Llegadas a la Casa Circular, Mirena le dio a Gina un extenso recorrido por todas las habitaciones, terminando en la biblioteca, como no podía ser de otro modo. Era su lugar favorito del Templo, allí podía percibir con nostalgia el Cosmos de su Maestro. Se imaginaba que estaría leyendo en su sofá favorito, tal vez rezando o sacando las conclusiones de algún experimento. Suspiró al pensar en Dégel. Recordó la última vez que hablaron. Era su deseo ver a Mirena portando la armadura de Acuario, guiando a un niño pequeño en el templo. Se preguntó fugazmente si un aprendiz contaba como para cumplir el deseo de su Maestro. Gina, por su parte, se sintió tan sorprendida por la biblioteca como Mirena a sus siete años. Subieron por las escaleras entre los libreros hasta el último piso. Era algo desconocido para muchos en el Santuario, pero lo cierto era que la cúpula estaba hecha de vidrio. Al santo de acuario le encantaba ese lugar porque había la mejor luz para la lectura. Recientemente, había hecho crecer en los rincones que dejaban los libros algunas plantas de interior, formando un improvisado y pequeño jardín.

-Es un lugar precioso –balbuceó Gina, como para sí misma. Mirena sonrió.

-¿Verdad que sí? Nunca había venido aquí con nadie, salvo con mi Maestro Dégel –suspiró.

-Me da curiosidad saber cómo era cuando tú eras el aprendiz –confesó Gina. Mirena sonrió con nostalgia-. Pero tengo muchas preguntas más urgentes.

-Era rebelde sin causa, pero lo interesante es que mi Maestro también lo era… nos divertíamos mucho –sonrió. Se sentó en un sillón especialmente ubicado y Gina la siguió. Era la hora dorada y la cúpula daba paso a una luz maravillosa y reconfortante-. Pues pregunta. Comienza por la pregunta más difícil, la que te cause más dolor –indicó Mirena. Gina se mordió el labio.

-Cuando fuiste a buscarme, ¿sabías quiénes eran mis padres? –Mirena se mojó los labios, ordenando los pensamientos.

-No fui a buscarte, fui a buscar un espectro –Mirena se detuvo un momento e intentó ordenar sus pensamientos. ¿En qué momento se había dado cuenta del linaje de Gina? ¿Habría sido una deducción mental, o en verdad el Cosmos se lo dijo? Carraspeó antes de volver a hablar- En realidad lo deduje cuando vi la armadura de plata, y tus ojos, que no son de un color muy común –resopló-. Sí sabía de la relación entre Shion y Yuzuriha. Lo he sabido por años.

-Pero aun así, si tenían esa confianza, nunca me mencionó –dedujo Gina. Mirena negó con la cabeza.

-No. Desconozco sus motivos. Quiero creer que yo actué de forma diferente en una situación similar. Pero estoy intentando ser tolerante con él y no enfadarme –confesó.

-Explícame –suplicó Gina, con la voz rota-. ¿Cuáles crees que sean sus motivos? ¿Qué quiere decir que no has actuado igual? ¿Por qué no quieres enfadarte? –Mirena sonrió con tristeza y supo que la charla iba hacia un destino al que no sabía si quería llegar. Recordó que más temprano había prometido a Gina que nunca iba a mentirle. Se mojó los labios.

-Vaya, son muchas preguntas. Te tendría que contar, más o menos, la historia de mi vida –bromeó. La niña la observó con notoria insistencia-. Los caballeros tenemos prohibido casarnos o formar una familia –explicó-, porque debemos tener a Athena como prioridad, siempre. ¿Qué pasará si rompemos esa regla? –Gina negó con la cabeza-. Yo tampoco lo sé, pero créeme que la ira de una diosa no es algo que quieres provocar. Entonces la mayoría sigue las reglas. Algunos, los más insensatos, las rompen a escondidas y albergan la esperanza de no ser descubiertos en falta.

-Las reglas del Santuario son severas, ¿no? –aventuró Gina.

-Sí –afirmó Mirena-. Mi Maestro Dégel, cuando era joven, estuvo enamorado de una mujer. Poco después la vio morir –suspiró-. Que cosa espantosa, que impotencia inmunda habrá sentido. ¿Qué hubiera pasado si hubiera tenido un hijo? ¿Qué cruel destino podría esperarle? O bien, ¿podría apelar a la compasión de Athena y buscar el perdón? Para eso, tendría que ser un Caballero muy valiente –Gina asintió-. No sólo eso, sino tener un buen apoyo. Pero el Patriarca Sage, que ocupaba el puesto en ese entonces, no era como Shion. Si hoy nos hubiéramos reunido con él, la historia sería muy distinta y mucho más amarga –Mirena notó que Gina estaba llorando, intentando disimular-. No te cuento esto por regañarte. Tienes derecho a estar enfadada. Pero también es bueno comprender el punto de vista del otro antes de juzgarlo.

-Me siento tonta –sollozó-. ¿Tú crees que me han abandonado, pensando que así salvarían mi vida? –dedujo al fin.

-Es probable –concedió-. Los detalles de sus decisiones no te los puedo decir yo, tendrás que preguntarle cuando estés lista. Yo creo que todos hacemos lo mejor que podemos, acorde a nuestra capacidad y nuestra experiencia. Era muy joven en ese momento. Quizás hoy en día no actuaría igual –Gina se acercó un poco en el sillón. Mirena la abrazó, rodeando su espalda con el brazo.

-¿Cómo has actuado tú? ¿Te referías a Albafica-Sama? –preguntó Gina, recordando la dulce pero enigmática escena que habían protagonizado a las puertas del último templo. Mirena frunció el ceño, sintiéndose expuesta. Aun así, se esforzó por contestar.

-Un poco. El Caballero de Piscis me ha acompañado casi desde el primer día en el Santuario. Él ha sido quien ha celebrado mis triunfos y me ha oído sollozar en la derrota. Su compañía ha moldeado parte de mi carácter y creo que él podría decir lo mismo. Con el Caballero de Aries compartíamos un secreto, ya que fuimos cómplices en la misma transgresión. Fuimos igual de insensatos –sonrió.

-Es una regla peculiar –se atrevió Gina.

-Es una regla estúpida –completó Mirena-. Cuando queremos proteger a otros, nuestro Cosmos se hace más fuerte. He comprobado que si no cultivas amor en tu corazón, pues te limitas –tomó aire y lo lanzó con pesadez-. Tuvimos una hija –confesó al fin, aun en contra de todos sus instintos-. Se llamaba Irina –apretó los párpados y dejó caer unas pocas lágrimas, conteniéndose. Gina también lloraba.

-¿Qué ocurrió… fue la ira de Athena? –se atrevió a preguntar por lo bajo. Mirena negó.

-No. Intentamos ser valientes. Le suplicamos a Athena –confesó, entre lágrimas-. Albafica fue a verla. El Patriarca no estaba allí ese día –tragó saliva-. Se sentía cobarde, lo percibí en su Cosmos. Se sintió indigno. Athena sabía… siempre sabe lo que hay en los corazones de los Caballeros. Fue tan tonto pensar que podríamos escondernos siempre.

-¿Qué dijo? –inquirió, con creciente curiosidad.

-Nos perdonó. Nos deseó toda la felicidad del mundo –negó con la cabeza. Las lágrimas salían con fuerza-. Pero aun así, Irina no sobrevivió –dijo en voz alta, para su pesar-. Así que no sé decirte si Shion ha hecho bien o mal. Le llamé cobarde, le llamé mentiroso. Ahora me avergüenza –sollozó-. Lo que me enfada es que te tiene aquí a dos pasos y le aterra hablar contigo, y a ti te aterra hablar con él. Si yo tuviese a mi niña conmigo no desperdiciaría un solo segundo, te lo juro.

-Maestra –balbuceó Gina-, lo siento –se lanzó contra ella y dio rienda suelta al llanto. La apretó con fuerza, como si jamás quisiera soltarse. Mirena la abrazó con dulzura, acariciando suavemente su cabello. El sol bajaba y la biblioteca comenzaba a quedar en la penumbra-. Incluso si hablo con mi padre, ¿no me dejarás? –sollozó.

-Nunca, ni aunque seas mayor y tengas una armadura dorada para ti misma –sonrió con tristeza-. ¿Te imaginas con la armadura de Aries? –Gina negó-. Sería algo hermoso de ver.

-Debería hablar con él –susurró, después de un rato. Ambas habían logrado calmarse levemente.

-Cuando estés lista –concedió Mirena-. A lo mejor puedes mandarle un mensaje. Hace rato hablábamos de la telepatía. ¿Te gustaría aprender? –Gina asintió-. Mañana entonces. Ahora me parece más importante comer algo –se desperezó lentamente-. Todo se siente mejor en la vida con el estómago lleno –bromeó.

-No puedo imaginarme el dolor que sentirías –se sinceró la niña, con los ojos aun vidriosos. Mirena revolvió su cabello suavemente.

-No tienes que hacerlo, ya has sufrido bastante –ella asintió con pesar-. Perdona por haberme puesto tan emocional, pero al menos así sabes que soy totalmente honesta contigo –Mirena suspiró-. Quiero que te conviertas en un caballero capaz y honorable, como lo son tus padres. Pero antes que nada, y sobre todo, quiero que seas feliz. Que todos seamos felices, ¿no te parece? –Gina volvió a hacer un pucherito.

-Gracias –susurró, sin estar segura de qué decir. Ya casi no había luz. Bajaron de la cúpula, hacia la cocina.

La cena fue silenciosa, aunque no se trató de un silencio incómodo. Gina se encontraba hundida en sus pensamientos y Mirena decidió que sería mejor respetar el silencio, luego de la cantidad de revelaciones de todo aquel día. Sin embargo, agradeció la cena con efusividad. Mirena recordaba que Dokho era uno de los que evitaba servir alimentos a sus discípulos, pero a ella no le molestaba cocinar. Lo había hecho siempre, incluso si no tenía con quien compartir. La sobremesa fue acompañada de un té de hierbas que dejó a Gina somnolienta. Cuando finalmente se acostó, fue maravilloso. Sentía que una montaña se derrumbaba sobre ella, que el cansancio la aplastaba. Quería pensar en sus padres pero algo se lo impedía. Era como si su mente deliberadamente se resistiera a seguir trabajando y rogara por un descanso. Antes de dormirse, meditó sobre el futuro. Pensó en todas las pruebas que le esperaban y en todas las cosas que le gustaría aprender. Aunque le costó un poco, finalmente durmió con tranquilidad.

Mirena por su lado estaba teniendo más dificultades. Antes de la medianoche se preparó un baño y disfrutó concienzudamente de ese momento para sí misma, intentando ordenar los pensamientos. La soledad de Gina le recordaba a Albafica a sus siete años, cuando se conocieron. Y como entonces, también quería ayudar. Pero en cierto modo también le recordaba el potencial de Irina, e incluso el pasado de ella misma como aprendiz. Hizo un esfuerzo por no enroscarse y se dijo a sí misma que Gina era una persona independiente y no tenía por qué ver nada conocido en ella. La calidez del agua a su alrededor relajó sus músculos, pero no detuvo su mente. Sabía que sería difícil dormir, pero antes había algo más que quería hacer. Después del baño se puso la ropa de dormir pero en vez de meterse en la cama, desapareció en polvo de estrellas.

Como era de esperarse, Albafica ya estaba acostado. Estaba concentrado en un libro que intentaba acomodar bajo una débil lámpara de aceite. Estaba desnudo, como siempre que se metía en la cama. Era una costumbre que conservaba desde niño, aunque esta oportunidad lo encontraba con las sábanas abrigando sus piernas y parte del torso. No se sorprendió cuando percibió el polvo de estrellas en la habitación, seguido de una descarada mujer en camisón. Apartó el libro con una sonrisa y le dejó espacio en la cama, moviéndose a un lado. Sin embargo, Mirena no se movió. Se encontró dudando y eso fue una sorpresa incluso para ella misma. Albafica suspiró y se sentó frente a ella, con los pies colgando del colchón. Entonces la abrazó suavemente, apoyando su cabeza sobre el torso de ella, ubicándose justo debajo de sus pechos. Ella acarició su cabeza, jugueteando con su cabello.

-Hermoso –balbuceó. Albafica lanzó una risita y la besó, antes de volver a acomodarse en el huequito donde estaba.

-Estaba pensando en ti –confesó-. ¿Cómo ha estado tu atípico día? –Mirena resopló.

-Raro. No estoy segura –afirmó. Albafica volvió a besarla. Aprovechó el descuido para apartar el camisón. Sintió como ella se tensaba.

-¿Me permites? –inquirió, cambiando de tema. Mirena sintió que la angustia la embargaba y le cerraba la garganta. Sus ojos se llenaron de lágrimas. –Amor mío –susurró él, con palpable tristeza. Mirena asintió. Hacía meses que no dejaba que él la viera por completo. Le avergonzaba cómo había cambiado su cuerpo y no deseaba siquiera verse en el espejo. Sin embargo, esta vez cerró los ojos y dejó que él lo descubriera con sus cálidos dedos. Sin pedir permiso, recorrió con la yema del índice la cicatriz bajo el ombligo.

-No –suplicó ella. Albafica se apartó, obediente. La miró a los ojos para descubrir que se esforzaba por no llorar. Esperó un instante, cuando algo cambió dentro de sí que le hizo lanzar el aire. Le dedicó una mirada dulce. Besó esa marca con descaro, con ternura y con suavidad. En ese momento, Mirena se sintió verdaderamente amada. La emoción la embargó y dejó que las lágrimas salieran. Finalmente Albafica se puso de pie y la abrazó.

-Te amo –susurró-, amo hasta esas partes que tú misma desprecias –ella asintió-. Todo estará bien, mi cielo.

-De acuerdo Alba-chan –sollozó ella. Aunque estaba decidida a no hacerlo, se atrevió a desnudarse de todos modos. Se acostaron juntos. Mirena se cobijó en el pecho del pisciano.

-¿Cómo está Gina? ¿Y qué tal lo llevas tú? –inquirió Albafica, retomando lo anterior.

-No estoy segura –comenzó-. Encuentro en ella un Cosmos de infinita tristeza, pero también un potencial grande. La angustia que padece le abarca todo e incluso se le hace difícil razonar. Creo que ha cultivado resentimiento toda la vida, hacia sus padres que la han abandonado –suspiró-. Hoy estuvo frente al Patriarca, y no lo odia. Creo que eso le confunde –Albafica jugaba con el cabello de Mirena mientras escuchaba. Pensó un poco antes de responder.

-He hablado con él hace poco –confesó-. Me dijo que sentía enorme pesar por sus acciones, y por haber guardado el secreto tanto tiempo. Además, Yuzuriha ha desaparecido –tragó saliva con fuerza-. ¿Sabes qué pensé? En ti –confesó-, en lo afortunado que soy de tenerte a mi lado. Me alegré de que eso que le pasa a él, no me estuviera pasando a mí –Mirena lanzó una sonrisa pícara.

-Eres un cerdo –lo acusó, juguetona-. Todo ocurre por necesidad –recitó. Él la abrazó antes de hablar.

-Creo que ha venido a ti por una razón –explicó él-. No es casualidad. Creo que ella puede ayudarte a sanar y tú puedes ayudarla a ella. Es una oportunidad única en el mundo.

-¿Me ayudarás? Me agobia pensar que estoy a cargo de esa niña. No sé qué hacer con ella. Pienso mucho en Dégel cuando siento dudas.

-Me imagino –concedió Albafica-. Yo tampoco tenía idea hace unos meses. Pero Ícaro es diferente, es dócil. No lo tendrás tan fácil –Mirena asintió.

-No me has respondido, pececito –suplicó ella. Albafica lanzó una risa burlona que resonó en la habitación.

-Por supuesto que te ayudaré. Eso por descontado –sonrieron juntos. El día había sido largo para Mirena de Acuario, pero sin embargo había terminado bien. Cerró los ojos y elevó una plegaria. Luego, por primera vez en mucho tiempo, descansó de veras.

Los días subsiguientes, Mirena repasó las lecciones de Dégel. Comenzó una rutina de ejercicios intercalada con abultada teoría. Pronto descubrió que Gina no era una tragalibros como su Maestro ni como ella misma. Aquello, lejos de frustrarle, fue un desafío. Tuvo que recurrir al poder de sus propias palabras para lograr explicar todo lo que para la mayoría de los Caballeros resultaba tan natural. Lo que Gina tenía de testaruda también lo tenía de impaciente. Deseaba practicar con el Cosmos puro, descubrir la telepatía y la teletransportación, y hasta el octavo sentido. Mirena descubrió que no era el prodigio que había pensado, al menos no mientras se dejara obnubilar por la emoción. Más de una vez se vio obligada a castigarla. Eso la hacía desdichada y se sentía fracasada como Maestra. Dudaba muchas veces de sus propias habilidades, algo que nunca le había ocurrido antes. Solían frecuentar el Coliseo, esperando que los otros Caballeros pudieran darle ideas.

Albafica notaba a menudo la frustración que Gina provocaba en Mirena. Muchas noches las pasaba a su lado en la Casa de Piscis, un lugar que antaño supo ser el más peligroso del mundo. Allí reconfortaba su cuerpo y su mente con palabras dulces, haciéndole recargar energía para el día siguiente. De Ícaro no tenía quejas, ya que estaba avanzando a pasos firmes y seguros. El niño se preocupaba a veces por su par, pero no lo suficiente para volverse su amigo. Pero no todo era tristeza para Gina. Celebraba sus propios logros con orgullo e intentaba controlar su impaciencia. Incluso ante la dureza y los castigos, jamás levantó contra su Maestra una sola queja. Se acordaba que una vez, en su desesperación, se había teletransportado sin saber realmente cómo. Supo que debía volver a despertar ese talento, que estaba dentro de sí. Para eso confiaba plenamente en Mirena. Ella lo sabía, y era esa confianza la que le empujaba a seguir adelante a pesar de las frustraciones diarias que la niña le traía. Cuando ya se había acostumbrado a la rutina, algo la sacudió de súbito. Fue llamada a la Casa del Patriarca.

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Espero que les haya gustado este capítulo que fue, por lejos, uno de los más difíciles. Lo corregí muchísimas veces y finalmente quedó aceptable. Gracias por acompañarme en este experimento. Hasta pronto.