La ventisca me obliga a levantar las solapas de mi abrigo y a entrecerrar los párpados. Avanzo cabizbajo en un intento de impedir que la arenilla que arrastra acabe en mis ojos, sin éxito. Parpadeo, molesto, hasta detenerme justo detrás de Eren, delante del portal de su apartamento.
Él se gira, su nariz está enrojecida debido al frío y sus ojos están enmarcados por unas profundas ojeras que me resultan familiares. Son casi las cinco de la madrugada y acabamos de abandonar la biblioteca tras una intensa sesión de estudio. Los pocos exámenes que quedan tras las fiestas navideñas hacen mella en nuestro ánimo, pero mentiría si dijera que no disfruto cada segundo de su compañía, aunque sea entre apuntes y bebidas de máquina.
Han transcurrido dos semanas después de mi regreso del pueblo y apenas hemos podido disfrutar de tiempo a solas, aunque no puedo decir que todo sea exactamente igual que antes.
Estudiar con Eren ya me suponía una distracción antes de que confesara mis sentimientos, pero ahora tengo que hacer un esfuerzo aún mayor para concentrarme. En público mantenemos las distancias, dos amigos que quedan para estudiar juntos sin más pretensiones, sin embargo, hay matices: miradas, guiños, un roce nada accidental al compartir un subrayador, susurros al lado de esa máquina de café infernal, paseos más lentos hasta su portal, un beso furtivo cuando baja la guardia al despedirse…
Abre sus brazos y me envuelve con ellos de forma afectuosa. Su cálido aliento golpea mi mejilla y mis manos acarician su espalda, algo encorvada por la diferencia de estatura.
— Gracias por acompañarme, no tenías por qué venir hoy —susurra en mi oído antes de separarse—. Tienes que estar agotado.
Me encojo de hombros para restarle importancia a sus palabras, aunque es cierto que sería capaz de dormirme sobre el empedrado del campus en estos momentos. Mi último examen del cuatrimestre lo tuve a las cinco de la tarde y no tenía motivos para apuntarme a la sesión de estudio de esta noche, salvo por el hecho de hacerle compañía.
—Tenía que ordenar los apuntes en el portátil.
—Cuatro horas ordenando apuntes.
—Sí.
—La pantalla del buscaminas…
—Calla —digo tras revolver su cabello—. Ordenando apuntes.
Eren retrocede un paso y trata de recolocar los mechones que ya tapan sus expresivos ojos.
—¿Cuándo te vas a cortar el pelo?
Sacude la cabeza en un vano intento de que vuelvan a su posición por sí mismos.
—Me apetece cambiar, siempre lo he llevado corto.
—¿Ahora que sales conmigo vas a ir de hípster?
—Yo creo que me quedaría bien. La coleta, una gran barba peinada…
Suelto un bufido y pongo los ojos en blanco.
—¿No te gusta? —pregunta con falsa inocencia.
Acorto la distancia que nos separa y lo agarro del mentón.
—Déjate barba y olvídate de esto.
Tironeo hacia mí hasta juntar nuestros labios. Eren se tensa al principio, como de costumbre, pero luego me complace profundizando el beso hasta que ambos nos quedamos sin aliento. Nuestros labios permanecen muy cerca mientras recobramos el aire en nuestros pulmones.
—¿Y la coleta?
Gruño y lo aparto de un leve empujón mientras él libera una carcajada. Debemos parecer dos idiotas hablando de barbas y cortes de pelo a estas horas con el frío calándonos los huesos. Supongo que cualquier excusa es buena para alargar la despedida.
—La coleta —contesto bajando el tono de voz a conciencia—, a eso aún le puedo dar utilidad.
Su rostro enrojece de golpe y la risa se transforma en una tos disimulada. Lo contemplo divertido, sabiendo que las interpretaría en un sentido íntimo.
—Respira, Eren. No sé en qué estás pensando.
—La inocencia no va contigo.
—Ya sabrás lo que va conmigo.
—Levi…
Esa es la señal de que empieza a sentirse incómodo. Levanto las manos en su dirección y retrocedo un paso, dándole a entender que no voy a presionarlo más con ese asunto. A veces se sorprende cuando suelto algún comentario con doble sentido. Suelo ser cauto, en especial con amigos heterosexuales, pero creo que confunde eso con un exceso de pudor. No sé qué espera cuando llegue el momento de estar en pelotas retozando en la cama, porque ahí no me voy a andar con finuras.
Supongo que todo tiene que ver con ese «cambio de chip» que todavía se hace de rogar. A pesar del tiempo que hemos pasado juntos, hay ciertos aspectos en los que somos completos desconocidos.
Un silencio se instala entre nosotros y su mirada se posa con excesivo interés en una hoja reseca que patea con la punta de su bota. Aspiro una bocanada de aire y meto mis manos en los bolsillos, compartiendo esa tácita preocupación con respecto a lo inexplorado de nuestra relación. No obstante, la disfrazo de confianza y serenidad por el bien de los dos. Si Eren me ve dudar a mí, entonces estamos jodidos.
—Vete a dormir. —Mi voz retumba con autoridad—. Mañana tienes que estar fresco para tu examen.
Eren eleva su rostro y clava en mí esa mirada hipnótica. Asiente despacio y carraspea antes de contestar.
—Sí, ya es bastante tarde. Lo tengo a la una, quizás… ¿comemos juntos? Puedo ir a tu piso cuando acabe.
—¿No prefieres dormir?
Libera una risa corta y juega un poco más con la dichosa hoja.
—Prefiero hacer algo contigo que no sea estudiar.
Enarco una ceja, pero me abstengo de incomodarlo de nuevo. Reconozco que el hecho de que tu mejor amigo te proponga una cita suena raro de cojones, aunque estoy deseando compartir con él una tarde como la del cine. Me rasco en la zona rapada, pensativo, mientras improviso un plan que incluya de todo un poco.
—Trae el dron —digo de repente—. Le puedo pedir a Erwin su coche y lo volamos en las afueras de la ciudad.
A Eren se le ilumina el rostro como a un crío.
—Cargaré las baterías. Podemos comprar algo y comer por ahí. Unas birras… —añade como si ya las estuviera saboreando.
Asiento satisfecho.
—Puedes traer tus cosas y quedarte después, como el otro día. —Eren me lanza una mirada precavida—. ¿Qué?
—Yo también he usado esa táctica.
Una de mis rodillas protesta cuando me acerco hacia él, adormecida por la humedad y la inactividad. Elevo mi rostro hacia el suyo hasta que el vaho de nuestras respiraciones se fusiona en una única nube. Chasqueo la lengua y le coloco un mechón que fue incapaz de domar.
—Tonto —murmuro—. Tú eliges, según te apetezca.
Eren mordisquea su labio y se remueve indeciso.
—Me apetece —dice tras una pausa, clavando en mí una mirada sincera—, pero me preocupan las expectativas.
Frunzo el ceño.
—¿Qué expectativas?
—Siempre las hay.
—El otro día te quedaste y dormimos.
—Nos quedamos dormidos —puntualiza él.
Elevo mis cejas y guardo de nuevo mi mano en el bolsillo.
—No te enfades —dice de forma atropellada, como si quisiera evitar una catástrofe—. Pero hoy lo has insinuado varias veces, aunque fuera bromeando.
—Joder…
—Da igual —prosigue—. No me molesta, pero reconoce… Ambos sabemos de qué va esto.
Cruzo mis brazos y resoplo con exasperación.
—Eren, deja de insinuar que parezco una perra en celo. —Da un respingo y abre mucho los ojos—. Si quieres te quedas, sin expectativas.
—Baja la voz —murmura abochornado.
—Vete a dormir —repito antes de que entremos en un bucle sin sentido—. Te hace falta. Nos hace falta.
Doy media vuelta para marcharme hacia la parada de autobús con la idea de alcanzar el vehículo que pasa a las seis en punto. El brazo de Eren me retiene de nuevo y la expresión de su rostro, mezcla de cansancio y culpa, consigue aplacar mi molestia.
—No te vayas así.
Rodea mi cuerpo con sus brazos y apoya su barbilla sobre mi cabeza. Le encanta hacer eso.
—Sabes que me rallo más cuando estoy cansado.
Le devuelvo el abrazo con reticencia. En mi cabeza una voz me recuerda que tengo que ser comprensivo, que para él hay cosas que aún son complicadas y que no sentimos lo mismo. El día de nuestro reencuentro me sorprendió lo relajado y desenvuelto que estaba conmigo después de pasar la noche juntos, pero es evidente que esto será un tira y afloja hasta que él ponga en orden todo lo que tiene en su cabeza. Quizás el cansancio juega en nuestra contra, quizás solo necesitamos un poco de intimidad.
—Buenas noches —murmura antes de atrapar mi rostro entre sus heladas manos para darme un pico.
—Descansa —digo con voz neutra.
Camino a lo largo de la acera, consciente de que sus ojos están clavados en mi espalda hasta que desaparezco por un recodo. Escucho a lo lejos un portazo y protesto cuando otra ráfaga de aire me golpea de lleno al llegar al ensanche de la calle.
Cuando llego a la parada, contemplo mi reflejo en la marquesina acristalada. Siempre he cuidado mi aspecto y mi vestimenta, pero estoy más quisquilloso desde que estoy con Eren. Llevo la misma gabardina negra del día de su fiesta porque me da un toque más elegante, un poco alejado de la rebeldía de las chupas de cuero que uso con más frecuencia. También he añadido algunos vaqueros más entallados al repertorio y cinturones nuevos. Aún recuerdo la sonrisa silenciosa de mi madre cuando curioseó en una de mis bolsas tras salir a hacer unas compras. Sé que sospecha algo, pero no he querido hacer ningún comentario al respecto.
Paseo bajo la marquesina como un león enjaulado, en un intento de evitar que se me congele el cuerpo mientras espero los cuarenta minutos que tarda en llegar el transporte. Imagino a Eren resguardado entre sus mantas, babeando la almohada y durmiendo a pierna suelta, mientras fantaseo con la posibilidad de que me pida que me quede con él la próxima vez.
El autobús llega y abre sus puertas con ese espantoso chirrido que me hace rechinar los dientes. Está casi vacío, a excepción de una pareja incapaz de quitarse las manos de encima. Me dejo caer en uno de los asientos del fondo, estirando las piernas y apoyando la cabeza hacia atrás contra el borde del respaldo. Estoy molido, hambriento y frustrado.
El traqueteo me adormece y cabeceo en más de una ocasión, despertado por alguna sacudida al pasar a gran velocidad sobre un socavón. Me restriego la zona dolorida de mi cabeza tras golpearme contra la ventanilla y maldigo en voz baja a la conductora, que parece un jodido bólido atravesando la ciudad. Un pensamiento fugaz me hace revivir el trayecto junto a Farlan, cuando manejaba el coche de su madre a la italiana la última vez que estuvo aquí. Aún me cuesta asimilar lo mucho que han cambiado las cosas en tan solo unas semanas, después de años de monotonía en mi nula vida sentimental.
Cuando llego al apartamento, avanzo a tientas para evitar despertar a mi compañero. Me detengo en la cocina para saquear la alacena, un zumo y una lata de conservas tendrán que bastar para engañar al estómago unas horas. Ya en mi habitación, escucho el ruido inconfundible de los dientes de Ratatouille contra los barrotes de su jaula.
—Ahora no —murmuro tras introducir un dedo para saludarla.
Me tumbo sobre la cama y me tapo hasta la nariz con la funda nórdica. Dejo caer los brazos de cualquier manera a ambos lados de mi cabeza, desvelado, con la mirada clavada en las luces de la calle que se proyectan a través de los huecos de la persiana. Aún estoy despierto cuando la churrería de la esquina abre el enrejado de forma estridente y coloca las sillas como si las estuvieran lanzando desde un segundo piso. Gruño tras girar mi cuerpo hacia un lado, en un intento de que el cansancio se imponga al despertar de la ciudad. Un grupo de señoras se detiene a conversar debajo de mi ventana y casi he memorizado las ofertas del supermercado cuando consigo conciliar el sueño.
Unos golpes en mi puerta me despiertan alrededor de las once de la mañana. Bostezo antes de contestar algo inteligible en esa dirección y Erwin entra en mi habitación para apoyarse contra mi armario de brazos cruzados.
—Tenemos un problema —declara con esa seriedad suya.
Lo miro de reojo, esperando a que continúe.
—¿Cómo cerraste la puerta anoche? —pregunta con excesiva calma.
Me incorporo despacio hasta quedarme sentado en la cama y froto mis párpados antes de responder.
—Sé más específico.
—No he podido salir esta mañana para ir a clase. —Lo miro sin comprender—. Voy a tener que llamar al cerrajero. Espero que tengas a mano doscientos euros.
Lo miro sorprendido y retiro de un gesto la funda nórdica. Ni siquiera me molesto en ponerme una camiseta o unos calcetines, solo agarro mis llaves de la mesita de noche antes de dirigirme a trompicones a la puerta de entrada. Intento abrirla, primero con normalidad, luego forzando el mecanismo.
—No te molestes, ya he intentado de todo. Incluso le lancé las llaves a Armin por el balcón para que probara desde fuera —comenta Erwin detrás de mí.
Golpeo con el puño justo por encima de la cerradura, mientras insisto con mi llave hasta estar a punto de partirla. Libero un gruñido de resignación y la retiro para observar bien la abertura.
—Jodidas puertas de seguridad.
Erwin me mira perplejo y a continuación se dirige hacia el teléfono con un folleto en la mano.
—Oye —digo antes de que termine de marcar—. No tengo doscientos *pavos.
Sin siquiera parpadear, aprieta el botón de llamada y lleva el auricular a su oído para solicitar un cerrajero. Suspiro de nuevo, lanzándole una mirada de reproche a la puerta mientras Erwin trata de explicar que nos hemos quedado encerrados dentro de la casa.
—Al menos podemos cagar —murmuro cuando ha terminado.
Se acerca en mi dirección y me indica con un cabeceo que entre en la cocina. Aprovecho para improvisar un desayuno, menos elaborado que de costumbre, mientras toma asiento y rebusca en su billetera.
—A medias —anuncia cuando me siento delante.
—No tengo esa cantidad aquí.
—Yo tampoco. Iremos al banco cuando podamos salir, ya le explicaremos al cerrajero. Voy a intentar que ponga en el parte que nos hemos quedado por fuera. El seguro de la casa cubre ese tipo de imprevistos, pero de momento tenemos que pagar nosotros —explica—. Menos mal que los viernes solo tengo dos horas.
Desvío la mirada y doy un buen sorbo de té negro, aunque las circunstancias ya me han despejado bastante. Un escalofrío recorre mi espalda y entonces soy consciente de que solo llevo puesto un pantalón de chándal mal ajustado.
—Quiero pedirte un favor —digo tras masticar una tostada—. Si no vas a utilizar tu coche, quería llevar a Eren a las afueras a volar el dron. Yo cubro la gasolina, si me queda algo después de pagar esta mierda.
Erwin suaviza su expresión y cierra su cartera para apartarla a un lado de la mesa. Después cruza sus brazos y se inclina en mi dirección.
—¿Cómo va la cosa con él? —pregunta con curiosidad.
Me tomo mi tiempo para terminar la tostada antes de contestar. Es la primera vez que hace referencia a Eren desde que regresé de mis vacaciones, al contrario de lo que me tenía acostumbrado antes del día de la fiesta.
—Bien.
—¿Bien?
Pongo los ojos en blanco.
—Más o menos. —Eleva sus cejas, esperando a que continúe—. Oye, cuando eras un armariado…
—Creo que voy a arrepentirme —murmura mientras juguetea con la solapa de la cartera.
—… ¿Tanto te acojonaba intimar? Ya eras adulto, tenías experiencia.
Erwin se rasca una de sus patillas con actitud pensativa, considerando con calma mi pregunta.
—Supongo que lo dices por Eren. —Asiento levemente—. Para mí fue complicado cuestionar mi sexualidad a esas alturas. Crees depender menos de dar explicaciones, pero esa experiencia puede jugar en contra. Los cambios cada vez cuestan más. Aceptarlo y arriesgarme, hablar con mi familia… —Clava en mí sus profundos ojos azules—. Tú siempre has dicho que para ti fue fácil. No creo que lo sea para nadie.
—Fue fácil en cierto sentido —admito tras dar un último sorbo—. Mi madre es muy abierta de mente, sabía que no sería un problema. No tenía a muchos candidatos en un sitio tan pequeño y nadie sospechaba de mí. Cuando formalicé mi relación con Farlan todos se sorprendieron, fuimos la comidilla del pueblo durante meses.
—Qué incómodo.
—No fue agradable —confieso mientras paseo mis dedos sobre el borde de la taza.
En ese instante el sonido del timbre nos saca de nuestras cavilaciones. Erwin se incorpora para hablar con el cerrajero a través de la puerta y le lanza las llaves por el balcón como hizo con Armin. Cuando regresa, se queda apoyado contra la pared de la cocina, para estar atento a cualquier petición del hombre sin dejar de lado nuestra conversación.
—Ten paciencia con Eren —dice con voz sosegada—. Armin me contó que lo estaba pasando realmente mal.
Doy media vuelta para encararlo, sentándome con el respaldo apoyado contra el pecho y los brazos cruzados encima.
—Lo sé, pero me jode cuando veo que no confía en mí.
—¿Has sacado el tema?
—Solo le dije que podía quedarse a dormir.
Mi compañero enarca una ceja de forma sugerente.
—Sabiendo lo que llevas sin acostarte con alguien yo tampoco estaría tranquilo.
—Deja de joder.
— ¿Qué esperas? ¿Jugar al parchís? —Apenas puede contener la carcajada—. No digo que sea tu único objetivo, pero reconoce que esperas algo más.
Chasqueo la lengua y apoyo mi barbilla sobre mis brazos.
—Eres noble —continúa—, pero la paciencia no siempre es lo tuyo. Bastante me sorprende lo que has aguantado antes de explotar con este asunto.
—Quizás me ha traicionado el subconsciente —confieso desviando la mirada.
—Llámalo como quieras —contesta tras balancearse con sus piernas—. Cuenta con el coche. No te preocupes por el depósito.
—Gracias.
—Y anímate —dice tras acercarse y palmear uno de mis hombros—. Creo que las cosas van a fluir mejor de lo que esperas. Ya has visto que tengo intuición.
—Se llama Armin.
En ese momento, escuchamos el inconfundible chasquido de un pestillo. Erwin desaparece de la cocina para conversar con el cerrajero y explicarle el asunto del seguro, mientras yo me quedo pensando en sus palabras. Tras unos minutos, mi amigo se asoma y eleva un pulgar para transmitirme que ha conseguido que el parte sea favorable.
—Ponte algo de ropa, vamos al banco.
Me incorporo con rapidez para ir a mi habitación y me coloco otro pantalón y una sudadera. Me acomodo una *braga en torno al cuello y peino mi cabello con las manos antes de agarrar mi cartera y mi móvil para salir.
Erwin continúa conversando en la entrada con el cerrajero y capto parte de la explicación sobre el problema de la cerradura, aliviado al comprender que no ha sido del todo culpa mía.
—Al dar la cuarta vuelta a la llave salen los bulones con más profundidad y no encajan bien en el frontal. No tiene la profundidad suficiente, les recomiendo que lo arreglen o que no den más de dos vueltas cuando cierren.
¿En qué mierda estaría pensando para darle cuatro vueltas?
Erwin le pide que espere a nuestro regreso en el portal y me lanza una mirada significativa mientras da dos vueltas de llave a la cerradura. Cuando salimos a la calle, saco el móvil para escribirle un mensaje rápido a Eren.
Levi_12:40:
Erwin me deja el coche, cuando acabes paso a buscarte.
Suerte.
Eren_12:41:
No he empezado y ya estoy deseando largarme.
Tengo que dejar ya el móvil, luego te aviso.
Gracias.
Guardo el teléfono en mi bolsillo y acelero el paso para alcanzar a mi compañero. Dejamos atrás nuestro barrio y nos adentramos en la avenida principal donde están todos los bancos de la ciudad. Es una de las pocas ventajas de vivir en pleno centro, aunque no sé si compensa el bullicio y el aire contaminado por los tubos de escape. A menudo me descubro comparando este lugar con mi pueblo natal, la nostalgia de los campos de cultivo, las casas diseminadas por la montaña y las cuatro calles de la zona más urbanizada.
Me cuestiono si realmente estoy preparado para instalarme de forma permanente en un lugar como este. La oferta laboral no la encontraré en un entorno rural, aunque podría ser compatible si trabajo por mi cuenta en proyectos que soliciten otras empresas.
De forma inevitable, pienso en Eren, todo un urbanita. Aunque sé que es absurdo imaginar un futuro a su lado cuando aún no tenemos claro nuestro presente. ¿Qué opinaría él de vivir más alejado de la ciudad que tanto alaba?
—Jodidas puertas de seguridad —rezongo de nuevo al cabo de un rato, desviando mi línea de pensamiento.
—No sé por qué tengo la sensación de que la hubieras abierto de no ser así. —contesta Erwin con media sonrisa—. ¿Anécdotas del pasado?
—Parece que te fascina mi vida.
—Entretiene —admite mientras cruzamos la calle—. Yo siempre fui muy correcto. Aún tenemos un paseo hasta la sucursal…
—Qué pesado eres…
Después de hacerle un agujero a mi cuenta bancaria, regresamos al apartamento y me dispongo a limpiar a fondo mi habitación mientras hago tiempo hasta que Eren termine su examen. Me ducho y me arreglo con calma, e incluso me da tiempo de bajar al supermercado para comprar una caja de latas de cerveza y alguno de esos snacks que tanto le gustan. Divido en dos raciones un cuscús que dejé descongelándose y justo en ese instante noto una vibración en el bolsillo de mi pantalón.
Eren_15:15:
Ya estoy en casa.
¿Te espero para ir a comprar? Me muero de hambre.
Levi_15:15:
Ya me he encargado de todo. Estaré en 20 min.
Estoy a punto de guardar el móvil, pero lo pienso mejor.
Levi_15:16:
No me hagas esperar.
Termino de guardar la comida y compruebo una vez más que llevo todo lo que necesitamos. Me abrocho mi gabardina y agarro las llaves que Erwin dejó sobre la mesa de la cocina.
Cuando salgo a la calle, respiro aliviado al comprobar que el clima nos ha ofrecido una tregua con respecto al viento, aunque la temperatura sigue recordando que estamos en invierno y que los días más fríos aún estarán por llegar. En el pueblo el aire era cortante, incluso molesto en los pulmones, con alguna que otra nevada que Eren me pidió que documentara con fotos y vídeos. Su ciudad está en dirección sur, donde el terreno es llano y el horizonte interminable, sin montañas que bloqueen la vista y que atraigan la lluvia y la nieve. Apenas la ha visto dos o tres veces en su vida, de pequeño, cuando su padre lo llevó a una cordillera a esquiar hasta que regresaron con varios huesos rotos. Según Eren, la bronca de su madre fue tan monumental que no volvió a pisar la nieve desde entonces.
Quizás, en un futuro, pueda conocer mi pueblo y disfrutar de uno de esos días de nieve que tanto parecen gustarle.
Meneo la cabeza y me reprocho esa manía de adelantar acontecimientos, sobre todo cuando están relacionados con Eren. Dejo atrás una hilera de restaurantes con sus terrazas atestadas de gente entre modernas estufas de exterior y un caos de jarras espumosas y tazas humeantes.
Al acceder a una calle secundaria, distingo la línea inconfundible del Mazda plateado de Erwin, tan reluciente como siempre. Todavía me sorprende que me preste algo tan valioso y personal, pero me ha demostrado que no es receloso con sus pertenencias.
Cuando giro el contacto, me fijo en que el depósito está lleno y que ha colocado un ambientador con olor a cítrico en el espejo retrovisor. Está impecable, como si lo hubiera preparado para la ocasión. No sé si reírme o avergonzarme por ello.
El motor ronronea conforme avanzo por la carretera en dirección al campus. Siempre he disfrutado la conducción, aunque la responsabilidad de llevar un coche que no es mío me limita para ponerlo a prueba. Más de una vez he estado tentado de comprar una *tartana barata de segunda mano, pero prefiero ahorrar un poco y apostar por algo que vaya a aguantarme algunos años, ya sean dos ruedas o cuatro.
Casi sin ser consciente, diviso los bloques del campus y me invade una sensación tediosa. Aún no sé cómo Eren es capaz de vivir encerrado en este recinto, con vistas al edificio donde pasa la mayor parte de las mañanas y también las noches de estudio. Admito que los jardines comunes están bien cuidados y que el césped aporta una visión agradable, pero mi mirada regresa de forma recurrente a los muros de ladrillo de las facultades. Es agobiante.
Consigo estacionar a unos quince metros de la vivienda de Eren y le envío un mensaje para que sepa dónde estoy. Por una vez, no tarda en salir para buscarme con la mirada.
—Hola —saluda tras cerrar con demasiada fuerza la puerta del copiloto.
Entrecierro los ojos, esperando algo más que ese casual saludo, hasta que veo a un grupo de gente que pasa cerca del coche, conversando de forma animada. A mí tampoco me emociona la idea de ser excesivamente cariñoso en público, pero estamos dentro de un jodido coche y nadie está mirando en nuestra dirección. Suspiro resignado y vuelvo a poner en marcha el motor, mientras improviso una ruta en mi cabeza que nos aleje de ese lugar.
—¿Qué tal tu examen?
Eren se acomoda contra el respaldo del asiento, con las piernas abiertas y una de sus rodillas apoyada de manera inconveniente contra la palanca de cambios. Coloco mi mano sobre su muslo para apartarla con firmeza, antes de cambiar de marcha para acelerar el vehículo. Eren se remueve, dejando caer su peso hacia el lado de la ventanilla.
—Bien —comenta de forma distraída—. Hoy hace buen día para volar el dron, anoche hacía bastante viento.
—Sí, hemos tenido suerte.
Cuando una recta me lo permite, lo observo de reojo mientras contempla las vistas a través del cristal. De vez en cuando, entrecierra los ojos y mueve sus cejas, como si mantuviera un diálogo interno consigo mismo.
No tardamos en dejar atrás los bloques de hormigón para adentrarnos en un área silvestre llena de explanadas de tierra y escasa vegetación. La carretera se vuelve sinuosa y la conducción más entretenida, con giros cerrados y desniveles. Cuando localizo una zona que me convence, estaciono el coche y apago el motor. Antes de que pueda decirle nada a Eren, sus tripas rugen de forma escandalosa.
—Deduzco que prefieres comer primero —digo señalando con un cabeceo las bolsas que llevamos detrás.
Eren sonríe, mientras escanea con la mirada el lugar que he elegido. Asiente satisfecho y se quita el cinturón, vacilando un segundo antes de inclinarse hacia mí para besar mis labios.
Nos bajamos del coche y nos colocamos nuestros abrigos. Seleccionamos una zona elevada, un muro medio derruido que parece lo suficiente estable como para aguantar nuestro peso mientras comemos directamente de los tuppers. Eren abre una lata de cerveza y da un sorbo, sin importarle la espuma que resbala por su barbilla, o la que derrama al suelo cada vez que gesticula al conversar.
Divagamos como hemos hecho tantas otras veces, como buenos amigos, porque no hemos dejado de serlo a pesar de haber dado un paso más en nuestra relación. Eren se desprende a cada segundo de ese ánimo cauteloso y enajenado en el que ha estado sumido en los últimos días, dando paso a una versión más enérgica de sí mismo.
—¿Lo volamos? —pregunta impaciente tras descartar su tercera cerveza.
Regresamos al vehículo para sacar el maletín que contiene el dron y le coloca una de las cinco baterías que ha traído cargadas. Me da una explicación atropellada de los controles del mando y me anima a que sea el primero en probarlo. El zumbido de las hélices me recuerda a los moscardones que se cuelan en mi casa del pueblo, torpes en el vuelo, al igual que esta maldita máquina. Después de arrastrarlo durante metros sobre la tierra, consigo que despegue medio de lado mientras Eren se burla y trata de corregirme.
Le extiendo el mando y veo que él no lo hace mucho mejor. Cada quince minutos se ve obligado a detenerlo para cambiarle la batería, eso cuando no es necesario rescatarlo del fondo de una ladera, de las traicioneras ramas de una zarza o de debajo del coche. Lo contemplo mientras escala un árbol, muerto de risa tras tirarse un sonoro pedo, anunciando a duras penas que se ha agotado la última batería.
Con disimulo, le hago unas cuantas fotos con el móvil mientras desmonta el dron en el maletín, con la luz anaranjada del atardecer de fondo y una expresión risueña en su rostro. Hacía tiempo que no lo veía disfrutar de esa manera.
Cuando termina, se dirige hacia mí con determinación y me sorprende al rodear mi cintura para besarme con ansia. Su lengua busca la mía y mis dedos aferran su parka para atraerlo aún más hacia mí. Compartimos besos apasionados, sedientos, desinhibidos.
El sol se esconde detrás de una colina y nos rodea una neblina cada vez más densa. Nuestros labios aún se rozan entre sí, reticentes a poner fin a ese contacto. Siento que los míos arden, cada vez más hinchados, contrastando con la temperatura exterior que cae en picado en cuestión de minutos.
—Vamos —le digo en un susurro mientras saco con mano temblorosa las llaves de mi bolsillo.
El trayecto de vuelta es mucho más animado. Revivimos anécdotas de la tarde y nos lanzamos pullas sobre el pésimo manejo del dron. Cuando me acerco al desvío que conduce en dirección al campus universitario, aclaro mi garganta para captar su atención y pregunto de la forma más neutra posible.
—¿Te dejo en tu casa?
Eren extiende su mano sobre la que tengo sujeta a la palanca de cambios y acaricia mis dedos.
—No —responde algo afónico—. Traje ropa para quedarme.
Ni siquiera doy margen a que termine de pronunciar la última palabra y piso a fondo el acelerador para dejar atrás esa salida. Eren se ríe con ganas.
—Antes de que me arrepienta, ¿no?
—Puedes irte cuando quieras.
—Me lo estoy pasando genial —admite sonriente—. Necesitaba esto.
Sonrío a su vez, contento de ser uno de los motivos que ha mejorado su estado de ánimo. Vuelvo a ver al Eren del que estoy enamorado, en lugar de la sombra que queda tras sus rupturas o tras la confusión que le genera lo nuestro.
No obstante, sé que tengo que ser precavido con todo esto.
El tráfico se condensa una vez que nos adentramos en la ciudad. Filas de coches y grupos de gente arreglada para ir a las discotecas se concentran en los cruces y los semáforos. Tardamos el triple de lo normal en llegar al barrio, pero el trayecto se hace ameno en su compañía. Ambos estamos a gusto, relajados y más atrevidos con nuestros gestos. La mano de Eren roza la mía cada vez que tiene ocasión y mi pulgar atrapa sus dedos antes de que los aparte. Al detenernos en un semáforo nuestras miradas conectan, como aquella vez bajo la marquesina, como si no existiera un mundo ruidoso a nuestro alrededor, lleno de bocinas y de humo. Me inclino de forma leve en su dirección, sin intención de besarlo, solo de transmitirle las inmensas ganas que tengo de hacerlo. Eren traga saliva y la luz verde del semáforo se refleja en su rostro, rompiendo el momento al obligarme a concentrarme de nuevo en la carretera.
Consigo aparcar el coche bastante cerca del portal y nos apresuramos a escapar del frío y del ajetreo, con la idea de compartir esos besos que nos hemos prometido sin palabras. Le cuento a Eren la anécdota de la cerradura mientras abro la puerta del apartamento y un delicioso aroma a pollo asado nos golpea de lleno. No estamos solos.
Armin y Erwin se encuentran ahí, horneando la cena y compartiendo una botella de vino. Al vernos insisten en colocar dos platos más en la mesa y rellenan dos copas con generosidad para contarnos su experiencia visitando una exposición de arte que lleva varios días en la ciudad.
Cenamos los cuatro como hicimos el día de mi regreso, aunque el comportamiento de Eren es mucho más relajado que el de entonces. Se muestra más cariñoso, arrimando su cuerpo al mío, incluso pasando su brazo por encima de mis hombros para darme un pico y un achuchón. La presencia de los otros dos no parece incomodarlo y todo fluye con mucha naturalidad, tanta, que hasta me pregunto si no me habré quedado dormido por la hipotermia en aquel descampado de mierda.
—Mañana nos marchamos —anuncia Erwin mientras recogemos entre todos la mesa—. Hemos alquilado un apartamento cerca de la costa para pasar el fin de semana.
Le dedico una mirada incrédula, sabiendo que anda estresado con un trabajo que tiene que hacer de su máster.
—Es para huir un poco de este frío —explica—. Y para aprovechar antes de que Armin empiece con las prácticas del segundo cuatrimestre.
—Nosotros también reanudamos las clases el lunes —explica Eren mientras mastica un puñado de frutos secos—. Al menos hasta mayo podemos descansar de exámenes finales.
—Entonces a disfrutar del fin de semana —responde Erwin tras incorporarse—. Nosotros nos retiramos ya, mañana tenemos que madrugar.
Me dedica una mirada cómplice antes de desaparecer por la puerta junto con Armin y escucho que comentan algo en voz baja en el pasillo.
Eren estira sus brazos por encima de su cabeza, retorciendo su cuello hasta escuchar un chasquido que le hace gruñir de satisfacción. Su camiseta se eleva a la altura del ombligo, revelando una línea de vello castaño que desaparece bajo su pantalón. Trago saliva y desvío la mirada hacia mis manos.
—¿Qué te apetece? —pregunto mientras hago rodar el corcho de la botella sobre la superficie de la mesa—. Podemos salir a tomar una copa, tenemos la consola en el salón, podemos ver la tele o alguna serie en mi ordenador… Tus altavoces se escuchan de puta madre.
Eren termina de estirarse y considera las opciones unos segundos.
—Me apetece algo tranquilo. Quizás podríamos ir a algún pub mañana, hoy no creo que aguante. —Hace una pausa—. A no ser que tuvieras planes.
Niego con la cabeza.
—Podemos echar unas partidas y luego buscar una serie que me han recomendado, es sobre un cíborg —añade contento.
Descarto el corcho en la basura y le indico a Eren que me siga hacia el salón. Nos entretenemos varios minutos eligiendo un juego que nos guste a los dos y echamos unas partidas tirados de cualquier forma en el sofá. Cuando veo que bosteza más de tres veces en un mismo minuto, cancelo la ronda y apago la televisión.
Me dirijo a la habitación y empiezo a acomodar la almohada y un cojín, mientras Eren agarra su cepillo de dientes y se mete en el baño. Dejo que Ratatouille campe a sus anchas sobre mi escritorio, protegiendo los cables del monitor y de los altavoces para evitar que los mordisquee. Me coloco el mismo pantalón con el que dormí la noche anterior y vacilo sobre si colocarme o no una camiseta. Eren entra en ese preciso instante y se queda un poco cortado en mitad de la puerta.
Sin decir nada, se dirige a su mochila y saca el pijama que ha traído para dormir. Observo sin disimulo el tatuaje de las alas ondularse sobre los trabajados músculos de su espalda, con esa luz anaranjada que proyecta sombras convenientes sobre sus hombros, bíceps y abdomen. Mi pulso se acelera y estoy tentado de abalanzarme contra él para continuar lo que interrumpimos debido al frío. Sin embargo, me quedo quieto y su mirada se encuentra con la mía en mitad del escrutinio, con toda la evidencia y la cara de imbécil que debo tener en estos momentos.
Su camiseta me priva del espectáculo y entonces soy consciente de la tensión que mantengo en mi cuerpo.
—Oh.
—¿Oh? —pregunta entre divertido y avergonzado.
—Disfrutaba las vistas.
Puedo adivinar que se ha puesto rojo, a pesar de que no lo distingo bien en la oscuridad. Sin añadir nada a mi comentario, se pone a teclear para buscar la serie de la que me ha hablado. Me resigno y busco una vieja camiseta de una convención para colocármela, antes de gatear sobre la cama para colocarme en un extremo.
Eren no tarda en unirse a mí y abro los brazos para que se recueste contra mi cuerpo. Su cabeza se apoya sobre mi pecho y mis brazos lo rodean debajo de la manta.
La serie de ciencia ficción no desmerece las críticas, pero estoy más concentrado en hacer círculos con mis dedos sobre la espalda y los brazos de Eren, depositando besos en su rostro o acariciando esa mata enmarañada que se empeña en dejar crecer. Eren suspira de vez en cuando y en un momento dado se ríe.
—No me lo esperaba —murmura.
—¿Qué? —pregunto sin saber si se refiere a algo de la serie.
Su mirada se eleva y su mano acaricia mi mejilla.
—Que eres cariñoso —añade—. No me lo esperaba.
Detengo mis movimientos.
—¿Te molesta?
—No —contesta con rapidez—. Solo me sorprende.
Reanudo mis atenciones y contesto al cabo de un rato.
—No soy tan cariñoso como tú —murmuro tras repasar de forma breve en mi cabeza la cantidad de muestras de cariño que tuve que tragar cuando estaba con alguna de sus exnovias—. Pero tengo mis momentos.
—Me gusta.
Permanecemos el resto del capítulo en silencio, hasta que distingo un sonido que va más allá de los efectos especiales de la aeronave que despega en pantalla. Sonrío al advertir los ronquidos de Eren y trato de incorporarme con cuidado para no despertarlo. Aprovecho para guardar a Ratatouille y lavarme los dientes, antes de regresar a la calidez de mi cama. La fina tela de su pantalón rebela cada línea de su cuerpo contra el mío y noto que algo comienza a despertar dentro de mis propios pantalones. Me acomodo para evitar que empeore, aunque mi instinto me pide que haga todo lo contrario.
Tardo bastante en conciliar el sueño, poco acostumbrado a compartir un espacio tan estrecho con alguien. La experiencia de dormir con el chico que me gusta no es tan idealizada como en mi cabeza. Calor, luego frío, un hormigueo insoportable en el brazo sobre el que está apoyado, algún manotazo en sueños y esos ronquidos adorables que van jodiendo conforme pasan los minutos.
Doy algunas vueltas hasta que conseguimos acoplarnos lo suficiente como para no sentir que me va a amputar un brazo y cierro los ojos con la esperanza de conseguir dormir un poco.
Un sonido me despierta a las pocas horas. Las ruedas de una maleta que se aleja arrastrada por el pasillo, junto con algún que otro susurro de Erwin y Armin. Escucho cómo uno de ellos regresa a buscar algo en la habitación de mi compañero, después un sonido de platos en la cocina y finalmente la cerradura de la puerta principal.
Observo a Eren, que duerme de forma plácida pegado a mi cuerpo y maldigo para mis adentros ese instinto de alerta que hace que me despierte por cualquier ruido.
La casa está desierta cuando salgo en silencio de mi habitación para asearme un poco y enjuagarme la boca. En la cocina me tomo mi tiempo para preparar un desayuno decente, con huevos fritos, tostadas, lonchas de bacon y cereales. Estoy concentrado contando los minutos exactos para la infusión de té negro, cuando la voz de Eren me sobresalta.
—Buenos días —dice a pocos pasos de la puerta con Ratatouille sobre uno de sus hombros.
—Buenos días. ¿Café o té?
—Té estará bien —contesta abrumado tras observar todo lo que hay en la mesa—. Creía que Erwin y Armin ya se habrían ido.
—Se han ido —respondo mientras coloco una taza en la mesa y le señalo la silla—. Esto es para nosotros.
—No tendrías que haberte molestado.
Agarro mi taza y me siento en la silla de al lado.
—No te entusiasmes, suelo desayunar fuerte.
Eren sonríe y menea la cabeza antes de dar buena cuenta de un par de lonchas de bacon y unas tostadas. Desayunamos en silencio, disfrutando de la comida y de no tener ninguna clase de prisa en terminarla. Eren se empeña en fregarlo todo, mientras yo aprovecho para limpiarle la jaula a Ratatouille y rellenarle su cuenco con su mezcla de cereales y fruta. Eren regresa en el momento en el que estoy haciendo la cama y me abraza antes de depositar un beso en mis labios.
—Gracias por el desayuno.
Mi mano acaricia su cadera y le demando un beso tras otro hasta acabar arrinconados contra el borde de mi escritorio. De un salto me incorporo sobre la madera y atraigo su cuerpo contra el mío, contento de ver que Eren reacciona con la misma rapidez.
La ropa arrugada, el pelo despeinado entre caricias ansiosas, el pulso acelerado, el calor fluyendo entre nuestros cuerpos… Nos besamos ávidos, sofocados, explorando las posibilidades de esa nueva posición. Mi mano desciende por su espalda en un gesto inconsciente y agarra con firmeza una de sus nalgas mientras muevo mi cadera contra la suya, visiblemente excitado.
Eren da un respingo y rompe el contacto de inmediato. Mi mano se retira con la misma velocidad con la que llegó hasta ahí y frunzo mis labios en una mueca de desaprobación.
—Perdona, es que… —balbucea sin saber muy bien hacia dónde mirar.
Suspiro y elevo la palma de mi mano en su dirección para ahorrarle explicaciones. Junto mis piernas y desciendo de la mesa, retomando la labor de estirar la funda nórdica hasta dejarla sin una sola arruga. Eren permanece en medio de la habitación con expresión afligida, buscando algo que hacer y encontrando en Ratatouille la distracción perfecta. Se deja caer sobre la silla con ella en el regazo, rascando su lomo con la mirada perdida.
Después de calmar mi ánimo, me acerco hacia él y acaricio su cabeza. Sé que evita mirarme porque se siente culpable.
—Fui muy rápido.
—No, no es eso… —dice inseguro—. Es que… odio esta sensación de que parece que no tengo ni idea de lo que hago. Esto no es nuevo, pero… lo es. Joder, no tiene sentido. Me he bloqueado, no sé —continúa exasperado.
Permanezco a su lado sin decir nada. Quizás lo que le da vergüenza es admitir que se ha asustado, o quizás su cuerpo no ha reaccionado como él esperaba. De nuevo enmascaro la incertidumbre, ignorando el palo que acaba de sufrir mi ego.
Chasqueo mis dedos delante de su rostro y le propongo un plan al que le he estado dando vueltas en el desayuno.
—Oye, me apetece ir con Ratatouille al parque de la muralla, hace tiempo que no la llevo. ¿Te apetece?
Eren abre y cierra la boca varias veces, reacio a ignorar el asunto con tanta ligereza. Su mano retira la mía de su cabeza y entrelaza nuestros dedos en un intento de calmarse. Al final, parece llegar a la conclusión de que lo mejor es dejarlo correr.
—Claro.
Después de adecentarnos lo suficiente, salimos del apartamento para dar un paseo de media hora en dirección al parque donde suelo soltar a Ratatouille. No tardamos en divisar el monumento de piedra de la entrada, que representa una antigua muralla resquebrajada en el centro, con una inscripción oxidada en la base de la que no se distingue nada. Ni siquiera los propios ciudadanos saben bien a qué se debe, ya que estaba aquí desde antes de levantarse la ciudad.
Pasamos bajo el arco enrejado de la puerta de entrada y nos dirigimos a paso lento hacia el extremo suroeste, lejos del parque infantil, de la pista de runners y de la zona destinada para perros. Llegamos a una extensión de césped apenas transitada por los visitantes, con árboles frondosos y bancos de cemento con formas orgánicas. Abro mi mochila para sacar a Ratatouille y Eren contiene la respiración cuando la deposito sobre la hierba.
—¿No se escapará?
—No, se dedica a oler. Cuando se aburra trepará por alguno de nosotros.
La mira sin parecer muy convencido.
—La he traído más veces, no te preocupes —digo tras cruzar mis piernas y apoyar mi espalda contra el tronco de un árbol—. Siéntate.
Eren se encoge de hombros y se deja caer sobre el mullido césped, acomodándose sin dejar de vigilar de reojo a mi mascota.
—Supongo que por eso la entrenas en tu habitación, ¿verdad? —pregunta con curiosidad.
Agito una bolsa donde llevo las golosinas de Ratatouille delante de su rostro y ella acude corriendo a mi regazo.
—Es muy obediente, si no, no la traería aquí.
—Ya veo —murmura Eren asombrado.
Mientras mi mascota disfruta de los olores y de la tierra inexplorada, Eren y yo nos acomodamos hasta que mi cabeza acaba apoyada en uno de sus muslos. Su mano acaricia mi pelo de forma distraída y tengo la sensación de que se esfuerza en público, a pesar de sus reservas, para compensar lo que sucedió en mi habitación. Intento guiar la conversación hacia un terreno donde se sienta a gusto y acabamos hablando sobre juegos y próximos estrenos en el cine que nos llaman la atención. Como consecuencia, recordamos el día que fuimos juntos a ver aquella insufrible película de guion apocalíptico.
—Creo que ahí ya era muy evidente —murmura distraído.
—¿Evidente? Casi te lías a hostias cuando viste a tu ex.
—Sí —admite con una mueca—. Recuerdo que nos cabreamos por eso y me fastidió darte una impresión equivocada. Todo lo que pensaba aquel día era en cómo podría llamar tu atención. —Dibuja una sonrisa sincera, la primera en muchas horas—. No lo pones fácil.
Le lanzo una mirada suspicaz.
—¡Es verdad! —protesta—. Ni siquiera me querías decir cuál era tu tipo. Cada vez que te preguntaba algo te ponías a la defensiva.
—¿Se te ocurre ahora por qué? —pregunto con ironía—. Sigo creyendo que no eras evidente.
—¡Vamos, hasta Pixis se dio cuenta!
Frunzo el ceño y me incorporo hasta quedar sentado en frente de él.
—¿El viejo Pixis?
—Sí —responde con énfasis—. Me soltó algo como «Este Levi es un crack, ¿verdad? Hasta yo mismo intentaría salir con él si no me gustaran tanto las mujeres. Como no te des prisa se te van a adelantar, chaval» —recita tratando de imitar el tono jocoso del viejo.
—¿Qué mierda? ¿Cuándo…? —me detengo antes de terminar de formular mi pregunta, recordando la manera sutil, o quizás no tanto, con la que me echó unos minutos de la cabina—. Qué cabrón…
Eren se ríe al contemplar mi expresión.
—Me morí de vergüenza —admite—, pero me sirvió para reflexionar. Si él se había dado cuenta es que ya estaba siendo muy evidente. —Hace una pausa—. No me mires así, no me lo estoy inventando.
—Ya hablaré con él.
De repente, la media sonrisa de Eren cambia de forma radical, torciéndose en una mueca de dolor. Libera un siseo con los párpados apretados y estoy a punto de preguntar qué le sucede cuando veo que Ratatouille aparece por uno de sus hombros, ayudándose de sus garras para escalar con mayor facilidad.
—Parece que ya se aburrió —masculla entre dientes mientras la desengancho de su camiseta para guardarla en su compartimento.
Regresamos con la misma tranquilidad con la que hemos recorrido el perímetro del recinto, habiendo recuperado la atmósfera relajada que había entre nosotros. Lo acompaño hacia la parada de la línea que lleva al campus, ante su empeño de pasar por su casa para ponerse una ropa más acorde al plan de esta noche. Pactamos vernos al atardecer en un pub del centro y nos despedimos con un abrazo.
Recorro el resto del camino hasta el apartamento, preocupado, con las manos en los bolsillos y la mirada clavada en las baldosas de la acera. Pienso en Eren y trato de desentrañar lo que se le pasa por la cabeza. Quizás esas famosas expectativas estaban ahí por parte de los dos desde el principio, quizás son las culpables de que tenga tanta presión encima. Trato de justificarlo de ese modo, porque hay otra explicación más dolorosa e implacable: quizás solo está confundido.
Puedo empatizar con él. Conozco parte de la batalla que está librando consigo mismo y me jode ser consciente de que sufre por ello. Deseo que esté como la tarde anterior, alegre y despreocupado, mientras disfruta de mi compañía, sin expectativas de mierda, solo nosotros.
Me propongo recuperar esta noche a ese Eren mientras asciendo con determinación los escalones del portal. Preparo algo de comer y llevo a una agotada Ratatouille a su jaula para que descanse a gusto.
Durante unas horas cabeceo en el sofá del salón con alguna película cutre de fondo, intentando recuperar algo de energía, hasta que suena mi alarma y me dispongo a prepararme para la salida de esta noche.
*Pavos: Forma coloquial de referirse al dinero. En España, en la década de los 30 y 40 se utilizaba una moneda de 5 pesetas, que era exactamente lo que costaba comprar un pavo en el mercado. O eso dice Google.
*Braga: Así le decimos a la prenda cerrada que va al cuello.
*Tartana: En el contexto de la frase, vehículo que se cae a pedazos.
