Capítulo Quinto: Las Vacaciones del Gremio Negro
Misión 1
¡¿Capítulo de la playa?!
[Brigit, Mikken y Paco]
Etheldrea estaba cansada. En sus varios milenios de vida, jamás había visto una Gaïa tan inestable y plagada de peligros como ahora. La Iglesia los llamaba a ella y a sus semejantes Mensajeros del Apocalipsis, pero esos insensatos no conocían los verdaderos peligros que acechaban el futuro del planeta.
—Señorita Eliot, ¿me está escuchando? ¡Señorita Eliot!
La exasperada voz de su interlocutor la sacó de su ensoñación. Centró su mirada en el hombre ante ella: un hombre atractivo y joven, de cabello castaño y ojos oscuros cubiertos por anteojos. Vestía bien, con traje y corbata, y a pesar de que lo más lógico era estar claramente molesto ante la actitud de la Presidenta de Espheria, él le sonreía amablemente.
—Disculpa, Adam, estoy muy cansada. La fiesta en la playa fue mucho más caótica de lo que esperaba. Aún así, supongo que puedo escuchar lo que tienes que decir, pero sé breve.
El susodicho carraspeó, aclarándose la garganta, y continuó hablando:
—Creo realmente que sus políticas respecto a la legalización de lo místico están siendo muy aceleradas. Hay buena parte de la población alertada ante la situación, y esa fiesta que organizó… Bueno, digamos que no ayudó mucho a la opinión pública.
En cuanto su interlocutor dijo eso, la Primera Bruja no pudo evitar recordar eventos puntuales de aquella fiesta: el príncipe de Goldar y sus extraños compañeros, John, Deymos, Tiamat… Había conseguido que muchos de los llamados Mensajeros firmasen un pacto de no agresión, incluyendo a la Madre de Demonios y a Orgullo, que solían estar abiertamente enfrentados.
Pero aún quedaban clavos sueltos: Hringham, el Caballero del Ángel, Bringreus… Este último le preocupaba especialmente. Esperaba que el Rey de la No Vida se prestase a una alianza, pero era el último de los Mensajeros racionales. La fuerza de todos ellos era, sin embargo, necesaria para lo que ella esperaba poder hacer.
—Bueno, veo que no está muy dispuesta a charlar hoy —concluyó Adam, sacándola una vez más de sus pensamientos—. Tiene mal aspecto. Quizá debería llamar a un doctor, puede que su condición no sea mero cansancio. Le veo en el Congreso tan pronto como se encuentre mejor.
Ella asintió con la cabeza, y mientras el muchacho se marchaba, no pudo evitar pensar en las últimas palabras pronunciadas por él.
"Si supieras realmente lo que me pasa," pensó ella, "no cabrías en ti de la sorpresa."
Aunque, irónicamente, era Etheldrea la que no conocía lo suficiente a su interlocutor.
Pues Adam W. Lancerot siempre saber más de lo que parece.
Gustave Thorgrum veía cómo sus tropas entrenaban. Los Thurizung conocían bien la fuerza de Hendell, y estarían preparados para defender a Goldar de la amenaza de Sterki. Y lo harían, aunque tuviera que echar abajo las murallas de Karlsrude él mismo y fuese su propia hacha la que cercenase la cabeza de su otrora mecenas. Hacía siglos que no disfrutaban de tanta paz en Goldar y, por mucho que amase la batalla, a nadie le gustaba ver a su pueblo morir de hambre.
Por otro lado, era curioso que un mocoso como Örsten hubiese sido quien consiguiese todo eso. Tenía aliados interesantes, eso era cierto. Desde el Inquisidor que había acabado con Skulinbert hasta ese extraño niño rubio que hablaba solo. El recién estrenado Príncipe de Goldar era, sin lugar a duda, una caja de sorpresas.
—Así que estas son las tierras del muchacho pelirrojo… Ya veo.
Thorgrum se giró de pronto ante la inesperada voz. Era masculina, profunda y grave, y hacía que sus huesos temblasen.
Su dueño no era para menos.
Era un hombre maduro, alto, de barba a medio afeitar y cabello rojo como el fuego peinado hacia atrás. Sus ojos, escarlatas como gemas ardientes, parecían analizar a los guerreros que entrenaban, y sus toscos labios oscilaban entre una sonrisa de loco y una mueca de disgusto. Su descomunal cuerpo, enfundado de arriba abajo en una armadura completa de aspecto infernal, temblaba como el de un niño pequeño ante un juguete nuevo, y el armazón de su brazo derecho, negro como la más oscura de las noches, emitía un brillo trémulo y algo perturbador al reflejo del sol poniente. Estaba conteniendo su ansia de enfrentarles a todos allí mismo, era más que evidente.
—Veo que os preparáis para la guerra —dijo finalmente—. Me gustaría participar. Tengo una cuenta pendiente con ese muchacho, y en mi opinión, os hace falta una mano amiga. ¿Qué me decís?
Vaya, una sorpresa más.
