El día amaneció nublado y agradablemente fresco. Mirena se había levantado primero y se hizo un café negro en un intento por terminar de despertarse. Gina entró a la cocina aun en camisón y refregándose los ojos sin delicadeza. Lejos de regañarla, Mirena sonrió con ternura. Los días con Gina no eran precisamente fáciles, pero en momentos como aquel, realmente agradecía su buena fortuna. Después de desayunar portó la armadura de Acuario y subió por el camino hacia el templo siguiente, con Gina tomada de la mano. Dejó a la niña en el templo de Piscis, donde Ícaro ya había comenzado el entrenamiento. Ya hacía casi un año que obedecía a Albafica y sus progresos eran muy tangibles. Estaba comenzando a practicar con ataques de Cosmos puro. Lo que no sabía era que había aprendido a la par de su Maestro, quien por primera vez se había alejado de los ataques venenosos que Lugonis supo enseñarle. A Gina el dio pena observar los progresos de Ícaro. Enseguida se sintió disminuida, pero en vez de quejarse bajó la cabeza con vergüenza.
Albafica estaba cómodamente recargado en una columna mientras observaba a Ícaro con atención y le daba indicaciones ocasionales. Llevaba ropa holgada y se había atado el pelo para impedir que le molestara en los ojos. Eran pocas las veces que Mirena lo había visto de ese modo, pero se deleitaba en secreto. Ver por completo esos ojos del color del océano sin interrupciones lo hacía considerarlo aún más hermoso. Se saludaron con un rápido beso en la boca e intercambiaron algunas frases que los niños no llegaron a escuchar. Por las expresiones de sus rostros, a Gina le pareció que algo les preocupaba e intrigaba. Ícaro, por su lado, no estaba perdiendo el tiempo tratando de espiar en las conversaciones de los demás. Él también se sentía intrigado. Cuando meses atrás había visto a Gina con la armadura de la Grulla, pensó que sería un enorme prodigio. Había sentido celos de ella. Sin embargo, ahora se daba cuenta de que no tenía motivos para estar celoso. Le parecía que Gina, igual que su Maestra, era una figura muy enigmática. Por eso subió la vista cuando la vio alejarse por el camino de las rosas, con esa armadura que brillaba como el hielo más límpido bajo el sol invernal.
Al llegar a la Casa del Patriarca, a Mirena le sorprendió no ver a nadie a simple vista. Pero enseguida recibió una indicación con telepatía y avanzó hacia el jardín. Era uno de los lugares más bellos del mundo, eso lo tenía por seguro. Era parte de las estancias privadas de Athena y desde allí arriba se podía ver todo el santuario y aún más allá, como si estuviera en la cima del mundo. Se sorprendió aún más cuando vio al Patriarca Shion con un cuenco en sus manos, regando las plantas. Nunca se hubiera imaginado que fuera él en persona quien se ocupara del jardín. Sería una excepción. Se acercó a él y decidió darle una pacífica demostración de su poder, formando nuevos átomos de agua en cantidad suficiente para llenar el cuenco. Sonrió con picardía y caminó con él mientras arreglaba el jardín. Pasó un cuarto de hora en silencio.
-¿Me has llamado para que te ayude en el jardín? –ironizó Mirena. Shion lanzó una risita irónica.
-No –respondió tajante-. Lo hacen las Santias, usualmente. Pero me ayuda a pensar –Mirena asintió.
-Muchas veces pienso en ti, y en cómo podría ayudarte, amigo mío –confesó ella, dejando ver auténtico cariño en sus palabras. Shion dejó el cuenco y siguió caminando.
-Cuidas de mi hija, Mirena, no hay mejor ayuda que esa –ella suspiró-. Cuéntame un poco.
-Es que en realidad no estoy segura –confesó-, yo también necesito consejo. Puedo decirte que Gina es terca e impaciente, pero que no se queja nunca. A veces tengo que castigarla. No avanza como a mí me gustaría –suspiró con impaciencia.
-A lo mejor mides con una vara muy alta –aventuró Shion-. Tú fuiste una alumna ejemplar, pero no todo el mundo lo es –Mirena asintió.
-Puede que así sea –concedió ella-. Pero no es eso –se mordió el labio-. Sufre mucho, es la verdad. Está triste. Hay algo que la traba, que la detiene –suspiró con pesar-. Por más que intento, no puedo lograr que supere ese obstáculo. No sé qué lo provoca, sólo sé que encontrará la respuesta dentro de sí misma. Necesita ayuda y a veces dudo que yo pueda dársela –Shion asintió con expresión de profundo pesar.
-Me duele oír eso –afirmó luego de unos momentos-, pero es cómo tú dices. Sólo podrá hacerlo ella misma. Lo sabes porque has estado en ese lugar –ella asintió.
-Pedí ayuda, al final –confesó-. Me gustaría que ella también lo hiciera. Pero en realidad no sé si para ella funcionará lo que funcionó para mí.
-Es muy maduro de tu parte reconocer eso –sonrió-. Tú también eres impaciente, a tú manera –Mirena lanzó una risita nerviosa.
-¿Verdad que sí? –bromeó-. Una cosa a la vez. Realmente deseo que sea feliz, con el tiempo. Tengo para ella toda la paciencia y todo el cariño del mundo –Shion sonrió también.
-Gracias Mire. Confío en ti más que en nadie en todo el Santuario. Nadie es más apto para esta tarea que tú –ella hizo una pequeña reverencia. Tomaron asiento bajo un enorme árbol, en un banco de piedra pulida. Disfrutaron del fresco por unos momentos antes de continuar con la charla.
-Tienes una misión para mí –adivinó ella. Shion asintió.
-Tengo misiones para todos. Ya ha pasado un año de la Guerra Santa y ya nos hemos lamido las heridas lo suficiente. Ahora es tiempo de trabajar de veras.
-Antes de que Athena se enfade contigo –bromeó ella-. El Santuario ya no es lo que era –se lamentó.
-Lo será, pero no creo poder arreglar todo esto en una sola generación. Llevará muchos años más –Mirena asintió-. Pero antes, he pensado en algo que me agradaría. Quisiera que los Santos Dorados usen las técnicas de sus camaradas caídos. No quiero que su sabiduría se pierda –tragó saliva-. Por eso he derogado esa prohibición. A partir de ahora, pueden usar cualquier técnica que sepan o quieran. ¿Hay alguna que sepas?
-Sé lo que tú me has enseñado –confesó-, también conozco la técnica del Maestro Kardia, pero mi propio Maestro me prohibió usarla, salvo en caso de vida o muerte.
-Pues te doy permiso –dictaminó. Mirena asintió.
-¿No te gustaría derogar algunas otras prohibiciones? –se atrevió ella. Shion se rio nerviosamente.
-Me gustaría, pero no puedo hacer las reglas como yo quiera. Soy como un secretario de la voluntad de Athena, aunque parezca más poderoso de lo que realmente soy.
-No perdía nada con preguntar –siguió Mirena, intentando parecer relajada-. Por favor, cuéntame cuál es la misión.
-Hay un pueblo en Italia, en los márgenes del Rio Tesino, cuyo nombre es Canarazzo. He percibido un Cosmos por arriba de la media de los humanos normales, e imagino que podría haber potenciales Caballeros allí –Mirena asintió con atención-. Pero además, el pueblo está en peligro. Ha llovido mucho y la represa del Tesino no aguantará mucho más. A ver si puedes hacer algo por ellos y traer algún recluta.
-De acuerdo, suena sencillo –ironizó ella.
-Llévate a Gina contigo, por favor. Déjala participar, quizás el cambio de aire le haga bien.
-Entonces nos iremos pronto –sonrió-. Parece que no hay tiempo que perder –el Patriarca asintió.
-Ni se te ocurra aparecer aquí con las manos vacías –amenazó con cierta diversión. Ambos rieron, aunque no fue una risa relajada.
Albafica e Ícaro llevaban caminando tres días seguidos y para el niño no estaba siendo más que una tortura. Tenía los pies llenos de llagas y las piernas temblaban entumecidas. Su Maestro continuaba caminando hora tras hora sin mostrar signo alguno de cansancio. Por primera vez, el muchacho resintió esa severidad. De la misión él no le había dicho gran cosa. Le contó que tenían que ir a la ciudad de Tebas, donde supuestamente había un monstruo en las afueras que comía el ganado y asustaba a los niños. Ícaro no lo creyó. Se sintió subestimado y le había contestado a su Maestro con malos modos. Quizás fuera por eso que no se detenía a descansar, como una especie de castigo. Su pecho se inflaba frenéticamente y a cada paso le costaba más respirar. Aunque no hacía calor excesivo, lo que más le atormentaba era la sed. En un momento dado, Ícaro cayó al suelo.
El pisciano enseguida se sintió alarmado. Levantó a Ícaro con facilidad y lo alzó como si fuera un niño mucho menor de lo que era. Él pasó sus brazos alrededor de su cuello y rompió a llorar. El dolor físico que sentía era enorme, pero además le provocó dolor cuando se dio cuenta que se había caído, que había fallado. Nunca antes había dudado de sí mismo, ni de su Maestro. Le entró un súbito terror por la misión que venía. Pensó que había sido tan soberbio como para no ver su propia debilidad. Lloró con fuerza, apretado contra la armadura de Oro. Albafica lo abrazó con sincero afecto, besó su cabeza con dulzura, y le dedicó palabras suaves y sinceras. No dejó de caminar en todo el rato. Minutos después, encendió su Cosmos y envolvió a Ícaro en un suave fulgor dorado que se coló entre sus lágrimas y poco a poco lo hizo sentir mejor. Pero en vez de querer bajar, se apretó a Albafica un poco más fuerte. En cierto modo le recordó a Mirena cuando eran pequeños. Se preguntó si era esa su tarea, consolar a todo aquel que lo necesitara, con ese Cosmos tan cálido y comprensivo que le había tocado en suerte.
-Perdón Maestro –balbuceó Ícaro cuando el llanto le permitió articular palabra.
-Pequeñito no tienes nada por qué disculparte. Todos nos caemos a veces –explicó-. Yo estoy muy entusiasmado por esta aventura juntos. Vamos a pelear contra una hidra. ¿Sabes lo que es? –Ícaro negó enérgicamente con la cabeza-. Es un monstruo enorme de tres cabezas. Dicen que si le cortas una, entonces crecen dos… no vamos a cortar cabezas esta vez –bromeó.
-¿Lo vas a envenenar? –Albafica negó.
-No puedo hacerlo, porque su sangre también es venenosa –explicó-. Además, no estoy usando veneno. ¿De qué otro modo podrías estar seguro tan cerca de mí?
-¿Lo has eliminado? –sollozó Ícaro-. ¿Todo el tema de los lazos rojos ha sido en vano?
-Nada es en vano. Recuerda que todo ocurre por necesidad –el niño asintió despacio-. Decidí aprender a manipular los átomos, igual que Mirena, para poder acercarme a la gente sin envenenarla. Pero no lo he eliminado, puedo volver a unir esos átomos.
-¿No quieres? –Albafica negó-. ¿Es por Irina?
-Sí, pero también por ti, por Mirena, por Athena… por todos, la verdad –confesó.
-¿Cómo vas a vencer a la hidra entonces? –subió Ícaro la voz, con palpable preocupación. Albafica sonrió.
-Lo haremos juntos. He estado estudiando técnicas de Cosmos puro. El Patriarca me ha dado permiso de usar técnicas que nunca he usado antes –sonrió-. Estoy muy entusiasmado, ya quiero probarlas –Ícaro resopló.
-Me da miedo –confesó.
-No dejaré que nada te pase. Siempre te cuidaré –afirmó, con una sonrisa-. ¡Ten buen ánimo, ya casi llegamos! –continuó.
Aunque después de tanta caminata Ícaro dudaba del significado de "casi llegando" para su Maestro, esta vez se sintió gratamente sorprendido. Una hora después de su caída ya estaban caminando por las calles de Tebas. Era una de las ciudades más grandes y prósperas de Grecia, conocido como el centro de comercio del país. La Armadura de Oro no había pasado desapercibida. Muchos comerciantes se acercaban al par de viajeros a ofrecerles regalos, que el Santo de Piscis rechazó con cordialidad. Sólo aceptó una jarra de agua helada, más por Ícaro que por él mismo. Para el niño beber el agua fue como si el alma le volviera al cuerpo. Siguieron avanzando por las calles siguiendo el consejo de los comerciantes hasta un profundo acantilado en las afueras de la ciudad. Ícaro pudo percibir el Cosmos del monstruo en aquel lugar. Bajaron rápidamente hasta el fondo, donde hallaron una cueva húmeda y oscura. Ícaro hizo ademán de entrar pero Albafica lo detuvo. Le explicó que era mejor pelear afuera.
Esperaron unos minutos al enemigo. Al niño los instantes le parecieron eternos. Tragó saliva y sintió miedo. Observó que Albafica estaba muy serio. Avanzó un paso delante de él. Escucharon desde el fondo de la cueva las pisadas de la hidra, que momentos después se dejó ver. El monstruo era tan alto como todo el templo de Piscis. Era un reptil de piel desigual con escamas que brillaban violetas bajo el sol. Sus seis ojos eran de un penetrante color amarillo, mientras los colmillos de sus tres bocas parecían ser tan largos como las piernas del muchacho. Gruñó, pero Albafica no se inmutó. En cambio Ícaro tembló de pavor. En un movimiento rápido, lanzó una rosa piraña que se clavó en uno de los ojos de la hidra. Gritó de dolor y en un movimiento que sorprendió al niño y a su Maestro, echó fuego por la boca. El pisciano fue rápido para tomar a Ícaro y alejarlo del fuego. Antes de alejarse, le dedicó una sonrisa cálida.
El niño se sintió intimidado al observar el verdadero poder de su Maestro sin contenerse. En pocos minutos le estaba dando una paliza a la hidra. Ícaro se dedicó a esquivar el fuego y los ocasionales derrumbes que provocaba el movimiento de tamaña criatura. Decidió que también quería participar. Disparó una modesta cantidad de cosmos y le dio a la criatura en una de sus cabezas. Se giró para gruñirle y lanzarle fuego, e Ícaro enseguida se arrepintió de haber llamado la atención del monstruo. Albafica estaba lejos y debía arreglárselas solo. Saltó para esquivar el fuego, aunque parte de él le dio en la pantorrilla. Ícaro gritó de dolor al sentir su piel quemada. Cerró los ojos y se sintió incapaz de levantarse. La hidra no volvió a prestarle atención, por lo que supuso que Albafica lo habría distraído.
Cuando volvió a abrir los ojos, lo que vio fue fenomenal. Albafica lanzó un ataque de cosmos puro que Ícaro jamás había visto antes. Poderosas columnas de energía que parecían venir de todas las direcciones encerraron al monstruo, atravesando su cuerpo en diferentes ángulos. Era el Plasma Relámpago, la más poderosa técnica de Leo. Era la primera vez que Albafica de Piscis se atrevía a hacer algo como aquello. Fue tal la sorpresa que sintió, que Ícaro se olvidó del dolor de la pierna e incluso se olvidó de tener miedo. Le emocionó ver una batalla de verdad. Sintió que su corazón se llenaba de calidez, de agradecimiento. Lo admiraba más que a nadie en el mundo. No podía creer que el Santo de Piscis fuera tan poderoso, pero también tan bueno, amoroso y honorable. En ese momento decidió que quería vestir una Armadura Dorada también, igual que su Maestro, y el Maestro de él. Se sintió tonto por haber dudado. La bestia cayó muerta con pesadez. Albafica cayó con una rodilla sobre el suelo.
-¡Maestro! –gritó Ícaro, pero su voz quedó ahogada por los habitantes de Tebas, que habían visto desde el borde del precipicio, quienes festejaban el final de su sufrimiento. Albafica levantó la cabeza y sonrió con tranquilidad. Luego se levantó con algo de dificultad. Se acercó a Ícaro cojeando. El niño pudo ver que el pisciano no estaba intacto, pero no parecía tener ninguna herida seria.
-¿Estás bien Ícaro? –él asintió-. ¿Por qué lloras? –dio un respingo, ya que no había notado que estaba llorando. Se encogió de hombros-. ¿Puedes caminar? –Albafica le tendió la mano y le ayudó. Caminaron juntos, apoyándose uno en el otro.
-¡Ha sido increíble! –lanzó el niño finalmente, cuando se recuperó de la sorpresa-. Y esa técnica al final ¡wow!, y cuando le diste la rosa en el ojo, y cuando descubriste que lanzaba fuego –Albafica lanzó una carcajada.
-Te dije que sería emocionante –remató él.
-¡Es que eres el mejor Caballero del mundo! –gritó Ícaro, y Albafica sintió un cálido orgullo en el pecho-. Cuando sea mayor tendré una armadura de oro como la tuya –él le revolvió el pelo con cariño.
-Sé que sí –concedió-. ¿Qué te parece si ahora buscamos un sanador? –el niño asintió-. Podríamos comer algo. Y tal vez una copa de vino para mí –agregó por lo bajo, como un niño que hace una travesura. Enseguida se perdieron entre el gentío. El clima era de celebración y victoria.
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Hola a todos! Gracias por leer hasta acá. Siempre estoy vigilando y los veo entre las sombras xD. Claro que se acerca el final, pero antes nuestros personajes tienen que hacer algunas cosas y terminar de soltar cabos sueltos. Por otro lado, en un auto-bombo les cuento que escribí un one-shot de Milo y Camus porque me pintó (? Vayan a darle amor, les dejo un link: s/13504726/1/Escucha
Nos veremos pronto!
