El coeficiente criminal es 80. No es un objetivo para la acción de ejecución. El gatillo permanecerá bloqueado.

Entornó los ojos al ver que la cifra se reducía de una manera lenta pero progresiva, a pesar de que acababa de quitar una vida para salvar la de él. Llegó a pensar, además, que podría ser detective. Nunca había conocido a una estudiante con dicho coeficiente de criminalidad, y daba por hecho que en el futuro tendría amplias ofertas laborales. Sasayama guardó el dominador cuando percibió una fría mirada de reojo por parte de la joven, y no supo en realidad si había sido descubierto, puesto que ella no dijo nada y persistió en su marcha, hasta que ambos se detuvieron al alcanzar el último escalón.

Sasayama apretó los dientes al perder rastro de Toma y comenzó a girar en la misma posición, buscando en distintas direcciones. Parecía un niño pequeño perdido, desesperado por encontrar a su madre en un lugar tan grande. Yashiro dejó escapar un bufido cuando un fugaz recuerdo invadió su mente, y el rostro de su padre se hizo visible una vez más. Cerró los ojos intuitivamente, pero el esfuerzo fue en vano. Había una niña con la mayor de las sonrisas, escabulléndose entre la muchedumbre mientras era observada por un mayor. Entraba en confianza sencillamente con todo el mundo, pero nunca volvía a ver a la misma persona dos veces. Nunca volvía a tener el mismo nombre. Y, sin embargo, era un simple juego para ella.

-¿Estás bien? -le tocó el hombro Sasayama, reincorporándola-. La encontraremos.

Yashiro sacudió la cabeza y se apartó para seguir caminando, sin dirigirle la mirada. En uno de los puestos de comida rápida había una mujer mayor atendiendo, conversando con otros vendedores, y decidieron acercarse para preguntar sobre el paradero de Toko. Sasayama desplegó su placa para enseñársela, sin embargo, esta no había visto nada sospechoso, o por lo menos, nada extremadamente raro, y mucho menos a una estudiante. Parecía el tipo de anciana que sabía incluso la hora en que se dormían sus vecinos, pero de igual forma no pudo otorgarles respuesta alguna. Recorrieron todos los pasillos sin encontrar pista de Toma, hasta que finalmente llegaron a la conclusión de que podría haber salido del edificio, por lo que volvieron a la calle una vez más y se toparon con las personas que iban y venían, sumidas en sus propias responsabilidades.

-Antes habías mencionado que te convertiste en ejecutor por decisión propia -dijo de repente Yashiro en un susurro-. ¿Cómo es posible que una persona quiera llevar semejante rol?

Sasayama giró la cabeza en su dirección entornando los ojos, como si de todas las posibles preguntas esa era la que menos se había esperado. Volvió a mirar hacia adelante, buscando inspiración en el cielo oscuro y penetrante. Yashiro lo veía por primera vez abstraído, y siguió con la mirada el mismo punto que él. No recordaba alzar la cabeza encontrando aquellos hermosos puntos brillantes en lo alto, mencionados tantas veces en los libros digitales de astronomía. Al final era algo que se aprendía a base de teoría, pero que jamás se aplicaba en la práctica. Todos los de su generación, al igual que ella, desconocían cómo se veía una estrella en realidad.

-A nadie le gusta ensuciarse las manos, pero alguien tiene que hacerlo.

Yashiro resopló con una sonrisa bailando en sus labios. Sasayama era, quizá, único en su clase. Podía ver una luz titilante en su interior, pero Yashiro no percibía su calidez. Sus puños se cerraron por un mero instante, lo suficiente para no ser advertidos por el ejecutor, y entrecerró los ojos perdida aún en el amplio cielo.

-Aceptas que quien presiona el gatillo eres tú, y no el Sistema Sibyl. Me pregunto… ¿ha habido alguna vez, tan sólo una, en la que cuestionaras tu voluntad? ¿por qué sigo tal y tal orden? -Yashiro señaló a una persona al azar con la mano abierta-. ¿Cómo sabe el Sistema Sibyl que esa persona de allá es culpable? ¿cómo distingue entre un asesino y un inocente?

Sasayama le dirigió una mirada atónita, como si no pudiera creer en sus palabras o estuviera procesándolas en su mente. Se hallaba extrañamente serio, algo que intensificaba la tensión del ambiente. Sin embargo, a Yashiro le pareció que intentaba aferrarse a algo con todas sus fuerzas. Notó la forma en que sus ojos parpadearon por una fracción de segundo, y sus labios se entreabrieron.

-Nunca lo había pensado… pero, ¿acaso importa saberlo?

Yashiro cerró los ojos al escucharlo, respirando profundamente. Siempre le había inquietado ese tipo de personas que, con tal de vivir al día, eran capaces de ignorar todo lo que se encontraba alrededor. No les interesaba en lo más mínimo descubrir el porqué de las cosas. Al fin y al cabo, no era necesario saber esas cuestiones, puesto que el Sistema Sibyl se encargaba de otorgarlo todo sin miramientos.

-¿Y por qué estás aquí entonces? ¿por qué llevas una navaja en tu bolsillo, sabiendo que el dominador puede hacer el trabajo por ti?

Sasayama se dio la vuelta y la enfrentó. Sus ojos estaban envueltos en llamas y Yashiro pudo oír el sonido de su respiración, pero permaneció en el mismo lugar, sin dejarse intimidar por su presencia. Y entonces supo, por la forma en que se relajó todo su cuerpo, que esa energía no iba dirigida hacia ella, sino al Sistema Sibyl. Yashiro conocía la respuesta, pero deseaba que el ejecutor la aceptara por voluntad propia.

-Siempre me convencí a mí mismo de que lo que hacía estaba bien, y sigo queriendo creer en la efectividad del sistema, pero ese tipo, Kozaburo Toma… seguirá matando mientras esté en libertad. Y si el Sistema Sibyl no puede pararlo… no queda más opción que volver a las viejas costumbres. Desafortunadamente para él… las cárceles dejaron de existir hace mucho tiempo.

Yashiro realizó un firme asentimiento de cabeza. Toma no era la clase de persona con la que se podía razonar, y había elegido ese camino por decisión propia.

-¿Por qué no les dijiste a los inspectores que no puede ser juzgado? -quiso saber Yashiro.

Desde que había oído la conversación que mantuvo con Kougami en la academia, mientras se hallaba en reposo, le llamó la atención que haya guardado silencio, sin revelarles a sus compañeros la verdad de la que había sido espectador en carne y hueso. Y cuando Sasayama se sumergió en el significado de su interrogante, se llevó un cigarrillo a sus labios, exhalando humo en otra dirección.

-No quiero que se adentren en este abismo. Una vez que tu vista se adapta a la oscuridad, por más que vuelvas a ver la luz, tu percepción ya no será la misma…

-Crees que sus tonos se verán perjudicados -lo interceptó Yashiro, entrecerrando los ojos-. Aun así, no estoy de acuerdo con que vayas tras él por tu cuenta. Quieres eliminar a un hombre que puede cambiar el destino de esta sociedad, porque el hecho de que no pueda ser juzgado por un sistema que afirma proteger a las personas, significa que ese sistema carece de valor, y tan sólo se basa en las promesas… es un individuo que debería ser atrapado para ser juzgado por las personas, como bien sucedía en la antigüedad…

-¿Y quiénes van a ser esos jueces, Yashiro? ¿no te parece extraño que quieran capturarlo vivo? ¿desde cuándo la directora tira una orden semejante? No, a mí me parece el doble de extraño: me dirás paranoico, pero mi olfato me dice que, si les entrego a Kozaburo Toma, nunca volveré a verlo. Es como tú dices: ese tipo puede dar vuelta esta sociedad y tirar a la basura los principios que la forman… hay gente que se va a ver perjudicada, y no le va a convenir nada que reine el caos en cada esquina…

-Pero… ¿quiénes se verían perjudicados? ¿a quiénes les conviene que siga existiendo el Sistema Sibyl?

Yashiro no obtuvo respuesta, ya que Sasayama alzó la vista hacia algo que estaba a sus espaldas, fuera de su alcance, y fue atraído hacia ello de una manera brusca e inesperada, pasando por al lado de ella como si realmente no estuviera allí. Cuando Yashiro se dio la vuelta encontró por fin aquello que tanto había llamado su atención. Se trataba de una niña que caminaba de la mano con su madre, y al principio Yashiro hizo una mueca aburrida. Sin embargo, advirtió que la pequeña tenía un pañuelo rojo alrededor de su cuello, idéntico al que las estudiantes de la Academia Ousou utilizaban. Y ese no era, precisamente, un bloque dedicado a estudiantes.

-¿Dónde hallaste ese pañuelo? -interrogó Sasayama.

La madre frunció el ceño confundida y algo preocupada por su presencia. Sasayama solía ponerse un poco intenso cuando buscaba algo con tantas ansias, por lo que Yashiro se adelantó y les explicó, tanto a la madre como a su hija, que había una estudiante secuestrada y que la estaban buscando. Sasayama le mostró a la mujer su placa y cuando esta leyó que trabajaba para la Oficina de Seguridad Pública, lo miró más aliviada y hasta se sintió a gusto, completamente dispuesta a darles toda la información que necesitaban.

Yashiro se agachó a la altura de la pequeña, que era rubia y tenía unos ojos marrones claros, y sonrió dulcemente preguntándole dónde había encontrado aquel pañuelo. La niña mostró todos sus dientes y comenzó a correr hacia adelante, haciendo un gesto con su mano para que la siguieran. El ejecutor observó anonadado la rápida forma en que caían en confianza con ella, como si la conocieran de toda la vida. Si no hubiera interferido, le habrían lanzado todo tipo de insultos.

-Mujeres -soltó Sasayama entre dientes.

Llegaron a un lugar más apartado y solitario, un callejón por el que se accedía a distintos departamentos. La niña los guio hacia un contenedor de basura y les comentó que había encontrado el pañuelo en el suelo pero que no había visto a nadie, así que se lo llevó. Sasayama miraba fijamente el departamento que tenían en frente, como si hasta estuviera dispuesto a prenderlo fuego. Yashiro le preguntó a la mujer si sabía quién vivía allí, pero esta respondió que se creía que era una propiedad tomada.

Era algo bastante usual por aquella zona y no le daban tanta importancia. Yashiro, sin embargo, no imaginaba a Toma viviendo allí. Era lo suficientemente orgulloso como para aspirar a algo mejor, y no podía aceptar quedarse en un lugar semejante. Pero, en especial, no debía gustarle tener a Toko Kirino en esas condiciones. Comenzó a preguntarse si estaría huyendo, buscando dónde esconderse ahora que sabía que estaban tras él. Conocía a Toma, y no lo imaginaba corriendo.

Sasayama volvió a la realidad al sentir el suave tacto de la niña en su brazo, y cuando se giró hacia la diminuta figura, observó que extendía la mano para devolverle el pañuelo rojo que no le pertenecía. Este se quedó estupefacto al principio como si nunca hubiera visto un ser tan pequeño, y finalmente, para sorpresa de Yashiro, cerró la mano de la chica permitiéndole que se lo quede.

Fue tal la felicidad de la niña, que sus ojos resplandecieron y se lanzó hacia él con un gran abrazo en forma de agradecimiento, a pesar de que tan sólo le llegaba a la cintura. Yashiro se contuvo para no sonreír al ver que Sasayama le dirigía una mirada como pidiendo ayuda, sin saber qué hacer en una situación como esa. Cuando la chica se separó de él, volvió junto a su madre y finalmente se despidieron, agradeciéndoles la valiosa información. Por un extenso minuto, Sasayama la siguió con la mirada mientras sostenía el cigarrillo con sus dedos.

Cuando se encaminaron a la puerta del departamento, el sonido fuerte y majestuoso de una música llegó a sus oídos. La puerta estaba cerrada, y Yashiro estuvo a punto de comentar que podía haber alguien viviendo adentro, cuando el ruido agudo de un vidrio rompiéndose la interrumpió, y frunció el ceño al distinguir el cuerpo de Sasayama colándose por la ventana, cual ladrón en la noche.

Yashiro no tuvo tiempo para objetar algo, por lo que se limitó a seguirlo y entró después de él, evitando herirse con los fragmentos de cristal. Estaban en un comedor oscuro y cubierto por un manto de polvo, con las cosas desordenadas como si hubieran saqueado el departamento. Sasayama sacó su dominador intuitivamente, pero se lo quedó mirando unos instantes como si su tacto le resultara extravagante.

Yashiro recorrió la estancia hasta llegar a la cocina, dividida por una mesa similar a la de los bares. Sobre esta se encontraba un antiguo tocador de discos, el cual se lo quedó mirando tal niña a tienda de dulces, hasta que Sasayama se acercó y detuvo la música. Todo quedó en el más absoluto silencio, y fue entonces cuando Yashiro se dio cuenta de lo fuerte que había estado aquella melodía, puesto que al fin podía oír sus propios pensamientos.

-A Toma siempre le fascinó Mozart -comentó Yashiro con la mirada perdida.

Sasayama juntó las cejas de confusión y, a la vez, suspicacia. Se le hacía extraño que la joven lo conociera hasta tal punto de reconocer sus gustos musicales, y comenzaba a preguntarse si había algo que no le había dicho. Sin embargo, ambos se miraron cuando un ruido seco irrumpió en la bella calma, siendo acompañado por otro golpe más, como si algo se hubiera caído en la primera planta del apartamento. Luego lo siguieron unos pasos desesperantes, de alguien que parecía estar corriendo.

Sasayama apretó su agarre sobre la empuñadura del dominador y corrió hacia las escaleras, pero cuando Yashiro pudo alcanzarlo vio que se había quedado petrificado, mirando fijamente a la figura que había descendido como si se tratara de un ángel. Toko tenía una lámpara en sus manos y en ella había pequeñas gotas de sangre, pero no estaba lastimada. Sasayama extendió la mano para tomar la de ella, en un acto casi inconsciente, como si hubiera anticipado la sombra de Toma en la primera planta, encorvada y tambaleante, mientras se palpaba la sangre que caía de su cabeza, manchándole el cabello y dejando un rastro en su piel.

Cuando Sasayama le apuntó con su dominador, Toma se irguió como una criatura salvaje que es sorprendida en la noche y le clavó la mirada, curvando sus labios en una sonrisa llena de sorna. Su mano ocultaba parte de su rostro, pero cuando la apartó observó la sangre en sus dedos, y el rojo pareció avivar algo en su interior. Sasayama dejó escapar un gruñido, consciente, una vez más, de que el dominador era inútil contra él.

Yashiro pudo percibir la ira absorbiendo cada neurona de su mente, la traición que le provocaba un dolor asfixiante en el pecho y cegaba su corazón. La mirada hambrienta de Toma era la de un hombre que no tenía nada que perder, pero que estaba dispuesto a cualquier cosa. Un estremecimiento recorrió toda la espalda de Yashiro, helándole la sangre y motivándola a seguir a Toko, quien corría en dirección contraria, dirigiéndose a la puerta trasera que daba al patio.

Sin embargo, fue el sonido cortante de un disparo, seguido del grito desesperado de Toko, lo que la detuvo a medio camino y la hizo darse vuelta. Sasayama se encontraba cubriéndose detrás de la pared, cuyo borde tenía un agujero de bala. Toma no tenía buenos reflejos e hizo una mueca como si él mismo estuviera recordándoselo. Cuando bajó confiado por las escaleras y el cañón de su arma estuvo al alcance de Sasayama, con una velocidad que pareció un borrón, este lo interceptó a tiempo y un segundo disparo tronó en la sala, perdiéndose en el techo. Durante unos eternos segundos los dos se quedaron enfrentados, anhelantes de muerte como si estuvieran destinados a destruirse.

Sasayama soltó un gruñido apretando los dientes y pareció perder todo el autocontrol que le quedaba, puesto que lo golpeó en la cabeza con la suya propia y el revólver voló por los aires, lejos de ambos. Yashiro bajó la mirada y por un breve instante, lo olvidó todo excepto la pequeña forma de aquella arma a unos escasos pasos de ella. Toko pegó otro un grito y abrió la puerta con una llave que tenía, saliendo de un salto, pero Yashiro no fue capaz de comprenderlo.

Se limitó a tomar el arma, al principio con ambas manos y luego con una sola. El peso la desorientó un poco, como si la alejara de la realidad y todo el ambiente circundante. Fue un repentino calor y el olor a fuego lo que la despertó. Un camino de llamas se abría en los laterales de la sala y cuando se dio la vuelta, notó que la salida estaba bloqueada. El incendio parecía haberse originado en la primera planta, pero Yashiro no quería quedarse para comprobarlo.

Cuando Sasayama observó alrededor, se liberó del agarre de Toma y le lanzó una patada en el muslo, seguido de un golpe seco y directo en su garganta. Yashiro vio la forma en que Toma retrocedió instantáneamente, llevándose las manos al cuello como si el impacto le hubiera afectado las vías respiratorias. Sus ojos se hallaban entrecerrados y tardó varios segundos en orientarse, pero cuando lo hizo, Sasayama ya había atravesado el fuego para encontrarse con Toko del otro lado, y Yashiro cubrió su rostro cuando la enorme cortina verde oscura de una ventana se interpuso entre ambos, elevando las llamas y llenando la habitación de humo. Toma se irguió y clavó su mirada en la de ella, con una extraña confusión que se adueñaba de sus facciones. Luego bajó la vista, descubriendo que Yashiro poseía su revólver.

-¿Vas a dispararme? -se alzó su voz.

Una sonrisa bailó descaradamente sobre los labios de Toma, quien se volvió a los ojos plateados con un brillo casi sobrenatural. La simple idea de morir le resultaba indiferente, o acaso divertida si el verdugo era ella. La mano de Yashiro temblaba al sostener el arma, pero la mantuvo a medio camino, como si no estuviera del todo dispuesta a empuñarla en dirección a su cabeza. Una parte de ella deseaba acabarlo todo, e hizo una mueca de dolor al notar la forma en que su dedo se estremecía junto al gatillo. Fue en ese mismo momento en que un haz de luz se proyectó frente a ella, rodeándola por completo y regresándola al interior de la Academia Ousou.