El fandom de InuYasha sus personajes no me pertenecen.
Gracias por los reviews a: Natha nina 013, Guest, Drsmione, Guest, KokorAai, ¡Anii!, Zulmys, Sakura kunoichi no power, Gabytp, Sintia2311 and Gissel uwu
Disculpen la demora, espero tremendo monstruo de capítulo no les moleste. Fue hecho con amor.
Bajo el Cerezo.
XXIV
«Y no hay nada peor que un demasiado tarde.»
Los planes de Sara no tenían ninguna especie de forma u orden en su cabeza, había explotado en contra de sus padres en un acto demasiado impulsivo y que, después de dos meses sin darles la cara, le seguía apenando tanto como la primera vez que pudo serenar su mente e intentar entender que había pasado.
Porque de todo lo que aquella noche le había traído sólo estaba segura de dos cosas: la primera, había actuado de forma impulsiva y la segunda, que le dolía admitir en voz alta, era que su mejor amiga la había traicionado con su prometido. Tal vez a esa lista podría agregarle una tercera que todavía no se sentía segura de proclamar en voz alta: había mandado a Kagome a la guerra.
Y tal vez se negaba a decírselo debido a qué ella no acostumbraba a ser así, sus padres y sus propios maestros le habían enseñado a pensar con la cabeza fría. A jamás dejarse llevar por impulsos o por sentimientos, siempre le recordaban que las mejores decisiones habían sido tomadas bajo la calma total y ella había desperdiciado todas aquellas doctrinas en un ataque de celos.
Y se sentía apenada.
Tan apenada que solamente se limitaba a pensar en lo que ella había hecho mal, a todo aquello que contradecía sus instrucciones previas, no se atrevía todavía a evocar un solo pensamiento de las consecuencias que su propio comportamiento y decisiones habían traído para muchas personas.
Por eso había estado vagando durante dos meses, sintiéndose completamente a la deriva, dando vueltas a veces en círculos en un mismo lugar o tratando de encontrar pequeños parajes donde pudiera sentarse y serenarse, repasar una y otra vez el antiguo escenario y decirse qué es lo que hizo mal desde un comienzo, incluso había ocasiones en las que volver era demasiado tentador, ¿pero como iba a hacerlo si ni siquiera ella tenía una idea de lo que quería hacer de ahora en adelante?
Tan pronto llegara estaba segura que iba a ser interrogada por sus padres, diciéndole que ya habían cumplido con su pequeño capricho y enviado a Kagome lejos de ahí. Pero, ¿qué era lo que seguía? No lo había pensado y, por primera vez en aquellos días solitarios, se permitió aceptar que había cometido un error.
Las recomendaciones cuando se ocasionaba un conflicto era hablar, escuchar lo que la otra persona pensaba porque eran distintas personalidades y perspectivas. Su padre, quien siempre estuvo en contra de las guerras, siempre le recordaba que una historia podía tener dos versiones o incluso más, dependiendo de cuánto se había expandido dicha guerra y ella siempre lo escuchaba fascinada por la sabiduría que envolvía a aquel hombre que se había mantenido firme en la idea de no mezclarse en ningún conflicto, priorizando a su gente en cualquier momento.
Valores que le había inculcado antes y posteriormente cuando su madre quedó en cama y no pudo seguir aconsejándola, pero confiando en que su padre lo haría de la mejor manera. Y así había sido, no había fallado en nada de lo que había mencionado, ¿pero entonces por qué ella había actuado de esa manera? Cada vez que pensaba en ello su pecho ardía en dolor al sentir que había decepcionado a sus padres de la peor manera posible.
Había tomado una decisión errónea, lo había entendido semanas atrás, lo correcto hubiera sido quedarse aquella noche en su habitación y meditar o buscar un consejo de parte de sus padres, para después hablar con Kagome seriamente.
No obstante, había decidido exiliar a su mejor amiga, dejar sola a Kaede y a Rin porque Kikyō estaba lejos y no podía abandonar a las personas de las que estaba cuidando, sabía qué dónde estaba Kikyō un paso en falso podía ser sinónimo de muerte. Y aún con todo el panorama que estaba ante sus ojos, no pensó detenidamente las cosas y se arrepentía; dos meses después podía decir que se arrepentía de la decisión que había tomado, que probablemente había tenido otro camino y decidió no aceptarlo. Decidió alejar a su mejor amiga de su familia y ella huir sin ningún destino en específico y todavía siendo una completa cobarde al no escribirle ni siquiera una carta a sus progenitores.
—Princesa Sara —uno de los guardias que la había seguido a una distancia prudente se acercó a ella, a veces lo hacían cuando era de noche para protegerla de los peligros nocturnos que podían surgir. Sin embargo, ella pudo notar como detrás de él, se encontraba un chico con un traje sencillo y con zapatos cómodos. Lo reconocía, era un mensajero del palacio.
Su corazón empezó a latir con fuerza en ese momento, aquella carta no podía tener otro remitente que no fueran sus padres. Y no se sentía lista todavía, no se creía capaz de mirarlos a la cara o tan siquiera pronunciar algo. Menos tomar una decisión acertada.
—¿Es una carta de mis padres? —Interrogó antes de que alguno de los dos hombres pudiera decir algo.
Sin embargo, no recibió ninguna afirmación y aquel mensajero la miró con una sonrisa triste al momento que le entregaba el pergamino, Sara pudo notar a la perfección el cansancio en su persona y se alarmó un poco.
—Es un… mensaje urgente. —Fue todo lo que le dijo.
Sara abrió aquel pergamino con prisa, tenía pocas palabras y ninguna de ellas pronunciaba una explicación como tal. Tan pronto terminó de leer el contenido corrió hacia su caballo, montándolo de manera apresurada y diciéndole a los guardias de su padre que la siguieran.
Su madre estaba muriendo.
Y lo único que hizo eso en su pensamiento fue sumarle culpa a sus espaldas, había pasado dos meses reprochándose la manera en como había actuado con respecto a Kagome y Sesshōmaru. Diciéndose que su comportamiento se había asemejado a un berrinche y nada más. Pero a sus culpas debería sumarle lo egoísta que había sido, no había pensado en su madre o en su enfermedad, incluso la había hecho alterarse por aquel arrebato, rememoró el esfuerzo que había hecho su progenitora para levantarse e intentar hablar con ella y lo único que hizo fue dar órdenes e irse.
No quiso preguntarle a su escolta cuánto tiempo tardarían en llegar, porque no quería pensar de más en ese momento, tal vez era demasiado cobarde, pero tenía esperanza en ver a su madre con vida, de abrazarla por una última vez y escucharla, porque estaba segura que tendría algo para decirle, así fuera un sermón, Sara lo aceptaría sin más y lo atesoraría como si se tratase de un tesoro, como debió hacerlo desde un principio.
Y después de escuchar lo que su madre tuviera que decirle, estaba segura que tomaría la decisión más adecuada conforme a la situación que le había tocado vivir, tratando de ignorar la tormenta que todavía se encontraba instalada en su pecho, dándole más dolor del que le gustaría soportar, recordándole una y otra vez el beso que había presenciado y llenarla de dudas que nublaban su juicio.
Sara no le veía fin a la tormenta, no encontraba señal alguna de que las nubes despejarían el cielo y el hecho de que su madre estuviera muriéndose, sólo hacía que las nubes se llenaran cada vez más de agua dándoles una mirada amenazante, pero sin derramarse por completo.
¿Hasta cuándo tendría que luchar contra ese sentimiento en su pecho? ¿Cuándo tendría la oportunidad de soltar aquello que venía cargando desde hace dos meses? Se había mantenido firme en un papel erróneo por orgullo, pero no estaba segura cuánto tiempo el mismo orgullo la mantendría en pie.
Y, aunque le dolería decírselo a sí misma, un soberano no tenía que actuar de esa manera. Un soberano poseía ciertas características de las que ella en ese momento carecía y sólo por eso, pensó en Sesshōmaru. Sus decisiones impulsivas también tendrían que haber tenido alguna consecuencia para él, para los planes que ya había hecho.
Y se reprochó, otra vez.
Sabiendo que todo el camino estaría lleno de ellos y de los pensamientos que por dos meses había evadido, por los mismo que tendría que enfrentar tan pronto pusiera un pie nuevamente en la aldea.
II.
—Tenemos que parar, princesa —mencionó uno de sus escoltas, interponiéndose en su camino, haciendo que se detuviera. Asano había escuchado su comentario, pero había decidido ignorarlo porque creía que entre más avanzarán, más pronto llegarían.
—Pero… —quiso discutir, por supuesto, pero aquel soldado tenía un buen argumento.
—Los caballos están cansados, nosotros estamos cansados y estoy seguro que usted también lo está.
Y no mentía, lo había notado cuando la velocidad a la que iban disminuyó, incluso minutos antes cuando ella sintió el sueño apoderarse de su persona con fuerza. Sara sabía que estaba cansada de pensar, de cabalgar y de esperar que las cosas mejoraran cuando obviamente, ella tendría que hacer algo para eso sucediera.
Asintió, las ganas de discutir se habían esfumado y bajó del caballo con ayuda de otro guardia; su escolta no tardó mucho en imitar sus acciones, sentándose en el pasto y dejando que los caballos descansaran, además de que tomaran un poco de agua y comieran lo poco de comida que quedaba. Ella observó como ellos se hacían responsables de todo eso y se volvió a reprochar por no estimar de manera correcta la comida que quedaba, ¿cómo se suponía iba a permanecer un mes más alejándose de su realidad?
Caminó un poco para alejarse unos cuantos pasos de su escolta, dándose cuenta de que el mensajero que le había llevado aquel mensaje de forma urgente estaba casi a la misma distancia que ella, admirando el poco paisaje que podía disfrutar. Asano se recordó que ellos como mensajeros poco pueden disfrutar de la vista de las aldeas vecinas, que su trabajo es recorrer grandes distancias para llevar los mensajes importantes.
—Buenas tardes, princesa. —En realidad no sabía si la estaba saludando por educación o porque realmente quería hablar con ella, pero aprovechó aquello para hablar más con él. Aunque si tenía que ser sincera con ella misma, no lo quería, tenía tanto miedo de las respuestas que él pudiera darle.
Pero no podía ser más cobarde.
—¿Has estado todo este tiempo en la aldea?
El chico asintió, Sara podía apreciar que era tan solo unos tres o cuatro años menor que ella. —Estoy supliendo a mi padre que murió hace poco —le confesó.
—¿Enfermó?
Se encogió de hombros, posiblemente no tan seguro de hablar con ella. ¿Qué concepto tendría él de ella? ¿Sabría, acaso, lo que había hecho antes de marcharse?
—Sí —finalmente habló—: Pero no quiso hablar con la anciana Kaede porque ella tiene mucho trabajo —aquella confesión fue como una pedrada directo en su corazón, podía imaginarse perfectamente a Kaede sin dormir como antes, demasiado cansada, pero con un montón de deberes. Todo por su culpa—. Así que… falleció.
Sara apretó los puños y se atrevió a hacer la pregunta—: ¿Qué hay de la sacerdotisa Kagome?
—No tenemos ninguna noticia sobre ella —aquel dato le inquietó, ¿ni siquiera Kaede qué siempre tuvo una comunicación activa con Kikyō? Estaba por preguntar algo más, cuándo el chico agregó—: No sabemos por qué se marchó, pero nos hace falta.
Otro golpe.
—Creemos que la anciana Kaede necesita más ayuda de la que nos dice, hay algunas personas que luego la ayudan y van como voluntarios, pero sabemos que no es lo mismo sin la señorita Kagome.
Se quedó callada y clavada en su lugar, sin atreverse a pronunciar nada más. Su mente, dos meses atrás, le había demandado que Kagome se fuera, sin poner en una balanza lo necesaria que era su mejor amiga, pero el lugar y las personas que ella tanto amaba.
—Trataré… —empezó, pero negó rápidamente y vio como el chico la observaba. Pocas personas la habían visto retratarse de algo que había dicho y, aunque nadie estaba enterado que ella había sido la responsable de mandar a Kagome lejos, ello lo remediría todo—. No, traeré a Kagome de regreso.
El chico le sonrió. —Se lo agradeceríamos mucho, princesa.
Su sonrisa cálida pareció una señal de que estaba haciendo, por primera vez en dos largos meses, las cosas bien. Como debió hacerlas en un principio, sin poner el corazón de por medio, pensando en qué sería lo mejor para todos…
… Y aquello le llevaba a otra pregunta.
—¿Sabes qué sucedió con la niña pequeña que cuidaba la sacerdotisa?
El chico bajó la mirada, posiblemente avergonzado.
—Nadie la ha visto.
Y la culpa nuevamente volvió.
¿Qué había sucedido con Rin?
III.
Fue una hora la que pararon y a Sara el tiempo se le hizo infinito, había pasado fuera de casa dos meses como si fueran dos días, pensando tarde y noche lo mismo para no darle demasiadas vueltas al asunto, para no pensar de más en las posibles consecuencias y ahora, las tenía tan cerca y eran tan reales que asustaban.
La culpa no se iría de su pecho en mucho tiempo y estaba completamente consciente de ello, sobre todo sino podía ver a su madre antes de que su estado de salud empeorara, quiso seguir hablando con el chico, sacarle más información y estar preparada para cuándo volviera, pero se arrepintió. Saber acerca de Kagome, Kaede y Rin había sido suficiente para desestabilizarla, para hacerla sentir más culpable de lo que ella misma se había sentido durante tanto tiempo.
—Podemos partir —anunció un miembro de su escota y ella asintió, dejándose guiar esta vez por ellos. Tratando de relajarse lo mejor posible para tener su mente serena cuándo estuviera frente a su hogar.
—¿Cuánto tiempo tardaremos en llegar? —se atrevió a preguntar finalmente. Los guardias se miraron unos a otros, tal vez intercambiando comentarios mudos que ella era incapaz de entender, frunció levemente el ceño, no tener información era peor de lo que hubiera esperado.
Estuvo a punto de decir algo más, de demandar una respuesta de parte de alguno de ellos. Pero no fue necesario, el mismo guardia que le había dicho que estaban listos, abrió la boca para responderle.
—Si apuramos el paso, al anochecer.
Sara miró el largo camino que todavía les quedaba por recorrer, en un principio había visitado pueblos por petición de sus padres, familiarizándose con reinos vecinos, conociendo princesas y príncipes como ella que conocían un poco o más o menos que ella, pero tenían en el fondo el mismo deseo: lo mejor para su pueblo.
—Andando —anunció, tomando ella nuevamente la delantera.
Sólo podía escuchar el ruido de los caballos que le seguían, que buscaban cuidarla y dar su vida para ello si era necesario, era increíble pensar que la lealtad que le tenían a su reino fuera tal para dar su vida por ella porque su padre se los había pedido el primer día que decidieron unirse al palacio. Ella no recordaba a todos los guardias, pero su padre sí.
La primera vez que los había observado con detenimiento fue cuándo los contempló entrenando, había salido a recorrer el lugar con su madre y se los había topado, les había llamado la atención sin lugar a dudas. Parecían invencibles, que no se cansaban a pesar de todos los ejercicios que veía que hacían una y otra vez sin descanso alguno, recordó que le había preguntado a su madre porqué ellos entrenaban tan duro, porque estaban ahí en lugar de estar con su familia, tal y cómo lo estaban haciendo ellos en ese momento.
—Ellos eligieron servir a este reino —fue la respuesta de su madre, le sonrió al momento de decirlo y le sonrió al aprendiz que cruzó la mirada con ella y Sara pensó que los entendía, porque ella también amaba tanto a su pueblo que haría cualquier cosa por ellos.
Pero, en ese momento que se encontraba sumamente lejos de casa, pensó que no era así.
Su mirada viajó nuevamente hacía atrás, hacia cada uno de los soldados que la acompañaba, observó a aquel mensajero que observaba el camino con notable entusiasmo, con curiosidad nata, porque jamás había salido de la aldea en la que había nacido y aquello le demostró que era completamente diferente a ellos, que sus acompañantes habían arriesgado y perdido incluso más de lo que ella alguna vez hubiera experimentado.
Tragó, fue un trago amargo, tal vez un golpe le hubiera dolido menos; era el dolor que le dejaba darse cuenta de la realidad.
—Tan pronto lleguemos a la aldea —anunció, sin saber quién de todos acataría su orden. Pero poco le importó en ese momento, tan solo quería que alguien lo hiciera—. Quiero que vayan por la sacerdotisa Kagome… necesito hablar con ella.
Los guardias volvieron a mirarse uno a otro, hablándose de aquella forma muda que Sara empezaba a detestar, porque ninguna emoción pasaba por sus caras, no le daban pista alguna de qué era lo que estaban pensando y aquella forma de comunicarse de forma muda, le recordó bastante a Sesshōmaru, logrando que la imagen del yokai se colará en sus pensamientos y la hiciera sentir avergonzada también con él. Aunque también estaba bastante molesta.
—Tenemos ordenes de… —empezó a hablar uno de los guardias, el que estaba a su lado izquierdo y llevaba consigo al mensajero para que todos llegaran al mismo tiempo. Sara lo miró en ese momento, esperando una respuesta concisa y clara—, de su padre —le confesó—, él nos ordenó no buscar a la sacerdotisa Kagome en un largo tiempo.
Sara frunció el ceño, sabía que aquella orden había sido dada debido a ella, a que no se arrepintiera de las decisiones que ya había tomado. Pero no quería aceptarlo, quería hablar con Kagome y quería, sobre todas las cosas, que ella regresara y si tenía que admitir lo necesaria que era la sacerdotisa para todos, lo haría.
—Yo estoy ordenando que la busquen. —Expresó, poniendo la mejor aura intimidante que podía hacer en ese momento. Tenía dudas y estaba temblando levemente de las manos, pero no iba a dar un paso atrás en todo el asunto, iba a hacer las cosas bien en esa ocasión y absolutamente nadie le impediría que lo hiciera.
—Entendido, princesa —le contestó el mensajero, contrario a lo que las miradas de los guardias dictaban—. Si me permite, yo iré.
Sara le sonrió. —Estaré sumamente agradecida contigo.
El chico también le sonrió, probablemente compartiendo aquel sentimiento, dejando que la esperanza que había perdido tras la muerte de su progenitor se adueñara nuevamente de él. Si la sacerdotisa Kagome regresaba, eso indicaba que menos gente perecería.
Y aquello le bastaba para sentirse bien.
Y al parecer no era el único.
IV
Cuándo la noche cayó sobre ellos, Sara empezó a desesperarse, pensó que le trayecto sería más fácil o rápido después de comprobar que no había ningún demonio merodeando, pero se había equivocado y cada paso que daban parecía que los alejaba más de su objetivo. Pero no podía culpar a nadie, ni siquiera quejarse porque tenía que llegar antes del amanecer. Sentía una opresión en su pecho que se negaba a irse y el mal presentimiento se instalaba en ella.
Si no se hubiera ido, estaría con su madre en ese momento.
Si no hubiera sido tan terca y hubiera regresado días antes, podría haber hablado con su madre.
Si tan sólo… no hubiera actuado de esa manera.
Pero era tarde para reproches, tenía que recordárselo.
—Parece que lloverá —anunció con nervio uno de los guardias. Sara ni siquiera volteó a verlo, porque sabía que aquello era una forma de preguntarle si estaba dispuesta a parar. La respuesta era no.
Tenía que llegar, necesitaba ver a su madre, necesitaba comprobar que aquella nota estaba exagerando, que su madre todavía viviría muchos años más. Que la vería tomar el control de aquel reino, arreglar todos los problemas que ella misma había causado, que la vería ser la soberana que había criado y educado.
—Si ustedes quieren parar, está bien —notificó cuándo contempló a la lejanía la aldea que había sido atacada por demonios, la misma aldea que era de Rin y dónde estaban enterrados muchas personas que perecieron en manos de demonios.
Los guardias voltearon a mirarla, el mensajero también lo hizo, pero el menor fue el único que la analizó con insistencia, queriendo saber qué ganaba ella con decirles aquello.
—Le diré a mi padre que los obligué a quedarse atrás —prometió—. Así que no deberán preocuparse por ser castigados.
—Princesa… —antes de que pudieran agregar alguna otra cosa, ella tiró de su caballo y aceleró el paso.
Conocía esa distancia a la perfección, sólo tenía que mantener el paso que llevaba y estaría en cuestión de cinco minutos de nuevo en la aldea y después podría bajar un poco el ritmo, incluso podría dejar abandonado su caballo y empezar a correr hasta el palacio.
Sintió como el cansancio volvía a apoderarse del pobre animal y se dijo que eso haría, tan pronto estuviera a unos cuantos pasos del palacio, dejaría que el caballo descansara o siguiera el ritmo que quisiera mientras ella corría por el bosque hasta el cuarto donde descansaba su madre.
Siguió el plan elaborado en su cabeza, tratando de ignorar las gotas que la golpearon cuándo entró en la aldea que había sido destruida, trató de no mirar demasiado las tumbas improvisadas que Kagome y Kikyō habían hecho para darle un poco de descanso al alma de aquellas personas. Pero fue inútil; ¿cuántas tumbas su amiga había hecho en el lapso que ella se había aislado? Ella había estado protegida, por supuesto. Pero estaba segura de que Kagome no había tenido más de cinco minutos de paz.
Sintió que alguien le seguía, pero su paso era demasiado débil comparado con el de ella y sabía que se debía al cansancio que todos ya estaban experimentando a esa hora. Siguieron cayendo más y más gotas y se dijo que el camino que recorrería a pie se volvería lodoso sino se daba prisa. Tal vez lo mejor hubiera sido quedarse y esperar, buscar donde resguardarse todos juntos y luego seguir.
No obstante, sentía que el tiempo no estaba a su favor.
—¡Princesa! —Gritaron, pero no paró. Mucho menos cuándo vio la aldea en la que había crecido tan cerca de ella.
Pudo contemplar de reojo como algunos aldeanos volteaban a verla, como parecían querer detenerla y decirle algo, pero tendría otro momento para escucharlos. El malestar que sentía en el pecho se estaba intensificando y su mente y cuerpo parecían gritar que querían estar con su madre en ese momento, que deberían estar juntas en ese momento.
Bajó del caballo lo más rápido y seguro que pudo y empezó a correr hasta el palacio. La lluvia pareció observarla y querer detenerla, porque las nubes se descargaron con violencia, advirtiéndole que aquello era mala idea, que debía buscar un refugio y esperar.
Otra característica de Sara que pocas personas conocían era que podía ser sumamente terca. Por lo que en ningún momento disminuyó el paso, aun cuando no estaba acostumbrada a tal actividad física y sentía que sus pulmones ardían ante el esfuerzo y ni hablar de sus piernas que parecían más pesadas que nunca. Aun así, nada la detendría.
—¡Princesa, aguarde!
Siguió y siguió corriendo, conocía el camino perfectamente de memoria y aunque lo recorriera con los ojos cerrados sabría cómo llegar a casa. Seguía escuchando que alguien gritaba su nombre, pero aquel grito cada vez se hacía menos notorio por la tormenta que había empezado a desatarse sobre aquella aldea, Sara estaba segura de que su madre en cama resentiría la tormenta, que se sentiría peor de salud y eso era lo que más le preocupaba.
La nota que había sido enviada era demasiada clara sobre la situación de su madre, no habían dado vueltas al asunto, solo decía que tenía que volver porque su madre no estaba segura de cuántos días más viviría. Tampoco si viviría para festejar que se había recuperado.
Finalmente vio la gran puerta que separaba al palacio de aquel bosque casi frente a ella y, sacando fuerzas de dónde no sabía que tenía, aceleró aún más su paso.
—¡Abran la puerta! —Escuchó que gritaron detrás de ella o posiblemente se lo imaginó. Estaba cansada, adolorida y sentía que su corazón en cualquier momento se saldría de su pecho. El mal presentimiento crecía y creía y se volvía sofocante—. ¡Es la princesa!
No sabía exactamente quién gritaba, tampoco quién estaba a cargo de las puertas en ese momento, mucho menos si había alguien en la torre de vigilancia que corroborara que ella era la princesa como había dicho. Mucho menos le importaba la apariencia que debería tener en ese momento, solo era consciente de que su cabello estaba completamente mojado y revuelto y que sus sandalias tenían demasiado lodo, junto con su kimono.
Aunque eso no le preocupaba. Sólo quería ver a su madre.
Abrazarla.
Quería decirle que había regresado, que haría las cosas bien.
Qué todos estarían bien.
Y quería que ella le dijera que la carta era una mentira, que alguien la había mandado con intención solamente de hacerla volver.
No obstante, fue la imagen de Kaede saliendo de la habitación de su madre la que le dio la señal de mal augurio. En todos los años que había conocido a la anciana Kaede jamás la vio triste por completo, se lamentaba por las pérdidas, pero siempre trataba de verle el lado positivo a las cosas, siempre se enfocaba en otras cosas para evitar lamentarse y en más de una ocasión sintió que se frenaba en sus sentimientos para no preocupar a los demás.
Pero esta vez era diferente.
La vio salir cansada, desanimada, como quién pierde la esperanza por un segundo.
La esperanza de que la reina se recuperaría. Porque si había alguien que era optimista con el diagnostico, siempre fue la anciana Kaede, asistiendo cada vez que su madre se sentía mal, intercambiando remedios y preguntando a aldeas vecinas que podía preparar para que la reina se sintiera mejor. Y por supuesto el hecho de que hubiera días que su madre se levantaba de la cama y hablaba y convivía con todos con normalidad era de Kaede.
Solamente de Kaede.
Pero ahora…
—Sara —le dijo tan pronto la vio llegar, no princesa, no le habló de usted. La miró con aquella mirada dulce y cargada de cariño que siempre le había dedicado y le llamó por su nombre tal y como lo hacía con Kagome cuándo acababa de terminar un ataque, tal y cómo lo hacía con Kikyō cuándo ella se lamentaba por no haber podido hacer algo a tiempo.
Cómo ella, si era demasiado tarde.
Negó, una negación más para ella que para la anciana que descansaba fuera del aposento de la reina. Negó porque no podía ser demasiado tarde, negó porque todo lo que había recorrido y reflexionado no podía ser en vano, porque había ansiado —y deseado con todo su corazón— que su madre la escuchara, que le diera su aprobación para que actuara.
No podía ser tarde.
¿Verdad?
Entró a aquel aposento, las damas de compañía qué habían fungido como cuidadoras de su madre se encontraban en ese momento abrazándose la una a la otra y tan pronto la vieron le dedicaron una sonrisa triste, tal vez diciéndole mudamente que lo lamentaban desde el fondo de su corazón. Sara volvió a negar, aquello no podía ser posible, a pesar de todas las señales que tenía enfrente se negaba a creer que su madre ya no…
¡No, mentiras! ¡Su madre estaba viva!
Siguió caminando hasta que vio a su madre acostada en su futon de siempre, su padre se encontraba sentado a su lado, impidiendo que ella pudiera verla por completo y se acercó de manera lenta, no deseando interrumpir aquel momento, no sabía si estaban hablando, pero no parecía. Tan sólo parecía que su padre la estaba apreciando, ¿pero entonces por qué su madre no pronunciaba palabra alguna?
Estaba segura de que a esas alturas ella ya hubiera notado su presencia, ya hubiera volteado a verla y con todas sus fuerzas le hubiera regañado por llegar empapada y llena de lodo, que la mandaría a su habitación a cambiarse antes de enfermarse y le diría que la esperaría para que le dijera que había hecho durante dos meses. Tal vez cuándo regresara la regañaría por no alimentarse bien, por no hablarles, por no…
Pero entonces su padre volteó.
Sara llevaba toda una vida con sus padres, conviviendo con ellos dos diariamente hasta que su madre cayó en cama y el tiempo que la veía se limitaba a los pocos minutos o días que ella se sentía bien. Sin embargo, jamás había visto a su padre llorar o quebrarse delante de algunas personas, pero cuándo volteó y la miró, pudo observar perfectamente bien, reflejado en aquellas pupilas que conocía de memoria, que algo dentro de él acababa de romperse y cuándo los ojos celestes de ella se encontraron con los de su padre, este empezó a llorar.
—Sara —le dijo al momento que le abría los brazos y ella sin dudarlo, le correspondió aquel abrazo. Escuchó a su padre sollozar, primero despacio, tal vez no queriendo que el sentimiento le venciera o tratando de asimilar que su compañera de vida se había marchado a un lugar del que él jamás podría hacer que volviera.
Después el llanto se intensificó, importándole poco si alguien más los escuchaba o si alguien se atrevía a esparcir el rumor de que él, el soberano de aquel pueblo, finalmente se había quebrado ante la enfermedad de su esposa. Durante años él se había mantenido igual de optimista que todos, asistiendo diario a ver a su esposa, mencionándole todo lo que sucedía para que ella no se sintiera excluida, haciéndola participe de las decisiones que él quería tomar.
Y ahora se topaba que ella se había marchado sin más y él ni siquiera pudo hacer nada para que se quedara. Había mandado a llamar a Kaede tan pronto vio que su salud estaba empeorando, había cooperado con todo lo que estuviera en sus manos, pero… no había podido hacer nada más. Y se lamentaba, por supuesto. Y deseaba, por sobre todas las cosas, ser él el que estuviera en aquella cama y no su compañera.
Pero ni él, ni nadie podía cambiar el rumbo de las cosas.
Y eso dolía.
Dolía porque jamás iba a recuperarla.
Dolía porque sentía que le faltaba la mitad de su ser, su compañera a quién juró amar día y noche.
—Lo lamento tanto, hija —le mencionó y solo entonces sintió como Sara también empezó a quebrarse al ver la imagen de su madre en su cama.
Parecía que dormía, era completamente cierto, Kaede la había dejado en aquella posición antes de que ella llegara y Sara deseó pensar que su madre solamente estaba durmiendo en aquella ocasión y que al día siguiente despertaría para decirles que no se preocuparan, que su cuerpo resistía esa enfermedad y todas las temporadas de lluvia que vendrían próximamente.
Pero eso sería engañarse.
Porque su madre ya no estaba con ellos.
Y por más que quisiera regresar el tiempo o encontrar una cura para su enfermedad, no podía hacer ninguna de esas cosas. Y las lágrimas empezaron a derramarse sin que ella pudiera pararlas y sólo le quedó aferrarse a su padre en ese momento, abrazarlo con todas sus fuerzas y tratar de que el dolor se mitigara un poco. Que dejara de doler tanto su pecho como lo había hecho desde el día que tuvo aquella carta en sus manos.
—Debí llegar antes —le mencionó, escondiendo su cara en el pecho de su progenitor, mientras él acariciaba su cabello mojado—, lo lamento… lo lamento tanto.
Escuchó los truenos fuera de la habitación y la lluvia caer de manera estrepitosa, un poco de aire frío se coló en la habitación por la puerta mal cerrada que había dejado una de las acompañantes de su madre al salir para darles privacidad.
Y a pesar de todo aquello que sentía en su pecho, volteó a ver el cuerpo de su madre que descansaba sobre aquel futon y se dijo que, ahora tan siquiera, el aire frío y la lluvia no volverían a molestarla ni incomodarla, que no la escucharía toser y tampoco la vería escupir sangre día o noche.
—Lamento no haberla cuidado lo suficiente.
Sara negó y lo abrazó con más fuerza, dejando que todo el sentimiento que ambos tenían en el pecho se derramaría y se volviera menos pesado fuera de ellos; también se sentían tristes y culpables, también habían contemplado día y noche como su madre luchaba contra aquella enfermedad que día tras día había luchado sin darle tregua alguna hasta que se proclamó vencedor.
Ellos también habían estado sufriendo.
—Está en un mejor lugar, ¿no es así, papá? —le preguntó, su voz todavía estaba algo temblorosa y le costaba enfocar las cosas por las lágrimas que todavía había en sus ojos.
Su padre le sonrió y acomodó su cabello nuevamente para darle un beso en la frente. —Apuesto que sí, hija.
V.
Perdió el sentido del tiempo en los brazos de su padre, derramó todo lo que sentía en su pecho en ese momento y cuándo estuvo más calmada, se acercó al lugar dónde reposaba el cuerpo de su madre. La observó por una última vez con detenimiento, en más de una ocasión le habían mencionado que se parecían, pero nunca antes se sintió tan dichosa por aquella comparación, sabía que siempre la llevaría con ella.
Se acercó y acomodó el cabello de su madre, la abrazó por última vez y quiso memorizar el aroma que su madre emanaba y a pesar de que el cuerpo de su madre ya se encontraba frío y ella misma se encontraba fría por la cantidad de agua que le había caído, sintió el abrazo de manera cálida, como si realmente su madre la hubiera abrazo por una última ocasión.
—Lamento haber llegado tarde —le murmuró, aun teniendo pleno conocimiento de que ella ya no podría escucharla.
Sara se lamentó por no haber podido hablar con ella una última vez, de no poder decirle algo para que la recordara con orgullo y no con el arrebato de celos que había tenido. Debió volver tan pronto se dio cuenta de que todo aquello había sido un arrebato y nada más, pero se arrepintió y no lo hizo.
Y ahora estaba pagando las consecuencias.
Se apartó del cuerpo de su madre cuándo besó la frente de su progenitora y se despidió diciéndole que la amaba y la seguiría amando hasta el último día de su vida. Segundos después Kaede entró nuevamente a la habitación, la anciana parecía haberles dado su espacio tanto para despedirse como para que charlaran, pero Sara se dijo que aquel tiempo también lo tomó para ella misma, para aclarar su mente y poder tomar decisiones con la cabeza fría.
Asano admiraba ese temple, no sólo de Kaede, sino de su padre y en su momento de Kagome y Kikyō. Eran personas que podían poner los sentimientos en segundo plano, aunque estos lucharan por desbordarse. Se prometió algún día ser de esa manera.
Y a pesar de todo eso, decidió salir importándole poco lo expuesta que estaba por la temperatura que había bajado de manera drástica, salió y miró el cielo que acababa de detenerse de la gran tempestad que habían azotado. Sin embargo, amenazaba con seguir, lo podía notar en las nubes grises que se estaban posando sobre el palacio.
Parecía que el cielo se sentía de la misma manera que ella, solamente con ganas de llorar y no volver a sentirse completamente bien en un largo, largo tiempo.
Sintió una ráfaga de aire rodearla seguida del bullicio que estaban haciendo los guardias, quiénes inmediatamente fueron callados por las antiguas damas de compañía de su madre. No escuchó mucho, tan sólo un simple regaño dónde demandaban que fueran respetuosos con la situación y se mantuvieran callados, si querían discutir que lo hicieran lo suficientemente lejos.
Sara, sin verlas, les agradeció. Ni su padre, ni ella, tenían cabeza para discutir o tomar una decisión acertada, mucho menos para parar un posible enfrentamiento sólo por una diferencia de ideas u opiniones.
Le dio la espalda a la entrada, abrazándose a ella misma y diciéndose que debería ir a buscar ropa seca o darse un baño para evitar enfermarse. No obstante, tampoco quería apartarse del cuarto de su madre y no quería separarse demasiado de su padre, tal vez la necesitaría.
Fue así como recibió a su visitante sorpresa, de espaldas. Sara no hubiera volteado de no ser por el sonido que hizo el caballo al detenerse y supo entonces que la discusión la había originado el visitante, volteó para tratar de saber quién era y por qué había causado tanta controversia, normalmente dejaban pasar a todos después de una simple revisión. Ellos no tenían enemigos.
Pero cuando ella se bajó del caballo, Sara entendió finalmente por qué estaban discutiendo si la dejaban entrar o no. Kagome Higurashi apareció en su rango de visión, habían pasado dos meses desde la última vez, pero Sara podía notar los cambios en la sacerdotisa, sus ojos tan expresivos como siempre podían fácilmente decirle que había visto demasiado en esos dos meses, que todo aquello que había vivido la había marcado de una u otra forma.
También notó que parecía que su pierna derecha dolía, además de tener unos vendajes en los brazos, parecían heridas superficiales, pero Sara no podía dejar de mirarlas. Jamás había notado a Kagome tan lastimada. Y a pesar de todo eso, había tomado su caballo y había cabalgado hasta ese lugar, aún sin saber si iban a dejarla pasar.
Todavía cargaba con ella las flechas y el arco cuando se acercó hasta donde estaba ella.
—Kagome —mencionó, sin saber realmente qué decirle, ¿un "lo siento por haberte mandado lejos" sería suficiente para empezar a restaurar las cosas entre las dos? Una parte en la mente de Sara le gritó que aquella circunstancia no era un cuento de hadas, que ese era el mundo real y que, aunque pidiera perdón, había cosas que ambas tenían que discutir.
Pero no era momento de pensar en eso.
—Vine tan pronto me enteré que tu madre había empeorado —le confesó—. Y al llegar a la aldea me dijeron que… —ella no continuó y las lágrimas volvieron a Sara.
La pelinegra lo notó y le ofreció sus brazos como consuelo, Asano estaba en todo su derecho de rechazar aquella muestra, de decirle que se fuera, porque seguía sintiéndose traicionada, pero también tenía que admitir que Kagome era su mejor amiga y si alguien en ese momento podía entenderla, era ella.
Porque Kagome había pasado por lo mismo, la sacerdotisa sabía lo que era perder a una madre y no se sintió tan sola en aquella noche, así que aceptó, cobijándose en los brazos de la pelinegra mientras esta le susurraba palabras llenas de consuelo y cariño al oído. Sara tenía a su padre, era cierto, pero también se recordó que Kagome era lo más parecido a una hermana que tenía y no una biológica, sino una que la vida le había puesto en su camino.
Y ella con cada acción le recordaba que era una gran persona, había viajado una distancia enorme solamente para abrazarla y para hacerle entender que todo estaría bien, aunque no pudiera verlo, para tratar de darle un poco de consuelo y paz aún en medio de su dolor. Para tratar de ser su bálsamo aquella noche.
Y todo eso sin saber realmente si aceptaría o no su oferta.
Y por eso mismo la abrazó con más fuerza.
—No llegue a tiempo —le confesó, entre llantos, dejando que la culpabilidad saliera de ella—. No debí irme…
Kagome la abrazó con más fuerza. —Tu madre no debió estar enojada contigo, Sara —le dijo—. Ella te amaba demasiado y siempre confió en tus decisiones.
¿Cómo podía decirle eso cuándo ella había provocado que ella se fuera sumamente lejos? ¿Qué se topará cara a cara con el escenario desolador de la guerra?
—Probablemente murió esperándome.
Kagome pensó unos minutos su respuesta, sin dejar de acariciar el cabello contrario. —Yo creo que tu mamá siempre supo que estabas en camino —le mencionó de manera suave y tranquila, Sara estuvo a punto de contradecirla, de hacerse sentir a sí misma más culpable, cuándo ella agregó—: Tu mamá sabía cuánto te importaba y estoy segura de que no le importa si no llegaste a tiempo; estás aquí, apoyando a tu papá y dando lo mejor de ti.
La princesa abrazó a la contraria con más fuerza.
—Te extrañé, Kagome.
La aludida tardó unos minutos en responder. —Y yo a ti, Sara.
VI.
Si alguien le preguntará a Sara cuánto tiempo Kagome estuvo abrazándola hasta que fue consciente de la tormenta que nuevamente se desataba sobre ellas, diría que no estaba completamente segura, de la misma manera que no recordaba haber caminado hasta su aposento para tomar un baño y cambiarse la ropa antes de volver a la habitación donde reposaba el cuerpo de su madre ya sin vida.
Tan pronto entró, su padre le dio otro abrazo tratando de transmitirle un poco de la calma y serenidad que él mismo había adoptado en ese momento, se disculpó un momento y salió de la habitación siendo acompañado por Kaede. Asano tenía una cosa en mente: su padre había decidido apoyarse en la sacerdotisa, porque él solo no se sentía lo suficientemente acto para pensar con claridad.
Observó el cuerpo de su madre y se sentó a su lado tal y cómo su padre lo estaba haciendo; no le dijo nada, solamente la observó con sumo detalle. Dos meses sin verla le hacían notar que estaba más flaca y ojerosa de lo que recordaba, ¿su madre habría pasado noches difíciles?
Sintió la presencia de alguien más en la habitación y volteó, tomándose con Kagome que se negaba a irse y dejarla sola, ella le sonrió, una sonrisa por demás triste, pero ninguna de las dos dijo algo, vio como la pelinegra se recargaba sobre una pared y se quedaba ahí, parada, observando la entrada como cuidando que nadie se atreviera a entrar y atacarlas.
Tal vez aquello era imposible, pero nunca estaba de más prevenir.
La princesa deseó decirle algo a su mejor amiga, quería hacerle tantas preguntas e incluso disculparse, pero sentía que entre las dos había crecido una enorme barrera creada por la ausencia de dos meses y por aquellas palabras que no se habían dirigido en mucho tiempo. El cariño estaba ahí, estaba segura, en el fondo de todo eso había un montón de cariño que todavía las mantenía unidas en situaciones como esas… pero nada volvería a ser lo mismo. Porque las cosas que se rompen, no se arreglan sólo con palabras cálidas y buenas intenciones.
Pero tenía que intentarlo.
—¿Cómo está Rin? —Se atrevió a preguntar, tenía mucha curiosidad por la pequeña niña humana que Kagome había deseado proteger a como diera lugar, aún si no había conseguido una familia que la protegiera.
Kagome suspiró y la vio morderse el labio levemente, tal vez no quería hablar de eso. Pero también no tenía muchas opciones, finalmente, la miró antes de contestarle—: No quiso quedarse aquí —le confesó.
—¿La llevaste contigo? —La preocupación fue latente en su voz. Rin era una niña dulce y, sobre todo, pequeña. ¿Qué haría una niña como ella en un campo de batalla como el que había mandado a Kagome?
Ella asintió.
—¿Está bien?
—En este momento, sí —tranquilizó la sacerdotisa—. No era un lugar para una niña, intenté convencerla… pero no quiso escucharme —guardó silencio y nuevamente miró hacia la entrada, Sara no quiso presionarla por ninguna razón. Quería que Kagome le contara todo lo que realmente quisiera—. Tuvo que verlo con sus propios ojos.
—Yo… —vaciló un poco, pero finalmente le dijo—: Lo lamento, Kagome.
Ella le restó importancia con su mano, pero tal vez estaba mintiendo; no la veía convencida.
—Sesshōmaru nos acompañó el primer día —le confesó—, tan pronto Rin observó aquel panorama, él aceptó cuidarla hasta que encontráramos una opción más viable dónde estuviera a salvo.
—¿Sesshōmaru? —Ahora que lo pensaba con detenimiento, en la carta que le habían mandado no se mencionaba nada acerca de su prometido y los guardias tampoco lo habían mencionado en todo el trayecto. Sara no se atrevió a preguntar por él, pero… ¿acaso tan pronto se había marchado Kagome de la aldea él también lo había hecho?
La sacerdotisa asintió.
—¿Lo has… estado viendo?
—No mucho —confesó—. Hay demasiados heridos y Kikyō y yo nos turnamos junto con otras sacerdotisas o aprendices para cuidar de todos.
Sara guardó silencio, ella se estaba preocupando por su futuro matrimonio cuando había cosas más importantes como la guerra que se estaba llevando a cabo y que podría alcanzarlos como lo hizo una vez sino fuera por Sesshōmaru. Suspiró, ¿qué se suponía iba a hacer de ahora en adelante?
Estaba a punto de preguntar algo más cuándo la anciana Kaede y su padre regresaron al lugar, pudo notar como la anciana Kaede le decía algo con la mirada a su nieta y Kagome salió en ese momento de la habitación sin decirle ni una sola palabra, tenía que admitir que aquella acción había calado en su interior. Ellas siempre se despedían o preguntaban si deseaban hacerse compañía y ahora… las cosas habían cambiado.
—Deberías ir a descansar —asesoró su padre—. Fue un viaje largo.
—No tengo sueño.
—Princesa —insistió Kaede—, por favor.
Asano asintió, ¿qué más le quedaba al final?
—Tu madre dejó una carta para ti —le dijo su padre antes de que abandonara aquella habitación—. La acabo de dejar en tu habitación.
Ella asintió y aquello fue todo lo que necesitó para caminar con prisa hasta su aposento, dónde encontró el pergamino perfectamente doblado y la letra de su madre apareció en su rango de visión, aquel pequeño detalle hizo que sus ojos volvieran a llenarse de lágrimas y la hizo pensar que Kagome tenía razón. Su madre sí estaba segura de que ella regresaría.
Leyó el contenido del pergamino de la forma más lenta que jamás había leído algo, podía incluso escuchar la voz de su madre en aquellas letras, no era una carta tan corta y tampoco tan larga, era lo más parecido a las palabras que le hubiera dicho si ella hubiera regresado antes de lo que lo hizo.
La hacía recordar aquella noche cuándo sus sentimientos se desbordaron y la traicionaron, le dijo que la comprendía y que no la culpaba de las decisiones que había tomado, pero que tendría que cargar con las consecuencias de ahora en adelante, le pedía que pensara las cosas más de una vez y, sobre todo, le pedía que velara por el futuro de los demás. Incluso le decía que tenía derecho a estar enojada con Kagome y con Sesshomaru por haber traicionado su confianza, pero que también llegaría el momento en que tendría que escucharlos para tomar una mejor decisión de lo que quería o debía hacer a futuro.
Y le recordaba que la amaba y confiaba en qué sería la mejor soberana que aquel lugar había tenido.
Y Sara no pudo evitar llorar hasta quedarse dormida.
¿Por qué todo se volvió tan complicado?
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.
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«No se puede huir de lo que te acelera el corazón y te detiene el tiempo».
Cuando Kagome salió de aquella habitación, la lluvia seguía azotando la aldea con fuerza, todos esperaban que la temporada de lluvias cesara y con ello estaban completamente confiados en la pronta recuperación de la madre de Sara, pero nada salió como hubieran imaginado.
La carta que su abuela le había mandado tardó bastantes días en llegar y tan pronto la leyó, tuvo un mal presentimiento. Kikyō que todo el tiempo se mantuvo a su lado le dijo que, si deseaba regresar a la aldea para cualquier emergencia que podía surgir, que lo hiciera, que ella y todas las demás personas estarían bien.
Kagome pensó demasiado en no tomar su palabra, no obstante, fue la imagen de Sara volviendo a su mente la que la hizo tomar la decisión de tomar su caballo y cabalgar a pesar del enorme trayecto que era para volver. En todo ese tiempo no había pensado en nada que no fuera Sara y estar con ella; cuando Higurashi era una niña pequeña había perdido a sus padres y Kikyō estuvo para ella, abrazándola y tratando de darse entre ambas consuelo, a pesar de que tenían a su abuela que prometió velar por ambas.
Pero sabía que Sara no tenía hermanas, ni siquiera familiares cercanos que pudieran ayudarla a sobrellevar la muerte de su madre si llegaba a suceder y, aunque su padre la amaba con todo su corazón, también estaba consciente de que era un hombre ocupado y que eso solo incrementaría ahora que su esposa había fallecido.
Suspiró y caminó rumbo a la salida, regresaría tan pronto amaneciera si era que Sara quería hablar y estar con ella. Kagome tampoco olvidaba que tenían una conversación pendiente, la misma que debieron haber tenido dos meses atrás, la noche que ella fue enviada a la guerra junto con su hermana.
Aquella noche no había preguntado absolutamente nada, sabiendo que de nada serviría; su abuela había llegado con la noticia y aunque tanto ella como su abuela no sabían por qué la estaban mandando lejos, para Kagome bastó con mirar al yōkai que permanecía a su lado desde que la noticia le fue dada para saber qué tenía algo que ver con él. Así que no dijo nada y aceptó su destino, teniendo en mente que volvería y aclararía aquella situación.
Lo que más le había causado temor fue dejar a Rin sola, pero sabía que era lo mejor, no obstante, no contaba con que la pequeña sería verdaderamente terca y se negaría a quedarse en la aldea, diciéndole e insistiendo en ir con ella a pesar de mencionarle que no era un buen ambiente para una niña. Menos después de haber perdido a su familia de la manera en cómo la había perdido.
Aun así, terminó aceptando que Rin la acompañara.
Tal vez lo había hecho solamente porque Sesshōmaru había mencionado que las acompañaría, sabía que el camino era peligroso y se iba a sentir responsable completamente de Rin, pero con el Inu yōkai a su lado, tal vez podía sentirse un poco más segura tanto ella como la pequeña.
Fue un viaje largo y cansado, sin embargo, al llegar a aquel lugar y contemplar el escenario enfrente de ellos, Rin se abrazó a su pierna, dándose cuenta de que la sacerdotisa había tenido razón desde el principio, que aquel campo de batalla no era el hogar ideal para una niña.
—¿Kikyō te dijo que estaría aquí? —Preguntó cuándo se acercó a uno de los árboles que se encontraban fuera del palacio, incluso su vestimenta ya se encontraba algo llena de lodo y su cabello empezaba a mostrarse empapado.
Él, por su parte, no le respondió absolutamente nada. La miró y la cubrió con su estola, para luego observar el palacio de donde había salido. Si olfateaba disimuladamente el aire, podía oler a muerte.
—Alguien acaba de morir —le mencionó.
—La madre de Sara —asintió ella. Sesshōmaru no hizo comentario alguno—, mi abuela mencionó algo en sus cartas, por eso estoy aquí.
Él asintió. Tenía días sin ver a la sacerdotisa y cuándo decidió partir para ver cómo se encontraba, la otra sacerdotisa le dijo que estaba rumbo al palacio y le pidió que cuidara a su hermana. No tenía que pedirlo, pero tampoco le mencionó aquel dato. Era innecesario.
—Rin pregunta por ti.
Kagome sonrió, jamás hubiera imaginado que Sesshōmaru se ofrecería a cuidar de Rin. Pero después de llegar el primer día a lo que sería su nuevo hogar por largos meses, fue el mismo Inu yōkai el que mencionó que podría cuidarla llevándola a las tierras del Oeste, la sacerdotisa hubiera estado en desacuerdo sino fuera porque la pequeña parecía suficientemente cómoda con él y porque Sesshōmaru le garantizó que nadie atacaría sus tierras.
Nadie completamente cuerdo, tan siquiera.
Así que ella aceptó.
—Sigo viva —intentó bromear, pero los ojos ámbares de él parecieron darle una advertencia sobre eso. Lo había notado disgustado la primera vez que escuchó la orden de que ella se marchara, pero no le dijo realmente nada.
Seguido de eso, él procedió a observar su brazo y su pierna heridos, habían pasado semanas de aquellas lesiones, pero todavía no sanaban del todo al no tener el debido descanso que debería. Pero Kagome sabía que no podía lamentarse en ese momento, ni en mucho tiempo, sólo estaba ahí para acompañar a Sara y dudaba eso fuera más de tres días. Pronto tendría que volver.
—Sólo vine a acompañar a Sara —le dijo—, no creo quedarme mucho tiempo. ¿Puedes seguir cuidando de Rin?
Él asintió y antes de que ella pudiera agregar alguna otra cosa, le dijo—: Estás cansada.
Kagome tenía fama —al igual que su hermana— de mostrarse fuerte ante los demás día y noche. Por supuesto que el ritmo de vida que había adoptado difería completamente del anterior que había tenido, anteriormente sus horas de sueño eran reducidas, pero su abuela siempre estaba ahí para suplirla, para darle unos cuantos minutos —u horas cuando se daba la oportunidad— de paz y descanso. Horas que ella atesoraba y ocupaba para descansar, para poner en orden las cosas que debía hacer al despertar y… eso era todo.
Pero ahora su realidad era distinta, dormía menos de lo que alguna vez hubiera dormido y si no estaba ayudando a heridos, estaba eliminando yōkais, apagando incendios o buscando refugios seguros para la población que lograban rescatar. Había días que usaba su poder espiritual hasta llegar a su límite y eso había hecho durante el camino para evitar ser atacada por yōkais.
En otras circunstancias, estaba completamente segura, le hubiera dicho que estaba equivocado y trataría de llevarle la contraria sin descanso alguno. Pero no en esa ocasión, si algo había aprendido en las visitas fugaces de Sesshōmaru era que tenía una habilidad para leer lo que estaba pensando, incluso para saber cuándo estaba mintiendo.
Pero cuándo estaba con él, Kagome debía admitir, que se sentía como si el tiempo se detenía. Sesshōmaru no se quedaba más de una hora en el lugar donde estaba con Kikyō, incluso en más de una ocasión tuvo él también que eliminar yōkais que estaban dispuestos a atacarla, pero el tiempo que podía compartir con él siempre se sentía largo, como si su sola presencia pudiera detener todo a su alrededor.
Y tenía que admitir también, que siempre esperaba su próxima visita con ansias. Él era su pequeño momento de paz, sin pensar en guerras, aunque eso implicara pensar nuevamente en Sara y en lo mucho que necesitaba hablar con ella.
—Un poco —finalmente le dijo, sabiendo que no podría mentirle—. Fue un viaje largo.
Él asintió.
Kagome no tuvo que decirle que iría a su antigua cabaña a descansar, porque tan pronto hizo intento alguno de dirigirse hasta su antiguo hogar, él caminó a su lado como si hubiera adivinado a dónde iría. Ella sonrió, sin poder evitarlo, hacía mucho tiempo que ambos no caminaban juntos, en silencio, solamente disfrutando de la compañía mutua, que aquel pequeño momento le pareció digno de grabarse a fuego en su memoria.
En aquella ocasión ella no parecía tener ánimos de hablar y él era un yōkai de pocas palabras como siempre, pero estar juntos, disfrutando de lo poco que se podía disfrutar por la oscuridad que les rodeaba y lo lodoso que se encontraba el suelo, era suficiente; Sesshōmaru parecía tener más cuidado que ella, caminando con elegancia por las partes más solidas que podía encontrar, mientras ella intentaba seguirle el paso, no obstante, era sumamente complicado con la poca luz de luna que lograba colarse.
En una ocasión estuvo a punto de caer, aunque tanto ella como Sesshōmaru reaccionaron a tiempo, él sosteniéndola y ella aferrándose con fuerza al agarre de él, a pesar de que aquel esfuerzo logró que su pierna ya lastimada doliera un poco más de lo que lo hacía.
Por supuesto, no hizo comentario alguno por el dolor que estaba empezando a sentir, tampoco lo hizo cuándo sintió que la lluvia le golpeaba con mayor insistencia, señal de que tendrían que apurar el paso para llegar pronto a la cabaña y que ella pudiera descansar mientras él, Kagome estaba completamente segura, se iría tan pronto ella desapareciera al interior de su hogar.
Ninguno de los dos tenía razones para caminar tomados de las manos, a pesar de eso, ninguno de los dos se soltó después de aquel incidente y tampoco fue necesario preguntar por qué no dejaban de sostenerse el uno al otro; así, en medio de aquella oscuridad, era como ambos podían bajar un poco la guardia, dejarse llevar en medio de conflictos sin resolver, solo ser dos seres que se habían conocido por casualidad y congeniado por curiosidad nata. Y ahora estaban juntos.
Y, por ese momento, nada más importaba.
Aunque la cabaña de Kagome apareciendo en su rango de visión justo antes de que la lluvia se desatara fue un pequeño destello de la realidad que les rodeaba, pero ninguno de los dos permitió que aquello arruinara el momento de tranquilidad que tenían después de dos largos meses; finalmente tenían un día dónde podían mandar a la razón a dormir.
A Kagome le había costado entenderlo, pero finalmente se dijo que cómo la humana que era no podía huir de los sentimientos que había empezado a desarrollar por Sesshōmaru y que, por todo lo que había sucedido, estaba completamente segura de que estos eran correspondidos; por supuesto, Kagome había escuchado la historia de su hermana con total atención, tratando de encontrar algún indicio de que el Inu yōkai se iría de su lado, sin embargo, no había encontrado ninguno.
Cuando su orden de irse de aquel lugar llegó, Kagome pensó que ese era el final de aquella relación que Sesshōmaru y ella mantenían, que las visitas acabarían y que todo aquello que sentía eventualmente desaparecería, no obstante, él la había sorprendido acompañándola hasta aquel lugar, cuidando de Rin y justo en ese momento estando con ella, tomándola de la mano para evitar que tropezara y, aunque tal vez él pensó que no lo notaria, cubriéndola de la lluvia.
—Dejaré a mi caballo en aquel lugar —señaló una cabaña que se encontraba al lado, con un pequeño techo para que se resguardaran sus animales. La familia que vivía ahí le había ofrecido a Kaede ayuda de esa forma y la vieja sacerdotisa aceptó, pasando aquella información a sus nietas por si se necesitaba, en algún momento.
Kagome caminó hasta el lugar, tratando de no hacer ruido y no tropezar con cualquier piedra u obstáculo que pudiera estar en el suelo, cuándo terminó caminó hasta donde la esperaba el yōkai, justo en la entrada de su hogar.
Quiso preguntarle si volvería al día siguiente, pero una parte dentro de ella le dijo que aquella era una pregunta tonta. Claro que él volvería hasta el último día que ella estuviera en aquella aldea. Ta vez fue ese pensamiento o los sentimientos reprimidos lo que la motivó a ella a acercarse a él para abrazarlo, para aferrarse a la alta figura del Inu yōkai que se mantenía de pie, tan estoico como siempre, tratando de disimular aquel lado protector que tenía en ese momento.
Pero le correspondió aquel abrazo, pasando uno de sus brazos por su cintura y cubriéndola de la lluvia que poco a poco se desataba y fue él el que volvió a posar sus labios contra los de ella, en un beso añorado, dejando a la razón descansar por aquella noche.
Y por los días que hiciera falta.
VII
Porque por ti…
desataría una guerra
y dejaría el Edén todas las veces
que fueran posibles.
Me da igual las reglas establecidas.
Quiero estar contigo,
sobre todo después de ese beso.
—Manuel Ignacio.
Kagome sabía que ella y Sara tenían una plática pendiente, pero también era sumamente consciente de que después de la muerte de la soberana, no era el momento de intentar aclarar las cosas entre ambas, sobre todo porque estaba segura de que el acontecimiento era sumamente doloroso y personal y su amiga necesitaba tiempo para pensar con claridad, más un tema tan pesado como lo era el que ambas tenían que discutir.
También tenía en mente que, aunque ella había recorrido un enorme tramo para acompañar a su amiga, las cosas entre ambas iban a cambiar. Sabía perfectamente bien que Sara se sentía traicionada con justas razones y ella no podría negarle aquel hecho, durante días estuvo pensando como tomaría aquella plática con ella, como serían las cosas de ahora en adelante entre ambas, pero el panorama era poco prometedor.
Sabía que su amistad jamás volvería a ser lo mismo.
A pesar de saberlo, eso no le impediría estar a su lado en ese momento y en todos los que ella pudiera brindarle un apoyo.
Cuando despertó aquel día y estuvo lista para caminar de regreso al palacio, fue la imagen de Sara fuera de su cabaña la que hizo que se desconcertara por completo, ¿no tendría que estar con su padre en ese momento? ¿O hablando con Kaede sobre lo que pasaría con el cuerpo de su madre? Estuvo a punto de preguntarle, pero sintió que no era la razón por la que ella estaba ahí.
Tal vez seguían estando conectadas en ese sentido, tal vez ambas querían aclarar las cosas antes de que ella tuviera que irse nuevamente o antes de continuar con todos los preparativos para despedir a la madre de Sara. No lo sabían, pero aquella necesidad estaba latente en su pecho y ambas estaban dispuestas a hacerle caso.
—¿Podemos hablar? —Mencionó Asano como forma de saludo. Kagome asintió y le permitió adentrarse en aquella cabaña que ambas conocían a la perfección—. Creo que tenemos un tema pendiente.
La sacerdotisa volvió a asentir mientras la observaba, los ojos de Sara se encontraban levemente hinchados y sus ojeras se veían marcadas, pero estaba ahí, dispuesta a arreglar las cosas entre ambas.
—Yo… soy la culpable de que te hayan enviado junto a tu hermana —Higurashi volvió a asentir, no necesitaba aquella información, una parte de ella siempre lo había sospechado, aunque nunca había tenido oportunidad de preguntarle—. Sé que… actúe mal.
Kagome quiso interrumpirla, decirle que la comprendía, pero Sara la detuvo.
—Mi madre intentó hacerme entrar en razón —Higurashi entonces tuvo una idea más clara de por qué Sara estaba ahí, aclarar todo ese asunto con ella era importante para despedir a su madre, tomando posiblemente la elección que su madre confiaba tomaría—. Me dijo "Kagome es tu amiga, Sara" —vio como la princesa cerró los ojos, la contraria se dijo que posiblemente estaba rememorando aquel momento.
Sin embargo, necesitaba decir algo. —Sara…
—Luego agregó "¿Sabes lo que estás pidiendo?" —ambas se quedaron calladas, mirándose mutuamente. Pero no había nada más en la expresión de ambas que no fuera tristeza contenida, Sara se sentía mal por lo de su madre, por —a pesar de todo— no haber actuado de la mejor manera y Kagome le dolía ver aquella escena, saber que era la responsable de lo que su amiga de infancia estaba sintiendo.
—Estabas enojada —finalmente habló Kagome—, estabas en todo tu derecho de enojarte conmigo y mandarme lejos, yo… traicioné tu confianza, Sara.
Ella entonces le miró directamente y asintió, el dolor impregnado en aquellas pupilas. —Pero mi madre tenía razón cuándo me dijo qué no sabía lo que estaba pidiendo —Higurashi guardó silencio—, uno de los mensajeros perdió a su padre gracias a que yo te aparté de aquí. Supongo que él es uno de tantos. —Ella siguió callada, desconocía aquella información, pero si Sara la tenía… era porque alguien se lo había comentado.
»En ese momento solamente estaba pensando en mí y en lo traicionada que me sentía —Sara buscó nuevamente su mirada y Kagome no se sintió con el valor de apartarla. Dolía, pero era verdad—. Aunque debí pensar con la cabeza fría, no quiere decir que no duela.
—Lo lamento —le dijo, aunque Kagome sabía perfectamente que eso no arreglaba nada, que sus palabras tenían poco valor en ese momento—. Aunque sé qué…
—Mi madre me dejó una carta antes de morir —la interrumpió—, decía que te escuchara… y otras cosas —ella tomó un gran bocado de aire—. Aunque si soy sincera, sólo tengo una pregunta.
—Dime.
—¿Estás… enamorada de Sesshōmaru?
El escenario que Kagome había repasado en su mente era de formas completamente diferente, siempre esperó ver a Sara completamente molesta con ella, pensó que le exigiría respuestas a muchas preguntas que posiblemente ella tendría en la mente en ese momento. Sin embargo, todo aquello parecía solamente producto de su imaginación, porque la princesa se mostraba calmada en ese momento, como si supiera su respuesta de ante mano y la hubiera estado asimilando todo ese tiempo.
Kagome no podía mentirle.
No tenía ánimo de mentirle.
Pero sabía que tan pronto lo aceptara, se volvería más nítido, más real… Ya no sería solo algo que había rodado su mente, algo que ya sabía pero que todavía no se atrevía a decirlo en voz alta.
Aquel sentimiento ya sería evocado en palabras, listo para desbordarse.
Y traer consigo, lo que pudiese.
—Sí.
Sara le sonrió, aquella sonrisa mezclada con resignación, pero no hubo lágrimas de por medio. Tal vez muy dentro de sí misma, ya lo sabía.
—Yo también estoy enamorada de él —caminó hasta la salida de la cabaña, sin mirarla, sin retarla a ver quién obtenía su amor—. Pero… creo que mi sentimiento no es correspondido —Sara había escuchado rumores después de que Kagome se alejó del palacio y siguió escuchándolos aquella mañana mientras caminaba hacia la cabaña.
Cuando ella se marchó, el yōkai que merodeaba la zona también lo había hecho y la noche que ella había vuelto, a él lo habían visto cerca de la cabaña de la sacerdotisa. Sara no necesitaba una confirmación, aquel rumor fue suficiente para tener en claro todo lo que tenía que hacer.
—Sara.
—Anularé el compromiso —declaró, ahora si volteándola a ver. Sus ojos celestes brillaron con determinación y Kagome no se atrevió a intentar interrumpirla. Si Sara le había heredado algo a sus padres, era no darle oportunidad de réplica a nadie—. Pero estas tierras necesitan la protección del Oeste, de lo contrario muchos moriremos.
La sacerdotisa asintió.
—Podríamos…
Asano negó. —Te concedo esa responsabilidad.
Continuará.
¡Hola! ¿Alguien todavía esperando que actualice? Realmente no tengo nada más que agregar por el momento, estoy más ansiosa de saber qué piensan ustedes, al respecto. Por cierto, probablemente "aproveche" estos días de cuarentena para escribir un poco. Si es así, podría traerles otra actualización o algún One shot que publicaré en "Ruleta".
Cuídense mucho, por favor.
22 de Marzo, 2020.
