La historia es una adaptación del libro Until It Fades de K. A. Tucker y los personajes pertenecen a Stephenie Meyer. Si tienes la oportunidad te recomiendo que leas el libro original.


Capitulo 22

¿Has estado en Filadelfia recientemente?

Medio sonrío y medio frunzo el ceño al incomprensible texto de Emmett mientras pincho una orden de comida.

En años no, ¿por qué?

¿Quieres ver el partido conmigo este sábado?

Mi corazón da una voltereta.

¿Qué partido?

¿Has oído hablar de un deporte llamado hockey?

Pongo los ojos en blanco.

Pero tu equipo no está jugando.

Ahora estamos animando a Toronto.

Sonrío con comprensión. Por supuesto. Su padre es canadiense, después de todo.

¿Dónde?

Pues teniendo en cuenta que te avergüenza demasiado ser vista en público conmigo, supongo que en mi casa.

Lucho para no reírme mientras entrego tres cafés a la mesa doce, repitiendo los mensajes de texto que siguieron después de que por fin encontré el coraje para confesarme anoche. Emmett tiene un sentido del humor juguetón, y lo disfruté hasta altas horas de la madrugada.

Mi teléfono vibra en mi bolsillo mientras espero mi comida.

¿Eso es un no?

Lo siento, algunos tenemos que trabajar. Lo sigo con una cara sonriente y: Me encantaría. Déjame ver si encuentro una niñera.

Trae a Brenna. Mi papá estará aquí.

¿Estás seguro? Habla mucho.

Creo que puedo manejar a una pequeña habladora de cinco años.

Recuerdo a Seth y suspiro.

¿Qué me dices de un gigante hablador de diecinueve años que me matará si no lo dejo acompañarnos?

Tráelo. Donovan los recogerá.

¿Quiere enviar un coche hasta Balsam para nosotros? Sacudo la cabeza con una risita.

Los campesinos podemos conducir nosotros mismos.

Él sabe cómo entrar y salir del edificio sin que las personas lo noten.

Suspiro, de alguna manera habiendo dejado que la situación se me escape de las manos. Por fortuna, los medios de comunicación han pasado al siguiente chisme jugoso, pero eso no significa que un aviso o una foto no les haga volver a Balsam. Además, tengo la sensación de que Emmett cree que saldré corriendo como un gato asustado al momento en que vea una cámara apuntando hacia mí otra vez.

Harry golpea la campana que anuncia una orden de comida lista, y salto. Cinco platos se ubican en la repisa delante de mí. Ni siquiera me había dado cuenta de que él los puso allí.

—Te conviene que Sue te atrape con la cabeza en las nubes. — Harry me da una sonrisa de conocimiento. No he dicho ni una palabra sobre Emmett, pero supongo que no sería tan difícil para ellos averiguarlo. Me alivia que Jess no esté trabajando. No decidí cómo me las arreglaré para decirle que estamos hablando, o si lo haré. Después de la forma en que habló con Mike anoche, no estoy segura de que pueda guardarse algo así para sí misma.

Está bien. Tengo que ir a trabajar. Hazme saber cómo va tu cita con el doctor.

Dejo mi teléfono en mi bolsillo y planto mis pies firmemente de vuelta en la realidad.

Son casi las diez cuando oigo el crujido de los escalones del frente. Supongo que es Seth o Mike.

Hasta que suena un golpe.

A través de las persianas, espío a una sola figura apoyada contra muletas, esperando.

Una erupción salvaje de mariposas revolotea en mi estómago. No he oído de Emmett desde la hora del almuerzo, antes de su cita. Y ahora está parado en mi puerta.

Envolviéndome en una manta, no para calentarme, sino para cubrir la camisa de dormir que estoy vistiendo, abro la puerta. —Oye, ¿qué haces aquí?

Emmett me mira fijamente a través de esos brillantes ojos intensos durante un largo momento antes de dar una ligera sacudida de cabeza.

—Tenía que verte. —No está sonriendo.

Me asomo a su lado en el patio delantero. La SUV de Donovan está aparcada ahí fuera, bloqueando la vista para cualquier posible merodeador detrás de Rawley. Pero, para estar seguros, lo llevo dentro, sintiendo el débil aroma de la cerveza. —¿Está todo bien?

Duda un momento, y luego levanta la mano para girar un mechón rebelde de mi pelo, húmedo de la ducha. El resto está amontonado encima de mi cabeza. Finalmente, la más pequeña sonrisa curva sus labios. —Siempre fui partidario de Piglet.

Tardo un momento, pero luego suelto una risita, dándome cuenta de que me he envuelto en una manta de lana de Winnie the Pooh. Por supuesto, Emmett, incluso con un par de vaqueros y una simple camiseta gris, lo suficiente ajustada como para acomodarse sobre las curvas de su pecho amplio y esculpido, parece que podría estar de camino a casa después de una sesión de fotos de portada

—No te desperté, ¿verdad?

—No, no podía dormir. —Estaba preocupada cuando no había oído de ti, no lo agrego, asustada de que me pueda hacer sonar pegajosa. No me atrevo—. ¿Cómo fue la cita con el médico?

La dura línea de su mandíbula se tensa. —Bien. —Se acerca, tentativamente, para desanudar mi cabello, soltando las ondas largas y húmedas para que caigan y se asienten contra mi cuello desnudo. Un escalofrío me atraviesa mientras su dedo patina sobre mi piel, mientras sus ojos parpadean hacia mis labios. Lo siento inclinado hacia adelante e inhalo bruscamente.

Se congela, luego se aleja.

Y me mareo de anticipación. Me toma unos momentos calmar mi respiración. —Ven a sentarte.

—Buena idea. —Se encamina y prácticamente cae en el asiento, empujando sus muletas hacia un lado con un silencio—. Odio estas malditas cosas. —Aterrizan en el piso con un ruido escandaloso.

Me estremezco, mis ojos se dirigen a mi habitación, donde Brenna duerme.

—Mierda. —Cierra los ojos y baja la cabeza—. Lo siento.

Sí. Emmett ha estado bebiendo, y por lo visto, mucho.

—Está bien —le aseguro, pero me inclino para cerrar la puerta del dormitorio hasta el final.

—No tendrías una cerveza o algo así, ¿verdad?

—De hecho, tengo lo mejor para ti. —Me dirijo a la cocina para tomar un vaso alto de agua. Tengo la última lata de cerveza de Mike en la nevera, pero no voy a entregársela a Emmett ahora mismo—. Toma.

Él sonríe mientras alcanza el vaso, su mano agarrando mis dedos en el proceso.

—Voy a cambiarme a...

—No. No lo hagas. —Su mirada recorre mis piernas desnudas en tanto exhala suavemente, tirando de la manta para guiarme.

Me instalo en el sofá a su lado, apretándome junto a sus piernas estiradas, y lo veo beber en silencio, la punta afilada de su manzana de Adán se balancea con cada trago. La tensión irradia de él.

—¿Que pasó hoy?

No responde, pero el brillo que cubre sus ojos, la forma en que parpadea varias veces me responde.

—Sabes que puedes decirme cualquier cosa, ¿cierto? Nunca diría ni una palabra a nadie.

Su musculoso pecho se levanta y baja con una respiración profunda. —Mi carrera podría haber terminado.

—Pero… —Frunzo el ceño cuando la sorpresa de su admisión se asienta sobre mí, mientras estudio el yeso en su pierna—. Los jugadores de hockey se rompen los huesos todo el tiempo. ¿No hay un tipo que se rompió la espalda? —Me estoy devanando los sesos para recordar lo que Seth y mi padre discutieron la otra noche—. No puedo recordar su nombre, pero volvió a jugar.

—La declaración oficial es que siguen teniendo esperanzas, pero mi médico no está contento con la forma en que se está curando hasta ahora.

—¿Y eso qué significa? Solo ha pasado un mes.

—Fue una mala ruptura. Varias, en realidad. —Emmett mira hacia delante ausente—. Él dijo que debía prepararme para la posibilidad de que no pueda jugar como antes. Tal vez nada en absoluto. Podría estar caminando con una cojera por el resto de mi vida. —Su voz está llena de emoción cruda—. Pensé que estaría jugando durante otros diez años, pero aquí estoy, veintiséis y acabado. Si no puedo jugar al hockey, no sé qué diablos más voy a hacer con mi vida. —Su mano cae floja en su regazo—. Sigo diciéndole a la gente que agradezco estar vivo y que hay más en la vida que este juego, pero ahora mismo… Siento que mi vida ha terminado.

Mi corazón sufre por él.

Suena tan perdido.

—¿Alguien más lo sabe?

—Mis padres. Y ahora tú.

Lucho para hallar la respuesta correcta. No quiero simplemente descartar las palabras del médico como algo prematuro porque eso no aliviará su preocupación. Claro, podría señalar que él está en un buen lugar finan cieramente. Pero no creo que esto se trate de dinero. Es que toda su realidad, todo por lo que ha trabajado tan duro, podría serle arrebatado.

Por fin me decido por: —Todavía no vamos a perder la esperanza.

Gruñe suavemente pero no dice nada, y siento que he dicho lo incorrecto. Pero ¿qué se le dice a un atleta de clase mundial que ha trabajado toda su vida para llegar a donde está, solo para que todo se termine tan abruptamente? Supongo que lo mismo que le dices a un médico que pierde el uso de sus manos, o a un artista que pierde la vista.

—Lo siento mucho, Emmett. Si pudiera arreglarlo por ti, lo haría.

Recibo un solemne cabeceo a cambio.

Le quito el vaso y lo coloco en la mesa de café, luego pongo su mano en la mía, dándole la vuelta para poder dibujar mi dedo a lo largo de los pliegues. Solía hacer lo mismo con las manos de James. Recuerdo que las manos de James eran lisas y delicadas, estropeadas solo por los ocasionales restos de pintura al óleo.

Las manos de Emmett son ásperas y callosas. Su dedo índice izquierdo está ligeramente doblado, como si se lo hubiera roto y no se ajustó correctamente. Parecen manos que han trabajado mucho para ayudarlo a llegar a donde está actualmente.

De repente, me agarra la mano y la gira para estudiar el plomo que manchó mis dedos con el ceño fruncido.

—Es un lápiz.

—¿De qué? —Su mirada se desplaza hacia mi cuaderno de dibujo, posado sobre la mesita de café—. ¿Qué es eso?

—Nada. Solo… algo para Brenna. —Levanto la tapa con el dedo, cerrándola. Cuando me giro, encuentro a Emmett mirándome fijamente— ¿Qué?

—Te ves increíble esta noche.

No puedo evitar el resoplido poco atractivo o la sonrisa que sigue.

—Entonces debes estar increíblemente borracho.

Finalmente, él sonríe. La primera sonrisa real que he visto desde que llegó, una sonrisa deslumbrante que tiene el poder de convertirme en una adolescente risueña si lo permito.

Un largo momento de silencio cuelga en mi casita, mientras él me estudia, mientras siento pensamientos corriendo por su mente a los que no le da voz.

Finalmente, apunta hacia la mesa de café. —Cuéntame sobre eso.

—En realidad, no es nada. Solo un cuaderno de dibujo.

Inclinándose hacia delante, recoge el libro en su regazo y empieza a revisar las páginas. —¿La Casa de Pan de Jengibre…? —Estudia el antiguo listado de ventas que guardé y metí en la cubierta interior—. En serio, ¿qué es esto?

El calor se arrastra por mi nuca. —Solo un sueño que Brenna y yo hemos tenido por un tiempo. —Le cuento acerca de la casa en Jasper Lane con las centellantes luces de Navidad—. Es un poco tonto, pero me ha puesto a dibujar después de tantos años, así que eso es algo.

—¿Eso es lo que quieres hacer? ¿Tener una posada?

Estoy luchando por concentrarme en cualquier cosa aparte de su mano izquierda, colocada en mi muslo, su palma caliente contra mi piel desnuda, sus dedos extendidos, su alcance de par en par. En silencio, agradezco a Dios por los pequeños milagros, es decir, el milagro de que me haya afeitado las piernas esta noche. —Ni siquiera se trataba de una posada cuando empecé esto. Era una forma de darle vida para Brenna. Quería mostrarle cómo soñar. Pero entonces la idea empezó a gustarme. Creo que sería un lugarcito increíble para los turistas. —A pesar de mi historia complicada con Balsam, mi adoración por Jasper Lane se ha mantenido intacta. Si viviera allí, siento que podría tener una vida completamente diferente.

—El turismo es grande por aquí en el verano, ¿no? —Espero un toque de burla en su tono, pero no hay nada hasta ahora.

—No solo en verano. Las bodegas locales y los festivales atraen a una buena multitud en otoño. Y luego está el invierno, con las colinas de esquí. He escuchado a los clientes de Diamonds quejarse de que las habitaciones pueden ser difíciles de conseguir, incluso cuando se llama con un año de antelación, especialmente en Navidad. Balsam es muy bonito en las fiestas.

Se detiene en el bosquejo completo que hice de memoria de cómo se ve la casa en diciembre, las ventanas adornadas con grandes coronas y arcos carmesí y diminutas luces blancas. Incluso utilicé lápices de colores esmeralda y rojo rubí para añadir un toque de color. —Esto es increíble. Eres muy talentosa.

—Gracias.

—¿Alguna vez pensaste en ir a la escuela para esto?

—Por un tiempo, sí. —Hasta que dejé los estudios. La vergüenza burbujea dentro de mí. Posiblemente mi más grande arrepentimiento es haber bajado las escaleras de mi escuela secundaria ese último día, sabiendo que no volvería—. Aunque es difícil entrar en la universidad con un GED. —Mantengo los ojos en mi cuaderno de dibujo y rezo en silencio para que no me juzgue duramente por eso. (El GED, es una certificación para el estudiante que haya aprendido los requisitos necesarios del nivel de escuela preparatoria estadounidense o canadiense.)

Siento que su mirada parpadea hacia mí. —Él era tu maestro de arte, ¿verdad?

Asiento.

—¿Y por eso has dejado de dibujar durante todos esos años?

Otro asentimiento.

Emmett hojea lentamente las páginas, deteniéndose en el pequeño estudio que he llenado con mesitas, adornadas con pequeñas tazas de té inglesas y platos de porcelana blanca. —¿Sala de desayuno? —Lee el título.

—Está orientado hacia el este.

—El sol de la mañana. —Su dedo traza los rayos de tinte amarillo que atraviesan la ventana.

—Sería bonito, ¿no?

Sigue moviéndose, deteniéndose sobre el invernadero de la parte de atrás que he bosquejado, lleno de exuberantes plantas verdes y una zona de estar para leer en la tarde.

—Añadí eso.

—¿Y esto?

—Hay una suite de dos dormitorios unidos a la izquierda. Allí es donde Brenna y yo viviríamos. —Miro la página para mostrar al husky sentado en su caseta de perro—. Con Stella, por supuesto.

—Por supuesto. —Emmett sonríe mientras sigue hojeando página tras página, de dormitorios y vestíbulos delanteros, y salones que he pasado horas diseñando, nada más que intriga expuesta en su rostro.

—Este es mi favorito.

Se detiene en el dibujo de dos páginas de la habitación en el tercer piso.

—Me encantan todos los techos inclinados, y hay un candelabro gigante aquí. Y puedes ver el lago desde la ventana. No sé si realmente querría alquilar esa parte. Creo que lo guardaría para Brenna y para mí. Hay una escalera separada en la parte de atrás de la casa que te lleva hasta arriba.

Desliza su dedo sobre todas las estanterías que he dibujado.

—Entonces, ¿cuándo pensabas comprar este lugar?

Me río. —Dudo que los nuevos propietarios tengan planes para venderla. —Lo último que supe es que una pareja mayor y rica con una gran familia de la ciudad lo compró.

Llega a la última página, cerrando la tapa suavemente antes de volver a ponerlo en la mesa de café. —Es bueno tener sueños. Sin ellos, no tendríamos metas. Y sin metas… ¿qué sentido tiene la vida? —Su cabeza se cae hacia atrás, y se queda allí, mientras mira fijamente a mi techo, sus pensamientos claramente en algún lugar lejano. Hay un aire de melancolía pendiente sobre él que me gustaría poder disolver.

Me vuelvo y descanso mi cabeza junto a él, admirando la curva aguda de su garganta y la escultura de sus labios durante un largo momento. Cada centímetro de él es perfecto. —Yo había abandonado la escuela secundaria y dormía en el sofá en el apartamento de una amiga desempleada, cuando descubrí que estaba embarazada. Pensé que mi vida había terminado. Me arrepiento de muchas cosas, pero no puedo imaginar mi vida sin Brenna. Ella es lo bueno que salió de todo esto. — Por mucho que me encanta su mano exactamente dónde está en mi muslo, ahora la levanto a mi boca, presionando mis labios contra el dorso de la misma. Desesperada por consolarlo de cualquier forma que pueda—. Las cosas tienen una forma de funcionar. Se resolverán para ti, Emmett. Incluso si el doctor tiene razón, y ya no puedes jugar. Algo bueno saldrá de lo malo. Siempre pasa. Así es como la vida se equilibra a sí misma. Así es como la gente sigue adelante.

saliste de eso. —Su cabeza gira hacia un lado, para mirarme, sus ojos vidriosos se deslizan sobre mis rasgos, su boca tan cerca que, con solo una ligera inclinación, sus labios estarían rozando los míos— Mis sentimientos nunca tuvieron que ver solo con que me salvaras la vida. Ya no desde el momento en que te conocí. —Las palabras son un latido en lo profundo de mi pecho, su voz ha bajado tanto— Cuando busco una forma de dar las gracias, envío flores, doy un abrazo. No me vuelvo loco pensando... —Sus palabras se cortan con una inhalación

aguda, su mano en la mía se tensa ligeramente. Cerrando los ojos, exhala lentamente. Por fin, vuelve a encontrarme con la mirada, sus ojos crudos y calientes, sus respiraciones imprecisas—. Esto nunca se ha tratado de gratitud, Isabella.

Me cuesta respirar.

—Dime que me crees.

—Te creo…

Él se roba mi última palabra con su boca. Mi cerebro lucha por procesar lo que está sucediendo. Esta vez no se puede confundir con un simple afecto amistoso. Emmett Mccarty me está besando. O tratando de besarme, porque estoy congelada.

Y cuando la impresión finalmente se dispersa, acepto que quiero esto, y a Emmett, más de lo que jamás he deseado a nadie.

Empieza a alejarse. —Lo siento. No debería haber...

Me adelanto, robando sus palabras tan rápidamente como él tomó las mías, mis dedos alcanzan su mejilla, la capa más ligera de rastrojo cosquilleando mi piel. Y así como yo me encontraba congelada hace un momento, él también lo está ahora. Por un segundo fugaz, me temo que he perdido mi oportunidad, que he estropeado las cosas.

Y luego se mueve rápidamente, su mano agarrando mi nuca, su lengua deslizándose a lo largo de mis labios, engatusándome a abrir la boca. Entrando a lamerme con pinceladas expertas, el sabor de la cerveza burlándose de mis papilas gustativas. Siento una urgencia en él, como si lo necesitara. Y tal vez lo necesite después de las noticias preocupantes que recibió. Que pensara en venir aquí, que necesitara venir aquí…

En silencio me permito aceptar que este hombre me quiere de verdad, por el tiempo que sea.

He perdido mi agarre en mi manta, ahora la mitad perdida en el suelo, mi camisa de dormir raída sube a lo alto de mi cadera mientras me aprieto contra el cuerpo caliente de Emmett. Ese cuerpo que me moría por tocar. Mi mano empieza a ir a la deriva y a explorar, tímidamente al principio, desde su mejilla hasta su cuello, mis dedos arrastrándose por sus duras curvas mientras me besa profundamente y con completo abandono. Su aliento se agita cuando llego a su pecho, presionando mi palma contra el lugar donde su corazón ahora late frenéticamente.

Recuerdo la sensación de los chicos de secundaria, su piel todavía suave, sus cuerpos aún en desarrollo.

Recuerdo a James Philips, el cuerpo de un hombre, con definición y una capa de pelo sobre su pecho.

Emmett se siente completamente diferente, irreal. Una escultura de músculo afinado y trabajo duro flexionándose debajo de mis dedos.

Se aleja el tiempo suficiente para darme esa mirada… esa mirada caliente que me hace vibrar todo el cuerpo y me despoja todos los pensamientos de la cabeza. En realidad no digo la palabra "bien", pero debe ser capaz de sentirla porque en un movimiento sorprendentemente rápido, Emmett ha enganchado una mano debajo de mi rodilla y me está levantando con poco esfuerzo sobre su regazo para que me siente a horcajadas.

—Tu pierna —susurro contra su boca, temiendo lastimarlo.

—A la mierda mi pierna —gruñe, tirándome contra él, estirando mis muslos de par en par, hasta que mi pecho esté a ras del suyo y sus brazos se enrollan a mi alrededor y puedo sentirlo duro contra mí. Dios, ha pasado tanto tiempo desde que sentí eso.

Y cada día de cada año de estar sin esto ha valido la pena para

este mismo momento con Emmett.

Sus manos se extienden por mi espalda, con los dedos amplios, sosteniéndome, haciéndome sentir ligera en su alcance impresionante. No puedo evitar la forma intencional en que muevo mis caderas, el profundo latido que comienza a agitarse dentro de mí. Eso hace que sus labios maldigan suavemente. Una maldición simple y común que es tan sensual viniendo de él, su voz vibrando profundamente dentro de mí, haciéndome gemir contra su boca.

Tira de mi camisón, el dobladillo agrupado en sus puños. —Esto es lo más suave que he sentido nunca —murmura contra mis labios.

—Debería haberlo tirado hace unos tres años —susurro.

Tan suavemente, sus dedos se deslizan bajo mi camisón justo cuando sus labios se alejan los míos, arrastrándose a lo largo de la línea dura de mi mandíbula, tambaleando mi aliento mientras siento los primeros golpes de calor patinando a través de mi cuello. —No lo hagas. Estoy disfrutando lo que puedo ver a través de él.

Inhalo bruscamente y sus manos callosas resbalan hacia arriba en una suave y agonizante caricia lenta, cosquilleando mi caja torácica y memorizando el plano de mi estómago.

Me trago mi preocupación consciente de que mis pechos no son suficientes para él —he visto los tipos de chicas que conoce—, pero aun así me tenso en el momento en que sus pulgares los trazan, esbozando lentamente su forma sutil.

Debe notar mi cautela porque sus manos se detienen en su lugar, como para permitirme acostumbrarme a su toque. —Eres perfecta. Lo sabes, ¿verdad? —Cuando no respondo, retrocede, lo suficiente para encontrarse con mis ojos, su nariz acariciando la mía con afecto—. No quisiera cambiar ni una sola cosa de ti. Nunca.

Mi corazón late en mi pecho. Debe ser capaz de sentirlo con su mano contra mí, la yema de su pulgar se mueve otra vez, deslizándose suavemente hacia adelante y hacia atrás sobre mi pezón.

Capturo sus labios y estamos enredados de nuevo, sus manos van a la deriva, dando vueltas alrededor de mi espalda, agarrándose con fuerza a mi cuerpo para acercarme más firmemente. Permito que mis propias manos exploren otra vez, con más confianza, por ese cuello fuerte y grueso que conduce a una clavícula aún más impresionante asomándose de su camisa. Aprieto la camisa mientras él hace lo mismo con la mía, deseando que se la quite, deseando que pueda sentir su cálida piel contra la mía.

Me libero de su boca y me inclino hacia atrás lo suficiente como para empujar su camisa hacia arriba, exponiendo las crestas de su duro estómago y pecho, que se agita con cada respiración laboriosa.

—Oh, Dios mío. Eres... —Observo su piel dorada, erizada, con sus pezones erectos. Es el ser humano más perfecto que he visto, y me desea.

Su agarre en mis caderas se aprieta mientras mis ojos siguen ese rastro de pelo oscuro desde su ombligo, hacia abajo, imaginando mis dedos deslizándose por debajo de su cinturón. Incluso si no pudiera sentirlo ya contra mí, la cresta de sus vaqueros es descaradamente obvia.

Presiono mis caderas contra él otra vez, un gemido se me escapa con la fricción deliciosa.

—Bella. —La advertencia brilla en sus ojos, su respiración es temblorosa.

Me vuelvo a moler contra él, el dolor profundo dentro de mí tan consumidor, ya no me importa que estemos en mi sofá en mi sala de estar, o que esto puede salirse de las manos.

—Maldita sea... —Sus dedos se enrollan alrededor de los lados de mis bragas, tirando de ellas amenazadoramente.

—¿Mamá?

La única palabra, hablada con voz soñolienta, es como un balde de agua helada sobre los dos.

Los dedos de Emmett sueltan su agarre una fracción de segundo antes de que salga de un salto de su regazo, su camisa cayendo para cubrirlo justo cuando Brenna llega tambaleándose de su habitación, frotando los puños cerrados sobre sus ojos.

—Mierda —susurro entre respiraciones entrecortadas, esperando que todavía esté demasiado somnolienta para procesar lo que pudo haber visto. Esperando que pueda volver a dormir antes de que se despierte completamente—. Volveré en un minuto. —Salgo del sofá.

—¿Emmett? —pregunta ella, con sueño.

Suspiro. Estupendo.

—Hola, Brenna. —Parece que se ha puesto sobrio casi de inmediato.

—¿Qué haces aquí?

—Vine a visitar a tu mamá. Tuve un día duro y quería verla.

—Vuelve a dormir, Brenna. —Con las manos en sus hombros, trato de guiarla suavemente hacia su habitación.

Se aleja, vagando hasta el sofá, la parte inferior de su pijama es un poco demasiado grande y suelto de una manera adorable. Estudia su escayola. —¿Todavía te duele la pierna?

Él frunce el ceño, siguiendo su mirada. —No tanto como antes. Aunque intento no pensar en ello.

—¿Por qué? ¿Te hace sentir triste?

Asiente.

—Deberías pensar en cosas que te hacen feliz. Eso es lo que hago cuando estoy triste.

Es extraño escuchar las palabras que he dicho una y otra vez repetidas en la voz de una hija.

Emmett la mira por un largo momento, una expresión ilegible en su rostro. —¿En qué piensas?

Ella no se pierde ni un instante. —Mi perrita, Stella. Todavía no la tengo, pero algún día la tendré.

Una sonrisa se extiende lentamente por la cara de Emmett. —Un perro llamado Stella también me haría feliz. ¿Qué más?

Debería detener esto, llevarla de vuelta a la cama —Dios sabe que tardará una eternidad ahora que su cerebro se está disparando—, pero es imposible no quedarse atrás y ver la forma en que Emmett está con ella, tan genuino y natural.

—Umm... el tío Seth… —Ordena sus pensamientos—, helados, libros, mis muñecas, gofres...

Emmett se esfuerza por no reírse. —¿En ese orden?

—Sí. Oh. —Se ríe—. Casi lo olvidé, mi mamá.

—Sí, ella también me hace feliz. —Su mirada parpadea hacia mí, con un destello secreto—. Pero debes volver a la cama. Ya es tarde.

—Di buenas noches, Brenna.

Ella se balancea con un toque de vacilación antes de subir al sofá y envolver los brazos alrededor de su cuello. —Buenas noches.

Emmett se detiene, incapaz de esconder la momentánea sorpresa. Pero cuando enrolla un brazo alrededor de su cuerpo, encorvándola contra él, estoy bastante segura de que mi corazón está a punto de explotar en mi pecho.

Me toma un momento reponerme y llevarla de regreso a la cama. Afortunadamente, no discute cuando le digo que no puedo dejar a Emmett solo. Simplemente se pone de lado y cierra los ojos.

Salgo para encontrar a Emmett de pie, maniobrando alrededor de la mesa de café con sus muletas. Se dirige hacia la puerta. —Entonces, ¿cuándo empiezan los niños a dormir por la noche?

Suspiro, tratando de ocultar mi decepción por su partida.

—Cuando los crías adecuadamente. He creado un monstruo. Pero nunca me ha importado. Hasta ahora. —Me acerco para suavizar mi mano sobre la parte superior de su camiseta, compensando solo un toque—. Aunque probablemente sea algo bueno que se haya levantado cuando lo hizo.

—No he venido aquí buscando eso, lo juro. No quiero que pienses eso.

—No pienso eso en absoluto. —Pero, ¿qué debe pensar Emmett de mí? Que me subiría tan fácilmente a su regazo, que me presionara tan rápidamente contra él—. No suelo ser tan... Ha pasado mucho tiempo para mí —balbuceo. Desde que he estado con un hombre. Desde que he confiado en un hombre.

No dice nada durante un momento, simplemente me acaricia el pelo de la cara con un toque suave. —¿Cuánto tiempo?

—Desde el padre de Brenna.

Sus cejas se elevan con leve sorpresa.

—¿Qué?

—No. Nada. —Respira profundo—. No debería haber venido, no cuando he estado bebiendo.

Mi mano se dirige a su pecho para frotar sus curvas. —Me alegro de que hayas venido. —Y más que nada en este momento, me gustaría que pudiera quedarse. Pero esa no es una opción, no con Brenna. Se aferra a mis dedos, sujetándolos sobre su corazón, dejándome saborear el sonido fuerte y firme. —Debería irme.

—Bien. —Mi cuerpo todavía ronronea con la emoción de estar presionada contra él.

Se inclina para besarme, sus labios suaves y húmedos engatusan a los míos para que se muevan en una danza lánguida e íntima. Se aleja lentamente, lo suficiente para apoyar su frente contra la mía, nuestras narices rozándose. —Realmente debería irme.

Mi risita es juguetona mientras doy un paso atrás.

—Y no te atrevas a deshacerte de eso. —Su mirada se posa en mi camisa de dormir gastada, deteniéndose en mi pecho antes de bajar más para estudiar mis muslos.

Me sonrojo furiosamente. —Realmente deberías irte.

Su rostro se divide en una sonrisa.

—Espera, déjame abrirte la puerta. —Con la mano en el pomo de la puerta, dudo. No quiero recordárselo, pero estoy segura de que no lo ha olvidado—. Lo siento por las noticias de hoy. Pero todavía no hay nada seguro.

Su mandíbula se tensa con su asentimiento.

Inclinándose, deja un último y persistente beso en mis labios.

—Buenas noches, Bella.

—Buenas noches.

Miro desde la ventana como las luces traseras de la camioneta desaparecen por el carril.

Y no puedo evitar sonreír.


Lento pero seguro jaja, las cosas comienzan a subir de tono

Espero que lo disfruten mucho

XOXO