Un guardia jugaba distraído con una daga. Casi nunca ocurría algo en las afueras de las murallas de Uruk. De vez en cuando se formaban pequeños campamentos de foráneos deseosos de ser parte de la bella y vibrante ciudad, a veces con buenos resultados, otras veces con el rechazo pugnando en sus manos trabajadoras. Esa noche era, como otras, tranquila.
Un compañero se acercó a él con una jarra llena de cerveza y ambos se sentaron a ver el silencio de la tierra llana que se extendía a los pies de Uruk. La soledad de esos páramos se reflejaba en el adormilado pestañeo de ambos. Ya comenzaban a dormirse cuando a lo lejos, una carreta se acercaba lenta y pausada, como si llevase mucho peso encima. El compañero que trajo la cerveza dio un codazo a su amigo y señaló el carruaje.
—¿Qué demonios? —dijo el hombre de la daga, buscando su lanza, tanteando en la oscuridad—Ponte en guardia mi buen amigo, pueden ser los característicos ladronzuelos del desierto.
—Tenemos que parecer los típicos soldados incansables que se estancan frente a las puertas de su ciudad—bromeó su amigo y ambos rieron frente la idea.
Se calmaron y tomaron sus armas. Desde la altura del muro, los guardias que vigilaban las tierras a lo lejos dieron una señal y con ellos supieron que sí era un carruaje extranjero. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, un hombre joven y delgado de aspecto humilde se acercó a ellos. Su rostro estaba ojeroso y temblaba como si fuese un pollo a punto de ser aniquilado.
—No me hagan nada por favor—rogó el joven, quien al lado de los guardias lucía aún más miserable—. Vengo con el rey Gilgamesh y su amigo Enkidu.
Los guardias se miraron entre sí y soltaron una risotada.
—No me digas—dijo uno de ellos, enjugándose una lágrima—. Él no llegaría en un carruaje pobre como el tuyo, eso sería muy hilarante de ver.
—Además—añadió el segundo guardia—, si fuese así, ¿Por qué él o su amigo no han venido a presentarse personalmente?
—Es que… —objetó el nervioso hombrecillo—se han quedado dormidos. No quiero despertarlos, por favor ayúdenme, me da mucho miedo.
Las bromas entre los guardias terminaron y ahora eran miradas de hostilidad: ir por el carruaje y corroborarlo podría ser una oportunidad perfecta para descuidar la puerta. Quizá el hombre escuálido traía un ejército entre las sombras que pensaban atacarlos cuando se diese la mínima oportunidad de hacerlo.
—Demuéstralo—ordenó uno de ellos, con la lanza firme en sus manos.
El otro guardia dio una señal a los centinelas de las torres, con el fin de prepararse por un presunto encuentro. El joven gimió angustiado y miró sus manos.
—Yo debía regresar con mi padre ayer, pero encontré al rey y a su amigo varados al borde de un rio, humedecidos, con una barcaza rota y un montón de cosas desperdigadas por todos lados. Cuando me acerqué, temeroso y maravillado por la cantidad de oro abandonado, su amigo del mítico cabello verde me asustó al verme directo a los ojos. Tenía entre sus manos una espada y temí mucho por mi vida. Grité y pedí ayuda, pero él me detuvo y dijo que no tuviera miedo. Ahí fue cuando se presentó como Enkidu. Quedé completamente impresionado al saber que él era el famoso amigo del rey. Nunca en la vida había tenido oportunidad de ver a ninguno de los dos, soy un simple campesino que provee a Uruk y nada más.
"Enkidu dijo que necesitaban ayuda para volver a Uruk, porque salieron victoriosos de su confrontación con Humbaba. En eso, el rey Gilgamesh despertó y comenzó a gritarle a su amigo, ya que al parecer era culpa de él que su balsa se rompiera y quedaran azarosos como simples piedras. Fue muy divertido verlos pelear porque Enkidu sólo se reía y el rey Gilgamesh no parecía muy contento. Ahí fue cuando el rey me miró y tuve mucho miedo. Dijo que me mandaría al calabozo si no hacía algo al respecto y me ordenó que los trajera de vuelta a Uruk. Verán… tuve que regresar a casa y robar el carruaje de mi padre y aquí estoy. Por favor créanme, mi padre me odiará por esto, ya tengo suficientes problemas y sólo quiero dejar al rey y su amigo en su ciudad.
El joven tragó con dificultad, como sabiendo que su historia era todo menos verosímil. Uno de los guardias lo miró con reprocho mientras que el otro suspiró, buscando una respuesta.
Era cierto que el rey había ido tras Humbaba y de ello han pasado al menos quince días, pero se sorprendía que regresaran tan luego. Por otro lado, es imposible que un simple campesino de las afueras de Uruk supiera que el rey iría a combatir. Dudoso asintió y con una seña, le indicó a su amigo que permaneciera en el lugar, después de sacar una antorcha. Él agarró al chico y sabiendo que los centinelas estaban con arcos preparados por cualquier eventual problema, se dirigió al modesto carruaje. Atrás, una estructura cuadrada montada sobre ruedas estaba llena de bultos y de armas, todas de oro o de materiales nobles. Un enorme diente descansaba a los pies de dos personas que parecían acurrucadas una con la otra. El guardia, ahora cayendo en cuenta que quizás la historia del chico era cierta, movió con su lanza la tela que cubría ambos cuerpos, temiendo que estuviesen muertos o algo así, cuando vio a Gilgamesh y Enkidu durmiendo profundamente.
El guardia ahogó el grito y con una seña indicó a los centinelas que bajaran sus armas. Sin saber cómo proceder, se acercó a su compañero y cuchicheó en su oído sobre el descubrimiento.
Estuvieron largo tiempo los guardias y el campesino debatiéndose en cómo despertar a Gilgamesh.
El frío de la noche comenzaba a colarse entre las ropas de los presentes a tal punto que Enkidu, algo adormilado, se levantó y restregó sus ojos. Todos en el lugar se encontraban en silencio, viendo como el supremo consejero de Uruk los observaba como si los estuviese juzgando. Se aclaró la garganta y zamarreó el cuerpo de Gilgamesh.
—Despierta—dijo, con voz ronca—. Ya llegamos.
Gilgamesh se sentó en la carreta apenas escuchó aquello. Su mirada se dirigió a las gloriosas y hermosas murallas de Uruk y sonrió más que satisfecho.
—Lo logré—dijo Gilgamesh, pateando las cosas que se encontraban sobre sus piernas y las de Enkidu—, llegué a Uruk sano y salvo.
—Querrás decir lo logramos—dijo Enkidu, bajándose del carruaje, sintiendo sus piernas entumecidas.
Los guardias miraban atónitos a ambos hablar entre ellos con tanta libertad: ellos nunca tuvieron la oportunidad de ver cómo Gilgamesh trataba al ya famoso Enkidu, el que hace mucho tiempo atrás entró a Uruk en el carruaje de los sacerdotes de Ishtar, con el fin de acabar con el rey. Los tres estaban estancados en el suelo, como si nada.
—¿Qué están esperando? —bramó Gilgamesh, cubierto con el trozo de tela que traían encima—Abran las puertas, quiero llegar a mi palacio.
Gilgamesh lucía por lo bajo, lamentable. Traía sucio el rostro, el cabello caído y opaco, además de ropa manchada de barro y descalzo. Enkidu no venía en mejores condiciones: su cabello verde enredado parecía más bien una mezcla entre musgo y arena. Los guardias bajaron la mirada y por instinto, el campesino también lo hizo.
—Amable campesino—comenzó Enkidu—, por favor guíanos al palacio y podrás quedarte con todas las armas de oro que traemos encima.
Gilgamesh dirigió una mirada asesina a Enkidu, pero él le detuvo con una sonrisa que parecía más una advertencia.
—Como ordene—dijo el chico encaminándose a su carreta, con la sorpresa inminente de quien se gana el premio gordo.
Los guardias finalmente abrieron las enormes y gloriosas puertas de Uruk a través de los mecanismos complejos que involucraba tener una puerta de esas características. Gilgamesh y Enkidu volvieron a montarse sobre el carruaje y así, se encaminaron en línea recta hasta el gran palacio de Gilgamesh.
