó en la tienda y llamó a Enkidu para que se subiera sobre él, quien colocó una pierna a cada lado de las caderas de Gilgamesh y lo abrazó por el cuello.

Los besos iniciaron de nuevo, las caricias, los suspiros sugerentes. La trenza de Enkidu se desarmó como agua al deshielo entre los dedos de Gilgamesh. Sus dedos ascendieron a través de la espina dorsal de Enkidu y sostuvo la nunca con delicadeza, para alzarla hacia atrás y morder su clavícula. Su nariz siguió el camino del hueso hasta el hombro y deslizó su nariz hasta perderse en su axila. Enkidu contestó con un suspiro casi audible que hizo que Gilgamesh sintiera una explosión de fuego en el pecho.

Lo recostó sobre las almohadas y se apropió de la cintura para acomodarlo. Acarició con sus pulgares el ombligo y dirigió una mirada autoritaria.

Quería quemarse con él, dejar de sentirse culpable de cierta forma: a esa conclusión llegó, que la culpa le estaba consumiendo. Culpa por haberse apropiado de algo que no era de él; era un sentimiento que jamás había experimentado y lo asoció a eso.

Regresó a sus labios y lo consumió como siempre, completamente, sintiendo que la entrega de Enkidu era absoluta y así siempre lo percibió, le llenaba, lo hacía sentir pleno, como nadie en todo el mundo. Su reinado era aún más soberano si se apropiaba de Enkidu, la cadena que unía el cielo con la tierra.

Sonrió cuando un halo dorado iluminó las facciones de Enkidu, a medida que este dejaba caer una botella con el ya típico aceite.

Enkidu se relajó. Enterró la cabeza en las almohadas y cerró los ojos. Siempre que venía el momento se emocionaba al punto de querer apresurarlo, pero se contenía y para ellos calmaba su cuerpo. Sus movimientos eran suaves como seda y se acomodó para que Gilgamesh pudiese hacer lo suyo. Una vez que todo estuvo listo, Gilgamesh volvió a descender al oído de Enkidu y susurró:

—Eres mío.

Enkidu sintió como si se derritiera luego de que la invasión comenzara. Su cabeza se hallaba revuelta entre tantos colores y sonidos que sus párpados tiritaban a medida que sus jadeos abandonaban sus pulmones.

Era desconocido esta vez. De alguna manera dejó de ser un acto de catarsis y placer para convertirse en algo foráneo, nuevo y desconcertante. Esta vez lo hacían con otros sentimientos, otro motivo y Enkidu fue consciente de eso.

Sus mejillas se encendieron cuando Gilgamesh volvió a entrar luego de acomodarse y escuchó en su mente algo parecido a la campanilla de viento de la habitación.

"Así suena este sentimiento nuevo" se dijo, luego de descender por su vientre "¿El viento es parte de esto también?"

Decidió hacerse parte, desatar el enredo de su pecho y simplemente ser él. Las palmas de Gilgamesh se encontraban al costado de su cabeza, sosteniéndose sobre él. Alzó las manos para acariciarle el rostro y degustó con delicadeza la forma de este, los pómulos, sus labios.

—Gil…—susurró.

Gilgamesh volvió a su oído una vez más y jugó con su lengua, produciendo un resuello excitante. Enkidu sonrió luego de tiritar.

—Adoro que digas mi nombre—murmuró Gilgamesh, apresando la oreja entre sus labios—, dilo siempre.

Un nuevo incendio comenzó en Enkidu. Iba encaminado al vacío, a que su cuerpo se contrajera y deseara gritar. Le gustaba ese recorrido, sentir como Gilgamesh era consciente de que no aguantaría mucho tiempo más.

Enkidu se preocupó de contentar a Gilgamesh. A medida que ambos se acercaban al éxtasis, él susurraba su nombre, sabiendo que eso enervaba la situación para los dos.

Llegó el momento en que Gilgamesh comenzó a tiritar sobre Enkidu y su respiración se disparó. Terminó viniéndose luego de que abriera los ojos y observara a Enkidu apretar los labios de placer.

Obviamente todo era diferente esta vez. La harmonía y la paz con la que ocurrió todo hicieron que Gilgamesh pensara que el acto fue perfecto, algo revelador, pero perfecto.

Se quedó anclado a sus pensamientos, mientras Enkidu se masturbaba para también acabar. Gilgamesh decidió seguir y así entregarle placer a Enkidu, como a nadie le ha entregado algo así.

El cantar de los insectos nocturnos se alzó sobre ambos cuando se encontraban sobre el lecho, mirando el techo, como siempre después de acabar. Ese era el momento donde los pensamientos prohibidos y reveladores les invadían y se cuestionaban si de verdad tenían control sobre ellos.

—Me levantaré un momento—dijo Enkidu, tomando un trozo de tela para limpiarse.

Salió de la tienda y se dirigió al pequeño estanque que había a las afueras de la tienda. Mojó con ello el paño y lo deslizó por su cuerpo, quitando los excesos.

Enkidu entró a la tienda y se encontró con que Gilgamesh le daba la espalda a la entrada de la carpa. Cuando Enkidu llegó asintió y él salió de la tienda.

Enkidu se acomodó y esperó a que Gilgamesh regresara. Estaba algo adormilado cuando sintió que a su lado se acostaba. Se giró para verle y ambos se encontraron.

Gilgamesh sonrió con esa humanidad extraña en él.

Enkidu colocó su mano sobre el pecho de Gilgamesh y habló:

—¿Es un secreto?

—No sé de qué hablas.

—Nunca sabemos de qué hablamos.

Gilgamesh se aclaró la garganta y cerró los ojos.

—Eres tú el que revuelve todo, tonto.

—Eres libre Gil.

—Somos libres.

Enkidu contrajo sus dedos sobre Gilgamesh finalmente cerró los ojos, feliz de sentir ese corazón que se alocó luego de que besara sus labios.

Al día siguiente, Enkidu despertó temprano y se restregó los ojos. Una luz azulada cubría la instancia, indicativa de que estaba amaneciendo. A su lado, Gilgamesh miraba el techo ensimismado.

—¿Por qué siempre que despierto estás despierto? —preguntó Enkidu luego de bostezar.

—Me extraña que no te hayas dado cuenta—contestó Gilgamesh—; no duermo bien.

—Hmmm…—Enkidu se acomodó en posición fetal—Es cierto, no lo había asociado. ¿En qué piensas? Supongo estos momentos son parte de tus reflexiones.

Gilgamesh estaba pensando en Enkidu, aunque se lo haya prohibido hasta el cansancio.

—En ti—confesó, llevándose ambos brazos bajo la nuca.

Enkidu quedó sorprendido y volvió a preguntar:

—¿Por qué?

—Porque viniste a mi vida a cambiarla completamente. ¿Qué sería de mí hoy? Seguro estaría en mi palacio con mis hombres y mujeres, condenando gente, presidiendo el maldito consejo, no en este bosque perdido en la nada.

—No entiendo—dijo Enkidu, luego de estirarse— ¿Es algo bueno o algo malo que estés aquí y no en tu palacio?

—Es algo bueno.

Enkidu suspiró y se cubrió con la manta que estaba revuelta a sus pies.

—Pudimos hacer lo de anoche como nunca.

Gilgamesh entrecerró los ojos, pero no se inmutó.

Permanecieron casi toda la mañana dormitando hasta que, a eso del medio día, Gilgamesh, ya vestido, despertó a Enkidu.

—Ve a construir la barca, pero primero come algo.

Enkidu asintió, aún dormido y se giró para darle la espalda y seguir durmiendo.

Por alguna razón, ese gesto enterneció a Gilgamesh. Pestañeó aletargado y sonrió levemente. Decidió dejarlo un momento, mientras él traía todo lo necesario para almorzar.

Aburrido de esperar, Gilgamesh comenzó a comer. Luego de unos momentos, Enkidu apareció arrastrando la manta por el suelo, cubriéndose a duras penas. Se sentó desnudo como estaba al lado de Gilgamesh y comió en silencio.

Ambos pasaron de decirse comentario alguno. Había cierta incomodidad en el aire.

Una vez terminado el almuerzo, Enkidu se vistió y se paseó por el lugar, tocando los troncos.

—Ya sé que cortar. Necesito una sierra Gil.

Gilgamesh carraspeó y asintió. Hizo aparecer una especie de sierra para cortar los cedros más jóvenes de troncos de un grosor considerable para hacer una barcaza. Enkidu comenzó a cortar los cedros enseguida. Los grandes árboles caían provocando un estruendo en el bosque y tras cada cedro desplomado, Enkidu cerraba los ojos un momento, como agradeciendo la entrega al bosque.

Enkidu se quitó su ropa para quedar en pantalones, así se facilitó para poder serruchar los troncos. De manera simple, midió las dimensiones de la balsa y comenzó a cortar las diferentes maderas de tal forma que tuviera espacio suficiente para que flotase con todo el peso que llevarían encima. Con su increíble fuerza, montó los troncos, uno a uno, en sus hombros, para encaminarse al afluente que llegaba a sus oídos y dejar la madera en la orilla. Gilgamesh observaba la escena aburrido, a tal punto que, producto del sueño, cabeceó varias veces. La última vez que se durmió accidentalmente, Enkidu sacudía su hombro.

—Despierta—susurró con delicadeza—, necesito cuerda para unir los maderos.

—¿Qué? —preguntó Gilgamesh desorientado.

—Cuerda—repitió Enkidu, sonriendo al verle tan despistado.

—Sí… sí—Gilgamesh se restregó los ojos y de un portal hizo aparecer una cantidad de cuerda más que suficiente.

Era tal su aburrimiento que la tomó entre sus manos y se levantó de la dura raíz donde se durmió.

—¿Qué haces? —dijo Enkidu, acarreando copas, platos y tela en sus brazos.

—Ayudarte. Me has aburrido lo suficiente como para convencerme de aquello.

Enkidu sonrió después de que notó que Gilgamesh le seguía.

Llevaron las cosas desperdigadas en el bosque, pero para lamento de Enkidu, no podrían llevar todas las armas que acompañaban al lo que quedaba de Humbaba debido al peso.

Ya casi anochecía cuando Enkidu terminó de llevar las últimas unidades de madera.

—Mañana continúo—sentenció, sentándose sobre algunos troncos, descansando—. Estoy hambriento. Movamos la carpa hacia el afluente, así mañana podemos salir más fácilmente.

—Primero arma la tienda, no pienso dormir en la intemperie—dijo Gilgamesh, mirando como el río gorgoteaba en las piedras de la orilla mucho más abajo de donde se encontraban.

—Tendrás que ayudarme, como todas las noches. Hoy estás más prepotente de lo común.

—Cállate Enkidu.

A pesar de la negativa de Gilgamesh, ambos armaron la tienda y comieron juntos en silencio. Enkidu estaba cubierto de tierra producto del sudor al trabajar tan arduamente. Decidió tomar un baño antes de dormir y descendió al río. Gilgamesh se sentó a observarlo y aprovechó ese tiempo a solas para pensar.

Enkidu terminó de forjar su amistad con él en este viaje. Recordó su abrazo luego de derrotar a Humbaba, la preocupación fraguada en los gestos de su rostro. Si no hubiese confiado en Enkidu, probablemente estaría muerto. Ya no era el rival del que sospechaba de sus actos, el rival que se enfrentó con él en las afueras de su palacio. Enkidu era su amigo… ¿Realmente era su amigo?

Tragó con dificultad. No le gustaba pensar en cursilerías como esas, le hacían sentir incómodo y por sobre todo débil. El amor no era algo que tuviese cabida en su vida y la idea le apestaba, le parecía inútil y ridícula. Pensaba aquello cuando se encontraba distraído, viendo como Enkidu se dirigía desnudo a la tienda, con su precioso cabello verde pegado al cuerpo, destellando bajo la luna que ya se alzaba sobre el cielo. Suspiró y abandonó los pensamientos vergonzosos de su mente.

—¿Cuándo planeas tener lista la balsa? —preguntó, luego de recostarse a su lado, mirando las estrellas.

—Pronto. Si mañana trabajo todo el día, podré tenerla lista para la noche, pero tendremos que esperar a que sea de día para navegar. Es peligroso si no sabemos cómo luce el afluente.

—De acuerdo.

Enkidu secó su cabello y se acostó fresco al lado de Gilgamesh. Sus brazos descansaron relajados al costado de sus cuerpos, cuando su mano rozó con delicadeza inocente la de Gilgamesh, sin realmente querer hacerlo. El tacto fue tan sensible para Gilgamesh que su dedo índice tiritó. Inhaló para calmar el ruido de su mente y ambos, lentamente jugaron con sus dedos hasta que finalmente entrelazaron sus manos. No se miraron, tampoco se dijeron algo, pero todo aquello sobraba, porque el toque íntimo de sus almas fue suficiente. Gilgamesh no estaba del todo cómodo, pero a medida que el frescor de la noche daba a su cuerpo, el sueño le fue ganando y se durmió con su mano enlazada a la de Enkidu.

Gilgamesh soñó que Enkidu corría a través de los pasillos del palacio, mirando hacia atrás, como tentándolo a seguirlo hasta que finalmente llegaron a uno de los jardines que tanto frecuentaban. Ahí, su amigo se volteó para mirarle y su sonrisa coqueta se desvaneció. De pronto, volvía a ser el mismo bestiario que aquel día le desafió. La lluvia volvía, las cadenas, el frío del acero y su mirada eléctrica que laceraba su cordura. Tuvo miedo como nunca porque ahora no sólo estaba involucrado su orgullo, si no que también…

Su corazón.

Despertó agitado. Era muy temprano en la mañana y Enkidu le daba la espalda. Juzgando el ritmo de su respiración, aun dormía. Gilgamesh se sentó en su lecho y llevó ambas manos a sus ojos, apoyando sus codos sobre sus piernas. Restregó con rabia su rostro y se condenó por sentir tales cosas por Enkidu. Estaba mal, muy mal. Una cosa era infatuarse con él, desear su cuerpo y obtenerlo, la otra muy diferente era sentir ese deseo de protección, de anhelo por sus miradas, aquella estúpida sensación de sonreír cuando le veía. Ya hace mucho tiempo venía sucediéndole y lo ignoró hasta más no poder y ahora el momento en el que colapsaba. Dio un golpe a la tierra con rabia y luego pasó su mano por la frente. Aquello despertó a Enkidu.

—¿Qué te pasa? —preguntó Enkidu luego de desperezarse.

—Nada. Ponte a trabajar—masculló Gilgamesh con rabia, sin mirarlo.

—Es muy temprano. Primero quiero comer—sugirió Enkidu, con una vocecita propia de él cuando despertaba.

—No Enkidu. Trabaja. Gánate tu comida—replicó, ya molesto.

Enkidu como solía pasar cuando Gilgamesh tenía arranques de ira, se enojó.

—Corta tu estupidez, Gilgamesh—dijo Enkidu, con un tono grave en su voz—. Si insistes con eso, te golpearé.

—Hazlo—desafió Gilgamesh, mirándole iracundo—. Porque ese es tu propósito, ¿No? A eso viniste a este mundo, a arruinar mi calma, mi cotidianidad.

Enkidu guardó silencio. Gilgamesh siempre lograba ganar en las contiendas verbales. Tragó con dificultad y se levantó, sin decir nada.

Comenzó a trabajar en la barcaza, aprovechando que Gilgamesh volvía a tenderse. Tomó la cuerda y empezó a atar los troncos uno al lado del otro, cuando de pronto la angustia en su pecho cedió y comenzó a llorar. Se sentó un momento en el suelo, sin muecas en su rostro, limpiando constantemente sus lágrimas con el pulgar. Miraba la cuerda y jugaba con ella, con sus manos suaves algo dañadas por el trabajo y las muñecas delgadas enrojecidas. Las estrellas del amanecer aún titilaban con suavidad en el cielo y pudo distraerse en eso.

¿Por qué Gilgamesh salía con su agresividad?

Le molestaba eso. Desde el día en que ebrio le dijo aquellas palabras insinuantes, nunca más lo hizo. Lentamente se convencía de lo contrario, de que Gilgamesh no lo quería de cierta forma y sólo era un amigo muy cercano para él. No estaba mal si era así, sin embargo, su corazón latía doloroso cuando actos como el de la noche anterior sucedían para que luego Gilgamesh actuara grosero.

Decidió terminar la barcaza y distraerse en ello.

De alguna manera, Enkidu sabía que las malas palabras de Gilgamesh sólo simbolizaban debilidad.

"Eres un rey con una debilidad y yo sé cual es esa" dijo Humbaba, momentos antes de morir.

Humbaba, su viejo amigo, tuvo mucha más sabiduría que los actos de Gilgamesh.

Gilgamesh se sintió un tanto arrepentido por las cosas que le dijo a Enkidu, pero finalmente terminó creyendo las palabras y en una molesta sensación de desagrado, terminó durmiendo de nuevo. Cuando despertó, Enkidu ya unió todos los maderos que servirían de suelo para la balsa y se encontraba descansando, jugando con una rama de cedro entre sus manos.

Gilgamesh se levantó y rascando su cabeza, bajó por la ladera al río. Le pediría disculpas. Esta vez sí lo haría. No sería como las veces anteriores en donde se quedaba con las palabras en su garganta sin soltarlas. Esperó a que Enkidu se percatara de su presencia y se cruzó de brazos.

—Has trabajado muy rápido. Ven a desayunar conmigo—dijo Gilgamesh, traicionándose.

Como fuese, le pediría perdón.

Enkidu accedió, caminando a su lado, sin decirle palabra alguna. Su rictus era de tristeza y no le miraba a los ojos, como siempre que estaba fastidiado. Se sentó en la tienda, escogiendo una manzana del abundante desayuno que Gilgamesh dispuso para él. "Esta es una manera de disculparme" se justificó Gilgamesh, sabiendo que no era suficiente.

—¿Por qué estás tan callado? —preguntó Gilgamesh, aunque la respuesta fuese predecible.

—Estoy dolido—dijo Enkidu con una sinceridad propia de él—. No deberías ilusionarme si luego me demuestras lo contrario.

—¿Ilusionarte con qué? —Gilgamesh frunció el ceño y dejó las uvas que comía.

—Sabes perfectamente a qué me refiero—dijo escuetamente Enkidu.

Gilgamesh naturalmente se volvió a molestar. Respiró intenso, calmándose por dentro. Era el momento propicio, pero de nuevo ocurría: el silencio, la garganta comprimida, el estómago endurecido. "dilo, son dos simples palabras que no valen nada" gritó en su mente, mientras apretaba la mandíbula.

—Sí. Sé a lo que te refieres—admitió Gilgamesh, con un inminente dolor de estómago. Enkidu expectante, esperó que continuara—. Me cuesta…

Respiró ofuscado, hasta que finalmente abrió la boca:

—Es tu culpa.

Traición. Eso es lo que ocurrió con su lengua y sus pensamientos. Se sorprendió de decir aquello y lo miró con cierto aire desconcertado. Enkidu en cambio, parecía inexpresivo, como si se esperase algo así.

—Sí, es mi culpa. Soy iluso.

Enkidu abandonó la manzana a medio comer y descendió a terminar con la balsa.

Gilgamesh se enterró las uñas en el antebrazo con un enojo tal que parecía que fuese a estallar y así lo hizo. Con rabia pateó una de las vasijas de oro y dio con una bandeja llena de frutas que quedaron esparcidas en la tienda. Salió y miró a Enkidu lejos y su corazón latía fuerte en su pecho.

No estaba dispuesto a perderlo. Se obligaría a bajar y pedirle disculpas, como fuese. Comenzó a caminar y luego a correr para llegar a su lado y reclamar su brazo. Enkidu sorprendido, se desprendió y habló:

—¿Qué te pasa ahora? —preguntó Enkidu, con notas de ira en su voz— Ya déjame en paz terminar esta cosa para largarnos.

—Perdóname.

Gilgamesh descendió la cabeza y apretó los labios, sintiendo el bombeo en sus oídos. Enkidu se quedó estático, analizando lo que ocurrió.

¿Gilgamesh disculpándose?

Enkidu dejó caer las cosas que llevaba consigo y con una mano levantó el rostro de Gilgamesh. Él era mucho más alto y tuvo que alzar la mirada para encontrarse con su rostro. Le costó pestañear, pero finalmente lo hizo.

—Siempre tendrás mi perdón, Gil, aunque no me lo digas, pero no juegues conmigo. Sé sincero—susurró, acariciando fugazmente su mentón.

—Estoy siendo sincero—murmuró Gilgamesh, aún enojado—. No juego contigo. No sé como reaccionar, es todo.

Enkidu finalmente le dedicó una pequeña sonrisa y asintió, para luego agacharse y recoger las cosas que dejó caer.

El resto de la mañana, Gilgamesh se propuso a pensar a las orillas del río, mientras contemplaba a Enkidu avanzar con la balsa. Utilizó la tela de la tienda para crear unas velas y unió las cuerdas a una especie de timón improvisado. Para el medio día, estaba casi lista, cuando Gilgamesh lo llamó para almorzar.

Enkidu se sentó a su lado, hambriento, ya que el desayuno no había sido suficiente. Comió con ganas, bebiendo un montón de agua y tragando pan y verduras como si fuesen bocados. Gilgamesh por su parte, casi no comió. Se dedicó a observar a Enkidu, su perfil perfecto, el cabello alborotado, su torso desnudo, cuando comenzó a sentir picor en los ojos.

Se asustó. Reconocía aquella sensación.

No. No iba a llorar.

Tomó un trozo de pan y mordisqueó por mero nerviosismo. Pestañeo suficiente como para que la maldita sensación desapareciera. Suspiró algo ahogado y en un impulso, quitó el trozo de pan que comía Enkidu para hablarle:

—Créeme. No miento—dijo, sin mirarle a los ojos.

Enkidu recogió su trozo de pan y contestó:

—Lo sé.

El corazón de Gilgamesh se alivió al escuchar eso. Algo incómodo buscó entre los pensamientos algo con lo qué distraer el momento hasta que finalmente lo encontró:

—Te ayudaré a cargar la balsa. Quiero llegar pronto a mi palacio. Estoy harto de vivir en tiendas.

—Está bien—dijo Enkidu, terminando su trozo de pan—. Podemos partir esta tarde y acampar una última vez, recuerda, no podemos navegar de noche.

Gilgamesh asintió.

Durante al menos una hora, colocaron la balsa cerca de la orilla y montaron los objetos. Luego, Enkidu fue donde los caballos y los liberó a su suerte, despidiéndose de ellos. Regresó con Gilgamesh para ponerse una camisa holgada y empezar a empujar la balsa al agua. Lo ayudó a montarse y así emprendieron el viaje hacia el río Éufrates.

Navegaron toda la tarde casi en silencio, mojados y exhaustos, ya que debían mantener el equilibrio y las cosas para que estas no cayeran al río, aunque fue inevitable que algunas copas y platos se deslizaran y se hundieran, perdiéndose en el cuerpo de agua. Gilgamesh sostenía algunas armas y el diente de Humbaba mientras que Enkidu guiaba la marcha. El cabello humedecido se pegaba a su cuerpo y a su rostro, molestándole.

Ya para la noche, Enkidu encausó la embarcación hacia la orilla del afluente, el cual desembocaba en el río Éufrates más adelante, lo suficiente como para verlo a simple vista. Una vez detenida la balsa, Enkidu se bajó de ella y tiró con fuerzas.

—Ya que usé la tela de la anterior tienda para hacer las velas, necesitamos una nueva—indicó Enkidu, estilando su cabello.

Gilgamesh hizo aparecer la tela tal como Enkidu la pidió y pronto entre los dos, armaron un refugio. La noche pronto cayó sobre ellos y el calor del día desapareció para convertirse en viento helado que rozaba sus húmedas vestimentas. Enkidu se adentró a la tienda y prendió una lamparilla.

—Ven… —dijo, con la lámpara en la mano—Hace frío, aquí nos secaremos.

Gilgamesh se volteó a ver la entrada de la tienda y Enkidu se encontraba asomada en ella, con una sonrisa dulce en sus labios. Dejó de pestañear un momento hasta que finalmente accedió a la petición. Entró a la tienda y se sentó dentro de ella. Revolvió las cosas y encontró dos camisas holgadas sencillas, muy lejanas a las ropas que vestía en el palacio. Las miró con indiferencia y resopló.

—Realmente extraño mi palacio—dijo Gilgamesh, quitándose la parte de arriba húmeda y colocándose la seca.

Entregó la otra prenda a Enkidu, quien intentaba secar su cabello con un trozo de tela malograda. Entre sus manos recibió la camisa mientras Gilgamesh revolvía para encontrar pantalones. Al voltearse y ver a Enkidu semi desnudo, su corazón dio un vuelco.

Y ahí de nuevo estaba la sensación: los latidos acelerados, el calor en el rostro, el suspiro inminente que abandonaba sus labios. Cerró los ojos con arrogancia y habló:

—Quédate desnudo—ordenó, sin mirarle.

—Pero tengo frío—musitó Enkidu, dispuesto a colocarse la ropa que le entregó Gilgamesh.

Gilgamesh dirigió una mirada hostil y reclamó una de sus muñecas.

—Yo te haré entrar en calor.

Los ojos coronados en pestañas de Enkidu hicieron contacto con los de Gilgamesh y la seriedad de su rostro era cercenante.

—¿En serio? —preguntó Enkidu, tocando a Gilgamesh— ¿Qué pretendes?

Gilgamesh tiritó cuando sintió los suaves dedos de Enkidu en su brazo, causándole un cosquilleo agradable. Sentía que estallaría, las emociones golpeaban su pecho, sus labios pugnaban por soltar una sonrisa boba, sus ojos de quedarse prendados a los de Enkidu.

—Nada. No pretendo nada, has lo que quieras, vístete si quieres—barbulló Gilgamesh con cierta agresividad. Quitó la mano de Enkidu de su antebrazo y se sentó dándole la espalda.

Enkidu quedó atónito. Generalmente Gilgamesh cedía rápido a las intensiones carnales de ambos, pero llevaba tiempo con extraños arrebatos. Descendió la mirada y miró sus muñecas.

—Gil… ¿Por qué insistes en ocultarte conmigo? No lo entiendo. Yo no soy una de tus consortes ni alguien común del consejo, tampoco un general o una sirvienta. No necesitas aparentar nada conmigo. Déjate llevar, yo jamás te juzgare. Sabes que conmigo tus secretos están seguros. No seas cruel contigo mismo y voltéate. Toma mi cuerpo como siempre lo haces.

Gilgamesh ya se había enojado. Respiraba con rabia y ocultó su rostro tras una mano que tiritaba levemente.

—Es justamente eso, Enkidu. Ya no quiero tomar tu cuerpo.

Las cejas de Enkidu se curvaron y sus ojos se abrieron levemente. Apretó la camisa entre sus manos y cerró los ojos, apenado.

—¿Por qué eres así conmigo? —preguntó, con un temblor en su voz— ¿Qué fue lo que hice para que de pronto me rechaces así?

No pudo contenerlo. Una lágrima abandonó su ojo derecho y luego otras cuantas más descendieron hasta sus manos. Gimoteó en silencio y Gilgamesh se percató de ello. No creyó que Enkidu lloraría por decir eso.

El problema de Gilgamesh es que era un completo idiota para hablar de sus sentimientos. Nunca lo hacía, siempre se dedicaba a ordenar, burlarse y reírse, pero nunca a hablar de su soledad o de sus miedos, mucho menos de sus dudas amorosas. Ver a Enkidu llorar le formó un nudo en la garganta. Se volteó y su mano temblorosa se alzó para reclamar el rostro de Enkidu, pero él la apartó con cierta violencia.

—Déjame solo—pidió Enkidu, completamente ahogado, con sus hermosas pestañas cubiertas de lágrimas—, quiero dormir.

—Enkidu, tu dijiste que siempre me perdonarías, aunque no te lo pidiese—dijo Gilgamesh, calmado—. No tienes que ponerte así.

Enkidu abrió los ojos y le dirigió una mirada furiosa. Parecía colmado de cólera, de resentimiento, como si de pronto dejara fluir todo lo que llevaba guardando.

—Tú me has utilizado nada más y yo como un imbécil me he dejado llevar para ti.

—¿No era ese tu deseo? ¿No querías ser utilizado como una cosa? —susurró Gilgamesh, sin una pizca de arrogancia—Al parecer has cambiado de idea con el transcurso del tiempo.

Enkidu se quedó en silencio, sopesando las palabras de Gilgamesh. Tragó para intentar disolver el nudo en su garganta y se limpió las lágrimas.

—Es que… quería ser todo para ti—confesó Enkidu en un murmullo, ocultando su rostro tras su cabello.

Gilgamesh curvó sus cejas y reclamó el cuerpo de Enkidu para traerlo consigo. Apoyó la cabeza de Enkidu en su hombro y con sus brazos rodeó su torso desnudo. Posó su cabeza en la de él y alzó una mano para acariciar su cabello húmedo.

—Enkidu—comenzó, pensando las palabras que diría— ¿Sabes por qué no quiero tomar tu cuerpo? Tengo una sensación desagradable que jamás he sentido y me pasa al verte. Aunque no lo creas, me absorbe y eso es justamente lo que me desconcierta.

—¿Por qué no te agrada? —preguntó Enkidu, correspondiendo el abrazo.

Gilgamesh guardó silencio un momento meditando, hasta que finalmente decidió decirlo:

—Porque eso me hace vulnerable.

Enkidu se apartó de Gilgamesh y vio que éste tenía la mirada perdida, con el ceño relajado, como si hubiese liberado una gran carga. Reclamó su rostro, pero lo apartó suavemente.

—Gil, no eres vulnerable por sentir cosas. Estás siendo muy duro contigo.

—Sí, sí soy vulnerable—dijo, enfrentando a Enkidu—, porque puedes hacer lo que gustes conmigo si lo deseas y eso me enoja. No puedes tener control sobre mí.

—No quiero tener control sobre ti—contrarió Enkidu, dejando una última lágrima caer—. Yo quiero ir a tu lado, quiero que seas feliz y que te sientas dichoso de tenerme.

Gilgamesh rodó los ojos, pero era porque sentía que perdería los estribos. De nuevo le picaban la nariz y odiaba esa sensación. Colocó el dedo índice y el pulgar sobre sus ojos y los restregó suavemente, debatiéndose internamente.

—Demuéstramelo—ordenó Gilgamesh.

Enkidu tomó las manos de Gilgamesh y las guio a su cintura. Con una calma increíble, las deslizó por su cuerpo, para que él lo recorriera.

Con eso era suficiente para que Gilgamesh cayera. Era todo lo contrario a lo que Enkidu debía demostrar, porque Gilgamesh quedó preso en el hechizo, en las artimañas seductoras de Enkidu. Tomó su cuerpo entre ambas manos y lo recostó sobre el suelo lleno de almohadas para dirigirse a sus labios y comenzar a besarlo, lento, disfrutando del momento, como si fuese el último. Su nariz se deslizaba por el rostro de Enkidu, mientras sus lenguas se encontraban en un movimiento íntimo y secreto, que ambos encerraban bajo la tela de su tienda.

—Hay cosas que no puedo decirte—susurró Gilgamesh sobre sus labios, mientras abría las piernas de Enkidu y las colocaba a su costado—, pero sé que las sabes.

—¿Por qué no puedes decirlas? ¿Qué te detiene a hacerlo? —preguntó Enkidu, dejándose guiar. Sus manos se alzaron a su rostro y los acarició, con algo de desesperación.

—No sé.

Sí sabia. Era su arrogancia, su orgullo y su prepotencia. Él estaba consciente de que sus sentimientos se escondían detrás de la armadura de oro que le hacía ver glorioso, indestructible e inmune a las emociones humanas, pero era justamente aquello en lo que siempre erraba: él era humano.

—Está bien—dijo Enkidu, asintiendo—, no te fuerces.

—Pero… —titubeó Gilgamesh, apegando su frente a la de Enkidu—puedo demostrártelo.

Luego se hizo el silencio.

Comenzaron a besarse nuevamente, con la calma de la noche que caía sobre ellos. Los besos se convirtieron en caricias y las caricias en jadeos. Sus cuerpos desnudos se encontraban íntimamente unidos, en el calor del momento, en los movimientos lentos y pausados de Gilgamesh para entrar más profundo en Enkidu. Sus gemidos silenciosos eran completamente halagadores y el pecho de Gilgamesh se llenaba de emociones cuando sentía que Enkidu no podía contener el agudo sonido de sus respiraciones. Enkidu estaba completamente entregado sobre el lecho, con sus manos descansando al lado de su cabeza, mientras Gilgamesh se alzaba sobre él para lograr estabilidad. Miró a sus ojos un largo momento, para sonreírle, con una ternura que nadie creería jamás que fuese posible. Enkidu quedó impresionado de ello, increíblemente sorprendido, tanto que una ola de placer le invadió. Aferró sus piernas a la espalda de Gilgamesh y volvió a entregarse a él.

—Soy tuyo—susurró Enkidu, llevando su cabeza hacia atrás, aferrándose de la ropa perdida en el suelo.

Gilgamesh tuvo un ataque de pasión. Besó con frenesí su cuello, se aferró con fuerzas a su cintura, unió su cuerpo a él con más fogosidad. Lo quería para él, sólo para él, deseoso de combustionar todo eso que sentía en su pecho para Enkidu. Los ánimos de Enkidu se exaltaron, acarició el cabello de Gilgamesh, su espalda, sus glúteos hasta que no aguantó más y finalmente fue suyo.

Luego de eso, Gilgamesh se acostó a su lado respirando agitado. Ambos miraban el techo de la tienda, ensimismados, sabiendo que tenían un secreto en común. Ya no eran simples amantes, ya no eran amigos ni tampoco compañeros. Eran algo más, pero…

Se quedaría oculto en el silencio de esta y muchas noches más.

My dream, it seems, fails to see the mornings
My one and only aim
I hear you breathe, I'm not alone in the darkness
I feel something on my lips I should not

One, too many poison kisses
And I'm drowning in the deepest see
I found my destination, what I'm here for
I'm knocking on my heaven's door

One day we will run out of tomorrows
And yesterday's become the stuff our dreams are made of

Until today, I lived in the shadow world
Now heart is speaking, brain's defeated
Independent thought deleted

One too many poisoned kisses
And I'm drowning in your deepest sea
I found my destiny, something I'm here for
I'm knockin' on my heaven's door.

And the map to find my sleepin' wishes
Is hidden where I cannot see
When I'm awake, I need your poison kisses
To fall back in a living dream

"Why do you fear to long for my love, please be strong.
If your heart can hear a song, you can't go wrong
So repose your trust in me, save this love, live and see
If the life beyond this dream is what you seek"

"Fill your deepest wishes,
Come take my poison kisses
Life is too short, this golden hour lats for a lifetime"

Give me your poison kiss,
Now, come night, I need my sleeping wish
Help me dream again, somehow kiss me now

With your poisoned lips
Oh, come night, I want my missing wish
Help me get one kiss, somehow
Hold me now

No dream can heal a broken heart
When we're apart

On the sea of wishes
My dream that no one misses
Tears me apart, always somehow

No dream can heal a broken heart – Sonata Arctica