Los pasos hicieron eco en la calma desoladora de la noche. Las tenues luces que había en los callejones provenían de los balcones de algunos departamentos o las propagandas holográficas, pero los pocos sonidos que se llegaban a escuchar eran de las pantallas que habían sido olvidadas encendidas, anunciando las noticias recientes o la lluvia gris por falta de mantenimiento.

Yashiro le dedicó una larga mirada a Sasayama mientras caminaba unos pasos detrás, estudió el cuello que ya no sangraba. Lo que más la conmocionaba era el desinterés que sentía por su propia vida. En aquellos instantes, le preocupaba más lo que podría pasarle a Toko Kirino. Arqueó una ceja hasta finalmente cerrar los ojos, con una sonrisa de lado. Cuando los volvió a abrir advirtió la expectante mirada del muchacho.

-Me preguntaba… qué es lo que te motiva a seguir. Cuál es el origen de la enorme responsabilidad que sientes por Toko -declaró Yashiro con cautela.

Sasayama no dijo nada por unos momentos, tan sólo se quedó mirándola a los ojos con una expresión transparente, como si se encontrara ya demasiado lejos, perdido en su propia memoria. Tras unos segundos, sacudió la cabeza y sacó un cigarrillo de su pantalón. Sin embargo, cuando intentó usar su encendedor se dio cuenta de que estaba vacío, y lo arrojó al suelo bruscamente mostrando los dientes. El chasquido del metal contra el suelo hizo eco en todo el pasillo, y Yashiro detuvo su andar.

Sasayama miró los alrededores hasta que su atención se detuvo en un hombre mayor que se encontraba fumando, sentado junto a un contenedor de basura. Tenía barba de varios días y su cabello estaba todo alborotado. Cuando Yashiro se acercó, un profundo olor a tabaco se coló por sus fosas nasales y nunca en su vida hizo tanto esfuerzo por sonreír. Si consideraba que Sasayama fumaba mucho, aquel hombre era una chimenea andante.

-¿Me presta fuego? -preguntó el ejecutor.

El viejo alzó la vista lentamente como si hasta entonces no se hubiera percatado de su presencia, o fuera la primera vez que alguien llamaba su atención, y para sorpresa de Yashiro, una débil pero honesta sonrisa iluminó sus secos y cortados labios. Luego sacó un encendedor gastado del bolsillo de su chaqueta y se lo arrimó a Sasayama. La piel de sus manos estaba tan arrugada que evidenciaba una avanzada edad, y sus uñas, cortas e irregulares, denotaban una manía para quitar el estrés.

-Sírvete, hijo.

Cuando Sasayama logró prender el cigarrillo, se lo colocó en sus labios tal asmático cuya vida dependía por completo de un inhalador, y cerró los ojos en un éxtasis casi trascendental. Luego arrimó el paquete en dirección a Yashiro, agitándolo en el aire para hacer que se asomara un cigarrillo, a lo que ella negó con la cabeza y al guardárselo de nuevo, le agradeció al hombre devolviéndole el encendedor. Fue sólo entonces cuando sus ojos cobraron vida y pasaron a observarla con una viveza llameante y fría.

-Cuando era chico mi padre me maltrataba, pero una vez me defendí y se desmayó -masculló el ejecutor con voz ronca-. Como pensé que lo había matado fui a la policía y me entregué, y durante la rehabilitación decidí convertirme en un ejecutor. Sin embargo, cuando mi padre se despertó asesinó a Mari. Mi hermana menor. Cuando veo a Toko… la veo a ella. Y no quiero perderla, ¿sabes? Si algo llegara a pasarle…

Un relámpago iluminó todo el callejón, pero era su propia mente. Yashiro pudo ver a su padre sentado en la mesa del comedor, con la pantalla prendida mostrando las noticias más recientes. Sentía la curiosidad que le transmitía el objeto negro que estaba sobre la superficie de madera, y escuchó sus escurridizos pasos mientras se dirigía a él en puntitas de pie. El revólver era pesado sobre sus pequeñas manos, y de cierta forma logró intuir que era algo peligroso.

Sus facciones se oscurecieron a pesar de que una sonrisa atontada alumbraba su rostro. Cuando su padre se percató de su presencia, sonrió con ironía y le colocó una mano en su hombro, tomando el arma para enseñarle de qué estaba compuesta, cómo se limpiaba correctamente y de qué manera era preciso tomarla con las manos. La voz resonó en su cabeza durante unos segundos mientras este decía: "es una herramienta, no un juguete".

Las imágenes fueron reemplazadas por unas de su madre, con aquellas facciones tan dulces que eran difíciles de olvidar, incluso para las personas con las que se cruzaba en la calle. Uno sencillamente podía sentirse seguro en su presencia, bajo sus cálidos y angelicales brazos. Era de las personas que no necesitaban decir palabra alguna, puesto que sus acciones eran capaces de expresar y dar nombre a las cosas.

Yashiro sintió un estremecimiento recorrer todo su cuerpo a medida que los recuerdos se desvanecían en su mente como ceniza, enseñándole entre todo el caos el rostro de la joven Rikako Oryo. Cuando por fin todo se vino abajo, suspiró suavemente y logró relajar su cuerpo. A pesar de que no era consciente, Sasayama pudo notar la repentina palidez que había azotado todo su rostro, otorgándole un aspecto cadavérico.

-Nunca olvidarás que no estuviste cuando más te necesitaba -afirmó Yashiro con la mirada ida.

Sasayama frunció el ceño y asintió con la cabeza profundamente, dando a entender que aquello era justo lo que pensaba. A pesar de todo, tenían cosas en común. Pero cuando Yashiro se percató de ello, hizo una mueca con sus labios como quien se entera de una noticia terrible, y siguió caminando para evitar el contacto visual del ejecutor, quien no dejaba de observarla de una manera distinta, extrañamente cálida, como el reencuentro de amigos que vuelven de largos viajes.

Antes de que Sasayama pudiera acotar algo, un sonido emergente irrumpió en la sorda calma, dejando perplejos a ambos. El ejecutor fue el que más tardó en reaccionar, pero cuando lo hizo, alzó su brazo y se unió a la llamada entrante, apagando toda expresión. Yashiro se dio la vuelta para mirarlo. La imagen estática del inspector Kougami se hizo visible en el holograma, pero un silencio se agravó y durante casi medio minuto, nadie dijo una sola palabra.

-¿Qué estás haciendo, Sasayama? -inquirió por fin Kougami.

Los ojos de Yashiro se entreabrieron. A pesar de la distancia, fue capaz de percibir la tensión que se camuflaba bajo el tono suave del inspector. Lo imaginó del otro lado, donde fuera que estuviese en aquellos momentos, con la mirada de muerte que a veces lo caracterizaba. Lo escuchaba cansado, pero en especial, confundido, traicionado. Kougami no comprendía que para detener a Sasayama tendría que dispararle. Porque su voluntad ya no era dirigida por el Sistema Sibyl, él mismo se había adueñado al fin de sus acciones. A diferencia de los otros agentes su mirada desbordaba de motivo, y era eso mismo lo que lo volvía impenetrable.

-Kozaburo Toma tiene a Toko -sentenció Sasayama, dejando que el frío fluya en sus palabras-. Tengo que encontrarla antes de que le haga daño.

Otra vez una pausa. Yashiro se preguntó si Toma estaría realmente dispuesto a hacerle daño a la persona que, probablemente, más amaba en el mundo. No lo veía posible, pero algo en su fuero interno le hacía sentir lo contrario. Pudo ver a Toko en el centro de un conflicto, involucrándose para proteger a Sasayama y, a la vez, llevándose el peor golpe. El orgullo de Toma lo obligaría a seguir con vida a toda costa, aunque se odiaría por siempre si llegara a hacerle daño.

-Estás por cruzar una línea sin retorno. Da la vuelta ahora antes de que sea demasiado tarde -le advirtió Kougami.

El inspector estaba calmado, pero había un deje de preocupación en sus palabras. Algo que llamó la atención de Yashiro, puesto que había imaginado que los inspectores no se preocupaban por los ejecutores. Al fin y al cabo, eran criminales latentes. Sasayama negó con la cabeza, dejando relucir una tenue sonrisa. Después soltó el cigarrillo y lo tiró al suelo, apagándolo con la suela de su zapato. Yashiro arqueó una ceja cuando la voz de Kougami hizo eco en su mente.

Nadie iba a ayudar a Sasayama. Ningún agente, inspector. Kozaburo Toma tenía un pedido de captura y si Sasayama rompía el contrato que tenía para con el Sistema Sibyl, toda su vida se vendría abajo. Como era un criminal latente, podía ser desechado en cuanto perdía su utilidad o se desgastaba demasiado. Era un perro con collar que creía ser libre cuando, en realidad, no lo era. Pues la ilusión se esfumaba en cuanto dejaba de acatar las órdenes impuestas.

-No puedo hacerlo -confesó Sasayama, esta vez con cierto dolor en su voz-. Este caso me enseñó… que la ley no siempre puede proteger a las personas.

Yashiro parpadeó cuando, tras un breve brillo en sus ojos, el ejecutor cortó la comunicación sin darle a su inspector explicación alguna, como si el esfuerzo viniese desde lo más profundo de su alma. Durante unos eternos segundos permaneció inmóvil en la misma posición, fumando otro cigarrillo como si le buscara un significado a su existencia. Cuando por fin recordó la presencia de Yashiro, hizo un gesto hacia adelante con la cabeza y reanudaron su marcha, sin intercambiar una palabra el resto del camino.

Luego de caminar durante varios minutos a un ritmo acelerado, Yashiro se detuvo frente a un centro comercial, el cual se alzaba frente a ellos como una gran tumba grisácea, albergando las viejas tradiciones y reflejando la decadencia del barrio. El ejecutor se situó a su lado y levantó la cabeza, contemplando lo enorme que era el edificio.

-De aquí en adelante iré solo. Puede ser peligroso y no quiero involucrarte -sostuvo Sasayama.

Yashiro se giró en su dirección con la ceja arqueada. Sus ojos brillaron como el hielo bajo las débiles y escasas luces, clavándose en los de él, tan filosos como cuchillos.

-Estoy metida en esto desde el momento en que guie a Toko hacia ese zoológico. No pienso ceder ahora…

Sasayama se estiró el cuello colocando las manos en su cadera, hasta que finalmente desistió con un último suspiro y se adentró en el edificio, seguido de ella. Yashiro observó los alrededores, sintiéndose vulnerable y pequeña ante la inmensidad del ambiente. Lo primero que se hizo presente fue el característico e inconfundible olor a ramen que la llevó a otro mundo, al recuerdo de su madre preparando el caldo y al sabor exquisito que tenía cada vez que lo probaba.

Había puestos de comida rápida con mesas en el exterior, variadas tiendas de ropa y algunas, incluso, de tecnología. Las personas alrededor vagaban con las miradas vacías y las manos en sus bolsillos, desesperanzadas, como si se hubieran acostumbrado a su estilo de vida y ya no se cuestionasen si había algo más. Se preguntaba cuántos de ellos serían criminales latentes, individuos que ya no pertenecían a la sociedad, puesto que ni la terapia podía ayudarles.

-Una vez Toma me dijo que venía aquí a menudo -argumentó Yashiro, sin dejar de observar a la gente.

Sasayama la miró de reojo y sonrió con ironía, mientras observaba las tiendas que había esparcidas por el lugar. El suelo estaba polvoriento y gastado y cuando pasaron cerca de unos contenedores de basura Yashiro arrugó la nariz, abrumada por el olor a perro muerto que había. El otro, por el contrario, parecía no ser consciente de ello y continuó caminando, absorto en sí mismo y a la vez atento a toda posible amenaza. Unos tres hombres se hallaban fumando en una esquina, pero ni les dirigieron la mirada, permanecieron enfrascados en sus cigarrillos como si sus vidas dependieran de ello.

-Bueno, no creo que venga a comprar arroz -corroboró Sasayama realizando una mueca con sus labios-. Este bloque no tiene cámaras de seguridad, y además los drones no pueden entrar.

Yashiro asintió en silencio siguiendo con la mirada a las mismas esquinas que él prestaba atención, donde sería apropiado que haya cámaras de seguridad vigilando. El lugar estaba tranquilo, pero albergaba un aura extraña que los inquietó, especialmente a Yashiro. Podía percibir las miradas cautelosas de los vendedores ambulantes que pasaban por allí, o los dueños de los locales que permanecían adentro con las pantallas encendidas y los hologramas de sus vidrieras activados, que eran plenamente ordinarios y no enseñaban cosas ilegales como había esperado. Sin embargo, no parecía un centro comercial común y corriente, y ellos eran como dos extranjeros cuya curiosidad molestaba a los residentes.

-Deberíamos separarnos -propuso Yashiro.

Sasayama juntó las cejas completamente indignado, pero cuando ella señaló la forma en que iba vestida él la observó de arriba abajo hasta finalmente ceder, aunque no del todo convencido. Yashiro no parecía una estudiante, más bien una ciudadana común, y en aquellos momentos resultaba ser bastante útil puesto que lograba pasar desapercibida, como si en verdad perteneciera a aquel lugar. Sasayama era el único que vestía de negro y con corbata, algo poco usual en una zona de bajos recursos como aquella, pero su andar indiferente lo volvía uno más entre el montón.

Yashiro caminó erguida y con las manos metidas en los bolsillos de su saco. Un torrente de aire frío la hizo respirar con más ahínco, y por un efímero instante cerró los ojos para escuchar el lejano sonido del viento, dejándose adormecer por su bella melodía. Los pasillos se ensancharon hasta que acabó en unas escaleras mecánicas, las cuales se hallaban detenidas y gastadas por el paso del tiempo, denotando la cantidad de personas que habían pasado por allí.

No había nadie en esa parte del pasillo y decidió volver, para buscar primero en los alrededores o preguntarle a alguna persona si no había visto a una estudiante. La vestimenta de la Academia Ousou era algo demasiado llamativo y extravagante, especialmente en lugares tan apartados de la sociedad como lo era aquel. Sin embargo, escuchó unos pasos a sus espaldas además de los suyos, y se detuvo casi al instante.

-¿Yashiro? ¡Qué agradable sorpresa! ¿Cómo supiste que estaba aquí?

Yashiro cerró los ojos durante unos segundos, sin ser capaz de encararlo tan rápido como había supuesto. A pesar de recordar su ocurrente voz con total claridad, a esas alturas se le hacía incomprensible. Podía imaginarlo de pie con total sencillez, pero la imagen le producía un cierto remordimiento. Cuando por fin juntó las fuerzas para hacerlo, se dio la vuelta y alzó la cabeza al encontrar las escaleras mecánicas vacías como al principio. Era en la primera planta, apoyado sobre la baranda y con una sonrisa divertida en su rostro, donde se hallaba Kozaburo Toma.

-Ya sabes lo que dicen: los que hablan mucho tienden a ser más descuidados con las palabras -replicó Yashiro, con cierta osadía en su voz.

Toma soltó una sonora carcajada que retumbó en sus oídos, y cuando al fin se contuvo entrecerró los ojos para observarla. Sus manos se aferraron a la baranda con más fuerza y se apoyó en ella con los antebrazos, inclinándose hacia adelante como un felino a punto de dar un salto de muerte. El silencio se abrió paso cual huracán y permanecieron ambos en la misma posición, analizándose el uno al otro como si memorizaran cada detalle.

-Estás muy lejos de casa… este no es un lugar apropiado para estudiantes. Si algo llegara a pasarte, me temo que no habrá nadie que corrobore tu presencia.

Yashiro pasó por alto la amenaza implícita y sostuvo la misma expresión solemne, manteniéndose firme en su lugar. No iba a mostrarse débil y menos frente a alguien como él. Aunque lo cierto era que un frío se coló en su interior, alarmándola ante aquella voz. Comenzó a cuestionarse si Toma sería realmente capaz de hacerle daño. Estaban claros los sentimientos que sentía hacia Toko y jamás se atrevería a tocarle un pelo, pero ella, en cambio, sólo era una estudiante más del montón, que incluso, estaba interfiriendo en sus planes. Lo mejor para él sería sacarla del camino, o al menos, eso es lo que ella haría si estuviera en la misma situación. Tragó saliva antes de hablar, aclarando su voz.

-Qué conveniente… dime una cosa entonces. ¿Qué harás con Toko una vez te hayas deshecho de mí? Sabes que te odiará el resto de su vida. Mataste a su padre y nada podrá recompensarlo. ¿Crees que con un simple abrazo lo olvidará?

Si Yashiro esperaba provocarlo no lo había logrado o, al menos, no era visible en su aspecto. Toma seguía inmerso en ella, con una mirada que le resultaba imposible de leer como si estuviera buscando algo más allá de sus palabras o en realidad no la hubiese oído. Sus ojos parecieron entrecerrarse mientras se fundían en los de ella y su expresión se ablandó con una dulzura llena de orgullo, ciertamente arrogante.

-Si hay algo que tenemos en común, Yashiro… es el dolor. Nuestras madres murieron por culpa del Sistema Sibyl y eso es algo que nunca olvidaremos… pero se aprende a vivir con ello.

Yashiro hizo una mueca con sus labios y durante unos segundos sus dientes se asomaron. Luego negó con la cabeza entrecerrando los ojos, y soltó un lento suspiro. Algo crecía en su interior, pero de cierta forma logró contenerlo, y su voz sonó a continuación amenazante y calmada por igual.

-¿Y por qué no dejas que Toko aprenda por su propia cuenta? Estoy segura de que no dudará en matarte en cuanto tenga la oportunidad. Sería un gran espectáculo, por cierto -extendió Yashiro los brazos al imaginar el titular en las noticias-. "El culpable detrás de los horribles crímenes, es hallado muerto con el mismo modus operandi que sus víctimas".

Los ojos de Yashiro brillaron de la satisfacción, y tardó unos segundos en reincorporarse a la realidad. Cuando retornó a los ojos marrones bajando los brazos se dio cuenta de que sus palabras lo habían dejado callado e inamovible en su lugar, como si se hubiera esfumado en el tiempo.

-Ahora entiendo por qué Shougo se fijó en ti.

Yashiro se quedó con los labios entreabiertos y arqueó la ceja durante un efímero instante, sin saber cómo tomarse aquel comentario. Una nueva sonrisa se había formado en los labios de Toma, esta vez con un cierto grado de osadía y ternura. Lo conocía lo suficiente como para saber que, realmente, en aquellos momentos no le apetecía saber lo que andaba pasando por su cabeza, y estuvo a punto de acotar algo al respecto cuando escuchó unos pasos apresurados a sus espaldas.

-¡Yashiro!

Toma levantó la vista, retornando la mayor decepción en sus facciones.

-Veo que trajiste amigos -observó Toma, chasqueando la lengua-. Inesperado, pero no bienvenido…

La joven se volteó instantáneamente encontrando, de ese modo, a Sasayama. El ejecutor se había quedado inmóvil y boquiabierto, centrado por completo en la sombra irregular que proyectaba la figura de Toma en el suelo. Este último pareció reconocerlo y rodeó los ojos, haciendo un gesto desinteresado con su mano.

-Ah, ¡pero si es otra vez el mismo perro de caza entrometido! Tendría que haber apuntado al ojo, así te quedabas tonto y deforme…

-¿Dónde está? -bramó Sasayama entre dientes-. Juro que si la tocas…

-¿Te refieres a mi princesa? ¿en serio crees que sería capaz de lastimarla? -inquirió Toma mientras se llevaba una mano al corazón y, de pronto, sus ojos se abrían de par en par-. En cambio, con seres como tú, inquisidores que reparten muerte en nombre de un dios como es el Sistema Sibyl…

En ese momento, dos hombres bajaron por las escaleras mecánicas y Toma se irguió, dedicándole a Yashiro una última inclinación de cabeza. Esta no pudo más que contemplarlo al darse la vuelta, hasta que desapareció de su línea de visión sin volver a mirar atrás, como si su presencia le resultara entonces insignificante, tanto como la de un gusano bailando en la tierra. Uno de los ojos de Yashiro se entrecerró unos milímetros durante un fugaz instante, al sentir un hueco sofocante en medio de su pecho que le imposibilitaba respirar.

El primero de los sujetos sacó una pistola de su chaqueta al aproximarse unos metros a Sasayama, pero este se adelantó y en un fugaz movimiento, arremetió contra él tomándolo de la muñeca y plantándole su rodilla en el pecho. El hombre perdió el aliento en el acto y Sasayama logró tomar el control, tirándolo al suelo y arrojando el arma lejos de él. Todo sucedió tan rápido que, en un mero parpadeo, Yashiro observó cómo Sasayama se daba media vuelta para protegerse del otro hombre, que era más alto y robusto.

Cuando el gigante intentó golpearlo con su puño, Sasayama lo detuvo del antebrazo y le estampó sus nudillos en las costillas, haciendo que caiga de espaldas al darle en la pierna con la suya propia. En el instante en que tocó el suelo, continuó asestándole golpes con su pie, hasta que el otro sujeto que había derribado apareció por detrás con un cuchillo, soltando un gruñido animal que hizo eco en toda la sala. Sasayama logró evadirlo y clavarle la hoja en el cuello, y se quedó varios segundos jadeando sobre el cuerpo, contemplando la forma en que la vida abandonaba aquellos oscuros ojos hasta que escuchó el sonido cortante de varios disparos, y por una fracción de segundo cerró los ojos, imaginando el dolor que nunca llegó.

Miró hacia atrás, descubriendo al gigante que creía haber dejado inconsciente con un río de sangre fluyendo a través de su pecho, y una pistola que no había llegado a usar junto a él. Cuando se volvió hacia adelante, sus ojos parpadearon al encontrar la figura de Yashiro de pie y con su mano alzada, apuntando en dirección al hombre. Transcurrieron unos segundos eternos hasta que Sasayama se levantó por fin, teniendo que sostenerse del suelo para no caer, ya sea por la pelea que había tenido o por lo irreal que le parecía la escena frente a él.

Se dirigió a Yashiro lentamente y sin decir una palabra, alzando su mano con suavidad para quitarle el arma, como un niño tratando de acariciar a un perro rabioso. Respiraba con dificultad y sus pupilas estaban tan dilatas, que parecía haber abandonado aquel mundo al momento de apretar el gatillo. No dejaba de contemplar el rojo que coloreaba el suelo, y Sasayama colocó sus manos sobre los hombros de esta, observándola a los ojos para intentar aferrarla a la realidad. Suspiró profundamente cuando Yashiro volvió en sí, inhalando aire como quien ha estado encerrado por mucho tiempo.

Para su sorpresa, el tacto y la cercanía pareció intoxicarla, puesto que se apartó de él al instante como si tuviera rabia, con las manos ligeramente temblorosas. Sasayama arqueó una ceja y la siguió con la mirada, mientras ésta se encaminaba hacia las escaleras mecánicas y comenzaba a subir, para llegar a la primera planta del edificio. Sasayama soltó la pistola dejándola junto a uno de los cuerpos, y se unió a ella subiendo por la escalera adyacente. No pudo evitar sentir curiosidad al estudiarla en silencio, y se llevó la mano dentro de su saco para sacar el dominador. Yashiro no se había dado cuenta de que estaba apuntándole, y el ejecutor frunció el ceño al oír los resultados.